Páginas

sábado, 21 de octubre de 2017

Hugo Gambini: "Las órdenes secretas de Perón" (27 de mayo de 2002)

El haber incursionado en el tema de la represión política durante los primeros gobiernos peronistas no solamente produjo sorpresa en los lectores de mediana edad. Estos descubrieron una versión diferente de la leyenda angelical construida para reivindicar políticamente aquellos años, y eso era lo esperado. Pero resulta que el artículo "Hace cincuenta años se dio una orden de represión feroz, hoy poco conocida" (publicado en esta página el viernes 3) paralelamente despertó la curiosidad de muchos ciudadanos que se mostraron interesados en conocer la procedencia del documento que allí se mencionaba. Se trata del memorándum Orden General N°1 (Prevención-Represión) , firmado por el presidente Juan Domingo Perón el 18 de abril de 1952, en el cual encargaba a los poderes nacionales y provinciales, más la CGT y las ramas masculina y femenina de su partido, "la misión de aniquilar a las fuerzas adversarias, dirigentes y perturbadoras, con todos los medios y con la mayor energía y decisión, ante cualquier preparativo o intento de alteración del orden público".

Es importante advertir que ese documento ya no era un texto inédito. Pero antes vale la pena reiterar que, del original, hace cincuenta años se hicieron suficientes copias mimeográficas para ser distribuidas, en forma reservada, a las máximas autoridades de entonces. Las recibieron gobernadores, ministros y secretarios de Estado; jefes de reparticiones oficiales, de centrales sindicales y de organismos partidarios oficialistas. Como es obvio, dichas copias fueron celosamente guardadas por sus receptores, pues, llegado el caso, podrían servirles como certificados de órdenes superiores. Algo así como la obediencia debida, pero en el ámbito político.

Tras el derrocamiento de Perón, la mayoría de esas copias desaparecieron, del mismo modo que se evaporaron tantos papeles y fotografías comprometedoras. Algunos las pusieron a buen recaudo, previendo que con el tiempo adquirirían carácter de piezas históricas. Y lo eran. La única excepción de entonces fue la del contralmirante Alberto Teisaire, que en vez de esconderlas las usó de escudo protector. Teisaire era un ladero de Perón de la primera hora, desde que ambos habían compartido el poder en la dictadura militar de 1943-1946. Su fidelidad le iba a reportar las más altas jerarquías: primero fue elegido senador nacional por la Capital, tras un fraude interno en perjuicio del laborista Luis F. Gay; luego, presidente de la cámara alta, y más tarde, ungido vicepresidente de la Nación, en los comicios de 1954. Simultáneamente, Perón lo pondría al frente del Partido Peronista, lo que en la práctica significaba convertirlo en su número dos.

Apenas asilado Perón, Teisaire protagonizó uno de los más increíbles episodios de deslealtad, pues enseguida se ofreció al bando triunfante para revelar públicamente todo lo que sabía de los entretelones de aquel gobierno. Hasta apareció en un film documental relatando detalles de persecuciones políticas, de corrupción administrativa y otras miserias por el estilo, siempre alegando en su descargo que "Perón nos obligaba a todo eso". Esa imagen repelente haría estallar las plateas de los cines de barrio, donde los antiperonistas le gritaban "¡Caradura!"; los peronistas, "¡Traidor!", y ambos bandos coincidían, por primera y única vez, en vociferar un mismo calificativo frente a las pantallas: "¡Alcahuete!" Fue tanta la bronca que, como bien recuerda Miguel Bonasso en El presidente que no fue (Planeta, 1997), "el ingenio popular lo bautizó Antonio Tormo, por el folclorista a quien llamaban "el cantor de las cosas nuestras"".

Esa obsecuencia -tan abominable cuando sirvió al peronismo como cuando lo hizo con el antiperonismo- fue la que lo impulsaría a solicitar aquella presentación espontánea ante el gobierno de la Revolución Libertadora. A la semana de instalado el presidente Eduardo Lonardi, en la mañana del 1° de octubre de 1955, Teisaire entró en la Casa Rosada con una carpeta llena de papeles. Los había encabezado con un Memorándum para información del presidente provisional , y lo que pondría en sus manos era nada menos que los documentos confidenciales, firmados por Perón, que aún tenía en su poder. Lo hizo, según expresó, porque "no tengo por qué guardar consideraciones para quien no las tuvo con nadie".

Pero la Orden General N°1 ya había sido detectada en el Ministerio de Defensa Nacional, pues apareció archivada entre los papeles de su titular, el general José Humberto Sosa Molina. Al ser girada al Tribunal Superior de Honor del Ejército, el juez de instrucción militar, general Benjamín Rattenbach, debió verificar su autenticidad porque se trataba de una de las tantas copias mimeografiadas. Hasta que se comprobó que el texto coincidía con una orden similar del ministro Sosa Molina, firmada de puño y letra el 23 de abril de 1952, cinco días después que la de Perón.

INCITACIÓN A LA VIOLENCIA

También apareció entre los papeles un folleto titulado Plan Político 1952 - Situación Subversiva. Apreciación y Resolución , concebido por el abogado Román A. Subiza, otro perverso funcionario de aquel gobierno, que estaba al frente del ministerio de Asuntos Políticos. El plan de Subiza proyectaba la destrucción de los partidos opositores -iniciada en 1951 con el cambio tramposo de circunscripciones electorales- y la sumisión política de los empleados públicos, bajo la amenaza del despido. Este folleto, que Teisaire había enviado a los gobernadores, dirigentes partidarios y sindicales de todo el país, era similar hasta en la fecha a la Orden General N°1 y fue reconocido por Sosa Molina, lo que también les sirvió a los jueces militares para demostrar la autenticidad de la Orden .

Finalmente, la Orden sería calificada de "incitación a la violencia" e incluida en las consideraciones del tribunal castrense para emitir el fallo del 27 de octubre de 1955, que aconsejaba que se le quitaran a Perón el grado militar y el uso del uniforme. El escrito resaltaba dos aspectos fundamentales de la mencionada Orden . Uno, cuando advierte que "en caso de atentado contra el Presidente de la Nación se debía contestar con miles de atentados, cuya ejecución quedaba librada a la CGT y al Partido Peronista". El otro, la revelación que emana del propio texto, al confirmar que "se confeccionaron listas de entidades y personas opositoras que deben ser suprimidas".

Ratificada la sanción por decreto 2034/55, una copia de la Orden quedaría incorporada al expediente como anexo al capítulo III, de "consideraciones previas". Para mayores datos, "a fojas 42 a 46", como dicen los abogados. Y se la menciona especialmente en el punto A, referido a la imputación de "sembrar el odio en la familia argentina e incitar a la violencia y al crimen" (fojas 119-120). Así surge de la lectura del fallo, cuyo texto se autorizó a publicar al año siguiente por disposición del decreto 14.988/56. Como se ve, estamos ante la existencia de un documento público y -como veremos- publicado.

Aquellos ejemplares de la temible orden confidencial conservados por los ex funcionarios fueron heredados por sus familiares hasta ir desapareciendo. Pero, como siempre ocurre, no iba a faltar quien tuviera el original y lo deslizara hacia las manos de un periodista. Felizmente en este caso, fue a parar al cuidadoso archivo de Félix Luna, que hace diecisiete años decidió darlo a conocer en el apéndice de Perón y su tiempo. Tomo II . La comunidad organizada (Sudamericana, 1985), una de las investigaciones más serias y documentadas sobre tan discutido período.

SUPRIMIR A LOS OPOSITORES

"Falucho" Luna incluyó, además, varias reproducciones facsimilares, entre ellas la carátula de la Orden con el sello "secreto confidencial y personal"; la página con la firma autógrafa de Perón, y un fragmento de las listas de opositores que debían ser "suprimidos", encabezado por los siguientes, nominados en orden alfabético: Andrés A. Amil, Gerardo Andújar, Luis Antón, Juan Carlos Arias, Armando Balbín, Ricardo Balbín, Clotilde Sabattini de Barón Biza, Germinal Russo, Lorenzo Blanco, Roberto Cabiche, Enrique Calot. Estos son los únicos nombres que Falucho reprodujo en el libro, pero nos contó que al revisar la letra ele descubrió que se encontraba incluido él también, debido a su militancia juvenil en el radicalismo (aunque por pudor no lo consignó).

De manera que no hay ningún misterio sobre la procedencia del memorándum reservado, el que hace ya mucho tiempo dejó de ser un secreto confidencial. Sólo carecía de la merecida difusión para un conocimiento correcto de nuestra historia contemporánea, y eso es lo que ahora se le ha otorgado, por aquello de que los lectores de diarios son muchos más que los devoradores de libros.

Pero hay más, porque la investigación de Luna revelaría, asimismo, la existencia de otro memorándum parecido, que se denomina Directiva para la prevención y represión de posibles actos de perturbación o alteración del orden público en la Semana de Represión (13 al 18 del corriente mes) . Se trata de un cuadernillo, esta vez de diez páginas mimeografiadas, del cual se imprimieron 66 ejemplares marcados con la leyenda "Estrictamente Confidencial y Secreto", los que fueron distribuidos en agosto de 1951 (ocho meses antes de la Orden ), y cuyo original está a buen resguardo en poder de Falucho.

Si bien eran todas directivas secretas, las sospechas de una represión violenta quedarían en descubierto cuando Perón, que escribía con el seudónimo "Descartes" en uno de los tantos diarios de la cadena oficial, estampó esa vez el siguiente párrafo: 

"El pueblo debe saber la verdad. Si se altera el orden, si hay atentado o asesinato, su reacción ha de dirigirse sobre los verdaderos culpables y dar un escarmiento que, por ejemplar, se recuerde por varios siglos"( Democracia , 16/VIII/1951).

Eran indicaciones bien claras de lo que, llegado el caso, podrían hacer los partidarios del gobierno con el respaldo de las fuerzas policiales. La represión sonaba terrorífica, a juzgar por los siglos de recordación que presuponía, y se encuadraba, como siempre, en una repulsiva ilegalidad, pues no se la decretaba oficialmente sino a través de órdenes secretas.

Lo que nadie imaginó fue que el hábito castrense de la prolijidad les jugaría una mala pasada a los autores de tantos mensajes confidenciales. Preparados cuidadosamente por un comandante de la Gendarmería (Guillermo Solveyra Casares), certificados con la firma de un general del Ejército (Juan Domingo Perón) y custodiados por otro general (José Humberto Sosa Molina) y un almirante de la Armada (Alberto Teisaire), fueron conservados con un esmero del que se jactaría el propio entregador, cuando aclaró que "los había guardado bajo siete llaves".

Medio siglo después, esos papeles duermen en el segundo piso del Superior Tribunal de Honor del Ejército. Y como son documentos públicos, pueden ser consultados por cualquier ciudadano que se interese en investigar esta parte de nuestra historia.









Fuente: “Las órdenes secretas de Perón” por Hugo Gambini para La Nación del 27 de mayo de 2002. 
Leer más...

miércoles, 18 de octubre de 2017

Marcelo T. de Alvear: "Designase al Ing. Cnel. Mosconi Director de Yacimientos Petroliferos Fiscales" (19 de octubre de 1922)

Buenos Aires, octubre 19 de 1922

El Presidente de la Nación Argentina

DECRETA:

Art. 1: Nombrase Director General de los Yacimientos Petrolíferos Fiscales, al Ingeniero Coronel don Enrique Mosconi.

Art. 2: Comuniquese, publiquese en el Boletin Oficial y dese al Registro Nacional.

ALVEAR – T. A. LE BRETÓN











Fuente: Decreto de nombramiento del Director General de los Yacimientos Petrolíferos Fiscales, Ing. Cnel. Don Enrique Mosconi, 19 de octubre de 1922. 
Leer más...

sábado, 14 de octubre de 2017

Ramón Columba: “Sánchez Sorondo, el frac y la banda presidencial de Yrigoyen” (1949)

Para mí, la más sugestivas y curiosa de todas las anécdotas que se pueden narrar sobre Sánchez Sorondo es esta:

Siendo Presidente Provisional de la Nación, en 1931, en los días en que el General Uriburu se ausentó al norte del país, tuvo que recibir a un ministro extranjero acreditado ante nuestro gobierno, y la ceremonia protocolar debía realizarse con las formalidades de costumbre. La primera de ellas es la de que el presidente, vestido de gala y con la banda oficial, lo reciba en el Salón Blanco de la Casa Rosada.

