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Mostrando entradas con la etiqueta Alianza para el Trabajo la Justicia y la Educación (1997 - 2001). Mostrar todas las entradas
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lunes, 12 de junio de 2023

Patricia Bullrich: "Ya dije y volveré a decir que fui ministra de Trabajo del gobierno de la Alianza y estoy muy orgullosa de haberlo sido" (10 de diciembre de 2008)

SR. PRESIDENTE(FELLNER) Para una interrupción tiene la palabra la señora diputada por la Capital.

SRA. BULLRICH, PATRICIA (CIUDAD DE BUENOS AIRES): Señor presidente: en primer lugar, quiero manifestar lo siguiente. Ya dije y volveré a decir que fui ministra de Trabajo del gobierno de la Alianza y estoy muy orgullosa de haberlo sido.

Quiero decir al señor diputado Vargas Aignasse que hoy estamos discutiendo un proyecto de ley de blanqueo de capitales. Si el gobierno al que yo pertenecí cometió errores, todos los hizo de buena fe, pero no fue un gobierno corrupto.


- Varios señores diputados hablan a la vez.


SRA. BULLRICH, PATRICIA (CIUDAD DE BUENOS AIRES): Un gobierno que blanquea dinero no es un gobierno que hace de cada negocio un negociado. Fue un gobierno que tuvo enfrente a un bloque y a un partido que lo único que hicieron fue intentar voltearlo. Por eso, voy a decir una y mil veces al diputado que si quiere ser demócrata intente serlo, y si quiere serlo tenga las pelotas de no votar afirmativamente el blanqueo de capitales y de traer el dinero del narcotráfico a la Argentina. Eso es ser demócrata.

Yo pertenecí a un gobierno y lo defiendo. Me lo pueden decir veinte veces, porque estoy orgullosa de haber pertenecido a ese gobierno.

Quiero decir nuevamente que los que fuimos del gobierno de la Alianza vamos a tener otra oportunidad para demostrar que en la Argentina es posible que haya un gobierno que no sea corrupto.


- Varios señores diputados hablan a la vez.


SRA. BULLRICH, PATRICIA (CIUDAD DE BUENOS AIRES): Es posible hacer un gobierno de gente honesta, de gente distinta. Es posible lograr eficiencia y honestidad. Es posible hacer un gobierno distinto.

Por eso, cada vez que el diputado me diga adónde fui le voy a decir que fui ministra de Trabajo -lo reconozco- de un gobierno al que defiendo, por más errores que haya cometido. El diputado no me va a correr. Yo no me meto debajo de la cama por haber pertenecido a un gobierno. Lo hice porque no quiero más gobiernos corruptos como el que tenemos ahora. No quiero más inventos ideológicos detrás de la corrupción. ¡Déjense de joder! ¡Los montoneros mentirosos que se esconden detrás de la corrupción!

- Varios señores diputados hablan a la vez.

SRA. BULLRICH, PATRICIA (CIUDAD DE BUENOS AIRES): ¡Déjense de joder! ¡La corrupción no se explica!

SR. PRESIDENTE(FELLNER) Por favor, señora diputada. Lo digo también por el vocabulario.

SRA. BULLRICH, PATRICIA (CIUDAD DE BUENOS AIRES): Sí, señor presidente.







Fuente: Período:126 Reunion:37 Fecha:10/12/2008 RÉGIMEN DE REGULARIZACIÓN IMPOSITIVA, PROMOCIÓN Y PROTECCIÓN DEL EMPLEO REGISTRADO CON PRIORIDAD EN PYMES Y EXTERIORIZACIÓN Y REPATRIACIÓN DE CAPITALES.

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sábado, 21 de noviembre de 2020

Elisa Carrió: "Dejo el bloque, no a la UCR" (28 de marzo de 2001)

La diputada Elisa Carrió (UCR-Chaco) dijo a La Nación que se alejará del bloque radical en la Cámara baja, pero no del partido radical, porque, explicó, su "oposición fue en nombre del radicalismo histórico"

Y reveló que tomó la decisión porque "el dolor que sentía era inmenso" y entonces se le "caían amigos todos los días". Sostuvo que un "capitalismo serio debe fundarse en la república y en un Estado fuerte que garantice la distribución del ingreso".

-¿Su renuncia al bloque de diputados de la UCR es definitiva?

-Sí. Es una larguísima historia, creo que dolorosa para ellos y para mí. Yo agradezco profundamente al presidente de la Cámara de Diputados, Rafael Pascual: fue la persona más correcta en el trato desde que soy diputada nacional.

-¿Por qué la decidió?

-Tuve (anteanoche) un intercambio de ideas con el diputado Raúl Baglini (UCR-Mendoza), a quien aprecio, sobre la palabra y la conciencia jurídica. Tenía que plantear la inconstitucionalidad del inciso "f" del artículo primero, finalmente eliminado. Le daba al ministro de Economía (Domingo Cavallo) la facultad de contraer o pagar deuda comprometiendo los activos del Estado y las futuras recaudaciones.

-¿Que significaba para usted?

-Que eso era entregar la soberanía del Estado en tiempo futuro -no lo hizo ningún país soberano-; era la suma del poder público y violaba el artículo 29 de la Constitución. Y además no tenía confianza política en las personas ligadas al sector financiero, y no al más transparente...

-¿A quiénes se refiere?

-Al jefe del Gabinete, Chrystian Colombo, vinculado con Macro Valores SA. A la vinculación del señor Horacio Liendo, que controlaba la sesión, con la caída del Mercobank, que fue reestructurado y tiene su antecedente en el BCP, donde sus directores están procesados por asociación ilícita.

-¿Qué incidencia pueden tener estos funcionarios en relación a esta cláusula, en un futuro?

-Como diputada, no se la concedo esa facultad ni al mejor presidente. Entonces no se la concedo a gente que no merece la confianza colectiva.

-¿Su renuncia al bloque de diputados de la UCR es también la renuncia al partido radical?

-¡No! Mi oposición fue en nombre del radicalismo histórico, del que construyó la república democrática. Y porque es incompatible un capitalismo en serio con la destrucción de la República. Los únicos países desarrollados lo han sido sobre una cultura basada en la palabra y en la ley, y en sus fuerzas productivas.

-¿Va a renunciar a la Comisión de Asuntos Constitucionales?

-Renunció al bloque y el bloque de la UCR deberá disponer la remoción de mis cargos.

-Si los radicales levantaron el artículo, no se entiende por qué su renuncia. ¿Qué pasó exactamente?

-Hay límites morales. Los agravios habían sido enormes en los últimos días. El dolor que me acompañaba era inmenso y sabía que ya no podría convivir con algunas personas; se me caían amigos todos los días.

-Alfonsín avaló en general esta votación, usted siempre manifestó aprecio por él. ¿Su relación puede quedar dañada por esto?

-Yo no creo que Alfonsín esté de acuerdo con esto. El es un republicano. Lo que pasa es que es un hombre extorsionado por las circunstancias. Tengo una enorme tristeza personal. Pero la seguridad de que estoy defendiendo a un pueblo. Que empecé a caminar nuevamente el desierto. Ya no soy "la candidata" del poder.

-Algunos de sus pares dicen que usted está en un proyecto político. ¿Cuál es, si es que existe?

-Hoy no tengo ambiciones personales. Estoy dispuesta a ejercer el liderazgo de grandes sectores de la población que creen en mí, pero todavía no lo voy a convertir en proyecto político. Lo que debemos hacer los que creemos en la República es defenderla. Los que creemos en un capitalismo serio y de distribución del ingreso, debemos desmontar el engaño.

-¿Cavallo no garantiza un capitalismo serio? ¿No cree en su plan?

-No. Cavallo no tiene plan. Y no podría ser ministro de Economía de ningún país serio del mundo.

-¿Por qué?

-Si en los EE. UU. o en Francia pidiera poderes especiales no podría ser ministro y sería inmediatamente echado del cargo.

-¿Qué es un capitalismo serio?

-Un Estado no grande en número, pero muy fuerte en la garantía de tres cuestiones: la competencia y la transparencia de los mercados; el crecimiento económico, y que sea capaz por vía impositiva de una correcta distribución del ingreso.








Fuente: Reportaje de La Nación con la controvertida diputada radical. "Dejo el bloque, no a la UCR". Carrió confesó que perdía amigos todos los días; defendió el "capitalismo serio" por Mariano Obarrio, 28 de marzo de 2001.

