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domingo, 20 de agosto de 2017

Enrique Vanoli: "La relación Balbin - Alfonsin" (17 de julio de 1989)

Yo diría que primero había una relación de afecto. No nos olvidemos que después del '66 se hablaba del "Delfín" de Balbin. Yo creo que Alfonsin se apuro, no se dio cuenta de que había que completar un ciclo histórico. Porque la primera interna en que disputaron una candidatura fue en 1972 para presidente del Comite Nacional; recuerdo que tuve una conversación con Alfonsin antes de esa elección, yo lo apoyaba a él como sucesor de Balbin. Pero cuando nosotros comenzamos las conversaciones con Peron, por intermedio de Paladino e integrando La Hora del Pueblo, la figura de Balbin comenzó a ganar prestigio y la posibilidad de la reconciliacion con el peronismo no la podía hacer Alfonsin, la tenia que hacer él mismo que lo había enfrentado directamente porque ese era el símbolo de la reconciliación. No tenia sentido que Alfonsin quisiera ser presidente en ese momento. Luego el dijo cosas muy duras. Entre ellas, cuando perdimos las elecciones de 1973, dijo:

"El comando de la derrota a casa".

Tuvo algunas expresiones comparándolo a Balbin con un político ingles que no había sido muy afortunado y entonces la relación se deterioro, hasta desde el punto de vista personal, porque ya no fueron solamente situaciones de tipo político, sino, en alguna medida, llegaron a ser casi agraviantes.











Fuente: Entrevista al ex Diputado Nacional y ex Secretario del Comite Nacional de la Unión Cívica Radical Enrique Vanoli. En “Hablan los protagonistas de la historia” de Antonio Castello, Beas Ediciones, 1994.
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jueves, 17 de agosto de 2017

Calvin Coolidge: "Inauguración del Monumento del Gral. San Martín en Washington D.C." (28 de octubre de 1925)

Para el pueblo de los Estados Unidos ha sido una cuestión de orgullo y gratificación que sus antepasados ​​fueron providencialmente elegidos para iniciar el movimiento por la independencia en el Nuevo Mundo. No era posible que estas sólidas comunidades simplemente contribuyeran al mundo a Reflexión distorsionada de la luz de estados antiguos y de instituciones antiguas. El descubrimiento de América en el mundo fue providencialmente fijado en un tiempo de despertar espiritual e intelectual. Era una época de nuevas luces y nuevas aspiraciones, de fuertes choques entre las tradiciones del viejo y el espíritu del nuevo tiempo. El Nuevo Mundo demostró ser un campo fructífero para probar las nuevas ideas de las relaciones del hombre tanto con su Creador como con sus semejantes. En el cálido sol de tal oportunidad, en la fertilidad de un suelo tan virgen, Alcance justo que hizo posible su conclusión triunfal.

Puede ser conveniente considerar por un momento las similitudes esenciales que marcaron las experiencias de todas las nuevas comunidades norteamericanas durante sus luchas por la independencia y más tarde durante su tentativa de creación de instituciones. Haciendo esto, podemos darnos cuenta mejor que la contribución americana no podría haberse hecho salvo del suelo de un nuevo país. No se puede trasplantar un sistema social antiguo y rígido a un nuevo país sin muchas modificaciones revolucionarias. No se puede esperar que estas nuevas instituciones tengan oportunidades adecuadas de desarrollo a menos que crezcan a la luz de la independencia humana y la libertad espiritual.

Esta comprensión llegó temprano a los grandes líderes del pensamiento en todos los países americanos. Así que descubrimos que a medida que las aspiraciones norteamericanas que producían nuestros líderes como Washington, Jefferson, Adams, Hamilton y Franklin, en los países del sur  surgieron los Miranda, los Bolívar, los Hidalgo, los Artigas, los O'Higgins, los Sucré , los Morazán, y finalmente San Martín patriota, estadista, inmortal contribuyente a la fundación de tres repúblicas. Honrar la memoria de San Martín, y aclamar sus logros, por la cual que hoy estamos reunidos. Fue la fortuna que nuestras trece colonias norteamericanas fue la primera en alcanzar en el hecho y el reconocimiento de la independencia. Apreciando profundamente su propia fortuna, el pueblo de los Estados Unidos fue desde el principio profundamente simpático a todo movimiento por la libertad e independencia a través de estos continentes.

El presente es un tiempo en que los hombres y las naciones están dando atención a la voz que clama por la paz. Por todas partes, anhelan como nunca antes un liderazgo que los guíe hacia los caminos invitadores del progreso, la prosperidad y la comunión genuina. Una visión más clara les ha mostrado no solo los horrores, sino la terrible inutilidad de la guerra. En un momento como éste harán bien en convertir sus pensamientos en toda sinceridad en estas lecciones de la estadística, la experiencia y la constante aspiración de las naciones sudamericanas. El continente que de todo el mundo ha sabido menos de la guerra y más de la paz que cualquier otro durante este período tan difícil tiene derecho a la soberbia en el servicio que ha prestado a su propio pueblo y en el ejemplo que ha puesto ante el resto de la humanidad.

Así que la presente ocasión me ha atraído no sólo como apropiado para el intercambio de las felicitaciones ordinarias, sino como una sobre la cual estas contribuciones de América Latina en el liderazgo moral e intelectual podrían darse algo del reconocimiento que han merecido. No es posible hacer más que sugerir el tema. Pero una alusión tan fragmentaria a un campo tan atractivo, espero que pueda servir a un propósito útil. Valdría la pena el esfuerzo de hombres y mujeres que buscan medios para prevenir las guerras y reducir el armamento para estudiar las experiencias de las repúblicas americanas. Los encomiendo a la estrecha atención de todos los que quieren que la paz sea lo más segura posible y la guerra lo más lejos posible fuera de la tierra.

Entre los líderes cuyo valor y genio trajo la realización del sueño del Nuevo Mundo de la libertad con la independencia, ninguno fue movido por un horror más profundo de la guerra que San Martín. Ninguno de sus colegas daría más aprobación ardiente que él a la labor de estadistas posteriores que tenían una visión de un continente dedicado a la paz y al verdadero bienestar de su pueblo. A su sagacidad, más que a la de cualquier otro hombre, se debe la distribución del continente sudamericano dentro de sus actuales líneas nacionales, porque poseía la previsión del estadista junto con las cualidades del brillante soldado y el ansioso patriota.

Como ha ocurrido con demasiada frecuencia a los primeros benefactores de sus semejantes, a San Martín se le negó durante su vida los testimonios de gratitud y reverencia que otras épocas y todos los pueblos se han sentido orgullosos de regar sobre su memoria. Me han dicho que los monumentos a él se han dedicado en casi todas las capitales de Suramérica. Hoy el país que le dio a la causa de la libertad está presentando al gobierno de mi propia nación esta estatua de él. Es un deber bienvenido que me viene a mí, en nombre del Gobierno y el pueblo de los Estados Unidos, expresar su placer en aceptarlo. Que se mantenga a lo largo de los siglos como una inspiración para todos los que aman la libertad. Que sea un recordatorio adicional de la comunión entre la gran nación que da y lo que se honra recibir. Que sirva para mantener en las mentes y los corazones de toda la humanidad la realización del lugar noble y honrado que sostiene ese sistema republicano del Nuevo Mundo, del que fue uno de los primeros creadores.



El Sr. Presidente de los Estados Unidos Calvin Coolidge pronunciando el discurso en la Inauguración del Monumento del Libertador Gral. José de San Martín. Lo escucha atentamente el Sr. Embajador Argentino en los Estados Unidos Dr. Honorio Pueyrredón junto a su señora esposa Julieta Meyans de Pueyrredón, 28 de octubre de 1928.






Fuente: Discurso del Sr. Presidente de los Estados Unidos Calvin Coolidge pronunciando el discurso en la Inauguración del Monumento del Libertador Gral. José de San Martín, 28 de octubre de 1928. En Librería del Congreso de los Estados Unidos de Norteamerica. Reproducido en The Importance of the Obvious “A Blog on the Political Philosophy of Calvin Coolidge”






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miércoles, 16 de agosto de 2017

Jaime Malamud Gotti: “24 de Marzo: El contraste entre serbios y argentinos” (22 de marzo de 2017)

Los serbios estudiantes y profesores con los que me crucé en la universidad, -y muy especialmente- aquellos abiertamente opositores a las políticas étnicas de Milosevic rechazaron la idea de llamar genocidio a las masacres en Bosnia. Esta idea surgió a pesar del reconocimiento de la cantidad de muertos y desaparecidos que fueron consecuencia de la limpieza étnica del gobierno serbio. Es imposible erigir una comunidad inclusiva y democrática -afirmaron- sobre la base del exterminio de grupos étnicos, raciales y religiosos. Con razón o sin ella, esta posición revela que estos políticos y activistas serbios tuvieron y tienen en vista la formación de una comunidad nacional y esta aspiración no se vería seriamente amenazada por crímenes de lesa humanidad pero si por la persecución de algunos en base a su origen común. En Bosnia murieron cientos de miles a raíz de su conocido conflicto interno.

