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domingo, 23 de abril de 2017

John William Cooke: "La UCR y el apego a las viejas ideas” (agosto de 1961)

EL YRIGOYENISMO

El único que, orientándose como pudo, moviéndose a tientas, infligió algunas derrotas serias a los sectores de la antipatria fue Yrigoyen, por lo que no es mera casualidad que haya sido -hasta que apareció Perón- el líder mas amado por el pueblo y el mas enconada y prolijamente difamado por los enemigos del pueblo. Es un caso que no puede omitirse en relación con nuestro análisis, tanto por las semejanzas como por las diferencias, y porque también debemos considerar al Partido Radical en la época posterior. Los intelectuales cipayos, por ejemplo, hicieron tremendos derroches de ingenio -que se festejaban recíprocamente- para mofarse del caudillo, cuya «incultura» les ocasionaba convulsiones de regocijo. Era porque tenían el vértigo de ofrecer permanentes testimonios de que, en ellos, la imbecilidad es una militancia sin desmayos: porque mientras escribían voluminosos mazacotes explicando los fenómenos del país a través de enfoques que saqueaban a los autores europeos y nunca acertaban, Yrigoyen condensaba con certera intuición los términos del enfrentamiento entre la «causa» y el «régimen».

Los políticos cultos, admiradores de la democracia atildada «a la europea veían en eso un mesianismo ridículo típico de la «barbarie criolla», incapaces de comprender que la definición ignoraba las superficialidades que las rotulaciones partidistas en que ellos están aprisionados para ahondar hasta mas cerca de la medula, no era una de las antinomias tan del gusto de las clases dirigentes encumbradas desde la derrota argentina en Caseros, al estilo de «Civilización o Barbarie», «Democracia o Dictadura*, «Libros o Alpargatas», sino el enunciado de los términos del drama nacional.

El yrigoyenismo, compuesto de ganaderos medianos, la pequeña burguesía urbana y rural, el naciente proletariado y también parte de sus patrones, las bravías masas nativas del interior, las clases populares, expresaba las tendencias del país hacia el crecimiento y la resistencia a la alianza de la oligarquía latifundista con el imperio británico. Era un gran movimiento de masas, lleno de contradicciones, no solamente por su heterogénea composición policlasista y porque los grupos que participaban en la coalición eran, en si, ambiguos, sino también porque la época tenia problemas definidos y problemas que recién se estaban configurando. Pero valía, mas que por las soluciones que aporto, por ser una afirmación de la voluntad nacional que emergía turbulentamente para desafiar a la conjura de mercaderes y patricios que la había acallado durante mucho tiempo.

Fue, como años después en el caso de Perón, una tarea dura, porque cuando las fracciones del Régimen disputan el gobierno entre si exhiben habitualmente un estilo eso no era «serio». Es una fantasía ponerse a imaginar lo que hubiese sucedido de no estar congelados en una ideología ya destrozada por la historia y por la critica, pero no es una extravagancia suponer que, si no hubiesen dado por sentado que atacar los principios liberales o tocar la Constitución era un acto de «totalitarios», un atentado contra la «libertad y la democracia y demás sonseras, hubiesen sido muchos los que comprendiesen lo que significaba la política imperialista y que, mas grave que el fraude, eran los intereses que estaban detrás del fraude. Si se sabía lo que era el imperialismo, era en forma imprecisa, como cosa de detalle, exagerada por los «totalitarios». Pensaban como otros países adelantados, como Estados Unidos (donde Scott Nearing fue expulsado de una Universidad «libre» por escribir un libro sobre el imperialismo) o como Francia o Inglaterra, que nunca hablaban del término como era lógico en potencias imperialistas, y no en países agrícola-ganaderos que son las victimas del despojo. Pero es que la ideología liberal burguesa parte del supuesto de que la libertad es un valor absoluto que la burguesía había definido para siempre. Así que atacar a las instituciones de los burgueses, es atacar a la «libertad», no a la forma concreta de libertad de ese grupo social. Entonces la libertad resulta que es la misma cosa en Francia, en Inglaterra que en Kenya, en Estados Unidos que en Cuba. Hasta llegar a lo de ahora, de lo cual el mundo ha sido informado -con general asentimiento de los cipayos- que la libertad son los estados capitalistas del hemisferio occidental y que cuando se les ataca, se esta atacando un valor sagrado.

Los peronistas que lean esto pensaran que para que repetir cosas que nosotros si aprendimos muy bien, aunque los radicales las ignorasen. Pero, con sutiles variantes de estilo, también circula en nuestro movimiento -en ciertas capas «occidentalistas» que hacen declaraciones antiimperialistas en abstracto para quedar bien con el pueblo, pero que después defienden los pilares del imperialismo- una corriente peligrosa en extremo para nuestros intereses más vitales.

Atados a la noria ideológica oficial, los radicales no vieron el problema imperialista, y si algo vieron, no le atribuyeron su verdadera importancia. La misma actitud tenían los vendepatrias que trabajaban para algún consorcio que los centenares y miles de dirigentes honestos que amaban a su patria y hubiesen odiado a quien intentase dañarla, pero que no vieron que estábamos perdiendo una guerra económica y hasta salían en defensa de nuestros verdugos, un país «libre y democrático (como que con lo que nos chupan a nosotros y otras victimas pueden mejorar el nivel de vida y postergar la lucha de clases) de displicencia caballeresca, como es de rigor entre señores que saben ganar y perder con la sonrisa en los labios, pero que olvidan los buenos modales y se valen de todos los medios contra el intruso que interfiere en el disfrute pacifico del trabajo ajeno.

Cuando se preparaba para ser candidato por segunda vez, desde el propio gobierno alvearista, que el había hecho elegir, los sistemáticos antipersonalistas complotaban contra el. Plebiscitado por el pueblo, a los dos años se propuso nacionalizar el petróleo, y los monopolios yanquis apuraron el golpe que habría de derrocarlo.

Se hizo una gran agitación para crear el clima propicio al cuartelazo, los estudiantes, con los famosos «maestros de la juventud, participaron activamente: claro esta, también el Partido Socialista, infaltable en las grandes infamias contra el país, [dió] una heroica batalla en el parlamento contra la ley de nacionalización del petróleo y operaron entusiastamente en la calle, arrastrando a los bobalicones de la pequeña burguesía portuaria, que creían que aquellos tribunos municipales eran la ultima palabra en materia de progresismo y audacia de pensamiento y quedaban embelesados escuchándoles repetir las mismas cosas que los conservadores decían en sus tribunas, pero con «fundamentos científicos», de acuerdo con esa maestría en el empleo de la incoherencia que permitió al Dr. Juan B. Justo -precursor del sistema- defender el librecambio cuando nacía nuestra industria, propugnar medidas tendientes a aniquilarla, calificar de inconsciencia la utilización de la violencia por parte de los obreros, sostener que la huelga no sirve como medio de lucha del proletariado para conquistar mejoras económicas, negar la lucha de clases, admirar el sistema ingles. En materia internacional, también tenia sus aciertos: pronosticar poco antes de 1914, cuando Europa era un polvorín, que no habría guerra en este siglo, embanderarse en el belicismo cuando esa guerra «imposible» estalló (como se preveía), sostener que el carácter de la guerra no era imperialista, afirmar que las guerras responden a razones biológicas (tendencias instintivas), pronosticar con su clarividencia característica que no habría Revolución Rusa, etc.

LA DECADA INFAME

Con el derrocamiento de Yrigoyen se inició la «Década Infame, de la que nos interesa destacar el papel del radicalismo en términos generales y como evolucionó ideológicamente. Muerto su caudillo, la UCR perdió sus rasgos característicos más destacados y, en materia de enfoques fundamentales, en nada se diferenciaba de la coalición cipaya gobernante (conservadores, antipersonalistas, etc.). No es que fuese la misma cosa: eso seria una simplificación injusta.

Algunos radicales participaron en negociados escandalosos; la dirección alvearista aceptaba dinero de los consorcios; hubo participación y complicidad de hombres representativos en hechos vergonzosos. Hay cargos importantes que no interesa enumerar. Digamos que, en algunas esferas, había corrupción y que en el caso del distrito de la Capital Federal, por ejemplo, el espectáculo de inmoralidad era lamentable.

Salvo en algunos núcleos de vieja trayectoria, no había una reprobación ni siquiera de tipo moral para los políticos que ocuparan cargos partidarios o representativos y prestaban sus servicios profesionales en los consorcios de servicios públicos y demás pulpos extranjeros. En fin, hubo eso y algunas cosas mas, sin embargo, pese a todo, no se puede desconocer que había en el país centenares de dirigentes sin tachas morales, que luchaban por idealismo en condiciones difíciles y que, aunque en las cúpulas y en muchos ambientes hubiese manga ancha, los radicales mas sensibles a las transgresiones morales provocaban protestas airadas, comentarios y malestar general. Había una capa de dirigentes contaminada, pero el sentido de la dignidad era una cualidad que predominaba, aunque fuese impotente frente a los desmanes de ciertos elementos.

El pueblo siguió siendo radical, no solo por apego y tradición, sino también porque comparado con la casta rapaz que gobernaba por el fraude y vendía el país, el partido representaba una esperanza de mayor moralidad y de funcionamiento normal de las instituciones.

Pero el abandono de la abstención -que en la UCR encerraba un dilema principista-, y el conocimiento de latrocinios en que habían participado hombres destacados del partido minaron la moral de su masa y la llevaron a una actitud pasiva. Además, no tenían mayores objetivos, salvo el de esperar que las circunstancias impidiesen que los conservadores se mantuviesen por el fraude.

Y eso a pesar de que en la «Década Infame» había asunto de sobra para agitar, porque en el gobierno había hasta apologistas de la situación de semicolonia. El radicalismo claudico ante esa invasión foránea, en parte porque el Imperio también tenía muchos dirigentes entre ellos, pero más que todo, entiendo, porque no tenia conciencia del problema, no tenia ni siquiera conciencia de que eso era un problema. Constantemente, los ingleses aumentaban sus conquistas en puntos clave de la economía: el radicalismo no alerto a la opinión, no se escandalizó, no creyó que la Nación estaba siendo desgarrada (como tampoco saco ninguna conclusión, si es que lo vio, con respeto al crecimiento del proletariado, que se acelero). Y en cuanto estallo la guerra, el ataque de histeria belicista fue tan grande, que veían un traidor en cualquiera que se atreviese a insinuar que Inglaterra y Estados Unidos no eran milagrosas acumulaciones le filantropía, lealtad, democracia, civilización y bondad.