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miércoles, 7 de octubre de 2020

Leopoldo Moreau: “Hay Alianza sin Álvarez” (8 de octubre de 2000)

 “Los radicales formamos parte de una coalición, no somos dueños del Gobierno”, advierte. Y sabe por qué lo dice. Un día después de la renuncia del vicepresidente y líder de la otra fuerza de la Alianza, el senador Leopoldo Moreau (UCR) resaltó la necesidad de generar espacios de debate dentro de la coalición, mencionó algunos “errores” y se mantuvo optimista con respecto al futuro de la Alianza

La sociedad tiene una sensación de que la Alianza ya se quebró. ¿Cómo van a hacer para trabajar en conjunto en el Congreso

–La primera respuesta fue proponerle a Alvarez que presida la conducción nacional de la Alianza. Y los bloques legislativos han ratificado su decisión de continuar unidos. Ahora, esa sensación que tiene la sociedad tiene un fundamento. No se puede negar es que hubo una crisis. La gente, el 24 de octubre de 1999, no votó ni al radicalismo ni al Frepaso, ni a De la Rúa ni a Chacho Alvarez. Votaron a todos, a la Alianza. Creo que se puede asegurar la continuidad de la Alianza sin Alvarez dentro del Gobierno.

Proponer a Alvarez para la “mesa de conducción” de la Alianza ¿no es un intento de postergar la ruptura y la fundación de un nuevo espacio?

–No, todo lo contrario. Creo que debía haberse incluso concretado antes. A la Alianza le hubiera servido para lograr un funcionamiento más orgánico y horizontal, y al Gobierno, para tener un ámbito donde escuchar u auscultar el estado de ánimo de todos los partidos de la coalición. Los radicales formamos parte de una coalición, no somos dueños del Gobierno.

Este es un gobierno de coalición pero pareciera que el Presidente gobierna sin dar espacio ni a su propio partido.

–Todas las vicisitudes que se han vivido en el último tiempo abren el camino para consolidar a la Alianza. Y permiten que el Gobierno, tomando experiencias de los errores...

¿Qué errores?

–Los errores en el Gobierno, que compartimos con el Frepaso, no son errores exclusivos o excluyentes de De la Rúa, sino del conjunto. En su momento Alvarez participó de un sistema de toma de decisiones que no era del todo amplio y plural, cuando por un principio de solidaridad que yo entiendo, defendió las medidas que no se adoptaron en materia económica.

¿Las designaciones del nuevo gabinete son un error?

–Yo no creo que haya cometido un error en cuanto a la designación. El Presidente tiene el derecho a designar a quien quiera. Es uno de sus derechos inalienables. Pero hay un error en cuanto al sistema de decisiones que tuvo hasta aquí la conducción de la Alianza, error que fue compartido el Presidente, Chacho Alvarez, Graciela, etcétera.

¿Cómo analiza el alejamiento de tres ministros del más puro riñón de la UCR, como Gil Lavedra, Gallo y Terragno?

–Yo no hago un campeonato de cuántos radicales más, cuántos menos, cuántos frepasistas más, cuántos menos. Lo que me importa es un sistema de decisiones que tome en cuenta a toda la coalición. Pero a mí no se me escapa, porque no soy ingenuo, que muchas veces la designación de personas indica una tendencia en el terreno de decisiones políticas.

Si el Presidente sabía que había malestar en el Frepaso, especialmente en Alvarez ¿no debería haberlo tenido en cuenta, a la hora de designar ministros, para mantener un cierto equilibrio político?

–Bueno, yo creo que ese equilibrio en líneas generales se mantiene.

¿Usted cree que se mantiene? Sólo queda un ministro del Frepaso.

–El malestar no tiene que ver con la cantidad, es un problema que tiene que ver con la calidad de gestión. Lo que hay que asegurar es la calidad de gestión, que en algunas áreas está asegurada, en otras no.

¿Cómo se analiza, desde la dirigencia partidaria de la UCR, la manera en que se toman las decisiones en el Gobierno?

–Todo Presidente tiene un entorno. Eso es natural e inevitable. El problema es que el entorno no puede ir de contramano con la fuente de poder de ese gobierno. La fuente de poder es la Alianza. El problema no eso hay o no entorno, el problema es cómo la Alianza se estructura para tener una participación orgánica y para generar un ámbito de debate.

¿De la Rúa puede gobernar sin la Alianza?

–No, de ninguna manera. Además creo que hace falta una base de sustentación más amplia incluso que la propia Alianza. Este gobierno tiene que llamar a un gran acuerdo nacional.

En esa línea, si De la Rúa se acerca a Menem...

–No, De la Rúa nunca se va a acercar a Menem.

Pero ya se reunió un par de veces.

–Bueno, De la Rúa se reunió con Menem, como se reunió con Cavallo, con Alfonsín, con los titulares de todos los sectores sociales.

¿Qué le parece que Menem haya dicho que el principal opositor era Alvarez?

–Eso es la búsqueda, a través de una picardía, de un espacio, cabalgando a través de las dificultades que exhibió la Alianza.

Ayer se escuchó que algunos cantaban “De la Rúa sos lo mismo que Menem”.

–Gurkas siempre hay en todas las fuerzas políticas. También los tenemos nosotros. Y hay que leerlo a la luz de la situación emocional del momento. Nadie puede creer que este gobierno es lo mismo que el de Menem.

En el caso de que la Alianza se fracture, ¿qué va a hacer la UCR?

–No hay ninguna posibilidad de que la Alianza se fracture.


Admite la crisis, pero quiere que el renunciado vicepresidente acepte presidir la conducción de la Alianza, “porque la gente no votó a Alvarez o De la Rúa, la gente votó a la Alianza”. “Todo Presidente tiene un entorno. Pero el entorno no puede ir contra la fuente de poder del gobierno.”




Fuente: "Hay Alianza sin Álvarez" Reportaje al senador radical Leopoldo Moreau por Martín Piqué en Página /12, 8 de octubre de 2000.



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domingo, 15 de septiembre de 2019

Fernando de la Rúa: "II Congreso Internacional de la Lengua Española" (16 de octubre de 2001)


Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señores Presidentes, Señores miembros del Gobierno de España y de Castilla y León, Señor Alcalde de Valladolid, ilustres señores, señoras y señores:

Este II Congreso de la Lengua al que con tanta generosidad hemos sido invitados, responde a la convicción que compartimos totalmente. Al idioma castellano pertenece un rol protagónico en el mundo actual; rol asignado por la fuerza que le infunden las personas que lo hablan y lo escriben y también, por el cada vez más creciente atractivo de las culturas de nuestra lengua entre quienes lo descubren.

Este interés se asienta no en la mera curiosidad, sino en el reconocimiento de los valores internos e históricos y las múltiples posibilidades que brinda en diversos campos del conocimiento y la acción.

Nuestro idioma ha hecho sus aportes concretos al entendimiento de los pueblos y a la búsqueda del progreso, sin alejarse en sus desarrollos de la ética y la eficacia. Como ciudadanos de este mundo turbulento, es esencial cumplir con nuestra mayor y primera responsabilidad; afianzar la reflexión que propugne y nos acerque a los mejores modos de convivencia humana y ponderarla por sobre las conductas impulsivas y reactivas, promotoras de dolor y desesperanza.

La democracia no admite titubeos; encarna la cultura y el bienestar de los hombres entendiéndolos como producción de un espíritu creativo, a la vez que crítico y autocrítico de la belleza como expresión de la emoción genuina y la celebración de la vida amparada en la igualdad y la bienhechora tolerancia hacia los otros. Porque defendemos la claridad del pensamiento racional sobre la oscuridad de los prejuicios y las consignas sectarias, el entendimiento que promueve el diálogo sobre los enfrentamientos que nacen de los impulsos de exclusión y la indiferencia irreductible ante los problemas del prójimo, aceptamos la aventura y su desafío.

Es evidente que ante la magnitud de este propósito, la lengua como expresión de esta voluntad es la herramienta para hacer real una comunidad mejor integrada en una convivencia de signo humanista. Porque poseemos el beneficio de su riqueza, como hablantes de la lengua española, podemos contribuir de manera fundamental en este sentido. Cultivarla, no es responder a un afán retórico; significa al contrario, empeñarse en evidenciar hasta qué punto resulta consecuente con estos valores.

Quiero expresar nuestra gratitud a España por ser la promotora de esta espléndida iniciativa que es el Congreso de la Lengua. Encuentros como el que hoy tenemos la felicidad de compartir, nos demuestran que está viva en los hispanohablantes, la conciencia del idioma. Su comprensión y su transición, denotan el cuidado de una esperanza, la de una sociedad planetaria regida por un anhelo de coincidencia entre la especie humana, de acercamiento fructífero entre las distintas culturas. Al perfeccionar el vínculo con nuestra lengua, perfeccionamos nuestras posibilidades de responder con eficacia al imperativo de recíproca comprensión entre los hombres. Escritores, investigadores, historiadores del idioma, son desde esta perspectiva mediadores en el imperio colectivo para construir la paz.

Y la paz, claro está, no es una noción que nos remite a la utopía de un escenario mundial sin conflictos, sino soluciones que atraviesan tensiones que estamos decididos a encarar con indeclinable vocación fraternal y disposición sostenida al mutuo entendimiento.