Frac tenía el Ministro del Interior, encargado interinamente de la presidencia, pero, banda, no. ¿Qué hacer? No había tiempo de mandar a bordar el sol sobre una cinta argentina y dotarla de sus borlas características. 

-Excelencia: la situación esta salvada. El Presidente Yrigoyen, al abandonar su despacho, dejó aquí su banda- es la información de un empleado del ceremonial.

En política, lo inesperado, lo que uno menos piensa, está permanentemente acecho de los acontecimientos. Esta vez es, en Sánchez Sorondo, la banda de Hipólito Yrigoyen. ¿Quién iba a decir, en 1919 cuando el irreconciliable opositor proponía el juicio político contra el presidente radical por ser su gobierno –según dijo- “una dictadura en marcha”, que once años después tendría su corazón palpitando bajo esa misma seda “dictatorial”, puesta sobre su pecho en carácter de jefe suplente de una revolución que desde el gobierno ejercía.




El Sr. Ministro del Interior Dr. Matías Sanchez Sorondo en frac con la banda presidencial del ex Presidente de la Nacion Dr. Hipólito Yrigoyen.







Fuente: El Congreso que yo he visto Tomo II (1914-1933) de Ramón Columba, Editorial Columba, 1949.
Leer más...

sábado, 7 de octubre de 2017

Nerio Rojas: "Cuestión de Privilegio con motivo de la ubicacion de los diputados de la UCR" (28 de junio de 1946)

Sr. Presidente (Guardo). Tiene la palabra el señor diputado por la Capital.
Sr. Rojas (Nerio). En nombre de los diputados de la Unión Cívica Radical deseo plantear, ante esta Cámara, nuestra disconformidad en forma de cuestión de privilegio, respecto de la decisión de la Presidencia, ubicándonos a la derecha en este recinto.

No habríamos quizá abordado en forma de debate público esta cuestión y habríamos limitado nuestra disidencia a dejarla como constancia de ese desacuerdo; pero la resolución de la Presidencia de este cuerpo en sus fundamentos ha adjetivado a los sectores de esta Cámara, y ello implica una opinión doctrinaria que no compartimos ni podemos aceptar. En virtud de ello planteamos este debate. No es, como podría creerse, una simple cuestión de palabras; no es siquiera una cuestión política exclusivamente. La planteamos porque entendemos que ella implica una definición doctrinaria que es necesario esclarecer.

En estos últimos años la vida argentina padece de confusiones, y una de las mayores es la del uso indebido de las palabras. Mucha moneda falsa corre en este asunto de nuestro vocabulario político en los últimos años y no hay manera de esclarecer las conciencias, si las palabras implican equívocos. Por eso hablamos esta tarde.

Nuestra disconformidad comienza por afirmar, rotundamente, que no somos un partido de derecha. La Unión Cívica Radical no lo fue nunca; no queremos que lo sea, ni queremos que nadie crea que lo somos. Por eso no nos agrada que en nombre de una interpretación de doctrina política se nos ubique a la derecha.

Existen parlamentos como el inglés, donde la distribución de las bancas no tiene significación ideológica; en cambio, hay otros, como el francés, donde ello implica una definición.

La tradición argentina, a partir del año 1912, tiene en esto una significación doctrinaria como la tiene en el Parlamento francés. Es por eso que no estamos dispuestos a aceptar en silencio que el sector oficialista se proclame de izquierda y que nosotros seamos la derecha.

En concreto, y antes de dar otras razones, objetamos que en el Diario de Sesiones se hable, como ha sucedido en los últimos números, de «sector de la derecha», y reclamamos que cuando se aluda a nosotros, la Presidencia imponga que en el Diario de Sesiones se diga «sector de la Unión Cívica Radical», y cuando se refiera a todo el sector de este lado, se exprese «sector de la oposición» o «sector opositor», si es que no se quiere hacer discriminación de partidos.

Nosotros, como diputados de la Unión Cívica Radical, sabemos lo que significamos en la vida política argentina y tenemos una noción ideológica de lo que es un partido político. Un partido político es una existencia histórica; es un órgano político de una nación; no tiene la acepción que nosotros le asignamos a partidos de emergencia, surgidos al calor de los recursos oficiales, partidos que pueden ser conglomerados de hombres dispuestos a marcar el paso y a marchar obedeciendo ordenes de un jefe.

Nosotros no entendemos la política así. No entendemos el sentido de la palabra partido de ese modo. Por eso somos miembros de este partido que se llama gloriosamente Unión Cívica Radical y que se llama Unión Cívica Radical sin necesidad de adjetivos complementarios.

Nosotros somos un partido que tiene raíces en la historia argentina, que representa esa corriente que viene desde los años lejanos de la nacionalidad, nosotros hemos encauzado las tendencias, las aspiraciones tradicionales de la democracia renovadora argentina, que siempre marchó con nosotros hacia la izquierda, que tiene su raíz mas distante en esa especie de izquierdismo político que en su tiempo significó Mariano Moreno y que maduró para la historia cívica en la gran figura de Hipólito Yrigoyen.

Eso es lo que nosotros representamos, hemos estado siempre y seguiremos estando contra todo lo que significa derechismo, reacción, oligarquía, contra todo eso oscuro de las fuerzas del país que triunfaba el 6 de septiembre con el general Uriburu, que siguió beneficiando de la Nación y del gobierno bajo Justo y bajo Castillo, que tuvo como principal base de fuerza las mismas energías y hombres que hicieron la revolución del 4 de junio.

No aceptamos, entonces, que este movimiento de junio sea un movimiento de izquierda. Por eso planteamos nuestra disidencia.

No he de insistir en todo lo que hay de renovación, de justicia obrera, de equidad en la política del trabajo, de renovación social en el programa de nuestro partido. En la obra realizada por los gobiernos radicales y por los legisladores radicales que no esperaron este descubrimiento que parece o pretende hacer el movimiento de junio en favor de la justicia obrera, porque nosotros la conocíamos y la practicábamos desde muchos años atrás.

Nosotros, con Yrigoyen al frente, hicimos esa obra de renovación. La realizamos con este gran merito que la historia ha de reconocer, que la hicimos sin caer en los excesos de la demagogia v sin abolir las libertades del pueblo. Por eso estamos acá para defender esos ideales; por eso hemos de tener la convicción, la energía, el espíritu de sacrificio para defenderlo, desde estas bancas y fuera de ellas, porque obedecemos a un mandato histórico. Tendremos para ello una consigna que hemos ido a buscar -y aquí la evoco- en aquella magnífica frase de Monteagudo, que repito dirigida a la conciencia de los señores del oficialismo. Dijo en su oración de la Sociedad Patriótica:

«No habría tiranos si no hubiera esclavos; y si todos sostuvieran sus derechos, la usurpación seria imposible».

Quiero dirigirme ahora al sector oficialista; y digo «oficialista» porque el decoro de diputado me impide llamar «peronistas» a los colegas, ya que eso no estaría de acuerdo con el sentimiento que los argentinos deseamos ver imperando en la política del país.

La doctrina de izquierda, o que se debe llamar de izquierda, tiene en realidad dos aspectos el puramente político y el social. El primero significa la defensa y el afianzamiento de las libertades civiles y políticas del ciudadano; el otro es el de la justicia obrera, de la equidad en las reivindicaciones del trabajo. Todo izquierdismo autentico ha de ser integral, ha de comprender el aspecto de las libertades y el aspecto de la justicia obrera: el que se reduzca a uno solo de ellos es un izquierdismo falso, es el izquierdismo incompleto, no es izquierdismo sincero. El izquierdismo debe saber -y la masa trabajadora no debe olvidarlo nunca- que no hay justicia obrera perdurable si no hay libertad.

Precisamente por haber olvidado esta dualidad del izquierdismo, algunos pueblos se dejaron engañar por el movimiento fascista. La política totalitaria ha explotado las ansias de justicia social que hay en el pueblo, y le ha otorgado mejoras de salario y organizaciones que lo favorecían, mientras le escamoteaba esa cosa sagrada que es la libertad del hombre. Nosotros, los diputados de este sector, entendernos el izquierdismo en su forma integral; y lo hemos practicado sin necesidad de llegar al extremismo con que suele confundírsele.

Después de esta premisa, señores diputados, he intentado -para poder interpretar a mi sector- hacer una exegesis de este movimiento que se dice de izquierda y que yo llamo oficialista... y no la he encontrado. La filosofía política de esta revolución de junio es una charada, que no tiene solución doctrinaria, aun cuando puede tenerla desde otros puntos de vista. Pero a mí como diputado me alarman muchas cosas, y una de ellas es la serie de interrogantes que están agitando la conciencia de los hombres que en la Argentina no hemos perdido el juicio. Hay diversas maneras de interpretar la historia. A mi me place, por habito y por convicción, interpretarla psicológicamente, o sea, viendo lo que hay de explicación psicológica en el temperamento o en los antecedentes de los hombres que dirigen los acontecimientos. Y por eso estoy inquieto, llena de interrogantes mi conciencia, porque yo se que hay un fatalismo psicológico y ese fatalismo psicológico hace que un hombre educado para mandar, cuando llega al gobierno, confunde mandar con gobernar. Y se también, por una razón histérica y psicológica, que cuando un hombre ha gobernado por la fuerza le cuesta y es muy difícil que se adapte a las limitaciones que la ley le impone. Y la historia lo enseña. No he de hacer historia: me bastara recordar el caso de Napoleón III que surgió...

(Interrupción de un diputado)

Recordaba el caso de Napoleón III que surgió también elevado por una ilusión republicana y que, por un fatalismo psicológico, termino poco después por ser el dictador de Francia, instaurando nuevamente el Imperio. La historia ha de servir para algo, señor Presidente.

Le ruego al señor diputado por la Capital que me deje decir estas últimas palabras. Yo quiero que las cuestiones que voy a plantear, si no hoy, porque tal vez no haya debate sobre ellas, en otro momento, alguna vez en esta Cámara, quiero que los señores colegas de la mayoría nos respondan a las preguntas que voy a formular.

Son cuestiones que desconciertan. Parece que en el gobierno hay izquierdismo cuando se restablece las relaciones con Rusia, pero al mismo tiempo yo no veo como se puede conciliar eso con el maridaje que se ve en la calle y en el ambiente argentino de esas mismas fuerzas con las fuerzas nazifascistas del país, que recorren la ciudad vivando a Rosas. Tampoco veo claro como ha de ser izquierdismo integral uno que va tendiendo en el aspecto económico del Régimen totalitario, puesto que lleva hasta el extremo de controlar el crédito y los intereses de los individuos. Como puede ser izquierdista una tendencia oficial que tiene amenazada la libertad de prensa mediante un decreto de confiscación del papel para diarios.











Fuente: Cuestión de Privilegio con motivo de la ubicación de los Diputados de la UCR (Comité Nacional), H. Cámara de Diputados, Tomo I, p. 294, 28 de junio de 1946.
Leer más...

Roberto M. Ortiz: "Telegrama por el fallecimiento del Dr. Carlos Noel" (3 de enero de 1941)

Buenos Aires, 3 de enero de 1941

Al Sr. Embajador en Río de Janeiro
Doctor Eduardo Labougle:

Sin el juicio de las instrucciones que sean impartidas a V.E. por el conducto del Ministerio de Relaciones Exteriores le ruego amistosamente quiera aceptar mi representación a objeto de rendir homenaje con motivo de la desaparición de nuestro Presidente de la Cámara de Diputados y dilecto amigo, Dr. Carlos M. Noel. Ruégole siquiera interpretar mi dolorosa intención y sincera simpatías y hacerles llegar a los deudos presentes en esta.

Roberto M. Ortiz








Fuente: Telegrama del Sr. Presidente de la Nación, Dr. Roberto Marcelino Ortiz, al Sr. Embajador en Rio de Janeiro por el fallecimiento del Presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Dr. Carlos Noel, 3 de enero de 1941.
Leer más...

sábado, 30 de septiembre de 2017

Mariano de Apellaniz: "Su hora más gloriosa" (29 de marzo de 1992)

Volver los ojos hacia el pasado es circunstancia reconfortante cuando se trata de exaltar una figura que, como la de Alvear, se yergue majestuosa y serena entre los resplandores de su grandeza moral en el cuadro de la historia cívica de nuestro país.