La guerra conmovía a la opinión pública, pero las luchas políticas internas no. Había un escepticismo generalizado y la tendencia del hombre de la calle a considerar que radicales y conservadores eran más o menos la misma cosa, aunque no fuese exactamente verdad y, llegado el momento, pondría el voto por la UCR.

A todo esto, los grupos nacionalistas, comunistas, algunos núcleos radicales avanzados andaban a los golpes por discusiones sobre la guerra. Parte de la juventud, sobre todo en el interior, no encontraba estimulo para ingresar al radicalismo, etc. Lo importante es destacar que, en cuanto hubo militancia ardorosa, con violencia inclusive, fue o por posiciones en defensa de algunos de los bandos en lucha o de la neutralidad, o bien por encontronazos entre católicos y comunistas, o problemas similares, ninguno vinculado a la lucha entre los partidos políticos". Había adhesión pasiva, no se participaba.

LA UCR Y EL PERONISMO

Cuando ocurrió la Revolución de 1943 y se llegó a la elección del 24 de febrero de 1946, los partidos se habían juntado. El Régimen del que hablaba Yrigoyen se había reconstituido, con la UCR como participante. El acercamiento entre los partidos respondió a una serie de razones: todos eran intervencionistas a favor de la «Democracia» y participaban en actividades conjuntas. La desgracia común los unía, no había fraude y disputa por el poder, tampoco diferencias ideológicas (había conservadores avanzados que eran mas «progresistas» que los radicales de tendencia conservadora). Por fin, como Perón era «de afuera» y no un integrante del selecto club de defensores del orden iniciado al levantarse la abstención, y las diferencias entre ellos, insignificantes, mientras que Perón era la ola desconocida, lo sello una unidad bastante sólida. Braden orquestó la Unión Democrática, que era una especie de aplanadora. Estaba la flota yanqui por si acaso (mucha gente ignora que, por esos tiempos, en una crisis entre Argentina y EE.UU. la flota partió de Río con rumbo al Río de la Plata, para hacer, en primer lugar, un despliegue de fuerzas y no se saben los propósitos ulteriores, porque en el Norte apareció alguna cabeza fresca que evito la abyecta maniobra). Pero no iba a ser necesario recurrir a la fuerza porque en la UD estaban todos los partidos que tenía el país, es decir, todos los votos. Se trataba de ser «realistas» y de ese montón enorme restarle algunos puñados, como, por ejemplo: un sector de alguna importancia (que no influya en los resultados de la elección porque no era nada, comparado con el «montón»), sector formado por los entupidos que se habían dejado engañar por el «Demagogo» porque les daba mejores materiales y les prometía participación en el poder político -idea bien «nazi» por cierto-, algunos sectorcitos que se llevarían dirigentes radicales incorporados a las huestes del «candidato imposible», un sector de nacionalistas; por fin, ciertos elementos de la población (felizmente no muy numerosos) que, esos si, se aseguraba votarían en bloque por Perón; vagos, ladronzuelos, borrachos, punguistas, como decían los cultos: «lumpen», en resumen, lo único que daba motivo a la incertidumbre y especulaciones era calcular si en alguna provincia los peronistas sacarían alguna minoría. El proceso es conocido y mucho [se ha) escrito y muy bueno sobre las causas que hicieron perder a todos los partidos juntos, a todo el dinero del país, a todos los diarios, a las omnipotentes Embajadas de las «democracias» victoriosas en la guerra, a casi todos los intelectuales, a todos los estudiantes, a todos los profesores, a todos los profesionales, a todos los caudillos y caudillitos del país, etc. No repetiremos cosas que todos saben, salvo en la parte que concierne a los que venimos analizando. Ningún radical (a esos efectos, ninguno de cualquier otro partido) creyó que pudiera triunfar el coronel Perón. Algunos ahora dicen, para prestigiarse como zahories políticos, que se la vieron venir: no es cierto, eso estaba fuera de toda la lógica que ellos podían desarrollar aun estirándola hasta la enésima potencia. Por lo general, hasta el día de hoy siguen sin enterarse de lo que pasó. En el subconsciente les baila la hipótesis de que fue cosa de magia negra.

LA UCR Y EL APEGO A LAS VIEJAS IDEAS

El radicalismo había ido perdiendo la gran fuerza de sus primeros tiempos, el empuje de los movimientos de masas, como el de San Martín y sus gauchos y morenos y [como el de las montoneras federales. Esa fuerza popular se fue con Yrigoyen, y quedo como programa el cumplimiento de la Constitución de 1853, que a las peonadas y pequeños campesinos y al proletariado industrial no les daba ni frío ni calor. Las primeras voces que, seriamente, hablaron de las cosas que interesaban, que explicaron minuciosamente las razones de los males de la Republica habían salido, sin embargo, de sus filas; pero tuvieron que ir a parar a un sótano: se fundo FORJA. El [consenso] general del Partido Radical era que Scalabrini Ortiz, Jauretche, Dellepiane, eran buenos muchachos, pero muy locos. Los dirigentes fueron mas terminantes y afirmaban que el ataque a «naciones tradicionalmente amigas» no podía tener otro motivo que la enajenación mental; «han leído demasiados libros», o el diario de la Embajada Alemana. Les parecerá cosa de cuento a los que no conocieron todo esto por experiencia directa por ser demasiado jóvenes, pero no exagero nada. A tal punto estaban mentalmente colonizadas las direcciones partidarias.

El problema social y el del imperialismo no podían entrar en un partido que creía en todos los mitos del liberalismo burgués. La revolución del 43 los dejo sin uno de sus dos soportes «programáticos»: el de la lucha contra el fraude; el 24 de febrero de 1946 les quito el restante: la mística de ser la fuerza mayoritaria. Tanto descansaron y se mimaron como mayoría, que por fin terminaron creyendo que les venia por designio de la Providencia y era una condición de la «esencia del hombre radical» como a ellos les gusta decir. Privados de esos soportes que en ellos hacían las veces de ideología, quedaron desguarnecidos, trabados por su formación liberal -que la etapa de Alvear acentúo- para encarar los nuevos problemas nacionales. Ya no tenían ninguna diferencia con los conservadores, que además habían dejado de ser el adversario tradicional.

Ese desconocimiento ante una realidad enigmática explica que se entregaran a las evasiones mentales que proporciona el idealismo pequeño burgués. Creyeron que estaban peleando contra los «nazis», tontería muy del Barrio Norte, pero impropia de los restos del partido del neutralismo del 14-18. Después les dio explicación de lo incomprensible y consuelo para sobrellevar la desgracia: creer en las enrevesadas explicaciones sobre «fraude preelectoral», «resortes del Estado» porque Perón hablo por radio mientras ellos tenían todos los diarios, todo el dinero, comités por todo el país, etc., etc.).

El mentado «programa de Avellaneda» no expresaba el pensamiento de los radicales ni el de su candidato Tamborini. Claro que el triunfo peronista causo trastornos en todos los partidos, que en el radicalismo se tradujo en el advenimiento de la Intransigencia a los puestos de comando, pero salvo para algunos grupos de jóvenes, era un postizo ajeno a lo radical. Se aceptaba por conveniencia u obligación. Las banderas revolucionarias las tenía Perón. Además, estaban los unionistas, que defendían la libertad de comercio y el Código Velez Sarsfield, y muchos que militaban en la Intransigencia por afinidades amistosas, pero no por comunidad de ideas. Cuando vino el motín septembrino, en la Junta Consultiva, el Dr. López Serrot desarrollo la tesis, que los radicales aman con pasión salvaje, de que toda la historia del siglo XX es una conspiración contra la UCR. Afirmándose en el hecho verdadero de que fueron derribados por el zarpazo de la oligarquía en 1930, establecen un periodo, 1930-55, y explican que ese cuarto de siglo tiene como características distintivas, como titulo para ser registrado en el mármol y en el bronce, las maniobras mediante las cuales se privo al país del privilegio de ser gobernado por la UCR. Suceda lo que suceda en el país ellos reviven esa lucha del 30; cada episodio es una fase de esa batalla contra la oligarquía. Hay tesis que demuestran lo espurio de la elección presidencial de Perón; doctrinas que descalifican su reelección y los comicios de legisladores en que los «hombres radicales eran derrotados dos a uno y tres a uno; teoremas que establecen, sin lugar a dudas, que Uriburu, Justo y Perón son la misma cosa, como también que constituyen identidades la Legión Civica y la CGT, el Plan Quinquenal y el Pacto Roca- Runciman", documentación inédita destruye la leyenda de que Braden los haya acogido en su regazo, mientras ingeniosos silogismos autorizan a referir a ese lapso de la Epopeya Radical con términos como «los 25 años de fraude y dictadura, los «militares que se apoderaron del poder en 1930 y no lo soltaron hasta el 55», etc. Este periodo es un bloque, no hay diferentes gobiernos, sino astutos disfraces para evitar que triunfe la «Causa».

El lenguaje de Yrigoyen era, vamos a reconocerlo, mesiánico y bastante nebuloso. La UCR era el país, todo el país, menos el Régimen, que eran los enemigos del país. La UCR traería la «redención» de la Patria y sus hombres, abriría un mundo nuevo, etc. Pero el mesianismo respondía a la lógica, como también la polarización en dos bandos. Pero eso Yrigoyen y el radicalismo de entonces y el país de entonces; de allá a ahora han pasado muchas cosas, como por ejemplo, que ha cambiado la proporción entre la población rural y urbana y el proletariado, que entonces era débil, hoy es poderoso, y unido, y combativo. Pero muchos radicales parecen no haberse enterado. En cuanto a las expresiones de Yrigoyen sobre la «redención» y el nuevo mundo, ahora nos parecen desmesuradas porque sabemos mas cosas y sabemos lo que en realidad sucedió. Pero Yrigoyen no podía leer el futuro. En su lenguaje hoy arcaico, hubo un mensaje de solidaridad humana. Ahora no tiene el valor que tuvo, porque ahora sabemos que las cosas políticas y sociales no ocurren como reflejo de la ética. Que ahora conozcamos los mecanismos históricos con mayor precisión es una cosa. Pero si queremos hacer comparaciones, a Yrigoyen hay que compararlo con la gente de su época: sus adversarios decían, en el lenguaje tal vez más moderno, cosas que ahora resultan tan irreales como las que él dijo y, a diferencia de ellas, entupidas.