En la Argentina, ocurre lo contrario. La CONADEP, de cuya formación fui un participe directo, recibió denuncias de desapariciones en un número inferior a menos de 9000 víctimas. Es cierto que muchos se negaron a denunciar a las victimas más cercanas por temor a represalias por parte del sector culpado por los secuestros y que mantenía las armas en su poder. Un pesimista podría estimar que el número de desaparecidos fue de alrededor de 15 o 16.000 y un optimista reduciría esa cifra a los 11 o 12.000. Pero, sensibles a certezas políticas comprobablemente inventadas, los argentinos se regodearon en aumentar la cifra a 30.000 sin una base que yo conozca y a llamar al hecho un genocidio. Que yo sepa, las desapariciones y los asesinatos no persiguieron a miembros de grupos étnicos ni religiosos sino a los miembros una clase llamada "elementos subversivos”, una categoría vaga que no sugería otra cosa que una masiva persecución a enemigos políticos.

Este contraste siempre me llamó la atención porque muestra a dos pueblos en un proceso de cambio que miran en direcciones opuestas. El primero, los serbios, revelan el supremo interés en el futuro de una nación integrada y la vergüenza y la culpa que la mayoría experimenta por las masacres llevadas a cabo por –y contra- sus congéneres. La finalidad más visible es la formación de una nueva comunidad política cuyos cimientos no pueden estar contaminados por odios étnicos. Estos obstaculizaría seriamente una futura convivencia.

En la Argentina ocurre algo diferente. El interés en aumentar el número de víctimas como si una posición más cercana a las revelaciones de la CONADEP le restara envergadura a los hechos y el énfasis en el genocidio pone en evidencia algo más grave. En primer lugar, demuestra que es más importante mirar al pasado para volcarse al castigo de los responsables como si hubiese una nítida línea divisoria entre ellos y los supuestos ciudadanos inocentes.

Muestra también la relativa falta de importancia de que un verdadero genocidio impida sentar las raíces para una comunidad nacional democrática. Y, por último, y como consecuencia, exhibe la ausencia de toda culpa o vergüenza por parte de los actuales gobernantes y gobernados. Esta última es la lógica consecuencia de que lo que ocurrió fue por entero ajeno a ellos. Fue un fenómeno ocurrido en algún otro lugar La Mancha.

Observo este fenómeno de los 30.000 desaparecidos y del genocidio como el rechazo de un proyecto dirigido a formar una comunidad nacional, regida por la responsabilidad de todos y cada uno, y la perpetuación de la falta lamentable de respeto por las instituciones. Muy especialmente, por reglas legales y morales que deben regirnos a todos. Con otras palabras, advierto el empeño por la supervivencia de un país con una muy enclenque comunidad en el que nací hace unos cuantos años.











Fuente: “24 de Marzo: Memoria y debates. El contraste entre serbios y argentinos” por el Dr. Jaime Malamud Gotti ex asesor de Raúl Alfonsín. Autor de "Crímenes de Estado. Dilemas de la Justicia"(CADAL).
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sábado, 12 de agosto de 2017

Yolanda J. V. de Uzal: "Detenida sin proceso y a disposición del Poder Ejecutivo Nacional" (25 de febrero de 2001)

El año 1953 fue un período crispado, sombrío, de la historia argentina, que señaló el momento en el que el régimen peronista comenzó a deslizarse por un tobogán de violencia y provocaciones impensadas. Un tiempo de sospechas y de acusaciones de negociados contra el gobierno. La misteriosa muerte, el 9 de abril, de Juan Duarte, secretario privado de Perón, no había hecho nada por disipar tantas dudas.

El tono se ensombreció aún más el 15 de abril, cuando estallaron dos bombas durante una manifestación convocada por la CGT para manifestar la adhesión a la nueva política económica con la que Perón pretendía controlar la creciente inflación. En ese momento, mientras el líder justicialista se dirigía a la multitud desde los balcones de la Casa Rosada, se produjeron las explosiones, y tras instantes de desconcierto, crecería la furia de la turba, incitada en la plaza por el mismo Perón. El corolario terrible de la jornada sería el incendio del Jockey Club, la Casa Radical y la Casa del Pueblo (sede del Partido Socialista).

Tras los atentados, el régimen se endureció aún más. Muchos opositores terminaron en prisión, mientras el gobierno trataba de individualizar a los responsables de la colocación de las bombas, una de las cuales explotó en el interior del Hotel Mayo, en Hipólito Yrigoyen 420, y la otra en la estación del subterráneo que corre bajo la plaza (una tercera, en el Banco de la Nación, no llegó a estallar). Los atentados dejaron el luctuoso saldo de 5 muertos y 93 heridos.

Una razia de militantes radicales, que comenzó con la detención de veinte e incluyó a un por entonces juvenil Roque Carranza (que posteriormente sería ministro durante el gobierno de Alfonsín) a los que se inculpó de la colocación de los explosivos, enrareció todavía más el panorama político del país.

En esas circunstancias, una joven de 27 años (había nacido en Necochea el 25 de febrero de 1926) de figura delgada, rostro aniñado y pelo muy largo se preparaba para una cita clandestina. Yolanda J. V. de Uzal, a pesar de su edad, era ya viuda del respetado senador radical Francisco Uzal. Pero a no engañarse. Esa joven agraciada, de aspecto frágil, tenía ya una auténtica vocación política en su Necochea natal.

En ese aciago mes de mayo de 1953 actuaba no sólo como una comprometida militante radical, sino también como enamorada, que lo estaba y mucho, de un destacado dirigente de su partido al que había conocido tras la muerte de su marido y al que hasta el día de hoy se limita a referirse únicamente como "A" (él era casado y vivía con su familia).

De manera que, en medio de la crisis política y las razias del gobierno, Yolanda J. V. de Uzal continuaba encontrándose con su enamorado (perseguido por el régimen en relación con las bombas de Plaza de Mayo), en citas furtivas realizadas en distintos sitios del centro de la Capital.

"El 21 de mayo -relata- debíamos encontrarnos en la esquina de Paraguay y Anchorena a las 20.30. El llegaba siempre media hora antes, se refugiaba en algún lugar oscuro y me esperaba; se demoraba en acercarse a mí porque observaba que nadie me hubiera seguido. Los encuentros debían ser de noche.

"Ese día, sospechando algo, llamé por teléfono a una amiga para avisarle que enviaría unos paquetes para que los quemara en el patio de su casa (se trataba sólo de panfletos del partido)." En ese momento, fue interrumpida por un fuerte timbrazo en la puerta de calle, y la llegada del encargado del edificio, apuntado por las armas de tres individuos que integraban una comisión policial. Allí comenzaría para Yolanda de Uzal un sinnúmero de castigos y humillaciones.

DETENIDA SIN PROCESO

Los policías que entraron a su departamento la trataron con brutalidad, revisando su correspondencia personal. "Uno de ellos se tiró en la cama -señala- leyendo las cartas en voz alta y todos se mofaban y hacían comentarios obscenos. Pretendían que firmara un acta que decía:

"Hemos secuestrado documentación subversiva´ (eran sólo panfletos del partido), a lo que me negué terminantemente."

Hasta hoy, Yolanda de Uzal piensa que el arresto no partió de ninguna delación, sino del hecho de haber tenido "pinchado" su teléfono, y que cuando mencionó los papeles que debía quemar su amiga, los investigadores se apresuraron a caerle encima.

Fue trasladada posteriormente, tras ese primer contacto con la brutalidad policial, a la oficina de Agio y Especulación (en ese momento eran tantos los arrestos practicados que ya no había lugar donde seguir alojando a los detenidos). Luego sería llevada al tercer piso del Departamento Central de Policía, en la esquina de Belgrano y Virrey Cevallos. Allí, los interrogatorios se harían más violentos y repetitivos.

"El tema eran las bombas de Plaza de Mayo -afirma-. Me preguntaban por lo de las bombas, me acusaron y me mortificaron con los muertos que había habido allí. Yo ni sabía, ni había tenido nada que ver con ese tema. Había entonces un comisario Cavallo en el Departamento de Policía, y yo lo enfrentaba, contestándole que realmente no podía lamentar que hubiera muerto gente allí porque teníamos un tirano y si habían ido a la plaza lo estaban apoyando.

Tras su negativa a firmar un documento incriminatorio, ni a dar información sobre el paradero de "A" (lo que realmente les interesaba), empezó para Yolanda una dura prueba que abarcaría 206 días de prisión, detenida sin proceso alguno, a un paso de convertirse en una desaparecida del régimen. Esto último no ocurrió porque pese a las amenazas policiales, el portero de su edificio había contado de su detención a un matrimonio amigo.

