Páginas

miércoles, 19 de julio de 2017

Jorge Emilio Gallardo: "El conflicto de 1923 con la Santa Sede” (9 de junio de 2004)

Contrariamente a lo que ocurre cuando el investigador se esfuerza en los archivos -a veces mediante viajes y muchos esfuerzos, e incluso con la ayuda de la buena fortuna-, los papeles de que me he valido esta vez me llegaron sin esfuerzo alguno. Integraron el archivo del abuelo paterno -el ingeniero civil y doctor en ciencias naturales Angel Gallardo- y están referidos a un aspecto de su desempeño en el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto durante los seis años de la presidencia del doctor Marcelo T. de Alvear. (Por coincidencia, el padre del doctor Martín Alberto Noel fue el intendente de nuestra ciudad durante todo aquel período presidencial).

Aquellos papeles fueron conservados por uno de los yernos de Gallardo -el doctor Manuel V. Ordóñez, y a continuación por sus hijos- y he creído encontrar en ellos algunas claves para entender una etapa confusa de nuestra vida diplomática.

Tras seis años de dolencia, el 8 de abril de 1923 murió monseñor Mariano Antonio Espinosa, arzobispo de Buenos Aires. Como el desenlace se estimaba próximo, el tema de la sucesión arzobispal había sido tratado en el más alto nivel pocos meses antes, en ocasión de la visita a Roma del doctor Alvear como presidente electo. El tema fue tratado con el secretario de Estado, cardenal Pietro Gasparri, y con el Papa. El candidato auspiciado por Pío XI era monseñor Francisco Alberti, diocesano de La Plata, y el presidente electo no formuló reparos a ese nombre, que figuraba entre sus preferidos para el cargo. La Santa Sede sugirió entonces que el nombrado podría ser designado coadjutor con derecho a la sucesión, y Alvear tampoco se opuso en principio a la posible aplicación de aquel tradicional mecanismo, sobre el cual pidió en la ocasión precisiones canónicas que le fueron alcanzadas.

La Santa Sede nunca aceptó para nuestro país el Derecho de Patronato, como tampoco para otras naciones que se arrogaron dicho principio al adquirir su independencia, con recurso al argumento de que se trataba de un valor jurídico heredado de España. Dado que aquella figura permaneció incorporada a la Constitución Nacional hasta su abrogación en 1966 -una instancia histórica estudiada entre otros autores por el académico doctor Pedro J. Frías-, su mandato fue de plena aplicación por los poderes del Estado en lo referente a las ternas del Senado para la nominación de obispos, la elección de uno de ellos por el presidente de la Nación y la aprobación del pase de las bulas respectivas.

A través de decenios de nuestra vida independiente la buena voluntad de Roma y de Buenos Aires permitió que para la aplicación de la ley en estos casos se optase por un recomendable modus vivendi para eludir factores conflictivos.

Fuera de la crisis que a fines del siglo XIX condujo a la interrupción de las relaciones con la Santa Sede, la excepción a esta regla ocurrió inesperadamente durante el gobierno del doctor Alvear, lo que con más detalle que hoy es referido en un libro de próxima aparición, precisamente titulado Conflicto con Roma. La polémica por Monseñor de Andrea.

El conflicto planteado entre el Estado argentino y la Santa Sede de 1923 a 1926 consistió en una serie de hechos susceptibles de ser interpretados -ya se verá por qué- como errores políticos nacidos de un proyecto secreto, voluntarioso, que anidó en el más alto nivel del partido gobernante y debió contar necesariamente con la participación del candidato oficial a ocupar la sede arzobispal de Buenos Aires: monseñor Miguel de Andrea, párroco de San Miguel Arcángel y desde los cuarenta y tres años obispo in partibus infidelium de Temnos, cuyas obras sociales han sido estudiadas en detalle por el doctor Néstor Tomás Auza.

El asunto es contemporáneo de la crisis que a mediados de 1924 culminó con la separación del sector “antipersonalista” de la Unión Cívica Radical, un tema particularmente estudiado por el académico doctor Félix Luna.

De la observación de los hechos se desprende que el presidente Alvear se limitó a ser en el caso el ejecutor de una decisión resuelta en la instancia suprema del partido gobernante, donde nada menos que una palabra del ex presidente Hipólito Yrigoyen habría tenido el valor de una precisa orden.

La nominación de monseñor de Andrea fue, así, una medida que el Presidente debió llevar adelante con independencia de sus preferencias personales por otros candidatos, manifestadas en Roma cuando en 1922 visitó al cardenal secretario de Estado y al Papa en su condición de presidente electo. Es por ello que el nuncio monseñor Giovanni Beda Cardinale, arzobispo in partibus infidelium de Chersona, debió informar al secretario de Estado cardenal Gasparri que, al proponer sin previo aviso y públicamente la candidatura de monseñor de Andrea, el presidente Alvear había “faltado a su palabra”. En la ocasión, y pese a su habitual energía, las argumentaciones del Presidente en defensa propia resultaron débiles y poco creíbles, ya que en la precisa agenda del nuncio constaban la fecha y la sustancia de un diálogo anterior en el que Alvear había deslizado precisamente objeciones a la posible candidatura de monseñor de Andrea. En abril de 1923, antes de desdecirse al respecto, Alvear confió al nuncio Beda Cardinale que monseñor de Andrea en el Arzobispado de Buenos Aires no sería la persona indicada. Es más: que tal variante podría representar “el comienzo de una intromisión del clero en política”. Tan insólita como grave, en pocos meses la advertencia del Presidente pasó a ser olvidada por él y su criterio se vio transformado por completo. Es más: llevado a sus antípodas. La probable orden de Irigoyen -veremos dónde consta la referencia respectiva- debía ser cumplida.

Como si aquella contradicción no hubiese bastado, algo idéntico ocurrió con el ministro de Relaciones Exteriores y Culto, quien debió echar una piadosa cortina de humo para desdecirse a su vez de sus previas manifestaciones al nuncio en materia de candidaturas, pues en aquella ocasión había incluido expresas manifestaciones adversas a la posible candidatura de monseñor de Andrea. Es obvio que la opinión del canciller permaneció en este caso tan subordinada a las órdenes presidenciales como el propio doctor Alvear debió subordinarse, en este asunto, a las directivas del partido tras la intempestiva decisión de Yrigoyen de sostener a toda costa a su candidato. Es probable que este fragmento de nuestra historia diplomática deba ser interpretado en el contexto de la situación política que precedió a la crisis entre “antipersonalismo” y “personalismo”, pues ambos acontecimientos fueron contemporáneos.

Las obligadas manifestaciones de Angel Gallardo en favor del súbito candidato oficial no borran la memoria de que en abril de 1923 había manifestado al nuncio que su predilecto para el cargo era precisamente monseñor Alberti, obispo de La Plata, el preferido de Roma desde antes que se produjese el fallecimiento del arzobispo Espinosa. No sólo esa indicación de la Secretaría de Estado constaba desde 1922 en las instrucciones escritas entregadas al nuncio Beda Cardinale, sino que ya cinco años antes su predecesor, monseñor Alberto Vassallo di Torregrossa, había comunicado al secretario de Estado que monseñor Alberti era visto por dos de los más distinguidos canónigos de la Catedral como el candidato ideal para reemplazar en su momento al ya enfermo arzobispo Espinosa.

La previa oposición de Gallardo al nombre de monseñor de Andrea existió, y ello explicaría un planteo que le formuló monseñor Gustavo Franceschi, íntimo confidente y amigo del candidato del gobierno, a lo que el canciller contestó que su actitud era de completa neutralidad en el caso, lo que también manifestó en otras circunstancias.

No es necesario adscribirse al facilismo de las teorías conspirativas para reconocer que la problemática candidatura al Arzobispado de Buenos Aires fue, como se verá, el producto de un pacto acordado en el más alto nivel partidario. Parecen confirmarlo dos simétricas referencias de Gallardo: una de ellas formulada al ministro argentino ante la Santa Sede, Daniel García Mansilla, y expresada como versión, pero con la significativa precaución de que quedase registrada por un taquígrafo, y la otra expresada al nuncio Beda Cardinale, quien la elevó al cardenal Gasparri.

Ambas versiones, asumidas con presumible riesgo por el canciller, comprometieron directamente al ex presidente y jefe del radicalismo Hipólito Yrigoyen, y lo razonable parece suponer que el jefe de nuestra diplomacia jamás habría formulado una vana hipótesis de este calibre ante los representantes diplomáticos de ambos gobiernos.

Tal como fue llevado a la práctica aquel proyecto concebido en la sombra sólo pudo nacer de gruesos errores de concepto, agravados por torpezas de procedimiento. Al rechazar por dos veces la renuncia del candidato -decisión nada espontánea de éste, ya que le fue impuesta por el nuncio-, el doctor Alvear y su canciller adoptaron un tono más que enérgico -podría decirse una sobreactuación- seguramente destinada a un uso múltiple con destino a la opinión pública, a las “internas” del radicalismo y a la beligerante oposición, la cual interpeló en el Senado al canciller, quien en un caso debió incluso retirarse del recinto en defensa del respeto debido al representante del Papa. La tercera renuncia del obispo argentino fue finalmente aceptada por Alvear, quien a esta victoria de la Santa Sede replicó mediante la declaración de personas no gratas del nuncio y del secretario de la Nunciatura.

Frente al supuesto pragmatismo de un “fait accompli” mal calculado por sus autores y ante las bravatas presidenciales,

Pío XI persistió dignamente en su posición hasta la compartida decisión final, en 1926.

Ante la resistencia del Vaticano el Ejecutivo argentino endureció su posición, la Corte rechazó el pase del obispo de Santa Fe, monseñor Juan Agustín Boneo, como administrador apostólico de Buenos Aires (designación resuelta unilateralmente por Roma), y el Estado debió enfrentar el formal alzamiento del clero, que declaró expresamente su acatamiento al nombrado por medio de declaraciones oficiales del Cabildo Metropolitano y del Colegio de Párrocos de Buenos Aires. En cambio, los diocesanos se negaron a solidarizarse con monseñor de Andrea, como les sugirió el canciller a través de monseñor Alberti. El obispo de Paraná, monseñor Abel Bazán, se mostró en cambio siempre solidario con las iniciativas sociales del candidato del gobierno. El Estado suprimió los habituales pagos al clero y pidió el retiro del secretario de la Nunciatura, monseñor Maurilio Silvani, medida que se postergó y determinó más tarde al gobierno a expulsar a éste junto con el nuncio Beda Cardinale.

Aunque factores adversos a Andrea e impulsados por combativos agentes de la Compañía de Jesús tendieron a ser realizados en secreto, concluyeron en una ruidosa y cruda polémica, llevada a la prensa y a pequeños libros de combate editados a partir de diciembre de 1923 y alguno de ellos velozmente reeditado con actualizaciones polémicas.

Las referencias hechas por Gallardo a García Mansilla y al nuncio tuvieron el valor de una denuncia simétrica y un cabal mensaje doble a la Secretaría de Estado. Fiel a su Presidente, pero también católico practicante, hombre de ciencia y ciudadano apartidista, Angel Gallardo hizo que esta denuncia constase -como dijimos- en la versión taquigráfica de su diálogo con el ministro ante la Santa Sede realizado en Buenos Aires el 12 de mayo de 1924. En la segunda de dos reuniones informativas para las que García Mansilla había sido expresamente convocado dijo también Gallardo:

“...eso de la faz política será muy interesante aclararlo, porque es un cargo que viene muchas veces en cartas y comunicaciones de Roma, en las que se pinta a monseñor de
Andrea como un campeón del Partido Radical. En otra comunicación se lo titula ‘alfiere’ del Partido Radical. Se entiende que del Partido Radical yrigoyenista.

“(...) Si la Santa Sede ha creído que el Presidente presentaba ese candidato presionado, pudo haber creído hacer una cosa grata eliminándolo. Eso explicaría por qué en vez de ser una actitud hostil, hubiera sido una actitud excesivamente obsecuente hacia el Presidente de parte del Santo Padre, es decir todo lo contrario de lo que se cree”.

Esta versión piadosa fue la misma que recibió el nuncio y elevó al secretario de Estado con el razonable comentario de que se trataba de una “extraña interpretación” del ministro. Esa versión nos interesa hoy porque el canciller denunció allí la presión que existía sobre el Presidente y fue una manera de salvar su propia participación en un asunto que resultaba cada vez más incomprensible para todos los sectores, tanto en Roma como entre los argentinos católicos y los adversos a la Iglesia.

En probable confirmación de la versión referente a un Presidente “presionado” por su partido hay que mencionar que Gallardo, en sus Memorias, calificó de “indiscreta” una mediación brasileña ofrecida por Itamaraty y no aceptada por la Argentina, cuyos términos dirigidos a la Santa Sede sugerían “la necesidad de que el Vaticano considere con benevolencia la situación en que quedará el gobierno argentino, desobedeciendo la indicación del Poder Legislativo (se refiere a la terna), ya sea reemplazando el candidato designado o aceptándole su renuncia”. No hay duda de que esta supuesta ayuda partía de una indiscreción, algo así como poner el dedo en la llaga al sugerir la existencia de una relativa debilidad política del doctor Alvear.

¿Qué buscó el ex presidente al pretender la entronización en Buenos Aires de un arzobispo incondicional? No una simple recompensa, sino la materialización -es duro decirlo- de un pacto político de futuros servicios recíprocos. Es más que una suposición: se lo dijo Gallardo a García Mansilla con las siguientes palabras, e interesa observar cómo, al tiempo que enunció allí la posición oficial, proporcionó puntas de ovillo que hoy nos resultan útiles para desentrañar parte de la trama secreta del caso:

“Yo no sé por qué se lo pinta a de Andrea como un campeón del Partido Radical. Eso se ha dicho en Roma. El ha tenido muy buenas relaciones con el doctor Yrigoyen porque éste era Presidente de la República. El aconsejó que se votara por los radicales para disminuir votos a los socialistas. Pero que él sea un radical militante es absolutamente inexacto.

“Aquí alguien -no recuerdo quién- dijo que había un pacto entre de Andrea y el Partido Radical, para poner los elementos de la Iglesia al servicio del radicalismo y que así se habían conseguido los votos de los seis senadores yrigoyenistas.