Es claro, que la apertura incesante de nuevos horizontes cognitivos y pragmáticos, reviste un significado imposible de soslayar en la encrucijada que hoy presenta el mundo, porque nos permite encaminarnos al desarrollo de nuestras potencialidades y el crecimiento de nuestros pueblos. Es en este punto en que confluye el reconocimiento de la línea de acción que nos marca la democracia y el papel que en su sustentación desempeña la cultura, ahora sí, ampliando su horizonte de significación.

Es alentador que en este II Congreso de la Lengua, se consideren no sólo los aspectos mencionados como esenciales, sino también y consecuentemente con ellos, la potencialidad del español como recurso económico y de la tecnología, hacer de nuestro idioma una herramienta indispensable del crecimiento económico, porque de ello resultará también el bienestar de la gente. De ahí la importancia de extender las búsquedas hacia el desarrollo de las industrias que potencien la lengua como recurso rentable.

Cuando en Zacatecas comenzaran estos magníficos encuentros, ya estaba planteado que debíamos tomar conciencia de las posibilidades que nos ofrecen los cambios tecnológicos, en los que nuestra lengua puede incorporarse sin perder su identidad y su carácter, sino enriqueciendo sus valores intrínsecos que son los que pertenecen a quienes la hablan. La lengua española tiene irrenunciablemente que incorporarse a la reactualización de las actividades productivas que la ciencia y la tecnología promueven.

El mundo se comunica en red, y estos desarrollos enriquecen recíprocamente con su intercambio a todos los idiomas. El español ha incorporado infinidad de términos sin haber perdido la fortaleza de su propia identidad. Internet ofrece una oportunidad maravillosa como lengua sin fin en el mundo, para crear fuentes de trabajo desarrollando buscadores en nuestro idioma. En este sentido me enorgullece contar que en Argentina venimos trabajando con el portal Educ.ar, para la educación, por cierto, que ha recibido el elogio de Su Majestad, el Rey de España y que nuevamente agradezco.

Argentina está empeñada junto a sus naciones hermanas en alentar la difusión del español para extranjeros. Es una labor para la que cuenta con los recursos necesarios, y con ello quiere evidenciar hasta qué punto el español del Río de la Plata puede honrar el paso fecundo del que proviene, tanto como enfrentar con éxito los desafíos de la época. Un aporte fundamental lo hacemos mediante el programa de difusión del pensamiento argentino en el exterior, iniciativa del Ministerio de Relaciones Exteriores; comitivas de intelectuales argentinos viajan por el mundo compartiendo el debate de los grandes temas de nuestro tiempo con colegas de distintas latitudes. Ambas iniciativas son respuestas a la idea que como ha escrito, Arturo Marasso, «La tierra es nuestra casa y habitarla con dignidad es vivirla con espíritu fraterno».

Por eso, quiero expresar nuestro entusiasmo de anfitriones del III Congreso de la Lengua que se llevará a cabo en Buenos Aires en el 2004. Recibiremos con alegría y hospitalidad a quienes nos honren con su visita. Nada puede ser más propicio a la cultura argentina que recibir en nuestra casa a quienes la nutren con sus propios aportes, con su versatilidad infinita y sus matices entrañables.

Así recibiremos a quienes vengan a nuestro país para proseguir la tarea que hoy nos reúne, diciéndoles de todo corazón: Argentina es vuestra casa.

Propongo que ese Congreso lo denominemos «El español, las tecnologías y la nueva integración». La primera, evoca el carácter diferencial que las diversas tecnologías le dan a nuestra lengua con oportunidades en el mercado mundial. La nueva integración, evoca el objetivo de incluir las nuevas fronteras.

Invitaremos a la hermana República del Brasil en respuesta al esfuerzo de su gobierno para el aprendizaje y difusión de nuestra lengua entre su gente. La tecnología de las comunicaciones supera aduanas, y por los nuevos medios como Internet o los satélites, permite que la economía y el comercio puedan acceder a una nueva forma de integración internacional.

Nuestro propósito es poner ya en marcha el Congreso de Buenos Aires. El español, las tecnologías y la nueva integración, con su primer capítulo en el próximo año, referido a la nueva economía en la idea de promover la rentabilización de la cultura con los siguientes eventos: universidad de Internet, en Córdoba; capacitación en línea, en Buenos Aires; el español en el software, en Rosario; el mundo digital en la música, en el Chaco, sede de nuestra futura universidad virtual de la música y en cooperación con sus similares: la de La Rioja, de España; y la de Georgia, de Estados Unidos.

Avanzar en el desarrollo y en el cuidado de nuestra lengua es proyectar nuestra propia identidad.

Muchas gracias.


Inauguración del II Congreso Internacional de la Lengua Española, intervención de Fernando de la Rúa, presidente de Argentina. A la izquierda, José María Aznar, presidente del Gobierno. Teatro Calderón, patio de butacas. 16 de octubre de 2001.



Fuente: Discurso de Inauguración del  Presidente de la Republica Argentina, Sr. Fernando de la Rúa en el II Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Valladolid (España), organizado por el Instituto Cervantes y la Real Academia Española, con la colaboración de las Academias de la Lengua Española de Hispanoamérica, Estados Unidos y Filipinas, 16 de octubre de 2001.



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viernes, 10 de mayo de 2019

José Genoud: "El PJ quiere extorsionar a la Alianza" (15 de noviembre de 1998)

Está convencido de que la designación irregular de los senadores peronistas por Corrientes y el Chaco responde a una estrategia del PJ por "extorsionar" a un eventual gobierno de la Alianza. Asegura que una mayoría justicialista en la Cámara alta podrá resultar un "espacio para la impunidad menemista" y advierte que desde 1999 el oficialismo utilizará al Senado para "imponer graves condicionamientos".

Por todo ello, el jefe de la bancada de senadores del radicalismo, José Genoud (Mendoza), está convencido que "hay que agotar todas las vías posibles" para revertir la decisión del PJ de "usurpar" dos bancas. En diálogo con La Nación , el senador admitió que en estos días en el Senado entre oficialistas y opositores "se hará muy difícil el funcionamiento".

-¿La decisión de la Alianza de recurrir a la Corte para destrabar la designación de senadores no se interpreta como una intromisión de un poder sobre otro?

-La Corte en este caso está habilitada para intervenir. Esperamos que sus miembros se reivindiquen ante la opinión pública y actúen correctamente devolviendo a quienes corresponden las bancas que se han usurpado. Pero la Corte Suprema no debe intervenir en la elección de los senadores.

-El justicialismo sostiene que en la designación del radical Meneghini (Santiago del Estero) la Legislatura tampoco lo votó y el Senado la convalidó...

-El PJ busca igualar el caso de Meneghini con su vocación de ilegalidad. El Senado decidió tomar el pliego de Meneghini que le otorgó la minoría de la Legislatura porque el PJ ya tenía dos bancas por la mayoría de Santiago del Estero y no podía quedarse con otra.

-¿Qué ocurriría si la Corte no acepta el reclamo de la Alianza?

-Recurriremos a la Corte Interamericana de Derechos Humanos o a la Unión Interparlamentaria Mundial.

-¿Y en el plano legislativo, qué harán?

-Ya le pedimos la renuncia al presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales (el menemista Jorge Yoma) porque ha sido el bastonero de toda la operación. No vamos a participar más en esa comisión. El PJ le ha dado un golpe de gracia a la convivencia parlamentaria mínima para el funcionamiento de una Cámara.

-¿Esto significaría una parálisis parlamentaria?

-En este contexto será muy difícil que el Senado funcione. Nosotros no trabaremos la votación de las leyes, pero no vamos a aceptar la incorporación de dos senadores sin títulos.

-¿Qué ocurrirá con las leyes que se sancionen con los votos o la simple presencia de los senadores Sager y Pruyas?

-Toda ley que se apruebe con el voto decisivo de estos dos señores no va a tener validez. Eso lo va a definir la Justicia. Pero desde ya le digo que cualquier ciudadano podrá exigir un reclamo judicial ante una ley que fue aprobada con el voto decisivo de los señores usurpadores de bancas.

-Pero esto puede acarrear serias consecuencias...

-A nosotros no nos corresponde medir las consecuencias. Eso le corresponde al menemismo.

"MAYORÍA ARTIFICIAL"

- ¿Qué objetivo cree que persigue el justicialismo con esta conducta?

-Con una mayoría artificial en el Senado, el peronismo pretende impedir, condicionar, limitar u obstruir un gobierno de la Alianza en 1999. No se olvide que la Cámara alta otorga los acuerdos para la designación de embajadores, de jueces, del procurador general de la Nación, etc.

-Esto significaría que...

