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martes, 6 de noviembre de 2018

Marcos Novaro: "La Alianza: de la gloria del llano a la crisis de gobierno” (2003)


En agosto de 1997 la UCR y el Frepaso formaron la Alianza. Una coalición política con la cual, en las parlamentarias de octubre de ese año, lograron poner fin a la seguidilla de victorias electorales que el peronismo venía acumulando en forma ininterrumpida desde 1987. La armonía que reinaba inicialmente entre los socios de la Alianza –al menos en apariencia– y su inmediata consagración como nueva mayoría en el país se conjugaron con las disputas internas en que estaba sumido el PJ y con los magros resultados de la segunda presidencia de Menem, para catapultar a la oposición al gobierno nacional dos años después. Una vez en el poder, sin embargo, la Alianza encontraría graves dificultades para componer una fórmula de gobierno adecuada a fin de encarar los graves problemas que tenía por delante. Problemas que, en términos generales, no diferían demasiado de los que habían signado los últimos años de Menem: inestabilidad de los flujos de inversión externa (originada tanto en factores internacionales como en la desconfianza respecto de la solidez de la economía argentina y la capacidad de repago de su deuda), débil crecimiento de las exportaciones, ciclos recesivos pronunciados, altos índices de pobreza y de desocupación (que no bajaban del 14% desde
1995), fuertes tensiones entre la nación y las provincias en torno a la distribución de los recursos de coparticipación, el manejo del déficit y el endeudamiento, dificultades del gobierno nacional para contar con mayorías estables en el Congreso.

A estos problemas el gobierno aliancista le sumaría los provenientes del hecho de fundarse en una coalición de fuerzas políticas carentes de una historia compartida y con escasa experiencia de gestión y cohesión interna, así como los que se originaron en las desiguales condiciones y divergentes proyectos de sus principales líderes. Nos remontaremos ahora a los orígenes de la coalición para rastrear la génesis y evolución de estos problemas y tratar de comprender los déficits en la capacidad de gobierno, que surgirían a poco de iniciarse su gestión al frente del Ejecutivo nacional.

La segunda mitad de los noventa ofreció a las fuerzas de oposición oportunidades de desarrollo que no habían conocido en el sexenio anterior. Los dispersos grupos de centro-izquierda y disidentes de los partidos mayoritarios superaron su crónica insignificancia convergiendo en el Frente Grande en 1993 y en el Frepaso a fines de 1994. Poco después la UCR logró recuperarse de su prolongado declive electoral y de su agudo fraccionamiento interno, renovando su oferta de candidatos y recuperando su perfil opositor. Ambas fuerzas –la UCR y el Frepaso– lograrían capitalizar el nuevo clima de desconfianza y rechazo hacia el gobierno que a partir de 1995 se extendió en la opinión pública y los cuestionamientos que comenzó a padecer el oficialismo de parte de anteriores aliados, tanto en los medios de comunicación como entre los empresarios y los políticos de centro-derecha.

Quien más rápidamente se acomodó a las circunstancias y logró beneficiarse de esta coyuntura favorable fue el Frepaso, resultado de la convergencia de grupos disidentes del peronismo y el radicalismo –que abandonaron esos partidos entre 1991 y 1994– con la Unidad Socialista y otros grupos menores de izquierda (el Partido Intransigente y sectores del Partido Comunista), la Democracia Cristiana y una amplia gama de dirigentes y militantes provenientes de los sindicatos y del movimiento de derechos humanos. La flexibilidad que demostró este conglomerado de pequeños grupos políticos para adaptar su discurso de campaña a las expectativas de la audiencia, y su carencia de compromisos con los fracasos de gobiernos anteriores o con los grupos de interés predominantes, constituían sus principales ventajas sobre los partidos tradicionales en un momento en que muchos votantes desconfiaban de ellos y buscaban nuevos horizontes.

Pero esos rasgos eran al mismo tiempo elocuentes indicios de sus debilidades estructurales, que a mediano plazo limitarían sus posibilidades de actuación como fuerza de gobierno.

Ampliando la experiencia iniciada con el Frente Grande, el Frepaso se conformó como un agregado de pequeñas estructuras organizativas difícilmente armonizables entre sí: algunas consistían en grupos de militantes activos, encolumnados detrás de jefes políticos no particularmente populares ni dotados; otras eran redes de punteros basadas en el control de “paquetes” de afiliados; otras, en cambio, se fundaban en la popularidad de ciertas figuras y carecían en algunos casos de afiliados y militantes. Superpuestos unos a otros más que articulados, estos núcleos tenían además una presencia muy desigual en el territorio nacional23. Este heterogéneo conglomerado se abroqueló en el rechazo compartido a los vicios institucionales y al déficit social de las políticas menemistas, y en el rápido crecimiento electoral, fundado en la popularidad de un puñado de figuras: Carlos “Chacho” Alvarez y Graciela Fernández Meijide principalmente, el concejal porteño Aníbal Ibarra y el muy efímero José Octavio Bordón (que luego de obtener el 28% de los votos como candidato a presidente en 1995 abandonó el Frente para regresar al peronismo). En todos los casos la principal virtud de estos líderes residía en su imagen pública y su eficacia comunicacional como críticos del menemismo, con la consecuente capacidad para atraer a un sector del electorado distanciado de los partidos tradicionales, que compartía el afán opositor y la preocupación por los déficits republicanos y por los problemas de desigualdad social y exclusión.

Curiosamente, en medio de este auge electoral, los líderes del Frepaso consideraron que era funcional, para preservar su libertad de maniobra y su perfil renovador en la escena pública, mantener distancia de esas estructuras organizativas, a sus ojos menos útiles para enfrentar las lides electorales que tenían por delante que la simpatía de los periodistas y el asesoramiento de encuestadores y analistas profesionales. Al mismo tiempo, esas estructuras reprodujeron su fraccionalismo y la pobreza de recursos políticos, al paso que ocupaban las bancas de legisladores nacionales y provinciales y de concejales municipales a que el Frente accedía gracias al desempeño de aquellas figuras. Estas enfrentaban una opción, real o imaginaria: o bien aprovechar las oportunidades que ofrecía una coyuntura inmediata para ganar posiciones electorales, o bien dedicar recursos a la construcción de una más sólida y eficaz estructura partidaria, en un esfuerzo que seguramente tardaría en fructificar y para el cual deberían, además, vencerse las esperables resistencias de las estructuras existentes. Optaron por la primera alternativa y no pudieron evitar que se fueran incubando tensiones y problemas cada vez más graves, provenientes de la falta de reglas de juego compartidas e institucionalizadas y de mecanismos adecuados para resolver conflictos, seleccionar al personal, asignar premios y castigos según su desempeño, y formar un sólido consenso político y programático interno (véase Novaro y Palermo, 1998). Estas tensiones y los déficits de institucionalización se volvían más difíciles de resolver a medida que crecía el número y la relevancia de los cargos públicos ocupados por los frepasistas.

Parte del problema que los líderes buscaban aventar se originaba en la brecha creciente que se abría entre las distintas posturas que convivían en el Frepaso. Por un lado, las posiciones moderadas –“actualizadas”– que los dirigentes comenzaron a adoptar con respecto a las reformas de mercado y a las políticas correctivas que se propondrían implementar en caso de llegar al gobierno. Por otro lado, la herencia cultural y orientaciones programáticas de las agrupaciones del Frente, que aunque heterogéneas entre sí tenían una raíz común en las tradiciones de la izquierda y del populismo. Esa modernización y el corrimiento hacia el centro del discurso público tuvieron un papel esencial en el éxito de esta fuerza política, acercando a una importante masa de votantes que, aunque críticos del menemismo, no se dejaban seducir por la idea de volver atrás con las reformas ni por las propuestas de cambios radicales, que podrían reabrir un escenario de inestabilidad económica e institucional. En virtud de esta circunstancia, el choque entre las visiones y propuestas de los líderes y las “bases” no se produjo en lo inmediato. Pero ello no redundó en un mayor consenso interno, en la medida en que los dirigentes consideraron innecesario hacer pedagogía entre sus seguidores, y porque pragmáticamente los grupos internos y sus jefes inmediatos callaron sus disidencias para no quedar al margen de los beneficios del crecimiento, o bien interpretaron el “desvío” de los líderes como una táctica meramente coyuntural.

La relativa indiferencia con que líderes, dirigentes y militantes consideraron el déficit de institucionalidad del Frente se vincula también con la idea ampliamente compartida de que la nueva fuerza frentista debía mantenerse abierta a la sociedad, facilitando la incorporación de figuras públicas de afuera de la clase política, así como de sectores de ésta que –se esperaba– no tardarían en romper con los partidos tradicionales. Este flujo de figuras y militantes finalmente no se produjo, al menos no en las dimensiones previstas por quienes pronosticaban una agudización de la crisis de la “política tradicional” y la emergencia de una “nueva política”, de carácter “transversal” y movimientista, que la reemplazaría. Pero esas expectativas llevaron a subvalorar los efectos no deseados de la informalidad frentista, que habrían de magnificarse a partir de 1997.

En términos prácticos, el Frepaso, que contaba formalmente con una conducción nacional –integrada por los representantes de cada uno de los miembros fundadores siguió funcionando como un crisol de grupos que giraba en torno a las iniciativas e intervenciones públicas de Chacho Alvarez y, en menor medida, de Fernández Meijide. No obstante, elegía sus candidatos a través de complejas y opacas negociaciones, digitadas en gran medida por dichos dirigentes, sin acudir a comicios internos (aunque algunos de los grupos integrantes, sobre todo los socialistas y en menor medida el Frente Grande, que dentro del Frepaso siguió reuniendo a los núcleos más directamente ligados a Alvarez y y Fernández Meijide, sí realizaban internas en su seno para elegir sus autoridades y candidatos). El Frepaso carecía asimismo de ámbitos formales y legítimos para formar consensos: los encuentros nacionales que realizó en 1996 y 1997 tuvieron un carácter más ritual que deliberativo, atribuible tal vez en iguales proporciones al afán aclamativo de los líderes y al escaso interés de los grupos disidentes por plantear sus puntos de vista y abocarse a la odiosa tarea de discutirlos y buscar consensos.