Las alternativas de medio siglo de luchas cívicas hicieron de él un verdadero cruzado de la democracia argentina.

Aparece en la acción cívica decididamente, para participar en los acontecimientos que culminarían con la Revolución del noventa. Este vigoroso despertar de energías populares, grande por la justicia de su causa, fue campo propicio para que (…) juveniles, ocupando su puesto de soldado en los cantones de la revolución, en horas de peligro. Fue una de las piedras fundamentales de la Unión Cívica, que siguieron a Alem y a Del Valle en columnas firmes y nutridas para encauzar el sentimiento nacional hacia una evolución transformadora cristalizada en ideales cada día mas elevados de libertad política.

En idénticos transportes de entusiasmo y con las mismas expansiones de patriotismo interviene Alvear en forma destacada en la Revolución del noventa y tres que, si bien fue un hecho local por el lugar donde se consumó (provincia de Buenos Aires), fue así mismo un acontecimiento (…) proyecciones y la repercusión del espíritu que la animó. Vuelve a poner de manifiesto su espíritu de líder del elemento juvenil, nervio y vigor de la floreciente organización popular que en el futuro presidiría. Le correspondió la difícil y peligrosa misión de marchar al mando de sus correligionarios y tomar por la fuerza la estación de Temperley, importante centro ferroviario, operación que cumplió con perfección. Cuentan que para no despertar sospechas se exhibió la noche anterior vistiendo frac en un palco del teatro Politeama. Este hecho consolido el triunfo de las armas revolucionarias.

Me he explayado sobre este aspecto (…) Alvear recordaba siempre con intensa emoción.

En 1896 y 1897, con el grado de teniente coronel, participa al mando de un batallón del regimiento cuarto de infantería en las históricas maniobras de Curu Maleal. Alvear esta una vez mas en su puesto de combate, ante peligros que se cernían sobre el horizonte de la patria. Los años posteriores transcurrieron dando aplomo a sus pensamientos.

Lo vemos así de legislador de frase clara y precisa, revelando siempre su firme y no demagógica preocupación por las clases desheredadas y auspiciando proyectos de ley que dieron a su labor legislativa gran autoridad (…).

Su actuación de tan alto nivel en el recinto y su fecunda labor en las comisiones le acreditaron títulos para su reelección, la cual se cumple. Interrumpe su segundo mandato a raíz de su celebrada designación como nuestro representante diplomático ante Francia, nación tan cara a sus afectos.

Sus elevadas cualidades diplomáticas quedaron ampliamente demostradas en el transcurso de los cincos años en que desempeño su misión.

Entre otras tareas formo parte de la delegación argentina ante la Asamblea Constitutiva de la Liga de las Naciones. Realizó gestiones ante otros países europeos. Las cortes y republicas del viejo mundo sabían que estaban en presencia de un gran señor y un autentico estadista.

Designado presidente de la Nación, regresa triunfante a su patria el 14 de septiembre de 1922 y es aclamado por el pueblo, que veía en él a un reformador de las conquistas democráticas y del progreso institucional.

Su presidencia es un capitulo clarísimo en los anales cívicos de nuestro país. Es una etapa bien precisa en la historia de los presidentes argentinos. En una época caracterizada por las abundancia de hombres aptos para la función publica de gobierno fue Alvear uno de los mandatarios mas completos que la Nación ha tenido. Analizarla seria tarea ímproba.

Señalemos, sin embargo, algunos de sus grandes meritos de gobernante.

Una de sus características salientes como hombre de gobierno fue la selección de sus colaboradores. Maquiavelo destaca en El Príncipe que uno de los puntos más importantes, y que da la medida del valor de los que gobiernan, es la selección de sus colaboradores, recalcando que un príncipe que sabe depositar acertadamente su confianza es un gran príncipe.

Fue así como ocuparon sucesivamente ministerios en su gabinete Matienzo, Vicente Gallo, José Tamborini, Ángel Gallardo, Celestino Marcó, Antonio Sagarna, Tomas Le Bretón, Emilio Mihura, Herrera Vegas, Víctor Molina, Loza, Roberto Ortiz, Agustin P. Justo y Manuel Domecq García. Estos nombres certifican la máxima del pensador francés: “Gouverner c’est choisir”. Concluyendo estos brochazos sobre Alvear presidente, recordemos la calificación que mereció de un periódico independiente –que fustigó muchas veces al partido gobernante- proclamándolo “Presidente de la Constitución”.

Algunos han criticado a Alvear afirmando que dilapidó su fortuna. No fue un dilapidador. Gastó parte de su fortuna personal, honestamente habida. Conviene recordar como la gastó. Sufragando gastos de las revoluciones juveniles y de campañas electorales, porque se negaba a aceptar contribuciones.

En su brillante embajada en París, con su grandioso manoir cerca de Versalles, Coeur Volant, agasajaba a las grandes personalidades mundiales: Clemenceau, Poincaré, Briand, los mariscales Joffre y Foch, Orlando, Lloyd George y muchos otro mas, haciendo conocer y ubicar en lo alto a la Republica Argentina.

Durante su presidencia hizo generosas donaciones a aquellos famosos conciertos populares de la Asociación del Profesorado Orquestal, que dieron impulso a la buena música, contribuyendo a la formación cultural y al nacimiento de nuestra vida musical. Durante su presidencia el país fue visitado por el príncipe de Gales y el príncipe Humberto de Saboya.

El presidente de la republica contribuyó a pagar gran parte de los gastos que demandaron estas regias visitas.

Pero si Alvear fue sano idealista en su juventud, meduloso legislador, consumado diplomático y estadista de seguro dominio del poder, fue en los últimos años de su vida cuando dio lo mejor de sí mismo, como conductor de un gran partido y vigía supremo de los intereses permanentes de la nacionalidad.

En cualquier parte del mundo hubiera sido un dirigente de garra, ya sea sobre los bordes del Potomac, bajo las viejas arcadas de Westminster o bajo la cúpula del palacio de Borbón.

Tomó la dirección de un gran partido, con prestigio de ex presidente, tarea que durante el gobierno surgido de la revolución del 6 de septiembre de 1930 no le acarrearía sino contrariedades; pero sabía muy bien que la vida cívica es responsabilidad y sacrificio antes que honores. Era el hombre político para cumplir una misión que rendiría servicios insignes y que entrañaba deberes excelsos.

Sufre confinamientos y vejámenes. Se aleja de su patria y vuelve a la acción luego de los injustos procesos y destierros a que es sometido. Se intenta presentarlo como un peligro izquierdista.

Siempre al frente de su partido, se apresta a librar la batalla más grande de su existencia, a la cual tuve el privilegio de asistir entusiastamente. Acepta su candidatura a la Presidencia de la Nación impuesta por su partido y votada unánimemente por la convención.

No desea ir nuevamente al poder como coronamiento de una ambición. Encarna un principio. Candidato a una segunda presidencia, cuando frisa los setenta años, emprende una de las campañas mas intensas que se conozcan.

Quizás uno de sus días más felices, en el cual recibió una de las recompensas más grandes en vida, fue el 1 de septiembre de 1937. Una imponente asamblea aclamaba su nombre confiándole el anhelo de sus reivindicaciones. La republica vibraba con la sola esperanza de su segunda presidencia. Veíamos los argentinos en otro gobierno de Alvear el afianzamiento definitivo de las instituciones y la elevación civil de la argentinidad. Quería la ciudadanía otra vez en la primera magistratura a quien había demostrado que la honradez política es una derivación de la dignidad privada.

No dudó Alvear en olvidar agravios y despojos, echando de lado recuerdos de acontecimientos funestos que habían pretendido afectar su personalidad y habían entorpecido la marcha del país.

Evidenciaba todo lo noble y alto que en la política existe. Nada ambicionaba para él. Pudo llegar, entre otras cosas, a los estrados del Senado, como aquel profundo pensador ingles que ante el ofrecimiento de una banca en el Parlamento creyó “que los hombres sirven muchas veces mas y mejor al pueblo penetrándolo en su espíritu que desde la plataforma de los honores”.

Pudo decirse con acierto que había superado la condición de líder de un gran partido, pues diversas corrientes lejanas a él se nucleaban en su torno.

No ejercía una profesión, cumplía un mandato.

Lo vi por última vez en Mar del Plata, pocas semanas le quedaban de vida. Vestía capa de marino, lo que le daba un aspecto de viejo timonel de tempestades. Me dijo que luego del tónico del mar buscaría un descanso sedante en Don Torcuato y que luego reiniciaría la lucha. Al pronunciar estas palabras su cuerpo enfermo cobró nueva vida, su rostro se iluminó y su imponente figura puesta en pie reclamaba con ansia el combate.

Ante esta expresión de suprema esperanza y rebeldía de su espíritu fuerte hasta el final, me estremecí.

Tuve el terrible presentimiento de que no oiría más su palabra aleccionadora, pero sentí un consuelo que me invadía: las luchas y agitaciones que habían agotado su vida no serian estériles.

Lo dije en una oportunidad:

“Winston Churchill, en frase que se transformó en histórica, calificó de su hora mas gloriosa a los instantes mas difíciles y amargos por los que atravesó su patria”


Y agregaba que el artista que concibiera el monumento de Alvear debería hacerlo representándolo en sus últimos años, porque esa fue su hora más gloriosa.











Fuente: “Su hora más gloriosa” por el Sr. Mariano de Apellaniz y Castex en el Diario La Nación del día 29 de marzo de 1992.
Leer más...

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Juan T. Zavala: "Origenes de la Unión Civica Radical en San Luis" (1987)

La prevista división de la Unión Cívica primitiva se produjo; la agrupación que seguía al general Mitre se llamó Unión Cívica Nacional, y la que aceptó la dirección del Dr. Alem Unión Cívica Radical.

El Dr. Aristóbulo del Valle, el inminente tribuno, se quedó en el Arroyo del Medio; no fue ni con tirios ni con troyanos, y siempre abogó por restablecer la unión. Quizás, y merecidamente, él se considero único vínculo entre ambos partidos para llegar a la presidencia nacional.

La Unión Cívica Radical fue revolucionaria, por sus ideales abnegados no podía de otro modo abrirse camino; la Unión Cívica Nacional fue gubernista roquista. El Dr. Del Valle era inter roquista y revolucionario.

En San Luis la Unión Cívica Radical se organizó con la presidencia del Dr. Teófilo Sáa; en sus primeros meses se le llamó Unión Cívica Popular. Llegó a ser poderosísima, en sus filas se encontraba casi la totalidad del pueblo de la provincia.

De seguida se planteó una cuestión electoral para renovar el poder ejecutivo provincial; la Unión Cívica Radical proclamó la candidatura del coronel Rosario Suárez y el partido oficial o roquista levantó la candidatura de José Elías Rodríguez.

La lucha adquirió una intensidad revolucionaria; hasta los extremos momentos, en que el gobierno acuarteló sus tropas para esperar el ataque armado de su adversario. La divina providencia se interpuso para evitar el derramamiento de sangre en la noche destinada al estallido; intervinieron en arreglo por una parte el senador Toribio Mendoza y por la otra los doctores

Teófilo Sáa y Ciriaco Sosa. Se aceptó por candidato a la gobernación, único o de todos, al Dr. Jacinto Videla.

El Dr. Videla estaba emparentado con los Sáa; el coronel Suárez por tener su familia y domicilio en Buenos Aires, vivía en casa del primero, existía pues íntima amistad. Aunque el candidato de transacción llevaba color roquista y su acción política la había desarrollado a la sombra de los Mendoza, era un ciudadano sin pasión en las luchas, contemplativo de ellas, sin afecciones visibles comprometedoras; así, uno y otro partido podían considerarlo suyo. Por estos antecedentes, los radicales con la candidatura del Dr. Videla creían haber rendido a los Mendoza y alcanzado un gran triunfo.

El Dr. Videla resultó elegido gobernador por unanimidad. Los mitristas o cívico-nacionales no tuvieron candidato ni concurrieron a los comicios; se les llamó Breva Pelada, porque aprovecharon el triunfo de los otros.