-En este contexto el PJ puede llegar a trabar el nombramiento de embajadores. Esto significará graves condicionamientos. Esta claro que la pretensión del peronismo servirá también para encubrir en el Senado a los hombres que eventualmente sean investigados por la Justicia. Este sería un mecanismo extorsivo. El Senado puede llegar a convertirse en un verdadero murallón para los actos de gobierno de la Alianza.











Fuente: Genoud: "El PJ quiere extorsionar a la Alianza" por Martín Dinatale para el Diario La Nación del 15 de noviembre de 1998.

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miércoles, 13 de marzo de 2019

Eduardo Duhalde: “La defensa del trabajador” (10 de febrero de 2000)

Pretender abrir juicio sobre la gestión de un gobierno apenas dos meses después de instalado sería tan apresurado que podría llevar a quien lo intentara a emitir una opinión irreflexiva y aun equivocada. Sólo sería posible, en tan breve lapso, considerar algunos indicios capaces de señalar un rumbo a la futura gestión del gobierno y el papel que va asumiendo la oposición.

Creo que debemos admitir que el gobierno de la Alianza recibió un país cuya situación no es tan mala como pregonan el presidente Fernando de la Rúa y sus colaboradores, ni tan buena como pretenden su antecesor, el ex presidente Carlos Menem, y quienes lo acompañaron.

La Argentina sufre el lastre de una pesada deuda externa que conspira contra sus posibilidades de expansión; está jaqueada por un proceso recesivo que proyecta su sombra sobre el consumo y la producción, y, como consecuencia inmediata, persiste el crítico problema de la desocupación.

Todo ello ha colocado a nuestro país en una situación de debilidad cuando debe negociar con los factores económicos y financieros internacionales o impulsar un proceso de reactivación. Esa situación de debilidad se puso de manifiesto en las recientes negociaciones con el Fondo Monetario Internacional, que sigue con sus tradicionales recetas que, si se cumplen a rajatabla, pueden conducir a una mayor recesión y desocupación en el nivel nacional y provincial.

Es necesario reducir el déficit fiscal, pero también recordar que el país se compone de hombres y mujeres que no pueden seguir soportando sobre sus hombros la carga de la crisis, especialmente en aquellos sectores de más modestos recursos, que continúan descendiendo en la escala de la pobreza y no es humano someterlos todavía a mayores sacrificios.

También se debe examinar cuidadosamente la gravitación de la presión impositiva sobre los empresarios y de la flexibilización laboral sobre los trabajadores. Es deber del Estado garantizar la equidad impositiva e ilusorio pretender aumentar la recaudación agotando la capacidad tributaria de quienes cumplen. Ese peligroso camino nos llevará a profundizar la recesión. Por el contrario, de lo que se trata es de combatir la evasión en todos los frentes.

En cuanto a la reforma laboral, tan en boga en estos días, tiene indudablemente como objetivo final la rebaja de salarios. Aprovechando el descrédito de parte de la dirigencia sindical, se corre el riesgo de arrasar los derechos elementales de los trabajadores e imponer el miedo al despido como ley suprema de la relación laboral.

A los trabajadores los van a defender sus organizaciones gremiales, pues el Gobierno está atado por compromisos con los organismos financieros internacionales y, más allá de la buena voluntad de algunos de sus miembros, la ayuda seguramente no ha de venir.

Por lo tanto, debe ser el justicialismo el que se maneje en el estrecho sendero que, por un lado, exige acompañar a los que ganaron y, por el otro, no renunciar al legado histórico que es la defensa de los hombres de trabajo.












Fuente: “La defensa del trabajador” por Eduardo Duhalde para el Diario La Nación, 10 de febrero de 2000.

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sábado, 5 de enero de 2019

Rodolfo Daer: “De la Rúa tiene el respeto de todo el movimiento obrero” (31 de enero de 2000)

-¿Cómo superará la CGT el complejo de no tener más a Menem para que les saque las papas del fuego?

-Ese complejo no existe porque Menem no nos sacaba ninguna papa del fuego. Con él se lograron muchas cosas favorables a los trabajadores. Y cuando ocurrió lo contrario, el movimiento obrero fue el primero en expresar su desacuerdo. Además, no es sencillo para el sindicalismo peronista cuando hay un gobierno de su mismo signo político. Pero me parece que el tema central de hoy no es Menem. Los presidentes pasan. En cambio, el horizonte del sindicalismo, que es la lucha por el bien común, siempre es el mismo.

-Bueno, usted llegó al punto. La gente parece estar convencida de que los sindicalistas no privilegian el bien común sino el particular.

-Usted me dice eso por las encuestas que difunde el Gobierno, que vaya a saber dónde las hacen. A mí me gustaría que las hagan en los barrios populares o en las puertas de las fábricas. Yo no vivo en un ghetto y la percepción que tengo es diferente. En todos estos días he recibido demostraciones de solidaridad y afecto de la gente como nunca.

-¿Acaso su preocupación no es que la reforma laboral recorte el poder de negociación a los jefes sindicales?

-Claro que eso nos preocupa. Porque lo peor que puede pasarle a los trabajadores es quedar desprotegidos. Esto es dos más dos: el salario es más barato cuando no hay convenio ni sindicato. Yo pregunto: ¿el trabajador va a negociar mejor por su cuenta con el capitalismo concentrado? El ministro de Trabajo parece desconocer que, cuando se debilitan a los gremios, se produce una regresión de la democracia. Debería leer las normas de la OIT.

-Flamarique dice que ustedes tienen miedo a perder la lapicera para firmar los convenios, ¿eso es así?

-Flamarique busca fama haciendo una cruzada contra los gremios. Si fuera cierto que con la reforma se resolvería la desocupación y se mejorarían los salarios y las condiciones de trabajo, la CGT no tendría motivo para oponerse.

-Usted se la agarra con Flamarique, pero le recuerdo que la decisión política de enviar la reforma laboral al Congreso fue del Presidente.

-De la Rúa es un demócrata. Y como tal tiene el respeto de todo el movimiento obrero. No somos sus enemigos. Ocurre que el Presidente tiene que hacer equilibrio entre los sectores populares y los representantes del establishment económico. Esta última línea es la que hoy expresan Economía y Trabajo.

-Si el Gobierno llama a un plebiscito sobre la reforma, ¿qué resultado imagina? Lo único que puedo decirle es que esa fue una idea de la CGT que ahora toma el ministro de Trabajo para seguir profundizando el conflicto. Y su obligación es buscar consenso.

-¿El sindicalismo no tiene responsabilidad por la desocupación que hay?

-Esto de pretender transferir al sindicalismo la responsabilidad exclusiva por la falta de empleo no tiene goyete. ¿La clase política y los empresarios no tienen nada que decir sobre esto? Lo que pasa es que resulta más fácil presentar a los sindicalistas como los malos de la película y responsables de todos los males de la Argentina.

-Bueno, entonces no tiene ninguna autocrítica para hacerse...

-El movimiento obrero ha hecho muchas cosas bien y muchas cosas mal. Probablemente, muchas veces nos faltó sentido común para resolver los problemas de la gente. Aunque siempre actuamos en el afán de beneficiar a los trabajadores, que son los que nos pusieron en los cargos.

-¿Por qué será que buena parte del PJ ahora le de la espalda a la CGT?

-El PJ está viviendo una profunda crisis de identidad. Por eso, yo reclamo un congreso partidario que revise los postulados básicos del justicialismo, que tienen que ver primordialmente con la justicia social.

-La media docena de gobernadores peronistas que dieron su apoyo a la reforma, ¿no quieren la justicia social?

-Supongo que sí. Pero ellos deberían recordar sus orígenes y convocar al movimiento obrero para debatir estas cuestiones. Nadie puede rechazar su historia ni olvidarse de lo que votó cuando estaba en cargos de menor responsabilidad.

-Realmente, ¿la CGT está en condiciones de hacer un paro?

-Primero, hay muchos funcionarios que lo que más quieren es que dispongamos medidas de fuerza. Creen que somos tontos. Segundo, si el Gobierno precariza aún más la situación del trabajador, el paro va a surgir de abajo hacia arriba. La historia demuestra que cuando la CGT llama a un paro, se hace, conmigo o con otros. No hay nada más dinámico y revolucionario que el pueblo trabajador.

-Si el Gobierno fuera para atrás con la reforma, ¿usted se daría por hecho?

-No. Lo que quiero que se entienda es que la desocupación no se resolverá con la reforma laboral. Me daría por hecho si el Gobierno convoca a una mesa de diálogo con empresarios y la CGT para discutir cómo mejoramos la competitividad y atendemos los problemas de la agenda social.

-Si eso no sucede, ¿van a seguir asustando al Gobierno con la candidatura de Moyano a la CGT?

-Moyano es un dirigente con condiciones y aspiraciones a ese cargo. Es legítimo. Nosotros no queremos asustar a nadie. Lo que no queremos es la soberbia de algunos funcionarios.





