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sábado, 9 de noviembre de 2019

Eduardo R. Vaccaro: “El Radicalismo y la Revolución: Alrededor de las ideas económicas y sociales de Carlos M. Noel” (marzo de 1948)

Eran los últimos días del año 1930. Carlos Noel acababa de llegar de Europa.

Traía una visión bastante certera de la situación del viejo mundo y una gran decepción con respecto al futuro del continente. A poco de llegar, un ataque de ciática le postró en cama por unas semanas. Acudieron los amigos. Se habló de política. En torno al lecho del enfermo, Honorio Pueyrredón, nos decía su optimismo con palabra vibrante; Adolfo Guemes, prudente y circunspecto, ponía su frase decisiva o contaba una anécdota; y entre los jóvenes, Cesar Guillot.

El tema palpitante era el porvenir del partido y no faltó quien trajera confidencialmente la noticia acerca de los próximos comicios bonaerenses. Se hicieron nombres, se discutieron, se sopesaron, mientras el enfermo sonreía afablemente.

Al fin habló Noel. Nos dijo que el partido al organizarse debía hacerlo sobre nuevos principios y no a base de nombres; que era necesario reconstruir con los materiales viejos, la obra nueva. La continuidad debía ser solamente ideal y simbólica, pero dándole al partido un contenido y una estructura concreta. Había que contemplar con urgencia los problemas económicos y sociales y redactar un programa que satisficiera los reclamos de los trabajadores, cuyo rumor se sentía subir desde abajo. A una revolución sin ideales, había que responder con un partido pletórico de juventud y de ideas. Había que examinar el pensamiento de Yrigoyen y serle fiel en las ideas como se le seguía siendo fiel, políticamente en la adversidad.

Pero el radicalismo para reencontrar a las masas debía primeramente reflexionar sobre si mismo, sobre su propio destino que no podía ser meramente político, sino ante todo, social. Y su consejo final fue para los jóvenes, el de ponernos a estudiar. Así lo hicimos y así nos reunimos varias veces a disputar sobre política y sociología, un grupo de correligionarios jóvenes que después la vida iba a lanzar por caminos distintos.

HECHOS E IDEAS ha rendido justicia a los nobles propósitos e ideales que animaron la vida del doctor Noel, en una reciente publicación.

Este articulo no lleva otro fin que el de ratificar tan justiciero homenaje, colaborando en la interpretación de sus ideas, muchas de las cuales ha encontrado su realización en virtud del movimiento revolucionario que terminó con una etapa de nuestra historia.

I

LA NUEVA POLITICA

La primera definición sobre la “nueva política” se concretó en la conferencia de Noel, en el teatro San Martín el 1° de mayo de 1932.

En ella Noel abogó porque el partido estuviera al servicio de las demandas fundamentales que los nuevos tiempos imponían. Explicó los principios que hacían necesaria una economía dirigida para que la riqueza prodigara sus beneficios a toda la sociedad. Y valientemente afirmó que la “economía dirigida” supone la aceptación de nuevos principios básicos y a la vez la creación de nuevas instituciones susceptibles de responder a los fines que con ella proponemos alcanzar, fines que, en esencia pueden resumirse así: asegurar a la humanidad una prosperidad general durable y creciente, conservando en la mayor medida posible las prerrogativas que se refieren al principio jurídico de la propiedad individual. Defendió la participación de los trabajadores en las ganancias y recomendó “legislar para que pueda hacerse efectivo el derecho que asiste al trabajador para entrar paulatinamente en la participación proporcional que le corresponde de esos capitales que fecunda con su esfuerzo diario”.

Y he aquí el resultado que debía esperarse: “que lo anormal sea, en la nueva organización argentina, la gran fortuna o la miseria”.

Por primera vez desde el 6 de septiembre de 1930 se opone, a una revolución sensual y puramente política, la necesidad de una revolución económica y “realmente creadora, que evite los peligros del motín y de la guerra civil”.

El discurso fue interrumpido varias veces y no agradó a todo el mundo. Entre los que aplaudían y los que protestaban se esbozó de nuevo una profunda división que solo la adversidad común impidió que se concretara. Un orador intentó refutar los conceptos de Noel, mientras en los pasillos continuaba la discusión y los llamados a la unidad.

La conferencia de Noel pronunciada en Mendoza, el “Plan de acción político económico de la U.C.R.” y el “Proyecto de creación de un Consejo Económico Nacional” definen, entre otros, la doctrina sustentada por el ex presidente de la Cámara de Diputados.

II

LA DOCTRINA

La crisis que había estallado en los Estados Unidos en 1929 tuvo repercusiones de carácter mundial provocando en casi todos los países una honda conmoción social. Las tentativas para reactivar las fuentes de la economía en cada país, tuvieron distintas expresiones y entre nosotros produjeron, en cierta medida, el planteamiento de las cuestiones fundamentales acerca del porvenir del capitalismo y de la distribución del trabajo.

El infraconsumo, la desocupación, la estrechez, la baja de salarios, la venta de la cosecha a precios insignificantes, la celebración de tratados que nos colocaban en situación semejante a una colonia europea, fueron calamidades públicas que nos pusieron muy cerca de la ignominia. Mientras la política exterior era de una servitud bochornosa, la política interior era de corrupción y desorden.

El fraude envenenaba las conciencias y el Instituto Movilizador se hacia cargo de los grandes deudores.

Proliferaron las juntas y en cierta medida tuvimos una economía dirigida. Pero ¿Cuál era el objeto? ¿Acaso salvar al país? La historia ha de señalar el periodo que va de 1930 a 1943 como uno de los más representativos de los esfuerzos de una oligarquía ansiosa de recuperarse y ciega, hasta el punto de creer en la posibilidad indefinida de la continuidad del fraude al cual estaba ligado su propio destino.

Tan ciega estaba aun en 1943 que, lejos de despertar, creyó posible empalmar con la revolución y continuar gobernando.

-El radicalismo es invencible, había dicho un ministro del interior, pero sus jefes, no-. Se especulaba con la sensualidad o con la necesidad de los hombres que estaban al frente de un movimiento que abarcaba todo el país y que congregaba la mayoría del pueblo.
Noel había visto el peligro y quiso darle al movimiento una ideología que sólo vagamente se había diseñado. El partido debía tener un programa que no fuera puramente político sino sobre todo económico.

La verdad electoral, la lucha contra el fraude, no era sino una lucha por las formas. Otra mas intenso debía comenzar. La conquista de la pureza electoral era la búsqueda de un camino. De un camino para llegar a una meta. La meta era la reactivación económica de la nación y la justicia social.

Quebrado para siempre el liberalismo económico, el partido radical debía intentar la realización de un programa que levantara el nivel de las masas trabajadoras, debía intervenir y fijar los limites de los derechos del capital para conciliarlos con los del obrero, debía dar al trabajador una mayor responsabilidad en la marcha de los asuntos relacionados con sus tareas y poner limites al discrecionalismo en la materia de previsión y de salarios. Pero debería tratar de que se respetara la liberad individual. “El problema-había dicho Pierre Lucius en 1933- que se nos presenta y que no sabríamos eludir es el de la concitación de la autoridad y de las libertades, igualmente indispensables para la prosperidad del Estado. No es el Capitalismo en sus elementos esenciales el que se halla condenado hoy día sino el régimen de la libre concurrencia absoluta en el cual dicho capitalismo ha evolucionado en el siglo XX.”

La implementación de nuevas normas de convivencia social no puede realizarse sin que ello implique una transformación mas honda en las instituciones republicanas. La función de la sociedad es la de permitir y facilitar el desenvolvimiento de la vida conciente y crear la personalidad humana, y la asociación es la que promueve el desenvolvimiento de la naturaleza moral del hombre. Al hacerlo ciudadano le da el sentido de su responsabilidad en el destino de todos.

Fascismo, nacional-socialismo, comunismo, americanismo, se nos antojan formas inconciliables con el espíritu de lo que constituye esencialmente el arte de convivencia de los argentinos. Hay que buscar formulas autóctonas para los problemas nuestros. Aprovechar las experiencias extranjeras pero sólo par ano caer en sus errores. El partido, según Noel, debía ser celoso de las libertades públicas, mas su principal misión debía consistir en libertad al trabajador del hambre y del miedo a la desocupación. Había llegado la hora en que debía escucharse a los trabajadores y tratar de conciliar sus lógicas  demandas con los intereses encontrados y con la sociedad. Cuando se pronuncia por primera vez la palabra “Plan”, dentro del partido, se escuchan sintomáticos rumores. Y cuando se habla de planificación y de coordinación, de la economía, la hostilidad se hace evidente. El primer pecado de incomprensión estaba consumándose.