Eso en cuanto a Yrigoyen y su época. Pero el señor López Serrot sabe lo que paso entre 1943 y 1955, ha podido verlo. No tiene atenuantes para vivir el mundo de Yrigoyen, pero lo hace. Además, firma declaraciones contra Fidel Castro: no ha visto lo que paso en nuestro país en los últimos 16 años, pero pretende saber lo que pasa en Cuba.

La Junta Consultiva fue, precisamente, el tipo de conclave para este desarrollo de férrea l6gica, mientras tomaban te e intercambiaban vulgaridades con el contralmirante Rojas.

Los radicales, pese a los «planteos» y demás sucesos inquietantes, están en el periodo beatifico de sus vidas: la historia siempre hace justicia, y el ostracismo tramposo ha sido recompensado poniéndolo simultáneamente en el oficialismo y en la oposición. Los del Pueblo apoyaron la entrega de la dictadura Aramburu-Rojas, pero ahora pueden ejercitarse como únicos antiimperialistas con permiso policial y bancas. Los ucristas, en cambio, apostrofaron el entreguismo hasta 1958, pero han tenido la honra de llevar el Plan Prebisch hasta sus ultimas consecuencias y son hijos predilectos de la Casa Blanca, se tutean con Mc Millian y están a partir de un conflicto con Juan XXIII.

LAS CONSECUENCIAS DE LA PARALIZACION DOCTRINARIA DE LA UCR

He relatado la esencia de la historia de la UCR. A partir de 1916, con su apoteosis yrigoyenista y su melancólico declinar. Algún «realista» podrá pensar que tan mal no le fue, porque ahora gobiernan, pero ese argumento no tiene relación con lo que tratamos. Si no ¿que conclusiones sacar, por ejemplo, del caso del general Aramburu? No pudo llegar, durante el peronismo, mas que a director de Sanidad del Ejercito, y eso que era de una lealtad de hierro al general Perón, según el lo repetía hasta el cansancio, y además era notoria su ejemplar devoción a la doctrina justicialista, que se preocupaba celosamente en que fuese difundida en las reparticiones a su cargo. Sin embargo, pudo ser presidente y si alguien hacia lo mismo que el había hecho durante tanto tiempo, en lugar de ascenderlo lo mandaba a la cárcel por seis años por violar el Decreto 4161.

Estamos analizando como la fuerza que, en su momento, concentro la voluntad de la Nación y los intereses de las capas populares fue decayendo, a pesar de que durante muchos años no surgió ningún movimiento con envergadura [para] disputarle el puesto que dejo vacante. Si hoy gobierna, es por la proscripción del pueblo y no porque represente su voluntad: además, su estabilidad ha dependido de un complicado mecanismo donde juegan papel principal los grandes consorcios financieros interacciónales, que están interesados en evitar el cambio, lo mismo que el embajador yanqui y otros personajes semejantes. Eso no es un gobierno: es una radicación de capitales.

Esta historia ha sido relatada, no para recordar cosas que todos conocen, sino para ver por que pasaron muchas cosas. Y con miras a extraer experiencias que, aun sin equiparar casos diferentes, puede convenirnos asimilar: por una vez, la experiencia en cabeza ajena puede sernos útil. Para desentrañar un fenómeno tan complejo y largo hay que prescindir de la esperanza de contar todas las claves, lo mismo que del artificio de tomar un factor aislado y transformarlo en la causa única del proceso. Las cosas no pasaron por una sucesión de casualidades, sino por razones bien poderosas. Me limitara al factor que nos interesa: la falta de programa y de base doctrinaria.

Como todos los partidos a partir de 1853, la UCR creyó en las formas del liberalismo incorporadas a la Constitución y que en ella estaba condensado lo mejor que podía producir la sociedad. Cuando Yrigoyen triunfó, la Constitución lo [trababa] porque en los Poderes Legislativo y Judicial, la oligarquía obstaculizaba su labor. Es fácil imaginarse que, si su movimiento hubiera querido ir más a fondo en la solución de algunos problemas graves, hasta su propio partido, y no digamos el cipayaje, hubiesen armado un escándalo ante solo pensar que la Constitución pudiera ser «mancillada».

Después, el Partido Radical se paso trece años de Década Infame sin ver lo que estaba ocurriendo, tanto en los cambios sociales como en cuanto al saqueo ingles; se sabían cosas sueltas, pero nunca se pronunciaba la palabra «imperialismo», eso no era «serio». Es una fantasía ponerse a imaginar lo que hubiese sucedido de no estar congelados en una ideología ya destrozada por la historia y por la critica, pero no es una extravagancia suponer que, si no hubiesen dado por sentado que atacar los principios liberales o tocar la Constitución era un acto de «totalitarios», un atentado contra la «libertad y la democracia y demás zonceras, hubiesen sido muchos los que comprendiesen lo que significaba la política imperialista y que, mas grave que el fraude, eran los intereses que estaban detrás del fraude. Si se sabía lo que era el imperialismo, era en forma imprecisa, como cosa de detalle, exagerada por los «totalitarios». Pensaban como otros países adelantados, como Estados Unidos (donde Scott Nearing fue expulsado de una Universidad «libre» por escribir un libro sobre el imperialismo) o como Francia o Inglaterra, que nunca hablaban del término como era lógico en potencias imperialistas, y no en países agrícola-ganaderos que son las victimas del despojo. Pero es que la ideología liberal burguesa parte del supuesto de que la libertad es un valor absoluto que la burguesía había definido para siempre. Así que atacar a las instituciones de los burgueses, es atacar a la «libertad», no a la forma concreta de libertad de ese grupo social. Entonces la libertad resulta que es la misma cosa en Francia, en Inglaterra que en Kenya, en Estados Unidos que en Cuba. Hasta llegar a lo de ahora, de lo cual el mundo ha sido informado -con general asentimiento de los cipayos- que la libertad son los estados capitalistas del hemisferio occidental y que cuando se les ataca, se esta atacando un valor sagrado.

Los peronistas que lean esto pensaran que para que repetir cosas que nosotros si aprendimos muy bien, aunque los radicales las ignorasen. Pero, con sutiles variantes de estilo, también circula en nuestro movimiento -en ciertas capas «occidentalistas» que hacen declaraciones antiimperialistas en abstracto para quedar bien con el pueblo, pero que después defienden los pilares del imperialismo- una corriente peligrosa en extremo para nuestros intereses más vitales.

Atados a la noria ideológica oficial, los radicales no vieron el problema imperialista, y si algo vieron, no le atribuyeron su verdadera importancia. La misma actitud tenían los vendepatrias que trabajaban para algún consorcio que los centenares y miles de dirigentes honestos que amaban a su patria y hubiesen odiado a quien intentase dañarla, pero que no vieron que estábamos perdiendo una guerra económica y hasta salían en defensa de nuestros verdugos, un país «libre y democrático (como que con lo que nos chupan a nosotros y otras victimas pueden mejorar el nivel de vida y postergar la lucha de clases).



Fuente: Algunas bases para el programa del. Movimiento Peronista de John William Cooke (agosto de 1961) en Artículos periodísticos, reportajes, cartas y documentos (1959-1968) Tomo III, Obras Completas, Compilador Eduardo Luis Duhalde, Editorial Colihue, 2009.


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jueves, 20 de abril de 2017

Susana Fiorito: "Un drama olvidado: las huelgas patagónicas de 1920-1921" (1971)

“Susana era hija de una familia de ideas católicas. Recorrimos juntos (éramos muy jóvenes cuando nos fuimos a vivir en común) un camino de izquierda heterodoxa, que la llevó, por ejemplo, a escribir una serie de artículos sobre los fusilamientos de obreros durante el gobierno de Yrigoyen en el propio órgano que publicábamos en nombre del radicalismo (Política). Redescubrió así un hecho que había desaparecido de la memoria pública, y que luego retomó Bayer en sus libros (aunque no cita el antecedente y tampoco que la mayoría de las fotografías usadas por él se las presté yo, y habían sido tomadas por mi padre)”

Ismael Viñas “Una historia de Contorno” en Contorno Edición Fascimilar, Biblioteca Nacional, 2013.

EL PUNTO DE PARTIDA

Este es el relato de una parte olvidada de la historia argentina: en la primavera de 1921 centenares de peones y obreros fueron torturados y asesinados en el Territorio de Santa Cruz. La historia se puede reducir a cifras —valor de la lana y la carne de oveja, de los sueldos y el pan— y a hechos —nombramientos o destituciones de gobernadores, encuentros armados, fusilamientos...

Pero hechos y cifras no son más que la imagen seca de la historia: la historia está hecha y vivida por hombres. Mil muertes son mil veces una, mil agonías intransferibles, mil vidas diferentes, únicas. Lo que vamos a conocer en este relato son las luchas, las esperanzas y la muerte de centenares de hombres unidos por una condición y un destino común, que los enlaza entre ellos, que los trasciende y que llega a nosotros, modificando nuestras vidas. Los protagonistas anónimos de esta historia son los peones que con 18° bajo cero arrean las majadas de un potrero a otro, los esquiladores que terminan jornadas de 16 horas con los brazos agarrotados, los obreros que trabajan en las cámaras frigoríficas 12 horas por día, 27 días por mes. Mientras ellos pasaban la noche apilados sobre cueros de capón, sin estufa ni agua para lavarse, los universitarios de Buenos Aires discutían el surrealismo. En esos años del 20, las vigas de acero que sostienen el Teatro Cervantes, y los aparatos que utiliza Bernardo Houssay para sus investigaciones sobre la hipófisis, se compran con las libras esterlinas producidas por la lana y el cordero congelado: la cultura y el progreso del país están apoyados sobre el agotamiento y las privaciones de miles de hombres.