Una vez en posesión del mando, el Dr. Videla llamó a participar del gobierno a los mitristas y radicales; los mendocistas o roquistas eran en realidad los dueños de todas las reparticiones, por consiguiente de la legislatura y tribunales. El ministerio general se confió a un solo ministro, al Dr. Juan A. Barbeito; para disimular el desaire y atenuar el fracaso radical, se nombró jefe de policía a Abelardo Figueroa, uno de sus más distinguidos y honorables hombres, e intendente municipal a Leontes Videla. La aceptación radical debió ser para dar tiempo a cumplir algunas promesas del nuevo gobernador, o para preparar una revolución: cuando un político quiere tragar a otro, el plan se trama en el misterio, según lo reza el maquiavelismo -vaya una felonía por otra, o se dan la mano la sinceridad con la malicia-. Apenas algunos días pasaron, renunció al cargo Figueroa.

Se estaba en la época de esplendor de la “política de acuerdo”; en todas las provincias se debían formar gobiernos de confraternidad de roquistas y mitristas. En la situación de San Luis había maniobrado por debajo de tierra la vulpécula; el “pensador silencioso”, con su diablura, con su talento, con su providencia y escuela había fumado a los zonzos radicales!

En realidad la provincia continuaba bajo el régimen roquista, con el comité de los cívicos-nacionales adherido.

Los sucesos corresponden a 1891.

Caído Juárez Celman, la presidencia era desempeñada por el vicepresidente Dr. Carlos Pellegrini; con el general Roca, los oficialismos volvían a ponerse en pie de guerra para impedir otra revolución, o mejor dicho, para perseguir al Dr. Alem y a todos los dirigentes radicales del país. En las provincias las hostilidades eran criminales; cuanto más abandonados por la opinión los gobiernos locales, tanto más furiosos se manifestaban; su debilidad y miedo se engreían con el auxilio de batallones o piquetes del ejército, con que el gobierno nacional los sostenía.

La Unión Cívica Radical, convencida de que jamás obtendría libre acceso a los comicios, y que el sufragio “universal” era un mito, o se disolvía como partido, o necesariamente se consagraba a un movimiento subversivo; por esto, no por sistema, era revolucionaria; hasta se le precipitaba a la revolución por las persecuciones y violencia de los mismos oficialismos.

El 2 de abril de 1892, declaróse el estado de sitio, para encarcelar a los radicales de todo el país; los doctores Alem, Bernardo de Irigoyen y muchos otros fueron encerrados en buques. En San Luis se hizo la misma maniobra; apenas amanecido el día mencionado, el comisario de órdenes Ventura Domínguez, un sargento y varios agentes se presentaron en mi domicilio para conducirme preso al cuartel de policía. Se me encerró en una celda inmunda, sin muebles ni para sentarse, incomunicado y a puerta cerrada. Luego llegaron presos otros compañeros -Dr. Cristóbal Pereira, Dr. Marcial Gigena y Leontes Videla.

Gobernaba entonces el Dr. Jacinto Videla y el jefe de la policía era José Gazari.

El día anterior había venido a mi poder una carta del gobernador Videla al gobernador de Mendoza, acordando un plan para ayudarse recíprocamente en el caso del estallido nacional. El oficialismo de toda la república estaba sobre las armas.

En la noche del 2 de abril, a deshora, y mientras yo permanecía incomunicado, la policía penetró en mi casa de familia, forzando puertas, a registrar en busca de gentes y armas. Mi esposa en período puerperal de tres días y sola, con cinco pequeños hijos, angustiada su situación con mi prisión, de la cual no había conseguido informes exactos. Con aparatoso terror se removieron todas las habitaciones del edificio y nada se encontró. La desolada madre enferma no fue muerta en un santiamén, pero le sobrevino un agravamiento casi mortal.

Por la mañana del 3 de abril, desde mi calabozo percibí, de conversaciones de detenidos, que mi casa había sido asaltada y registrada por la policía. Mi desesperación fue de dolor, de furor; a través de la puerta de mi celda con llave llamé a la guardia y le pedí encarecidamente se hiciera saber al jefe de policía mi urgente necesidad de hablarlo. El señor Gazari vino, y yo dominado por mi exaltación de esposo y de padre, con toda expansión le enrostré el salvaje atropello que el gobernador y él habían cometido en mi hogar. Me toleró, me escuchó con prudencia, me compadeció y se excusó manifestando que la policía había producido el hecho sin sus órdenes.

Me preocupó, desde entonces, una sublevación dentro del cuartel; la acordamos los prisioneros políticos, es decir, yo, el Dr. Gigena y Leontes Videla, menos el Dr. Pereira que consideraba la conjuración contraproducente.

Contábamos con todos los presos, con algunos sargentos y muchos agentes, que desde algún tiempo mantenían una consigna revolucionaria con la Unión Cívica Radical; sigilosamente fuimos haciendo entrar armas y dinero para distribuir con las precauciones que tales circunstancias requieren.

Estaba casi terminado el plan, cuando se dispuso poner en libertad a mis compañeros, menos a mí. Con intervalo de días se me tomaba declaración, manteniéndoseme siempre incomunicado. Mi esposa enferma y acongojada, por súplicas consiguió del jefe de policía que permitiera que mi hijito Ernesto, menor de cinco años, llegara hasta mi celda para verme. El niño en mis brazos me indicó que quería sacarse el zapato; en efecto, dentro de la media y debajo de la planta del pie me traía un papelito escrito con comunicación reservada.

Satisfechas esas odiosas venganzas, recobre condicionalmente mis garantías individuales.

Por mi prisión y el estado de sitio a “El Pueblo” se había impuesto el silencio de las tumbas.

Es de recordar que el entonces presidente de la Unión Cívica Radical de San Luis, Dr. Teófilo Sáa, se encontraba ausente, cuando el estado de sitio del 2 de abril. En Río Cuarto sufrió como los demás correligionarios, su prisión.

En ninguna parte del país se oía un eco de oposición; toda la fuerte Unión Cívica Radical y el pueblo todo estaban bajo sojuzgamiento del “Acuerdo” de los generales Roca y Mitre; pero el viento recio de la opresión, sin pensarlo, formaba la voluntad formidable y forjaba el acero que habrían de destruirla.

El Dr. Alem, jefe del radicalismo, y demás prisioneros readquirieron su libertad y con más tesón trabajamos en la obra revolucionaria como el cruzado santo.

El espionaje y toda clase de violencias contra la propiedad y la vida se habían establecido como sistema legítimo por el oficialismo para exterminar a la oposición en el país; pero ésta renacía con más intenso latido del corazón del pueblo argentino. Los recursos con que la tiranía cree mantenerse son los mismos con que se precipita en el abismo.

Se rehicieron los trabajos de la conflagración nacional, con la participación del ejército; en cada provincia, la Unión Cívica Radical tenía armas distribuidas y gente misteriosamente organizada para responder al movimiento general revolucionario, una vez recibido el aviso de la dirección central de Buenos Aires. Estos preparativos se suspendían por tiempo más o menos largo, porque el gobierno federal los sentía y adoptaba medidas de represión y cambiaba jefes y oficiales de los cuerpos de líneas, que creía complicados.

En mayo de 1893, el Dr. Leandro N. Alem, presidente del Comité Directivo Nacional, por enviados especiales hizo saber a cada provincia que era indispensable reorganizar la Junta Revolucionaria, encargada del plan de ejecución del movimiento: para ello pedía que se enviara inmediatamente un delegado secreto en representación de la Unión Cívica Radical; para que con la autoridad de todas las provincias se constituyera una nueva junta. Por San Luis fui designado; por Mendoza y San Juan, respectivamente, los doctores José N. Lencina y Vicente Mallea. En el tren de viaje nos encontrábamos los tres representantes de Cuyo; el mismo día de llegada a Buenos Aires, estuvimos con el Dr. Alem, en su domicilio, para lo cual había que tomar grandes precauciones para escapar del espionaje.

Desde los primeros momentos nos informamos con pesar de que las relaciones del Dr. Alem con el Dr. Hipólito Irigoyen, caudillo de la provincia de Buenos Aires, no eran cordiales. Irigoyen no quería sujetarse a lo que resolviera la Junta Revolucionaria, sino a lo que él entendía que convenía.

El 10 de mayo, los catorce delegados de las provincias nos reunimos en casa del Dr. Alem, y después de la deliberación correspondiente, quedó constituida la nueva Junta, compuesta de cinco miembros y bajo la presidencia de aquél; además, y por pedido del Dr. Alem, la Junta determinó un plazo máximo, para que hiciera la revolución nacional; se fijó que fuera antes del 30 de junio; se debía avisar con anticipación de ocho días a las provincias y se acordó una clave de comunicación. Todo se arregló y las delegaciones volvieron con la consigna a las provincias.

San Luis, Mendoza y San Juan acordaron una ayuda mutua en la insurrección. En estas tramitaciones, y como lugar medio de Cuyo, por representación de ésta provincia, fui varias veces enviado a Mendoza, para entrevistas con los radicales de allí y de San Juan.

Desde el 12 de octubre de 1892 desempeñaba la presidencia de la República el Dr. Luis Sáenz Peña, distinguido ciudadano que había sustituido al general Mitre en la candidatura del Acuerdo. El vice-presidente era el Dr. José Evaristo Uriburu, de las intimidades roquistas y mitristas.

El Dr. Sáenz Peña, fuese por su propio patriotismo o por los consejos de su hijo Roque, tan eminente argentino y antirroquista, se preocupó de orientar su gobierno hacia los elevados ideales de la opinión pública; pero pronto advirtió que era un cautivo del “Acuerdo”, que el Congreso no le correspondía y toda la administración se hallaba montada como una máquina hostil. Esta presidencia es célebre porque modificaba su gabinete cada semana o mes.

Roca, desde su simulado retiro, detrás del telón político, maniobraba con desalmada sagacidad, para causar atonía en la presidencia e impedir que la Unión Cívica Radical adquiriese garantías de oposición.

Al finalizar junio de 1893, esto es, próximo a vencer el término que se fijó a la Junta para que lanzara la revolución, el presidente Sáenz Peña llamó al Dr. Aristóbulo del Valle para que le formara ministerio; aceptó, con la cooperación de hombres ilustres como el Dr. Vicente F. López, y él se reservó la cartera de guerra.

Del Valle estaba iniciado en el secreto de la revolución inminente, tenía participación; en el cambio de posición su actitud dejaba de ser la misma.

Habló con el Dr. Alem y le manifestó que desde el gobierno impediría la revolución general simultánea proyectada en el país; sí, la consentiría parcial y sucesiva; en las provincias que ella triunfara, se la reconocería dueña de las situaciones. La Junta dispuso que Buenos Aires, Santa Fe y San Luis se prepararan para estallar en un mismo día; en efecto, el 30 de julio de 1893 se ejecutó la revolución en las tres provincias.

La Junta revolucionaria de San Luis se componía del presidente Dr. Teófilo Sáa, de José María Tissera y de mí. Ordenóse la reconcentración de la gente, cien hombres, más o menos, en distintos cantones y con algunas horas de anticipación. El acontecimiento debía realizarse a las cuatro de la mañana del día indicado.

El gobierno del Dr. Videla estaba siempre prevenido; el cuartel de policía tenía un refuerzo permanente de un piquete del ejército, al mando del capitán Charlini; por lo general toda la fuerza se acuartelaba de noche. El gobernador Videla se hacía cuidar por una guardia nocturna armada, en su domicilio particular.

Además, por otros motivos, existían sospechas de que fuéramos descubiertos y abortara la revolución; pues yo tuve en mi poder una carta del Dr. Videla al gobernador de Mendoza, poniéndose de acuerdo para la ayuda recíproca en el caso de producirse la revolución; el 29 de julio, el telegrafista Páez conversó en casa de la familia Loyola que yo había recibido un telegrama cifrado de Dr. Víctor C. Lucero, que se encontraba en Buenos Aires, el cual lo interpretaba como un aviso para que se hiciera la revolución en San Luis.

En previsión de todo, la Junta resolvió que si algún cantón era sentido ya cometido por la policía, antes de la hora convenida, resistiera y el estallido general se produjera conjuntamente.

Según recordamos, los cantones se hallaban distribuidos como a continuación son expresados:

El cantón del Dr. Sáa se ubicó en la casa de familia de Videla, frente al cuartel, Plaza San Martín de por medio (entonces Plaza Independencia); componían el grupo el teniente Rosario Videla, Leontes Videla, Antonio Sáa, Gofredo Bettamelo, Marcos Rufino y otros.

El cantón de José María Tissera ocupaba la casa de éste, calle San Martín, a dos cuadras del cuartel.