“(...) Se ha explotado la circunstancia de que hayan votado por de Andrea los seis senadores yrigoyenistas y de que hayan votado por Alberti los tres senadores amigos de Alvear, haciendo aparecer así a monseñor de Andrea como candidato de Yrigoyen y no como candidato de Alvear. Eso también se ha explotado, pero es totalmente falso. Entre los que votaron por monseñor de Andrea había radicales yrigoyenistas, radicales no yrigoyenistas, conservadores, había de todo. La mayoría no tenía color político. Eso lo demostró Sagasti en su libro”.

(Se refiere a un libro polémico editado en 1924 en favor de la candidatura del obispo de Temnos).

Al narrar el caso en sus Memorias el canciller de Alvear no dio indicios de esto, aunque expresó significativamente que monseñor de Andrea “sostenía” que había consultado con el nuncio antes de aceptar su nominación para el Arzobispado. Lo cierto es que al producirse la abrupta y tardía consulta del interesado el nuncio no pudo interponer una negativa, pues si bien sus instrucciones de octubre de 1922 establecían que tras la previsible desaparición de monseñor Espinosa (ocurrida seis meses más tarde) debía favorecer la candidatura de monseñor Alberti, nada decían de oponerse a otros nombres.

Las declaraciones del frustrado arzobispo de Buenos Aires (y futuro frustrado cardenal) fueron ocasionalmente contradictorias con los hechos, y la propia Santa Sede lo detalló en un Libro Bianco editado en 1925 (que conozco gracias a la generosidad de monseñor doctor José Luis Kaufmann), ya que entre otras cosas monseñor de Andrea había asegurado públicamente, antes del lanzamiento por el gobierno de su inconsulta candidatura, que debido a sus muchas tareas sociales de ningún modo podría ser arzobispo de Buenos Aires.

Nuestro propósito de objetividad no elude ni privilegia a ningún factor ni sector. Conduce a señalar errores en cada plano de la contienda, tanto en lo actuado por ambos gobiernos como por sus mediadores y agentes visibles u ocultos, factores que pesaron en cada caso a través de supuestos pragmatismos, argumentaciones principistas, legales y hasta teológicas, recriminaciones, argucias, embustes y desmentidas, sin contar escamoteos informativos, como la explicable omisión -en el Libro Bianco- de la beligerancia de los jesuitas de Buenos Aires en este caso, tema que excedería nuestro tiempo de hoy pero se incluye con detalle en el libro de próxima aparición.

Parece justo subrayar lo endeble de aquella posición argentina, ya que nació de un equívoco transformado caprichosamente en cuestión de Estado. La anomalía del caso condujo a un presidente y a un canciller de catolicismo práctico a parecer por momentos agentes anticlericales.

Creemos irrecusable diferenciar entre el irrestricto respeto que debían los tres poderes al Derecho de Patronato consagrado en la Constitución y el particular tratamiento que se dio al conflicto del Arzobispado, una herida cuyo origen y motivaciones fueron sin duda secretos. No ayudó a la comprensión del asunto que también fuesen secretos los motivos de la Santa Sede, que llegó a afirmar que ni siquiera el nuncio conocía las razones de la negativa, fundada en lo que fue denominado un “secreto canónico impenetrable”.

La completa falta de tachas morales de monseñor de Andrea quedó fuera de duda, en particular cuando Roma hizo saber que podría ser arzobispo in partibus infidelium e incluso diocesano de cualquier sede eclesiástica argentina, excepto la de Buenos Aires. Parecería éste un caso en el que nada se ganó, salvo agraviar injustamente a otro Estado que era también una potencia espiritual privilegiada por la ley, circunstancia en que el gobierno empeñó en vano por tres años sus medios y su alto prestigio por una causa seguramente ajena a superiores razones de interés nacional.

El cardenal Gaetano De Lai fue uno de los más severos en el Colegio de Cardenales respecto de la actitud argentina, y en esa dura posición se contó un ex secretario de Estado y ex prefecto del Santo Oficio: el cardenal español Rafael Merry del Val.

En cuanto a las razones del secreto papal, creemos que estriban en la misma motivación que movilizó a los jesuitas de Buenos Aires: no sólo las obras sociales de monseñor de Andrea tendían a invadir parte de su jurisdicción, sino que el impetuoso obispo habría expresado que tenía el propósito de quitar a la Compañía de Jesús el manejo del Seminario Metropolitano. A los inconvenientes políticos y presupuestarios que esto hubiese significado para la Iglesia se sumaban, en aquella imprudente confidencia, desventajas presumibles en materia de ortodoxia en la enseñanza allí impartida. No sólo es probable que los jesuitas constituyesen a los ojos del Papa una garantía en materia doctrinaria, sino que monseñor de Andrea representaba el caso poco común de ser un prelado católico de ideas liberales. (A este rico aspecto de nuestra historia criolla de las ideas, tan generosa en fanatismos, dedicaremos parte de otro libro, en preparación, y ampliatorio del que ya hemos mencionado).

Este caso amargo, largo tiempo incomprensible para la opinión argentina y europea, como para cada uno de los sectores testigos o actuantes, tuvo su solución. En una Memoria contenida en treinta páginas a máquina el obispo de Temnos reveló en detalle su participación en la solución del caso cuando, de septiembre a diciembre de 1926, se encontró en Roma. Ya no esperaba el cargo ambicionado sino una reparación por vía del cardenalato y al mismo tiempo se desempeñó como un agente secreto doble y aceptado por las partes para superar con eficacia el estancamiento del conflicto. Sus comunicaciones desde Roma con el canciller argentino se hicieron mediante mensajes en clave. Fue un caso en el que los cauces normales de la diplomacia fueron evitados por ambos gobiernos, pues los principales arreglos prescindieron de la intervención principal del nuncio y de nuestro representante ante la Santa Sede, cuyas tareas quedaron limitadas a funciones supletorias. La inmediata provisión de otras cuatro diócesis vacantes en nuestro país (Córdoba, Santiago del Estero, Paraná y Catamarca) quedó resuelta gracias a estos procedimientos y a la eficacia del nuevo nuncio.

Los verdaderos agentes del caso fueron, durante esos tres meses y junto a nuestro obispo, el célebre jesuita Pietro Tacchi Venturi (que tenía acceso no sólo al cardenal secretario de Estado, sino al Papa y a Mussolini), el fascista Oreste Daffinà, procurador de los jesuitas, y el confidente Alfredo Proia, asesor del cardenal Gasparri y futuro diputado de la democracia cristiana en Italia. El nuevo nuncio fue monseñor Felipe Cortesi y el fraile franciscano José María Bottaro, incluido por el Senado en una nueva terna, fue el arzobispo de Buenos Aires aceptado por todos. Monseñor de Andrea dejó de ser un factor de fuerte polémica y su memoria es respetada hasta hoy por sus numerosas realizaciones en favor de diversos gremios.

Las preocupaciones del caso argentino no fueron por aquellos años exclusivas para la Secretaría de Estado. En ese mismo mes de diciembre de 1926 Pío XI condenó a l’Action Française, tras conversar largamente con los cardenales Gasparri y Louis Luçon sobre los alcances de esta medida, que sacudiría con fuerza a los seguidores de Charles Maurras en Europa y en nuestro país.

La llegada del obispo de Temnos a Roma, en septiembre, había coincidido con el comienzo de los estudios políticos y financieros conducentes a finiquitar la “cuestión romana”, que concluiría en 1929 con la firma, por parte del cardenal Gasparri y de Benito Mussolini, de los célebres Pactos de Letrán. El cardenal Eugenio Pacelli sustituiría muy pronto al cardenal Gasparri en la Secretaría de Estado (1930) y sería el legado pontificio en el Congreso Eucarístico de Buenos Aires de 1934.

Cinco años después reemplazaría a Pío XI con el nombre –para muchos presentes familiar, por cercano en el tiempo- de Pío XII.












Fuente: “El conflicto de 1923 con la Santa Sede” Conferencia del señor Jorge Emilio Gallardo, al incorporarse como miembro de número a la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, en sesión pública del 9 de junio de 2004.
Leer más...

jueves, 13 de julio de 2017

José Luis Romero: "La Reforma Universitaria y el futuro de la Universidad Argentina" (15 de junio de 1956)

Jóvenes estudiantes, conciudadanas y conciudadanos:

Al clausurarse en Córdoba las sesiones del Primer Congreso Nacional de Estudiantes, el 31 de julio de 1918, se acordó instituir la celebración anual del 15 de junio como día del advenimiento de la Universidad nueva. Henos aquí reunidos en cumplimiento de un deber de solidaridad con la historia. Nació entonces, más que una realidad, una esperanza. Y tras esa esperanza corremos desde entonces los espíritus democráticos, progresistas y libres, salvando los obstáculos que una y otra vez se interponen en nuestro camino como si la Universidad nueva constituyera un inalcanzable espejismo. Pero una y otra vez reinician su camino los espíritus democráticos, progresistas y libres, porque la fe no abandona a quienes se sienten movidos por el impulso hacia la libertad, propio del hombre y particularmente del que se siente consustanciado con los altos valores de la cultura , cuya atmósfera propia e irrenunciable es el reinado de la libertad.

La Universidad nueva fue el objetivo final de la Reforma desencadenada por las juventudes de 1918, y sigue siendo el objetivo final de cuantos aman la libertad y la cultura , jóvenes todos ellos por la juventud del espíritu. Comenzó su camino la Universidad nueva entre escollos y vendavales, y a poco de iniciado, lo envolvieron —tras la revolución oligárquica de 1930— las auras maléficas del fascismo que comenzaba a viciar la vida nacional. El camino quedó sumido en aquella niebla enceguecedora, y la meta comenzó a desdibujarse porque los viandantes que recorrían la ruta debieron detenerse a cada paso ante el obstáculo imprevisto. La Universidad nueva se tornó una esperanza cada vez más lejana a medida que se apretaban las esposas en las muñecas y las mordazas en los labios. Y parecía razonable ilusión aspirar cada día tan sólo a la Universidad de la víspera, mejor sin duda que la que se anunciaba para cada uno de los días que se sucedían en la precipitada pendiente que conducía desde la reacción oligárquica hacia el fascismo .

Después se extremó la angustia y la Universidad se tornó sombra de sí misma. El espíritu de la Universidad nueva, el espíritu que vivificaba la esperanza, subsistió insobornable en muchos que levantaron su voz, y muchos que levantaron su brazo, muchos que levantaron finalmente el arma decisiva. La Universidad vibraba en sus juventudes incorruptibles, y resurgió enccuarnada en ellas tras las jornadas de septiembre, cuando asumieron la custodia de los hogares universitarios. Viva la encontramos cuando creíamos que estaba muerta, Porque había vivido en la eterna juventud del espíritu. Y viva existe todavía, viva y anhelante de renovación, para retomar aquel camino en el que se detuviera a poco de comenzar su marcha, cohibida por el enrarecimiento de la atmósfera espiritual del país. Toca a nosotros impulsarla para que alcance un día la inmarcesible perfección de los sueños.

He aquí que, en un clima de libertad, la Universidad se torna entre nuestras manos una materia plástica en busca de forma. Tras las zozobras de casi cuarenta años de experimentos y de luchas, la Universidad argentina se nos presenta como un conjunto informe sin armonía y sin estilo. Tal es la dura realidad. Pese a ello, no faltan quienes preconicen prudentemente un retorno a lo antiguo, como si los únicos males fueran los que trajo consigo la dictadura. Yo afirmo que cualquier retorno es suicida y que la simple esperanza de lograrlo revela ya una imperdonable miopía para los problemas de la inteligencia. La Reforma de 1918 apenas pudo lograr escasísimos frutos, y muchos de ellos se vieron roídos por los gusanos que se lanzaron sobre los vivos durante las oscuras décadas del fraude y del fascismo . No es, pues, exagerado situarnos en posición análoga a la que encontraron las juventudes de antaño, y yo propongo aquí otra vez como solución única la fórmula preconizada por Alejandro Korn en 1918: Incipit vita nova; he aquí que comienza una nueva vida.

Estoy persuadido de que no hay otra. La Universidad argentina requiere una revisión total de sus fines, de su organización, de sus sistemas pedagógicos, hasta de su espíritu. Es la revisión a la que aspiró la Reforma, que se hizo en parte, que se malogró en mucho, pero que hay que volver a hacer, además, porque todo cuanto es obra del espíritu exige perpetua revisión y reforma perpetua. Yo no puedo concebir la Reforma como un conjunto de principios rígidos e inmutables, sino como un impulso del espíritu, y por eso veo en la esencia de la Universidad un drama idéntico al que constituye la esencia de la cultura misma.

La Universidad, como la cultura , se nos aparece como algo concreto: sus edificios, sus laboratorios y bibliotecas, sus alumnos y sus profesores. Es también un cierto caudal de saber que discurre entre ellos, cierto sistema de pensamiento, cierta imagen del mundo, todo lo cual anida en los espíritus, y preside las relaciones entre los hombres. Pero todo eso no constituye sino una de las facetas de la Universidad, la que vive en el mundo de los hechos, la que hemos heredado. Mas la Universidad no es sólo eso. Mucho más que eso, es también la Universidad que queremos hacer para que acoja el saber que vamos creando, saber nuestro, irrenunciable e intransferible, saber entrañablemente nuestro y no heredado, sino creado con la efusión de nuestro espíritu y con el que quedan comprometidas nuestras vidas. Este saber en perpetua creación requiere una Universidad flexible y modelable, para que sus formas endurecidas no hieran su frágil contextura. Y la variable receptividad de cada generación de educandos exige por su parte pareja flexibilidad para que las heridas no sean sus almas o sus mentes.

Hay una dialéctica entre la estructura de la Universidad y el impulso perpetuamente renovador del saber que se rehace en ella cada día, porque muere si no acierta a rehacerse, porque no vive sino en su propia y perpetua recreación. Y hay una reforma necesaria e impostergable para cada etapa de la Universidad, porque la letra mata y el espíritu vivifica; y cada vez que la Universidad tropieza y consiente en detener su propia renovación se torna academia, urna para el saber estéril, y deja de ser hogar para la perenne creación .

Yo os digo que no hay una Reforma , sino innumerables y sucesivas reformas; y estoy cierto que ha llegado el momento de una que sea sustancial y profunda. Pero fijémonos cómo hemos de hacerla, porque si ha de hacerse en virtud del espíritu, es imprescindible que sea del espíritu crítico y libre, y no del espíritu dogmático y fundado en el principio de autoridad. Si es este último el que predomina, es seguro que toda reforma será estéril y que finalmente la Universidad dejará de serlo. Sólo por el espíritu crítico y libre ha existido la Universidad, y tanto asegura su muerte la infiltración del espíritu dogmático y del autoritarismo como la estagnación del saber. Si hemos de recuperar la Universidad para el espíritu, será porque la recuperemos entera, en la plenitud de su libertad, sin límites para la inteligencia, sin otra aspiración que la del saber humano, del que podemos decir que ha nutrido nuestra cultura desde la misma Edad Media, y libre de los tabúes con que se quieren contener los espíritus.