Como sea, es indudable que en estos años la presencia de esta tercera fuerza tuvo una influencia notable sobre el sistema de partidos, y particularmente sobre la competencia inter-partidaria. En primer lugar forzó la renovación de planteles dirigentes y la revisión de las políticas y las estrategias de las fuerzas tradicionales, en especial del radicalismo. En segundo lugar contribuyó a contener los des- bordes del oficialismo, posibilitando a los ciudadanos un efectivo ejercicio del voto castigo y ejerciendo el control del poder mediante el debate en los medios de comunicación o el recurso a la Justicia (los dos canales en que demostró mayor destreza y mejores resultados) y a través de los mecanismos parlamentarios (en 1993 el Frente Grande contaba sólo con tres diputados nacionales, pero ya en 1995 el Frepaso reunió una bancada de 26 miembros). También favoreció la inclusión en la agenda pública –hasta mediados de los noventa obsesivamente focalizada en el problema de la estabilidad macroeconómica– de temas eminentemente políticos, institucionales y sociales (calidad de las políticas públicas, nuevos problemas de regulación, control republicano del poder, lucha contra la corrupción, independencia de la Justicia, protección de derechos, combate de la desocupación y la marginalidad social, etc.). Por último, inauguró un juego más abierto de competencia y colaboración entre partidos, como habría de verificarse con la formación de la Alianza.

En cuanto al radicalismo, luego de la firma del Pacto de Olivos y las caídas electorales de 1994 y 1995 (en la elección presidencial de este año obtuvo un magro 16% de los votos) comenzó una notable recuperación. Es de destacar que todos sus problemas a nivel nacional no le habían impedido continuar con relativo éxito sus estrategias en los distritos provinciales. En 1995 retuvo sus cuatro gobernaciones y sumó la del Chaco, en alianza con el Frepaso. Un año después se impuso en las elecciones para jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

Además, a fines de 1995 renovó su conducción nacional y emergieron de su seno dos figuras presidenciables (el nuevo presidente del partido, Rodolfo Terragno, y el jefe del gobierno porteño, Fernando de la Rúa), aventándose el fantasma de la fragmentación. La crisis y las derrotas electorales de principios de los noventa y la recomposición posterior estimularon la revisión de posiciones y estrategias –como el rechazo a las reformas de mercado y la negativa a integrar alianzas electorales– sin que se generaran conflictos graves: las disidencias respecto de la formación de la Alianza fueron aisladas y se reflejaron en dilaciones para la concreción de acuerdos semejantes en algunas provincias, que luego del éxito de 1997 se irían superando.

En verdad, la colaboración parlamentaria entre radicales y frepasistas se había iniciado ya a fines de 1995, motivada tanto por la común oposición a aspectos sustanciales de las políticas económicas y sociales y a las prácticas institucionales del PJ, como por la convicción –también compartida y forjada por los resultados de mayo de ese año– de que separados no podrían disputar con éxito la presidencia. Por entonces se selló un pacto entre las bancadas de ambas fuerzas, que permitió adoptar posiciones comunes en cuestiones relevantes como las políticas de empleo, la emergencia financiera post-tequila y los presupuestos nacionales, entre otras. Además, en el curso de 1996 se organizaron actos de protesta conjuntos –como el “apagón”– que lograron amplia repercusión.

Los tiempos se aceleraron al año siguiente. El resonante éxito electoral en las parlamentarias de 1997 colocó abruptamente a la novel coalición de cara a la posibilidad cierta de acceder al gobierno. Eso sirvió para consolidarla, reforzando la disposición “aliancista” en ambas fuerzas y la identificación de los votantes de cada una de ellas con la nueva “marca” electoral, aunque también sirvió para acelerar la manifestación de los problemas de cohesión e institucionalización, cuya resolución había quedado pendiente en el momento de sellar el acuerdo y que se tornaron críticos a raíz de la selección de las candidaturas para 1999 por la definición de los programas de gobierno y la campaña presidencial. El dilema de “desajuste temporal” que ya había enfrentado el Frepaso –obligado a “quemar etapas” políticas e institucionales para poder responder a los urgentes y sucesivos llamados de las urnas– parecía reiterarse para la Alianza.

Fernández Meijide y Álvarez, que en octubre de 1997 encabezaron las listas de diputados en la provincia y en la ciudad de Buenos Aires respectivamente –los distritos donde se basó el triunfo aliancista– sin duda encarnaban mucho mejor que sus socios radicales las expectativas que la Alianza había comenzado a despertar en la ciudadanía. Y así lo reflejaron las encuestas en los meses siguientes. Ello desalentó, sobre todo en Fernández Meijide –precandidata del Frente para la máxima magistratura– y en los dirigentes intermedios que más incómodamente vivían la asociación con la UCR, la inclinación a aceptar una salida negociada para la definición de los candidatos en la que debieran resignar la posición preeminente que creían haber conquistado en la coalición. Por su lado, los radicales, tanto De la Rúa como Terragno y Alfonsín (quien por esos meses desplazó a Terragno de la presidencia del partido para poder consagrar a De la Rúa como precandidato presidencial por la UCR) estimaban que una elección interna –aún una elección abierta, en la que pudieran votar no afiliados– les daba más posibilidades de triunfo sobre el Frepaso que las que reflejaban las encuestas como expresión efímera de los recientes comicios.

Consideraban igualmente que mientras más tiempo transcurriera más se debilitaría esa ola y más decisivo sería el aparato partidario: ya sea para garantizar el triunfo en las internas, o para forzar una negociación que les garantizara la presidencia.

La incertidumbre respecto de esta cuestión dificultó avanzar en el fortalecimiento institucional de la coalición, cuya existencia formal se reducía a una mesa de conducción nacional integrada por los cinco dirigentes nombrados (Alvarez y Fernández Meijide, Alfonsín, De la Rúa y Terragno), que en cada provincia se replicaba según la relación de fuerzas y las afinidades existentes. En la práctica, la relación entre los socios seguía dinámicas de acuerdo y enfrentamiento bastante informales y complejas, determinadas por las divisiones que atravesaban a cada uno de los dos conjuntos (a lo que se sumaba la particular informalidad del Frepaso) y por las divergencias y antagonismos existentes entre los líderes. Ello se puso en evidencia cuando los radicales intentaron seducir a los socialistas, a otros miembros del Frepaso y a sectores políticos que manifestaron interés en sumarse a la Alianza , ofreciéndoles una consideración especial de sus intereses y su integración a la mesa de conducción aliancista, a cambio del apoyo para De la Rúa, y también cuando los líderes frepasistas sondearon a sectores radicales disconformes con la conducción partidaria, y en especial con su precandidato, para participar del juego inverso.

Por otro lado, Alfonsín, que encabezó la tarea de “conciliar” las propuestas programáticas de ambas fuerzas, encontró que tenía más puntos de acuerdo con muchos frepasistas que con los radicales que rodeaban a De la Rúa, representante del ala más conservadora de su partido y más atento a los consejos de economistas ortodoxos.

Entretanto, Álvarez y Fernández Meijide –quienes como dijimos, habían experimentado en los años anteriores un marcado giro a posiciones favorables a las reformas de mercado– disentían con las propuestas de proteccionismo comercial, revisión de las privatizaciones y supresión de la convertibilidad avanzadas por el ex presidente Alfonsín, y en busca de una posición intermedia se acercaban al propio De la Rúa más de lo que hubieran deseado. Atodo ello se sumó una creciente tensión entre Alfonsín y Álvarez por un lado –que controlaban las estructuras partidarias y aspiraban a ejercer un rol de conducción estratégica, supervisando la gestión de gobierno– y los precandidatos por el otro lado, que desconfiaban cada vez más de aquellos y buscaron fortalecer su autonomía aislándose de las presiones partidarias (lo que en el caso de De la Rúa alcanzaría un grado sumo).

Las internas abiertas para definir la fórmula presidencial se realizaron finalmente en noviembre de 1998, en un clima de relativa paz (sólo interrumpida por las acusaciones de “corrupción estructural” que Álvarez lanzó hacia el gobierno porteño de De la Rúa). En esos comicios el candidato radical obtuvo un triunfo resonante (se alzó con el 63% de los más de dos millones de votos) y logró con ello una legitimación plebiscitaria de alcance nacional que lo catapultaba hacia el sillón presidencial. Mientras la Alianza se fortalecía en las encuestas, el gobierno capeaba a duras penas el temporal de la recesión –agudizada desde principios de 1999 por la devaluación en Brasil– y Duhalde se afanaba por salvar los obstáculos que le seguía inventando el menemismo. Pero ni eso ni el acuerdo alcanzado para que Álvarez fuera candidato a vicepresidente y Fernández Meijide peleara la gobernación de Buenos Aires, integrando las listas para diputados y demás cargos electivos, aproximadamente de acuerdo a la “representatividad” mostrada por cada fuerza en las internas (en una negociación que terminó siendo también menos conflictiva de lo esperado), alcanzaron para aventar los problemas aludidos.

En lo que siguió, y aunque crecía la certidumbre respecto de su triunfo, la Alianza no llegó a establecer mecanismos de toma de decisiones, resolución de conflictos y construcción de acuerdos programáticos.

En esta etapa, ninguno de los socios y casi ninguno de sus sectores internos pensó en salir de la coalición como una posibilidad cercana, dado que esa alternativa implicaba serios riesgos de no ser acompañada por el electorado y porque dentro de la Alianza existían en cambio buenas perspectivas de acumulación política, aun para los derrotados en la interna y para los grupos más desfavorecidos en la distribución posterior de cargos. Pero por sí solo eso no eliminaba las resistencias y obstáculos para consolidar los lazos de unión y los mecanismos de toma de decisiones entre los partidos aliados. Tampoco alcanzaba para fortalecer la capacidad de prever conjuntamente la distribución de responsabilidades de gobierno y las políticas que se pondrían en marcha en las áreas estratégicas, cuestiones éstas que, como demostraban las experiencias relativamente exitosas de gobiernos de coalición en Brasil y Chile, eran decisivas para proveer al futuro gobierno de bases de apoyo y líneas de acción sólidas.