El cantón situado en el edificio de Caracciolo Tissera, a cincuenta metros por la parte posterior del cuartel; en su organización se encontraba Víctor Videla, Francisco M. Concha, Antonio Alric, José Sáa, Guillermo Levingston, etc.

El cantón del Dr. Cristóbal Pereira, de calle 9 de Julio, a cuadra y media del cuartel; formaban parte Sinibaldo Vidal, el estudiante de sexto año del Colegio Nacional Casimiro Becerra, Víctor Tissera y otros. Por enfermedad del Dr. Pereira, Vidal dirigía el grupo.

El cantón a mi cargo ocupaba la casa del Dr. Domingo Flores, en la calle Colón, inmediata al domicilio del gobernador Videla; lo componían el Dr. Flores, Jorge A. Zavala, el estudiante del Colegio Nacional José Menéndez, Juan Tello, Genaro Sosa, Clemente Toledo, hasta un número de quince hombres.

Había, además, dos partidas volantes a caballo, cada una al mando de Nicolás Jofré e Hipólito Sáa.

La Junta Revolucionaria fijó las órdenes del combate en esta forma: los cantones del Dr. Sáa, José María Tissera y Dr. Pereira, debían atacar por el frente al cuartel; el cantón del edificio de Caracciolo Tissera (ignoro cuál era su jefe) atacaría por detrás del cuartel, para dominar azoteas y techos, combatiendo a las fuerzas oficiales desde arriba; mi cantón tomaría en su casa al gobernador Videla; Nicolás Jofré tenía la comisión de tomar al ministro Jofré, en su finca, a diez cuadras del centro de la ciudad; Hipólito Sáa para prender a toda gente sospechosa de hostilidad a la revolución y reunir nuevos elementos para ayudar a la lucha.

Se había designado de ayudantes de órdenes a Leontes Videla, por sus grandes cualidades de valor, de confianza y porque menos sospechas podía inspirar al oficialismo; era medio hermano del gobernador Videla, amigo y un ambulante nocturno, que muchas veces iba a mosquetear el juego de naipes en la casa del primer mandatario. El ayudante Videla mantendría las comunicaciones de novedades y de órdenes entre los cantones.

A la hora de las cuatro de la mañana estaba convenida la coincidencia de la señal de sonido de un tiro.

La noche llegó serena, con luna llena espléndida; por su brillante luz no parecía revolucionaria. A las ocho p.m. todos los jefes de cantones debíamos ocupar nuestros puestos.

Mi cantón, separado por paredes medianeras de la residencia del gobernador, se hallaba en una posición de ser fácilmente descubierto. Al penetrar en la casa del Dr. Flores por la puerta de la calle, la familia del Dr. Videla me vio y podía ser motivo de allanamiento, dadas las prevenciones de vigilancia; inmediatamente ordené que la gente se preparara con sus armas y municiones y permaneciera lista para esperar a la policía; mientras tanto se colocaron escaleras para trepar en los techos del edificio del Dr. Videla y para trasponerse a los fondos, llegado que fuese la oportunidad. Desde las diez de la noche, se observó que en la casa del gobernador entraban muchas personas y que el jefe de policía José Gazari y algunos empleados de su repartición iban y venían, esto estuvo sucediendo hasta las dos de la mañana; todo contribuía a formar las apariencias de inminente peligro, por consiguiente era natural nuestro aprieto. Pero el tiempo fue transcurriendo hasta quedarse en completa calma.

El ayudante Videla había venido una, o dos veces, con sus informaciones y a llevar las nuestras; por rumores se creía que el Cuartel resistiría con superiores fuerzas y rechazaría el ataque. Próximas las cuatro de la mañana, viene Videla y me comunica que el Dr. Sáa desea que mi gente refuerce lo más pronto posible el combate con el Cuartel, para lo cual yo debía prescindir de tomar al gobernador Videla, o hacerle un ataque breve. Una y otra cosa tenían sus inconvenientes: si prescindíamos, la gente del gobernador sería después un asedio para nuestra retaguardia, y él habría asegurado su escape y libertad, lo que importaba mayor peligro para nuestro triunfo; si el ataque se hacía con limitado tiempo, no podría ser decisivo y los atacantes nos pondríamos en malísimas condiciones, al gobernador lo suponíamos con una guardia bien montada, como era de su costumbre tenerla. En la junta revolucionaria habíamos resuelto, con especial interés, asegurar al gobernador y asegurarle su vida dentro de lo posible en circunstancias como las que se presentarían.

Así deliberamos, con reloj en mano, porque faltaban minutos para las cuatro, hora señalada… Suena un tiro. El ayudante Videla me propone:

“El comisario Sosa anda de servicio nocturno; vamos por la puerta de calle del gobernador, yo llamaré, simulando que soy el comisario, para que abran y entraremos”.

En tan premiosos instantes, no cabía la reflexión, todos fuimos afuera siguiendo a Videla, y con andar de pocos pasos, éste golpea la puerta llamando una, dos, tres veces y… los nervios no toleran más, Jorge A. Zavala y José Menéndez con la culata de sus fusiles hacen saltar a pedazos la puerta, se abre así, y se ve una persona con vestido de dormir que huye por el primer patio hacia los fondos de la casa. Nos precipitamos, unos persiguiéndola, otros por todas las habitaciones; la casa se encontraba con la familia sola y había huido el gobernador Videla; rápidamente hice buscarlo en un sitio intrincado de escondrijos, establecí una guardia y di la voz de correr hasta el Cuartel. El ayudante Videla se había anticipado a retirarse.

Se oía nutrido tiroteo; al entrar a la plaza San Martín, vimos gente que asomaba de un corralón de la esquina Rivadavia y 9 de Julio; era el grupo de Sinibaldo Vidal, que al principio de la lucha se había dispersado, con la excepción de Casimiro Becerra y Víctor Tissera, que permanecieron en el combate hasta quedar gravemente heridos y tendidos en el suelo.

Con mi gente llegamos hasta posesionarnos de las veredas de los edificios de la Legislatura y de Herrera y participamos del recio fuego, haciéndolo sobre el Cuartel y recibiéndolo de puertas y ventanas de éste. En el mismo frente, a pocos metros estaba el grupo del Dr. Sáa y más allá otro, que debía ser el de Tissera. Las balas llovían. Pasaron algunos minutos oyéndolas golpear en el suelo y en el frente de los edificios, sin hacer impacto en ninguno de nosotros. La puerta de oficina del Cuartel, de la esquina Rivadavia y 25 de Mayo, permanecía cerrada y sin ocupación de pelea, dimos la voz de apoderarnos de ella; inmediatamente nos echamos encima yo, Genaro Sosa, Menéndez y Jorge A. Zavala; a golpes y empujones la puerta se abrió; pero dentro se interponían otras puertas cerradas, se continuó trabajando con ellas y el grupo atacante aumentaba. Yo con Juan Tello salimos a la calle, busqué la portada del Cuartel, que habíamos visto permanecer cerrada con su portón de hierro en el combate, y en cuyo zaguán se situaba el cuarto de guardia que más tiroteaba; del fuego de una ventana hubimos de ser víctimas, Tello cayó, felizmente había resbalado en la vereda. Encontré abierto en ese instante el portón y penetré al patio o “cuadra”. (Después supe que la puerta había sido abierta por un tiro de rémington, en la cerradura).

En el patio se hallaban muchos revolucionarios, que casi simultáneamente y por distintas partes penetraban -por la azotea donde habían dominado completamente los revolucionarios-, por la puerta de oficina y por la portada. Se hacía rendir y se desarmaba a los defensores del gobierno; el teniente Fernández resistía, y para evitar que se lo matara, hubo que rogarle que entregara la espada; aparte, en otro punto, Leontes Videla, quiso arrancar el rémington a un sargento, que rehusaba entregarlo, y éste le descerrajó el arma y atravesó el cuerpo. Corrimos varios a atender al compañero; lo condujimos al cuarto de banderas, yo me hice cargo de su cuidado, mientras los demás arreglaban el Cuartel. Mandé en busca de médicos, a traerlos con su voluntad y sin ella, las circunstancias eran apremiantes; con empeñoso esfuerzo vinieron los Dr. José María de la Torre y Julio Olivero. Videla tenía atravesado de bala el riñón y su estado era gravísimo.

El Dr. Teófilo Sáa estaba herido de refilón en la región más alta de la cabeza, con bala de rémington; José Sáa había sido muerto en los techos de Cuartel, Casimiro Becerra y Víctor Tissera con heridas también, el primero en el riñón y el segundo en el muslo, con el fémur hecho pedazos.

Consagradas las primeras horas a los muertos y heridos y a dejar en orden la policía revolucionaria, yo volví a las ocho de la mañana a mi hogar, a ver a mi desamparada esposa y cinco hijitos, el primogénito apenas de siete años de edad. El adorado grupo me esperaba en la vereda de la puerta de calle; desde cuatro cuadras pudimos vernos; piandante avanzaba, infinita me parecía la distancia, me venían impulsos de volar, de desesperación; las emociones de alegría y de tristeza que acudían a mi alma eran enjambre de distintas especies; mis ojos se nublaban se convertían en manantial, mi corazón saltaba, parecía romper las paredes del pecho y llegar antes que yo.

Acercado más, Juan Jacobo, Ernesto y Teobaldo se destacaron y corrieron ami encuentro; mientras tanto me esforzaba por recoger las lágrimas en mi cuenca rebalsante para que mis hijitos no me vieran lloroso. Hice una brazada de ellos, anduvimos el corto trecho que faltaba, y por fin reunidos con todo el palpitante grupo, que se había expuesto a quedar en la más espantosa orfandad, por mi patriótica pasión, nos confundimos en un trágico y eterno sentimiento humano que inundó las playas del mar.

El gobierno provisional se constituyó con el Dr. Teófilo Sáa de gobernador y los ministros Víctor C. Lucero, que regresaba de Buenos Aires y José María Tissera. Yo me abstuve de formar parte, por mi empleo de catedrático en el Colegio Nacional y Escuela Normal. Fue nombrado jefe de policía Francisco M. Concha.

Respecto de los departamentos de la provincia, con anticipación se habían dado órdenes reservadas a los correligionarios, por la junta revolucionaria, para apoderarse de la policía en los momentos de recibir aviso de San Luis; lo que habría de suceder si el movimiento triunfaba aquí.

En Mercedes dirigían el Partido Radical Marcos Domínguez, Jeremías Ramallo, José María Becerra, Vicente Ortiz, etc. La policía resistió y se la sometió en combate... Los demás departamentos se entregaron, algunos después de violencia.

La Unión Cívica Radical había triunfado en las tres provincias revolucionadas -en Buenos Aires, Santa Fe y San Luis-. El ministro del Valle había prometido a la revolución dejarla dueña de las situaciones que con su sacrificio conquistara; así en los primeros días se cumplía. Empero el presidente Sáez Peña era un cautivo invalidado por el roquismo. El debate se planteó en el Congreso, lo afrontó en insigne tribuno y ministro de la guerra del Valle, encarándose con el famoso senador Gálvez, se desistió de sancionar intervenciones. El Congreso roquista se sometía por instinto de conservación, ante la amenaza del procedimiento de Cromwell, de que se lo arrojara a latigazos; pero luego reaccionó para intervenir, y aunque el ministro del Valle calzó botas de la dictadura y se colocó a la cabeza del ejército, hubiera salvado seguramente las instituciones democráticas del país, el presidente Sáez Peña no se animó ni con el patriotismo y denuedo de su ministro, ni con el consejo de su ilustre hijo Roque.

El ministerio de del Valle cayó malogradamente; el parlamento sancionó la ley de intervención para San Luis, Buenos Aires y Santa Fe. El presidente Sáenz Peña era una caña doblegada por el antojo del viento de la política del “Acuerdo”. Los gobiernos derrocados conseguirían lo que querían; aunque al principio, algunos de los interventores fuesen una promesa de garantía para los pueblos, después habrían de cambiarse sus instrucciones, y hasta sustituírselas por otras que militarmente hollaran las libertades. Un año más tarde, el Dr. Luis Sáenz Peña se sacrificó por su debilidad, abandonó la presidencia al acuerdo roquimitrista y asumió el mando el vice-presidente Dr. José Evaristo Uriburu.