Acaso no se haya repetido suficientemente que la reforma universitaria forma parte de la vasta reforma educacional que requiere el país. Es innegable que el movimiento reformista nació y se desenvolvió en un ambiente tumultuoso y en una atmósfera de rebeldía, Era la misma juventud la que exigía la reforma de la educación que le ofrecía la Universidad, y el clamor resonó con el brío y la frescura que son propios de los movimientos juveniles. Pero si era en muchos aspectos un movimiento político, un movimiento social, un movimiento vinculado al despertar de la ciudadanía democrática, no es menos cierto que era esencialmente un movimiento en favor de la renovación de la Universidad y la cultura ; un movimiento educacional, análogo al que entonces comenzaba a desarrollarse en favor de la renovación de la educación de los niños y los adolescentes. La exigencia de una reforma educacional sigue en pie en nuestro país para todos los órdenes de la enseñanza, y entre ellos para la enseñanza universitaria. Parecería como si las dolorosas alternativas porque ha pasado nuestro país fueran particularmente graves en cuanto conciernen a la cultura y a la educación. Una indiferencia culpable se ha advertido en relación con este problema, que hace al presente y al futuro de este país, que hace a la correcta formación de las nuevas generaciones, que hace al destino de nuestra cultura .

Si entendemos la reforma universitaria como reforma educacional, descubrimos como primer objetivo el de hacer una Universidad que constituya un centro de formación del hombre. La mera enunciación de tan evidente designio descubre la insuficiencia de nuestra actual Universidad frente a su misión fundamental. ¿Acaso se ha planteado el problema en alguna ocasión? ¿Acaso la Universidad ha modificado o intentado modificar alguna vez su estructura de mera yuxtaposición de escuelas profesionales, para afrontar el problema total que le plantea el joven que llega un día a sus puertas y comienza a ambular por los corredores y las aulas sin mantener otro contacto con la Universidad que el puramente pasivo del oyente o del que pide informes en una oficina administrativa? Constituye una actitud simplista y culpable hablar de los estudiantes como de una fuerza de opinión, o como de un malón subversivo, o como de una multitud indiscriminada. Los estudiantes constituyen un conjunto, pero sólo subsidiariamente valen como conjunto. En principio y fundamentalmente valen como individuos , como personalidades singulares. ¿Quién que sea de verdad padre o maestro ignora lo que es un joven de veinte años, lleno de esperanza, de inquietudes, de temores y, sobre todo, de imperativos morales irrenunciables? Para ese joven que no ha concluido su educación, sino que se halla en la etapa más difícil de su proceso formativo, la Universidad ofrece sólo la fría enseñanza de quien únicamente considera su misión hacer de él un técnico. Nada más, y es notorio que es harto poco si pensamos la Universidad como una escuela, como un hogar para la formación de hombres.

El problema no reside en las eternas y casi siempre estériles reformas de planes, sino en una reforma del espíritu de la Universidad, y en la reforma de su estructura para que el nuevo espíritu pueda florecer. Hay que crear la comunidad universitaria, la escuela a la medida del estudiante, dentro de la cual esa comunidad se desenvuelva en el ambiente cálido que necesita, y crear el profesorado con dedicación exclusiva que cuente con tiempo y aptitudes suficientes como para afrontar el problema personal de cada educando. Sólo a partir de esta situación podrá hablarse de la Universidad como de un hogar para la formación del hombre.

Pero no es todo. La Universidad tiene que dar al joven educando todo lo que necesita para su formación juvenil, todo lo que busca en su tránsito desde la adolescencia hacia la juventud. Es una edad llena de problemas, la edad del descubrimiento del mundo, la edad de las curiosidades universales. ¿Es posible que la Universidad se empeñe en frustrar prematuramente tantas inquietudes? Ciertamente está obligada a favorecer una elección profesional, pero al mismo tiempo que encamina hacia un rumbo determinado, al mismo tiempo que dirige al educando hacia la especialización, es deber de la Universidad estimular y satisfacer la curiosidad general acerca de los problemas que se debaten alrededor del estudiante, porque el hombre es hombre antes que profesional, y difícilmente se halle momento más propicio para crear una clara posición frente a las inquietudes del mundo circundante que los años que el estudiante pasa en la Universidad. Entonces hay que modelar el ciudadano, el hombre maduro, de opiniones claras acerca de las cosas que le importan a todo el mundo y que no son patrimonio de ningún especialista. Nada más triste que el profesional ciego y sordo a las inquietudes del ambiente circundante, y por ello incapaz de ejercer influencia alguna sobre su contorno.

Acaso lo que no sea propio de la profesión deba sustraerse al ámbito de la escuela profesional, aunque no estoy cierto de ello, porque la comunidad universitaria es el más eficaz vehículo de la educación juvenil. De todos modos, puede no ser objeto de una enseñanza sistemática. La Universidad puede ofrecer una posibilidad de formación en todos los aspectos no profesionales a través de departamentos paralelos a la escuela profesional, cuya labor sea la de suscitar intereses y satisfacerlos sin la constricción de ninguna exigencia, porque es seguro que los intereses profundos de la juventud despertarán y se encauzarán por sus propios impulsos.

Pero aún la enseñanza profesional puede colaborar indirectamente en la formación de la personalidad, si se destierra de una vez la enseñanza verbalista y se sienta el principio de la enseñanza activa, de la conquista del saber por el educando mediante su contacto con el fenómeno o con la fuente. Entonces se ejercitarán de tal modo las aptitudes que las personalidades saldrán enriquecidas para el análisis de cualquier realidad, de cualquier estirpe de problemas.

Todo esto, y muchas cosas más, constituye la preocupación de la pedagogía universitaria. Es triste decirlo, pero la Universidad argentina ha vivido ignorándola, y aún hoy parece lícito regirla sin otras preocupaciones que las del gobierno político y administrativo de la institución. No es suficiente, como tampoco es suficiente cierta competencia profesional para orientar la vida universitaria. Es hora de que se entienda de una vez que la enseñanza es cosa de maestros, de expertos en cierta clase de problemas que atañen a la Universidad como a cualquier otra etapa de la enseñanza, y que tales expertos deben formarse como especialistas en problemas educativos, sin perjuicio de su especialidad científica.

Acaso este planteo parezca agresivo. Pero puesto que nuestras universidades se han esclerosado adoptando la forma de una mera yuxtaposición de escuelas profesionales, contra el profesionalismo es contra lo que resulta más urgente combatir cuando se piensa en la renovación de la Universidad. Ha pasado la época en que parecía sensato y propio del sentido común afirmar irónicamente que la lectura de Platón o de Shakespeare no era "práctica" ni contribuía a formar, por ejemplo, un buen agrónomo. La estrechez del planteo salta hoy a la vista, y a nadie se le oculta que un buen agrónomo, como un buen médico o un buen arquitecto, sólo puede hacerse con un hombre de buena y correcta formación integral.

Porque es menester que quede bien claro que todo cuanto se haga para la formación del joven educando en las universidades ha de servir al hombre que hay en él y subsidiariamente al profesional que ha de llegar a ser. De modo alguno se contradicen los objetivos de una formación humana con los de una correcta formación profesional. Ni nadie debe entender que la Universidad debe desocuparse de la formación del profesional.

El profesional, en efecto, es el hombre idóneo para la solución de los problemas concretos de la colectividad y de sus individuos . Sería torpe suponer que tal idoneidad se compromete enriqueciendo a quien la busca. Por el contrario, se perfecciona. De cualquier modo, nuestras universidades no son tampoco satisfactorias como centros de formación de profesionales, y también en este aspecto es menester una renovación sustancial.

Yo no ignoro que hay centros donde se aprenden bien determinadas técnicas. Los hay, sin duda, y es innegable que se han hecho en nuestro país esfuerzos prodigiosos para perfeccionarlos. Pero si analizamos el problema en su totalidad, y afirmamos que las universidades deben formar el conjunto de los hombres idóneos para la solución de los problemas de la colectividad y de sus individuos , nos vernos obligados a reconocer que tal misión no se cumple.

Las causas son muchas y las justificaciones numerosas; pero tal es el hecho. La Universidad argentina no es la última instancia a que se deba recurrir para afrontar los problemas fundamentales del país, excepto en algunos órdenes de la vida nacional. Hay disciplinas en las que no tenemos un solo especialista de indiscutible autoridad. Hay campos del saber en los que estamos atrasados en medio siglo y aún más. Hay problemas nacionales urgentes que requieren determinada clase de técnicos y que no pueden ser afrontados ni resueltos con los especialistas que egresan de nuestras universidades. Todo esto es desgraciadamente cierto, y son pocos, sin embargo, los que se conmueven al descubrirlo. Pero al salir de una crisis como la que acabamos de sufrir, al descubrir un país con crecientes exigencias técnicas, la mínima responsabilidad de los universitarios exige que denunciemos el problema y que, por lo menos, organicemos un movimiento de opinión para que cuanto antes se difunda la conciencia de su gravedad. Quizás el Estado no gaste todo lo necesario para lograr lo que el país necesita, pero parte considerable de lo que gasta se desperdicia, acaso por no gastar un poco más, acaso por la irresponsabilidad de los que tenemos el deber de denunciar el problema y buscar soluciones desde dentro o desde fuera de la Universidad, desde su gobierno o desde fuera de su gobierno.

Hay problemas argentinos relacionados con la economía, con la vida social, con la vida espiritual del país, que la Universidad no ha afrontado jamás. El Estado es también culpable de esta ignorancia, pero la Universidad lo es mucho más, porque la obligación de la inteligencia es más perentoria y su responsabilidad más alta. Sin duda las responsabilidades se complementan, y podríamos poner algunos ejemplos. El Estado paga a la Universidad para que forme profesores secundarios, pero nombra en las escuelas medias personas sin título especializado. El Estado paga a la Universidad para que afronte los problemas pedagógicos en el campo teórico, pero los técnicos en los problemas fundamentales de la enseñanza primaria o secundaria no son universitarios ni especializados. El Estado paga a la Universidad para formar técnicos que no se requieren, pero nadie se ocupa de que formen otros que están siendo solicitados urgentemente por el desarrollo económico del país. Las distintas universidades superponen carreras con escasas posibilidades prácticas y descuidan las necesidades regionales malgastando sus recursos en repetir las carreras clásicas. Todo esto se sabe, pero no constituye —como debiera— un tema sustancial de nuestras preocupaciones. Sabemos que hay ciertas actividades en el país que rechazan directamente a los egresados de las universidades argentinas, porque no les resultan eficaces. Y todo esto corresponde al plano de la acción universitaria que la Universidad argentina cultiva con más empeño; más aún, prácticamente el único que cultiva: el de la formación profesional.

Si la reforma educacional que requiere nuestra Universidad es urgente en cuanto se relaciona con la formación del hombre, acaso es más urgente aún con respecto a la formación de técnicos y profesionales. El país debe exigirnos que satisfagamos sus necesidades, el Estado debe exigirnos que cumplamos con nuestro deber, y nosotros debemos anticiparnos a esas exigencias de quienes esperan de nosotros la solución de sus problemas.

La Universidad no debe ser, pues, exclusivamente profesional; no debe ser el profesionalismo lo que la identifique y caracterice; pero en la medida en que debe ser profesional, es necesario que lo sea eficazmente.

Yo quiero explicarme el hecho de que no lo sea por tres razones. Primero, porque no atiende suficientemente a la formación del hombre; segundo, porque no atiende suficientemente a las exigencias del contorno social; y tercero, porque no se preocupa lo bastante de la investigación, de la creación del saber.

No repitamos más —como solemos hacerlo cuando queremos ponernos juiciosos y serios— que la investigación constituye la misión fundamental de la Universidad. Tal afirmación no es exacta. La Universidad es una escuela, y su misión fundamental es educar al hombre y transmitir el saber ya conquistado. Pero como se trata de un saber superior, como lo que debe trasmitirse son los rudimentos del saber superior, es absolutamente imprescindible que en alguna parte la Universidad se ocupe también de cultivar a fondo y seriamente el saber superior, a fin de que sus profesores y sus estudiantes se mantengan en contacto con el proceso de renovación que lo caracteriza.

Pero la investigación no se hace en las aulas, en los laboratorios o en los seminarios donde concurren los estudiantes a recibir los rudimentos del saber superior. En las aulas, en los laboratorios y en los seminarios, los estudiantes deben aprender, ciertamente, el método científico, repitiendo las experiencias, recorriendo el camino dado por otros, redescubriendo, por su propio esfuerzo activo, un saber ya conquistado. Sería farsa pretender que el estudiante de segundo año realice investigaciones nuevas mientras está aprendiendo los fundamentos de su disciplina.

La investigación pueden hacerla los profesores; pero si la hacen con los estudiantes perderán su tiempo, y si la hacen solos no cumplen una labor universitaria. Deben hacerla de otro modo, y la Universidad les ofrece colaboradores inestimables en sus graduados, maduros ya, y en condiciones de iniciar la conquista de nuevos conocimientos. Con los graduados, en los departamentos de graduados, debe realizarse la labor de investigación, sin limitaciones escolares, sin apremios de exámenes ni términos, al ritmo propio de la investigación, que no puede estar coaccionada por disposiciones reglamentarias. En los departamentos de graduados será honesta y eficaz, si los profesores se aplican a ella con honestidad y eficacia.

Esa investigación no debe tampoco sufrir las limitaciones de la organización escolar ni de la escolarización del saber. Las escuelas profesionales tienden a encarrilar la investigación hacia una relación estrecha con las profesiones; pero los grandes problemas científicos sobrepasan los límites escolares y profesionales y es necesario que se afronten sin restricciones formales. Una química para farmacéuticos o para agrónomos se empobrece si se la separa de la filosofía por antonomasia. Es sabido que, a medida que se amplía el horizonte, los problemas se integran y acaso la Universidad deba tener algún rincón donde se integren las investigaciones parciales, puesto que el saber tiende a integrarse.