III

EL CONSEJO ECONOMICO

En el “Plan”, y en el proyecto de “Consejo Económico Nacional” esta expresado el ideario de la revolución que soñamos. La palabra soñamos no quiere decir en este caso algo vago o impreciso. Se trata, por lo contrario de un planteamiento concreto y sin titubeos de las cuestiones más palpitantes de nuestra economía. En sus fundamentos está la crítica de un sistema y se señala el atraso de nuestra, legislación con respecto a los demás países civilizados.

“Algunos ven venir la revolución –dice en el “Plan”-, yo creo que estamos en ella desde 1914, es decir desde que la guerra empezó a derrumbar la economía mundial y la fisonomía política de Europa”

“Creo, además, agregó, que si se quieren evitar violencias sangrientas, conviene que aquellos que asuman cargos gubernamentales, comprendan la necesidad de medidas que, en general, los representantes de las clases privilegiadas en el poder, en diversas épocas de la historia, han tomado demasiado tarde, para evitar que la revolución en gestación adquierese caracteres de violencia”.

Y en el proyecto que tiende a cerrar una comisión nacional encargada de estudiar la institución del Consejo Nacional Económico (21 de abril de 1938), dice Noel:

“Una de las preocupaciones casi constante de todos estos organismos, es la de superar, por medio de la armonía de intereses los dilemas terribles que nuestra época heredó agravados del siglo XIX. Explotación del trabajo humano por un lado; revolución y dictadura proletaria por el otro; en el fondo la síntesis trágica que parecía definir nuestro siglo: lucha de clases”.

“En medio de la locura generalizada de una sociedad enceguecida, de una civilización gloriosa expuesta a parecer por el odio, debe ser escuchada cualquier tentativa de pacificar, de encauzar, de evitar el desborde de las pasiones sin freno”.

La experiencia ajena sólo podía darnos una lección práctica. Si las clases gobernantes desoían el grito que venia desde abajo, si no se apresuraban a satisfacer las demandas de los trabajadores, si no se avenían a ordenar y a recomponer algo que no marchaba porque estaba trabado, la revolución necesaria, la revolución que no podía dejar de estallar, barrería con todos y entonces seria más violenta.

El partido radical acogió fríamente y con cierto escepticismo el proyecto. Acompañó en cierta medida al hombre pero no tomó sus ideas como bandera. El problema de la lucha contra el fraude monopolizó la atención de sus dirigentes. Solo algunas honrosas excepciones –el diputado Antille, el Dr. Frondizi, Elpidio Lazarte, entre otros- defendieron el proyecto. Pero no tuvo nunca calor de masa.

Y Carlos M. Noel murió sin haber podido realizar la revolución que soñaba. El partido radical no quiso o no supo hacerla. Y sin embargo la revolución estaba tácita en el pueblo. Bastó que el Ejército despejara las calles el 4 de junio para que un militar de genio a quien el pueblo no conocía, surgiera como el hombre necesario y realizara la revolución.

Tenía en su contra a los políticos celosos de su investidura, a quienes la revolución había desalojado, a los intereses creados, a los embajadores extranjeros, a los sectarios de derecha y de izquierda y también ¿Por qué no decirlo? A muchos de sus propios camaradas de armas. El solo realizó en pocos meses lo que el partido no quiso entender en más de diez años. Y la revolución, la revolución que soñamos, se cumplió paso a paso; e inexorablemente fue mucho más lejos. Desde el año 1930 una estela de sangre señalaba los bochornosos comicios que se celebraban en el país. Y ante el asombro de todo, la revolución libró su gran batalla en un comicio ejemplar y realizó pacíficamente y sin protestas, su plan y su destino.

IV

LA REVOLUCIÓN QUE SOÑAMOS Y ESTA REVOLUCIÓN

Es siempre muy difícil confrontar ideas y realizar análisis para ver en un  hecho histórico cuanto hay del pasado y cuanto de novedad en el presente.

Lo que distingue a una revolución es precisamente su originalidad y su capacidad creadora. Como hecho histórico la revolución es siempre un acontecimiento único y estalla en el momento en que resulta imprescindible para la existencia social. Por eso se dice paradojalmente, que toda revolución es conservadora. Los autores de “La revolution néccessáire”. Aron y Dandieu lo señalan claramente “Cuando el ordeno no se halla más en el orden es necesario que se encuentra en la revolución y la única revolución que encaramos es la revolución del orden”.

La revolución que soñamos ¿es la revolución de Perón? Indudablemente, en sentido absoluto, no puede esto precisarse. Pero es también cierto que es la que sustituyó a la que el partido radical no supo o no pudo o no quiso realizar. Han pasado unos años y esta misma revolución ha de encontrarse con nuevos problemas a los cuales su jefe sabía encarar de frente. Problemas y destinos que, dada la contingencia de los hechos  humanos, no podrán preverse jamás. Esta misma revolución, habrá evolucionado dentro de poco. Así ha de probar su adaptabilidad y su vitalidad ante los nuevos tiempos. Pero el historiador encontrará su unidad. Ella estará dada por la fidelidad a las ideas matrices y al impulso psicológico que le dio vida.

Y es en ese impulso vital donde pueden reencontrarse el radicalismo de ayer con el revolucionario de hoy. Pero este encuentro debe ser fraternal y absoluto o no ser. Es patrimonio de toda revolución la intransigencia. O se está con ella, o se esta contra ella.

“La Revolucion est un bloc” decía Clamenceau. Toda revolución tiene las aristas rígidas y hay que tomarla así, enteramente. Se puede estar contra el block o adherirse a él. Se puede afirmar o negar, pero buscar una tercera postura parece sino imposible, lastimosamente inútil. La revolución que el radicalismo no hizo o no pudo hacer es hoy un hecho cumplido. Oposición constructiva es una frase y coincidencia en alguno de sus enunciados es una actitud que la revolución misma jamás podría aceptar. La revolución no es una teoría ni una comedia cuya interpretación puede discutirse. Es algo absoluto, que se acepta o se rechaza. El dilema es de acero: oposición o colaboración.

Quienes estaban ciegos en el teatro San Martín y no despertaron todavía, que sigan donde están. Por otro camino marchan legiones de obreros, de intelectuales y campesinos, que han encontrado el sendero de la historia, constructores de la nueva Argentina que se agiganta en el concierto de las naciones, que se agiganta por la obra de arte, magnifica y perfecta, realizada por aquellos a quienes el pueblo ha confiado los destinos de la patria.













Fuente: “El Radicalismo y la Revolución: Alrededor de las ideas económicas y sociales de Carlos M. Noel” por Eduardo R. Vaccaro en Hechos e Ideas Año VII, N° 48, marzo de 1948.

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martes, 5 de noviembre de 2019

Roberto Arlt: "Cuando suba don Hipólito..." (12 de septiembre de 1928)

Me acuerdo con toda nitidez que, cuando yo tenía siete años conocí a un viejo marrullero que frecuentemente me decía:

-Si Dios quiere, Robertito, el año que viene compraremos una yeguita.

Como es natural el viejo embaucador jamás compró una yegüita ni un yeguón; y desde entonces me he quedado con un resabio de desconfianza que me parece muy natural.

Lo mismo me ocurre respecto a todos los sujetos que están sin empleo o que padecen persecución de justicia y que me dicen:

-Cuando suba don Hipólito…

LOS POSTULANTES

Viaje usted en tren, tranvía, ómnibus o aeroplano y escuchará este comentario:

-Cuando suba don Hipólito…

Y su asombro crece al comprobar el infinito número de personas que tienen su confianza puesta en don Hipólito. No hay uno que no tenga que pedirle algo. No hay uno que diga:

-Cuando suba don Hipólito le regalaré esto o aquello.

No. La autentica, la única expresión que sale de todos los labios es esta:

-Es cuestión de días. En cuanto suba don Hipólito…

Yo, sinceramente, compadezco al señor Hipólito Irigoyen; lo compadezco, colocándome en su lugar. Eso de ser presidente, merced a la esperanza de un infinito número de gente que necesita pedirle algo es de lo más desagradable que puede ocurrirle a uno.

-¡Y hay que ver el numero de individuos que a cada momento tiene en la boca la bendita expresión!

-Cuando suba don Hipólito…

-Hasta en París se hacen cábalas – me decía días pasados el amigo Soto. En Lisboa hay argentinos que esperan la subida de don Hipólito para resolver el problema habichuelero.

¿Cómo se las compondrá don Hipólito en estas circunstancias? No lo sé ni me interesa. Pero el caso es éste; el 12 de octubre es esperado con un frenesí inconcebible para los que se ganan la vida al margen de la política. Es algo que rebasa toda expresión.

EL MESÍAS

Yo, que soy incapaz de adular al Dios Padre, diré esto sin empachos; Don Hipólito es esperado por todos los presupuestívoros del país o aspirantes a serlo, con mas impaciencia que el Mesías.

Y otra gente además.