Con todo, el general Roca, que sólo contaba con el general Mitre para compartir las responsabilidades, no se sentía seguro de su éxito; a la más mínima oposición habría abandonado el campo de acción. Las provincias revolucionarias vacilaron en su actitud, en una dirección oportuna de solidaridad; si se hubieran resuelto resistir, el gobierno federal no se mueve, no se atreve a cumplir la sanción del Congreso; ellos hubieran reorganizado tranquilamente los poderes locales.

Vino de interventor a San Luis el Dr. Daniel J. Dónovan, personaje de alma sana, aunque vinculado con el “Acuerdo”. Eran sus ministros Pablo Lascano, roquista, y el Dr. Agüero, de filiación radical. Dada la excitación subversiva del país, el gobierno, por cautela, al principio confió su representación a personas respetadas por la opinión pública. El Dr. Dónovan ofreció completa garantía electoral a los partidos para reconstruir los tres poderes del gobierno, que declaró caduco. Lo habría cumplido con rectitud; pero se le cambiaron las instrucciones y se le ordenó que la situación oficial fuese devuelta al mismo partido que había sido expulsado del gobierno por la revolución. El Dr. Dónovan pidió que se lo reemplazara inmediatamente. Se nombra al general José María Arredondo, que era el jefe de las fuerzas de la intervención en San Luis y se hacía cargo del mando al siguiente día. El repentino cambio que se mantenía reservado, los revolucionarios lo conocimos por una revelación providencial, ponía en peligro inminente nuestras vidas, porque el nuevo interventor era temible de militar sin escrúpulos; se recordará el asesinato del general Teófilo Ivanovoski en Villa de Mercedes y los de otros.

A las diez de la noche, los que habíamos sido miembros de la junta revolucionaria y con otros amigos dirigentes nos reunimos sigilosamente en casa de Dr. Víctor C. Lucero; se deliberó y se resolvió que yo, Teófilo Sáa y Tissera, como principales responsables, nos ocultáramos, para no caer en manos de Arredondo; además, debíamos permanecer listos para levantar a toda la provincia, si se producía la conflagración nacional proyectada por la Junta Radical de Buenos Aires. Separadamente tomamos un escondrijo.

Apenas asumió el mando el general Arredondo, puso en acción a su policía para prendernos; mientras se nos buscaba con furor, se iba llenando la cárcel de otros opositores dirigentes.

En las provincias los sucesos se acumulan; en Tucumán hay revolución y el 11 de Infantería se ha sublevado; en el Rosario la nave “Los Andes”, también se ha revelado; y en todas partes se persigue y encarcela a los radicales. Las fuerzas militares se reconcentran sobre Rosario y la Capital Federal y una expedición armada marcha a Tucumán. Los cuerpos del ejército que estaban en San Juan y Mendoza se traen a San Luis, y de aquí siguen al litoral. A los presos políticos de aquellas dos provincias hermanas, se los conduce y reúne en la cárcel de ésta ciudad.

De todo lo que pasaba exteriormente recibíamos noticias diarias en nuestro oculto sitio, por nuestros medios de información secretas, con anticipación preparados.

Habían transcurrido diez días; estaba todo tranquilo en la República, elgobierno nacional había ordenado la libertad de todos los detenidos políticos.

Mientras tanto Arredondo no cejaba en su propósito de prender a los componentes de la junta revolucionaria de San Luis. Don Pedro Lobos, antiguo amigo y de la confianza de aquél, que conocía las intenciones y amenazas, en particular respecto de mí, a quien inculpaba el levantamiento de estudiantes del Colegio Nacional y Escuela Normal, intermedió y consiguió, no sin empeñosa perseverancia, que el general Arredondo depusiera su odio y nos dejara tranquilos; de ese modo recuperamos nuestra libertad individual.

El interventor Arredondo se entregó a la preparación del proceso electoral; por supuesto que no habría comicios, sino para una farsa electoral del oficialismo; desde el primer momento había declarado que él devolvería el gobierno a Lindor Quiroga, que lo había perdido por seguirlo en la revolución de 1874, cuando fue vencido por Roca en la batalla de Santa Rosa el 6 de diciembre, en la provincia de Mendoza. Quiroga fue también impuesto gobernador por Iseas el 21 de noviembre de 1873.

El Partido Radical no pensó en trabajos para concurrir a la convocatoria de elecciones; aunque con las tres cuartas partes del electorado de la provincia, las policías de esta Capital y de cada departamento estaban organizadas con destacamentos del ejército nacional y con jefes a propósito para el fusilamiento de la oposición, si se atrevía a presentarse; la abstención resuelta por el comité central, fue comunicada a todos los correligionarios.

Próximo al día de elecciones, en diciembre de 1893, de Santa Rosa vino la denuncia de que Sinibaldo Vidal, radical representativo había llegado de San Luis a requerir de la Unión Cívica, invocando resoluciones de última hora, el apoyo de la candidatura arredondista de Quiroga. Sorprendido el comité central con la información, se reunió y dispuso que fuese yo a Junín, para impedir que prosperara cualquier falsedad que pudiera extraviar el criterio político de nuestro partido. Me trasladé al lugar y reunidos en asamblea los correligionarios con la presencia misma del denunciado, se resolvió casi por unanimidad, pedir la separación de Vidal de la Unión Cívica Radical. En efecto, esto se resolvió por el comité de San Luis.

El candidato oficial fue consagrado gobernador del “Acuerdo”; es decir, del bicolor político, mitrista y roquista. Asumió el mando en enero de 1894; mástarde cuando los mitristas se separaron de Roca, o rompieron su “Acordeón”;el gobernador Quiroga decididamente se quedó con Roca.

Se me había convertido en el blanco de todas las responsabilidades de la oposición, por consiguiente el menos tolerable para vivir en esta provincia; se me había destituido de mis cátedras en los establecimientos nacionales, juntamente con muchos compañeros de entonces, entre ellos, Eulalio Astudillo, Nicolás Jofré, Ramón J. Quiroga, Juan Tello, José Menéndez, etc.; toda persecución ejercitada repercutía en mí. En Mayo, como para salvar la vida, dejé esta provincia; en otra oportunidad he referido esto mismo y de mis estadas en Ayacucho de Buenos Aires y en Tucumán. Mi ausencia fue de dos años, con una interrupción de algunos días de mi presencia en San Luis, cuando vine para llevar a mi familia a Tucumán. De mis amigos y compañeros de causa de la provincia continuamente me llegaron cartas a mi alejamiento, en particular de los más hostilizados y atribulados, por permanecer leales a la bandera de principios de la Unión Cívica Radical; informábaseme de los pocos que defeccionaban, de algunos que buscaban adaptación en el silencio y del sumergimiento de la oposición para no irritar inútilmente al oficialismo. Apenas “El Pueblo” todavía hacía oír su voz de protesta contra la usurpación y los desmanes de la oligarquía. Aquella época fue de éxodo del magisterio; los empleados eran exigidos por el presidente del Consejo de Educación a firmar adhesiones al gobernador Quiroga, bajo la pena de destitución. Más de cuarenta maestros abandonaron la provincia durante dos meses; con el Dr. Eleodoro Lobos, director de “La Prensa”, los hicimos ocupar en la Capital Federal, en las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Mendoza y Tucumán, -puedo mencionar a Antonio Pereira, Pablo Peralta, Sixto Luna, Ciriaco Luna, Alejandro Jofré, Juan Pereira, Luis Arce… Algunos de ellos consiguieron ser profetas fuera de su tierra, por distinciones en la profesión, o por su rango en el periodismo y otras plataformas de la vida pública.

Desde que emprendí mi cruzada de oposición a los gobiernos oligárquicos de la provincia, desde la escisión que formó el Comité Juventud Nacional, me comprometía un patriotismo irrevocable, sentimiento místico fanático, o chauvinismo, a no abandonar mi provincia sin contribuir con mi acción al derrocamiento de los gobiernos de subversión constitucional; tantas veces como pensaba y tenía ventajosas oportunidades de cambiar miresidencia a otra parte de la República, experimentaba la imposición del deber de permanecer para cumplir la misión santa. Así pues, cuando la opresión sepultó todo trabajo colectivo político de oposición, con la situación creada por el general Arredondo, miré hacia la conservación sagrada del hogar, de vivir para atender a la subsistencia de mi familia y me ausenté donde pudiera conseguirlo; pero siempre mi conciencia moral con una pesadumbre me emplazaba a volver a terminar en San Luis la cruzada emprendida. El 1 de febrero de 1896, regresé a San Luis; la causa ocasional de mi vuelta fue la amistosa obligación de sostener la candidatura del Dr. Eleodoro Lobos para diputado nacional; me ligaban vínculos de recíproco cariño, y la Unión Cívica de San Luis, le debía importantísimos servicios en los más difíciles trances de los acontecimientos. El Dr. Lobos era un radical con todos los sentimientos revolucionarios de nuestra provincia; pero, como director de “La Prensa”, no podía figurar ostensiblemente. Acompañado por otros amigos hice una gira por todos los departamentos para decidir al electorado, lo que no costó ganar, dadas las grandes cualidades morales e intelectuales del Dr. Lobos y su descollante personalidad. El mismo oficialismo lo acogió favorablemente, fuese por la imposibilidad de oponérsele con eficacia, o porque el Dr. Lobos conservaba antiguos afectos con algunos comprovincianos honorables y de influencia situacionista. En la lista íntegra de tres candidatos figuraba también el Dr. Mauricio P. Daract, de cepa mitrista, muy honorable y prestigioso por su mentalidad. Los dos nobles ciudadanos honraron a San Luis en el Congreso Nacional.

Por mi parte, había cumplido con el buen amigo y con San Luis para que fuese representada por uno de sus eminentes hijos.


 
El Dr. Teófilo Saa primer presidente de la Unión Cívica Radical en San Luis.






Fuente: “Unión Cívica Radical” por el Dr. Juan T. Zavala en Años vividos: “Politica y Revolución” publicado en 1987.
Leer más...

lunes, 25 de septiembre de 2017

Alberto Uriburu: "Comentarios a los "Apuntes en Borrador" del Capitán Juan Perón en el Golpe de 1930" (1987)


Surge de su relato que el autor participo en la conspiración y luego en el acto revolucionario.

Sin embargo, pocos días antes del 6 de septiembre las actividades subversivas fueron denunciadas al gobierno por uno de los oficiales comprometidos: el Capitán Roque Passeron, quien entrego al Jefe de la Secretaria del Ministerio de Guerra una lista de los Jefes y Oficiales que participaban en esas actividades.

El gobierno adopto, como era lógico, algunas medidas y ordeno el arresto de varios de los conspiradores, lo que produjo entre ellos reacciones distintas según fuese el temperamento de cada cual: los mas timoratos se apresuraron a pedir que se los desligase de todo compromiso, sosteniendo que era un desatino lanzarse a una revolución que había sido denunciada; los mas decididos consideraban, en cambio, que el estallido debía precipitarse porque la revolución ya estaba en la calle y nadie podría detenerla.

A los que solicitaron que se les devolviese la palabra empeñada, se les contesto que los dirigentes del movimiento no deseaban arrastrar a nadie a la fuerza y que los que no quisieran participar en la revolución quedaban, desde luego, relevados de su compromiso.

Con una sola excepción los Oficiales que se desvincularon del movimiento tuvieron el pudor de no reincorporarse al mismo viendo que triunfaba. La excepción la constituyo el Capitán Perón, y es esta actitud la que ha querido justificar, después de producidos los hechos, atribuyendo su deserción, en el momento en que creyó fracasado el intento subversivo, a la ineptitud de los dirigentes revolucionarios y a la falla de organización, a pesar de lo cual participo luego en el acto que derroco al presidente Yrigoyen, poniéndose, en vísperas del triunfo, al servicio de la oligarquía capitalista que, según lo ha declarado años después el propio Perón, fue quien consumo el atentado (Véase La Nación. 1945).

Apoyado en muchos hechos ciertos el Capitán Perón ha urdido una "historia ex-post factum" que es un inconfesado alegato de defensa.

Merece analizarse para poner de manifiesto, una vez mas, que el fondo del temperamento de los hombres no cambia nunca, y que el actual General Perón, con su cinismo, con su verborrea, con su ligereza, con su duplicidad, con sus mentiras a flor de labio, con su alma de plebeyo, ya estaba en el Capitán Perón, como estaba también su inteligencia despierta, su sagacidad, su audacia, su dinamismo, su facilidad para improvisar, su intuición para orientarse y muchas otras condiciones que han hecho de el, junto con sus defensores, un hombre poco común.