En 1921 centenares de esos hombres se levantaron para pedir condiciones de vida humanas: perdieron una huelga y dejaron la vida en el intento. Pero su lucha fue un eslabón de la larga cadena que arranca en las rebeliones de los esclavos, que se extiende a través de los siglos empapada en la sangre de los siervos del feudalismo oriental y occidental, que entra en el mundo moderno soldada con los huesos de los tejedores masacrados en Inglaterra. Una cadena que se extinguirá sólo con la construcción de un nuevo mundo hecho a la medida del hombre, donde la vida (el saber, la comodidad, el arte) no se nutra del hambre, el frío, la miseria: de la muerte. Mientras tanto nosotros somos, objetivamente, cómplices de la historia. Por el hecho de ser parte de esta sociedad, somos también responsables por la existencia de la ignorancia, el dolor, la pobreza, la soledad de todos los que —hoy como entonces— producen los bienes materiales sobre los que se desarrolla la vida de la humanidad.

Más: este relato está escrito con los datos, las noticias y las estadísticas que da la sociedad: sus fuentes son los expedientes judiciales, las presentaciones de las sociedades empresarias, los grandes diarios. También, en mucho menor medida, los panfletos que escribieron los peones, algunos informes de las organizaciones anarquistas y sindicalistas. Todos los hechos narrados son rigurosamente ciertos, en la medida en que pueden ser verificados y controlados a 50 años de distancia. Pero, ¿cómo evitar la trampa que transforma este acto de conocer la historia, en otro acto más de complicidad con la historia? Aún a partir de los datos que ofrece la sociedad es posible ponerse "del otro lado": es posible vivir la historia como la vivían esos centenares de hombres, sumergidos en el cansancio, sin dinero ni familia, sin porvenir, condenados a embrutecerse en el trabajo día tras día, año tras año. Dándose cuenta de repente de que hasta el trabajo les era negado, y que una inmensa maquinaria —que los había exprimido siempre— estaba dispuesta ahora a aplastarlos: los patrones no pagaban los sueldos, la policía los desalojaba y luego los apresaba y apaleaba por "vagancia", los comercios les negaban el aprovisionamiento. La sociedad humana que conocían los rechazó. Y cuando clamaron por una sociedad más justa, que les diera lugar para vivir, el Ejército los masacró como alimañas dañinas.

Existe la objetividad de los perseguidos y la objetividad de los verdugos: también para la muerte de Cristo hay la objetividad de Pilatos y de Caifás, la objetividad de Judas, y la de los soldados romanos. El lector es libre para elegir su propia perspectiva en esta historia, mucho más cercana a nosotros: ocurrió en la Patagonia argentina, hace cincuenta años.

LA PATAGONIA EN EL PRIMER CUARTO DEL SIGLO

Tierra arrebatada al indio en las campañas del desierto, el Ejército la incorporó al Estado entre 1850 y 1880, y luego se procedió al reparto. La historia de la propiedad tiene dos signos en el Sur argentino: la sangre y la libra esterlina. Las expediciones militares y comerciales —un permanente flujo de barcos que venían a recoger "frutos del país"— acabaron con el guanaco y diezmaron los lobos y focas que eran el alimento natural de los indios; la Patagonia empezó a poblarse de ovejas, cuya cría era necesaria para proveer a la industria textil inglesa; pero los indios no fueron incorporados a la vida civilizada, y empezaron a carnear ovejas para comer y vestirse, causando perjuicios a los ganaderos. Inmediatamente comenzó su eliminación por todos los medios: cazados a tiros, intoxicados con alcohol puro, envenenados directamente con estricnina introducida en carne de ballena que era dejada sobre la costa. En menos de 20 años, la civilización había terminado con el "problema del indio". En el caso de los "cristianos" la lucha por la propiedad adquiere otras modalidades: los comerciantes se quedan con los campos en pago de deudas de almacén, las viudas y los hijos de los primeros pobladores son atemorizados con atentados hasta obligarlos a abandonar sus tierras, y así van creciendo los latifundios de las grandes Sociedades Anónimas. Para los débiles no hay protección de ninguna clase: una familia de 4 ó 5 miembros, con otros tantos peones, tiene su vecino más próximo a 40 ó 50 kilómetros. Y la policía es escasísima, integrada por delincuentes, y a sueldo de los grandes establecimientos ganaderos y comerciales. Esa lucha da como resultado una altísima concentración de la propiedad. Son comunes los establecimientos de 20.000 has. (diez veces la unidad económica), y hay muchos entre las 50 y 100 mil has. Un solo grupo de sociedades anónimas (Menéndez Behety y Braun) posee 1.565.850 has. distribuidas en 68 establecimientos —sólo en Santa Cruz—, sin que pueda determinarse en cuántos otros tiene participación. Sus propiedades directas representan cerca de la tercera parte de la tierra privada del Territorio. En 1920 la producción fundamental de Santa Cruz —y de toda la Patagonia— era la cría de oveja, para la exportación de carne y lana. La faena se realizaba en la costa, entre enero y junio, en los frigoríficos Swift de Río Gallegos y de San Julián, y Armour de Pto. Santa Cruz. Prácticamente todo el resto del Territorio hasta las primeras estribaciones de la cordillera, estaba dedicado a la cría de ovejas. La esquila (zafra de lana, la llaman) se realiza desde fines de setiembre hasta bien entrado el verano, aprovechándose los rodeos para la marcación, baño y aparte para el frigorífico. Es entonces que se utiliza totalmente la mano de obra, porque en el otoño e invierno las ovejas pastan a campo abierto y requieren muy poco cuidado.
En esas enormes extensiones, todo el comercio pasa a través del almacén de ramos generales, que al mismo tiempo es "hotel", estafeta de correo, estación policial. Allí se vende y se compra absolutamente todo: desde un alfiler hasta un Ford T.

Y en 1920 casi todos los almacenes, desde el río Colorado hacia el Sur, pertenecían a la Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia, fundada en 1908 por la fusión de las sociedades "José Menéndez" y "Braun y Blanchard". "La Anónima", como se la llama todavía en el Sur, fija los precios y las condiciones de compra y venta. En todo el interior del Territorio no tiene competencia. A través de "La Anónima" llegan las provisiones, la ropa, los remedios, los alambrados, la nafta, los repuestos, los periódicos, la correspondencia. A través de "La Anónima" se van la lana, las pieles, las plumas, los grandes arreos para los frigoríficos. Los caminos naturales de ripio y las largas distancias hicieron de la Patagonia el gran mercado para los Ford. Su uso se generalizó rápidamente, y fueron un elemento importantísimo para el rápido desarrollo que se produce entre los años 10 y 20, ya que no hay más ferrocarril que el ramal de Pto. Deseado a Colonia Las Heras. Hacia afuera, sólo los transatlánticos a Europa y a Chile, y la línea de cabotaje a Buenos Aires, servida principalmente por los barcos de "La Anónima". El estanciero, pues, no sólo está obligado a comprar y vender al precio que ésta le fija, sino a transportar, aún a costa de fletes más altos, en los barcos de la misma Compañía.

17.000 habitantes tenía Santa Cruz en 1920, diseminados en sus 240 mil km2 (alrededor de 1 habitante por cada 14 km2). Cuatro puertos, los pueblos más importantes, de entre 2 y 3 mil habitantes: Deseado, San Julián, Puerto Santa Cruz y Río Gallegos. Paso Ibáñez, la población más importante del interior, anda alrededor de los mil. El resto son caseríos y cascos de estancias. Gallegos, la capital, tiene 3 mil habitantes y todas las características del Far West: 2 cines, 1 teatro, café concert, prostitutas de gran lujo. En la matrícula hay 11 abogados, más de 10 procuradores, 4 ó 5 contadores. Hasta 1919 el dinero corría a raudales entre las manos de los grandes estancieros y sus gerentes y mayordomos. La libra esterlina es la moneda corriente: marca la cotización de la lana y la carne de oveja, se usa como tejo para jugar al sapo en los burdeles de la costa. Médicos, abogados, funcionarios públicos, cuya única relación social posible es con los ricos, entran en el juego de los grandes gastos: whisky, conservas y telas importadas, porcelanas, cristales, cuadros, reuniones de naipes y dados por sumas altísimas. Para mantener ese tren deben entrar en el juego de las grandes ganancias, o resignarse al trato con los peones o con rudos pioneros acorralados por la soledad y la ignorancia, cuyo único horizonte es esquilar cada año más ovejas.

Y, dentro de todo, en los puertos hay un esbozo de nación y de sociedad: periódicos, correo, hasta bibliotecas y escuelas. En el interior, la Argentina no existe: como Chile está más cerca, los nacimientos y las muertes se anotan en los registros chilenos. Como Inglaterra domina, las escuelas, donde se enseña inglés, izan la bandera británica.

LAS AUTORIDADES DEL TERRITORIO EN 1920

Desde marzo de 1919 estaba "a cargo del despacho de la Gobernación" (una especie de interinato que se va a prolongar hasta febrero de 1921) EDELMIRO CORREA FALCON. El ejercicio de la Gobernación no impide que la Sociedad Rural le ofrezca en octubre de 1919 el cargo de secretario, y que Correa Falcón, sin aceptar oficialmente hasta el 4 de octubre de 1920, conceda audiencia y despache los asuntos de la Gobernación durante más de un año, sentado en el escritorio del local de la S. R. En febrero de 1921 será relevado por ÁNGEL GUZMAN IZA.

El Juzgado Federal está desde 1919 a cargo de un porteño, el Dr. ISMAEL P. VIÑAS.
DIEGO RITCHIE es Jefe de Policía, y una descripción de esta policía puede llenar un libro entero. Limitémonos a transcribir el título de una serie de notas que aparecen en La Unión, a partir del 1º de julio de 1920: "la policía como elemento disolvente, pernicioso y amoral"... En Santa Cruz —y en toda la Patagonia— a diferencia de lo que ocurre en las películas del Far West, no hay heroicos sheriffs: acá los villanos visten uniforme de policía.

LAS DEMANDAS DEL PRIMER PLIEGO

1. En cada pieza de 4x4 metros no dormirán más de 3 hombres, debiendo hacerlo en camas, aboliendo los camarotes. La pieza será bien ventilada y desinfectada cada 8 días. En cada pieza habrá un lavatorio y agua abundante, donde se puedan higienizar los trabajadores después de la tarea.