En la campaña la Alianza continuó la estrategia, desarrollada por el Frepaso, de focalizar su diferenciación frente al oficialismo en el tema de la corrupción, aunque también intentó incorporar otras cuestiones, como el combate del desempleo y la calidad de la educación. Surgieron obstáculos que frenaron los intentos por consolidar la diferencia y las promesas aliancistas en el curso de la competencia política. Los disensos entre los socios y al interior de cada uno de ellos desalentaron la adopción de posiciones demasiado precisas. Los esfuerzos hechos por Duhalde para diferenciarse de Menem en el terreno social y por hacer creíble un “cambio de modelo económico”, así como la presencia de un tercer candidato, Cavallo, que le disputaba a la Alianza las consignas del “buen gobierno” y el “mercado sin corrupción”, creaban otros obstáculos a la construcción de perfiles definidos, estimulando un muy difuso y genérico “centrismo”. Por último, el carácter del candidato, carente de perfiles definidos y de vigor carismático, tiñó toda la campaña de un tono insustancial y desapasionado. Desde el inicio de la campaña presidencial se advirtió la tendencia de De la Rúa a marcar distancia respecto de su partido y de los equipos programáticos creados por Alfonsín. 
Comparada con las experiencias de Menem en 1989 y del propio Alfonsín en 1983, la actitud de De la Rúa no sólo implicaba una anticipación de la clásica tensión entre coalición electoral y coalición de gobierno, sino también una peligrosa tendencia al aislamiento que en vez de facilitar dificultaba la generación de las condiciones de “autonomía enraizada” que todo gobernante debe construir frente a sus bases de apoyo, como lo probaba la propia experiencia de sus dos antecesores. Esta tendencia al aislamiento, que resultaría mortal para el nuevo gobierno, tenía en parte su origen en el escaso carisma del candidato y su estilo extremadamente reservado y desconfiado. En un grado aun mayor, respondía asimismo al amplio predominio del liderazgo alfonsinista dentro del partido y a las evidentes diferencias políticas y programáticas –sobre todo en el terreno económico– que enfrentaban a los dos prohombres radicales. Al menos al comienzo, estas diferencias con Alfonsín actuaron indirectamente a favor de una estrecha colaboración entre De la Rúa y Álvarez, cuya expresión inmediata fue la marcha armoniosa de la campaña y que posteriormente se reflejó en el acercamiento y acuerdo genérico con quien sería Ministro de Economía del nuevo gobierno, José Luis Machinea. A pesar de ello, la relación entre los dos integrantes de la fórmula presidencial tampoco estuvo libre de problemas. Tales problemas se profundizaron tras la asunción del poder, cuando a poco de andar se comprobó que las dificultades a enfrentar –tanto en el terreno económico como en el social e institucional– eran mucho más complejas y dramáticas que lo previsto, que la falta de resultados inmediatos agudizaba las tensiones y disensos dentro de la coalición, y que en ausencia de mecanismos aceitados y compartidos de toma de decisiones la división del poder dentro de la Alianza entre tres o cuatro figuras prominentes se tornaba inmanejable.

En primer lugar debe destacarse la muy escasa libertad de maniobra para corregir el rumbo económico de que dispuso la nueva administración a raíz de la recesión, que se prolongó a todo lo largo de 1999 y que no tenía visos de revertirse en lo inmediato. Ese margen terminaría siendo incluso menor que el que el equipo de Machinea pudo prever, debido a una serie de medidas de último momento del gobierno saliente: aumento del endeudamiento y del gasto (generando un déficit de más de 10.000 millones para el año 2000), asunción de compromisos con empresas concesionarias de servicios, gobernadores y sindicatos que afectaban seriamente los recursos fiscales a disposición de la nueva gestión, y lo que fue más determinante aún, aprobación de la llamada “ley de responsabilidad fiscal”, que estableció el compromiso de reducir el déficit progresivamente, en los siguientes cuatro años, hasta eliminarlo en el 2003. Siendo entonces la coalición opositora, la Alianza fue colocada frente a la alternativa de rechazar esa ley y desencadenar así una ola de desconfianza e incertidumbre respecto de su política fiscal entre los inversores y acreedores (ya de por sí precavidos por el antecedente de la hiperinflación de 1989), o bien de apoyarla y convertirla en un objetivo del programa de gobierno, lo que implicaba atarse de manos en un terreno donde el peronismo había disfrutado de una muy amplia libertad. La Alianza se manifestó en bloque por la segunda opción, y esa unidad se mantuvo en los meses que siguieron a la elección de octubre, cuando se discutieron el presupuesto y las metas de ajuste fiscal en la nación y en las provincias para el año 2000, pero comenzó a resquebrajarse tras la asunción del mando, cuando el Ministerio de Economía lanzó un aumento de impuestos (basado en el incremento de las alícuotas de ganancias) y una seguidilla de nuevos recortes del gasto (que incluyeron, meses después, la reducción de salarios a los empleados públicos), obligado en parte por los condicionamientos que el peronismo impuso a los primeros ajustes, utilizando su mayoría en el Senado y favoreciendo a las provincias en su poder.

La estrechez del margen de maniobra del gobierno estuvo determinada también, en alguna medida, por los propios resultados electorales y por la distribución de los espacios institucionales. La Alianza superó holgadamente al PJ en la carrera presidencial y le arrebató la mayoría que tenía en la Cámara de Diputados.

Pero el Senado no cambió su composición y el cuadro a nivel provincial era francamente desfavorable para la coalición de gobierno. La Alianza sólo ganó en la ciudad de Buenos Aires y en seis gobernaciones (Entre Ríos y Mendoza, hasta entonces en manos del PJ; Catamarca, Chaco, Río Negro y Chubut), controlando muy parcialmente una séptima (San Juan, donde se impuso un frente provincial en el que la UCR y el Frepaso ocupaban un papel secundario), mientras que el peronismo gobernaba en catorce provincias, incluyendo tres que son decisivas: Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba (esta última arrebatada a la UCR por primera vez desde 1983). La Alianza tendría que lidiar, en suma, con una fuerza de oposición que seguía siendo potente a pesar de la derrota, y capaz de frenar o al menos de condicionar fuertemente las políticas de reforma que requirieran aprobación parlamentaria y el consenso de las provincias: algo muy distinto de lo que sucedió con Menem en 1989.

Las dificultades en el frente económico volcaron al nuevo gobierno a buscar logros compensatorios en otras áreas, como la lucha contra la corrupción, una mayor eficiencia en las políticas educativas y de empleo, y reformas en la Administración y en el Poder Judicial. Pero distintos factores actuaron para que estas iniciativas fracasaran o quedaran a medio camino. En primer lugar, la falta de los recursos necesarios, que en muchos de esos casos debían ser cuantiosos si se quería tener éxito. En segundo lugar, la falta de coordinación y control de las distintas áreas de gobierno y entre ellas, fruto en gran medida del deficiente funcionamiento de la coalición y de su incapacidad para crear consensos y aunar esfuerzos en pro de los programas a implementar. Este tipo de medidas de reforma requieren el uso intensivo de capacidades institucionales, recursos humanos y de gestión que no estaban disponibles en el sector público y que la Alianza no se había tomado el tiempo para preparar ni estaba en condiciones de improvisar.

Una prueba de ello la brinda el primer gabinete de De la Rúa, que en su composición reflejó bastante fielmente la heterogeneidad de la Alianza, y que nunca logró funcionar como una unidad articulada. Los ministerios, con excepción de Economía, que formó un equipo homogéneo y cohesionado, reprodujeron en su interior la yuxtaposición de representantes de las diversas fuerzas y facciones –defensores de orientaciones disímiles–, amplificando una tendencia al internismo que derivó al poco tiempo en inmovilismo. Además de las ya aludidas limitaciones de la figura presidencial para sintetizar y dinamizar a la coalición, también pesó en esto la pasmosa irrelevancia de la Jefatura de Gabinete. En el período anterior, como vimos, este organismo había contribuido a resolver algunos de los problemas de coordinación y control asociados a la reforma del estado. Ahora, cuando esta cuestión asumía un carácter aun más decisivo, la Jefatura de Gabinete se mostró absolutamente ineficaz, tan siquiera para trazar un mapa de la multitud de iniciativas que desde distintas reparticiones se lanzaron en esa dirección, y que en su gran mayoría no fueron más allá de los papeles. Esta ineficacia, evidentemente, no puede achacarse tan sólo a la Jefatura, ya que reflejaba el grado de dispersión y desarticulación que caracterizaba al conjunto de la gestión. Por último, los loables intentos de investigar los casos más resonantes de corrupción de la década menemista (intentos que no eran compartidos por un sector importante del radicalismo) fueron contrarrestados por el estallido de escándalos que involucraron a funcionarios del nuevo gobierno, en particular pertenecientes al Frepaso. Ello no sólo puso en evidencia la fragilidad de las convicciones morales y la torpeza, en algunos casos desesperante, de algunos de los funcionarios que la coalición había ubicado en puestos clave, sino también, nuevamente, el grave problema de descontrol y falta de cohesión, que amenazaba con hacer fracasar al gobierno en sus objetivos más esenciales.