Esta descripción de lo que parece misión exigible a una Universidad demuestra la humildad del esfuerzo que realizan nuestras universidades. Casi no hay investigación científica; apenas existen departamentos de graduados que acojan las vocaciones maduras y definidas; apenas existe contacto entre los especialistas, ni revistas que los vinculen y que difundan su labor. También esta reforma hay que hacerla, antes que proliferen los intentos aislados que multiplicaran los gastos y dividirán los resultados.

Si la vocación reformista puede ahora abandonar las preocupaciones inmediatas, de tipo generalmente político, que han suscitado las condiciones en que ha vivido el país, acaso podamos comenzar a clarificar nuestras ideas acerca de lo que tenemos que hacer con la Universidad, y acaso podamos comenzar a hacerlo en breve tiempo. Estoy persuadido de que henos salido ya del período oscuro de la historia argentina, y que se nos ofrece una época de amplias y brillantes perspectivas. La vocación reformista debe canalizarse hacia el problema específico de la Universidad y debe crear un movimiento de opinión decidido para que recuperemos el tiempo perdido. Pero es necesario para eso que nos dejemos poseer por un auténtico espíritu universitario, en función del cual dediquemos nuestras energías y nuestros esfuerzos al cumplimiento de esta exigencia perentoria de la Universidad argentina.

Sólo una cosa me preocupa cuando hablo de espíritu universitario: la maléfica confusión mediante la cual se carga esta expresión de un sentido de aristocracia. Es este un país en el que las aristocracias se constituyen por propia determinación de sus miembros; pero el primer deber de quien accede a la Universidad y al saber es renunciar a tan deleznables ambiciones, y situar sus anhelos no en el plano de los derechos sino en el de los deberes. Porque sólo en virtud de determinadas situaciones reales puede llegar un estudiante a la Universidad, en tanto que son muchos los que no llegan a ella, también merced a circunstancias de la realidad que se interponen como obstáculos insalvables.

La Universidad debe combatir todo espíritu de casta que surja en su seno, porque nada hay más inmoral y degradante. Se lo combate expulsándolo de uno mismo si aparece; se lo combate extendiendo la base social de que proviene el estudiantado, para posibilitar el acceso a la Universidad de estudiantes provenientes de medios rurales o alejados de los centros universitarios, y de estudiantes de grupos sociales de escasos recursos económicos; y se lo combate llevando a esos ambientes, dentro del área de cada Universidad, la cooperación que pueden prestar los universitarios para coadyuvar a su elevación y mejoramiento social. El "presalario" ensayado en algunos países, las becas, las organizaciones de asistencia social, son distintas soluciones al segundo problema, en tanto que la extensión universitaria es la adecuada respuesta al tercero.

Vivimos en un país de incuestionable sentido republicano; aspiramos fervientemente a la democracia; carecemos de tradiciones que autoricen la formación de grupos aristocratizantes; y sin embargo nos falta un arraigado y vibrante sentido social. Es este un dato para conocernos, que acaso explique algo de lo que nos ha ocurrido, porque somos muchos los argentinos que creemos merecer lo que las circunstancias de la realidad nos han otorgado, y muchos los que juzgamos que también se merecen su situación aquellos que deben luchar denodadamente en la estrechez o en la miseria. No es misión de la Universidad resolver tales problemas en su totalidad, pero la Universidad debe ser el principal reducto para la defensa de todos los derechos, para la lucha contra la injusticia y para el estudio de las soluciones que tales problemas necesitan. Y el primero entre todos es que la Universidad misma no se organice sobre un principio de injusticia social.

Quizá no falte quien repita una vez más que la introducción de tales problemas en la vida universitaria constituye un atentado contra la imperturbabilidad que requiere el estudio. No hagamos caso, porque tal reflexión es la del fariseo de todos los tiempos. No hay saber sólido si la conciencia en que se aloja es éticamente deleznable. Tampoco hagamos caso a quienes temen demasiado a lo que se ha dado en llamar la intromisión de la política en la Universidad, porque suelen ser ellos los que la han introducido, y en su provecho, y se resisten a que se denuncien los males que ha creado una política reaccionaria y de camarillas a lo largo de muchos años. Sólo los reaccionarios son apolíticos. Y me atrevo a decir que si no existieran situaciones creadas o por crearse en la Universidad, si no existiera la tendencia a asegurar el control por parte de ciertos sectores interesados, no se suscitarían esos clamores en demanda de honradez y justicia que luego suelen ser estigmatizados por los espíritus conformistas.

Otra cosa es que se introduzca la política partidaria en la Universidad, donde nada tiene que hacer, excepto en la medida en que —como es de desear— tengan todos los ciudadanos posición tomada frente a los problemas de la república, y entre ellos los estudiantes, los graduados y los profesores. Esa política partidaria es nefasta en la Universidad. Pero la política de las ideas, de las grandes corrientes de pensamiento que pugnan en el mundo de nuestros días, no sólo es legítima sino necesaria; y si alguna vez la polémica degenera en alboroto, también es de fariseos atemorizarse más de la cuenta, porque sólo se defiende lo que se ama, y sólo se ama lo que se defiende.

Jóvenes estudiantes, conciudadanas y conciudadanos:

Hago votos para que esta celebración de la Reforma , en el día de la Universidad Nueva, señale la fecha inaugural de la etapa de renovación que hemos esperado durante tanto tiempo. Que en adelante la lucha por la libertad y por el triunfo de la democracia y la justicia no exija de los universitarios más esfuerzos y sacrificios que los que son requeridos a los demás ciudadanos.

Hago votos para que nos sea dado comenzar, en un país libre la construcción de la Universidad Nueva, de espíritu libérrimo; la Universidad del deber, donde la competencia sea por el sacrificio mayor, por el esfuerzo más tenaz, por los frutos más sazonados en la cosecha de la verdad. Que profesores, graduados y estudiantes coincidan en este designio de servir con fidelidad al país, a la justicia y a la verdad.

Hago votos para que la Universidad argentina sacuda la molicie que la carcome, y para que adopte como lema el obstinado rigor que Leonardo preconizaba como regla para los trabajos del espíritu. Que en ello, más que en cosa ninguna, resida el secreto de la Universidad Nueva. Porque los tiempos son duros y las tinieblas impenetrables para quien no ha templado sabiamente la espada del espíritu.












Fuente: Romero, José Luis. "La Reforma Universitaria y el futuro de la Universidad Argentina". Discurso pronunciado en el acto del 15 de junio de 1956, reproducido en: Federación Universitaria de Buenos Aires, 38° aniversario de la Reforma, Buenos Aires, 1956.
Leer más...

martes, 11 de julio de 2017

Sergio Karakachoff: “Nuestra Critica al Despacho Económico” (Circa de 1972)

Sin negar nuestro voto, criticamos en el seno de la Convención el despacho sobre la política económica, que en definitiva resultó aprobado. En apretado síntesis, procuraremos explicar las razones de esta crítica. Como planteo de base, digamos que el despacho contra el problema en la critica frontal a la Revolución Argentina y en destacar las bondades del gobierno radical. Totalmente de acuerdo, pero el análisis es incompleto, ya la situación económica, política y cultural en nuestro país solo pueden analizarse –si se pretende coherencia- a partir del dato global de la dependencia y su contrapartida el imperialismo. Olvidar esto, significa perder de vista la esencia del problema, que por supuesto no comienza con Onganía, sino desde nuestra independencia formal de la dominación europea, que en la practica no significó otra cosa que un cambio de amo.

Es por ello que estimamos incompleto expresar el propósito de liberar al país de la “dependencia de los organismos internacionales de financiación” (FMI, Banco Mundial, etc.) precisamente porque ellos son un dato de la dominación imperialista, y nada mas. La dependencia no se terminara por el hecho de que Argentina rompa con el  Fondo, por ejemplo. Y engañarse a ese respecto, seria tremendamente grave. Lo mismo ocurre con la nacionalización del petróleo y las fuentes energéticas. Es indudablemente una importante consigna antiimperialista. Pero seria otro grave error entender –como parece surgir del documento aprobado- que es lo única bandera antiimperialista. La metrópolis del capital financiero internacional no se preocupan menos por el petroleo, porque su negocio a esta altura del proceso consiste fundamentalmente en actividades mucho mas sofisticadas, que van desde lo venta de la tecnología necesaria para el desarrollo hasta la actividad meramente financiero (préstamo de dinero).

No cabe queda entonces que lo esencial –la meta- es partir el espinoso al capital imperialista. Los medidas tibias, solo sirven –y la UCR tiene su experiencia- para que vengan golpes de estado “preventivos”. Es por ello que en el comercio exterior, el crédito y la tierra, está la base política de la cuestión. No puede permitirse que las ventajas económicas de estas tan lucrativas actividades –banca, comercio internacional y latifundio- queden en manos de unos pocos, que generalmente invierten esas ganancias en el extranjero. Si quedan en manos de la colectividad, obviamente el Estado podrá trazar una política económica popular que efectivamente se cumpla en todos los niveles.

La concepción de los economistas partidarios –que están por encima de sectores internos- es la que podríamos llamar del “empresariado nacional”. En otras palabras: la ideología de la CGE. Estimamos por nuestro parte que pensar que este sector social, en 1972 y en argentino, puede liderar un proceso de cambio, es por lo menos ingenuo. Lo que el capital nacional busca –el grande, el que decide, el que manda en las cámaras empresarias- no es otro cosa que mejores condiciones de negociación con los monopolios extranjeros. Es por ello que las medidas que se proponen, -si es que sus promotores tienen la suerte de que lleven a cabo- solo conducirían a la concentración de la riqueza en pocas manos de capitalistas argentinos, que serian dueños del poder político y aliados menores del capital financiero internacional imperialista.

¿Es ese nuestro objetivo radical y revolucionario? Rotundamente afirmamos que no. La política nacional en especial económica, deben conducirla los sectores populares. Ya nuestras “bases de acción política” vigentes hablan de “nacionalización de las concentraciones económicas que constituyan cárteles o monopolios. Sobre estas bases debemos trabajar, si no queremos reincidir en experiencias frustrantes.








Fuente: “Nuestra Critica al Despacho Económico” por el Dr. Sergio Karakachoff, circa de 1972. Texto y Fotografia aporte de Brian Quiroga.


Leer más...

domingo, 9 de julio de 2017

Enrique Martinez: "Carta abierta sobre los sucesos de la revolucion de septiembre de 1930" (8 de marzo de 1931)

Esperaba este aislamiento voluntario, la oportunidad para explicar al país, sin reservas mentales incompatibles con mi temperamento y mi deber, la participación que me correspondió y el concepto que me guiara en los sucesos anteriores al episodio revolucionario y durante la revolución misma, cuando llega hasta mi soledad un insólito rumor cuya difusión, por ligera que sea, exige desde ya la palabra anticipada que hasta hoy no había querido pronunciar.

Ese rumor, cuyo origen conozco al extremo de que podría individualizar a las personas que lo inspiraron, me atribuye actitudes que importaría deslealtad para con mi partido e inconducta en el alto cargo que he desempeñado, ya que seria inconducta y deslealtad, haber estado en convivencia maliciosa con los hombres que prepararon la revolución a fin de asegurar mi permanencia en el gobierno.

Y como que la calumnia siempre busca visos de verosimilitud para hallar eco en la credulidad de la gente señálense lugares, indicase horas y hasta se invocan testimonios fidedignos para hacerme aparecer como el eje de maquinaciones absurdas y protagonista de conciabulos fantásticos.

¡Claro está! La hora es propicia para las sugestiones malsanas del fracaso. Flota aun en el ambiente mucha savia de rencor y era fácil sazonar ese fruto de malos perdedores, que rodando por la pendiente de mezquinos apetitos, habría de recogerse con avidez por todos aquellos que procuran acallar la propia conciencia vengándose de sus remordimientos. Y así, en el afán cobarde de rehuir responsabilidades y con la ceguera mental que les impidió siempre volver sobre los pasos para corregir extravíos, han querido abusar de mi silencio para interpretarlo a su manera, tergiversando una actitud digna al confundir la discreción caballeresca con la pasividad culpable. Por eso no hallan en la desgracia otro consuelo que la protesta, ni buscan otro lenitivo que la venganza. Pretenden amedrentar a los débiles con sus alardes y conmover a los crédulos con arranques de histrionismo. Para ellos el valor está en las bravatas y el sufrimiento en los quejidos. Por eso denigran mi silencio! Como si yo estuviera en un lecho de rosas, ajeno a la tristeza de tantos amigos y a la congoja de tantos hogares! ¡Que importa!

Pero no han de engañar a nadie esos falsos corifeos. He de romper bien pronto esa maraña de intrigas con la amplia y documentada exposición que haré apenas lo permitan las circunstancias.

Entonces el país sabrá cual fue la actitud de un hombre que ha vivido desde el 12 de octubre de 1928 dando pruebas diarias de una consecuencia y solidaridad que nadie podría negar honestamente. Ni un solo día, en los dos años transcurridos hasta el 6 de septiembre de 1930, he dejado de prestarles mi adhesión hablándoles con toda claridad, a los hombres que tenían la responsabilidad efectiva del gobierno. Hay entre ellos quienes suscribirían, no tengo la menor duda, esta manifestación es mía.








Fuente: “El Ex – Vicepresidente Doctor Enrique Martínez, promete narrar su actitud con respecto de la Revolución” en el Diario La Voz del Interior, 8 de marzo de 1931.



Leer más...

martes, 27 de junio de 2017

Jorge Carrettoni: "El aborto y el Cardenal Quarracino" (25 de julio de 1994)

Sr. PRESIDENTE. — Para una cuestión de privilegio tiene la palabra el señor convencional por Buenos Aires.

Sr. CARRETTONI. — Señor presidente: traigo este tema a la Convención Constituyente con profundo dolor. No siento ofensa sino dolor, estupor e incredulidad. Me cuesta creer que un pastor de almas pueda decir lo que el diario "Clarín" del domingo 17 de julio registra con el título: "Quarracino acusó de criminales a los convencionales que apoyen el aborto".

Con el permiso de la Presidencia voy a leer parte de ese artículo. Dice así: "La Iglesia quiere que la nueva Constitución se pronuncie claramente contra el aborto, a través de una cláusula que defienda la vida 'desde el momento de su concepción'.

Ayer, monseñor Antonio Quarracino, la máxima jerarquía eclesiástica en el país, dijo que los convencionales que se opongan serán considerados criminales. La cláusula contra el aborto ya fue motivo de una orden expresa del presidente Carlos Menem a los convencionales del Partido Justicialista,y tres obispos se ocuparon de llevar la preocupación de la Iglesia al jefe radical Raúl Alfonsín."