El jefe de la central sindical rescata la figura del Presidente y la diferencia de los ministros de Trabajo y Economía, que empujan la reforma laboral. Y dice que si se perjudica a los obreros el paro va a surgir solo, de abajo hacia arriba.





Fuente: “De la Rúa tiene el respeto de todo el movimiento obrero” Primera etapa de gestion / Entrevista: Rodolfo Daer, titular de la CGT en Diario Clarin, 31 de enero de 2000.

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martes, 6 de noviembre de 2018

Marcos Novaro: "La Alianza: de la gloria del llano a la crisis de gobierno” (2003)


En agosto de 1997 la UCR y el Frepaso formaron la Alianza. Una coalición política con la cual, en las parlamentarias de octubre de ese año, lograron poner fin a la seguidilla de victorias electorales que el peronismo venía acumulando en forma ininterrumpida desde 1987. La armonía que reinaba inicialmente entre los socios de la Alianza –al menos en apariencia– y su inmediata consagración como nueva mayoría en el país se conjugaron con las disputas internas en que estaba sumido el PJ y con los magros resultados de la segunda presidencia de Menem, para catapultar a la oposición al gobierno nacional dos años después. Una vez en el poder, sin embargo, la Alianza encontraría graves dificultades para componer una fórmula de gobierno adecuada a fin de encarar los graves problemas que tenía por delante. Problemas que, en términos generales, no diferían demasiado de los que habían signado los últimos años de Menem: inestabilidad de los flujos de inversión externa (originada tanto en factores internacionales como en la desconfianza respecto de la solidez de la economía argentina y la capacidad de repago de su deuda), débil crecimiento de las exportaciones, ciclos recesivos pronunciados, altos índices de pobreza y de desocupación (que no bajaban del 14% desde
1995), fuertes tensiones entre la nación y las provincias en torno a la distribución de los recursos de coparticipación, el manejo del déficit y el endeudamiento, dificultades del gobierno nacional para contar con mayorías estables en el Congreso.

A estos problemas el gobierno aliancista le sumaría los provenientes del hecho de fundarse en una coalición de fuerzas políticas carentes de una historia compartida y con escasa experiencia de gestión y cohesión interna, así como los que se originaron en las desiguales condiciones y divergentes proyectos de sus principales líderes. Nos remontaremos ahora a los orígenes de la coalición para rastrear la génesis y evolución de estos problemas y tratar de comprender los déficits en la capacidad de gobierno, que surgirían a poco de iniciarse su gestión al frente del Ejecutivo nacional.

La segunda mitad de los noventa ofreció a las fuerzas de oposición oportunidades de desarrollo que no habían conocido en el sexenio anterior. Los dispersos grupos de centro-izquierda y disidentes de los partidos mayoritarios superaron su crónica insignificancia convergiendo en el Frente Grande en 1993 y en el Frepaso a fines de 1994. Poco después la UCR logró recuperarse de su prolongado declive electoral y de su agudo fraccionamiento interno, renovando su oferta de candidatos y recuperando su perfil opositor. Ambas fuerzas –la UCR y el Frepaso– lograrían capitalizar el nuevo clima de desconfianza y rechazo hacia el gobierno que a partir de 1995 se extendió en la opinión pública y los cuestionamientos que comenzó a padecer el oficialismo de parte de anteriores aliados, tanto en los medios de comunicación como entre los empresarios y los políticos de centro-derecha.

Quien más rápidamente se acomodó a las circunstancias y logró beneficiarse de esta coyuntura favorable fue el Frepaso, resultado de la convergencia de grupos disidentes del peronismo y el radicalismo –que abandonaron esos partidos entre 1991 y 1994– con la Unidad Socialista y otros grupos menores de izquierda (el Partido Intransigente y sectores del Partido Comunista), la Democracia Cristiana y una amplia gama de dirigentes y militantes provenientes de los sindicatos y del movimiento de derechos humanos. La flexibilidad que demostró este conglomerado de pequeños grupos políticos para adaptar su discurso de campaña a las expectativas de la audiencia, y su carencia de compromisos con los fracasos de gobiernos anteriores o con los grupos de interés predominantes, constituían sus principales ventajas sobre los partidos tradicionales en un momento en que muchos votantes desconfiaban de ellos y buscaban nuevos horizontes.

Pero esos rasgos eran al mismo tiempo elocuentes indicios de sus debilidades estructurales, que a mediano plazo limitarían sus posibilidades de actuación como fuerza de gobierno.

Ampliando la experiencia iniciada con el Frente Grande, el Frepaso se conformó como un agregado de pequeñas estructuras organizativas difícilmente armonizables entre sí: algunas consistían en grupos de militantes activos, encolumnados detrás de jefes políticos no particularmente populares ni dotados; otras eran redes de punteros basadas en el control de “paquetes” de afiliados; otras, en cambio, se fundaban en la popularidad de ciertas figuras y carecían en algunos casos de afiliados y militantes. Superpuestos unos a otros más que articulados, estos núcleos tenían además una presencia muy desigual en el territorio nacional23. Este heterogéneo conglomerado se abroqueló en el rechazo compartido a los vicios institucionales y al déficit social de las políticas menemistas, y en el rápido crecimiento electoral, fundado en la popularidad de un puñado de figuras: Carlos “Chacho” Alvarez y Graciela Fernández Meijide principalmente, el concejal porteño Aníbal Ibarra y el muy efímero José Octavio Bordón (que luego de obtener el 28% de los votos como candidato a presidente en 1995 abandonó el Frente para regresar al peronismo). En todos los casos la principal virtud de estos líderes residía en su imagen pública y su eficacia comunicacional como críticos del menemismo, con la consecuente capacidad para atraer a un sector del electorado distanciado de los partidos tradicionales, que compartía el afán opositor y la preocupación por los déficits republicanos y por los problemas de desigualdad social y exclusión.

Curiosamente, en medio de este auge electoral, los líderes del Frepaso consideraron que era funcional, para preservar su libertad de maniobra y su perfil renovador en la escena pública, mantener distancia de esas estructuras organizativas, a sus ojos menos útiles para enfrentar las lides electorales que tenían por delante que la simpatía de los periodistas y el asesoramiento de encuestadores y analistas profesionales. Al mismo tiempo, esas estructuras reprodujeron su fraccionalismo y la pobreza de recursos políticos, al paso que ocupaban las bancas de legisladores nacionales y provinciales y de concejales municipales a que el Frente accedía gracias al desempeño de aquellas figuras. Estas enfrentaban una opción, real o imaginaria: o bien aprovechar las oportunidades que ofrecía una coyuntura inmediata para ganar posiciones electorales, o bien dedicar recursos a la construcción de una más sólida y eficaz estructura partidaria, en un esfuerzo que seguramente tardaría en fructificar y para el cual deberían, además, vencerse las esperables resistencias de las estructuras existentes. Optaron por la primera alternativa y no pudieron evitar que se fueran incubando tensiones y problemas cada vez más graves, provenientes de la falta de reglas de juego compartidas e institucionalizadas y de mecanismos adecuados para resolver conflictos, seleccionar al personal, asignar premios y castigos según su desempeño, y formar un sólido consenso político y programático interno (véase Novaro y Palermo, 1998). Estas tensiones y los déficits de institucionalización se volvían más difíciles de resolver a medida que crecía el número y la relevancia de los cargos públicos ocupados por los frepasistas.

Parte del problema que los líderes buscaban aventar se originaba en la brecha creciente que se abría entre las distintas posturas que convivían en el Frepaso. Por un lado, las posiciones moderadas –“actualizadas”– que los dirigentes comenzaron a adoptar con respecto a las reformas de mercado y a las políticas correctivas que se propondrían implementar en caso de llegar al gobierno. Por otro lado, la herencia cultural y orientaciones programáticas de las agrupaciones del Frente, que aunque heterogéneas entre sí tenían una raíz común en las tradiciones de la izquierda y del populismo. Esa modernización y el corrimiento hacia el centro del discurso público tuvieron un papel esencial en el éxito de esta fuerza política, acercando a una importante masa de votantes que, aunque críticos del menemismo, no se dejaban seducir por la idea de volver atrás con las reformas ni por las propuestas de cambios radicales, que podrían reabrir un escenario de inestabilidad económica e institucional. En virtud de esta circunstancia, el choque entre las visiones y propuestas de los líderes y las “bases” no se produjo en lo inmediato. Pero ello no redundó en un mayor consenso interno, en la medida en que los dirigentes consideraron innecesario hacer pedagogía entre sus seguidores, y porque pragmáticamente los grupos internos y sus jefes inmediatos callaron sus disidencias para no quedar al margen de los beneficios del crecimiento, o bien interpretaron el “desvío” de los líderes como una táctica meramente coyuntural.