Todos estos factores se combinaron en la crisis política desatada en agosto de 2000 a raíz de la denuncia del pago de sobornos que habrían hecho funcionarios de gobierno a senadores nacionales –tanto del PJ como de la UCR– con el propósito de lograr la aprobación de la reforma laboral. Al calor de esta crisis, el Vicepresidente Alvarez –quien se convirtió en el máximo impulsor de la investigación y reclamó renuncias tanto en el Senado como en el Ejecutivo– terminó enfrentado con el presidente De la Rúa, quien primero desestimó y luego buscó acotar el alcance del escándalo. A principios de octubre, De la Rúa intentó al mismo tiempo dar por terminada la cuestión y reforzar su autoridad, anunciando un recambio ministerial que reubicaba a figuras clave de su entorno (algunas de ellas involucradas en el affaire) y que desplazaba a ministros y secretarios poco confiables (el Jefe de Gabinete y el Ministro de Justicia, ambos de la UCR). A causa de ello, Alvarez renunció a la vicepresidencia y la coalición quedó al borde de la ruptura definitiva. De la Rúa logró así poner aún más distancia de los partidos y sus presiones, conformando un gabinete mucho más disciplinado que el anterior, pero al precio de un total aislamiento, que terminó por agravar los problemas que buscaba resolver.

Además de las dificultades propias de la fórmula de gobierno que veníamos analizando, intervinieron sin duda en esta crisis y en su desenlace factores más directamente asociados a los rasgos de los dos líderes en pugna –De la Rúa y Alvarez–, diferencias en el estilo de cada uno y en las expectativas que representan.

Estas diferencias no comprenden todas las áreas de gobierno (por ejemplo, como ya dijimos, en el terreno de las políticas económicas la disidencia entre ellos era bastante menor que la de ambos con Alfonsín). Tampoco constituyen a priori una razón suficiente para la ruptura. Pero se volvieron críticas cuando por la falta de resultados en la gestión contribuyeron a diluir la ya de por sí bastante difusa diferencia existente entre el gobierno de la Alianza y el anterior (como se puso en evidencia en el desacuerdo respecto de la investigación de casos de corrupción del pasado), y cuando el éxito o fracaso del gobierno pasó a evaluarse en un horizonte limitado, no en función de objetivos comunes, sino de aspiraciones antagónicas, nunca resueltas, entre los socios de la Alianza.

En el fuero íntimo de muchos radicales y sobre todo de los delarruistas, el Frepaso era el fruto pasajero de un accidente o de un error del propio radicalismo, que ya se había remediado. Debía convivirse con él mientras fuera necesario, pero no había por qué acostumbrarse a esa convivencia, ya que el Frepaso no sería eterno, y ni siquiera perdurable. La amplia derrota a Fernández Meijide en las elecciones internas y su fracaso como candidata a la gobernación de la Provincia de Buenos Aires –que dejó malherido al Frepaso– reforzaron esta convicción. El triunfo de Aníbal Ibarra en la ciudad de Buenos Aires, en abril de 2000, apenas si bastaría para compensar el flaco papel de los frepasistas en las funciones de gobierno. Además, el presidente y sus seguidores más cercanos entendían que en el ejercicio del gobierno no debía concederse demasiado a los partidos: a ninguno de ellos. En este sentido, a lo sumo, el Frepaso podía servir para equilibrar la presencia del aparato radical y de su líder “histórico”, Raúl Alfonsín, pero no debía darse demasiado crédito a sus propuestas y aspiraciones: De la Rúa debía gobernar solo (lo que algunos creían que era seguir las enseñanzas del anterior gobierno) y soportar las presiones de los legisladores y de las figuras secundarias de la coalición hasta tanto las políticas económicas comenzaran a dar resultados. Luego todo sería más fácil.

Por su parte, en el seno del Frepaso, y en particular entre los dirigentes provenientes del peronismo que rodeaban a Álvarez, se mantenía viva la idea original de una crisis inevitable e inminente de los partidos tradicionales, que el Frente debía ayudar a desencadenar y que afectaría al radicalismo tanto como al peronismo.

En función de este pronóstico, la Alianza no debía concebirse como coalición de partidos sino como superación del bipartidismo en decadencia: expresión de un movimiento transversal, transpartidario, que sustituiría la vieja política, corrupta, excluyente, impopular, por una “nueva política” regenerada. La persistencia de los hábitos de “convivencia” entre radicales y peronistas, que les permitía acordar la distribución de recursos y espacios institucionales en las provincias, los municipios y también en el Senado –donde las prácticas corruptas llegaron a niveles de sofisticación, extensión y “regularidad” que las asemejaba a los pactos mafiosos–, alentó en el Frepaso este espíritu regenerativo y antipartidario, muy difícilmente compatible con la participación en la Alianza y en su gobierno.





Reunión en la casa de Federico Polak --Libertador al 4600-- participaron Raúl Alfonsín, Fernando de la Rúa, Rodolfo Terragno, Mario Brodersohn y Federico Polak --por la UCR-- y Chacho Alvarez, Graciela Fernández Meijide, Alberto Flamarique y Dante Caputo --por el Frepaso--.






Fuente: “La Alianza: de la gloria del llano a la crisis de gobierno” por Marcos Novaro en “Tipos de presidencialismo y modos de gobierno en América Latina” de Jorge Lanzaro (Compilador), Colección Grupos de Trabajo de CLACSO, 2003.

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lunes, 29 de octubre de 2018

Raúl Alfonsín: "La moderación de un intransigente" (19 de octubre de 1972)


Ocho años atrás, Raúl Alfonsín, solicitaba, tras su cargo formal de vicepresidente segundo del bloque de diputados nacionales del radicalismo popular de real conductor de ese organismo del entonces oficialismo radical. Desde entonces, Alfonsín ha recorrido como un discípulo ejemplar todos los escalones necesarios para encarnar el rol que ahora pelea por obtener en la UCR, el de nuevo jefe. El domingo 7 de mayo, el mito de la paternidad política de Ricardo Balbín sobre su más aplicado discípulo desapareció. Ese día se enfrentaron –jefe y sucesor- en las urnas radicales de la provincia de Buenos Aires. Entonces 42 mil afiliados prefirieron al Chino frente a 27 mil que respaldaron al caudillo de Chascomus para dirigir el Comité Nacional. Apenas unas semanas atrás. Alfonsín había computado todas las alternativas posibles antes de lanzarse a un enfrentamiento, que por otro de los componentes que participarían en la empresa –los izquierdizados afiliados cordobeses- implicaba el riesgo de la división partidaria.

Hoy, en cambio, Alfonsín parece un hombre seguro de la victoria. “Mas que empatar, como usted dice, me parece que vamos ganando”, se ufanó el martes 10. Fue en la casa de su madre, un semipiso de clase media acomodada al 1600 de Santa Fe (refugio de Alfonsín cuando recala en Buenos Aires).

“No me saque con este”, advirtió al fotógrafo marcando la presencia de uno de sus hijos –con barba contundente- que rondaba la escena. Es que este hombre, que la juventud radical levanta como su bandera circunstancial, no puede, ni en broma, traspasar la barrera de la izquierda. No se molesta si lo comparan con George Mc Govern, el candidato demócrata norteamericano a la presidencia. “Los que lo dicen –se ríe- quieren darle una imagen progresista a Mc Govern y de paso vincularme con una figura probablemente perdedora.”

¿Qué piensa de los 10 puntos de Perón?

No creo que se deba participar en las propuestas de este gobierno para que sean fijados de antemano los límites de acción del futuro gobierno constitucional. El primer punto de ese documento, el más genérico, habla de la presencia y las ligazones establecidas en el país en el imperialismo “hemisférico”. ¿Por qué no se habla del capital europeo y su importante presencia en nuestra vida económica? De algún modo se da cierto crédito allí al supuesto plan pactista con apoyo de los inversores europeos.

¿Usted supone que el proceso esta de tal modo definido que no hay que generar diálogos con el gobierno?

La UCR no tiene nada que discutir con las Fuerzas Armadas. Será el gobierno elegido por la Constitución el que determine la nueva situación política.

Algunos correligionarios suyos observan preocupados el poderío militar que respalda posiciones enfrentadas con el programa que sustentan ustedes.

Frente a un poder que se computa en tanques y aviones hay que contemplar la perspectiva el desarrollo de las fuerzas políticas, su proyección al futuro. Se olvida que este proceso fue arrancado por el pueblo. Que es este proceso electoral tenía en sus comienzos, un solo nombre y apellido que luego debió ser postergado.

Esa suerte de plebiscito que usted propugna ¿llegara a producirse a pesar de la vigencia de la legislación represiva?

Creo que si. A pesar de ese vallado establecido para impedir la libre expresión popular, es posible que los argentinos construyamos una solución que nos permita llegar al gobierno, para después tomar el poder y realizar profundas transformaciones.

Pero lo que usted propone, ¿no es retroceder a las condiciones de 1966?

Paradójicamente, la revolución contra Illia generó una maduración política muy grande en el país.

Nosotros buscamos el desarrollo de una democracia real con el pueblo en la calle.

Entonces, las cosas van a cambiar en la Argentina.

Un alto oficial de las Fuerzas Armadas ha dicho que habrá elecciones aunque voten tres personas. Se asegura que ese militar podría ser el Comandante en Jefe del Ejército el 26 de mayo.

El comandante en jefe que suceda a Lanusse lo va a definir el próximo gobierno constitucional.

El programa de “reconstrucción nacional” de Perón propone dejar en manos del futuro gobierno la posibilidad de la amnistía a los guerrilleros presos. ¿Puede coincidir en eso con Perón?

Estamos de acuerdo. El Congreso es el único organismo constitucional que esta capacitado para dictaminar sobre el tema.

¿Usted cree que la cúpula de las instituciones militares puede modificarse de un plumazo?

No se olvide que si existe una institución con movilidad en la Argentina, esa es la militar.

El peronismo inclusive en sus sectores más duros, opina que usted sostiene una línea mas gorila que la que propugna Ricardo Balbín, ¿Le parece justo el cargo?

No, de ningún modo. El Radicalismo  y nuestro sector especialmente, no sostiene posiciones gorilas frente al Justicialismo. Pero eso no quiere decir que nos inclinamos demagógicamente ante él. Lo que no estamos dispuestos a producir a esta altura del proceso es una posición de tipo populista que resulta totalmente inadecuada para la Argentina.