"La furia me daba fuerzas -recuerda-, tenía mis convicciones y era, además, una persona enamorada. Así pasé un mes incomunicada, y de ese mes 16 días sin poder dormir ni bañarme. Lo peor fueron tres días de interrogatorios bestiales y vejatorios en la siniestra sección de Orden Político (la división en la que se había transformado la temible Sección Especial de tiempos del gobierno de Uriburu). Los interrogatorios en el Departamento de Policía habían sido de mañana, tarde y noche, y de todos los colores. No podía descansar, ni bañarme. Para ir al baño, lo hacía acompañada por un policía uniformado. Los baños tenían tabiques que no llegaban hasta el techo. Cada uno tenía sólo un inodoro, sin más artefactos, y lo que era peor, sin puertas, sólo una cortina de lona colgando de un barral. Esa tenue cortinita era lo único que me separaba del policía de custodia, que permanecía de espaldas. Para higienizarme tenía que usar el agua del inodoro. Yo sabía que el policía estaba ahí, y que con sólo correr la cortina me vería desnuda. Así, enjuagaba apurada mi ropa interior (no había jabón ni nada), luego la retorcía y me la volvía a poner. Nunca pude lavarme la cabeza. Yo tenía el pelo largo hasta la cintura, y una de sus amenazas más frecuentes era que me raparían."

Dentro del Departamento de Policía, su suerte empeoró drásticamente cuando fue a parar a la sección Capturas. "Allí reinaba el comisario Wassermann -cuenta- del que recuerdo su cabello rojizo y sus botas altas de color marrón. Este pretendió que firmara un escrito de dos hojas, a lo que me negué. A esa negativa, siguió una tanda de golpes y patadas que me propinó él mismo. Me lastimó la cara. Yo sabía que estaba sangrando, pero no lloraba. Sólo lamentaba que no hubiera ninguna ventana para tirarme al vacío.

"Recuerdo que me levantó violentamente del sofá, me obligó a desnudarme, pero no me violó. Se permitió asquearse de mi aspecto. El mismo oficial policial, tras la revolución de 1955, me terminaría implorando piedad, pidiéndome que no declarara contra él cuando lo estaban investigando por maltrato a los detenidos y yo debí reconocerlo."

Pero la suerte de Yolanda de Uzal todavía empeoraría cuando se la trasladó a la sección Orden Político. Allí, a los golpes e interrogatorios humillantes y vejatorios, simplemente, se sumarían las torturas, o los "apremios ilegales", eufemismo terrible al que nos tiene tan acostumbrados la galería del horror de la historia argentina. Allí, incluso, fueron a interesarse por ella destacados dirigentes políticos, como el radical Carlos Humberto Perette.

Al llegar a Orden Político, Yolanda fue colocada junto con otra detenida, bastante obesa, que parecía puesta allí para tirarle de la lengua. Se escuchaban gritos desgarradores que parecían venir de abajo del edifico. "Te podés ir preparando, ya te va a tocar a vos", fue el amenazador anticipo que le hizo la otra detenida.

"Cuando me torturaron a mí -señala- utilizaron la picana eléctrica. Los torturadores estaban disfrazados de enfermeros. Es lo poco que pude ver, porque me vendaban los ojos mientras duraban las sesiones de tortura. Me torturaban para que firmara un documento en el que acusaba a "A", a Silvano Santander y a mucha gente que conocía, y a otra que no, de que todos ellos estaban conspirando para derrocar a Perón."

El tema de la tortura, atroz para ella, le tomó mucho tiempo y un gran esfuerzo para enterrarlo en el pasado, creando al respecto una especie de amnesia selectiva. Sin embargo, hace unos pocos años, volvió a hacerse presente. En una ocasión reciente, cuando era examinada por un problema cardíaco, y se la quizo acostar en una camilla con canaletas en los costados para sujetar los brazos, volvieron de repente a su mente los recuerdos de aquellas terribles sesiones y el incidente terminó en una crisis cardíaca que casi le cuesta la vida.

MEJORAN LAS CONDICIONES

La llegada de la joven militante radical a la Cárcel de Mujeres (Unidad Tres Asilo Correccional de Mujeres, Instituto Penal) significaría una mejoría de su status de detenida. Allí, al menos había camas, cierto abrigo (aunque el frío seguía mordiendo ese duro invierno), además de la posibilidad de higienizarse y darse un buen baño. Todavía, sin embargo, como detenida sin proceso a disposición del PE, seguía siendo una desaparecida para su familia, que ignoraba su destino y su último traslado.

En la cárcel la vigilaban monjas, que al principio le parecieron duras, pero que pronto comprendió que hacían lo que podían para hacer más llevadero su suplicio. A ellas las ayudaban las celadoras de Institutos Penales.

Finalmente, el 12 de diciembre de 1953, beneficiándose de un restringido gesto de Perón para aliviar la presión contra la oposición, algunas de las presas opositoras al régimen recuperaron su libertad, entre ellas Yolanda J. V. de Uzal.

Pese a su liberación, desconfiaba de los fines últimos del régimen, y emprendería su fuga y el camino del exilio a Uruguay, donde permaneció largos meses hasta la revolución de 1955. Todavía envuelta en proyectos (sus libros, sus investigaciones, su preocupación por la falta de formación democrática de los jóvenes), Yolanda J. V. de Uzal aún mantiene una conmovedora lealtad por "A", el misterioso dirigente radical cuyo nombre se guardó para sí en la cárcel, hace casi medio siglo. Consultada, después de tanto tiempo, sobre la identidad de éste, concluye:

"Perdónenme, pero yo no le voy a decir a ustedes y a La Nación, lo que no les dije a los torturadores de Perón".











Fuente: “En las cárceles de Perón” |Yolanda J. V. de Uzal cuenta hoy cómo la torturaron en 1953, cuando fue detenida | por Ernesto Castrillón y Liliana Maghenzani de la Redacción de La Nación, 25 de febrero de 2001.
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miércoles, 9 de agosto de 2017

María Isabel Clucellas: "Prólogo a Leandro N. Alem “Un Caudillo en el Parlamento” (1998)

BALVANERA, BARRIO ORILLERO

El 11 de marzo de 1842 la pulpería o "esquina" de las calles Federación y Ombú -actuales Avda. Rivadavia y Matheu- estaba de fiesta. Había nacido el sexto hijo del dueño, Leandro Antonio Alen, habido en matrimonio con Tomasa Ponce Gigena. El pulpero, vigilante "de a caballo" y miembro conspicuo de la Sociedad Popular Restauradora conocida como la Mazorca, gozaba de prestigio en aquel barrio orillero, de suburbio, lindante con los corrales de Miserere y el hueco de las Salinas -hoy plaza Once de Septiembre-, una estación de carretas.

Los primeros años de Leandro, quien con el tiempo agregó a su nombre el de Nicéforo aunque este no figura en el acta de bautismo, transcurrieron en ver pasar las galeras, en galopar algún pingo por la calle Federación, "más pampa que calle", observar el ir y venir de los gauchos que frecuentaban la pulpería de su padre, oír sus charlas, escuchar las payadas donde los " vivas" al Restaurador alternaban con los "mueras" a los salvajes unitarios.

Pero la vida dio carácter al joven Leandro, una cualidad que con el tiempo, él habría de distinguir en los demás como méritosupremo. Una experiencia temprana lo puso a prueba.

La batalla de Caseros había acabado con la tiranía y con su infancia.

El miedo, las posibles venganzas, obligaron a la población a cerrar las puertas. Los vencidos, dispersos, comenzaron a saquear la ciudad por los suburbios. Los esfuerzos por atajar desmanes se sucedían. También los juicios rápidos y los fusilamientos.

Sin embargo, el que llegaba como vencedor lucía la divisa punzó en el sombrero. Leandro Antonio reabrió su esquina y llevó a su hijo Leandro a presenciar la entrada del ejército de Urquiza a la ciudad.

Pronto se instalaron los interrogantes. En seguida, la sospecha y el rechazo. En los atrios de las iglesias, las pulperías y los clubes resonó la voz de los oradores populares, en especial de los más jóvenes, entre ellos la de Adolfo Alsina. La multitud escuchaba en silencio. Junto a aquella gente, el hijo del pulpero de Balvanera.

Un lustro atrás el vigilante "de a caballo" había sufrido trastornos mentales y ejecutado actos de violencia. Condenado, indultado y "jubilado" por Rosas, desde entonces Leandro Antonio no prestaba servicio en el cuartel de policía comandado por Ciríaco Cuitiño. Se dedicaba exclusivamente a su boliche. Ello no le impidió luchar, a fines del 52 y ante el requerimiento de Cuitiño, en las filas del coronel Lagos contra los "logistas unitarios" porteños. En tanto, Tomasa Ponce debió hacerse cargo de la pulpería. Cuando el marido y Cuitiño desertaron, al regresar a su casa Leandro Antonio no encontró en ella a su familia. Los Alen, sindicados como rosistas, temieron represalias. Habían buscado refugio en el centro. Los recién llegados rumbearon entonces hacia el nuevo domicilio. La plebe, enfurecida contra los antiguos partidarios de Rosas, al reconocerlos quiso lincharlos por mazorqueros. Los tomó presos la policía. Proceso rápido y condena, apunta Alvaro Yunque, autor de una de las más autorizadas biografías de Alem. Quizás las manos de Leandro Antonio no hubiesen estado tan tintas en sangre como las de otros mazorqueros pero lo cierto es que en diciembre de aquel memorable 53, la plaza Independencia, entonces también conocida como de la Concepción por su proximidad con esa parroquia, fue el escenario de su fusilamiento. Junto con su cuerpo cayó también el de Cuitiño. Dice la leyenda que el joven Leandro, de apenas once años, vio desplomarse a su padre después de la descarga y pendular de la horca su cadáver. De ser cierta, esas imágenes debieron marcarlo para siempre.