Veamos, pues, lo que nos cuenta el Capitán Perón sobre sus andanzas revolucionarias. Comienza por recordar la visita que le hizo en los últimos días del mes de junio de 1930 su camarada y amigo el Mayor Ángel Solari, y agrega:

"Los comentarios generales en esos días eran alrededor de los ascensos acordados por el P.E. y las innumerables enormidades que como función de gobierno imponía en todas partes de la Republica."

Explica enseguida que acepto concurrir y concurrió, esa misma noche, a una reunión en mi casa, a la que asistieron el General Uriburu, el Mayor Sosa Molina, el Capitán Franklin Lucero, el Mayor Ángel Solari, el autor de los apuntes y yo.

Según mis anotaciones, escritas a medida que se desarrollaban los acontecimientos, hubo en mi casa dos reuniones: la primera el 5 de junio de 1930, a la que asistieron el General Uriburu, el Teniente Coronel Alsogaray, los Mayores Ángel Solari, Humberto Sosa Molina, Emilio Ramírez, Allende (cuyo nombre de pila no aparece anotado) y los Capitanes Arguero Fragueiro y Juan Perón, y la segunda el 29 de julio del mismo año en la que estuvieron presentes los mismos jefes y oficiales y además, los Tenientes Coroneles Molina y Sarobe y el Mayor de los Ríos.

Yo no se si el Capitán Perón se olvida que asistió a dos reuniones en mi casa y refunde en su memoria las dos en una sola, pero por lo que refiere parecería recordar la segunda de ellas solamente ya que en la primera lo único que se trato fue un proyecto de organización del Estado Mayor revolucionario, y, en cambio, en la segunda el Teniente Coronel Sarobe planteó las divergencias que menciona el Capitán Perón.

Por otra parte mis anotaciones concuerdan con lo que consigna en su informe sobre esos mismos acontecimientos el Teniente Coronel Alsogaray, cuya copia obra en mi poder.
Este hecho, de cualquier modo, no tiene importancia pero revela, por lo pronto, que el Capitán Perón ha confiado para redactar sus apuntes, exclusivamente en su memoria la que, como se vera mas adelante, no le ha sido siempre fiel.

Menciona también el Capitán Perón, al referirse a los temas tratados en la reunión realizada en mi casa, la actitud que asumían los hombres de la Capital y expresa al respecto que "necesitando un jefe militar habían pensado en el General Uriburu quien avisado concurrió a una reunión de los bomberos y los convenció que debían esperar."
Como esta afirmación tampoco es rigurosamente exacta voy a relatar brevemente el episodio.

A raíz de una insubordinación en el cuerpo de Bomberos, que entonces se hallaba anarquizado y prácticamente sin dirección ni comando, se constituyo, dentro de el, una especie de Soviet, como acertadamente lo denomina Perón, que tomo el nombre de Comisión de Bomberos, presidida por un tal José Antonio Barrionuevo.

Esta Comisión tenia por objeto confesado gestionar mejoras de sueldos y de condiciones de trabajo, pero en realidad se proponía producir un levantamiento a fin de derrocar al gobierno para lo cual creía contar con la totalidad del personal del mencionado Cuerpo, parte del personal inferior de la Policía de la Capital así como del interior del país y algunas clases de los Regimientos de Infantería de la Capital.

El propósito era descabellado pero peligroso, porque producido el movimiento sin elementos ni organización ni dirigentes responsables pedía ser copado por las agrupaciones acratas y comunistas que mantenían contacto con la Comisión de Bomberos. Advertidos de los que se tramaba un dentista de apellido Orrego confío su preocupación a dos amigos los señores Daniel Videla Dorna y Juan Carulla, e invito a estos caballeros a una reunión que se realizaría en su propia casa para que pudieran cerciorarse de la veracidad de la información.

Refiere a este respecto el Dr. Juan Carulla, en un informe escrito de su puño y letra y firmado por el que tengo en mi archivo, que salieron con Videla Dorna de la casa de Orrego convencidos de que las fuerzas policiales estaban completamente desquiciadas y de que, efectivamente una sedición no tardaría en producirse, por lo que resolvieron poner el hecho en conocimiento del General Uriburu, a quien veían frecuentemente porque ya en esa época Uriburu había empezado a preparar la revolución que estallaría un año después, y requerir además, su intervención para evitar la asonada de los bomberos.

Así lo hicieron, y como General coincidiera con la opinión de Videla Dorna y Carulla en cuanto a los disparatado y peligroso del propósito revelado, acepto acompañarlo a una nueva reunión en casa de Orrego a la que concurriría la Comisión de Bomberos. Esta resulto realmente patética, —refiere el Dr. Carulla— por la sorpresa y a la vez el entusiasmo de los concurrentes en presencia del alto Jefe."

En esa reunión el General se informó que el levantamiento había sido fijado para la noche del 24 de Diciembre, y entonces trato de hacer reflexionar a los complotados, significándoles que, en el mejor de los casos, lograrían un éxito efímero que el Ejercito los barrería inmediatamente y afianzarían al mal gobierno que se proponían derrocar, ya que una rebelión de ese genero provocaría la solidaridad de todas las fuerzas del orden. Agrego el General que debían esperar porque quizás llegara el momento de utilizarlos en un movimiento nacional de otro carácter aunque con la misma finalidad.

En definitiva los bomberos prometieron renunciar a toda acción aislada y esperar los acontecimientos a que había referido el General. Eso fue todo.

Como se comprobara los bomberos no solo no habían pensado ni remotamente en el General Uriburu ni en la necesidad de contar con un alto jefe militar para realizar sus propósitos, como lo afirma el Capitán Perón, sino que se quedaron sorprendidísimos y halagados por la inesperada presencia del General quien consiguió evitar una chirinada de imprevisibles consecuencias.

Afirma también el Capitán Perón que en la reunión que tuvo lugar en mi casa el General Uriburu sostuvo que era necesario introducir modificaciones en la ley electoral vigente "inclinándose a un sistema colectivista que no enunció". Fuera de su versación profesional el General Uriburu tenia una buena cultura general y no se le hubiera ocurrido imaginar un sistema electoral "colectivista" porque lo que puede ser de tipo "colectivista" es la restructuración institucional de un Estado pero no un sistema electoral.

En lo que el General pensaba, como medio de combatir al caudillaje político, era en una representación parlamentaria de los distintos y auténticos intereses sociales, teóricamente atractivo pero de realización practica si no imposible muy difícil en un país como el nuestro en que las actividades no son por lo común ni permanentes, ni estables ni continuas.

Agrega el Capitán Perón, que a pesar de las opiniones en contrario que se expresaron aquella noche respecto de un entendimiento con otras agrupaciones que tenían el mismo propósito pero que deseaban lograrlo con la elaboración de políticos y civiles, el tomo la resolución de unir a los dispersos de todas las fracciones, aun sin el consentimiento de los dirigentes revolucionarios, para que no se malograra el esfuerzo de los que no tenían intereses personales ni ambiciones interesadas ni cuentas pendientes con la justicia militar ni situaciones financieras comprometidas.

Con estas acusaciones veladas pero insidiosas prepara el Capitán Perón sus posteriores explicaciones.

¿Quienes tenían cuentas pendientes con la justicia militar? ¿Quienes eran los que soportaban situaciones financieras comprometidas? No lo dice ni lo concreta el Capitán Perón en ningún párrafo de sus apuntes pero lo insinúa repetidamente.

¿Por que no da nombres el Capitán Perón? Porque sabe que no podría probar sus imputaciones.

Cuando el Capitán Perón habla de dirigentes revolucionarios que tenían cuentas pendientes con la justicia militar no se francamente a quienes se refiere, pero cuando menciona a los que tenían situaciones financieras comprometidas pienso en el Teniente Coronel Alsogaray.

Estoy convencido de que piensa en el porque en aquella época oí susurrar la especie varias veces, aunque siempre proviniese del mismo origen, es decir, los que querían hacer la revolución con los partidos políticos opositores y trataban por todos los medios de desacreditar a los que se oponían a ese plan. Como entre los que lo resistían con mayor firmeza se encontraba el Teniente Coronel Alsogaray, sus oponentes se particularizaron con el y también con algunos otros. Yo tenia, sin embargo, conocimiento de un hecho que demostraba el desinterés de Alsogaray y lo calumnioso de las insinuaciones que se hacia a su respecto.

Varios amigos y parientes del General Uriburu, a quienes el no había informado sobre sus intenciones de encabezar una revolución le manifestaron en distintas oportunidades su deseo de contribuir para formar un fondo destinado a sufragar los gastos de un movimiento que consideraban inevitable y en el que Uriburu tendría seguramente participación. El General se limito a escucharlos y a sonreír, prometiéndoles avisarles si llegaba a tener conocimiento de lo que sospechaban.

Muy pronto, sin embargo, se comprobó que era necesario, efectivamente, formar ese fondo para atender a las erogaciones que demandaban los viajes de los agentes revolucionarios al interior, la remuneración de la policía particular que los conspiradores utilizaban para proteger sus movimientos y realizar el contraespionaje, los gastos de movilidad dentro de la ciudad y alrededores, etc., y el General, que no era un hombre de fortuna, resolvió iniciar la suscripción con diez mil pesos de su peculio, visitando al mismo tiempo a los parientes y amigos que le habían hecho el ofrecimiento espontáneo para darles a entender que algo se tramaba pero sin proporcionarles ninguna información precisa.

La primera persona a quien el General visito fue a su tía Dona Josefa Uriburu de Girondo, mujer inteligente y bondadosa que, como todas las nietas de Arenales se interesaba mucho en la vida política del país y expresaba sus opiniones con valentía y vehemencia. En cuanto mi padre hizo algunas insinuaciones sobre la probabilidad de un estallido revolucionario la Señora de Girondo le manifestó que no se creyese obligado a revelarle ningún secreto, e incorporándose se encamino a una habitación contigua de la que volvió al instante trayendo un sobre que puso en manos del General. "Esta es mi contribución —dijo— y que Dios te proteja." El sobre contenía un cheque por diez mil pesos.

Un episodio análogo se repitió pocos días después. El General se encontró casualmente en la calle con Don Eduardo Saguier, viejo amigo de la infancia. A pesar de su afiliación radical Saguier ofreció también espontáneamente a Uriburu una contribución en dinero y le remitió a la mañana siguiente tinco mil pesos para el fondo revolucionario.

Con esas donaciones y otras posteriores que mi padre recibió se redondeo una cantidad que excedía de cincuenta mil pesos, y el General abrió una cuenta especial en la casa Farran y Zimmermann, encargando de su administración a su amigo y socio de la firma depositaria Don Raúl F. Zimmermann, el mismo que cayo gravemente herido a su lado el 6 de septiembre en la Plaza del Congreso.

Los jefes y oficiales que conspiraban mas activamente en la Capital y entre ellos el teniente coronel Alsogaray, incurrían, como es lógico, en gastos, no solo de movilidad sino de otra naturaleza, obligados como estaban a convidar con frecuencia en lugares públicos a sus camaradas del Ejercito para conversar con libertad o a ganar la confianza del personal de investigaciones de la policía mediante obsequios que se hacían llegar por conducto de los agentes particulares que actuaban en el contraespionaje como si fuesen ellos quienes lo hicieran a titulo amistoso, etc.

Cuando se ofreció, como correspondía, al teniente coronel Alsogaray, compensar con los medios que podía proporcionar el fondo revolucionario los desembolsos que el efectuaba para los fines en que estaba empeñado, este jefe rechazo categóricamente el ofrecimiento y manifestó que como no le era posible contribuir al fondo constituido se le permitiera, por lo menos, satisfacer sus propios gastos.

Yo no se, por lo tanto, si el Tte. Coronel Alsogaray tenia o no una situación financiera comprometida, pero pienso que un hombre que se hace revolucionario con la mira de salvar una situación semejante, como lo insinúo Perón, no procede como procedió en aquella oportunidad el malogrado jefe, sobre todo cuando sin ningún desmedro pudo aceptar lo que se le ofrecía.