Sin embargo, ciertas definiciones en el plano sindical de la plataforma de la UCR se dirigen contra el gremialismo peronista.

Proponemos, en realidad, el fortalecimiento de las estructuras federativas de los gremios y el respeto de la democracia sindical, en contra de los aparatos burocráticos.

Pero los hombres que se oponen a la conducción peronista en el campo gremial, como Antonio Scipione, apoyan a Balbín.

Scipione es un hombre que merece nuestro respeto todavía. El ha trabajado mucho en Olavarria y ha hecho su opción. Pero hay otros sindicalistas radicales que nos apoyan a nosotros.

¿Qué porvenir le espera al Frente de Izquierdas?

Todavía es difícil predecir las tácticas que van a emplear ciertos sectores del ENA. A ellos les faltan datos de la realidad, como nos faltan a nosotros.

Creo que la fórmula de la UCR puede ser una opción para la izquierda argentina.

Precisamente, en ciertos sectores de la izquierda se especula con la posible división del partido, si usted es derrotado. ¿Si pierde se va de la UCR?

Es indispensable mantener la unidad del partido. Nuestro movimiento es muy claro a ese respecto. Lo digo por la gente que esta más cercana a mí, y por otros con los que hemos coincidido luego para llegar a esta pelea no podrán llevarnos a la quiebra del radicalismo. Nuestra propuesta no se va a concretar en un día. A lo mejor se verifica en los años por venir.

¿Y si el candidato de la izquierda fuera Agustín Tosco?

Aun con Tosco en esa alternativa, seguiríamos siendo radicales y actuando dentro del partido, luchando por nuestra línea.

Pese a haber desarrollado una posición doctrinariamente izquierdizada, su sector no parece haber consolidado alianzas con otros alineamientos políticos, especialmente peronistas de izquierda.

Todavía no se ha conseguido superar ciertos resabios de totalitarismo en algunos de esos sectores más combativos. Nuestra eventual acción en el gobierno habrá de despertar inquietudes de los sectores del privilegio y entonces, frente a enemigos comunes, podremos tener solidaridad con todas aquellas tendencias que se enfrenten a esa misma estructura regiminosa.

¿Qué suerte le pronostica a Manrique?

En el último tramo, que siempre es el de las polarizaciones, el hombre va a perder terreno.

¿Cómo se va a definir el peronismo frente al proceso?

El peronismo tiene un pie en cada no de los cuatro proyectos políticos básicos que existen en la Argentina: el continuista, el desarrollista, el socialista y el de la liberación, donde participamos nosotros. Es difícil saber por cual va a optar.

En ese cuadro, ¿Qué significa el retorno de Perón?

El Justicialismo y su Jefe son inciertos e imprevisibles. Perón puede volver para acordar, como para patear el tablero. Realmente, en ese tema no se lo que puede pasar.

En medio de esa incertidumbre, ¿le parece que peligran los comicios?

Solo un insensato querría impedir la elección. Son los grandes intereses económicos los que buscan quebrar el proceso pero, de ningún modo, pueden bloquear el camino hacia las urnas.




Revista Panorama: "Los nuevos radicales"









Fuente: Revista Panorama: “Los nuevos Radicales”, Raúl Alfonsín: La moderación de un intransigente. o X, N° 286, 19 de octubre de 1972.

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sábado, 20 de octubre de 2018

José Bielicki: “Hay una tendencia a desvirtuar la trayectoria politica de Frondizi” (25 de septiembre de 2018)


Arturo Frondizi se afilió al Radicalismo en el año 1930, tras la caída de Hipólito Yrigoyen. Desde allí en más fue un luchador incansable en el partido y en las mejores causas que enlutaban las luchas democráticas en el mundo y la acusación a los gobiernos del fraude y la corrupción.

Existe una tendencia a desvirtuar la real trayectoria política del ex presidente Arturo Frondizi, tratando de borrar su vida, su militancia, aún con radicales que desconocen la historia.

Fue un gran protagonista de la creación del Movimiento de Intransigencia y Renovación, junto a Moisés Lebensohn, Gabriel Del Mazo, Crisólogo Larralde, Ricardo Balbín,Oscar Alende, Héctor Noblia y una pléyade de dirigentes jóvenes de todo el país. Integró el histórico bloque de los 44, Ricardo Balbín lo presidió y el fue vice presidente. En 1952, la fórmula radical fue Balbín-Frondizi. Presidió el Comité Nacional, en ese período se convoca en 1956 la Convención Nacional en Tucumán y elige la fórmula presidencial para el comicio de 1958, que ponía fin al gobierno de facto que destituyó al presidente Perón, son electos Arturo Frondizi y Alejandro Gómez. El triunfo del 28 de febrero de 1958 consagró a los candidatos de la Unión Cívica Radical Intransigente, asimismo concurre a los comicios de 1960 y 1962, como UCRI. El gabinete, los gobernadores, senadores y diputados son dirigentes radicales históricos y jóvenes surgidos de la Juventud partidaria. En el gabinete aparecen Gabriel Del Mazo, Héctor Noblia, Emilio Donato del Carril, David Blejer, Alfredo R. Vitolo, Alfredo Villar, Alfredo Allende. Los gobernadores, Horacio Guzmán, Celestino Gelsi, Américo García, Oscar Alende, Raúl Uranga, Silvestre Begnis, Ismael Amit, El “pibe” Domenicone, Ueltschi, Zanichelli. Osvaldo Alvarez Guerrero, Fernando Piragine Niveyro, entre otros.

La larga lista de los diputados nacionales es otro ejemplo de que se trato de un gobierno radical, me abstengo de enumerarlos, salvo de quien para mí, junto a De Mazo, fueron grandes maestros, Federico Fernández de Monjardín.

Las difíciles condiciones que sufrió el gobierno con 34 golpes, lo obligó a imposiciones para mantener la estabilidad a incorporar figuras no identificadas con el proyecto de desarrollo objeto de su gestión. Hay un penoso intento de borrar al gobierno radical, que fue llevado por un claro propósito de reconciliación y lanzar el proyecto más formidable de desarrollo. Fue un gobierno acompañado y convencido por los radicales que lo integraron y acompañaron al presidente Frondizi hasta el triste día de ser llevado prisionero a la Isla de Martín García.

Sí, fue un gobierno radical con un gran proyecto de desarrollo, frustrado.











Fuente: “Hay una tendencia a desvirtuar la trayectoria politica de Frondizi” por el ex Diputado Nacional y Secretario de Gobierno de la Municipalidad de Morón, Dr. José Bielicki, en Cartas al Pais del Diario Clarin, 25 de septiembre de 2018.

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viernes, 12 de octubre de 2018

Marcelo Tassara: "Las diferencias ideológicas entre el radicalismo y el peronismo” (22 de septiembre de 2008)

No tengo dudas que es uno de los temas que ineludiblemente tenemos que abordar si queremos realmente llevar adelante la recuperación de la Unión Cívica Radical.

Con bastante preocupación, en innumerables diálogos con militantes radicales llevados a cabo en los últimos años, salvo contadas excepciones, no he escuchado argumentos mínimamente fundados sobre cuales son las diferencias de pensamiento que nos separan del peronismo.

Tener que luchar contra tamaña fuerza movimientista sin tener en claro esto, es como ir a una guerra de última tecnología muñido de un arco y una flecha.

No tengo dudas que es una de las principales causas por las cuales de los veinticinco años de democracia que estamos por cumplir, diez y ocho el peronismo estuvo, y está, en el poder. El no contar con una militancia activa que pueda marcar elocuentemente las diferencias que nos separan de la doctrina justicialista, es una carencia determinante para el logro de un discurso opositor coherente y creíble. Siendo éste el primer paso que nos calificará para ser una ser una opción válida que nos permita retornar al poder.

No voy a hacer un estudio científico de tan vasto y complejo tema, me llevaría mucho tiempo y estoy convencido que desde la experiencia militante, y alguna que otra lectura, puedo hacer un aporte útil y necesario.

Ideas preliminares

Es común escuchar en el pensamiento del hombre común que el radicalismo y el peronismo son la misma cosa salvo que, puestos a gobernar, éstos saben hacerlo y nosotros no.

Que el peronismo sabe ejercer el poder y los radicales somos unos inútiles, que nunca hicimos nada cuando nos tocó gobernar.

Como toda aseveración popular esta ineptitud que nos endilgaron tiene algunos argumentos que son veraces y otros, en mi opinión un porcentaje muy alto, que son totalmente falaces, equivocados y hasta mal intencionados.

Esta creencia, sumada a dos gobiernos radicales que no terminaron su mandato –más allá de las razones que produjeron sus caídas-, hizo que ocurriera un hecho determinante para nuestro futuro como Nación, perdimos la batalla cultural. Nuestras ideas, nuestra visión de la vida, las instituciones, la cultura, la educación, la ciencia, el Estado, etc. fue dejada de lado por el pueblo argentino.

Hubo varias agrupaciones políticas que intentaron rescatar nuestro ideario, pero los fracasos y la falta de proyección nacional fue el resultado. Tal vez haga falta más tiempo y algunas de las hoy vigentes lo logren, pero hoy estamos en un período de transición.

El peronismo tiene una base electoral que ronda el cuarenta por ciento del electorado y un diez por ciento de votantes que según sus intereses particulares y corporativos le da su voto. Haciendo una interpretación muy simple, esto es el fiel reflejo de lo que los politólogos y cientistas sociales denominan POPULISMO. El voto de los más necesitados, cautivo del peronismo, sumado al diez por ciento de los más pudientes.

El voto de la otra mitad, el más difícil de conseguir, está atomizado en decenas de fórmulas poco serias y definitivamente oportunistas en su gran mayoría.