Meses más tarde Tomasa Ponce abrió la sucesión de su marido.

Deudas y unas propiedades. A Leandro le tocaron algunos pesos. Aparecieron luego los acreedores y se llevaron el grueso del capital. La pobreza -dice Telmo Manacorda, otro de sus biógrafos- llegó como séquito de la orfandad.

Pero Tomasa no pensaba en claudicar. Cosía y lavaba para la vecindad y Leandro vendía los pasteles y dulces que preparaba su madre. Martín Yrigoyen, marido de Marcelina la hija mayor del pulpero, trató de ayudar a su suegra sin mayor éxito. Los amores de Luisa con el clérigo González -Leandro había aprendido con él las primeras letras- añadieron su nota de contrariedad. El martirio de Camila O'Gorman estaba fresco en el recuerdo de Tomasa.

Leandro siguió su instrucción en la escuela de don Lorenzo Jordana. Solitario, se defendía del medio hostil que lo rodeaba.

Para esa época no tenía amigos. Su único refugio era su madre y trabajaba con empeño para ayudarla. Jordana, maestro de alma, lo comprendió y sostuvo: los muchachos del barrio lo señalaban como el hijo del mazorquero. Leandro encontró consuelo en el estudio y la lectura. Para entonces empezó a firmar Alem con "eme" final en lugar de "ene" y sin acento. Una forma de aliviar, sin duda, tanto desprecio.

SOLDADO Y POETA

Cuando el Congreso de Santa Fe votó la capitalización de Buenos Aires, los porteños partidarios de la autonomía de la ciudad desertaron de las fuerzas de Urquiza. Al año siguiente, el 11 de abril de 1854, Buenos Aires sancionó su propia Constitución, similar a la rivadaviana de 1826. Se desataba una nueva conmoción. El coronel Bartolomé Mitre apareció a la cabeza de las tropas porteñas y el general Urquiza se vino sobre el arroyo del Medio. Latía de nuevo la "cuestión Capital".

Así las cosas, Leandro abandonó sus estudios y a su madre.

Prefirió irse con los gauchos federales. En la cañada de Cepeda se enfrentaron los adversarios en octubre del 59. Mitre, derrotado, se retiró sobre Buenos Aires. Las vanguardias de Urquiza llegaron hasta San José de Flores. Cayó Alsina, se pactó la paz y el soldado federal regresó a su casa. En ella sólo quedaban su madre y su hermana Tomasa.

Aquella experiencia de noches a la intemperie envolvió a Leandro en particular melancolía y de ésta surgieron sus primeros versos. "La Tribuna" de los hermanos Várela los recibió con simpatía. Las dedicatorias a Mercedes, Pepita, Emilia, y a tantas otras, empezaron a sucederse al ritmo de las publicaciones. El "mal du siécle" se anunciaba en aquellos poemas, en aquellas cuitas de amor. También "El Nacional" se hizo eco de ellas.

En tanto, los fueros de la Capital seguían en pugna. Cepeda no trajo paz. En el desborde de la guerra civil, Leandro volvió a montar a caballo. En el arroyo de Pavón la batalla se decidió por Buenos Aires. Según lo convenido, Buenos Aires eligió los miembros de la Convención Provincial que debían examinar la Constitución del 53. Chocaron de nuevo los partidarios de la Confederación y quienes no renunciaban a la lucha por la hegemonía nacional. Esta vez fue Sarmiento el campeón de la unidad.

Se resolvió introducir en aquella Constitución algunas modificaciones.

El grupo dirigente de la ciudad-puerto estaba dispuesto a incorporar su provincia "al resto de la familia argentina".

En octubre de 1860 Buenos Aires juró la modificada Constitución del 53: se incorporaba de hecho a la Confederación.

El poeta-soldado, de regreso a la casa materna, trabajaba y proseguía con sus estudios de abogacía. Aún le quedaba algún dinero de la herencia paterna y, para ayudarse, empezó a dar clases en el colegio de Jordana. Los periódicos de entonces siguieron recogiendo sus poesías. Hipólito Yrigoyen, el sobrino que vivía con los Alem en Balvanera, acompañaba a Leandro en las largas caminatas con las que matizaba las horas de estudio.

Dentro de la política, la "cuestión Capital" agrupaba a los porteños en autonomistas o "crudos" y nacionalistas o "cocidos", es decir partidarios de la unidad. El porteñismo quería que Buenos Aires viviera sola. Las provincias contrapesaban. La aduana, los impuestos, las rentas, estaban por medio.

Sobre los últimos debates de "la gran cuestión", una multitudse concentró frente a la casa de Mitre. El general les anunció entonces un hecho grave: el mariscal Solano López había invadido la República Argentina. Se venía la Guerra de la Triple Alianza.

Encendido el patriotismo, se ofrecían los voluntarios. Los estudiantes, los primeros, se presentaron a las armas. Leandro Alem se alistó así en las legiones que irían a la guerra. Federales, unitarios, "crudos" y "cocidos" las integraron. La patria estaba por encima de todo partidismo. En su condición de estudiante, Leandro marchó a las órdenes del general Hornos con recomendación de teniente.

Estero Bellaco, Tuyutí, Yatayty Cora, Boquerón, Curupaytí.

Después de ocho meses de campaña Alem pasó a las órdenes del general Wenceslao Paunero. En los campos de batalla el teniente de Hornos llegó a capitán de Paunero. Por donde graneaba la fusilería, allí iba Leandro sobre su caballo; cuando descansaban las armas, escribía poemas de amor. En Curupaytí, donde cayó Dominguito Sarmiento, recogieron al soldado poeta herido de un balazo. Pensó en reponerse y volver luego al fragor de la batalla pero su salud estaba muy desmejorada.

En medio del hervidero político porteño Leandro reanudó sus estudios de derecho. El semanario "El Inválido Argentino" lo tuvo entre sus fundadores y redactores. En cada edición podía leerse alguno de sus poemas.

En 1868, mientras continuaba la guerra con el Paraguay, preocupaba al país definir la candidatura de aquel que debía suceder a Mitre en la Presidencia de la República. Las propuestas se concretaban y diluían con igual rapidez. Se caldeaban los ánimos.

Se había entrado en la violencia política.

INICIACIÓN POLÍTICA

La lucha política alejó a Alem de sus poesías románticas. Con los "crudos" de Balvanera seguía la divisa autonomista de Adolfo Alsina y se sintió con fuerzas para hacer oír sus propias ideas.

El caudillo se asomaba ya en él. Junto a un grupo de amigos de origen modesto -el suburbio siempre presente en sus metas-, todos ellos autonomistas que apoyaban la candidatura de Sarmiento, fundó el "Club de la Igualdad" declarándose herederos de los revolucionarios de Mayo. Por encima de los partidismos, pretendían enrolar a la ciudadanía detrás de los conceptos de libertad,progreso y democracia, un programa que el sector más avanzado de la burguesía nacional sostuvo hasta el 90.

Practicado el escrutinio de las elecciones presidenciales, triunfó la fórmula Sarmiento-Alsina. Luego de haber contribuido a esa victoria, Alem volvió una vez más a sus estudios universitarios.

Al año siguiente se recibió de abogado. Con voz segura leyó su tesis doctoral, un "Estudio sobre las obligaciones naturales".

Los examinadores aplaudieron, el público asistente lo felicitó y él corrió a su casa a hacer partícipe del éxito a su madre, a quien había dedicado el trabajo.

Pocos días más tarde era designado secretario de la Legación Argentina en la Corte de Río de Janeiro. El general Wenceslao Paunero, al frente de la Legación, no había olvidado los servicios de su ayudante en la campaña del Paraguay y había solicitado ese nombramiento. Sólo cuatro meses duró en el cargo. Trabajó duro para poner al día los asuntos argentinos pero extrañaba la patria y la agitación política. El recrudecimiento de viejas dolencias no fue más que un pretexto para renunciar al codiciado puesto.

Ya en Buenos Aires, se mudó a una modesta casa de la calle Montevideo donde instaló su despacho de abogado. Siempre fiel al partido autonomista, el nombre de Alem empezó a circular en las elecciones nacionales. Era alguien.

Animado por la idea de participar, Leandro Alem fundó, dentro de su partido, el "Club 25 de Mayo". Lo acompañaron en la empresa Victorino de la Plaza, Pellegrini, Bonifacio Lastra, su sobrino Hipólito Yrigoyen, Quirno Costa, Aristóbulo del Valle, Saldías y algunos otros integrantes del sector juvenil alsinista.