Lo espera todo el mundo. Lo espera el que necesita una ley de emergencia que le permita vender sus productos averiados, lo espera el encarcelado que se hace ilusiones respecto a un indulto, lo espera la viuda, lo esperan la huérfana y el huérfano, lo espera el empleado exonerado “injustamente”, y también lo esperan los quinieleros, los aspirantes a ministros, los vendedores de cocaína, los padres con familia y sin familia. ¿Quién no lo espera a don Hipólito?

Y lo curioso de esto es lo siguiente:

Que todo el mundo confiese sin empacho sus malas intenciones. No hay uno que diga:

-Bueno; espero que suba don Hipólito para regenerarme.

No, no hay uno solo.

EL HOMBRE

Yo no me imagino que es lo que pensara de todo el Hombre, como lo llama el soporífero Oyhanarte; pero me imagino que a mi buen señor no debe causarle mucha gracia eso de que los perdularios del país pongan sus esperanzas en él para llevar a cabo sus malandrinadas.

Y lo extraordinario es que hay gente que hace seis años que espera a “que suba don Hipólito”. Seis años dando vueltas por los comités, abogando por la “causa”, desgargantándose en los cafés, haciéndoles la corte a caudillos analfabetos, repitiendo cien veces al día “yo se que el doctor tiene interés en favorecerme”, y otras gansadas por el estilo.

¿Qué pensará de todo esto el Hombre? Yo no me lo imagino.

Yo lo llamaría al doctor Irigoyen, la victima de los pedigüeños. Porque no hay ciudadano de la capital o del interior que no piense en pedirle algo. No hay uno; o un ascenso, o un levantamiento de vigilancia, o un indulto, o una cátedra o dos cátedras…, no hay uno que no piense pedirle algo.

A su vez, los alvearistas o los melogalleros han copado todos los puestos públicos que han podido. Ha sido eso la arrebatiña, el “sálvese quien pueda”. Naturalmente, en ese Patio de Monipodio, que es la Casa de Gobierno, el que no ha corrido ha volado. Los cetáceos y tiburones han atrapado los empleos gordos, las canonjías sublimes. Justo se ha hecho nombrar general de división, Sagarna, el funesto y terribilísimo Sagarna, se han ubicado como ministro de la Suprema Corte de Justicia. ¿No es una injusticia esto?

PARTIDO DE LOS DESOCUPADOS

Yo, que soy un pesimista jovial, creo lo siguiente:

-Don Hipólito no va a poder satisfacer ni a la milésima parte de los vagos que ponen la esperanza en él. Ni a la diezmilésima parte.

Posiblemente ni a la millonésima parte. Ahora bien; como todos estos sujetos no pueden esperar otra vez seis años para darse vuelta y convertirse en alvearistas, como ahora se han hecho irigoyenistas, lo más conveniente seria que todos estos desocupados organizasen un cuerpo electoral, un partido, el Partido de los Vagos, con un símbolo; el hombre que toma baños de sol. De otro modo envejecerán a la espera de la yegüita que el marrullero viejo que conocí cuando yo tenia siete años me prometía asiduamente.

Roberto Arlt













Fuente: “Cuando suba don Hipólito…” en Aguafuertes porteñas de Roberto Arlt en Diario El Mundo, 12 de septiembre de 1928.

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viernes, 1 de noviembre de 2019

Mario Bunge: "La fuente de todos los males" (11 de septiembre de 2000)

"MARUCHO, no me esperen esta noche. Estoy en Campo de Mayo. He venido junto con otros cien civiles para arengar a las tropas. Hemos tumbado al Peludo. Los militares han prometido llamar a elecciones dentro de los tres meses. Veremos si cumplen. Hasta mañana."

Eso me telefoneó mi padre, casi afónico como cuando volvía de una sesión agitada de la Cámara de Diputados o del comité ejecutivo de su partido. Recuerdo textualmente ese mensaje, porque el 6 de septiembre de 1930 marcó a fuego al país. Ese fue el primero de una sucesión de golpes dados desde 1890, y el primer atropello masivo de la Ley Sáenz Peña. Fue el comienzo del fin de medio siglo de progreso casi ininterrumpido.

Y, sin que lo sospechara la mayoría de sus participantes, este golpe fue también la primera tentativa de instaurar el fascismo en el continente americano. ¿Cómo podían sospecharlo, si quienes se levantaron contra el gobierno constitucional presidido por Hipólito Yrigoyen (a) El Peludo, invocaban el restablecimiento de la democracia? En efecto, el gobierno radical, elegido dos años antes, había intervenido cinco provincias, boicoteado al Congreso, concentrado poderes excesivos en el Ejecutivo, detenido ilegalmente a muchos opositores y tolerado al Klan Radical, constituido por matones. (George Gaylord Simpson, el gran paleontólogo norteamericano, cuenta en sus memorias que, recién desembarcado en Buenos Aires con rumbo a la Patagonia, fue testigo de una balacera en la Plaza del Congreso.) Pero los golpistas parecían ignorar que un levantamiento es una transgresión muchísimo más grave de la Constitución que las que había cometido el gobierno constitucional. El único partido que condenó el golpe y reiteró su fe en la Ley Sáenz Peña fue el socialista. Los radicales antipersonalistas, o alvearistas, no se pronunciaron, con lo cual apoyaron tácitamente el golpe.

Los golpistas constituían una alianza increíblemente heterogénea, como cuadra a toda alianza forjada sobre el falso principio de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Además de algunos militares y del diario democrático Crítica , se destacaban entre ellos conservadores como Antonio Santamarina y Rodolfo Moreno y socialistas independientes como Antonio de Tomaso y mi padre, Augusto Bunge.

Los socialistas independientes se habían separado del viejo tronco socialista en 1927. Esta división decapitó literalmente al PS: casi todos los intelectuales se fueron con el nuevo partido. Quedaron los sindicalistas y los funcionarios del partido.

Nunca supe el motivo real de esta escisión. Al parecer, cada cual tuvo su motivo. Mi padre, que había ingresado en el partido en 1897, a los veinte años de edad, parece haber sido motivado principalmente por diferencias de estilo de conducción con Nicolás Repetto, sucesor del fundador Juan B. Justo en el liderazgo del partido.

Entre los dos partidos socialistas no había diferencias programáticas. La única divergencia aparente entre ellos era táctica: la oposición de los socialistas independientes a los "peludistas" era tan visceral, que no titubearon en aliarse con sus peores enemigos naturales, los conservadores fraudulentos.

El Partido Socialista Independiente ascendió meteóricamente entre su fundación, en 1927, y las elecciones de marzo de 1931, en las que ganó la mayoría en la Capital Federal gracias en parte al voto de los radicales antipersonalistas. A partir de entonces decayó, hasta desaparecer en 1936. El electorado castigó su "Concordancia" con los conservadores.

Liquidado el PSI, algunos de sus dirigentes, en particular Federico Pinedo y Héctor González Iramain, se pasaron abiertamente al conservadorismo. Otros, como mi padre y Roberto F. Giusti, dieron marcha atrás (o, mejor dicho, adelante) y se agruparon efímeramente en Acción Socialista. Horacio Sanguinetti documenta todo esto en detalle y con objetividad y perspicacia en Los socialistas independientes .

EL "FRAUDE PATRIÓTICO"

Uno de los conservadores participantes en el golpe fue el caudillo Alberto Barceló, dueño de los votos de Avellaneda y patrón de garitos y prostíbulos. Otros, en particular Manuel A. Fresco y Matías Sánchez Sorondo, resultaron fascistas. En sus memorias, el famoso caricaturista político Ramón Columba cuenta que en casa de este último vio fotos autografiadas de Hitler y Mussolini. En cuanto a Fresco, impuso el "voto cantado" cuando asumió la gobernación de la provincia de Buenos Aires.

El gobierno de facto constituido al caer el gobierno constitucional fue presidido por el general José Félix Uriburu, admirador del fascismo italiano. Su dictadura se distinguió por cerrar escuelas, amordazar diarios (incluso Crítica y Libertad , el órgano del PSI), exiliar a ex ministros y exonerar a miles de empleados públicos radicales.

Otra de las hazañas de esa dictadura fue fusilar a siete anarquistas inofensivos, cuyo único delito había sido actuar en pequeños sindicatos y escribir en La Protesta . Nadie condenó ese crimen, pese que tres años antes la opinión pública mundial, incluso la argentina, había repudiado la ejecución en los Estados Unidos de Sacco y Vanzetti, anarquistas italianos igualmente inocentes. Todo cambió en nuestro país ese 6 de septiembre, incluso la sensibilidad.

Los comicios fraudulentos de 1932 llevaron a la presidencia de la Nación al general Agustín P. Justo, un manipulador hábil y simpático, acusado de lucrar con la construcción de carreteras. Su único hijo, el ingeniero Liborio Justo, era trotskista y se hizo famoso por gritar: "¡Abajo la dictadura!", desde la barra de la Cámara de Diputados.