La derrota cultural, y política por supuesto, es tan profunda que uno de nuestros historiadores más conspicuos, de renombre internacional, como es Tulio Halperín Donghi aseverara:

“Ya me acostumbré a la idea de que la Argentina es peronista”

No intento en estos escritos el buscar culpables dentro de nuestro partido, en cuanto a que cuando se llega a una situación así, no sólo en política si no en toda actividad humana, las acciones propias, sin ninguna duda, estuvieron teñidas de errores, de malas interpretaciones, de discursos y conductas equivocadas.

Pero para intentar cambios alguna mención, sin dar nombres, voy a hacer. Si no es mucho más difícil encontrar la senda de la recuperación del partido.

En algún acto allá por mediados de los ochenta, se dijo que había “que peronizar el radicalismo”, lamentablemente estas palabras tuvieron una fuerza incontenible. La eficiencia con que lo hicimos fue magistral.

Tan determinante fue esta “peronización” que el pueblo no nos diferenció más. Ya lo he expresado en párrafos anteriores y en otros escritos preliminares con un poco más de precisión.

Copiamos todo lo malo del peronismo, pero nada de lo bueno. Su solidaridad para con el compañero, su espíritu de cuerpo usado en pos del bien común y el bienestar general, la mano extendida para ayudar al que está pasando un mal momento, etc., etc.

Sí copiamos: el manejo autoritario del poder, el espíritu faccioso (sumado a que ellos sólo lo ejercen para afuera, contra el adversario político, no con el correligionario-compañero), el desmembrarse con sesgo movimientista para ocupar espacios en cualquier lugar con tal de estar y cobrar un sueldo, la competencia en elecciones internas donde sólo se disputan cargos sin discutir ideas, modelos o proyectos diferentes, el hacer campañas sin contenido programático no proponiéndole al votante absolutamente nada, el continuar desde el gobierno modelos económicos ultraconservadores que nos condujeron al caos, etc.

Estos errores tuvieron que ver también con la importación de ideas pseudonovedosas de las socialdemocracias europeas, imposibles de adaptar a la cultura y nivel de desarrollo humano que tenemos en la Argentina. Además de dejar de lado, por pereza o desconocimiento, ideas pergeñadas por pensadores radicales que son muchos más adaptables a nuestra idiosincrasia, y políticamente mucho más democráticas y progresistas, que las mal copiadas por algunos intelectuales y cientistas políticos que poco tienen que ver con el radicalismo. Para dar un ejemplo concreto: Yrigoyen, Sabattini, Lebensohn, Balbín e Illia ya hablaban de democracia social hace muchas décadas atrás.

No se es un genio o un gran intelectual por invertir los términos y decir socialdemocracia.

Además Yrigoyen, Illia y el mismo Alvear, transformaron a la democracia social en algo concreto, tangible, de la mano de sus acciones de gobierno y sus conductas personales. No se quedaron sólo en la declamación discursiva o vacía de contenido.

Este fenómeno de la importación de ideas muy poco aplicables a la realidad nacional y a la doctrina radical, está íntimamente relacionado con las mentes colonizadas que, en general, exhiben nuestros líderes partidarios responsables de las grandes decisiones.

Éstos son poco afectos a la lectura y el estudio, sobre todo del pensamiento radical, y están alejados de la militancia al lado del pueblo. Para colmo se rodean de tecnócratas que les venden ideas de actualidad que poco tiene que ver con nuestra doctrina y, lo que es más grave aún, con nuestra forma de vida y con nuestra cultura. Este alejamiento de los problemas del hombre común los deslegitima absolutamente como dirigentes.

Los técnicos (sociólogos, politólogos, economistas, etc.) tiene que apoyar a los políticos –son muy útiles y necesarios-, pero somos nosotros los responsables de delinear el ideario partidario, así como las políticas públicas que van a incidir sobre el bienestar del ciudadano.

No estoy cerrado al advenimiento de nuevas ideas, por favor no lo interpreten así, pero éstas hay que debatirlas y ponerlas al alcance de los militantes en reuniones de comités, convenciones provinciales, nacionales; así como en los plenarios de todos los comités distritales, para seleccionar y discernir cuales se adaptan al radicalismo y cuales no.

¿Cuántos años hace que no tenemos debates de este tipo?

Un partido político sin debate es una entelequia, una organización vacía de contenido, algo que no existe, la creación de algún interés trasnochado.

Don Hipólito Yrigoyen, al que muy pocos correligionarios conocen con algo de profundidad, tenía una frase que resume, y reemplaza, cualquier delirio intelectual pseudoprogresista:

“La democracia no consiste sólo en la garantía de la libertad política; entraña a la vez la posibilidad para todos de poder alcanzar un mínimo de felicidad siquiera”

Además uno de los méritos de Don Hipólito, fue que vivió de la misma forma que actuó en política, materia en la cual los radicales posmodernos tenemos un débito importante.

Durante muchos años se alejó de la vida política y se dedicó a trabajar duramente, lo que le permitió acumular ahorros a los que acudió luego para poder hacer política sin tener que depender de ayudas corporativas. En resumen todo lo dio por la Causa, muy diferente es lo que ocurre hoy.

No existen líderes peronistas que puedan exhibir conductas similares, no hay dirigentes de esa extracción que conduzcan desde la autoridad y no desde el autoritarismo. Obligar a ir a un ciudadano a un acto público pagándole, o dándole la dádiva que sea, es un gesto de un profundo autoritarismo.

Es preferible no analizar el mismo suceso autoritario pero ligado al voto, no resiste la consideración desde ningún lugar del pensamiento democrático.

Estas eran las cosas que a simple vista nos diferenciaban del Régimen. En próximas entregas voy a hilar un poco más fino, a hacer análisis más minuciosos sobre este tema apasionante y determinante para nuestro futuro como partido.

Caiga quién caiga

Es un excelente momento para volver sobre el tema.

La crisis económica que aqueja al planeta está poniendo en evidencia cuán autoritarios, y lo que es más grave irresponsables, pueden ser los peronistas en el poder.
Si uno escucha a cualquiera de los líderes sindicales peronistas, que son la mayoría, va encontrarse con este discurso: “Primero la Patria, después el movimiento y por último los hombres”. Es decir que para ellos el Hombre es el último que tiene que beneficiarse con las políticas sindicales, sociales, de gobierno o de Estado.

Hoy esto que parece algo banal, lo vemos claramente reflejado en sus acciones de gobierno.

Si hay que mentir con los datos del INDEC no hay que dudar un minuto, más allá del descrédito internacional y la burla al pueblo que esta desnaturalización conlleva.

Si lo que se necesita es avanzar sobre los fondos de la ANSES porque el país no tiene acceso al crédito internacional, no hay que titubear un segundo, los ahorros de los jubilados que se hubieran podido usar, por ejemplo, para darles un haber digno, los usan para otros propósitos.

Si hay que cambiar las fechas de las elecciones nacionales, más allá de que es una práctica muy común de todos los que están y estuvieron en el poder en la Argentina, para sacar alguna ventaja partidaria, hagámoslo sin vacilar.

Si lo que se necesita es volar una ciudad para encubrir una prueba por el delito de vender armas a un país latinoamericano como Ecuador, perjudicando a otro país con altas relaciones de hermandad histórica como Perú, hay que hacerlo sin pensar un segundo. Agravado todo porque la Argentina era garante de la paz entre estas dos naciones.

Si las pruebas de los atentados contra la embajada de Israel y la AMIA, donde murieron cientos de personas, hay que borrarlas con la mayor impunidad y sin ningún miramiento ético, es necesario hacerlo por cuestiones de Estado.

Si lo que se necesita es comprar periodistas, medios gráficos, televisivos, radiales o del género que sea para tener menos críticas que mellen el poder, no hay que tener ningún escrúpulo al respecto. Y si hay que cerrarlo, como en los primeros gobiernos peronistas, también vale.

Podríamos escribir un libro con hechos políticos e históricos que relatan la falta total de escrúpulos con que el oficialismo peronista se manejó, y se maneja, en el poder.

La raíz ideológica hegeliana como punto de partida

Esta forma de accionar política sin ninguna duda está fuertemente sostenida, por no decir totalmente sostenida, por el sustento hegeliano que tiene ideológicamente el peronismo.

Releyendo un viejo libro, El Mito del Estado de Ernst Cassirer, donde el autor habla de la influencia de Hegel en el pensamiento político moderno, Cassirer describe con una gran erudición lo nefasto que fue este filósofo para el pueblo que tuvo que sufrir las consecuencias de su pensamiento puesto en acción.

Dí con este libro porque, en mi curiosidad por bucear en el pensamiento de nuestros grandes hombres; sé que Don Arturo Illia lo tenía como uno de sus libros de cabecera y lo leía y releía. Si la Argentina tuvo un gobernante que fue democrático y republicano, ese fue Don Arturo, que transcurrido más de un cuarto de siglo de fallecido, nos sigue iluminando hasta con sus viejas lecturas.

Dice Cassirer de Hegel: “Era un conservador que defendía el poder de la tradición […] No reconoce otro orden ético por encima del que aparece en la costumbre”
Los liberales alemanes consideraban el sistema hegeliano como el más firme baluarte de la reacción política.

Schopenhauer, su opuesto filosófico, veía al sistema metafísico hegeliano como algo indigno y totalmente falto de escrúpulos.

Hegel rechazaba todo ideal “humanitario”, para él no había actos “egoístas y actos “altruistas” sólo era importante el interés personal, fue el antecesor de Nietzche en todo lo que se llamó teorizar sobre “inmoralismo”.

No lo asustaba el sacro egoísmo, concepto que desarrolló con fina agudeza, y que luego fue tan decisivo y desastroso en la vida política moderna.

Desarrolló un culto al héroe, muy relacionado con el culto al Estado, donde el héroe tenía que tener como única virtud el lograr, y mantener, el poder. Su egoísmo, egocentrismo y carencia de escrúpulos eran los motores de la historia.

La psicopatía que sufrían muchos de los dictadores que sometieron a la humanidad, era cosa de, según Hegel dice en su Filosofía del Derecho: “[…] psicólogos lacayos, para quienes ningún hombre es héroe, y no porque no haya héroes, sino porque ellos mismos no son más que lacayos”.