Uno de los principales puntos del programa que encararon hacía a la rebaja del precio de la tierra pública para que se pudieran asentar en el campo pequeños propietarios capaces de ensanchar la producción nacional.

Una figura de prestigio presidió el flamante club. Los jóvenes obtuvieron sin esfuerzo la adhesión del doctor Manuel Quintana, brillante orador parlamentario. En seguida, las tareas electorales. Alem y Matías Behety lanzaron a la calle "El Fénix", un periódico de combate donde propagaron sus ideas sobre las más candentes cuestiones políticas, entre ellas, la reforma de la Constitución Provincial.

El vecindario de la Concepción proclamó a Alem candidato a diputado. Pero en las elecciones del 70, aunque el resultado fue promisorio, éste no reunió el número de votos necesarios para entrar en la Legislatura.

El asesinato de Urquiza conmocionó entonces al país. La indignación de Sarmiento no tuvo límites. La guerra contra López Jordán era inevitable. Derrotado después de repetidos combates, López Jordán escapó a la Banda Oriental de donde pasó al Brasil en espera de una nueva oportunidad. La creación de un comité de paz que bregó por la autonomía de Entre Ríos llevó a conciliar los intereses del federalismo con los del centralismo porteño.

Leandro Alem se mantuvo al margen de estos sucesos.

Aceptó como una liberación el cargo de secretario de la Legación Argentina en Asunción del Paraguay que le había conseguido Paunero.

LEGISLADOR PROVINCIAL:
COMIENZO DE SU LABOR PARLAMENTARIA

En Asunción se habían instalado el hambre y la decadencia moral. Hasta allí le llegaban a Alem los ecos de Buenos Aires, de los choques políticos, de la guerra con Entre Ríos y de la suerte de sus amigos. La ausencia del país se le hacía una vez más intolerable. Presentó su renuncia. Había terminado su breve carrera diplomática.

Otro regreso, otra mudanza. En esta ocasión a la calle de la Piedad, en el corazón de su querida parroquia de Balvanera donde reabrió su estudio de abogado. El prestigio creciente le aseguraba ahora variada clientela. Esto le permitió mejorar su situación económica.

Una barba oscura prestaba gravedad al rostro ascético. Los grandes ojos revelaban la firmeza de carácter del jurisconsulto que para entonces ya vestía de negro. Su silueta se tornaba i n confundible en la tempestuosa parroquia.

La sensibilidad cívica vibraba al compás de la libertad, la democracia, la república, con el advenimiento de la flamante República Francesa cuando se registraron las primeras víctimas de la fiebre amarilla. Día a día aumentaba el índice de mortandad.

Todo esfuerzo para combatir el mal resultó inútil. Alem estuvo entre los enfermos. Sólo los primeros fríos de otoño ahuyentaron los mosquitos propagadores de la epidemia. Aunque la convalecencia fue larga, Alem se salvó de la sepultura.

La ciudad también se recuperaba. Las luchas cívicas volvieron a estallar. Bajo la presidencia de Manuel Quintana se dieron los debates de la comisión reformadora de la Constitución Provincial.

A Alem le dolía perderse este enfrentamiento leguleyo de la interpretación constitucional. Luego vino la disputa por las bancas legislativas de la provincia. El convaleciente obtuvo una que la Legislatura rechazó alegando fraude. Ese triunfo no concretado se empañó aún más con la muerte en plena calle de Tomasa Ponce, su madre.

Al año siguiente, la acción preelectoral. Alsina, caudillo de los "crudos", participó al lado de su gente en todos los entreveros políticos. En las afueras de las ciudad, en las pulperías suburbanas, menudeaban los incidentes a veces sangrientos entre autonomistas y nacionales, los "cocidos" de Mitre. El debate se llevaba en todos los diarios de la época. La prensa estaba envuelta en la lucha de los partidos. Alem vivía ahora sólo para la política. Lo acompañaban su hermano Lucio y su sobrino Hipólito.

Adolfo Alsina distinguía con su amistad a ese aliado formidable que le aseguraba el concurso de las clases populares de los suburbios. Alem figuró como candidato a diputado a la Legislatura.

Los mitristas fueron vencidos. Leandro N. Alem resultó electo. Era un hombre público. Ese nombramiento marcó el inicio de su labor parlamentaria.

Consagrado a la función, Alem mantuvo contacto permanente con sus electores de las parroquias más abandonadas. Se apasionó por el estudio de iniciativas que contemplaban los intereses de la provincia o tendían a suprimir injusticias sociales. El 13 de mayo de 1872 habló por primera vez en la Cámara de Diputados de la Provincia. Fue concreto y rotundo y llamó a las cosas por su nombre. No admitía compromisos ni aun con su partido.

Sólo lo obligaban los intereses populares. Se ocupó del régimen carcelario, se opuso a la mala administración de los ferrocarriles, discutió el presupuesto de gastos y recursos, participó en el debate del Código Rural, se interesó por los guardias nacionales, presentó un proyecto para abolir la prisión por deudas que fundamentó en elocuente discurso. Su gestión hizo crecer su popularidad. Diariamente recibía comisiones de vecinos que apelaban a él.

El año 73 comenzó en forma impetuosa. López Jordán regresó del exilio pero fue al f in derrotado y debió escapar nuevamente.

En Buenos Aires los nacionales proclamaron candidato presidencial a Mitre y los autonomistas a Adolfo Alsina. Alem sostuvo con brillante discurso la candidatura de su jefe en la Comisión Electoral. Ese año fue designado vicepresidente de la Cámara de Diputados de la Provincia.

Durante el trascurso de los debates, varios legisladores provinciales fueron electos diputados nacionales, entre ellos Carlos Pellegrini. Este presentó entonces su renuncia a la banca provincial alegando incompatibilidad de cargos. El asunto se discutió largamente. Alem, adhiriendo a la postura de Pellegrini, mantuvo que la retención de las dos bancas hería la esencia republicana de nuestras instituciones. La Legislatura se pronunció a favor de esa postura principista. También en ese período Alem consiguió que se votase una pensión para la viuda del maestro Lorenzo Jordana, "verdadero educacionista", su preceptor y protector en los días de infancia.

La sucesión de Sarmiento ya empezaba a preocupar a los políticos.

Al comienzo del proceso electoral, Roca y Juárez Celman se pronunciaron por la candidatura de Alsina frente a la política mitrista. El atentado contra la vida de Sarmiento y distintas rebeliones surgidas en San Juan y Mendoza hablaban de una convulsión por el tema presidencial. Con mano enérgica, el presidente Sarmiento pudo contener momentáneamente la lucha civil que se desataría después de las elecciones.

Recién iniciado el 74 terminó el mandato de Alem como legislador provincial y ya se consagraba su candidatura a diputado nacional. Esa campaña preelectoral transcurrió en Buenos Aires bajo el signo de la violencia. Tanto autonomistas como mitristas repartieron a sus partidarios armas largas y se tomaron posiciones estratégicas en las parroquias suburbanas. En Balvanera, Alem atrincheró a los suyos con total tranquilidad. Hipólito Yrigoyen, su sobrino, era comisario de la parroquia.

Las elecciones se iban a efectuar por voto a la vista. Todo estaba preparado para asegurar de cualquier manera el triunfo de los "crudos". La lucha estalló a mediodía. Un justo reclamo de los nacionales desencadenó la tormenta iniciándose una batalla campal en la que abundaron los disparos. Tras rudo empeño, un batallón del ejercito logró imponer el orden. Natural e injustamente los mitristas fueron declarados agresores y la policía de Yrigoyen hizo detener a muchos de ellos.

En toda la ciudad hubo refriegas y víctimas. Hecho el escrutinio, salvo en dos provincias triunfaron los partidarios de Alsina.

Los mitristas denunciaron fraude y presión de las fuerzas públicas. Alem estaba satisfecho. Creía que en las elecciones debían ganar los guapos. En seguida tocó el turno a la elección presidencial.

La candidatura de Avellaneda, apoyada por Sarmiento, cobró vuelo. Alsina retiró la propia para volcar en Avellaneda todo el poderío del partido autonomista. En abril, por sufragio indirecto, se realizó en todo el país la puja electoral. Se impuso Avellaneda.

A la Cámara de Diputados de la Nación ingresó Alem luego de un sonado proceso por fraude llevado adelante por los mitristas.

DIPUTADO DE LA NACIÓN

Alem, diputado nacional, trabajó con entusiasmo en la comisión de legislación. Participó en el debate sobre la ley de telégrafos oponiéndose, tanto en éste como en otros temas, a la entrega de los puestos de comando de la economía argentina a los consorcios extranjeros requiriendo el estímulo de las fuerzas propias para responder a la actividad de la República. A pesar de ello, no pudo evitar que se limitase el porvenir al marco de la agricultura y la ganadería. Intervenía siempre con vehemencia pero ante el reclamo por una palabra fuerte que hubiera pronunciado, se disculpaba, siempre que ello no afectara a sus principios.