La relativa indiferencia con que líderes, dirigentes y militantes consideraron el déficit de institucionalidad del Frente se vincula también con la idea ampliamente compartida de que la nueva fuerza frentista debía mantenerse abierta a la sociedad, facilitando la incorporación de figuras públicas de afuera de la clase política, así como de sectores de ésta que –se esperaba– no tardarían en romper con los partidos tradicionales. Este flujo de figuras y militantes finalmente no se produjo, al menos no en las dimensiones previstas por quienes pronosticaban una agudización de la crisis de la “política tradicional” y la emergencia de una “nueva política”, de carácter “transversal” y movimientista, que la reemplazaría. Pero esas expectativas llevaron a subvalorar los efectos no deseados de la informalidad frentista, que habrían de magnificarse a partir de 1997.

En términos prácticos, el Frepaso, que contaba formalmente con una conducción nacional –integrada por los representantes de cada uno de los miembros fundadores siguió funcionando como un crisol de grupos que giraba en torno a las iniciativas e intervenciones públicas de Chacho Alvarez y, en menor medida, de Fernández Meijide. No obstante, elegía sus candidatos a través de complejas y opacas negociaciones, digitadas en gran medida por dichos dirigentes, sin acudir a comicios internos (aunque algunos de los grupos integrantes, sobre todo los socialistas y en menor medida el Frente Grande, que dentro del Frepaso siguió reuniendo a los núcleos más directamente ligados a Alvarez y y Fernández Meijide, sí realizaban internas en su seno para elegir sus autoridades y candidatos). El Frepaso carecía asimismo de ámbitos formales y legítimos para formar consensos: los encuentros nacionales que realizó en 1996 y 1997 tuvieron un carácter más ritual que deliberativo, atribuible tal vez en iguales proporciones al afán aclamativo de los líderes y al escaso interés de los grupos disidentes por plantear sus puntos de vista y abocarse a la odiosa tarea de discutirlos y buscar consensos.

Como sea, es indudable que en estos años la presencia de esta tercera fuerza tuvo una influencia notable sobre el sistema de partidos, y particularmente sobre la competencia inter-partidaria. En primer lugar forzó la renovación de planteles dirigentes y la revisión de las políticas y las estrategias de las fuerzas tradicionales, en especial del radicalismo. En segundo lugar contribuyó a contener los des- bordes del oficialismo, posibilitando a los ciudadanos un efectivo ejercicio del voto castigo y ejerciendo el control del poder mediante el debate en los medios de comunicación o el recurso a la Justicia (los dos canales en que demostró mayor destreza y mejores resultados) y a través de los mecanismos parlamentarios (en 1993 el Frente Grande contaba sólo con tres diputados nacionales, pero ya en 1995 el Frepaso reunió una bancada de 26 miembros). También favoreció la inclusión en la agenda pública –hasta mediados de los noventa obsesivamente focalizada en el problema de la estabilidad macroeconómica– de temas eminentemente políticos, institucionales y sociales (calidad de las políticas públicas, nuevos problemas de regulación, control republicano del poder, lucha contra la corrupción, independencia de la Justicia, protección de derechos, combate de la desocupación y la marginalidad social, etc.). Por último, inauguró un juego más abierto de competencia y colaboración entre partidos, como habría de verificarse con la formación de la Alianza.

En cuanto al radicalismo, luego de la firma del Pacto de Olivos y las caídas electorales de 1994 y 1995 (en la elección presidencial de este año obtuvo un magro 16% de los votos) comenzó una notable recuperación. Es de destacar que todos sus problemas a nivel nacional no le habían impedido continuar con relativo éxito sus estrategias en los distritos provinciales. En 1995 retuvo sus cuatro gobernaciones y sumó la del Chaco, en alianza con el Frepaso. Un año después se impuso en las elecciones para jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

Además, a fines de 1995 renovó su conducción nacional y emergieron de su seno dos figuras presidenciables (el nuevo presidente del partido, Rodolfo Terragno, y el jefe del gobierno porteño, Fernando de la Rúa), aventándose el fantasma de la fragmentación. La crisis y las derrotas electorales de principios de los noventa y la recomposición posterior estimularon la revisión de posiciones y estrategias –como el rechazo a las reformas de mercado y la negativa a integrar alianzas electorales– sin que se generaran conflictos graves: las disidencias respecto de la formación de la Alianza fueron aisladas y se reflejaron en dilaciones para la concreción de acuerdos semejantes en algunas provincias, que luego del éxito de 1997 se irían superando.

En verdad, la colaboración parlamentaria entre radicales y frepasistas se había iniciado ya a fines de 1995, motivada tanto por la común oposición a aspectos sustanciales de las políticas económicas y sociales y a las prácticas institucionales del PJ, como por la convicción –también compartida y forjada por los resultados de mayo de ese año– de que separados no podrían disputar con éxito la presidencia. Por entonces se selló un pacto entre las bancadas de ambas fuerzas, que permitió adoptar posiciones comunes en cuestiones relevantes como las políticas de empleo, la emergencia financiera post-tequila y los presupuestos nacionales, entre otras. Además, en el curso de 1996 se organizaron actos de protesta conjuntos –como el “apagón”– que lograron amplia repercusión.

Los tiempos se aceleraron al año siguiente. El resonante éxito electoral en las parlamentarias de 1997 colocó abruptamente a la novel coalición de cara a la posibilidad cierta de acceder al gobierno. Eso sirvió para consolidarla, reforzando la disposición “aliancista” en ambas fuerzas y la identificación de los votantes de cada una de ellas con la nueva “marca” electoral, aunque también sirvió para acelerar la manifestación de los problemas de cohesión e institucionalización, cuya resolución había quedado pendiente en el momento de sellar el acuerdo y que se tornaron críticos a raíz de la selección de las candidaturas para 1999 por la definición de los programas de gobierno y la campaña presidencial. El dilema de “desajuste temporal” que ya había enfrentado el Frepaso –obligado a “quemar etapas” políticas e institucionales para poder responder a los urgentes y sucesivos llamados de las urnas– parecía reiterarse para la Alianza.

Fernández Meijide y Álvarez, que en octubre de 1997 encabezaron las listas de diputados en la provincia y en la ciudad de Buenos Aires respectivamente –los distritos donde se basó el triunfo aliancista– sin duda encarnaban mucho mejor que sus socios radicales las expectativas que la Alianza había comenzado a despertar en la ciudadanía. Y así lo reflejaron las encuestas en los meses siguientes. Ello desalentó, sobre todo en Fernández Meijide –precandidata del Frente para la máxima magistratura– y en los dirigentes intermedios que más incómodamente vivían la asociación con la UCR, la inclinación a aceptar una salida negociada para la definición de los candidatos en la que debieran resignar la posición preeminente que creían haber conquistado en la coalición. Por su lado, los radicales, tanto De la Rúa como Terragno y Alfonsín (quien por esos meses desplazó a Terragno de la presidencia del partido para poder consagrar a De la Rúa como precandidato presidencial por la UCR) estimaban que una elección interna –aún una elección abierta, en la que pudieran votar no afiliados– les daba más posibilidades de triunfo sobre el Frepaso que las que reflejaban las encuestas como expresión efímera de los recientes comicios.

Consideraban igualmente que mientras más tiempo transcurriera más se debilitaría esa ola y más decisivo sería el aparato partidario: ya sea para garantizar el triunfo en las internas, o para forzar una negociación que les garantizara la presidencia.

La incertidumbre respecto de esta cuestión dificultó avanzar en el fortalecimiento institucional de la coalición, cuya existencia formal se reducía a una mesa de conducción nacional integrada por los cinco dirigentes nombrados (Alvarez y Fernández Meijide, Alfonsín, De la Rúa y Terragno), que en cada provincia se replicaba según la relación de fuerzas y las afinidades existentes. En la práctica, la relación entre los socios seguía dinámicas de acuerdo y enfrentamiento bastante informales y complejas, determinadas por las divisiones que atravesaban a cada uno de los dos conjuntos (a lo que se sumaba la particular informalidad del Frepaso) y por las divergencias y antagonismos existentes entre los líderes. Ello se puso en evidencia cuando los radicales intentaron seducir a los socialistas, a otros miembros del Frepaso y a sectores políticos que manifestaron interés en sumarse a la Alianza , ofreciéndoles una consideración especial de sus intereses y su integración a la mesa de conducción aliancista, a cambio del apoyo para De la Rúa, y también cuando los líderes frepasistas sondearon a sectores radicales disconformes con la conducción partidaria, y en especial con su precandidato, para participar del juego inverso.

Por otro lado, Alfonsín, que encabezó la tarea de “conciliar” las propuestas programáticas de ambas fuerzas, encontró que tenía más puntos de acuerdo con muchos frepasistas que con los radicales que rodeaban a De la Rúa, representante del ala más conservadora de su partido y más atento a los consejos de economistas ortodoxos.