Los líderes peronistas desde Perón a Kirchner, dan cuenta exacta sobre el culto al héroe que Hegel pergeñó.

He conocido a militantes peronistas que tenían grupos de estudio, donde docentes universitarios de filosofía leían a Hegel traduciéndolo directamente del alemán.
Nuestra señora Presidente de la Nación declaró en un congreso de filosofía que ella abrazaba la filosofía hegeliana, a pesar que el filósofo alemán había tratado muy mal a las mujeres en sus escritos.

Pero no sólo el peronismo abrevó en Hegel, grupos de nuestra más alta estirpe conservadora se relacionaron con reuniones donde se analizaba, y estudiaba en profundidad, el pensamiento hegeliano. Muchos de los más conspicuos dirigentes de la desaparecida UCéDe (Unión del Centro Democrático), con la ingeniera María Julia Alsogaray a la cabeza, fueron partícipes de aquellos encuentros.









Fuente: “Las diferencias ideológicas entre el radicalismo y el peronismo” Parte I y II de Marcelo Tassara en su blog “La Union Civica Radical vuelve al Pensamiento”, 22 de septiembre de 2008.

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jueves, 4 de octubre de 2018

Franja Morada: "El 14 de mayo y la Universidad" (14 de marzo de 1989)

El 14 de mayo de 1989 constituye un hito en la historia argentina.

Después de 60 años de frustraciones, un presidente electo por el pueblo, entrega el mando constitucional, a otro presidente también elegido de manera soberana.

Será sin duda un día de definiciones, de reflexión y expectativa.

Pero también de responsabilidad. Ese día nos jugamos la posibilidad participativa. En paz, en liberta y en democracia.

Faltan 60 días para concretar aquello por la que lucharon durante 60 años muchas generaciones de argentinos.

60 días para que luego de 60 años rompamos con el nefasto circulo de gobiernos constitucionales y dictaduras.

60 días para que luego de 60 años podamos estar seguros de que se puede construir la Argentina que queremos y merecemos.

Llegamos a esta elección, con el gobierno de Raúl Alfonsín garantizamos el pluralismo, el respeto, la libertad, la justicia y haciendo de la democracia su bandera por excelencia.

Un gobierno que juzgó y encarceló a las responsables de la muerte y el dolor de nuestro pueblo. Cualquiera fuese su concepción política.

Un gobierno que logró recuperar el lugar de la Argentina en el mundo, presentando con firmeza su voz ante las potencias y solidarizándose con los hermanos latinoamericanos. En suma un gobierno de paz, un gobierno de la vida.

Pero no podemos dejar pasar por alto que también nos equivocamos. La magnitud de la crisis económica que recibimos no pudo ser superado por completo y constituye hoy uno de los principales problemas a resolver por el próximo gobierno.

No nos conformamos. Nuestra condición de jóvenes radicales nos exige ser críticos, pero nuestra critica es constructiva y responsable con eso hoy a 60 días después después de 60 años nuestra fuerza es mayor que en el ’83 por que los jóvenes democráticos no queremos regalar nuestro futuro.

En 1983 empezamos a ser protagonistas. Nuestro lugar de trabajo concreto fue la Universidad.

Una Universidad que al igual que el país estaba inmersa en una corrupción moral y administrativa. Sin concursos ni investigación científica; con uno de los peores niveles de excelencia de su historia autoritaria y ciega. Una Universidad acrítica que a manera de “Enseñadero” otorgaba “Títulos” a los hijos de aquellas familias que podían pagarla.

En suma, una universidad para pocos, en un país destruido y en ruinas.

En 1983 la democracia llego también a la Universidad. Empezamos de a poco pero con paso firme a construir un espacio de debate y participación. Recuperamos la autonomía y el Cogobierno la participación de los claustros dejo de ser un sueño y se constituyo en la práctica cotidiana para el despegue universitario.

Trabajamos siempre con el objetivo de garantizar un excelente nivel académico, pero sin perder de vista la permanente búsqueda de la igualdad de oportunidades.

La investigación volvió a la universidad después de mucho tiempo, la planificación de la política científica y tecnológica fue también un motivo de trabajo constante.

También es necesario que asumamos que no hemos podido avanzar, demasiado en la tarea de desarticular la estructura corporativa de esta universidad, lo cual constituye uno de los principales obstáculos en cuanto o lo construcción de un  modelo mas dinámico y flexible.

Pero estarnos seguros de que lo permanencia de la autonomía y el cogobierno garantizaran el clima de libertad y pluralismo, necesario para desarrollar la creatividad y la imaginación, que nos permitirán ir sorteando las obstáculos que se nos presenten en el camino de a construcción de la Universidad que queremos.

Sabemos también que para evaluar lo calidad de un modelo es necesario contraponerlo o otro, y en el marco de la realidad es indudable que el modelo o contraponer es el de la Universidad Peronista.

Resulta absolutamente cierto que las diferencias son esenciales y tienen que ver con los disímiles concepciones sobre la vida. No cabe duda que ante una visión autoritaria del comportamiento social, su correlato universitario tiene similares características. Concepción autoritario del peronismo que no ha cambiado a lo largo de los años.

Un modelo universitario que contempla la intervención que reniega de los concursos, que no considera esencial la libertad para desarrollar la investigación, que descree del cogobierno como forma de conducir la universidad, que proscribe los centros de estudiantes, que discrimina ideológicamente, que concibe a la universidad como una estructura en la cual sus integrantes son mudos testigos de la lucha entre grupos de signos ideológicos contrarios como a los Montoneros y la Triple A. esa universidad no puede pretender de manera laguna ser el motor que posibilite la mejora social, ni tampoco puede ser utilizada como una herramienta valida para lograr el despegue de un país que se halla a las puertas de un nuevo siglo y mucho menos puede ese modelo armonizarse con nuestra concepción pluralista de la vida.

De toda esta concepción autoritaria ha hecho profesión de fe el peronismo.

Sabemos que siempre hay tiempo paro rectificar errores, pero si tenemos en cuento que en la actualidad en la Universidad Provincial de La Rioja. Que depende del Gobierno de Carlos Saúl Menem, están prohibidos los centros de estudiantes, no impera la autonomía y no existe esa síntesis de democracia universitaria que es el cogobierno tenemos el derecho o preguntarnos con honda preocupación ¿Si Carlos Saúl Menem avasalló lo autonomía universitaria en la Rioja el peronismo no lo hará en todo el país, en caso de ser gobierno?

Nosotros queremos una universidad que busque la más alta calidad de la enseñanza, con participación estudiantil en su gobierno. Que garantice la investigación y el pluralismo académico, con docentes electos por concurso, que incorpore nuevas tecnologías y fundamentalmente una universidad que, comprometida con la democracia y el proyecto de transformación que iniciamos en 1983, forme profesionales idóneos que sirvan a la sociedad y colaboren en la construcción de un país más justo y mas libre.

Queremos hacerlo en paz, en libertad y en democracia. Estamos convencidos de que solo en el ejercicio de nuestros derechos democráticos, podremos superarnos.

El 14 de mayo no podemos volver al pasado. El 14 de mayo nos jugamos el FUTURO.
Eduardo Angeloz quien en Córdoba, aumento en cifras muy significativas, el presupuesto educativo, que garantiza que en la Universidad de Córdoba exista la más amplia libertad y democracia, es hoy el candidato de nuestro partido y tendrá sin dudas la mayoría de los votos de la comunidad Universitaria de todo el país.

 14 DE MAYO POR LA VIDA

14 DE MARZO DE 1989 CAPITAL FEDERAL











Fuente: “El 14 de mayo y la Universidad” Declaración de la Franja Morada en apoyo a la candidatura de Eduardo Angeloz y José Manuel Casella, 14 de marzo de 1989.

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viernes, 28 de septiembre de 2018

Martin Dip: "La gestacion de La Multipartidaria" (2014)

Así fue que Balbín fue promoviendo reuniones reservadas con los principales dirigentes de dichos partidos. Para evitar posibles represalias del gobierno de facto, esos encuentros se efectuaban en el estudio jurídico ofrecido por su hermano Armando, ubicado en la calle Rivadavia, el que además tenía la ventaja de una salida veloz por Avenida de Mayo en caso de alguna "emergencia indeseable".

Demás esta señalar el riesgo al que se exponía el Dr. Armando Balbín al permitir estas actividades en su propio estudio, en momento en que los personeros de la dictadura hacían estallar con bombas y me- trallas los locales de las agrupaciones sospechadas de colaborar con el "terrorismo" como ellos denominaban a todos aquellos que se oponían al régimen militar.

Es mas, Armando hasta se ocupaba que no escaseara el café y, a veces, algunas medialunas que devorábamos cuando los encuentros se prolongaban.

Unidos en un esfuerzo común ante ese enemigo de la democracia que venia arrasando los derechos humanos, hicimos algunas reuniones donde se expusieron distintas valoraciones de la emergencia y se sondearon las posibilidades existentes para implementar un plan de acción. Pero la coincidencia no aparecía. Los enfoques se compartían en general en cuanto a describir la situación que se atravesaba. No así las alternativas planteadas.

Y en el curso de esas reuniones aconteció un episodio que nos golpeo a todos.

El líder de la Democracia Progresista venia participando activa- mente de nuestras reuniones, especialmente invitado por el Dr. Ricardo Balbín.

En ellas no solo hacia llegar sus palabras de condena al régimen militar "usurpador del poder civil", si no que también manifestaba su entusiasmo y aportes para "enfrentar el oprobio que sufría la Republica".

Nuestra satisfacción por la presencia del Dr. Rafael Martínez Raymonda se desmorono literal mente cuando no apareció en la reunión mas significativa, en la que probablemente se iban a decidir acciones concretas.