El gobierno de Justo fue menos duro que el de su predecesor. Pero instauró el "fraude patriótico" en escala grotesca, reprimió al movimiento obrero, favoreció escandalosamente a los ricos y al capital extranjero, y fue muchísimo más corrupto que el irigoyenista.

El gobierno fraudulento que lo siguió fue presidido brevemente por Roberto M. Ortiz. Este fue cesanteado en favor de su vice, el conservador pronazi Ramón S. Castillo, que metió preso a mi padre por presidir la Confederación Argentina de Ayuda a los Pueblos Aliados. Castillo fue depuesto por el golpe militar de 1943.

Así, con otro golpe, terminó el régimen nacido el nefasto 6 de septiembre de 1930, fuente de todos los males argentinos del siglo XX.









Fuente: “La fuente de todos los males” por Mario Bunge para el Diario La Nación, 11 de septiembre de 2000.

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domingo, 27 de octubre de 2019

Emilio Corbiere: "Lebensohn, una voz olvidada” (febrero de 1983)


Caído Yrigoyen, el radicalismo no tuvo, ni antes ni después de Moisés Lebensohn, un ideólogo que reformulase con claridad y profundidad el papel de la Unión Cívica Radical en el panorama político argentino. Sin embargo, la figura de este renovador ha ido borrándose en la memoria. Revisar las propuestas que, hace cuatro décadas ofrecía Lebensohn, autoriza a suponer que —de haberlo oído— el radicalismo pudo haber desempeñado un rol completamente distinto. Prefirió, en cambio, convertirse, primero, en la fuerza que gritaba desde la vereda de enfrente del peronismo; y luego, en furgón de cola de liberalismo tradicional, cuando no lo fue de corrientes ideológicas adscriptas a la tecnocracia desarrollista.

Derrotados en el campo de batalla, los revolucionarios de 1890 lograron empero, la caída del gobierno del presidente Miguel Juárez Celman. De todos modos, fue un triunfo efímero. Las contradicciones internas del movimiento cívico hicieron crisis cuando uno de los sectores formalizo un acuerdo con los núcleos adictos al Gobierno y al roquismo.

En tanto, una nueva tendencia histórica se gestaba en el país. Los grupos populares acaudillados por Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen —opuestos a cualquier acuerdo con el roquismo— definían en esas circunstancias un programa basado en el respeto de la voluntad popular y la libertad de sufragio.

El 26 de junio de 1891 —a un año de la sublevación antijuarista— se reunió el Comité Nacional de la Unión Cívica y decidió convocar a la Convención partidaria. Los acuerdistas no asistieron a la reunión, desconociendo la convocatoria y en adelante tomaran el nombre de Unión Cívica Nacional, por oposición a la tendencia liderada por Alem e Yrigoyen, que comenzó a llamarse Unión Cívica Radical. En esos días, Alem proclamaba: "Yo no acepto el acuerdo; soy radical en contra del acuerdo: soy radical intransigente".

Así, el radicalismo adoptaba, desde sus orígenes, una actitud contraria al oficialismo conservador y a sus distintas variantes, rechazando sistemáticamente ministerios y acuerdos electorales con esas fuerzas respecto de las cuales era antagónico, por lo menos formalmente.

Frente al fraude electoral y a la violencia, la naciente UCR opuso una porfiada resistencia, que culmino con alzamientos armados cívico-militares, como las revoluciones de 1893 y 1905.

Hipólito Yrigoyen reafirmo en 1897 la intransigencia radical y desde entonces hasta 1933, ano de su muerte, fue el conductor indiscutido del partido. En el Manifiesto de la revolución de 1905 denuncio a "los capitales extranjeros acostumbrados a pasar por alto nuestra soberanía y a obtener suculentos réditos por los capitales invertidos". Al mismo tiempo, al contraponer a la causa con el régimen, marcaba la diferencia entre los sectores populares y la elite gobernante.

Con esos jóvenes rebeldes, herederos de Alem, de los "orilleros" del partido Autonomista de Adolfo Alsina, del Club de la Igualdad, del Club 25 de Mayo, del partido Republicano de 1877, de la Unión Cívica Radical de 1891 —que comenzaban a ser reconocidos como radicales intransigentes"—, las clases medias irrumpieron en la vida nacional.

En realidad, en el radicalismo siempre convivieron dos expresiones o tendencias. En el '90, los revolucionarios del Parque nuclearon a viejos nombres del patriciado argentino, como los Zuberbuhler, Alvear, Beccar Varela, Torino, Montes de Oca, con los provenientes del ala popular orillera" del alsinismo, cuya expresión fueron Alem y Aristóbulo del Valle. En el radicalismo siempre convivieron los hijos de los inmigrantes, los sectores medios y no pocos terratenientes y oligarcas. Ricardo Rojas, en su obra El radicalismo de mañana, recordaba: "Fui al radicalismo y me encontré con los hijos de los inmigrantes y los nietos de los próceres".

Pero nadie puede negar que el radicalismo fue un partido de masas, con una ideología difusa, pero con amplia aceptación popular. Fue, al decir de Ernesto Palacio: "El partido histórico de la nacionalidad".

El origen ambiguo de esa fuerza popular, permitiría distinguir a lo largo de su historia, aquella ambivalencia de los comienzos: lo popular yrigoyenista y el ala "galerita", o conservadora.

La intransigencia, de la que habían hablado Alem e Yrigoyen, iba a resurgir pocos años después de la muerte del caudillo radical. Había tenido algunos antecedentes. En 1909, una fracción se opuso al mantenimiento de la abstención electoral, pero ese grupo no logro quebrar la actitud principista de Yrigoyen. Durante el primer gobierno del caudillo de Balvanera (1916-1922), Marcelo Torcuato de Alvear enfrento a Yrigoyen a raíz de las instrucciones dadas por este último al canciller argentino Honorio Pueyrredón para ser presentadas en la Sociedad de las Naciones. El distanciamiento entre ambos líderes se profundizaría y cuando Alvear asumió la presidencia (1923), el nuevo gobernante tomo distancia con el Partido llamando a colaborar a ministros de extracción no radical o antirradicales.

Durante el gobierno de Alvear, varios de sus ministros "antipersonalistas" buscaron alianzas con sectores conservadores para oponerse al retorno de Yrigoyen al poder. Alvear no se complico con esos planes, que fracasaron, e Yrigoyen plebiscitado, volvió a gobernar en 1928, hasta su derrocamiento dos años después.

LOS INTRANSIGENTES SE REAGRUPAN

Si bien es cierto que la conducción radical de 1930 paso a los "antipersonalistas", los que mantenían en alto las banderas renovadoras comenzaron una larga lucha para reconstruir el Partido bajo el signo de la intransigencia.

Hay algo simbólico en la carta que se encontró entre las ropas del mayor Regino P. Lascano, muerto durante un levantamiento radical. Era un manifiesto revolucionario fechado en la ciudad correntina de Curuzú-Cuatia, el 30 de junio de 1932. El manifiesto decía: "Frente a la dictadura del general Agustín P. Justo, la dictadura de las compañías Standard Oil, Bunge y Born, Dreyfus, Asociación de Frigoríficos, Tranvías, Unión Telefónica. Frente a esta dictadura extranjera disfrazada con los colores de nuestro pabellón y a la que solo civiles y militares que han caído en la ignominia de traición a la patria pueden apuntalar, proclamamos la revolución con el fin de recuperar para el pueblo argentino la suma del derecho y libertades ultrajadas, aherrojadas por la legión de fascistas de Jockey Club y Circulo de Armas, que no han trepidado en vender la nacionalidad a cambio de satisfacer ambiciones personales de origen político y comercial. A los jefes y oficiales dignos, a los suboficiales, cadetes y conscriptos del Ejercito y de la Marina, a los obreros y a los chacareros, a la juventud universitaria y de institutos secundarios, a los pequeños comerciantes, industriales y propietarios, incitamos a acompañarnos en esta santa cruzada rebelde y renovadora por la democracia y la in- dependencia política y económica de la Nación y de sus clases populares. Argentinos: De pie, a las armas. ¡Viva la Unión Cívica Radical!".

Esos levantamientos populares contribuyeron a reagrupar a los veteranos yrigoyenistas con la nueva generación, que, después de 6 de septiembre de 1930, se acerco a los comités radicales para afiliarse. Aquellos levantamientos marcaron un hito en la conciencia de los radicales y definieron aun más las dos corrientes: la popular y la "galerita". El general Severo Toranzo y el teniente coronel Gregorio Pomar, se levantaron en armas, en Corrientes y el Chaco, en febrero y julio de 1931 respectivamente; los hermanos Kennedy, en Entre Ríos y el teniente coronel Atilio Cattaneo, en Buenos Aires, en enero y diciembre de 1932; y el teniente coronel Ernesto
Bosch, en Paso de los Libres, Corrientes, en 1933. Esas derrotas, sin embargo, no amedrentaron a los radicales.