Voy a pedir la inserción de este artículo periodístico al final de mis palabras, pero permítanme leer dos párrafos adicionales al que ya he leído. Quarracino advirtió que "no quedarían bien ustedes si pasan a la historia como autores de una disposición constitucional de tipo abortista, vale decir criminal". Continúa diciendo: "Ayer en su embestida a fondo, monseñor Quarracino dijo que los convencionales que voten el aborto 'pasarán a la historia como criminales porque el aborto es, fue y será sencilla y terriblemente un crimen: la matanza de un inocente'."

La lectura termina diciendo que monseñor "Quarracino consideró que 'el oficialismo responderá a las directivas del gobierno, pero a la oposición le digo: apoyen todo lo que signifique vida, porque la vida proviene de Dios, y es sagrada'."

Reitero que me duele traer este tema a consideración. Hablo exclusivamente a título personal: ni mi partido, ni el presidente de mi partido y ni siquiera mi familia conocen esta decisión de traer este tema a la Convención. Estoy solo con mi conciencia, con la que medité durante una semana este curso de acción con la secreta esperanza de una cristiana rectificación.

Si mi partido o su presidente, a quienes debo esta banca, consideran que mi accionar es errado, podrán disponer de ella. Pero ahora estoy hablando como padre que acompañó solidariamente a su única hija de 35 años a la interrupción de su legítimo y ansiado primer embarazo.

Quizá represento a miles de padres en igual condición, pero lo que me duele y preocupa son los miles de hijas que están en la misma situación que la mía, que tal vez no contaron con los medios que ella ha tenido y por eso ofrendaron su vida en la clandestinidad y la sordidez de este siniestro submundo del aborto clandestino.

Pese a mis sólidas convicciones en este problema del aborto, tal cual ha quedado demostrado a partir del juramento que hice en el momento de asumir como convencional Convención Nacional Constituyente nacional constituyente, iba a votar en silencio el Pacto de San José de Costa Rica. Pero este exabrupto de monseñor Quarracino —no quiero calificarlo de otra manera porque debo mantener la serenidad en un momento de dolor— me obliga a entrar en este tema, que no ayuda.. Sé que lo que estoy haciendo tal vez no ayude pero no puedo dar vuelta la cara en estos momentos.

He hecho del principio de no ahondar lo que separa una forma de vida y una conducta, la que he sostenido a través de mi vida política incipiente, de mi vida empresaria y de mi actividad como funcionario internacional. Siempre busqué arreglar las diferencias y durante 20 años de mi vida me he dedicado a arreglar los diferendos entre paraguayos y argentinos para hacer posible la obra de Yacyretá.

Sé que el tema del aborto divide y que no es este el ámbito ni el momento para traerlo a colación, pero no puedo negar este profundo quejido que me sale de lo más hondo de mi alma.

Nuestro frágil tejido social necesita de todo lo que nos une; necesita del consenso que estamos buscando en estos momentos después de tantos años de desencuentros. Debemos ahondar en las coincidencias para olvidar aunque sea transitoriamente las discrepancias y poder avanzar.

Conozco las limitaciones del consenso.

Soy un hombre de empresa. Enrico Mattei decía que la diferencia entre un hombre de empresa y un político es que el hombre de empresa está obligado cotidianamente a tomar decisiones lacerantes y los políticos tratan de evitarlas porque contemplan el conjunto del tejido social. Por lo tanto, sé que no es fácil la búsqueda del consenso, pero creo que ese es nuestro deber.

La sobreviviencia en dignidad de nuestra sociedad depende en gran medidad de la consolidación de la Nación. El eje de nuestro debate no gira en torno de este problema sino que, a mi juicio, gira en torno de la Nación que queremos y de la Nación que nos proponemos hacer para librar esta guerra económica del siglo XXI de la que nos habla Lester Thurow. ¿Qué Nación queremos hacer? ¿Cómo, cuándo y en qué forma vamos a educar a nuestros hijos para combatir los mitos de este nuevo capitalismo salvaje, como es el mito del libre comercio del que nos habla Ravi Batra, magnífico profesor de la Universidad Metodista de Dallas?

Lamento que como consecuencia de este proceso y de esta actitud de incomprensión del más alto magistrado de la Iglesia argentina me vea forzado a traer este tema. Esperaba una rectificación. Ahora estoy defendiendo mi dignidad, porque no soy un asesino, y por eso traigo mi caso personal a esta asamblea. Pido disculpas a la Convención y a los miembros que la componen porque este no es el ámbito en donde se deben debatir los problemas individuales.

Pero quiero decir que mi hija, a la que siempre traté de ofrecer modelos de conducta y no instrucción —y a la que nunca impuse mis ideas políticas ni religiosas—, es católica como su madre y su marido. En el tercer mes de su primer embarazo, a los 35 años de edad, mi hija se infectó de rubeola y dos de los tres más grandes infectólogos —uno de ellos de origen nacional y otro extranjero— dictaminaron que las consecuencias previsibles daban un ciento por ciento de seguridad sobre la sordera y la mudez, un 60 por ciento de posibilidad de ceguera, total o parcial, un 40 por ciento de posibilidad de síndrome de Down. Esto fue dicho por tres eminentes médicos amigos, dos de ellos católicos militantes, quienes aconsejaron la interrupción del embarazo. No entro ni entraré en el debate de este tema.

El señor convencional Serra, cuyo discurso seguí con mucha atención porque sabe sobre este tema mucho más que yo, dijo el jueves pasado que el problema del aborto no es dogma de fe, y tengo entendido que la iglesia no juzga los niveles de conciencia.

¿Qué hicimos a nivel de conciencia de padre y de esposo? Pudimos recurrir al NewYork State University, cuyo presidente, mi amigo, John Brademas, ex vicepresidente del bloque demócrata de la época de la New Frontier, la acogió en su seno, la recibió y la llevó al hospital de la Universidad de Nueva York y allí, con la protección de la ley y de la ciencia, interrumpió desgarradoramente su embarazo para ella, para su padre y para su marido.

Sr. PRESIDENTE. — La Presidencia hace saber al señor convencional que ha concluido el tiempo de que disponía para plantear la cuestión de privilegio.

Sr. CARRETTONI. — Ya termino, señor presidente.

Sé que este es un drama personal, pero también lo es de los países de la periferia, es un drama de los países del tercero o cuarto mundo, no es un drama del centro.

En consecuencia, voy a suprimir algunos conceptos que pensaba señalar con derecho, para preguntar entonces ¿cuál es el destino de las miles de mujeres que no pueden tener acceso a este nivel de tratamiento, a este nivel de garantía? Los que hemos podido, ¿somos criminales?

Por eso voy a concluir mi exposición obviando algunas cuestiones.

No quiero calificar —ni corresponde que lo haga— la actitud de monseñor Quarracino.

No busco la polémica ni la notoriedad, sino la reflexión y la concordia.

Conozco el destino de estas cuestiones de privilegio. No vengo a discutir ni a analizar quién tiene la razón, sino que vengo a pedir que no haya más maniqueísmo entre nosotros, que haya un poco más de tolerancia.

Permítame concluir parafraseando a monseñor Quarracino, quien en el último párrafo dice: "Señores constituyentes: por el amor de Dios, por amor a la Patria y por amor a ustedes mismos tengan en cuenta estas cosas que sencillamente he explicado con mucha brevedad."

Le digo a monseñor Quarracino que por el amor que le profesa a su Dios, por amor a la
Patria y a sus feligreses, tenga en cuenta este humilde pedido, no de un convencional, sino de un padre. Sincérese ante su conciencia, reconozca sus yerros y simplemente, como lo advierte la Biblia, no vuelva como el noble perro a reincidir en su equívoco. Por favor, no lo repita. (Aplausos)

Sr. PRESIDENTE. — Atento que el señor convencional no ha solicitado trato preferente, la cuestión de privilegio planteada pasará a la Comisión de Peticiones, Poderes y Reglamento.














Fuente: Cuestión de Privilegio del Convencional por la Provincia de Buenos Aires Sr. Jorge Carlos Carrettoni, Diarios de Sesiones de la Convención Constituyente Reformadora de la Constitución Nacional, 25 de julio de 1994. 
Leer más...

lunes, 26 de junio de 2017

Alfredo Vitolo (h): "Ricardo Balbín Defensor de la Libertad" (1998)

Para esbozar una semblanza sobre la vida y las ideas del Dr. Ricardo Balbín, es necesario reseñar el marco político, social y económico dentro del cual le tocó actuar, y precisar cuáles eran las concepciones políticas vigentes en el país y el mundo durante su carrera de hombre público, cuál era la situación de Argentina y cuáles las características del partido en el que militó toda su vida, la Unión Cívica Radical.

Las ideas políticas en el siglo XX

El siglo XIX fue la centuria de las libertades individuales. Todas las naciones de Occidente reconocieron que los hombres son titulares de derechos que no conciernen al orden jurídico sino que le son propios por su sola condición de seres humanos. Esos derechos son los llamados derechos "negativos", ya que el Estado no podía interferirlos: como los de igualdad ante la ley, libertad de expresión, profesar un culto religioso, ejercer actividades laborales, asociarse y trasladarse de un lugar a otro, elegir prácticas sociales o comportamientos personales que no afecten a terceros, etc., derechos éstos que encontraban en la democracia el sistema político que mejor los garantizaba.

El siglo XX, por su parte, marcó desde sus inicios diferencias importantes con el siglo anterior. Ante el avance de los totalitarismos y la injusticia social, la democracia liberal necesitó flexibilizarse y ampliar sus contenidos, pasando a la democracia social, sin que importara renunciar a su condición anterior. Así fue como comenzó a analizarse la posibilidad de extender los derechos esenciales, reconociendo la necesidad de asegurar el trabajo y su justa remuneración, la educación, la salud, una vivienda digna, jubilación, etc. Se trataba de los derechos "positivos": el crédito que los hombres tienen contra la sociedad y que ésta está obligada a satisfacer.

El debate, todavía inconcluso, alrededor de estas ideas nuevas, ha sido uno de los temas dominantes de este siglo y ha enmarcado los comportamientos y acciones de los políticos de Argentina y del mundo.

Ricardo Balbín nunca tuvo dudas al respecto y desde su adolescencia abrazó con pasión el nuevo ideario de libertad e igualdad, con fuerte contenido social. Fue, esencialmente, un hombre de su época.

La situación del país a comienzos del siglo

Como consecuencia de las políticas implementadas desde 1860 y la gestión inspirada por la Generación del 80, se produjo en el país un cambio sustantivo. De 1.800.000 habitantes en 1869, se pasó a 8.000.000 en 1914. En ese mismo lapso la existencia de lanares creció de 41 millones de cabezas a 74 millones y las exportaciones de lanas aumentaron de 97.000 toneladas a 337.000.

En materia de granos, las exportaciones pasaron de 300.000 toneladas en 1888 a 6.100.000 en el período 1909/13 (promedio anual). La Argentina era el principal exportador mundial de maíz y de lino, y enviaba al exterior, en 1913, 332.000 toneladas de carne vacuna. La red ferroviaria se expandió de 2.156 Kms. en 1880 a 33.710 en 1914, mientras que la industria pasó de emplear 73.200 operarios en 1895 a 165.800 en 1914, con 214.000 HP instalados frente a los 34.000 HP de 1895. Los inmigrantes, por su parte, ya habían consolidado sus familias en el país y sus hijos argentinos participaban activamente en todas las actividades productivas y de servicios.

Los cambios apuntados determinaron una nueva estructura social que generó demandas hasta entonces desconocidas: una mayor participación política, mejoras en las condiciones laborales y una más equitativa distribución de la riqueza.

El grupo gobernante que hasta 1890 había ordenado el país y se había caracterizado por su capacidad de realización, su modestia, austeridad y vocación de servicio, no supo o no pudo adaptarse y aceptar la nueva realidad. En vez de abrir los canales de participación e incorporar al proceso político los sectores emergentes, se aisló atinando sólo a defender sus privilegios. Es lo que José Luis Romero llama el paso de la aristocracia a la oligarquía.

Ese comportamiento de la clase dirigente, que no varió a pesar de los sucesos del 90, originó después las revoluciones de 1893 y 1905, que a pesar de ser sofocadas militarmente dejaron, con el sabor amargo de la protesta justificada, un nuevo ámbito político.

En tales condiciones resultaba imposible seguir marginando a la mayoría que, día a día y a través de mecanismos heterodoxos, presionaba por lograr que se la reconociera. Ese era el país que se proyectó a los primeros años de este siglo y en él debía actuar Ricardo Balbín.

La Unión Cívica Radical

El proceso político, desde 1890 y de allí en adelante, no podría entenderse sin el conocimiento de la concepción que Hipólito Yrigoyen dio a la UCR. Para él, no se trataba de un partido político sino de un movimiento cívico de reparación ética, destinado a instaurar la plena vigencia de la democracia constitucional.

Por eso lo denominó "La Causa" en oposición al "Régimen"; por eso era intransigente en los principios y por eso su programa fue la Constitución Nacional.

Esa nueva concepción política generó adhesiones y lealtades que fueron arraigándose fuertemente en la sociedad, sobre todo en los sectores medios y en la primera generación argentina hija de inmigrantes, mientras que resultaba incomprensible para los sectores dirigentes tradicionales que consideraban como natural la exclusividad que se arrogaron en el ejercicio del poder.

El Presidente Roque Sáenz Peña, que asumió el Gobierno en octubre de 1910, cumplió, como lo había anunciado solemnemente, el compromiso de asegurar elecciones libres e instó la sanción de la ley electoral que aún lleva su nombre. Con ella, mediante el padrón electoral confeccionado sobre el Registro Militar y el voto secreto y obligatorio, el pueblo de la República lograba el instrumento adecuado para hacer valer su voluntad. Terminaba así un largo período de exclusiones que, al menos en lo político, marginaba a vastos sectores de la sociedad. Félix Luna, refiriéndose al nombre de la ley electoral, sostiene que esa norma debió llamarse "Ley Yrigoyen" o "Ley Radical", ya que sin el esfuerzo y la lucha de ese dirigente y sus seguidores, la sanción hubiese sido imposible. Desde 1891, tanto con el liderazgo de Alem como luego con la conducción de Yrigoyen, la UCR tuvo como objetivo principal lograr el respeto de la voluntad popular expresada en elecciones libres, reivindicando así el concepto básico de la democracia: sólo el pueblo confiere legitimidad al poder.