Entretanto, Álvarez y Fernández Meijide –quienes como dijimos, habían experimentado en los años anteriores un marcado giro a posiciones favorables a las reformas de mercado– disentían con las propuestas de proteccionismo comercial, revisión de las privatizaciones y supresión de la convertibilidad avanzadas por el ex presidente Alfonsín, y en busca de una posición intermedia se acercaban al propio De la Rúa más de lo que hubieran deseado. Atodo ello se sumó una creciente tensión entre Alfonsín y Álvarez por un lado –que controlaban las estructuras partidarias y aspiraban a ejercer un rol de conducción estratégica, supervisando la gestión de gobierno– y los precandidatos por el otro lado, que desconfiaban cada vez más de aquellos y buscaron fortalecer su autonomía aislándose de las presiones partidarias (lo que en el caso de De la Rúa alcanzaría un grado sumo).

Las internas abiertas para definir la fórmula presidencial se realizaron finalmente en noviembre de 1998, en un clima de relativa paz (sólo interrumpida por las acusaciones de “corrupción estructural” que Álvarez lanzó hacia el gobierno porteño de De la Rúa). En esos comicios el candidato radical obtuvo un triunfo resonante (se alzó con el 63% de los más de dos millones de votos) y logró con ello una legitimación plebiscitaria de alcance nacional que lo catapultaba hacia el sillón presidencial. Mientras la Alianza se fortalecía en las encuestas, el gobierno capeaba a duras penas el temporal de la recesión –agudizada desde principios de 1999 por la devaluación en Brasil– y Duhalde se afanaba por salvar los obstáculos que le seguía inventando el menemismo. Pero ni eso ni el acuerdo alcanzado para que Álvarez fuera candidato a vicepresidente y Fernández Meijide peleara la gobernación de Buenos Aires, integrando las listas para diputados y demás cargos electivos, aproximadamente de acuerdo a la “representatividad” mostrada por cada fuerza en las internas (en una negociación que terminó siendo también menos conflictiva de lo esperado), alcanzaron para aventar los problemas aludidos.

En lo que siguió, y aunque crecía la certidumbre respecto de su triunfo, la Alianza no llegó a establecer mecanismos de toma de decisiones, resolución de conflictos y construcción de acuerdos programáticos.

En esta etapa, ninguno de los socios y casi ninguno de sus sectores internos pensó en salir de la coalición como una posibilidad cercana, dado que esa alternativa implicaba serios riesgos de no ser acompañada por el electorado y porque dentro de la Alianza existían en cambio buenas perspectivas de acumulación política, aun para los derrotados en la interna y para los grupos más desfavorecidos en la distribución posterior de cargos. Pero por sí solo eso no eliminaba las resistencias y obstáculos para consolidar los lazos de unión y los mecanismos de toma de decisiones entre los partidos aliados. Tampoco alcanzaba para fortalecer la capacidad de prever conjuntamente la distribución de responsabilidades de gobierno y las políticas que se pondrían en marcha en las áreas estratégicas, cuestiones éstas que, como demostraban las experiencias relativamente exitosas de gobiernos de coalición en Brasil y Chile, eran decisivas para proveer al futuro gobierno de bases de apoyo y líneas de acción sólidas.

En la campaña la Alianza continuó la estrategia, desarrollada por el Frepaso, de focalizar su diferenciación frente al oficialismo en el tema de la corrupción, aunque también intentó incorporar otras cuestiones, como el combate del desempleo y la calidad de la educación. Surgieron obstáculos que frenaron los intentos por consolidar la diferencia y las promesas aliancistas en el curso de la competencia política. Los disensos entre los socios y al interior de cada uno de ellos desalentaron la adopción de posiciones demasiado precisas. Los esfuerzos hechos por Duhalde para diferenciarse de Menem en el terreno social y por hacer creíble un “cambio de modelo económico”, así como la presencia de un tercer candidato, Cavallo, que le disputaba a la Alianza las consignas del “buen gobierno” y el “mercado sin corrupción”, creaban otros obstáculos a la construcción de perfiles definidos, estimulando un muy difuso y genérico “centrismo”. Por último, el carácter del candidato, carente de perfiles definidos y de vigor carismático, tiñó toda la campaña de un tono insustancial y desapasionado. Desde el inicio de la campaña presidencial se advirtió la tendencia de De la Rúa a marcar distancia respecto de su partido y de los equipos programáticos creados por Alfonsín. 
Comparada con las experiencias de Menem en 1989 y del propio Alfonsín en 1983, la actitud de De la Rúa no sólo implicaba una anticipación de la clásica tensión entre coalición electoral y coalición de gobierno, sino también una peligrosa tendencia al aislamiento que en vez de facilitar dificultaba la generación de las condiciones de “autonomía enraizada” que todo gobernante debe construir frente a sus bases de apoyo, como lo probaba la propia experiencia de sus dos antecesores. Esta tendencia al aislamiento, que resultaría mortal para el nuevo gobierno, tenía en parte su origen en el escaso carisma del candidato y su estilo extremadamente reservado y desconfiado. En un grado aun mayor, respondía asimismo al amplio predominio del liderazgo alfonsinista dentro del partido y a las evidentes diferencias políticas y programáticas –sobre todo en el terreno económico– que enfrentaban a los dos prohombres radicales. Al menos al comienzo, estas diferencias con Alfonsín actuaron indirectamente a favor de una estrecha colaboración entre De la Rúa y Álvarez, cuya expresión inmediata fue la marcha armoniosa de la campaña y que posteriormente se reflejó en el acercamiento y acuerdo genérico con quien sería Ministro de Economía del nuevo gobierno, José Luis Machinea. A pesar de ello, la relación entre los dos integrantes de la fórmula presidencial tampoco estuvo libre de problemas. Tales problemas se profundizaron tras la asunción del poder, cuando a poco de andar se comprobó que las dificultades a enfrentar –tanto en el terreno económico como en el social e institucional– eran mucho más complejas y dramáticas que lo previsto, que la falta de resultados inmediatos agudizaba las tensiones y disensos dentro de la coalición, y que en ausencia de mecanismos aceitados y compartidos de toma de decisiones la división del poder dentro de la Alianza entre tres o cuatro figuras prominentes se tornaba inmanejable.

En primer lugar debe destacarse la muy escasa libertad de maniobra para corregir el rumbo económico de que dispuso la nueva administración a raíz de la recesión, que se prolongó a todo lo largo de 1999 y que no tenía visos de revertirse en lo inmediato. Ese margen terminaría siendo incluso menor que el que el equipo de Machinea pudo prever, debido a una serie de medidas de último momento del gobierno saliente: aumento del endeudamiento y del gasto (generando un déficit de más de 10.000 millones para el año 2000), asunción de compromisos con empresas concesionarias de servicios, gobernadores y sindicatos que afectaban seriamente los recursos fiscales a disposición de la nueva gestión, y lo que fue más determinante aún, aprobación de la llamada “ley de responsabilidad fiscal”, que estableció el compromiso de reducir el déficit progresivamente, en los siguientes cuatro años, hasta eliminarlo en el 2003. Siendo entonces la coalición opositora, la Alianza fue colocada frente a la alternativa de rechazar esa ley y desencadenar así una ola de desconfianza e incertidumbre respecto de su política fiscal entre los inversores y acreedores (ya de por sí precavidos por el antecedente de la hiperinflación de 1989), o bien de apoyarla y convertirla en un objetivo del programa de gobierno, lo que implicaba atarse de manos en un terreno donde el peronismo había disfrutado de una muy amplia libertad. La Alianza se manifestó en bloque por la segunda opción, y esa unidad se mantuvo en los meses que siguieron a la elección de octubre, cuando se discutieron el presupuesto y las metas de ajuste fiscal en la nación y en las provincias para el año 2000, pero comenzó a resquebrajarse tras la asunción del mando, cuando el Ministerio de Economía lanzó un aumento de impuestos (basado en el incremento de las alícuotas de ganancias) y una seguidilla de nuevos recortes del gasto (que incluyeron, meses después, la reducción de salarios a los empleados públicos), obligado en parte por los condicionamientos que el peronismo impuso a los primeros ajustes, utilizando su mayoría en el Senado y favoreciendo a las provincias en su poder.

La estrechez del margen de maniobra del gobierno estuvo determinada también, en alguna medida, por los propios resultados electorales y por la distribución de los espacios institucionales. La Alianza superó holgadamente al PJ en la carrera presidencial y le arrebató la mayoría que tenía en la Cámara de Diputados.