EL ALVEARISMO

Definiendo la orientación del antipersonalismo, un amigo le escribía a Alvear el 11 de noviembre de 1930:

"... el peludismo que en un primer momento se echo a muerto y que pedía humildemente ser admitido en las filas del verdadero radicalismo, es decir el antipersonalismo, ha reaccionado en los últimos días, y ya no habla sino de ir a la lucha por sus cabales. Ha reabierto gran numero de sus comités; han aparecido en la Capital, y en las provincias, periodiquines que defienden sus intereses; y sus oradores, como Emir Mercader en una reunión que celebraron en La Plata, hablan y ensalzan la gloriosa obra de su partido".

El alvearismo cifraba todas sus esperanzas en el camino electoral, que el régimen le negaba sistemáticamente anulando comicios donde triunfaban los radicales (Pueyrredón-Guido, el 4 de abril de 1931), vetando sus candidaturas (la formula presidencial Alvear-Guemes, el 6 de octubre del mismo año) e imponiendo el fraude patriótico durante mas de una década.

El radicalismo alvearista ocupo la cúpula partidaria y levanto la abstención el 3 de enero de 1935. Esa fecha es fundamental, porque desde ese momento la lucha entre intransigentes y alvearistas (unionistas) fue total.

En 1936 se produjo el escándalo de las concesiones a la Chade (Compañía Hispano Americana de Electricidad) que iba a marcar a fuego a los alvearistas. La Chade era subsidiaria del complejo Sofina. En esa oportunidad, la empresa, a fin de lograr mejoras en las concesiones que habían sido firmadas en 1907, y obtener una prorroga de 25 años, soborno a varios concejales radicales. Así, por 16 votos contra 11 (de los socialistas), resulto aprobada la prorroga de las concesiones. Nunca se pudo determinar si la cúpula alvearista había dado la orden de votar la concesión, pero las sombras cubrieron de dudas y sospechas a los concejales unionistas. Votaron a favor de la concesión los radicales: Rodolfo Arambarri, Abelardo Boullosa, Pascual De Lorenzo, Enrique Descalzo, Manuel Malvar, José María Moreira, Carlos F. Rophile, Raúl Savaresse, Camilo F. Stanchina y Francisco Turano. A ellos se les sumo el bloque de la concordancia (conservadores y socialistas independientes): Lisiardo Molina Carranza, José Dufour, Juan B. Sussini, Felipe di Telia, Enrique Vago y Peregrino P. Rial. En contra se pronunciaron los concejales del Partido Socialista: Bartolomé Fiorini, Alejandro Comolli, Salvador Gómez, Héctor Hiñigo Carrera, Andrés Justo, José Marota, Miguel Navas, Arturo L. Ravina, Adolfo Rubinstein, Vicente Russomano y Julio Berra.

LOS JÓVENES "TURCOS"

Toda esta situación engendro en el radicalismo una oleada de descontento. La juventud radical se alineo rápidamente detrás de los dirigentes yrigoyenistas, e iniciaron una verdadera batalla contra el alvearismo. Dentro de las estructuras partidarias, el yrigoyenismo, en sus primeros tiempos, tomo el nombre de legalistas (se hablaba de una "continuidad legal" de la conducción yrigoyenista anterior al 6 de septiembre de 1930), y fuera de la UCR, el antialvearismo formo un pequeño pero dinámico núcleo llamado FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina).

En Córdoba, Amadeo Sabattini, representante del espíritu yrigoyenista, había logrado la gobernación de la provincia en 1936.

En la Capital Federal se habían constituido, en 1937, el Bloque Opositor (ex legalistas), como "movimiento popular yrigoyenista"; el grupo Afirmación radical y el Movimiento Ordenador (este ultimo, edito el periódico País Libre). En Santa Fe, se había organizado el movimiento Fuerza Intransigente.

Todos estos movimientos culminarían con la constitución del Movimiento de Intransigencia y Renovación (MIR).

Entre los años 1938 y 1946 el movimiento de la Juventud Radical —cuyo animador fue A propio Moisés Lebensohn— realizó cuatro congresos nacionales en dos de los cuales —el de Córdoba (mayo de 1938) y el de Chivilcoy (mayo de 1942) — fueron planteadas las bases de la renovación radical y los principios doctrinarios y políticos que sirvieron de base para la constitución del MIR, fundado el 4 de abril de 1945, en la ciudad de Avellaneda. No era solo un grupo de animación yrigoyenista, sino una fuerza que venia a proponer la renovación y actualización del radicalismo.

El camino había sido preparado por los sectores yrigoyenistas juveniles. En Buenos Aires, el movimiento Revisionista, Cruzada Renovadora y Radicalismo Intransigente (1940-1942); en Santa Fe, Radicalismo Intransigente (1944); en Córdoba el periódico Intransigencia (1944-1945) y en la Capital Federal, Acción Raíz Argentina, que publico la revista Raíz y los grupos Cruz del Sur y Crea.

LEBENSOHN INDICA EL CAMINO

Moisés Lebensohn fue un renovador del radicalismo que, partiendo de las banderas populares yrigoyenistas, trato de darle una ideología. No solo ataco los intereses conservadores y tradicionales. Su crítica la dirigió también contra la vieja maquinaria que burocratizaba al partido.

Había nacido en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, el 12 de agosto de 1907. Se recibió de abogado a los 20 años. El 17 de octubre de 1931 fundo en la ciudad de Junín —donde residía con su familia— el diario Democracia. Hoy, su hijo, lo continua publicando en colaboración con Dora Dana de Lebensohn, esposa del líder radical.

Moisés Lebensohn fue electo concejal en 1936 por la UCR de Junín. En 1949 presidio al bloque radical de constituyentes y en 1953 fue elegido presidente de la Convención Nacional de su partido. Murió a los 46 años, el 13 de junio de ese año, cuando el país esperaba mucho de su firmeza en los principios y de su reconocida solvencia moral.

En 1936, Lebensohn escribió: "La opresión económica se acrecienta y la Republica se acerca a una factoría colonial " y por eso la lucha se ha entablado "entre el pueblo y la oligarquía enseñoreada del poder".

Un año después denunciaba a los dos enemigos: “la oligarquía y la política del servicio personal, que hacia depender la conquista de voluntades para el radicalismo, no de razones vinculadas con los intereses nacionales y populares, sino de la sensiblería y de los favores lícitos o ilícitos de tanto de "doctores" como por caudillejos lugareños, que manejaban la maquinaria electoral hábilmente pero alejaban a las grandes masas ciudadanas del partido.

“Quienes dirigen el plan contra las libertades argentinas —decía Lebensohn— son los restos de la oligarquía terrateniente, enriquecida por la valorización de la tierra forjada por el esfuerzo de dos generaciones; los especuladores y financistas impacientes que juegan gigantesca tómbola con el trabajo nacional; los grandes capitales que monopolizan los recursos  de nuestra economía succionándola con sangría permanente; la sedicente mayoría ilustrada que coloca el prestigio de sus apellidos y de su figuración política y social al servicio de los trust imperialistas internacionales".

No fue menor su inquietud por la reorganización del radicalismo: "Las fallas y debilidades de la vida interna —decía Lebensohn— se proyectan sobre la acción exterior del partido. Sin decisión, sin fervor y sin aptitud para la lucha, se cayó en una política posibilista. En lugar de asumir con entereza la noble tarea impuesta por las circunstancias, y de enfrentar los acontecimientos, el partido se coloco a la zaga. Aguardo la restitución de las instituciones libres por sucesos eventuales y ajenos a su propio esfuerzo. Confío en la buena voluntad y en el patriotismo de gobiernos surgidos de la entraña oligárquica. Procuro no irritar a los intereses del privilegio económico y social, soslayando la guerra contra estos, para centrar su fuego contra las camarillas políticas oficialistas... Así, impremeditadamente, facilito la capacidad potencial del pueblo con soluciones concretas, de temple y sentido radical, ante los problemas que entenebrecen la nacionalidad. -Se prefirió eludirlos, intentando vanamente ganar la buena voluntad de los círculos privilegiados, con la absurda demostración de que sus intereses opresores no serian afectados con el acceso de las masas populares a la dirección efectiva del Estado”

EL PROGRAMA EMANCIPADOR

Para renovar al radicalismo, Lebensohn propuso echar mano de: 1) la juventud radical; 2) la organización partidaria, basada en la democracia interna, el voto directo de los afiliados y la representación de las minorías, y 3) el "programa emancipador'