2. La luz será por cuenta (de los patrones), debiendo entregar a cada trabajador un paquete de velas semanalmente; en cada galpón de  dormitorios deberá haber una estufa; en una pieza, que será exclusivamente para punto de reunión de los trabajadores, habrá una lámpara y  bancos por cuenta del patrón.

3. El sábado a la tarde será única y exclusivamente para lavar la ropa los peones, o en caso de excepción será otro día de la semana.

4. La comida se compondrá de la forma siguiente: 3 platos en cada comida, contando la sopa, postre, con té, café o mate.

5. El colchón y cama serán por cuenta del patrón y la ropa por cuenta del obrero.

6. En caso de fuerte ventarrón o lluvia no se trabajará a la intemperie.

7. Cada puesto o estancia debe tener un botiquín de auxilio con instrucciones en castellano.

8. El patrón queda obligado a devolver al destino al trabajador que despida o no necesite.

EL PAÍS Y EL MUNDO EN 1920

Aunque estos hechos no ocurran en el resto del país, la Argentina es, económicamente, una dependencia del imperio británico. La producción está orientada de acuerdo a las necesidades y conveniencias del Reino Unido, que es el principal comprador de nuestros productos agropecuarios y el proveedor inevitable de carbón, tejidos, maquinarias, etc. La guerra mundial termina en noviembre de 1918. La primera revolución proletaria lucha por afirmarse en el poder que acaba de arrebatar a la débil burguesía rusa. Más de 10 millones de muertos abonan los campos de Europa, el hambre es una realidad cotidiana en Rusia, en Alemania, en Austria. Inglaterra mantiene sus fábricas en pie, pero en el Continente hay que comprar máquinas y levantar edificios para recomenzar la producción industrial. Mientras los aliados rehacen el mapa político, barriendo fronteras e inventando países bajo las arañas de cristal de Versailles, muchos hombres, corridos por el hambre y por los recuerdos de la guerra, buscan en América una vida mejor.

Pero el fin de la guerra ha traído también la crisis al país. El trabajo escasea en Buenos Aires, la baja en el precio del ganado y la mecanización de las cosechas cierran el camino hacia la pampa húmeda. Los chacareros, que no pueden cumplir con los altos arriendos, son desalojados y deambulan por los caminos. En la ciudad, el costo de la vida sube casi el 100 por 100 entre 1916 y 1919.

La primera presidencia de Yrigoyen, iniciada en 1916, se ve sacudida por grandes huelgas: las del campo en Santa Fe y Entre Ríos, las ferroviarias, las portuarias. Los conflictos duran meses sin solución, los ánimos se caldean, la desesperación se hace violencia.

Es que el país debe "contribuir" a levantar la nueva prosperidad europea: bajan los precios de los productos agropecuarios que la Argentina vende, suben los de las manufacturas que compramos en el exterior. La diferencia queda en Europa. Y como ese dinero sale de las cajas de los estancieros, los banqueros y los industriales argentinos, serán los peones, los empleados y los obreros los que en realidad "contribuirán" a reponerlo: suben los precios internos, se estancan los salarios, crece la desocupación. En las familias obreras del campo y la ciudad, los ocupados deben mantener a los desocupados. La burguesía mediana, ganadera y comercial, está apretada entre la gran burguesía y el Imperio por un lado, y la clase obrera por el otro. El radicalismo cumple el papel político de la clase que lo llevó al gobierno: enfrenta débilmente a la gran burguesía sin tocar sus fuentes de poder, y, en los momentos de crisis, descarga la represión sobre las clases populares: en 1917, 26 obreros muertos y más de 100 heridos son el resultado de los sucesos de Firmat y del asalto policial del 10 de junio contra una manifestación anarquista en Plaza Once. En 1919, la semana trágica de enero deja cerca de un millar de muertos. En 1921, a la masacre de Gualeguaychú, el 19 de mayo, los sucesos del 25 del mismo mes en Buenos Aires, las sangrientas huelgas de La Forestal, se agregan las deportaciones incesantes de militantes y dirigentes obreros.

LA SITUACIÓN EN SANTA CRUZ

Los precios de la lana y de la carne de oveja se duplicaron entre 1914 y 1919. El dinero corría en abundancia en Santa Cruz, pero muchos productores, especulando con una suba continuada, se limitaron a vender lo indispensable y a acumular stock, obteniendo (y gastando) créditos sobre ese stock sobrevaluado.

La prosperidad trajo brazos que no encontraban ocupación en el centro y norte del país, y en las estancias y los frigoríficos recalaron hombres de trabajo recién venidos de Europa. Muchos de ellos habían sido soldados y suboficiales durante la guerra, y traían la experiencia del movimiento obrero organizado en el momento de su mayor auge: en 1917 la revolución social parecía una realidad cercana para la clase europea.

La zafra del verano de 1918 es la última que alcanza altos precios. Todavía 1919 mantiene las esperanzas de los productores, que siguen especulando con la elevación de precios y acumulando stock. Pero en 1920 la caída es vertical. La Unión, el periódico de los estancieros de Gallegos, titula a todo lo ancho de la página, el 19 de agosto de 1919: "Augurios desesperantes para los criadores de ovejunos. Enorme stock existente en los mercados de frutos, cuya cifra alcanza a varios millones de kgs. Precios irrisorios. Falta absoluta de demanda en los países extranjeros". A esto se agrega la caída del precio de la libra, que se cotizaba en 1918 a 470 pesos las 100 libras, y en 1920 a 400. Es decir, los productores recibían 70 pesos menos por cada 100 libras. Además, la implantación en 1918 de los derechos de Aduana —que hasta ese momento no regían en la Patagonia— produce una brusca elevación del costo de la vida, y el incremento del contrabando, con su secuela de complicidades y corrupción.

LA PRIMERA HUELGA: PRIMAVERA DE 1920

En setiembre de 1920 se produce un conflicto en Gallegos. El gobernador interino Correa Falcón prohibe un acto de homenaje a Francisco Ferrer programado por la Sociedad Obrera. Paros, boicot de la Liga de Comerciantes e Industriales a La Gaceta del Sur (que había defendido el derecho de los obreros a realizar el acto), boicot obrero a los comercios de la Liga, ocupan todo el mes de octubre. Allanamientos policiales al local de la Sociedad Obrera, 40 activistas presos, una huelga general, clausura de una imprenta obrera en medio de un tiroteo, culminan con un fallo favorable para los obreros, emitido por el Juez Federal, seguramente respaldado por el Ministerio del Interior.

Pero en el curso del proceso, la S. O. de Gallegos había convocado a representantes de los peones, dando cima así a un trabajo de organización en la campaña iniciado en el otoño anterior. Los delegados del campo, citados entonces para pedirles su apoyo al movimiento de Gallegos, expusieron ante la S.O. las condiciones en que se realizaba el trabajo en las estancias. Esas condiciones, según un informe oficial del Gobernador Iza, eran las siguientes:

"1) Los obreros dormían en número de 8 o más, en cuartuchos de 4x4 y sin calefacción; sin considerar que la temperatura media en invierno es de 18° bajo cero.

"2) Por lecho, cueros de oveja, de los más inservibles.

"3) No se les pasaba luz.

"4) Comida pésima; por lo general, carne cocida con algunas cebollas.

"5) Botiquín no existía.

"6) Pagos con vales; moneda argentina y chilena. Cheques a plazos, obligándolos a vender crédito.

"7) No tenían sábado inglés.

"8) Desde o para cualquier punto de su contrato, no se les daba pasajes.

"9) Nadie se responsabilizaba de sus accidentes en el trabajo.

"10) Los víveres que necesitaban los arreaban haciendas, debían pagárselos.

"11) En cada puesto, segregados del mundo durante las largas nevadas, se destinaba un solo hombre, el que debía costearse los víveres."

Hasta aquí el gobernador. Nosotros podemos agregar que los famosos cuartuchos de 4 por 4 tenían ventanas. Que para que cupieran 8 y más peones, se hacían estantes o tarimas superpuestas, por lo que se los llamaba camarotes. Y que por la noche se acostumbraba a encerrar a los peones, asegurando la puerta desde afuera... Esas condiciones de trabajo se sentían en cada establecimiento como un infierno particular e inconmovible. Pero en la reunión del 21 de octubre de 1920 los delegados del campo tomaron por primera vez conciencia de la existencia de esas condiciones como un sistema que los abarcaba a todos, y de la posibilidad de sumar la fuerza de todos para modificarlo. Así, se redactó un pliego de condiciones, llevado por cada delegado a la estancia donde trabajaba, y que la S. O. de Río Gallegos presentó a la Sociedad Rural. Se planteaba su vigencia a partir del 1° de noviembre, y se declaraba la huelga desde ya en caso de su rechazo por los estancieros, dado que las distancias hacían imposible una nueva reunión.

Antes de la fecha fijada, la Sociedad Rural rechaza el pliego, y la huelga se hace efectiva en todo el Territorio. La Sociedad Rural presenta el 17 de noviembre una contrapropuesta que es más bien una burla: al pie de fórmulas vagas como "mejorar paulatinamente las condiciones de comodidad (¡!) e higiene", faculta a la S. O. a visitar las estancias una vez por mes para entrevistarse con los patrones y tomar nota de las quejas de éstos respecto del personal. Sin embargo, la S. O. presenta un nuevo pliego, reduciendo las condiciones del primero, que también es rechazado. El 28 de noviembre La Prensa de Buenos Aires califica el 2° pliego obrero de "antojadizo e imposible de cumplir", y empieza así una campaña de "noticias", presentando la situación del Territorio como caótica, y las pretensiones de los obreros como fantásticas. Mientras tanto, muchos estancieros pequeños habían firmado el primer pliego. En esos casos, el trabajo se reanudaba. En cambio, los estancieros que se negaban a firmar empezaron a desalojar a los peones en huelga, clausurando los dormitorios y comedores y dejándolos a campo abierto. Así, la peonada se concentra en las estancias que habían firmado o en los hoteles de campo. Al poco tiempo, la policía allana estos refugios, y expulsa a los hoteleros. Empujados por los desalojos —en algunos casos acompañados de palizas, como en toda la zona del Lago Argentino— los peones empiezan a juntarse en grandes grupos que acampan a la intemperie. Y luego, cuando la situación se hace insostenible, se presentan en los establecimientos que no han firmado, y requisan caballos y provisiones, dando en todos los casos vales u órdenes de compra en nombre de la Sociedad Obrera de Oficios Varios de Río Gallegos. Así, van trasladándose constantemente de lugar, alejándose de los pueblos y de los puestos policiales. En Gallegos, la S. O. sigue buscando formas de arreglo —en cada caso rechazadas por la Rural— y apela a la FORA llamada sindicalista o del Xº Congreso pidiendo el bloqueo de la costa. Sebastián Marotta, entonces Secretario General, alude a "enérgicas reclamaciones", y se desentiende del bloqueo. A medida que transcurre diciembre, aumenta la represión policial y los asaltos de la Guardia Blanca (particulares armados que toman por su cuenta la "preservación del orden").