Realizadas las elecciones al amparo de la nueva ley y superada la incertidumbre sobre el voto de los 19 electores de Santa Fe (disidentes con la conducción oficial del radicalismo), Yrigoyen fue consagrado Presidente de la Nación por el Colegio Electoral y asumió sus funciones el 12 de octubre de 1916. Así concluía la larga lucha por la reparación institucional comenzada en las trincheras del Parque de Artillería en 1890, reafirmada en las revoluciones de 1893 y 1905 y predicada durante largos años por todos los rincones de la patria. Se iniciaba una nueva etapa en la vida política argentina: la consolidación de la democracia desde el poder.

"No he venido a castigar ni a perseguir sino a reparar", dijo Yrigoyen en su mensaje inaugural a la Asamblea Legislativa.

Reconstruir la estructura moral y material de la República fue la tarea que se fijó a sí mismo el Presidente y así lo dijo también la UCR en el Manifiesto dirigido al pueblo argentino. Ese era el partido y ésa la causa que abrazó sin vacilar Ricardo Balbín, desde su adolescencia y hasta su muerte.

El personaje: niñez y juventud

El 29 de julio de 1904 nació en Buenos Aires. Era el cuarto h i jo de un matrimonio de inmigrantes españoles que habían llegado al país en la última década del siglo anterior. Su padre, Cipriano, de origen asturiano, desempeñó diversas tareas comerciales en actividades vinculadas al entonces Ferrocarril del Sud, y su madre, Encarnación Morales, de origen andaluz, estuvo siempre dedicada a las tareas del hogar. La familia se radicó primero en Buenos Aires, luego en Azul y posteriormente en Laprida.

Durante un viaje del matrimonio a España en 1909, para la recuperación de salud de Encarnación Morales, quedó Ricardo al cuidado de sus hermanos mayores. Al regreso, todos se radicaron en Ayacucho, donde Don Cipriano habilitó un almacén de ramos generales. En esa localidad cumplió Ricardo Balbín sus estudios primarios como interno en el colegio San Luis Gonzaga y los secundarios, también como pupilo, en el Colegio San José de los Padres Bayonenses, de la Capital Federal.

En 1916, con apenas 12 años, tuvo su primera experiencia política.

En el Colegio había conocido y hecho amistad con el hijo de un importante estanciero de la zona, Pedro Solanet, quien era, además, destacado dirigente de la Unión Cívica Radical.

Como parte de la campaña electoral que hacía el radicalismo en favor de la candidatura de Yrigoyen, se realizaba un acto en Ayacucho y en él haría uso de la palabra Solanet, por ese entonces candidato a Diputado. Ambos amigos se escaparon del Colegio para asistir al acto y allí Ricardo quedó, para siempre, identificado con la política y la UCR. El mismo, en un reportaje testimonial concedido en 1974, al cumplir 70 años, así valoraba ese hecho: "Si los políticos tienen un bautismo, ese podría haber sido el mío. Era una criatura. Tenía 12 años".

Egresado como bachiller, ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, pero abandonó esa carrera dos años después para ingresar a la Facultad de Derecho de La Plata, de la que egresó con el título de abogado en 1926. Durante sus años de estudiante universitario actuó en el Partido Federado, una agrupación estudiantil que se identificaba con el Movimiento Reformista de 1918. Fue delegado ante la Federación Universitaria y participó activamente en las actividades del Centro de Estudiantes.

A los 18 años cumplió con un rito común a todos los jóvenes radicales, cuyo primer acto cívico, al recibir la flamante libreta de enrolamiento, era afiliarse a la UCR. Años después se casó en La Plata con Indalia Ponzetti y del matrimonio nacieron cuatro hijos, uno de los cuales falleció. Desde entonces siempre vivió en La Plata, ciudad a la que amó entrañablemente.

Primera actuación pública: la Intervención Borzani

En 1928 Yrigoyen había sido elegido, por segunda vez, Presidente de los argentinos. La situación política era difícil y existían conflictos entre el Gobierno Nacional y los Gobiernos de Mendoza y San Juan, dominados por escisiones populistas de la UCR, que reconocían a Carlos Washington Lencinas y Federico Cantoni como sus máximos líderes. En setiembre de ese año el Congreso Nacional había dispuesto la Intervención Federal a la Provincia de Mendoza e Yrigoyen, que había asumido la presidencia el 12 de octubre, en uno de sus primeros actos de gobierno designó a su viejo amigo y correligionario de la Provincia de Buenos Aires, Carlos A. Borzani, como Interventor Federal. Este llevó a Mendoza, para que colaboraran en su gestión, a varios jóvenes bonaerenses vinculados al radicalismo. Entre ellos estaba Ricardo Balbín, quien pasó a desempeñarse como Fiscal del Crimen.

Su gestión en Mendoza fue muy controvertida: si bien ninguna de las acusaciones que le hicieron fueron definitivamente probadas, existieron algunas denuncias sobre actuaciones reticentes de la fiscalía en la causa instruida con motivo de la muerte de Carlos Washington Lencinas y ello repercutió negativamente en el ámbito de la provincia. La intervención cesó a raíz del golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930.

Balbín dirigente provincial
De regreso a La Plata comenzó a participar activamente en la UCR, en abierta oposición a la dictadura de Uriburu. En noviembre de 1930 fue designado Presidente de la Sección Primera de La Plata y tuvo a su«argo la tarea de reorganizar el Partido en esa Sección Electoral. Luego, ante la convocatoria a elecciones en la Provincia para el 5 de abril de 1931 -elección piloto en el proyecto político de Uriburu-, fue elegido como candidato a Diputado en primer término, por la Tercera Sección Electoral.

Nunca pudo asumir su cargo, a pesar de haberlo ganado legítimamente, pues el Gobierno Nacional anuló las elecciones debido al triunfo radical.

Después de participar en la campaña electoral de 1937 en apoyo a la fórmula Alvear-Mosca -la UCR perdió esas elecciones a raíz del escandaloso fraude practicado por el Gobierno-, continuó en la acción partidaria interna, marcando diferencias con la conducción del partido, ejercida en ese entonces por el Ing. Enrique Boatti. Al convocarse a nuevas elecciones en 1940, fue elegido candidato a Diputado Provincial. Durante esa campaña se produjo un incidente que el mismo Balbín relata en estos términos:

"Después fui candidato en 1940 a la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires y en un acto político en Bahía Blanca me hostilizaban unos hombres de la tertulia. Les repliqué: 'Soy de los que tomo y obligo. Ustedes compórtense en la elección como deben y, si hay fraude, yo voy a renunciar a la banca'.

Como hubo fraude renunció y no se incorporó a la Legislatura local. "Mi renuncia a la banca fue un compromiso ante el pueblo que yo debía cumplir" dijo después al fundamentar su actitud.

La situación interna de la UCR

En 1931, bajo la presidencia de Alvear se reorganizó la UCR.

El 25 de abril de ese año regresó a Buenos Aires el ex presidente, quien al día siguiente se entrevistó con el Gral. Uriburu en la casa de Gobierno. El Presidente Provisional creyó necesario advertirle que si la reorganización partidaria se hacía con dirigentes que él y las Fuerzas Armadas consideraban aceptables, contarían con todas las garantías para participar en el futuro proceso político, pero que si la reorganización se hacía sobre la base del Yrigoyenismo, tendrían la total oposición del Gobierno. A l vear no eludió el tema y contestó que no podía hacerle promesas de exclusiones, ya que el partido se reorganizaría con todos los hombres que considerara necesarios. Con éxito, Alvear pudo reunir a su alrededor a todos los dirigentes importantes, tanto antipersonalistas como yrigoyenistas, y reorganizar el partido en todo el país.

A pesar de sus esfuerzos para lograr la unidad, al poco tiempo diversas expresiones partidarias comenzaron a cuestionar la conducción alvearista. Se conformaron diversos grupos internos entre los que se destacaron: Bloque Opositor, Afirmación Radical, Junta de Reafirmación Radical, Movimiento Revisionista, Fuerza Intransigente Radical. También después de 1935, año en que se levantó la abstención de la UCR, se comenzó a actuar en las contiendas electorales, y se constituyó FORJA (Fuerza Orientadora Radical de la Juventud Argentina), movimiento que tuvo especial significación por el replanteo ideológico que propuso al radicalismo.

Al encararse la renovación presidencial de 1943, las autoridades de la UCR estimaron conveniente aceptar la convocatoria efectuada por el Partido Socialista y conformar una Alianza opositora para enfrentar al candidato del Gobierno que, según se presumía, sería el dirigente conservador Robustiano Patrón Costas. Muchos sectores del radicalismo se opusieron a todo acuerdo con otras agrupaciones políticas.

Estos grupos, que a partir de ese momento pasaron a identificarse como "intransigentes", se presentaron a la Convención Nacional del Partido exigiendo la elección de una fórmula exclusivamente radical. Esa posición fue derrotada y la Convención, dominada por el alvearismo, aprobó las bases para la Unión Democrática Argentina, coalición integrada por la UCR, el Partido Socialista, la Democracia Progresista y el Partido Comunista. Los disidentes se expresaron en un acto público celebrado en el Salón Augusteo, en el que Ricardo Balbín expresó: "La dirección del Movimiento (UCR) ha caído en manos ineptas, en poder de los hombres que eluden el examen de los problemas nacionales, ocultándose detrás de la cortina de humo de la crisis por la que atraviesa el mundo...". La discusión interna dentro del radicalismo se vio interrumpida por la revolución del 4 de junio de 1943, que derrocó al Presidente Castillo. El acto de fuerza se hacía, según sus dirigentes, para acabar con el sistema de venalidad, fraude, peculado y corrupción del gobierno derrocado.

Esos loables objetivos generaron confusión en la etapa inicial del movimiento revolucionario y ello determinó que algunos d i rigentes radicales colaboraran y ocuparan posiciones de gobierno.

Al poco tiempo, la realidad política disipó las dudas. El poder residía en un pequeño grupo militar y se intentaba instalar un sistema político de características fascistoides. Era el trasplante del totalitarismo europeo a las características del medio latinoamericano.

El sector Intransigente de la UCR, que reconocía a Ricardo Balbín como uno de sus principales dirigentes, comprendió de inmediato lo que acontecía y se pronunció en contra del régimen, en febrero de 1944. Posteriormente el grupo se organizó en forma definitiva el 4 de abril de 1945 creando, en Avellaneda, el Movimiento de Intransigencia y Renovación (MIR). En esa oportunidad se suscribió la Declaración de Avellaneda que seis meses más tarde se ratificaría en Rosario.

Toda la situación cambió el 17 de octubre de 1945. Ese día miles de obreros fabriles del Gran Buenos Aires y algunos sectores de la Capital, marcharon hacia la Plaza de Mayo. Cantaban, bailaban y vociferaban una sola consigna: "¡Queremos a Perón!".

Este, por disputas internas del sector militar, se encontraba despojado de sus cargos y detenido en la isla Martín García. Nacía así un mito nacional y un nuevo líder para gran parte del pueblo argentino. Se cerraba una etapa y comenzaba otra. Los días sucesivos, por años, mostrarían una Argentina distinta.

Posteriormente el Gobierno militar, por influencia de Perón, convocó a elecciones nacionales el 24 de febrero de 1946: ello exigía una definición de la UCR.

La Unión Democrática

La conducción de la UCR, que a fines de 1945 continuaba en manos del sector alvearista, se mostraba nuevamente proclive a conformar una coalición de partidos democráticos en oposición a Perón, a quien consideraban un demagogo de connotaciones fascistas. Los Intransigentes, por su parte, consideraban que al proyecto peronista debía oponerse un programa de neto corte nacional y popular, con fuerte contenido social, y que la fórmula presidencial debía ser exclusivamente radical. Volvían a insistir en el planteo que ya habían formulado en 1943, pero ahora lo hacían con más fuerza y respaldados por una organización interna que se desarrollaba y crecía aceleradamente. El grupo FORJA se disolvió y muchos de sus dirigentes se incorporaron al naciente peronismo.

La Convención Nacional de la UCR aprobó en diciembre de 1945 la conformación de la Unión Democrática, con el Partido Socialista, la Democracia Progresista, el Partido Comunista y aceptó, sin manifestarlo públicamente, el apoyo del Partido
Conservador. La fórmula común fue netamente radical –Tamborini y Mosca-, mientras que los candidatos a otros cargos fueron designados por cada uno de los partidos integrantes de la coalición.

Los Intransigentes, que se habían opuesto al acuerdo, aceptaron la fórmula radical pero resolvieron continuar la lucha dentro del partido y proponer candidatos propios para los otros cargos electivos en los comicios internos del radicalismo.

En la Provincia de Buenos Aires, donde uno de los máximos dirigentes Intransigentes era Balbín, se impuso este sector y se consagró la fórmula provincial con los nombres de Prat y Larralde, mientras que Balbín fue electo candidato a Diputado Nacional.

En los otros distritos los Intransigentes también obtuvieron posiciones importantes.

El 24 de febrero de 1946 se realizaron las elecciones generales y, por ajustada ventaja, ganó el peronismo en todo el país. Los candidatos a legisladores nacionales de la UCR quedaron consagrados en representación de la minoría, en la proporción que determinaba la ley Sáenz Peña.

Balbín Diputado Nacional

Ricardo Balbín se incorporó a la Cámara de Diputados de la Nación y en el sorteo de los mandatos, ya que la Cámara se constituía íntegramente y debían elegirse a quienes cesarían en el cargo al realizarse la renovación de la mitad de sus miembros, le correspondieron dos años. Su mandato, en consecuencia, debía finalizar el 30 de abril de 1948.

Componían el Bloque Radical distinguidos dirigentes partidarios de todo el país, tanto Intransigentes como Unionistas (nombre que recibían los que habían apoyado la conformación de la Unión Democrática). Entre ellos estaban Arturo Frondizi, Luis Mackay, Ernesto Sanmartino, Silvano Santander, Raúl Uranga, Nerio Rojas, Luis Dellepiane, Emilio Donato del Carril, etc. Por el voto de sus compañeros de bancada, Balbín fue electo Presidente del Bloque.

Refiriéndose a su elección Balbín comentó: "Aunque era mi debut, fui nombrado Presidente del Bloque. Se imaginarán cómo temblaba el primer día que me senté en la banca representando al radicalismo, como presidente del sector. Era como un aprendiz que estaba temblando frente a muchos profesores que iban a tomarle examen".