Vencida en exceso la hora de iniciación programada y ante nuestro visible malestar por falta de información, el Dr. Balbín encargo a su hermano Armando la urgente búsqueda del "Rafa" Martínez Raymonda, ya que no había hecho llegar aviso ni mensaje alguno.

Después de un cuarto de hora de infructuosos intentos, Armando informo la falta de resultados, dejándonos a todos perplejos y a la vez muy preocupados, en particular a Balbín, que no pudo disimular del todo su fastidio.

La reunión siguió su curso, sin embargo, y como en ella se mantenía la falta de acuerdo para un accionar mancomunado, con mis colegas del Intransigente, el Desarrollismo y el Socialismo, adoptamos un criterio practico: que sean los representantes de los dos partidos mayores del conclave: el Partido Justicialista y la Unión Cívica Radical, quienes se reunieran a solas y encontraran un camino de coincidencias para la acción.

Como designado para ello, me dirigí directamente al Dr. Balbín y al Escribano Bittel, rogándoles que entre ambos y a solas deliberaran para traer a la mesa una propuesta unificada, en la seguridad que nosotros la asumiríamos como propia. Propusimos para ello un cuarto intermedio de 3 días, Bittel y Balbín se miraron, y con un gesto aceptaron la propuesta.

Al cabo de dicho plazo volvimos a las oficinas de Armando con la esperanzada expectativa de alcanzar al fin el tan buscado acuerdo que nos pondría a todos bajo la misma estrategia para enfrentar una dicta- dura cruel y henchida de soberbia.

Ya ubicados todos en torno al escritorio del Dr. Ricardo Balbín, comenzó la reunión como cuando se cumple un minuto de silencio: nadie hablaba, ni siquiera quienes debían hacerlo, o sea, el propio Balbín o el Escribano Bittel.

Entonces, muy ansioso, tome la palabra y les pedí a ambos lideres que nos informaran respecto al acuerdo al que habían llegado.

El Jefe del radicalismo con expresión austera y fría dijo "yo no tengo nada para informar" y se quedo en silencio. El presidente justicialista, casi como disculpándose, dio una similar respuesta.

Nosotros quedamos anonadados, casi sin entender lo que habíamos escuchado.

Era evidente: el final de las reuniones había llegado. Al no haber entendimiento entre los dos grandes partidos luego de varios intentos, era inútil insistir con los encuentros.

Pero ese frustrante desenlace todavía se convertiría en algo mas amargo ante la sorpresa de que el líder de la Democracia Progresista Rafael Martínez Raymonda había reaparecido como hombre ahora plegado a las filas de la dictadura militar, que como premio le había concedido una Embajada en la Republica de Italia.

Pero ese fracaso, sin embargo, no seria tal, ya que poco tiempo después se convertiría en la génesis de uno de los procesos cívicos y políticos mas importante de la historia del siglo XX, como se vera.

Pocos días después del cierre de las reuniones reservadas, recibí un llamado de parte del Dr. Balbín para un encuentro a solas en su oficina. Concurrí prestamente como quien no se resignaba al quiebre de toda esperanza. Armando volvió a recibirme como siempre con palabras de aliento no exentas de algunas palmaditas, y me puso enfrente de su hermano Ricardo.

"Vea Dip, se que ustedes han quedado con la sensación de que les he fallado. Pero créame, no ha sido así"

La voz del líder radical sonaba grave. En tanto que su mirada detrás de unos anteojos clásicos parecía dominada por el enojo.

"Con el Peronismo íbamos bien hasta que me junte con Bittel para caminar juntos en el trato que le dariamos a este gobierno para empujarlos a que se vayan".

"Pero ahí surgieron las diferencias, graves diferencias", prosiguió mirándome intensamente. "Yo no quiero que aumenten los atropellos y los muertos, que sigan desapareciendo chicos, sino que paremos esta locura de estos militares que han enloquecido y no admiten volver a la racionalidad".

"Los Peronistas creen que hay que oponerles una dura resistencia en todos los niveles posibles hasta obligarlos a retroceder. Y yo creo Dip que para el los eso equivale a una rendición, y eso, en lugar de achicarlos, les arrimara un pretexto mas para endurecer la represión, con mas sangre, con mas dolor"

"Algunos sondeos que pude hacer con gente de "adentro" proclive al dialogo, no han hecho mas que reafirmarme en este temor", continuo, "pero Bittel y su gente no lo ven así".

"Esta diferencia entre nuestros dos partidos nos ha colocado en una encrucijada y nos ha despistado a todos. Esto lo veo y me angustia", agrego con una emoción que su habitual serenidad apenas pudo disimular.

"Por eso he pensado en una alternativa que yo y mis amigos en el partido consideramos viable para romper esta parálisis", concluyo para entrar de inmediato a explicarme cual era la idea, ahora con un gesto mas animado.

"Estimamos Dip que no hay mejor reacción para enfrentar este escenario demencial que hacer una gran convocatoria a toda la civilidad. No solo a los partidos, sino también a todas las organizaciones productivas y del trabajo, como así a las instituciones de bien publico".

"La consigna debe ser el retorno a la democracia y a la Constitución. No la derrota del gobierno militar". Y continuo: "Así planteado los objetivos, será mas fácil la participación de esos sectores, y menos peligrosa la acción de nuestros partidos", termino mientras apoyaba sus codos en el escritorio para mirarme fijamente.

Desde los tiempos en que Balbín se dio un publico y calido abrazo con Perón, sellando una reconciliación esperada por la mayoría de los argentinos, y a partir de aquel emocionante gesto que tuvo con el mismo Perón al pronunciar ante sus restos esa frase que resonó en todo los rincones del país: "Un viejo adversario viene a despedir a un amigo", yo sentía por "Don Ricardo" un respeto que se asemeja a un sentimiento de admiración.

Aunque ese sentimiento estaba intacto, no incidió para que yo encontrara realmente valiosa la iniciativa de la convocatoria que me había confiado.

Y así se lo hice saber. Es más, poniéndole un toque de honesto entusiasmo a la propuesta e instándolo a que no demorara su puesta en marcha.

"Bueno Dip, me alegra que Usted lo viera bien. Comenzaremos la ronda con los partidos y, si hay mayoría, echaremos las bases para concertar una asamblea plenaria".

Ya instalado en los aspectos prácticos, me adelanto que su primera visita iba a ser a mi agrupación demócrata cristiana. Yo agradecí el gesto pero disentí con prudencia.

"Me parece Doctor que por no estar entre los partidos mas grandes, no debiera ser el nuestro a quienes ustedes visiten primero, si no al Justicialismo"

"Vea Dr. Dip, el espíritu del encuentro debe ser que todos seamos iguales, y que todos participemos en el con la misma capacidad de decisión."

Hizo una pausa, y ahora con un sesgo entre picaresco e irónico, agrego: "Además, nadie podrá sentirse menoscabado, ya que la ronda de conversaciones se hará siguiendo el orden alfabético de los partidos. Y ahí ustedes, como Democracia Cristiana, son los primeros."

Tuve nomás la doble satisfacción de recibir en nuestro local partidario la primera visita que hizo el radicalismo y que ella fuera la que inaugurara la flamante convergencia política.

Y así fue como el Dr. Balbín destrabo el intringulis que se había armado entre su agrupación y el Peronismo, y habilito un camino al que pudieron volcarse todos los partidos para comenzar el tiempo de la recuperación de la democracia, la paz y las instituciones.

Allí nació la Multipartidaria Nacional, después convertida en la Multisectorial.

Como afluentes de un río que comenzó tímidamente y después se torno vigoroso e imparable, fueron arribando a la gran Convocatoria las expresiones políticas, gremiales, religiosas, empresariales, del campo, de la ciencia y del saber, de las universidades y de la cultura, de todo el país.

Tuvo incluso su replica entusiasta en las provincias, tanto del centro como del norte y sud de la republica, con creciente resonancia en los medios de prensa, tanto nacionales como internacionales.

Y sus voces empezaron a sonar como coros plenos de armonía en la unanimidad de sus proclamas vibrantes en el reclamo de libertad, desarrollo solidario, justicia y democracia plena.

Pero quien fuera el inspirador y autor de la convergencia demandada por los argentinos no llego a verla plasmada en su realización.

La muerte, esa señora irrefutable e inoportuna, le cerro antes sus ojos.

El duelo que nos produjo a los argentinos se vio en buena parte atenuado por la pronta y eficiente conducción del proceso multisectorial por parte de los dirigentes que habían acompañado a Don Ricardo Balbín en su gestión.

El doctor Balbín, "Don Ricardo", ya estaba afectado seriamente en su salud, pero eso no le impidió comprometer el tremendo esfuerzo que realizo para reunir a las fuerzas políticas en torno al imperioso objetivo de frenar la sangrienta represión desatada por la dictadura militar y lograr el retorno de las instituciones mediante la vigencia de la democracia y la voluntad popular.

Lanzada con éxito la iniciativa, que rápidamente comenzó a concretarse con nuestro entusiasta v decidido apoyo, la vida del líder radical se apago rápidamente, ante el generalizado dolor de una ciudadanía que no comprendía su injusto y apresurado final.

Pero la semilla que lanzo ya estaba germinando, pues tanto el Justicialismo como el Radicalismo y los demás partidos participantes levan- tamos juntos el desafío y lo llevamos a su concreción, que no era otro que la Multipartidaria Nacional, que obro como palanca para desalojar del poder a los usurpadores, aunque con la triste y dolorosa ayuda del fracaso de la aventura militar en la recuperación de las islas Malvinas.






El presidente de la UCR, Carlos Contín, en la sede del Comité Nacioanl durante el acto en el que descubrió un busto el del Dr. Balbín; a la izquierda la viuda del extinto líder radical, Indalia Ponzetti de Balbin, 1982.







Fuente: “La gestacion de La Multipartidaria: La "Jabonería" de Armando Balbín”. En Entre Dos Fuegos “Grandezas y Miserias en la Politica Argentina de Martin Dip, Editorial Dunken, 2014.

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