Pocos días antes de entregar Sarmiento la presidencia, el sanjuanino trató en forma desmedida a la Cámara. El Congreso se indignó y propuso juicio político contra Sarmiento. Alem no estuvo de acuerdo. Colocó en justos términos el incidente aunque no dejó de acusar de "valentón" al Presidente.

La revolución de septiembre canalizada por los derrotadosmitristas abrió un paréntesis en la labor parlamentaria de Leandro Alem. Dados sus antecedentes, el tribuno se presentó a las autoridades militares y fue designado Auditor de Marina. Su m i sión consistió en reducir las cañoneras sublevadas en el puerto de Buenos Aires. Casi sin combatir, Alem consiguió la rendición.

No obstante, las tropas de la frontera sur se habían levantado y en el interior la rebelión estaba en pie. Pero Sarmiento, que teníala intención de entregar el poder al presidente triunfante en los comicios, asumió personalmente el mando de las tropas nacionales dividiendo en tres agrupaciones a los efectivos. Las fuerzas fieles al gobierno eran superiores en número y armamento a las revolucionarias y la falta de oportuno enlace entre éstas facilitó la táctica de batirlas por separado.

Mitre estaba en Colonia cuando estalló el movimiento y aceptó como recurso extremo ponerse al frente del mismo. Pisó tierra argentina en el Tuyú y chocó con una pequeña fuerza nacional cerca de Las Flores a la que destrozó por completo pero su vanguardia fue dispersada a cargas de rémington. Mitre marchóluego hasta la Verde. Allí, como es sabido, se jugó la suerte de los insurrectos. Vencidos, capitularon ante el coronel Lagos. Las penas más fuertes fueron el destierro y la destitución del ejército.

En mayo del 75 Avellaneda envió al Congreso el proyecto de una ley de amnistía que éste votó favorablemente. Mitre y sus compañeros abandonaron la prisión. Ya estaban otra vez frente a frente los nacionales y los autonomistas.

En tanto, Alem mantenía en la Cámara su posición independiente.

La crisis azotaba el país. El tribuno empezaba a sentirse solo y se refugiaba cada vez más en Balvanera. El choque de intereses, el deseo de enriquecerse, de escalar posiciones, envenenaban la política y entorpecían la labor legislativa. Alem donaba sus sueldos de diputado a los pobres del barrio. No lograba adaptarse a las características nuevas que se perfilaban en el partido gobernante que era el suyo: chocó con su amigo Aristóbulo del Valle, se batió a sablazos con el jefe de policía.

En noviembre de 1877 se decidía quién iba a ser el futuro gobernador de la provincia en reemplazo de Carlos Casares. Alem, distanciado de del Valle, tomó sin embargo partido a su favor.

En marzo se proclamó la fórmula del Valle-Alem.

Alsina, preocupado por la división interna del partido autonomista, buscó un acuerdo para salvarla. No resultó. La unidad partidaria quedó destrozada. El encono entre los grupos "crudos" estalló en las parroquias, particularmente en Balvanera. Un balazo de los tantos que se dispararon, perforó el saco de Leandro Alem. Los delvallistas triunfaron pero fueron acusados de haber disparado armas pertenecientes a la Nación.
Carlos Casares separó entonces a Alem de su puesto de comandante del Regimiento
7 de Guardias Nacionales y dejó cesante a Hipólito Yrigoyen, comisario de la sección 14.

Una noche la turba asaltó a mano armada la casa de Alem.

Este se defendió a tiros. El clima político se volvía denso. Alem recurrió a Adolfo Alsina. Avasallando sus fueros de diputado, una comisión policial irrumpió en el domicilio de Alem e incautó las armas. El incidente se prolongó. Iniciado el período parlamentario, el diputado ocupó su banca y presentó un proyecto referido a la Guardia Nacional que lo enfrentó con Alsina, entonces Ministro de Guerra. El proyecto pasó a estudio. Una nueva disidencia relacionada con la conducción de la guerra contra  el indio los volvió a oponer.

La política de conciliación llevada adelante por Casares también fue duramente enjuiciada por el diputado Alem quien, a su vez, abordó en la Cámara otras cuestiones: la jubilación de los funcionarios que tenían otros medios de vida, las irregularidades administrativas cometidas en el ferrocarril "Primer entrerriano", el presupuesto.

EL PARTIDO REPUBLICANO

La conciliación, empujada desde el gobierno, dividió a los autonomistas. El partido Republicano así fundado trajo una técnica distinta. Desde las columnas de "El Nacional", los republicanos -Alem, del Valle, Sáenz Peña, Goyena, Estrada y toda el ala liberal del alsinismo- expresaron sus críticas.

La decisiva elección de gobernador de Buenos Aires estaba cercana. Balas y vuelco de padrones. Resultó electo Carlos Tejedor. Los republicanos no pudieron menos que aceptar la derrota.

Sobre fines del 77, Adolfo Alsina cayó gravemente enfermo en el campamento de Carhué, donde dirigía la guerra contra los indios. Se lo trasladó a Buenos Aires. Falleció a los pocos días.

Una multitud encabezada por el presidente Avellaneda acompañó el cortejo fúnebre al cementerio de la Recoleta.

Esta sorpresiva muerte provocó un cambio en la situación política.

Roca y Juárez Celman empezaron a ponerse en movimiento.

En los comicios para legisladores provinciales se realizaron oscuras maniobras. Se reorganizó entonces el partido autonomista.

Los republicanos decidieron unirse al viejo tronco. Alem no asistió a la proclamación. Desencantado, se apartó momentáneamente de la política.

El pequeño grupo que lo acompañó sería llamado con el tiempo "autonomista puro". En tanto, se despertaba la conciencia de una nueva clase social en el país. La representaba el movimiento obrero.

LA CRISIS DEL OCHENTA

Como hemos apuntado, desde 1876 maduraba en Alem el convencimiento de que una fuerza oscura movía los hilos de la política ahogando sus manifestaciones más nobles y su impotencia era compartida por los sectores imposibilitados de acceder al rápido enriquecimiento que ofrecía el auge del comercio exterior.

A principios de 1879, Alem, aunque decidido a mantenerse alejado de la política, fue tentado para integrar la lista de candidatos a diputados a la Legislatura provincial. El y Roque Sáenz Peña fueron los más votados. El tribuno volvía al primer escenario de su actuación parlamentaria. El gobernador Carlos Tejedor tuvo en él un enemigo poderoso: nunca llegaron a entenderse.

Cuando Tejedor, en el ejercicio de su cargo, aceptó la candidatura presidencial, la indignación de Alem no tuvo límites. Le parecía una inmoralidad que conservara la función pública en esas circunstancias. "Asoma un mal -dijo- que es preciso combatir a todo trance". La tormenta desencadenada obligó a Tejedor a resignar sus pretenciones.

En tanto, Roca, cuya postulación presidencial se remontaba al inicio de la Campaña al Desierto, proclamó su candidatura.

La turbidez del panorama político se hizo cada vez más evidente.

El enfrentamiento entre Roca y Sarmiento se manifestó con violencia. El Senado escuchó el último discurso parlamentario del sanjuanino: "Vengo -dijo- con los puños llenos de verdades".

El escándalo que desataron sus acusaciones obligó a Roca a renunciar al ministerio.
Alem continuó sin desmayar con sus trabajos en la Legislatura y logró poner en marcha la candidatura a presidente de Bernardo de Irigoyen. Se la consideró un punto intermedio entre la de Roca y la de Tejedor. Casi al mismo tiempo surgió la de Sarmiento para un nuevo mandato.

Entre tanto, el presidente Avellaneda, en la intención de entregar oportunamente el gobierno en paz, para oponerse a ciertos procederes decretó que se depusieran las armas. Tejedor, gobernador de Buenos Aires, contaba, como era sabido, con voluntarios armados y se resistió a acatar esa disposición. Se vivieron horas de ansiedad. Finalmente, un comité de paz selló un arreglo momentáneo. No obstante, con el correr de los días el enfrentamiento entre el Gobierno nacional y el de la provincia porteña recrudeció hasta culminar en la guerra civil armada. Los acontecimientos del mes de junio estremecieron la ciudad. La crisis del 80 tuvo como corolario la capitalización de Buenos Aires.

Cumplidos los cien días del estado de sitio, los batallones regresaron a sus cuarteles, la Guardia Nacional fue desarmada, cesó la intervención en las provincias y Avellaneda, quien había tenido que trasladar el Gobierno al barrio de Belgrano, volvió a la Casa Rosada.
La "cuestión Capital" removida a fondo por la guerra civil, se replanteó. Alem, que no había tomado parte en la lucha, creía con ingenuidad que todavía había tiempo para reorganizar el partido. Se equivocaba. El Congreso de la Nación dispuso la intervención de la provincia de Buenos Aires y disolvió su Legislatura.

Roca, vencedor en los comicios de abril, asumió el poder y la nueva Legislatura de la Provincia se aprestaba para votar la cesión del municipio de Buenos Aires para capital permanente de la República. Las Cámaras del Congreso Nacional ya habían convertido en ley, con fecha 20 de septiembre, la capitalización.

Sólo faltaba que la Legislatura provincial prestara su conformidad.