"La juventud radical —decía— aspira a una democracia económica sobre los fundamentos renovados... Ese ideal será inaccesible si no se destruye la red de intereses creados que pretenden mantener los actuales moldes y en todos los ordenes, en lo político, económico y cultural, sofoca la existencia de la Republica. Sostenemos en los hechos la voluntad de crear una democracia autentica, con hondo sentimiento humano, un régimen de verdadera libertad y de verdadera justicia al servicio de la nacionalidad; un régimen que subordine la economía al hombre y movilice los recursos naturales, no en el limitado beneficio de sus poseedores, sino del desarrollo nacional y el bienestar social". Para Lebensohn, los puntos concretos del programa radical que propuso en 1944, y que debían realizarse en el primer periodo constitucional, era: "a) Reforma agraria inmediata y profunda, que abra a todos los trabajadores del campo el acceso a la tierra transformándola de valor de renta y especulación en instrumento de trabajo; b) reforma educacional, que imponga la obligatoriedad de la enseñanza media, técnica o agraria e integre un sistema que asegure a las nuevas generaciones, bajo tutela efectiva del Estado, idénticas posibilidades de desarrollo físico, cultural y moral, en comunidad de condiciones e igualdad de oportunidades; c) régimen de organización y seguridad social que otorgue a todos los habitantes las perspectivas ciertas de trabajo, de un standard de vida decoroso, de cultura y de porvenir liberado de las angustias de la desocupación, de la enfermedad, de la vejez y de la incertidumbre sobre el futuro de los descendientes; d) política de recuperación económica. Monopolio del Estado —ejercido por si o delegado en su caso a cooperativas— de servicios públicos, combustibles, energía, seguros; movilización y comercialización de los sectores esenciales de la producción; e) reforma financiera que ubique el peso de la carga impositiva sobre las grandes rentas y la valorización ganada por el trabajo colectivo; f) política destinada a lograr la unidad económica con los países vecinos y progresivamente con el resto de America, tendiendo a la cooperación económica mundial".

El programa propuesto por la juventud radical de la provincia de Buenos Aires, redactado por Lebensohn, se concretara en abril de 1945 con la declaración constitutiva del Movimiento de Intransigencia y Renovación; será ratificado el 1° de noviembre de 1945 en una asamblea realizada en Rosario y constituirá la base programática de los documentos votados en el primer Congreso Nacional del movimiento, realizado los días 9 y 10 de agosto de 1947. Un año después, el programa, bajo la directiva lebensohniana, se convirtió en el programa de la Unión Cívica Radical.

DE AVELLANEDA A CHASCOMUS

De allí en adelante la lucha entre yrigoyenistas y alvearistas se hizo dramática. El Movimiento de Intransigencia y Renovación (MIR) fue fundado en 1945, en Avellaneda, donde se hizo publico el ya legendario Programa de Avellaneda.

Se fue formando una generación de radicales reformistas que convergerían —los días 9 y 10 de agosto de 1947— en el primer Congreso Nacional del MIR, realizado en los salones del comité de Avellaneda, calle Belgrano 732 donde funcionaba el periódico radical Provincias Unidas. Allí se reunieron, entre otros, Lebensohn, Gabriel del Mazo, Luis Dellepiane, Crisologo Larralde, Oscar Alende, Arturo Frondizi, Antonio Sobral, Luis Boffi, Oscar López Serrot, Roberto Parry, Héctor V. Nobiia, Ricardo Balbín, Juan Prat, Ataulfo Pérez Aznar, Antulio Pozzio. Mario Bernasconi, Bernardino Horne, David Blejer, Armando Turano, Absalón Rojas e Ismael Amit.

El Congreso fue inaugurado por los secretarios de la Junta Nacional Organizadora, doctores López Serrot y Julio Correa. Hubo representantes femeninos y obreros. De la Córdoba sabattinista llego una nutrida delegación de obreros radicales. Se eligió la mesa directiva; para presidente, Francisco Ratto (Capital) viejo radical que había formado parte como soldado junto a Alem en la Revolución del 90; vicepresidente 1° Domingo Cialzeta (Corrientes); vicepresidente 2°, Ramón Yacante Molina (La Rioja); secretario, Lebensohn (Buenos Aires), Blejer (Entre Ríos), Miguel D. Apayte (Mendoza) y Clodomiro Falco (Santiago del Estero). Se leyeron varias adhesiones, entre otras, de Ricardo Rojas, José Benjamin Abalos y Elpidio González.

En ese congreso fueron aprobados tres documentos, uno denominado Profesión de Fe Doctrinaria, redactado por Frondizi, Sobral y Del Mazo; las Bases de Acción Política por Lebensohn, Frondizi y Del Mazo y la Declaración Política por Lebensohn. En este documento Lebensohn definió: "un Radicalismo fiel a su origen y a su estructura popular" para "reinstalar la orientación popular en la fuerza histórica de Alem e Yrigoyen". Se inspiraban los documentos en la declaración inicial del movimiento, aprobada dos anos antes.

Por ello los radicales yrigoyenistas reclamaban:

1. La democratización de la cultura y la defensa del laicismo;
2. Control de la economía en base a un planeamiento fijado por los órganos representativos de la voluntad popular que coloque a la riqueza natural, la producción, el crédito, las industrias, el consumo y el intercambio internacional al servicio del pueblo y 'no de minorías;
3. Nacionalización de los servicios públicos, energía, transporte, combustible y de las concentraciones capitalistas monopólicas.
4. Administración de los sectores nacionalizados por entes autárquicos nacionales, provinciales, comunales o cooperativos, con participación de usuarios, productores, técnicos y obreros; Reforma Agrarias inmediata y profunda y 5. Política internacional independiente.

Años después —en 1958— uno de los sectores radicales, que reivindicaba para si el legado de la intransigencia yrigoyenista llegó al gobierno. Ya Lebensohn había muerto. Presidía el país Arturo Frondizi. El programa democrático y popular era abandonado por otro tecnocrático y desarrollista. En Chascomús, cerca de la laguna, en diciembre de 1960, el Programa de Avellaneda fue ahogado definitivamente. El radicalismo iniciaba una crisis profunda que ya no podría superar. Pero esa, es otra historia.

UN APOSTOL LAICO

Quienes recuerdan a Lebensohn a pesar de los años pasados, destacan sus cualidades humanas, antes que sus dotes intelectuales, que por cierto abundaban en su recia personalidad. Recuerdan su abnegación, su militancia activa en las filas radicales, su lucha por la renovación del partido — en hombres y en métodos— Su pobreza.

Los viejos socialistas de Junín guardan celosamente —en la Biblioteca Juan Bautista Alberdi local— un libro de actas de las juventudes socialistas de los años veinte, donde figura Lebensohn, presente en una de las reuniones. Pero eso fue fugaz, porque desde joven se integro en las filas radicales, cuando al llamado postrero de Yrigoyen, después del treinta, la flor y nata del estudiantado universitario porteño y platense —que lo habían combatido—, se afilio al radicalismo.

Prácticamente Lebensohn no ejerció su profesión de abogado. Absorbido por la política dedico a ellos los mejores años de su vida. Fue muy querido por la juventud radical, pero también —como todos los innovadores—, fue odiado por sus enemigos, fuera y dentro del partido.

Pocos días antes de morir, cuando presidía una asamblea partidaria en la Casa Radical porteña —Tucumán 1660—, casi al finalizar la misma fue agraviado desde la barra por una mentalidad intolerante. En la asamblea se impuso la intransigencia, quebrando al unionismo de raíz alvearista. Lebensohn era el líder indiscutido de la nueva tendencia, cuyo surgimiento alentaba desde años atrás. El insulto no se hizo esperar, y se expreso a través de una mujer —cuyo dogmatismo religioso— fue nefasto para el radicalismo: "Comunista, judío..." a los que se añadieron otros insultos de grueso calibre. Al finalizar la reunión, Lebensohn salía del edificio acompañado por un correligionario de Junín, y le dijo: "...Tengo un dolor aquí" y le señalo el corazón. Lebensohn fallecería pocos días después.

Era un hombre sensible, de una cultura general que trascendía lo político. Conocía sobre arte, plástica y pintura. Los amigos y los discípulos que solían rodearlo en la mesa de café, escuchaban largas charlas del líder radical sobre los temas mas variados.

Quien escribe estas líneas era redactor del diario La Opinión, y en tal carácter, cubrid un congreso del Partido Intransigente, realizado en la ciudad de Córdoba el 13 de diciembre de 1975.

Allí, en la vieja casona radical, cuyo frente estaba en ruinas a raíz de un atentado, sesiono la Convención del Partido Intransigente, uno de los núcleos políticos que reivindican las líneas del radicalismo yrigoyenista.

Pero no se trata de recordar ese congreso, que fue como el de otros partidos, con sus delegados, discursos, debates y declaraciones. El recuerdo es para referir un hecho, que por anecdótico no dejo de impactar en el periodista. Al darse lectura de la lista de delegados, para averiguar sobre el quórum, se comenzó leyendo la nomina de los participantes a la provincia de Buenos Aires. Y fue cuando, ante el asombro del periodista, el presidente de la convención leyó el nombre de Moisés Lebensohn —fallecido 22 años antes—, y los delegados, de pie, y en alta voz, formularon un simbólico: ¡Presente!