Su actuación en el primer año de mandato -1946- no se limitó a la conducción política del bloque y a fijar las posiciones oficiales del Partido en cada tema, sino que presentó y fundamentó diversos proyectos de ley, acompañó con su firma proyectos presentados por otros diputados radicales y participó en debates y polémicas de gran repercusión.

Entre los proyectos presentados en ese primer año de gestión parlamentaria, cabe citar:
Creación de bibliotecas en colegios (Diario de Sesiones 1946 I, 723); Reglamentación de venta de inmuebles a plazos (DS 1946 IV, 319); Creación de la Policía Judicial (DS 1946 XI, 497); Creación del Sanatorio Universitario Argentino (DS 1946 IV, 92); y los que proponían el otorgamiento de diversos subsidios a entidades de bien público y solidaridad social (DS 1946 XII, XXXVI).

De su intervención en los debates parlamentarios se recuerda, entre otras discusiones: Fijación de la posición de la UCR en la aprobación de las Actas de Chapultepec y Carta de las Naciones Unidas (DS 1946III, 688/89/90); Cancelación de saldos deudores de créditos hipotecarios (DS 1946 IV, 371/72/73); Consideraciones sobre derogación de la ley de residencia 4144 (DS 1946 VIII, 15/16); Facultades de la Cámara de Diputados ante los vetos del Poder Ejecutivo (DS 1946 X, 674/75); Consideraciones sobre el Estatuto del personal de la industria de la carne (DS 1946 VI, 413/14/15); Homenaje a las Fuerzas Armadas (DS 1946 II, 182); Represión de la especulación y el agio (DS 1946 XI, 863).

El año 1947 fue distinto. Ricardo Balbín no sólo continuó como Presidente del Bloque de Diputados sino que también tuvo una intensa actividad partidaria. Después de varios meses de preparación y de consultas a los afiliados, los días 9 y 10 de agosto de ese año se reunió en Avellaneda el Congreso Nacional del Movimiento de Intransigencia y Renovación (MIR) de la UCR. Asistieron los máximos dirigentes del sector, entre los que se encontraba Balbín.

El Congreso produjo tres documentos que tendrían vital importancia en la vida posterior de la UCR: la Profesión de Fe Radical, las Bases de Acción Política y la Declaración Política.

En la Profesión de Fe, se vuelve a la concepción yrigoyeniana al sostener que "El radicalismo es una concepción de vida y la revolución radical hace de la política una creación ética". Las Bases se inscriben en las tesis dominantes de la época, que asignan al Estado un papel preponderante. Así es que proponen el control de la economía, la nacionalización de los servicios públicos y monopolios, la participación obrera en la conducción de las empresas, la reforma agraria "inmediata y profunda" y la defensa de la soberanía política, económica y espiritual de la Nación: en síntesis, el concepto de bienestar general que ilusionó al mundo de posguerra. En cuanto a la Declaración Política, responsabiliza a los sectores alvearistas del Partido, por sus concepciones conservadoras, del advenimiento del peronismo y propone la reorganización partidaria sobre la base de la elección directa de las autoridades, la representación de las minorías y la prohibición de alianzas con otras fuerzas. A partir de la reunión de Avellaneda, los Intransigentes comenzaron a realizar una interna tendiente a lograr la conducción del partido en el año 1948, en el que se elegirían nuevas autoridades.

En lo legislativo, también fue intensa la acción del Dr. Balbín.

Además de cumplir con las obligaciones políticas que le correspondían en su carácter de Presidente del Bloque, presentó diversos proyectos, solicitó informes a los demás poderes del Estado y participó en la discusión de los temas más importantes.

Entre los proyectos presentados en el año 1947 mencionaremos los de centralización de las oficinas nacionales en Balcarce (DS 1947 1,140); modificación del orden numérico de los Juzgados Civiles en la Capital Federal (DS 1947II, 438); creación de la Escuela agrícolo-ganadera en el Partido de Pringles (DS 1947II, 618); construcción, instalación y habilitación de un hospital especializado para el tratamiento integral de la tuberculosis en el Partido de Tandil (DS 1947 II, 879), etc. También debemos destacar el pedido de informes, suscripto junto con otros diputados radicales, sobre los convenios de adquisición de los ferrocarriles de propiedad británica existentes en el país (DS 19471, 502) y los relacionados con la constitución de sociedades mixtas petroleras
(DS 19471,193), como así, también, el pedido de informes sobre los convenios suscriptos entre el I.A.P.I. con empresas ferroviarias británicas (DS 1947 I, 503).

Balbín participó asimismo en debates importantes, entre los que se destacan la ratificación legislativa de decretos-leyes correspondientes al Ministerio de Justicia e Instrucción Pública (DS 1947 1,167); la aplicación del art. 58 de la Constitución con motivo de expresiones vertidas en debates de la Cámara (DS 1947 I, 532, I I , 238, III , 143 y 162); los arrendamientos rurales y aparcerías (DS 1947 VI, 23, 24, 25); la fijación de salarios y reglamentación de las condiciones del trabajo rural (DS 1947 III, 758 y 765); la ley de obras públicas (DS 1945 V, 89,90); el pedido de informes relacionados con las libertades de expresión del pensamiento, de información y de reunión y sobre el control oficial de papel de diario (DS 1947 II, 901,903), etc. Finalmente, cabe citar también la participación que le cupo en relación al atentado del que fue víctima el Diputado Cipriano Reyes (DS 1947 II, 376, 393).

Corresponde añadir que el bloque de Diputados radicales actuó siempre en forma unánime en la defensa de las libertades públicas y fue implacable en la crítica al peronismo en todo aquello que constituía una violación a las mismas, mientras que en lo económico surgían visibles diferencias. Los Intransigentes coincidían con algunas de las políticas peronistas, especialmente aquellas que tendían a la defensa de la industria local y las nacionalizaciones, como así también en la política internacional referida a la plena autodeterminación del país y la no inserción en bloques que pugnaban por el predominio mundial. En varias oportunidades y sobre estos temas el Bloque votó dividido.

En el año 1948 se produjeron dos hechos importantes: la renovación parcial de la Cámara y la elección de nuevas autoridades en la UCR.

El 30 de abril de 1948 cesaron todos los diputados a los que les había correspondido por sorteo sólo dos años de mandato y se incorporaron al Bloque Radical nuevas figuras, entre las que se destacaban Arturo Umberto Illia, Mauricio Yadarola, Miguel Angel Zavala Ortíz y Alfredo R. Vitólo. Balbín fue reelecto como Diputado de la Provincia de Buenos Aires y mantuvo la Presidencia del Bloque. En lo que hace a las nuevas autoridades de la UCR en el orden nacional, lograron imponerse los Intransigentes que, por primera vez, asumieron la conducción oficial del Partido. Las nuevas autoridades convirtieron los documentos de Avellaneda en documentos oficiales del Partido que, de esta forma, clausuró la etapa de conducción alvearista, iniciada en 1931.

En lo referido a la labor parlamentaria, el Diputado Balbín tuvo también en este período una destacada actuación. Presentó diversos proyectos relacionados con la prohibición de las reuniones hípicas en los días sábados y festivos (DS 1948 I I I , 1789); suspensión de juicios de reivindicación de tierras situadas en Berisso y Ensenada (DS 1948 I, 466) al que se acompaña un proyecto de resolución en el que se pide informes sobre las referidas tierras; nombramiento electivo del Intendente de la Ciudad de Buenos Aires -junto con otros Diputados radicales- (DS 1948 II , 1525); creación del Tambo Modelo en Cañuelas (DS 1948 IV, 2817); diversos subsidios (DS 1948 V I I , XXXII).

También participó en debates sobre el Registro Nacional de las Personas (DS 1948 V, 4073 y sigts.) y la impugnación a la exclusión como Diputado del Dr. Ernesto Sanmartino (DS 1948 III 2417). A ello hay que agregar la actuación que le cupo en la fijación de la posición oficial de la UCR en todos los temas políticos que se debatieron, especialmente la intervención en el debate sobre la Reforma Constitucional (DS 1948 IV, 2667 y sigts.).

El año 1949 fue muy importante para la política argentina. El peronismo había endurecido sus posiciones, restringía permanentemente las libertades y había impuesto autoritariamente su mayoría en el Congreso para declarar la necesidad de la Reforma
Constitucional, como lo haría luego en la Convención Reformadora.

El objetivo era posibilitar la reelección del Presidente Perón y para lograrlo no se respetaban los límites de la convivencia democrática. Los radicales, por su parte, impugnaban el mecanismo utilizado para declarar la necesidad de la Reforma -no habían votado en Diputados los dos tercios de los miembros de la Cámara- y el objetivo de la misma. En todos estos planteamientos Balbín tuvo importante participación, no sólo como Presidente del Bloque Radical sino como uno de los máximos dirigentes del Partido a nivel nacional.

Realizadas las elecciones de Convencionales, triunfó el peronismo, que se adjudicó los dos tercios de los representantes, mientras la UCR obtuvo el tercio de la minoría. El Bloque Radical de la Convención, presidido por Moisés Lebensohn, uno de los principales dirigentes de la Intransigencia y teórico del sector, impugnó en el recinto todo el proceso. Al no contar con garantías suficientes para una confrontación democrática, la representación radical se retiró de la Convención. El peronismo, en soledad, dictó una nueva Constitución que, si bien incorporó algunos institutos del constitucionalismo social y mejoró ciertas estructuras de la organización política, se basó en una asamblea viciada desde su origen. A partir de la Reforma de 1949 la sociedad argentina quedó fracturada y resultó imposible, de ahí en adelante, llevar a cabo un proceso democrático equilibrado. El abuso de la mayoría en perjuicio de la minoría, especialmente en un tema que requería el máximo consenso como lo era una Reforma Constitucional, tornó ilegítimo al Gobierno peronista.

Así lo entendieron los radicales que, con todas sus fuerzas, se dedicaron a proclamar su rebeldía y a luchar por la libertad que consideraban comprometida. En esa tarea, Balbín se convirtió en el abanderado del Partido.

Simultáneamente continuó cumpliendo con su obligación como Presidente del Bloque Radical y como Legislador. En ese año presentó diversos proyectos, entre ellos los referidos a: Modificación de la mayoría de edad (DS 1949 I, 881); Anulación de la expulsión del país de la Comisión Ejecutiva de la Unión Eslava Argentina (DS 1949 II, 1740); Constitución de una red de frigoríficos y empaque de frutas (DS 1949 II, 1265); Creación de una escuela agrícolo-ganadera en Pehuajó (DS 1949 II, 1265); Construcción de viviendas económicas para obreros y empleados en Zarate (DS 1949 II, 1264). También suscribió, con otros Diputados radicales, varios proyectos de singular importancia como el de Nacionalización del petróleo (DS 1949 IV, 2622); Comisión Investigadora del acrecentamiento de la fortuna personal de ciudadanos que ocupan cargos directivos en los partidos políticos o desempeñan funciones o empleos en el Gobierno de la Nación (DS 1949 III, 1954); Modificación del Código de Procedimientos en lo Criminal, declarando nula y sin valor la declaración indagatoria prestada sin la presencia del defensor y ante Juez competente (DS 1949 III, 1935).

Balbín participó con notable eficiencia en casi todos los debates, especialmente en los que giraron en torno a la Exclusión del Diputado Rodríguez Araya (DS 1949 I, 803); Denegatoria de la licencia solicitada por el Diputado Yadarola para asistir a la VI Conferencia Interamericana de Abogados a celebrarse en Detroit, EE.UU. (DS 1949 1,484); Convenio comercial con Gran Bretaña y régimen legal del petróleo (DS 1949 IV, 2924); Régimen de los Partidos Políticos (DS 1949 V, 4188).

Hacia fines del año, el país resultó conmovido frente a una de las máximas injusticias que Balbín debió soportar a lo largo de su carrera.

La exclusión de la Cámara

En la sesión del 29 de septiembre de 1949, el Diputado peronista Miel Asquía, en nombre de su Bloque, solicitó el tratamiento, con la Cámara constituida en Comisión, del desafuero del Diputado Ricardo Balbín, pedido por el Juez Federal de Rosario, Dr. Ferrarons. El magistrado solicitaba la medida a fin de tomar declaración indagatoria al legislador, acusado por el delito de desacato al Presidente de la Nación, en la denuncia efectuada por el Diputado Nacional peronista por Santa Fe, Luis A. Roche.

A pesar de la oposición del Bloque Radical, expresada con elocuencia por el Diputado Uranga, quien se mostró sorprendido por la petición del Bloque mayoritario, ya que el tema debía ser analizado previamente por la Comisión de Asuntos Constitucionales, la Cámara se abocó al tratamiento del tema.

¿Cuál era el delito que se le imputaba a Balbín? Era el de desacato contra el Presidente de la Nación, en que habría incurrido al exponer en el Congreso Agrario de la UCR, celebrado en el Centro Asturiano de la Ciudad de Rosario, el 30 de agosto de ese año. En el referido acto, celebrado en local cerrado, se habían infiltrado agentes de la Sección Orden Social y Político de la Policía Provincial, los que habían tomado la versión taquigráfica del discurso en el que Balbín se había referido al Gral. Perón en estos términos:

"Por eso el dictador busca nuevos caminos y pretextos para engañar; toma nuevas armas; no engaña más con el Plan Quinquenal, copia del totalitarismo de Hitler y Mussolini".

Y más adelante:

"Cuando se haga la historia también se dirá de este vigoroso reaccionar del radicalismo. El dictador sabe de eso y por eso busca otra posibilidad para engañar a la República".

Agregaba, finalmente:

"Desde hoy en más, hemos resuelto luchar tesonera y físicamente y decirle a la juventud que se prepare para hacer la revolución que no pudimos hacer nosotros".

Al conocer Balbín la decisión judicial de citarlo a prestar declaración indagatoria, se presentó ante el Juez de la causa y pidio declarar apartándose de los fueros que le correspondían como Diputado de la Nación. El Juez interviniente, haciendo caso omiso a la presentación de Balbín, elevó el pedido de desafuero que la Cámara trató en los momentos finales del período de sesiones de ese año.

La defensa política y jurídica de Ricardo Balbín la hizo el Diputado por Mendoza, Dr. Alfredo R. Vitólo. Después de historiar los antecedentes políticos del caso y la jurisprudencia parlamentaria, señaló que se enfrentaba una emboscada tendida por el oficialismo contra uno de los líderes de la libertad. El Diputado mendocino terminó su discurso señalando:

"Nosotros seguiremos luchando por nuestros ideales y por la República. Tenemos la seguridad de que no se hará la noche del todo. Hoy nos sentimos más fuertes, puesto que con la expulsión de Balbín la mayoría expresa su debilidad.