Pero el Senado no cambió su composición y el cuadro a nivel provincial era francamente desfavorable para la coalición de gobierno. La Alianza sólo ganó en la ciudad de Buenos Aires y en seis gobernaciones (Entre Ríos y Mendoza, hasta entonces en manos del PJ; Catamarca, Chaco, Río Negro y Chubut), controlando muy parcialmente una séptima (San Juan, donde se impuso un frente provincial en el que la UCR y el Frepaso ocupaban un papel secundario), mientras que el peronismo gobernaba en catorce provincias, incluyendo tres que son decisivas: Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba (esta última arrebatada a la UCR por primera vez desde 1983). La Alianza tendría que lidiar, en suma, con una fuerza de oposición que seguía siendo potente a pesar de la derrota, y capaz de frenar o al menos de condicionar fuertemente las políticas de reforma que requirieran aprobación parlamentaria y el consenso de las provincias: algo muy distinto de lo que sucedió con Menem en 1989.

Las dificultades en el frente económico volcaron al nuevo gobierno a buscar logros compensatorios en otras áreas, como la lucha contra la corrupción, una mayor eficiencia en las políticas educativas y de empleo, y reformas en la Administración y en el Poder Judicial. Pero distintos factores actuaron para que estas iniciativas fracasaran o quedaran a medio camino. En primer lugar, la falta de los recursos necesarios, que en muchos de esos casos debían ser cuantiosos si se quería tener éxito. En segundo lugar, la falta de coordinación y control de las distintas áreas de gobierno y entre ellas, fruto en gran medida del deficiente funcionamiento de la coalición y de su incapacidad para crear consensos y aunar esfuerzos en pro de los programas a implementar. Este tipo de medidas de reforma requieren el uso intensivo de capacidades institucionales, recursos humanos y de gestión que no estaban disponibles en el sector público y que la Alianza no se había tomado el tiempo para preparar ni estaba en condiciones de improvisar.

Una prueba de ello la brinda el primer gabinete de De la Rúa, que en su composición reflejó bastante fielmente la heterogeneidad de la Alianza, y que nunca logró funcionar como una unidad articulada. Los ministerios, con excepción de Economía, que formó un equipo homogéneo y cohesionado, reprodujeron en su interior la yuxtaposición de representantes de las diversas fuerzas y facciones –defensores de orientaciones disímiles–, amplificando una tendencia al internismo que derivó al poco tiempo en inmovilismo. Además de las ya aludidas limitaciones de la figura presidencial para sintetizar y dinamizar a la coalición, también pesó en esto la pasmosa irrelevancia de la Jefatura de Gabinete. En el período anterior, como vimos, este organismo había contribuido a resolver algunos de los problemas de coordinación y control asociados a la reforma del estado. Ahora, cuando esta cuestión asumía un carácter aun más decisivo, la Jefatura de Gabinete se mostró absolutamente ineficaz, tan siquiera para trazar un mapa de la multitud de iniciativas que desde distintas reparticiones se lanzaron en esa dirección, y que en su gran mayoría no fueron más allá de los papeles. Esta ineficacia, evidentemente, no puede achacarse tan sólo a la Jefatura, ya que reflejaba el grado de dispersión y desarticulación que caracterizaba al conjunto de la gestión. Por último, los loables intentos de investigar los casos más resonantes de corrupción de la década menemista (intentos que no eran compartidos por un sector importante del radicalismo) fueron contrarrestados por el estallido de escándalos que involucraron a funcionarios del nuevo gobierno, en particular pertenecientes al Frepaso. Ello no sólo puso en evidencia la fragilidad de las convicciones morales y la torpeza, en algunos casos desesperante, de algunos de los funcionarios que la coalición había ubicado en puestos clave, sino también, nuevamente, el grave problema de descontrol y falta de cohesión, que amenazaba con hacer fracasar al gobierno en sus objetivos más esenciales.

Todos estos factores se combinaron en la crisis política desatada en agosto de 2000 a raíz de la denuncia del pago de sobornos que habrían hecho funcionarios de gobierno a senadores nacionales –tanto del PJ como de la UCR– con el propósito de lograr la aprobación de la reforma laboral. Al calor de esta crisis, el Vicepresidente Alvarez –quien se convirtió en el máximo impulsor de la investigación y reclamó renuncias tanto en el Senado como en el Ejecutivo– terminó enfrentado con el presidente De la Rúa, quien primero desestimó y luego buscó acotar el alcance del escándalo. A principios de octubre, De la Rúa intentó al mismo tiempo dar por terminada la cuestión y reforzar su autoridad, anunciando un recambio ministerial que reubicaba a figuras clave de su entorno (algunas de ellas involucradas en el affaire) y que desplazaba a ministros y secretarios poco confiables (el Jefe de Gabinete y el Ministro de Justicia, ambos de la UCR). A causa de ello, Alvarez renunció a la vicepresidencia y la coalición quedó al borde de la ruptura definitiva. De la Rúa logró así poner aún más distancia de los partidos y sus presiones, conformando un gabinete mucho más disciplinado que el anterior, pero al precio de un total aislamiento, que terminó por agravar los problemas que buscaba resolver.

Además de las dificultades propias de la fórmula de gobierno que veníamos analizando, intervinieron sin duda en esta crisis y en su desenlace factores más directamente asociados a los rasgos de los dos líderes en pugna –De la Rúa y Alvarez–, diferencias en el estilo de cada uno y en las expectativas que representan.

Estas diferencias no comprenden todas las áreas de gobierno (por ejemplo, como ya dijimos, en el terreno de las políticas económicas la disidencia entre ellos era bastante menor que la de ambos con Alfonsín). Tampoco constituyen a priori una razón suficiente para la ruptura. Pero se volvieron críticas cuando por la falta de resultados en la gestión contribuyeron a diluir la ya de por sí bastante difusa diferencia existente entre el gobierno de la Alianza y el anterior (como se puso en evidencia en el desacuerdo respecto de la investigación de casos de corrupción del pasado), y cuando el éxito o fracaso del gobierno pasó a evaluarse en un horizonte limitado, no en función de objetivos comunes, sino de aspiraciones antagónicas, nunca resueltas, entre los socios de la Alianza.

En el fuero íntimo de muchos radicales y sobre todo de los delarruistas, el Frepaso era el fruto pasajero de un accidente o de un error del propio radicalismo, que ya se había remediado. Debía convivirse con él mientras fuera necesario, pero no había por qué acostumbrarse a esa convivencia, ya que el Frepaso no sería eterno, y ni siquiera perdurable. La amplia derrota a Fernández Meijide en las elecciones internas y su fracaso como candidata a la gobernación de la Provincia de Buenos Aires –que dejó malherido al Frepaso– reforzaron esta convicción. El triunfo de Aníbal Ibarra en la ciudad de Buenos Aires, en abril de 2000, apenas si bastaría para compensar el flaco papel de los frepasistas en las funciones de gobierno. Además, el presidente y sus seguidores más cercanos entendían que en el ejercicio del gobierno no debía concederse demasiado a los partidos: a ninguno de ellos. En este sentido, a lo sumo, el Frepaso podía servir para equilibrar la presencia del aparato radical y de su líder “histórico”, Raúl Alfonsín, pero no debía darse demasiado crédito a sus propuestas y aspiraciones: De la Rúa debía gobernar solo (lo que algunos creían que era seguir las enseñanzas del anterior gobierno) y soportar las presiones de los legisladores y de las figuras secundarias de la coalición hasta tanto las políticas económicas comenzaran a dar resultados. Luego todo sería más fácil.

Por su parte, en el seno del Frepaso, y en particular entre los dirigentes provenientes del peronismo que rodeaban a Álvarez, se mantenía viva la idea original de una crisis inevitable e inminente de los partidos tradicionales, que el Frente debía ayudar a desencadenar y que afectaría al radicalismo tanto como al peronismo.

En función de este pronóstico, la Alianza no debía concebirse como coalición de partidos sino como superación del bipartidismo en decadencia: expresión de un movimiento transversal, transpartidario, que sustituiría la vieja política, corrupta, excluyente, impopular, por una “nueva política” regenerada. La persistencia de los hábitos de “convivencia” entre radicales y peronistas, que les permitía acordar la distribución de recursos y espacios institucionales en las provincias, los municipios y también en el Senado –donde las prácticas corruptas llegaron a niveles de sofisticación, extensión y “regularidad” que las asemejaba a los pactos mafiosos–, alentó en el Frepaso este espíritu regenerativo y antipartidario, muy difícilmente compatible con la participación en la Alianza y en su gobierno.





Reunión en la casa de Federico Polak --Libertador al 4600-- participaron Raúl Alfonsín, Fernando de la Rúa, Rodolfo Terragno, Mario Brodersohn y Federico Polak --por la UCR-- y Chacho Alvarez, Graciela Fernández Meijide, Alberto Flamarique y Dante Caputo --por el Frepaso--.






Fuente: “La Alianza: de la gloria del llano a la crisis de gobierno” por Marcos Novaro en “Tipos de presidencialismo y modos de gobierno en América Latina” de Jorge Lanzaro (Compilador), Colección Grupos de Trabajo de CLACSO, 2003.

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