VARELA INFORMA SOBRE LAS "DEPREDACIONES"

"Puedo asegurar que las notas que en ésa se reciben —aun las que pueda transmitir esta gobernación— son exageradas. Regreso de visitar numerosas estancias de la parte sur del territorio que, según comunicaciones recibidas en ese Ministerio, fueron asaltadas. Ninguna de ellas tiene desperfectos en sus edificios ni en sus materiales de trabajo, excepto la del Sr. Ibón Noya, a quien le fue quemado un galpón de esquila. Las estancias están todas abandonadas por sus administradores y dueños, y muchas de ellas sin personas que las cuiden, no obstante lo cual ninguna ha sido saqueada."

Fragmento de un telegrama del teniente coronel Varela aparecido en "La Prensa", noviembre 21 de 1921, página 8, columna 6, en una información titulada:

"Santa Cruz. El Bandolerismo en el territorio. Las fuerzas de línea en acción. Informaciones del jefe militar. Combate en Punta Alta".

EL BANDO DEL TENIENTE CORONEL VARELA

"Si ustedes aceptan someterse incondicionalmente en este momento, haciéndome entrega de los prisioneros, de todas las caballadas que tengan en su poder, presentándoseme con sus armas, les daré toda clase de garantías para ustedes y sus familias, comprometiéndome a hacerles justicia en las reclamaciones que tuvieran que hacer contra las autoridades, como asimismo arreglar su situación de vida para en adelante, de todos los trabajadores en general.

"Si dentro de 24 horas de recibida por ustedes la presente comunicación no recibo contestación de que ustedes aceptan el sometimiento incondicional de todos los huelguistas levantados en armas en el territorio de Santa Cruz, procederé:

"Primero: A someterlos por la fuerza, ordenando a los oficiales del ejército que mandan las tropas a mis órdenes que los consideren como enemigos del país en que viven;

"Segundo: A hacerlos responsables de la vida de cada una de las personas que en este momento mantienen ustedes por la fuerza en forma de prisioneros, así como también de las desgracias que pudieran ocurrir en la población que ustedes ocupan o que ocuparen en lo sucesivo.

"Tercero: Toda persona que se encuentre con armas en la mano y no cuente con autorización escrita y firmada por el suscrito, será castigado con toda severidad.

"Cuarto: El que dispare un tiro contra la tropa será juzgado donde se lo encuentre.

"Quinto: Si para someterlos se hace necesario el empleo de las armas por parte de la tropa, prevéngoles que una vez iniciado el combate no habrá parlamento ni suspensión de hostilidades."

Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, año 1921, tomo V, sesiones extraordinarias, enero 30 abril 6 de 1922. Sesión de febrero 8 de 1922, páginas 91/92.

EL VERANO: INTRIGAS Y VIOLENCIA

El primero de enero de 1921 la policía, que pretendió tomar entre dos fuegos a un grupo de obreros en el hotel de El Cerrito, fracasa en el intento porque los obreros, avisados desde Gallegos, la rechazan a tiros. Quedan 2 peones y 3 policías muertos, y dos heridos en manos de los peones: el subcomisario Micheri y el agente Pérez Millán Temperley. Sin embargo, los peones no buscan guerra. Terminada la acción, desalojan el hotel objeto de la "encerrona" y empiezan una vida trashumante, agregando a partir de ese hecho una modalidad nueva a las requisas: toman como rehenes a los mayordomos o dueños solteros, para protegerse ante posibles ataques. En Buenos Aires los grandes diarios informan sobre supuestas conspiraciones, terror, saqueos, depredaciones, éxodo de pobladores, incendios. Se llega a relatar con lujo de detalles asesinatos, cuyas "víctimas" los desmienten paseándose por las calles. En realidad el Territorio está paralizado, pero en completa paz.

El gobierno nacional envía a Santa Cruz medio escuadrón de caballería, al mando del Capitán Narciso F. Laprida, media compañía de infantería de marina (Alférez de Navío Luis Malerba), y una dotación de marineros (Tte. de Fragata Jorge Godoy). Este queda en Deseado, Laprida se instala a medio camino entre Gallegos y Lago Argentino (donde queda inmovilizado por falta de caballos) y Malerba entra en Gallegos, donde detiene al procurador Cabral (intermediario en las negociaciones), allana y destruye una imprenta, y encarcela a todos los activistas obreros que puede encontrar. Durante 4 días Malerba y el gobernador interino Correa Falcón aumentan la presión —hasta plantear una acusación de sedición—, y el 21 de enero, la S. O., acorralada, sin respuesta de Buenos Aires, con sus asesores presos y el Juez impotente para hacer cumplir sus resoluciones (se enfrentó con Malerba exigiendo la libertad de los presos, y fue desacatado) , publica un manifiesto levantando la huelga. "Vencidos hoy", dicen, "tenemos fe en la justicia de nuestra causa...". Pero el levantamiento de la huelga tiene lugar sólo en el pueblo: aparte de lo difícil que es comunicarse con los campamentos trashumantes, los dirigentes no tienen mucho interés en poner la organización al servicio de la derrota, ni están demasiado seguros de que la orden de volver al trabajo va a ser acatada en el campo.

UNA SOLUCIÓN RÁPIDA

El 29 de enero llega a Gallegos el gobernador titular Ángel Guzmán Iza y al día siguiente los estancieros lo nombran arbitro del conflicto. En Pto. Santa Cruz desembarca el 10º Regimiento de Caballería al mando del Coronel Héctor B. Várela, con el Capitán Elbio C. Anaya como segundo. Las tropas quedan en Cerro Fortaleza, mientras Varela se larga solo a Gallegos, a hablar con el gobernador.

Evidentemente hay un acuerdo pleno entre ellos, porque a partir de allí el proceso toma una línea clara. El 22 de febrero se llega a un pliego que cuenta con el acuerdo de estancieros y peones, salvo en lo referente al pago de los días de huelga. El gobernador obtiene nombramiento de arbitro, y lauda el 24: se pagará medio jornal por cada día de huelga.

El convenio aceptado es prácticamente el 2º pliego presentado por los obreros, con algunas relativizaciones, cuya importancia mayor es que permitirán cualquier clase de discrepancias por vía de interpretación, y, por lo tanto, el convenio puede transformarse en un semillero de conflictos. Pero sus contenidos contemplan todas las reivindicaciones planteadas desde el principio por los peones. La S. O. saluda jubilosa lo que considera un triunfo total del movimiento. La Unión se muestra cautelosa y fría. Atribuye al Ejército todos los méritos que pudieran existir en el arreglo (sin decir cuáles son), desestimando la acción de las "autoridades administrativas".

EL INVIERNO DE 1921

Apenas 3 semanas después del laudo de Iza, el 10 de marzo, aparece francamente la primera reacción patronal en Gallegos. La Unión inicia la publicación de una serie de artículos que saldrán regularmente hasta octubre. Acusa a las autoridades de una complicidad "relajante y bochornosa" con los "malhechores" (los obreros), y de violar los "principios sagrados" de la Nación. Remarca que la "parte financiera" del arreglo ha perjudicado al capital. Defiende el trabajo "ordenado y espontáneo", considerando al sindicalismo un delito. Declara que existe una "situación de tirantez insostenible entre el capital y el obrero", por culpa de las autoridades, advierte que el conflicto no ha terminado y que deben esperarse sucesos desagradables. Por fin, se pregunta si en estas condiciones es posible la existencia de la industria, el comercio y la producción. Esta tónica se exacerba a medida que pasan los meses, ocupando en sus páginas tanto lugar como la crisis económica del Territorio: no hay mercado para la lana.

Al mismo tiempo, en todo el Sur la carestía se vuelve "insoportable" (según La Prensa, de Buenos Aires), y los comestibles llegan a costar el doble que en la Capital. Para julio ya no queda ninguna autoridad en el territorio: han viajado a Buenos Aires el gobernador, el juez y los oficiales del Ejército y la Marina. El Territorio queda bajo la responsabilidad formal de un secretario, y bajo el poder real de la policía y la Sociedad Rural.

En el campo, la situación obrera es difícil: si bien la mayoría de los estancieros han readmitido personal, los meses pasan sin que en ninguna parte se paguen los sueldos. En los pueblos, además, se multiplican las negativas a retomar el personal, lo que provoca el inmediato boicot de los federados. A pesar de esta situación no hay incidentes violentos. Y, sin embargo, el estanciero Norberto Cobo se dirige al M. del Interior en junio, pidiendo el envío de tropas para agosto; y en ese mes de agosto Carlos Menéndez Behety se entrevista con Yrigoyen para avisarle que en la época de la marca (octubre y noviembre) se producirán disturbios en el Territorio.

OTRA PRIMAVERA: EL NUEVO CONFLICTO

En setiembre los acontecimientos se precipitan: el convenio Iza no se cumplía, pero la inquietud de los peones, que además no cobraban desde marzo, era frenada por la S. O. con instrucciones de no precipitarse a una huelga general, aconsejando parar sólo en los establecimientos donde el convenio no se cumpliera, y negociar en todas partes.