Allí el periodista pudo saber que era de práctica, en las convenciones radicales, recordar simbólicamente a la figura de Lebensohn, alma y motor del radicalismo intransigente. Un hecho emotivo, por cierto, con algo de religioso. EJC.




"Ya en 1937, Moisés Lebensohn estigmatizaba como enemigos de la libertad a la oligarquia, los "doctores", los caudillejos y dispensadores de favores interesados"  







Fuente: “Lebensohn, una voz olvidada” por Emilio Jorge Corbiere en Todo es Historia N° 189, febrero de 1983.

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sábado, 19 de octubre de 2019

Mauricio Macri: "Honrar el legado: fortalecer la democracia" (30 de marzo de 2019)


HONRAR EL LEGADO: FORTALECER LA DEMOCRACIA

Hay personas que, con sus valores e ideas, dejan una huella, una marca que indica para siempre un antes y un después. A veces la dejan en sus familias, amigos o grupos más cercanos; en el trabajo, en el barrio, en una organización. Y están quienes dejan su impronta en sociedades enteras; líderes que, una vez que cumplen la responsabilidad que asumieron, dejan mucho más que resultados: entregan un legado, una enseñanza. Hoy, a diez años de su partida, tenemos una oportunidad más para honrar a uno de los más grandes y más queridos abanderados de nuestro país: Raúl Ricardo Alfonsín.

Nuestro “padre de la democracia” asumió la presidencia después de una de las etapas más oscuras de nuestra historia, y trajo luz. Nunca se vio alienado por el poder y fue la misma persona antes, durante y después de ocupar su cargo. “Es la misión de los dirigentes y de los líderes plantear ideas y proyectos evitando la autorreferencialidad y el personalismo; orientar y abrir caminos, generar consensos, convocar al emprendimiento, sumar inteligencias y voluntades, asumir con responsabilidad la carga de las decisiones. Sigan a ideas, no sigan a hombres. Los hombres pasan, las ideas quedan”, nos decía al cumplirse 25 años del retorno a la democracia, en 1983. Y en ese sentido, con idas y vueltas, los argentinos aprendimos mucho desde entonces. 

Estoy convencido de que el mejor homenaje que podemos hacerle es demostrar que somos capaces de construir una Argentina unida, como la que él soñó, con instituciones sólidas y políticas públicas que mejoren la calidad de vida de nuestra gente. Una Argentina donde la justicia, la honestidad y el respeto por los derechos humanos sean pilares sobre los que podamos apoyarnos con firmeza. Una Argentina en paz y con libertad. En ese camino estamos desde que los argentinos elegimos cambiar.

Por eso hoy, en nuestro país, nadie es perseguido por dar su opinión. Al contrario: hay un gobierno que promueve la pluralidad de voces, que no teme a la discusión política ni a poner los temas sobre la mesa, por más difíciles que estos sean, porque está claro que el debate se nutre de la diversidad de pensamiento y el intercambio de ideas. En ese sentido, la libertad de prensa es fundamental. Y esta convicción se sostiene con acciones concretas, como la pauta publicitaria, que ahora es transparente; la independencia y profesionalización de los medios públicos, que ya no se usan más para imponer un mensaje único; la sanción y aplicación de la Ley de Acceso a la Información Pública y las políticas de gobierno abierto.

También sabemos que para vivir genuinamente en democracia es fundamental que los tres poderes del Estado funcionen con autonomía e independencia. Instalamos el diálogo como herramienta central y elevamos la calidad del debate en el Congreso de la Nación para alcanzar consensos elementales. Dimos pasos importantes para que el Poder Judicial tenga las herramientas que le permitan actuar con rapidez, efectividad y más cerca de las víctimas del delito. Y, por supuesto, siempre respetando la independencia de la Justicia: hoy, en las grandes causas de corrupción o en denuncias que involucran a funcionarios de este gobierno, a mi propia persona o a mi familia, se investiga en tiempo real, sin presiones ni amenazas. Además, impulsamos normas que contribuyen a una mayor celeridad para el trabajo de jueces y fiscales, como las leyes de Flagrancia y del Arrepentido, que permitieron avances inéditos en múltiples causas.

Entendimos también que es muy difícil plantear una cultura democrática si no combatimos las mafias y las amenazas a la seguridad. Durante muchos años, los argentinos tuvimos que convivir con mafias de todo tipo, como el narcotráfico, la trata de personas, el contrabando, las barras bravas y el sobreprecio de la obra pública. Mafias que se habían instalado y crecido en nuestro país, ignoradas en algunos casos y en otros apañadas e incentivadas por el mismo Estado. Por eso tomamos la decisión de enfrentarlas. Y las vamos a seguir combatiendo hasta que entiendan, de una vez y para siempre, que en la Argentina se acabaron los comportamientos mafiosos. Que esa
Argentina donde queremos construir un proyecto de vida es la Argentina del respeto, del esfuerzo, de la igualdad de oportunidades y la paz.

Hoy hay un gobierno que trabaja en base al diálogo, que promueve la cultura del acuerdo y que resuelve los problemas sentándose a la mesa con todos los actores. Que discute, con disidencias, pero con buena fe. Un gobierno que promueve debates que jamás habíamos tenido como sociedad.

Hoy podemos decir con orgullo que los argentinos maduramos, que entendimos que al país lo vamos a sacar adelante entre todos, porque depende de nosotros y de nadie más. Hoy estamos transitando un camino que parecía olvidado. Y por eso podemos decir con total convicción que esa revolución por la que Alfonsín luchó está más viva que nunca, porque la estamos haciendo juntos. 




"El Presidente sostiene que el mejor homenaje a Raúl Alfonsín es construir“una Argentina unida,como la que él soñó, con instituciones sólidas y políticas públicas que mejoren la calidad de vida de nuestra gente" Jorge Fontevecchia





Fuente: “Honrar el legado: fortalecer la democracia” por el Sr. Presidente de la Nación, Ing. Mauricio Macri, en el Diario Perfil del 30 de marzo de 2019.

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lunes, 7 de octubre de 2019

Federico Polak: "Para hacerlo más claro, yo soy radical-desarrollista" (24 de diciembre de 2000)


-¿Usted se reivindica como desarrollista o como radical?

-Soy radical-desarrollista. El desarrollo hoy es el nuevo nombre del progresismo, de la izquierda... Para que se entienda, creo que hay una tragedia en el país que es que el tema del desarrollo no está tomado por todos los partidos políticos. Hubo uno que se lo apropió y los demás no sólo dejaron de hacer política de desarrollo, sino que el desarrollo pasó a ser mala palabra. Hoy, los economistas hablan siempre de crecimiento, nunca hablan de desarrollo, que tiene un contenido mucho más abarcador... sobre todo el desarrollo inclusivo, que implica que todas las potencialidades de un país avancen en un sentido económico, pero además que todas las clases sociales y todos los factores de poder se junten, y que el derrame del desarrollo se dé sobre todos.

-¿Pero considera mala palabra al desarrollo como concepto o a la identificación de esa palabra con Movimiento de Integración y Desarrollo (MID)?

-No, es peor que eso. Se considera malo proponer un modelo de desarrollo. En el neoliberalismo o el neoconservadurismo dicen: "Hay globalización, hay modernización, usted tiene que hacer determinados deberes y con eso está bien". Y no está bien. Cada país tiene que darse un modelo de desarrollo para incluirse dentro de la globalización. Por eso creo que hay que fortalecer el Mercosur para después participar con más fuerza en el ALCA y no, como proponen los que no tienen proyecto de país, ir corriendo al ALCA porque ahí está Estados Unidos. Chile tiene un modelo de desarrollo; Brasil tiene un modelo de desarrollo, que puede no ser inclusivo, pero la Argentina no se planteó en los últimos 40 años para qué está más preparado el país, un proyecto de desarrollo que además implique movilidad social, que es lo que no hay en estos países subdesarrollados.

-Ahora se habla de economías emergentes.

-Claro, porque la otra cosa es que subdesarrollo también es una palabra prohibida. Se habla de países en vías de desarrollo, de economías emergentes, pero no de países subdesarrollados, que es la verdad. Estos países son subdesarrollados; no han desarrollado lo que tenían que desarrollar ni lo están haciendo, no es que están en vías de... Y esto cortó la movilidad social. Cuando había proyecto de desarrollo había movilidad social, que es algo que este país no tiene hace un montón de tiempo. La Argentina tiene una gran movilidad cultural, pero no social.

-¿A qué llama movilidad cultural?

-Me refiero a que la Argentina avanzó mucho, por lo menos en estos últimos 17 años, en ir reconociendo al otro en lugar de descalificarlo. Y eso es un tema cultural. Por ejemplo, esta discusión que hay hoy sobre el respaldo de Domingo Cavallo al gobierno de la Alianza hoy se puede plantear bien, la gente la acepta, y antes era algo imposible de plantear. O que el Ejército pida perdón a través del general Martín Balza era algo muy difícil de concebir.