El 12 de noviembre, sobre tablas, la Cámara de Diputados de Buenos Aires consideró la cesión de la ciudad. "No tuvo Alem mejor oportunidad en su azarosa carrera política para desnudar todo su pensamiento sobre los problemas fundamentales de la Nación", opina uno de sus biógrafos. Los cuatro discursos de Alem expuestos en sucesivas jornadas -una sola pieza de sorprendente unidad- no lograron imponer, a la hora del voto, su defensa de la autonomía. Buenos Aires pasó a ser capital de la Nación. Entristecido, Leandro Alem se retiró definitivamente de la Legislatura. Se cerraba así un capítulo de su vida pública.

LA UNIÓN CÍVICA

Desde su retiro, desde el ejercicio de una actividad profesional que en parte lo redimía de su desencanto de la política, Alem observaba el quehacer de la República.

La casa de la calle Cuyo, donde no había lujo pero nada faltaba, fue testigo de su hospitalidad criolla. Su estudio de abogado estaba siempre lleno de gente de todas las condiciones sociales.

Alternaba la lectura con la conversación grata y amena, salpicada de ocurrencias. Los diarios lo recordaban en cuanta oportunidad se presentaba. No era olvidado. Su amargo escepticismo no lo apartaba de sus antiguos amigos.

Una etapa de marcado desarrollo caracterizó la presidencia de Roca aunque el año 1884 fuese un tanto difícil. El asesinato en San Juan de Agustín Gómez, senador nacional de la oposición, sacó a Alem de su voluntario ostracismo. Un par de años atrás, por consejo médico, acompañado de su hermana Tomasa, había respirado el aire de las sierras cordobesas y tomado baños termales en Puente del Inca. Volvía a la acción en mejores condiciones físicas.

En el Teatro Nacional, Leandro Alem pronunció entre aplausos un vigoroso discurso de oposición. Por el momento no se daba el clima necesario para organizar otros avances. Luego, cuando se puso sobre el tapete el tema de la sucesión presidencial, Alem no pudo sustraerse de la lucha política. Un disenso de opiniones lo obligó, sin embargo, a un nuevo eclipse del que sólo lo arrancó la crisis del 89. En septiembre de 1888, la muerte de Sarmiento en el Paraguay había ensombrecido aún más sus días. Juárez Celman, desde la Presidencia de la Nación, hablaba de "crisis del progreso" cuando en realidad el país avanzaba hacia la bancarrota política y financiera. Alem contemplaba el derrumbe con desilusión e impaciencia. A instancias de Manuel
Gorostiaga, el Café de París se convirtió en uno de los lugares de encuentro. Las tertulias políticas acercaron las cabezas más preclaras de entonces. "El que deje de vigilar la libertad merece perderla".

En reunión multitudinaria habida en el Jardín Florida, Alem improvisó una arenga. Hablaron también Goyena, Delfín Gallo y Torcuato de Alvear. Gouchón leyó una carta de Mitre.

De allí a la revolución no había más que un paso. Los asistentes al acto, en la mayoría jóvenes, enfilaron luego con entusiasmo por la calle Florida, marchando hasta la plaza de Mayo. El Gobierno, Juárez Celman, los observó con asombro desde la Casa
Rosada. Se había fundado la Unión Cívica.

Unos días más tarde, para castigar a los cadetes de Palermo que habían asistido a la reunión del Jardín Florida, Juárez Celman los dio de baja. Entre los castigados se encontraba Leandro Alem hijo, estampa de su padre el tribuno, que el año anterior había ingresado en el Colegio Militar.

LA REVOLUCIÓN DEL NOVENTA

Inmediatamente se organizaron los clubes cívicos en las parroquias.

Los integraron vecinos de todas las edades y tendencias.

Se hacía frente al "unicato".

Alem, sobreponiéndose a su salud precaria -la bronquitis seguía acosándolo siempre- impulsó la labor de los jóvenes. Había abandonado su agresiva intransigencia y marchaba ahora al lado de Mitre, de Estrada y de tantos otros opositores. La conjunción patriótica quería salvar la República y restaurar la pureza de las instituciones. Desde su banca del Senado, del Valle estaba dispuesto a encender la mecha de la revolución contra el régimen juarista. Las proclamas y los mítines se sucedían a pesar de las patotas de malevos que intentaban desbaratarlos. El general Campos, recién llegado de Europa, prestó su concurso. Los partidarios de Juárez Celman menguaban.

El 13 de abril los revolucionarios ganaron la calle. La denuncia sobre emisiones clandestinas autorizadas por el gobierno para contener la crisis financiera desencadenó el escándalo. Los días resultaban cortos para entrevistas y conferencias. Mientras, el gobierno se debilitaba.

La revolución debió estallar el 21 de julio. El 18 fue arrestado el general Campos y otros oficiales. Se trataba de una delación.
La junta revolucionaria decidió suspender momentáneamente las acciones. En la madrugada del 26 se presentó Alem en el Parque de Artillería. Había llegado la hora.

Los batallones sublevados tomaron posición en los distintos puntos de la ciudad. Los cantones avanzados del Parque rechazaron el primer ataque de una brigada de vigilantes. Levalle se desplazó desde Retiro. Crecía el fragor de los combates. La ciudadanía porteña se batió con valor rivalizando con las tropas veteranas.

No se produjo la ofensiva en la mañana del 27. Las fuerzas del Gobierno avanzaban con lentitud. Cuando sonó en ambos bandos el cese de fuego, la batalla estaba en su apogeo. Se solicitaba un armisticio de veinticuatro horas para enterrar a los muertos. Durante su transcurso empezó a actuar una comisión mediadora. La noticia de la capitulación de los jefes rebeldes fue recibida con indignación. Los civiles y militares insurrectos exigían la continuación de la lucha. Cuando la derrota se hizo evidente, la palabra traición estuvo en todas las bocas.

Ese 29 de julio la amargura de Alem no tuvo límite. Desde que fue necesario parlamentar había delegado todo en del Valle.

Sólo se le oía repetir: "Nosotros tenemos la culpa". Fue el último en abandonar el Parque.

LA UNIÓN CÍVICA RADICAL

En el Gobierno nadie desconocía la gravedad de la crisis. La República estaba en quiebra, el unicato desmonetizado, el gabinete deshecho. El Congreso se reunió para recibir la renuncia de Juárez Celman. Aprobada, el regocijo popular estalló en aclamaciones.

Los amigos corrieron a la casa del caudillo del Parque. Alem se dejó abrazar por unos y otros. "La caída del Presidente es el primer triunfo de la Unión Cívica", dijo. La revolución había sido vencida pero el Gobierno estaba muerto.

Dos semanas después, por la ciudad embanderada se realizó una manifestación de homenaje al tribuno. Bernardo de Irigoyen saludó con un discurso el paso del desfile. El pueblo abrumaba a Alem con sus aplausos. Alem se emocionó hasta las lágrimas.

Luego, junto a la Pirámide de Mayo, pronunció sentidas palabras.

Esa noche un ramo de flores formando sus iniciales llegó a sus manos. Iba acompañado por una tarjeta que acusaba siete firmas femeninas: Lola Mata, Mercedes Honores, Isabel Torino, Petrona Echenagucía, María Luisa Cañones, Mercedes y Elisa Mascías. En su casa, feliz con el éxito de su hermano, lo esperaba Tomasa.

"Recién se ha inaugurado la nueva Presidencia y sólo tenemos promesas", escribió entonces Alem a Agustín Alvarez. Poco después con del Valle y el general Campos tomó el tren para Rosario. Los andenes estaban llenos de gente, la ciudad santafesina los recibió con banderas. Alem, aclamado, improvisó unas palabras. Pero la fatiga física, los nervios, las emociones, contribuyeron para que, de regreso a Buenos Aires, cayese enfermo.

En septiembre del 90 murió Lucio Alem a los treinta y ocho años. A los trece había sido el primer soldado argentino en entrar a la fortaleza de Humaitá. Lo velaron en Cuyo 1572, en casa de su hermano.

Sombrío, Leandro Alem recomenzó la actividad. El mitin "de la moralidad administrativa" repercutió en los ánimos. El discurso de Alem fue largo y brillante. Ahora debía apresurar la organización de la Unión Cívica. Yrigoyen sugirió la idea de instalar una Convención Nacional para elegir los candidatos a la Presidencia de la República. Puesta en práctica, la Convención eligió a Mitre. En seguida vino el acuerdo patriótico que incluía a Roca. Alem se opuso tenazmente.

En mayo del 91, Alem y Aristóbulo del Valle se incorporaron a la Cámara alta. Proclamados por la Unión Cívica para senadores por la Capital, habían resultado electos. El mandato duró un año. Desde su banca Alem rompió lanzas con el oficialismo.

Mientras el tribuno libraba batallas parlamentarias, Mitre y Roca pusieron en marcha el acuerdo. Alem no transó aunque la división inminente de la Unión Cívica lo hizo vacilar.

Desatada la tormenta, "el Partido del Parque" quedó dividido.