Pero, a mediados de mes, comienzan en todos los pueblos y Comisarías procesos a los dirigentes de la huelga anterior, instruidos por la policía, que encarcela y deporta por sí a todos los sindicados como activistas. A medida que esto ocurre, los peones se declaran en huelga, y los estancieros los desalojan sin pagarles lo adeudado. El 30 de octubre la huelga abarca todo el Territorio, incluso Gallegos, y los trabajadores vuelven a reunirse en grandes grupos en el campo. Había por entonces 1.760 federados, que arrastraron tras de sí a casi todos los peones. Ya desde el 18 de setiembre (días antes de que se produjera el primer incidente en el Territorio, incluso antes de que la policía instruyera los primeros sumarios) comienzan a llegar a Buenos Aires —La Nación— "telegramas" denunciando la existencia de bandas armadas, asaltos, robos, y un plan subversivo con vistas a la revolución social. En 15 días los telegramas se multiplican. El 3 de noviembre parte para Santa Cruz una expedición militar al mando del Tte. Coronel Varela.

LA CAMPAÑA MILITAR

Los preparativos: Varela desembarca el 11 de noviembre en Punta Loyola y sigue con la tropa por tierra hasta Gallegos. En los pueblos no hay nada que hacer: los huelguistas que no están presos o deportados han huido al campo. El Tte. Coronel unifica la policía bajo su mando, forma 3 columnas bajo el mando del Tte. 1º Schweizer, el Capitán Viñas Ibarra y el Capitán Campos, y, según se informa mucho después, los provee de un ultimátum dirigido a los obreros, cuyos dos últimos puntos significan el establecimiento de la ley marcial, y la declaración de guerra sin conservación de prisioneros: la muerte, aun para el que se rinda.

Las matanzas en el campo: Las 3 columnas se dirigen hacia el interior del Territorio, cumpliendo concienzudamente una tarea de "limpieza" en la que van a ser reforzados por el Capitán Anaya (que desembarca el 26 de noviembre en San Julián). Varela se reserva una parte de la tropa (la más numerosa) para hacerse cargo personalmente de la tarea más pesada. El método de trabajo es similar en todos los casos. La columna militar se acerca a un "campamento" o grupo de obreros, les da el alto, y les exige depositar sus armas en el suelo. Luego los rodea y los diezma al azar, o, ayudándose por las indicaciones de algún estanciero o mayordomo, mata a los activistas y dirigentes. Las más de las veces se usa el máuser, pero tampoco se desdeña la bayoneta; en algunos casos, cuando se divisa desde lejos algún individuo solitario se tira al blanco sobre él, sin siquiera averiguar su identidad; o se lo apresa y se lo deja estaqueado en medio del campo, para que muera lentamente. A los que quedan con vida, se los despoja de todas sus pilchas y se los arrea hacia las cárceles de los puertos, a las que llegan siempre muchos menos que los que fueron apresados...

Recordemos algunos jalones de esta campaña: En Punta Alta, el 15 de noviembre, la columna de Viñas Ibarra rodea a un grupo de 100 peones, de los cuales llegan prisioneros a Fuentes de Coyle sólo 20. Allí murieron los dirigentes Pintos, Juan Alvares, Oscar Mansilla, José Lagos.

En la estancia de Américo Berrondo, al NE. de Paso Ibáñez, Varela liquida al grupo de Avendaño, entre el 27 y 28 de noviembre. Camino a Cañadón León encuentra a Outerello y lo mata con 5 compañeros. Sigue viaje y rodea al grueso del grupo en la estancia Bella Vista, de Hospitaleche: secundado por Anaya, que llegaba desde el Norte, toma el 1º de diciembre 420 prisioneros, de los cuales llegan al pueblo presos sólo 87.
Desde el 8 al 13 de diciembre, Viñas Ibarra liquida al grupo de 400 obreros que, bajo la dirección de Antonio Soto se había refugiado en la estancia La Anita, de Menéndez Behety. Y si en lo de Hospitaleche se quemaron los cadáveres con mata negra para ahorrarse el trabajo de sepultarlos, aquí, en La Anita, se proveyó a los prisioneros de palas para que cavaran sus propias fosas. Al año siguiente se desenterraron 130 cadáveres de una sola zanja cerca del casco de la estancia. Allí fue donde mister Bond, estanciero respetable en 1921 —el mismo que en los alrededores de 1900 se ganaba la vida cazando indios a libra esterlina por cabeza— hizo fusilar 37 peones, porque le habían confiscado 37 caballos...

Para fin de diciembre, Varela carga un destacamento en dos vagones del ferrocarril que sale de Deseado, liquida un grupo de 40 hombres en estación Jaramillo, y sigue adelante. Al entrar en estación Tehuelches, se acerca al tren un grupo de peones dirigido por José Font (llamado Facón grande) sin advertir que el vagón estaba cargado de tropa. Varela los deja acercar, y luego abre fuego. Font reacciona rápidamente, dispersa a su gente y contesta durante una hora al tiroteo, mientras va retirando al grueso de los huelguistas con los heridos y los muertos que le costó la sorpresa. Este es el único combate que hubo en toda la campaña, y acá se producen las dos únicas bajas del ejército: muere el conscripto Fischer (una bala en la cabeza) y es herido en la pierna el conscripto Salvi (según parece, por un tiro que se le escapa a un cabo). Al día siguiente se presentan a Varela enviados de Font, que aconsejado por comerciantes de la zona ofrece rendirse, pidiendo garantías para la vida de su gente, que le son aseguradas. El grupo entero deja las armas en el suelo y se entrega con Font a la cabeza. Todos los presos quedan sin vida en el lugar. Font es fusilado frente a unos bretes. Antes se le ha quitado hasta la rastra, y muere sosteniendo con las manos las anchas bombachas, de cara al pelotón, según lo muestra la única fotografía de los fusilamientos que se conserva. A su vez Anaya toma en Tata Tapera (¿estancia Mata Grande?) 193 prisioneros, que va liquidando allí mismo y en camino a la estancia San José: se conservan algunos nombres de los muertos, como Albino Arguelles, el paraguayo Jara, Alfredo Vázquez, Francisco Depan, Alba, Latif, Estanislao... El español Martense es estaqueado toda la noche a la intemperie, con una piedra puntiaguda bajo la cabeza, para ser fusilado al día siguiente. Y luego, Anaya sigue, deshaciendo los grupos huelguistas que encuentra en Osamenta, La Alianza, Tapera de Casterán, Vega del Zaino, Tres Cerros, estancia Martinovich... Así mueren Alfredo Del Giúdice, Juárez, Prieto, Fraco, y tantos otros, de los que no queda siquiera un nombre para invocar. Tantos, de los que sólo sabemos que querían medio día por semana para lavarse la ropa, velas, aire y una estufa en los dormitorios. Tantos, de los que se negaron a trabajar hasta conseguir la libertad de sus compañeros.

Pero no murieron solamente obreros, en ese diciembre de 1921: Anaya recuerda a dos estancieros, Daniel Ramírez y Antonio López, y a un administrador de estancia, Alfredo Núñez, a quienes se dio una "sanción ejemplarizadora" (textual) por colaborar con los obreros. Crítica del 3 de febrero de 1922 describe la "sanción" a Ramírez: preso, lo apaleaban todas las noches a la misma hora, y gritaba pidiendo por Dios que lo mataran, a lo que se accedió luego de una semana, llevándolo —con palas y picos— en un automóvil al campo, de donde nunca volvió. Lo ven partir su mujer y los principales comerciantes de Pto. Santa Cruz, que infructuosamente interceden por él.

Las matanzas en los pueblos: Mientras el Ejército "limpiaba" los campos, la policía se encargaba de los pueblos. En todos encontramos episodios de horror, que llegan al máximo en Pto. Santa Cruz, donde el Comisario Sotuyo, con la complicidad del escribano Sicardi (organizador de la Liga Patriótica) une las exacciones a las torturas y los asesinatos. Allí mismo muere fusilado, después de 6 días de torturas, el albañil Santiago González Diez, conocido dirigente anarquista, que también es obligado a cavar su propia tumba.

EL TERRITORIO PACIFICADO
Anaya termina el 13 de enero su tarea de limpieza, y Varela comunica a Buenos Aires que, pacificado el Territorio, comienza la sustitución del Ejército por la gendarmería y la policía. Como elemento coadyuvante para la normalización, el Dr. Manuel Carlés realiza una extensa gira por Santa Cruz, exponiendo el programa de la Liga Patriótica Argentina (conocida por el pueblo como Liga Patriótica Asesina). El único dirigente obrero que queda vivo es Antonio Soto, que se negó a esperar a Viñas Ibarra en La Anita, y escapó por los pasos a Chile. En las cárceles del Territorio quedan más de 600 presos, acusados de sedición armada, hasta la llegada del Juez Federal Viñas, en la Pascua de 1922, que los pone en libertad "por falta de méritos". La organización obrera está deshecha. Pero la Sociedad Rural, que en 1920 sólo tenía unos pocos afiliados en Gallegos y Deseado, aparece con Comisiones adheridas en todo el Territorio. Y se multiplican las brigadas de la Liga Patriótica. Hasta después de 1946 no vuelve a firmarse un convenio colectivo de trabajo en el campo patagónico. El Territorio se despuebla: de los 17.000 habitantes de 1920, quedan 10.000 en 1928. En medio de tanta paz, el viento se lleva las carnes de centenares de muertos, mal tapados por las piedras.

EL SIGNIFICADO DE LOS HECHOS

Los estancieros, especulando con el alza, habían vendido lo menos posible durante los últimos años, no buscaron otros mercados, y descontaron créditos sobre un stock artificialmente valuado. Su única salida, en esas condiciones, y ante la falta total de demanda, era disminuir la producción y reducir los costos. Como para producir lana el único costo suprimible es la mano de obra (los pastos son naturales, la reproducción también), una larga huelga, y la eliminación de obreros traen indudables ventajas.

Por otra parte, los enormes latifundios, las largas distancias, el aislamiento y la pequeñez de los grupos de trabajadores, el monopolio del comercio y el transporte, la ausencia de organización sindical, hacían que hasta 1920 la fijación de los sueldos, la forma de pago, la contratación y despido de personal, se realizaran de acuerdo exclusivamente a la conveniencia y voluntad de los estancieros.

La organización de la Sociedad Obrera, con la afiliación de más de 1.700 peones, (el 10 % de la población total del Territorio), vino a romper este esquema en cuanto a los obreros del campo. Por lo tanto, desde la perspectiva patronal, la destrucción de la S. O. y la eliminación de dirigentes que, pese a las enormes dificultades, habían logrado organizar el Territorio, era sumamente conveniente.