-¿Le recrimina a Alfonsín no haber implantado un modelo de desarrollo?

-...Creo que lo intentó... Me parece que con el Plan Austral él intentó cortar la vieja cosa de que todos los gobiernos de los Estados gestionarios eran inflacionarios. Y también trató de dar un modelo de crecimiento económico más justicia social, que en el fondo es el desarrollo. Me parece incluso que lo intentó demasiado, en el sentido de que tal vez él, que era el presidente de la transición, que tenía que dedicarse a implantar la democracia y los derechos humanos, trató de avanzar más. Yo no se lo critico, al contrario. El hizo el Plan Houston y un montón de cosas que la gente no comprendió. El proyecto de desarrollo más claro que Alfonsín intentó fue la idea de cambiar la capital a Viedma, pero la sociedad no lo entendió y algunos hasta lo ridiculizaron. Brasil, cuando trasladó la capital a Brasilia, hizo todo un polo de desarrollo en esa zona que estaba muerta y hoy por hoy tiene un millón de habitantes y un gran desarrollo en la región.

-Lo curioso es que siendo tan desarrollista todos dicen que usted es el interventor radical del PAMI.

-Es que yo soy radical. Y además considero que Frondizi era un presidente radical. Para hacerlo más claro, yo soy radical-desarrollista.


En la pared que está detrás del escritorio de Federico Polak están las fotos de los tres presidentes con los cuales trabajó. En el centro, el retrato oficial de Fernando de la Rúa; es el de mayor tamaño y el único dedicado de puño y letra al "amigo". A la derecha, la imagen casi juvenil que tenía Raúl Alfonsín en 1983, mucho antes del desgaste del poder y de que Polak fuera su vocero. El tercer retrato, en blanco y negro, es el de Arturo Frondizi portando su banda presidencial.



Fuente: "No habrá despidos masivos en el PAMI, pero sí reducción de personal" Entrevista al Interventor del PAMI, Federico Polak en  Diario La Nación del 24/12/2000.



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jueves, 26 de septiembre de 2019

Rio Negro: "¿Por qué los peronistas adoran a Alfonsín?" (26 de octubre de 2016)


Mirando al sur

En el acto en la ESMA el 24 de marzo de 2004, Néstor Kirchner intentó fundir todos los gestos de reparación posibles. Ese mismo día, por la mañana, descolgó el cuadro de Videla, y a mediodía, en el predio de la ex-ESMA, dio el discurso de mayor peso de toda su presidencia (tal vez de todo el ciclo kirchnerista), en el que cometió un desliz que la prensa y un sector de la clase política del momento no le perdonaron: ningunear a Alfonsín. Kirchner “pidió perdón” en nombre de un Estado que, según sus palabras, no había hecho nada en dos décadas de democracia, omitiendo el juicio a las Juntas o la creación de la Conadep. Por aquellos días, una de las respuestas vino de boca de Leopoldo Moreau, hoy un cristinista tiempo completo. Dijo el dirigente radical que Kirchner, al revés que aquel gobierno radical, cazaba leones cuando ya estaban en el zoológico. Este primer desacuerdo tuvo una reparación privada: Kirchner se disculpó en una conversación telefónica con Raúl Alfonsín. Pero nació de una característica: Kirchner no respetaba tanto a Alfonsín. Para Kirchner el 2001 había enterrado de algún modo a toda la experiencia democrática, ya que el desfondamiento de la economía había tenido en esa “clase política” a un brazo ejecutor (por complicidad o debilidad). Diríamos entonces que cierta reivindicación del “Kirchner político” muchas veces hecha como contraste deliberado contra Cristina (se puede rastrear esto fácilmente) omite las características rupturistas del propio Kirchner, impulsor de una fallida transversalidad superadora de las identidades partidarias (sobre las que finalmente, en parte cuando las papas quemaron, también se respaldó).

Desde antes de su muerte, pero sobre todo desde su muerte, la figura de Alfonsín es la gran figura en disputa. Como un augurio de superación de la crisis de representación lo quieren casi todos: los liberales que le dicen republicano porque le dicen débil, los radicales de comité que lo ven como el último de los Mohicanos, los viejos peronistas o los progresistas que ven en él la sombra de un Salvador Allende. Dirían casi al unísono: Alfonsín es la política. Todos tienen su “Alfonsín para armar”. Duhalde, un presidente de la “partidocracia”, cultivó ese misticismo laico, entre otras cosas, porque lo tuvo de aliado político en el desenlace de De la Rúa y en su gobierno de transición. Le dedicó un libro, “Don Raúl, recordando a un demócrata”. Y también porque en la visión corporativa de Duhalde sólo eran posibles los partidos tradicionales como poleas de una representación quebrada. Es paradójico: Duhalde cultivaba la sacralidad de los partidos pero fue el presidente del “que se vayan todos”.

Menem también tuvo su pacto con Alfonsín (“Pacto de Olivos”) que le permitió la reelección a costa de una serie de reformas introducidas que, entre otras cosas, tendían a limitar ese poder que la reelección amplificaba (como la creación de la figura de jefe de Gabinete). Era habitual oír a Carlos Corach repetir que la democracia tenía dos grandes estadistas (“Menem y Alfonsín”). Alfonsín era el político prestigioso y de representación estructuralmente limitada que le permitía a todo peronista repetir el GIF del abrazo de Perón y Balbín (un abrazo que tiene mucha más reivindicación peronista que radical). A todo peronista le gusta perdonarse con radicales. Para un peronista poderoso no hay nada mejor que otro radical más débil con quien sentirse demócrata, amplio y plural. Tal vez esta indulgencia estiliza la figura de Alfonsín. Se lo reconcilia con los organismos de derechos humanos que se cansaron de increparle las “leyes del perdón”, se omite el recuerdo agridulce de la plaza de las “Felices Pascuas” o incluso se pierden de vista características más conservadoras de su retórica. En su famoso discurso interrumpido en la SRA en 1988 acusa a esa tribuna de la “oligarquía” argentina que lo chiflaba de haber estado “muertos de miedo” durante la dictadura. Alfonsín les adjudicaba miedo a quienes podía también señalar como cómplices de esa misma dictadura asesina que prácticamente acababa de ocurrir. Había una enorme valentía en ese discurso, en el tono, pero había una inflexión en su señalamiento que no dejaba de cobijar incluso a quienes retaba. Esa era su dialéctica reparadora. Y la reescritura K del alfonsinismo construyó el espejo de Cristina: un gobierno enemigo de los militares (Juicio a las Juntas), de la Iglesia (ley de divorcio), de Clarín (con la famosa frase de Jaroslavsky), etc. Alfonsín tuvo, sin dudas, formas menos jacobinas que Cristina, aunque expuesto a riesgos políticos, económicos e institucionales infinitamente mayores. No atravesó la Argentina de esos años “batallas culturales”, sino, por ejemplo, tres sublevaciones militares frente a las que Alfonsín reunió respaldos conmovedores, como el de Saúl Ubaldini o Antonio Cafiero.

Sinteticemos: Menem lo adoró porque le debió la reforma constitucional del 94 con el Pacto de Olivos. Duhalde lo adoró porque le debió el pacto de gobernabilidad (el apoyo institucional durante su gobierno). El kirchnerismo lo termina adorando porque le debe la “hoja de ruta”. Una suerte de transición democrática permanente en la actualización doctrinaria del viejo eslogan de “democracia versus autoritarismo” traducido a “democracia versus corporaciones”. Dicho así, se dirá que los peronistas le deben más que los radicales. Alfonsín arrastró a la UCR a la obsesión de que el partido fuera republicano (no populista) y siempre socialdemócrata (no neoliberal). Alfonsín quiso que el peronismo fuera el partido de centro derecha y falló, tal vez, porque al radicalismo le faltó lo esencial: un sujeto popular. Alfonsín merece los honores por los principios que sostuvo y por el pacto de caballeros que sustentó hasta el final con la clase política. Como buen gallego, practicó en plenos escraches del 2001 lo que nadie: responder y putearse con la gente que lo escrachaba. Ejercía, esa vez, un derecho de excepción para un político único que podía sostener la frente en alto: a veces hay que cagarse en la gente.

Sobre todo desde su muerte, la figura de Alfonsín es la gran figura en disputa. Como un augurio de superación de la crisis de representación lo quieren casi todos.

La reescritura K del alfonsinismo construyó el espejo de Cristina: un gobierno enemigo de los militares (Juicio a las Juntas), de la Iglesia (ley de divorcio), de Clarín, etc.








Fuente:  "¿Por qué los peronistas adoran a Alfonsín?" por la Redacciòn del Diario Rio Negro Online, 26 de octubre de 2016.
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