La mayoría acompañó a Alem. Formaron la Unión Cívica Radical. Siguieron a Mitre los que se autodenominaron Unión Cívica Nacional.

Alem no quiso nunca hacer política personalista. Tuvo que luchar para que no se votase su candidatura a presidente. La Convención Radical proclamó entonces la fórmula Bernardo de Irigoyen-Garro. El partido de Alem redobló la propaganda electoral. "Toda nuestra política ha encontrado siempre dos escollos donde han naufragado nuestras instituciones: el personalismo y el oficialismo" resumió Alem en una frase. Estaba combatiendo en dos frentes: contra el acuerdismo y contra su sobrino Hipólito, que le disputaba sordamente la conducción radical.

Sin ahorrar fatigas, Alem pidió al Senado un mes de licencia para lanzarse en gira a las provincias. Cuando regresó a Buenos Aires lo apabulló una noticia: Mitre había renunciado a la candidatura presidencial. Roca, a su vez, había proclamado su "ostracismo".

La situación era grave. Pellegrini convocó a los notables de todos los partidos. Hipólito Yrigoyen se opuso a todo acuerdo.

Alem decidió actuar de inmediato. Su pensamiento era concurrir pacíficamente a los comicios pero apelar a las armas si éstos fueran desconocidos.

En abril del 92, la semana anterior a las elecciones presidenciales, el Gobierno declaró el estado de sitio. Se lo fundamentó en el descubrimiento de un complot revolucionario y el gabinete resolvió tomar medidas extraordinarias contra la oposición radical. Una partida se presentó en casa del senador nacional

Leandro Alem y lo tomó preso. Este no ofreció resistencia. Todos los dirigentes radicales fueron arrestados menos Hipólito Yrigoyen.

El partido quedó desarmado. El día 10 se realizaron los comicios.

La Unión Cívica Radical debió abstenerse. Luis Sáenz Peña accedió al sillón de Rivadavia.

En tanto, Alem y los suyos seguían detenidos. Alem había sido trasladado a bordo de la corbeta de guerra "La Argentina". El juez Virgilio M. Tedín ordenó su libertad. Ningún legislador puede ser arrestado mientras lo amparen sus fueros. No se acató el dictamen. Finalmente, todos fueron deportados a Montevideo.

Los días montevideanos se arrastraban. Alem quiso hacerse tarjetas de visita y escribió su nombre en un papel. Leandro N. Alem. Siempre se ha dicho que se llamaba Leandro Nicéforo pero él nunca escribió su segundo nombre completo.

- ¿Y esa N, doctor, qué quiere decir?

El deportado se encogió de hombros.

- ¿La N...? N...ada.

En junio Alem estuvo de regreso. El mes anterior, para las fiestas mayas, Pellegrini había levantado a todos el destierro.

LAS REVOLUCIONES DEL 93

Las facciones políticas acusaban los cambios más encontrados.

Entre Alem y su sobrino se habían instalado mutuas prevenciones.

En noviembre quedó sancionada la carta orgánica del Partido Radical. Al comenzar el 93 se había restablecido, a juicio de Alem, la situación anterior a la revolución del Parque.

Lisandro de la Torre ofreció provocar un acercamiento entre Alem e Yrigoyen. No tuvo éxito. El parlamentario buscó sustraerse a la controversia y escribió con pasión la biografía del general Wenceslao Paunero, a cuyas órdenes había combatido en el Paraguay.

En el campo de la política, del Valle, ministro de Sáenz Peña, pretendió llevar a un radical al Gobierno. El Comité Nacional, presidido por Alem, rechazó prestar la colaboración solicitada.

Realizadas las elecciones de senador por la Capital, Alem triunfó en todas las parroquias.

En San Luis, Santa Fe y Buenos Aires, estallaron revoluciones.

Esta última fue obra personal de Hipólito Yrigoyen. El ciclo no había terminado. Luego se levantó Corrientes.

El mismo día en que el movimiento era sofocado en Santa Fe, llegó Alem a Rosario en un velero de carga. Se lo proclamó Presidente Provisional de la República. Se organizó un ejército al que le faltaban armas. El Gobierno nacional concentró todas sus fuerzas y al mando de Roca entró en Rosario. El caudillo no huyó, se entregó asumiendo la responsabilidad de la revolución.

Fue alojado en el Departamento de Policía.

EL OCASO

Cinco meses de encierro. Retornaba a casa. Un sentimiento de soledad lo embargaba. El deseo incumplido de formar un hogar era una realidad dolorosa. Las obligaciones familiares, Tomasa, su hijo Leandro, los sobrinos huérfanos de su hermano Lucio y los compromisos políticos le impedían reconstruir su vida personal.

Enamorado vivió siempre. En su adolescencia, más de una mujer había endulzado sus noches. Cuando empezó la madurez, dice Manacorda, Amelia Ruiz Moreno, hermana de su camarada en la Cámara de la Provincia, le llevó el corazón. Ella tuvo miedo y aquel romance quedó trunco. El vivir callejero le compensó en tumultos y amoríos la ausencia de una posible esposa. Alguna mujer pudo retenerlo algunos meses, otra le dio un hijo. Ahora, enamorado desde hacía mucho de la viuda de un amigo, el doctor Solveyra, Alem se sabía correspondido. Se llamaba Catalina Tomkinson, puntualiza otra vez Manacorda en un párrafo de la biografía que escribió hace más de medio siglo. Alem le prometió matrimonio.

Sin embargo, en la desolación de su casa se dio cuenta de que había contraído un compromiso que no podía cumplir. A su entender, la pobreza y la familia eran problemas infranqueables.

Cuando el caudillo salió de la cárcel estaba en el cénit de su prestigio. Estando aún en ella, la Unión Cívica había triunfado en las elecciones. El gobierno presionaba para que Alem no aceptase su diploma de senador. El Senado lo postergaba. El tribuno zanjó la cuestión: renunció ante el Consejo Electoral. Este nombró en su lugar a Bernardo de Irigoyen.

Alem se aplicó entonces a la organización partidaria. La empresa chocó con un obstáculo. Hipólito Yrigoyen no quiso ceder posiciones en el Comité de la provincia y obstruyó por sistema todos los planes de su tío. El partido estaba prácticamente d i v i dido entre "líricos" y "rojos". Estos últimos rodeaban a Alem.

Enfermo, el caudillo se debatía entre las agitaciones partidarias y sus cuestiones personales. Renunció a la dirección del partido.

El Comité Nacional le rechazó la renuncia.

Apenas terminaron estos vaivenes, Pellegrini, luego de indagar el estado de las cuentas de algunos dirigentes radicales para poder utilizar la menor irregularidad como descrédito político, lanzó su bomba. En la Legislatura provincial, un diputado allegado a él acusó a Leandro Alem de mantener cuentas turbias con los bancos. Alem volcó su indignación y su amargura en una carta abierta que publicó en "El Argentino" y envió los padrinos a Pellegrini. El gobierno quiso evitar el duelo. Los combatientes aceptaron un Tribunal de Honor y firmaron un laudo arbitral.

La renuncia de Sáenz Peña, la incorporación de Alem a la Cámara de Diputados de la Nación y su activa participación en los debates marcaron el año 95. En el 96, la muerte de Aristóbulo del Valle le arrebató un amigo entrañable.

Las viejas dolencias, su bronquitis, lo abrumaban tanto como las dificultades económicas. Se renovaban sus antiguas angustias, aquellas que se habían cristalizado quizás en la plaza de la Concepción ante el cadáver de su padre. Melancólico, desganado, pasaba las horas encerrado en su escritorio sumido en sombríos pensamientos. La decisión del suicidio consumado el Io de julio de 1896, ya estaba tomada cuando escribió algunas cartas a sus amigos y a los jóvenes correligionarios instándolos a la lucha.

A la hora de la prueba, escribió Octavio R. Amadeo en "Vidas argentinas", le faltó el valor cristiano de sobreponerse al infortunio.

Cedió a su ley de caballero antiguo: "¡Que se rompa pero que no se doble!". Y sigue el texto: "Ganó su batalla después de muerto. Cuando sus discípulos leyeron en su testamento que una traición lo mataba, todos se miraron con espanto. El disparo se produjo en la esquina de su casa, Sarmiento y Rodríguez Peña. Apenas lo oyó el conductor del coche. El vehículo se detuvo en la puerta del Club del Progreso. Eran las diez y media de la noche. Lo encontraron en el fondo del cupé, cubierta la cara ensangrentada con su chalina de vicuña. Lo mataron la pobreza, la bancarrota de su política, sus nervios enfermos y el amor, el amor inquieto de la tarde, amargado por la noche".

"En el fondo de la Recoleta -agrega Amadeo- la tumba del gran tribuno recibió por muchos años el homenaje del ciudadano desconocido, las margaritas del pueblo".









Fuente: Leandro N. Alem “Un Caudillo en el Parlamento” Prólogo de María Isabel Clucellas, Colección Vidas, Ideas y Obras de los Legisladores Argentinos, Publicación del Círculo de Legisladores de la Nación Argentina, 1998.
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