El hecho de que el primer pliego fuera firmado rápidamente por 25 estancieros chicos, que algunos protegieran a los obreros, y que fueran apresados, golpeados y perseguidos junto con ellos, muestra otra faceta característica de la lucha económica en la Patagonia: la represión y las exacciones sirvieron también para desocupar algunos campos más, para acrecentar la tendencia hacia la concentración latifundista. Por todas estas razones, el primer conflicto se arrastró 4 meses, y no tuvo solución mientras las tratativas estuvieron bajo el control de Correa Falcón, al mismo tiempo representante de la Sociedad Rural y autoridad máxima del Territorio.

En cuanto llegan Varela e Iza, no vinculados por entonces a los grandes estancieros, el conflicto se soluciona. En realidad, bastan 12 días de tratativas reales para llegar a un arreglo que se firma en pleno campamento obrero, en una ceremonia a la que las autoridades no tuvieron la menor inquietud en concurrir, a pesar de encontrarse rodeados de centenares de hombres armados. Esto nos obliga a recordar que, en aquella época, nadie andaba desarmado en la Patagonia. Y que la concentración de obreros en grandes grupos fue la consecuencia directa de los desalojos en las estancias y los hoteles y de las persecuciones en los pueblos, donde la policía apresaba y deportaba a los huelguistas.

Los pedidos anticipados de tropas, y la gran campaña de prensa en Buenos Aires con sus fantasías sobre bandolerismo, saqueos, maximalismo, etc., responden a dos razones: por un lado, los estancieros no querían pagar los sueldos adeudados en todo el invierno, ni cumplir con las condiciones del convenio, y, además, tenían un gran interés en terminar con la organización obrera, como se ha dicho antes. Por otro, la Policía del Territorio era totalmente ineficaz para disolver y diezmar los grandes campamentos obreros, por escasa, por incapaz, y porque su corrupción y sus abusos daban pie a que los obreros se sintieran libres de enfrentarla por la fuerza, si los atacaba. Recurriendo al Ejército, todos estos problemas se resolvían automáticamente.

¿Cómo menos de 300 hombres de tropa pudieron dominar a más de 3.000 obreros concentrados y acostumbrados al uso de las armas? ¿Por qué el Ejército tuvo una sola baja, mientras que murieron más de 1.500 obreros? Es que no hubo combates. En el primer conflicto, los obreros recibieron al Ejército como protector ante los abusos policiales y árbitro ante la intransigente posición patronal. Y como el Ejército había cumplido tal papel, la intimación a someterse hecha por las patrullas en el segundo conflicto era acatada en el acto, salvo la momentánea resistencia de Font en Tehuelches. Es indudable que los muertos fueron entonces baleados a mansalva, fusilados y degollados. Y el hecho de que no sobreviviera ningún dirigente ni activista prueba que éstos fueron especialmente señalados, buscados y eliminados. Esa actitud, repetida, de rendirse sin disparar un solo tiro, y el que nadie (salvo Soto en La Anita) huyera por los pasos a Chile, prueba que los huelguistas no conocían el bando o ultimátum de Varela. De hecho, yo no he encontrado ninguna constancia —ni en los diarios de Santa Cruz, ni en los testimonios personales que pude obtener, ni en los periódicos obreros de Buenos Aires, ni en la gran prensa— de la existencia de dicho bando antes de la vuelta de Varela a Buenos Aires: la primera transcripción del bando aparece en Crítica el 20 de enero de 1922, 7 días después del anuncio de la terminación de la campaña militar.

Es posible imaginar dos hipótesis respecto del bando: 1) que fuera efectivamente redactado en Gallegos en noviembre de 1921, sin dárselo a publicidad, como una orden interna para respaldo de los oficiales que debían llevar a cabo las "operaciones de limpieza". 2) Que fuera redactado en Buenos Aires, a la vuelta de la expedición, ante el escándalo periodístico y los cargos planteados por la izquierda parlamentaria (el Partido Socialista tenía representantes en el Congreso). Es necesario tener muy en cuenta que el bando, con su muy dudosa autenticidad, es, sin embargo, el único documento "oficial" que "legalizaría" las matanzas. Por cierto que ningún oficial del Ejército tenía, ni tiene actualmente, atribuciones para emitir una declaración de guerra semejante, y, aunque hubiera sido emitida antes de las matanzas, sería ilegal en sí misma. Pero, de todas maneras, este bando es, hasta ahora, la única parodia de documento oficial en la que pueden apoyarse las matanzas. Durante los cincuenta años transcurridos ninguna autoridad se ha hecho responsable de la orden de matar: ni el Presidente Yrigoyen, ni el Ministro del Interior, Gómez, ni el de Guerra, Julio Moreno, han respondido a las interpelaciones públicas. El Ejército no permitió investigaciones, y, si las hizo por su cuenta, no publicó las conclusiones. Varela mismo, si bien no rechazó la paternidad del bando (que se le atribuyó en plena Cámara de Diputados de la Nación), tampoco se hizo públicamente responsable de él. En realidad, importa poco qué persona u organismo del Estado es responsable formal de las muertes en Santa Cruz. Tampoco importa si Varela y el gobierno de Buenos Aires creyeron realmente en la leyenda del bandolerismo y la revolución maximalista, o la utilizaron como excusa, conociendo la mala fe de la acusación de los estancieros. Lo que importa concretamente es que la "campaña de Santa Cruz" benefició directamente a los latifundistas, y la tortura y la muerte de centenares de obreros que no habían cometido delito alguno sirvió para compensar las pérdidas que la crisis lanera había ocasionado a los grandes productores patagónicos. El Estado y el Ejército se mostraron, una vez más, el instrumento de la clase dominante.

LA CLAVE DE LA TRAGEDIA

Desde la perspectiva de la clase obrera, la gran derrota del movimiento de Santa Cruz merece algunas reflexiones. Todos los volantes que hemos visto, y el texto mismo de los pliegos presentados son de neto corte reformista. La última cláusula del 2° pliego, es el mejor ejemplo: "La S. O. se compromete a dictar con la urgencia del caso los reglamentos e instrucciones a que sus afederados deberán sujetarse, tendientes a la mejor armonía del capital y el trabajo, bases fundamentales de la sociedad actual, inculcando por medio de folletos, conferencias y conversaciones, en el espíritu de sus asociados, las ideas de orden, laboriosidad y respeto mutuo que nadie debe olvidar".
Este movimiento masivo, organizado pues a partir de reivindicaciones inmediatas, pasa luego a la acción directa, saltando prácticamente fuera de la sociedad: de hecho se constituye una "sociedad" de peones y obreros, fuera de los poblados, que se provee directamente para satisfacer sus necesidades. Es también un ejército armado, dicta sus propias leyes, e instituye un nuevo régimen "político": la democracia obrera de las Asambleas.

Pero, al mismo tiempo, firma vales por las provisiones que toma, sujetándose así al sistema de intercambio de la sociedad que aparentemente abandonó, y reconoce la autoridad del Ejército argentino cuando éste intima, a pesar de encontrarse en abrumadora superioridad numérica. Esta contradicción fundamental, insoluble en el marco de un planteo reformista, constituye la clave principal de la tragedia.
Si los objetivos que se buscan son una mejora en las condiciones de vida y trabajo —una reforma— la lucha debe tener en cuenta las reglas de juego de la sociedad, y los contendientes deben moverse dentro de sus estructuras. El salto fuera del sistema productivo y de sus formas "políticas", aunque —como en este caso— sea involuntario, pone en cuestión a la sociedad constituida y determina en los hechos un enfrentamiento radical. Este enfrentamiento, que no fue buscado por los dirigentes de la huelga, ni siquiera fue advertido por ellos cuando se les impuso. Y, como resultado, el movimiento fue aplastado sin la más mínima resistencia.

Con esto no queremos decir que un planteo revolucionario (y no reformista) y la conciencia sobre la necesidad de destruir la actual sociedad para edificar otra, sean garantía para el triunfo del movimiento proletario. Desde la Comuna francesa de 1871 hasta nuestros días, centenares de movimientos revolucionarios han fracasado, pero la clase obrera ha aprendido de esas derrotas, porque éstas fueron precedidas por bravos combates.

En Santa Cruz, sofocada por el reformismo, muere la primera gran oleada de luchas del movimiento obrero argentino, iniciada con el siglo. El anarquismo ha dado ya lo mejor de sí, se estrella contra sus propios límites, y demuestra su impotencia para dirigir la siguiente etapa. 47 años después, el cordobazo inicia un nuevo auge. El proletariado, en pie de guerra otra vez, necesita forjarse una dirección de clase que lo lleve a la victoria.

Fuentes
Diarios de Buenos Aires: La Prensa, La Nación, Critica, La Montaña y La Vanguardia.
Periódicos de Río Gallegos: La Unión y La Verdad.
La Protesta. Suplemento quincenal. Año VIII, Nº 299, enero 31 de 1929.
La Patagonia Argentina. F. Obrera L. Bonaerense. Talleres Gráficos La Protesta, Buenos Aires, junio 3 de 1922.
Cámara de Diputados: Diario de Sesiones 1921. Tomo V. Sesiones extraordinarias. Págs. 54 (sesión del 19 de febrero de 1922) y 89 (sesión del 8/2/1922).
Comisión de Justicia de la Cámara de Diputados: Expediente relativo al juicio político al doctor Ismael P. Viñas.
Departamento Nacional del Trabajo: Crónica Mensual. Año IV, Nº 38, febrero de 1921, y Nº 45, setiembre de 1921.

Bibliografía
Borrero, José M.: La Patagonia trágica. Primera parte. Asesinatos, piratería y esclavitud.
Bayer, Osvaldo: Los vengadores de la Patagonia trágica. En Todo es Historia, Nº 14 y 15, junio y julio de 1968.
Correa Falcón, Edelmiro: Los sucesos de Santa Cruz 1919 a 1921, 1958.
Fiorito, Susana: Las matanzas de la Patagonia (en prensa).



Fuente: Susana Fiorito: "Un drama olvidado: las huelgas patagónicas de 1920-1921", Colección Polémica, del Centro Editor de América Latina Nº 54, mayo de 1971 digitalizado por Mágicas Ruinas.


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