Nosotros no cederemos porque estamos ciertos de que la recuperación democrática está en marcha y porque estamos ciertos de que el porvenir argentino no será frustrado"

Al finalizar la sesión tomó la palabra el Dr. Balbín quien, sin agravios para nadie, detalló su permanente lucha por la libertad, terminando la exposición con estas palabras:

"Si con irme de aquí pago precio, como cualquier otro de los luchadores de mi partido; si éste es el precio por el honor de haber presidido este Bloque magnífico, que es una reserva moral del país, han cobrado barato; fusilándome, todavía no estaríamos a mano".

Como era de presumir, una vez más, la mayoría impuso su número y Ricardo Balbín fue separado de la Cámara de Diputados de la Nación.

Candidato a Gobernador y prisionero

Expulsado de la Cámara de Diputados y con varios procesos penales en trámite, todos por desacato o por incitación a la rebelión, Balbín continuó con su actividad política. Recorría todos los pueblos de las provincias, llevando el mensaje de la UCR y predicando incansablemente sobre la libertad y la democracia. En 1950 fue candidato a Gobernador de Buenos Aires, integrando la fórmula con Héctor Noblía, y el mismo día del comicio, al terminar la jornada electoral, fue detenido por la Policía Federal. Drante 297 días estuvo preso en las cárceles de Rosario, San Nicolás y Olmos. En 1951 fue indultado por el Poder Ejecutivo Nacional.

De inmediato volvió a la lucha y a la actividad partidaria.

Candidato a Presidente de la Nación

En 1951 debían realizarse elecciones presidenciales y en ellas el peronismo procuraría la reelección de Perón. La UCR, conducida por el sector Intransigente, y a pesar de la posición del Unionismo que pretendía la abstención por falta de garantías, decidió participar en la elección con candidatos propios. En agosto de ese año la Convención del Partido eligió a Ricardo Balbín como candidato a Presidente y a Arturo Frondizi como candidato a Vicepresidente, sancionando como programa y plataforma electoral las Bases de Acción Política consagradas en Avellaneda en 1947.

Al aceptar la candidatura a Presidente y dirigiéndose a la Convención del Partido, Balbín dijo:

"...el Radicalismo es el abanderado de la República; apenas si nosotros somos una pequeña bandera que marca un escuadrón dentro del gran esfuerzo argentino. Salga el Radicalismo con su fe y esperanza; Argentina espera y llegaremos, estoy seguro, porque es un imperativo de la historia. Argentina no nació para esto que exhibe hoy la Nación, nació para otras cosas superiores. Vamos a esas cosas argentinas con fe y seguridad. Quien sabe si la historia no nos está esperando".

En las elecciones presidenciales, por amplio margen, triunfó el peronismo. Balbín volvió a la acción política y a recorrer los caminos de la patria, transmitiendo el mensaje de la UCR.

La Revolución Libertadora y la división del Radicalismo

El 16 de septiembre de 1955, en Córdoba, el Gral. Lonardi encabezó un golpe de Estado contra el gobierno del Gral. Perón.

Este, después de algunos días de lucha y al no contar con los apoyos militares que esperaba -la Marina de Guerra manifestaba su decisión de plegarse al pronunciamiento revolucionario-, abandonó su cargo y se refugió en la Embajada de la República del Paraguay. El Gral. Lonardi fue proclamado Presidente Provisional de la Nación e inició su gestión bajo el lema " N i vencedores ni vencidos". El 13 de noviembre de ese año, por problemas internos de las Fuerzas Armadas, el Presidente debió resignar su cargo y abandonar el poder. Al producirse el desplazamiento del Gral. Lonardi y la asunción a la Presidencia del Gral. Pedro Eugenio Aramburu, se endureció la posición del Gobierno, generándose una nueva actitud frente al peronismo y todo lo que éste había representado. Se acentuaron los odios políticos y se alejó toda posibilidad de reconciliación nacional.

La UCR consideró justificado el golpe de Estado y al calificar al Gobierno depuesto sostuvo:

"El régimen que se acaba de caer, que negó la libertad, la justicia y la moral y negoció la soberanía, queda señalado para siempre como el único responsable de esta tragedia".

Sin embargo, exigió también la restitución de las instituciones de la Constitución y la convocatoria a elecciones generales.

Mientras el Gobierno de la Revolución Libertadora se debatía entre múltiples contradicciones, todos los sectores del país dirigían sus miradas hacia la UCR, a la que consideraban como la única posibilidad política para constituir un nuevo gobierno constitucional. Sin embargo este Partido, lamentablemente, no estuvo a la altura de las circunstancias ni respondió a las expectativas que la sociedad había depositado en él. Sus luchas internas lo llevaron a la división definitiva, generándose así cambios importantes en la política nacional y obstaculizándose una solución política que permitiera la superación del peronismo. Unos, seguidores de Arturo Frondizi, creían necesario un proceso de integración con el Justicialismo y promover una profunda transformación en lo económico y en lo social sobre parámetros adecuados a la época. Otros, liderados por Balbín, a los que se sumaron los Intransigentes de Córdoba y la mayoría de los Unionistas, estimaban que debía mantenerse la línea antiperonista, insistir en el Programa de Avellaneda y apoyar la gestión de la Revolución Libertadora. Por decisión de la Justicia Electoral el sector liderado por Frondizi pasó a denominarse UCR Intransigente y el sector liderado por Baibín, UCR del Pueblo.

Ambos partidos concurrieron separados a las elecciones convocadas por el Gobierno de la Revolución Libertadora para elegir Constituyentes que debían derogar la Constitución reformada por el peronismo en 1949. La Convención, de la que se retiró el Radicalismo Intransigente, sólo pudo derogar la Constitución, declarar la vigencia de la de 1853 y agregar como artículo 14bis los derechos sociales. Luego se disolvió.

Posteriormente, ante la convocatoria para la elección presidencial, los Radicales Intransigentes ratificaron la fórmula que ya habían elegido con anterioridad, "Frondizi-Gómez", y los Radicales del Pueblo proclamaron la fórmula "Balbín-Del Castillo".

El resultado de la elección celebrada el 23 de febrero de 1958 determinó la consagración de Arturo Frondizi como Presidente de la Nación; éste no solo contó con los votos de su partido sino con los del peronismo, con cuyo líder había celebrado un acuerdo político.

Durante el Gobierno de Frondizi el radicalismo conducido por Balbín realizó una dura oposición, la que continuó luego contra el régimen instaurado después del derrocamiento de éste.

La Asamblea de la Civilidad

Durante la presidencia del Dr. Guido, que había sucedido a Frondizi, la crisis militar fue el eje alrededor del que giró todo el proceso político. El sector Azul del Ejército, que reconocía como jefe al Gral. Onganía, pretendía una salida electoral rápida y con participación del peronismo a través de partidos afines. Los oficiales del sector Colorado, aliado con casi toda la Marina, representaban el más cerrado antiperonismo y preferían instrumentar una salida política de características "democráticas", a favor de las fuerzas políticas que coincidían con ese pensamiento y con la total exclusión de peronistas y frondizistas.

Las diferencias entre ambas tendencias se definieron a través de la lucha armada. En septiembre de 1962 la ciudadanía asistió con estupor al enfrentamiento entre los dos bandos militares, con acciones que se desarrollaron en plena Capital Federal y alrededores.

Se impuso el sector Azul, que condensó su mensaje a la ciudadanía con el documento que se conoce como "Comunicado 150", en el que se aludía a una rápida salida institucional.

Los partidos políticos, encabezados por la UCR, decidieron coincidir en lo que se denominó la Asamblea de la Civilidad. Se trataba de un acuerdo para buscar una salida electoral sin proscripciones y en la que todos los partidos se comprometían a defender el sistema y el gobierno que surgiría de las elecciones generales.

El 12 de marzo, en los salones de "Unione e Benevolenza", Ricardo Balbín resumió los acuerdos logrados en estos términos:

"...cada partido practica la democracia a su manera, sólo pretendemos alcanzar esas bases mínimas, sin afectar el pensamiento de cada uno de ellos. El que triunfe en los comicios hará cumplir con estos postulados de acuerdo con su filosofía política, pero lo importante es que están dadas las bases, ya que nadie puede tener la razón absoluta".

Convocada la elección, la UCR proclamó la fórmula Illia-Perette, previo paso al costado dado por Ricardo Balbín, a pesar del liderazgo que ejercía en el Partido. En las elecciones triunfó la fórmula radical, que si bien no tuvo Colegio Electoral propio, fue consagrada por el voto de otros partidos.

Existían dudas acerca de cómo serían las relaciones entre el Presidente Arturo Illia y el Dr. Balbín, jefe natural del partido. El mismo Balbín se refirió al tema en un reportaje aparecido en 1974. Allí decía:

"Sé que se ha hablado durante bastante tiempo de un distanciamiento entre el Dr. Illia y yo. No es exacto. Con el Dr. Illia somos amigos desde hace muchos años. Cuando él toma el gobierno en 1963, habíamos dicho que queríamos que el gobierno fuera el gobierno y que el partido fuera el partido. Y esto, por más que se vaya definiendo, no se comprende si no se objetiviza con claridad. De tal modo que yo fui presidente del Comité Nacional siendo Illia Presidente de la República. Nos veíamos en las oportunidades necesarias, pero yo no era un asiduo.

De esta manera, exhibía ante la ciudadanía que el presidente de la UCR estaba en las mismas condiciones que el presidente de cualquier partido político. No había diferencias"

Así distinguía Balbín lo que era el Gobierno y lo que era el Partido.

El 28 de junio de 1966 los militares destituyeron al Presidente Illia. Balbín, que fue siempre solidario con el mandatario depuesto, volvió a la lucha en procura de la restauración de las instituciones de la República.

La Hora del Pueblo

A partir del derrocamiento de Illia, Balbín comprendió que no podía haber estabilidad democrática sin la participación del peronismo en el proceso político. Así fue que, reviendo viejas posiciones, estableció contactos con los representantes de Perón en el país. Esas tratativas terminaron en lo que se denominó "La Hora del Pueblo". Se trataba de un acuerdo de agrupaciones políticas que fijaban coincidencias mínimas para la recuperación de la democracia. Esos partidos fueron los que se entrevistaron con Perón cuando éste regresó por primera vez al país y quienes, junto a otros sectores de la vida nacional, se reunieron en el restaurante "Niño" para acordar las bases de la recuperación democrática.

Simultáneamente con las actividades que cumplía en "La Hora del Pueblo", Balbín mantuvo varias reuniones privadas con el Gral. Perón a los efectos de acordar mecanismos conjuntos que, sin interferir en las individualidades partidarias, facilitaran el desarrollo del proceso político.

Cuando llegó el momento de las elecciones, una vez más Balbín fue nominado como candidato de la UCR a la Presidencia de la Nación. En las elecciones de 1973 compitió, primero con Héctor J. Cámpora, candidato del peronismo y luego con la fórmula Juan D. Perón para la Presidencia y María Estela Martínez de Perón para la Vicepresidencia de la Nación. Lo hizo sobre bases distintas de las confrontaciones anteriores. Había respeto por el adversario y diálogos civilizados entre los partidos. De ese entonces es la frase que se le atribuye: "El que gana gobierna y el que pierde ayuda". Resultó derrotado, pero quedó para siempre su actitud de auténtico demócrata y batallador por la reconciliación nacional y la consolidación de las instituciones de la República.

Habían terminado los enfrentamientos violentos de otros tiempos. Inclusive se habló de una fórmula de coincidencia entre radicales y peronistas. Tanto Perón como Balbín temían por el porvenir de la Argentina y querían establecer bases sólidas para un futuro mejor, en libertad y con justicia social. La muerte de Perón interrumpió ese proceso de coincidencias. El 4 de julio de 1974 Ricardo Balbín, en nombre de todas las fuerzas políticas, despidió los restos del Presidente muerto. Se cerraba una etapa de la vida argentina que había tenido, tanto en Perón como en Balbín, a protagonistas fundamentales.

A mediados de marzo de 1976 el gobierno de María Estela Martínez de Perón -quien sucedió a Perón en razón de su muerte- era insostenible. Balbín, una vez más, hizo esfuerzos para salvar las instituciones. El 16 habló al país para señalar que no tenía soluciones concretas a la crisis, pero estimaba que la unión de los argentinos en un esfuerzo común podía salvar a las instituciones.

No fue comprendido y el 24 de marzo la Presidente fue detenida; los militares ocuparon nuevamente la Casa de Gobierno.

Comenzaba el tristemente recordado "Proceso de Reorganización Nacional".

La Multipartidaria y la muerte de Balbín

Durante los primeros tiempos del régimen militar, y a pesar de la prohibición de las actividades políticas, Balbín continuó sus recorridos por el país, llevando su mensaje de libertad y reconciliación.

Luego, al conocer los horrores que se vivían, se preocupó por salvar la vida de varios detenidos.

En 1979 consideró que había llegado el tiempo de expresarse públicamente y exigir el retorno de las instituciones y de la Constitución. Comenzó a trabajar en lo que se llamó La Multipartidaria.

Junto con el Justicialismo, los Intransigentes, el Movimiento de Integración y Desarrollo (MID) y la Democracia Cristiana sentaron las bases de lo que llamaron "La Reconciliación Nacional". Para ese entonces Balbín ya estaba enfermo sin posibilidades de rehabilitación.

El 22 de agosto de 1981 fue internado y falleció el 9 de septiembre.

Uno de sus biógrafos -Adrián Pignatelli- señala:

"Sus restos fueron velados en el Comité Nacional y recibieron sepultura en el Cementerio de La Plata. Fue un verdadero entierro radical, como él quiso".

Durante 65 años de este siglo Ricardo Balbín tuvo protagonismo en la política nacional. Su vida consagrada a la lucha por la libertad, la democracia y la plena vigencia de la Constitución es un ejemplo para todos los argentinos. Estimamos que nominarlo como "Defensor de la Libertad" es un justo reconocimiento a su memoria.










Fuente: Ricardo Balbin “Defensor de la Libertad” Prólogo de Alfredo Vitólo, COLECCIÓN: Vidas, Ideas y Obras de los  Legisladores Argentinos, Publicación del Círculo de Legisladores de la Nación Argentina, 1998.
Leer más...