Nombra el Capitán Perón en su relato a los jefes que estaban mas cerca del General Uriburu cuando este inicio sus trabajos en el Ejército para preparar la revolución y, con excepción de los Mayores Humberto Sosa Molina y Ángel Solari (hoy Generales), repudia a todos los demás a quienes no considera tan puros y decentes como Uriburu. "Yo seguía pensando —dice— que era necesario agrupar jefes de prestigio intelectual y moral y no audaces. Hombres que fueran desinteresados y que entraran para defender la patria contra las asechanzas de un nuevo año de gobierno de Yrigoyen, etc."

(¿Cuales eran los hombres de prestigio intelectual y moral que propuso incorporar el Capitán Perón para defender a la patria contra las asechanzas de Irigoyen? El Coronel Francisco Fasola Castaño y el Tte. Coronel Bartolomé Descalzo. Al primero lo conocí de cerca porque frecuento la casa de mi padre durante varios años cuando era Capitán y cursaba la Escuela de Guerra. Después continúo visitando de tarde en tarde al general.
Creo que desde joven fue un hombre atormentado por una egolatría enfermiza. Tenía posiblemente buenos propósitos y era seguramente patriota pero vivía en la amargura de no poder exhibirse y atrapaba la ocasión por los pelos para hacerse notar.

Poseía, según la opinión de mi padre, preparación profesional pero en cuanto a su cultura general no pasaba de una ilustración bastante barata que hacia valer con solemnidad; esto en lo que atañe a su prestigio intelectual.

Otro jefe del Ejecito, que debía parecérsele, me mostró una carta del Coronel Fasola Castaño, escrita desde el extranjero, en que llenaba de improperios al General Uriburu porque no le había dado la situación que creía merecer.

Eche un vistazo sobre el desahogo y dije al oficioso informante que no debía mostrar ese documento si, como era de suponer, el Coronel Fasola Castaño se creía su amigo y se había confiado a el.

Murió al poco tiempo el General Uriburu en suelo de Francia, y el Coronel Fasola Castaño que estaba entonces en Paris, se presento en la clínica donde falleció mi padre y ofreció el espectáculo sorprendente de un hombre agobiado por un intenso dolor al punto de no poder contener el llanto, ante el desconcierto de los que conocíamos su enconado resentimiento con el General.

Por fin, en una carta abierta dirigida al General Agustín P. Justo allá por 1935 o 1936 el Coronel Fasola Castaño hizo los mayores elogios de Uriburu y denigro a Justo con idéntica vehemencia y falta de ecuanimidad.

En cuanto a su moral creo que era un hombre honesto y relativamente correcto. La atenuación que implica el uso del adverbio se debe al conocimiento que tengo de algunas actitudes que definen el temperamento de Fasola Castaño. En una palabra, creo que este jefe era uno de esos hombres correctos que cometen incorrecciones a impulsos de su carácter pero que, en definitiva, tienen un buen fondo.

Al Teniente Coronel Descalzo (hoy Coronel retirado) no lo he conocido personalmente o, por lo menos, no lo recuerdo.

Este jefe ha tenido, sin embargo, con posterioridad, una actuación publica fugaz pero suficientemente desafortunada como para dejar una impresión sobre su "prestigio intelectual", que el mismo se encargo de disminuir al declararse poco menos que un insano en la inolvidable renuncia que presento como Ministro del Interior del General Edelmiro Farrell.

Además, los discursos que pronuncia de vez en cuando, en su carácter de Presidente del Instituto Sanmartiniano no son precisamente piezas histórico-literarias que merezcan el honor de figurar en una antología.

En cuanto a su "prestigio moral" tendrá seguramente fundamento, pero yo estoy informado de ciertos antecedentes que harían aceptar con reservas el aval del Capitán Perón, quien, por otra parte, con el correr de los años, ha demostrado no poseer una autoridad muy destacada para respaldar valores morales.

En la pagina 33 de su relato el Capitán Perón afirma que el General Uriburu entrego al Tte. Coronel Descalzo el día 5 de septiembre de 1930, "un documento de su puño y letra donde lo acreditaba como representante de la Junta Militar ante la Junta Civil de la revolución".

Refiere también el Capitán Perón en las páginas 16 y 17 de sus "apuntes" que invito al Tte. Coronel Descalzo a incorporarse a la revolución que se preparaba, pero que su "gran amigo" rehusó la invitación con el pretexto de que tenia que irse a Europa, aunque le expreso confidencialmente cuales eran los motivos reales que lo inducían a tomar esa resolución, y entre otras la influencia que, sobre el espíritu del General Uriburu atribuía a los Tenientes Coroneles Bautista Molina y Álvaro Alsogaray con quienes no deseaba ir "ni a misa".

¿Por que cambio de manera de pensar el Tte. Coronel Descalzo un día antes de la revolución? Es lo que me propongo explicar. Los Tenientes Coroneles Sarobe y Descalzo, lo mismo que el Coronel García u otros jefes de menor significación, eran los agentes militares con los cuales operaba pseudo diplomáticamente el General Agustín P. Justo.

Es conocida la divergencia de opiniones que existía entre los Generales Uriburu y Justo con respecto a la participación de los partidos políticos opositores en el acto revolucionario.

Lo único que separaba a los dos Generales era, en apariencia, ese diferente punto de vista, pero en realidad el objetivo personal que ambas perseguían era también distinto.
Lo que movía personalmente a Uriburu en aquel momento era prestar un ultimo servicio a su país, o lo que el y muchos otros creíamos que era un gran servicio que el país reclamaba sin pensar en el mañana para si mismo.

Lo que interesaba personalmente al General Justo no era la revolución, que no significaba para +el —y con razón desde su punto de vista fríamente calculador—, mas que un medio para establecer otro gobierno, o mejor dicho, un gobierno integrado por otros hombres. Lo que le importaba al General Justo era ese "otro" gobierno.
Con intenciones intimas tan diversas era lógico que los dos Generales no actuaran del mismo modo.

El objetivo "inmediato" para Uriburu era liberar al país, cuanto antes, del desgobierno que soportaba, cualquiera que fuesen los sacrificios que demandase la empresa. El objetivo "mediato": asegurar a la republica hasta donde fuese posible, contra la repetición de los males que padecía, dando paso a hombres nuevos para que la gobernasen. En cuanto a el, solía decir que era mas ambicioso de lo que la suspicacia de los hombres políticos suponía, porque aspiraba a algo mas tentador que el poder, que era el reconocimiento de la posteridad.

Justo, en cambio, subordinaba el objetivo inmediato a las posibilidades que pudiera ofrecer con respecto al cumplimiento de su objetivo mediato, o sea, obtener el poder para si. Si no conseguía, antes de producirse la revolución contar con un mínimo de probabilidades que le permitiese desarrollar sus futuros planes, la revolución, es decir el objetivo inmediato no solo no le interesaba sino que lo incomodaba porque podía alejarlo definitivamente de la sonada meta. La permanencia de Yrigoyen en el gobierno, por lo contrario, con la inevitabilidad de una próxima crisis, le ofrecía la perspectiva de los ríos revueltos en los que algo podía ganar.

Intento por eso convencer a Uriburu de que aceptase la colaboración de los partidos políticos, significándole que el aspiraba solamente a intervenir en la revolución como simple soldado.

Su manera de razonar era lógica: si su mira era reservarse para mas adelante, introduciendo en la revolución los elementos de influjo en que pensaba apoyarse para salir a la cabeza, caía de su peso que cuanto menos responsabilidad y riesgos asumiese al producirse el movimiento, tanto mejor para sus propósitos.

No logro, sin embargo, reducir a mi padre, y su acción se dirigió entonces resueltamente a sabotear a la revolución. No quiso hacerlo personalmente, y en esto se equivoco, porque el prestigio indudable de que gozaba en el Ejército no podía delegarse. Lo que no consiguieron sus agentes mas activos, el Coronel García y el Coronel Sarobe, lo hubiera logrado el quizás.

Como advirtiese al fin que también fracasaba en este intento jugo la ultima carta con habilidad y con éxito, y para ello se valió del Tte. Coronel Sarobe y quizás también del Tte. Coronel Descalzo, aunque es posible que este ultimo haya sido movilizado por Sarobe y haya actuado sin saber a que intereses servia. De lo que obtuvo Sarobe, que fue lo más importante, me ocupare después. Por ahora me referiré a la intervención de Descalzo.

Este jefe que no quería ir ni a misa con los que preparaban la revolución; que se mantuvo apartado y en desacuerdo mientras se conspiraba, aparece un día antes del estallido revolucionario representando, según el Capitán Perón, a una Junta Civil que nunca existió, y se entrevista con el General Uriburu para manifestarle (después de haberle hecho decir meses antes que no podría participar en la revolución porque se ausentaría del país), que mantiene contacto con elementos civiles y que, con su autorización escrita, esta dispuesto a organizarlos y dirigirlos cuando se de la orden de iniciar el movimiento.

Prevenido como estaba, Uriburu acepta el ofrecimiento, pero le manifiesta que si los civiles a que se refiere son militantes de los partidos políticos opositores no los rechaza como ciudadanos argentinos que desean plegarse a la revolución si bien no los reconocerá como representantes de agrupaciones políticas, y midiendo las palabras, entrega al Tte. Coronel Descalzo la autorización escrita que le ha solicitado, en la que no se menciona a ningún partido político ni a ninguna Junta Civil, cuya representación tampoco invoco el que fue instrumento consciente o inconsciente del General Justo.
El Tte. Coronel Descalzo sale satisfecho de la entrevista con Uriburu y se dirige inmediatamente con su credencial al diario Critica, en donde se reúnen los dirigentes de la oposición, excepción hecha de los socialistas rojos y de los demócratas progresistas, bajo la presidencia de un ciudadano de dudosa nacionalidad pero de gran "prestigio moral", como diría el Capitán Perón: Don Natalio Botana.

Entretanto, y antes de entrevistarse con Uriburu, Descalzo que era entonces el profesor mas antiguo de la Escuela de Guerra, invita a unos cuarenta oficiales, en su mayoría ya comprometidos con el General Uriburu, por intermedio del Tte. Coronel Faccioni y del Mayor Sosa Molina, a concurrir a su casa particular donde les impartirá ordenes para ser cumplidas al día siguiente.

Los oficiales que recibieron esta invitación entendieron, como era lógico, que Descalzo había sido designado para tomar el mando de los revolucionarios de la Escuela de Guerra por ser el Profesor más antiguo, y concurrieron a la cita.

Estos antecedentes tienen importancia porque el Capitán Perón con esa tendencia que lo ha llevado siempre a exagerar los números, afirma en la pagina 33 de sus apuntes que en veinticuatro horas el y Descalzo obtuvieron la adhesión de trescientos oficiales. No dice, por supuesto, de donde los sacaron porque los trescientos oficiales de Perón eran los mismos cuarenta que estuvieron en la casa de Descalzo y que ya habían prestado su adhesión al movimiento desde hacia mucho tiempo.

Conviene destacar, sin embargo, que ninguno de los oficiales que concurrieron la noche del 5 de Septiembre a la casa del Tte. Coronel Descalzo ejercía mando de tropas, como que eran alumnos de la Escuela de Guerra, de modo que su contribución fue exclusivamente personal y no representaba un aporte que pudiera decidir el éxito de la revolución.

Y de esto surgen algunos interrogantes que el Capitán Perón no hubiera podido contestar con facilidad. ¿Como se explica que si la adhesión de fuerzas militares al movimiento era insignificante y si la organización para realizarlo era desalentadora (a punto tal que fue lo que decidió a Perón a desvincularse de todo compromiso) la incorporación de unos cuantos oficiales sin mando de tropas pocas horas antes del estallido impulsase al mismo Perón a participar a ultimo momento en la aventura?

¿Cambio de opinión el Capitán Perón cuando Descalzo lo informo de sus cabildeos con los políticos reunidos en Crítica? ¿Modificaba, acaso, esta circunstancia las probabilidades de triunfo de una revolución que debía estallar el día siguiente y que, según el Capitán Perón, no contaba con apoyo en el Ejército, había sido mal organizada y seria además, torpemente dirigida por hombres con quienes no se podía ni ir a misa?

¿Influyeron en el ánimo del Capitán Perón las seguridades que probablemente le dieron Descalzo y Sarobe sobre la aceptación, por parte del General Uriburu, del punto de vista que estos jefes y el propio Perón habían sostenido?

Pero ¿que importancia podía tener todo esto si la revolución estaba destinada a fracasar por incapacidad y sordidez de sus promotores, como que por estar destinadas a fracasar se había "abierto" de ella el Capitán Perón?

¿Imaginó en ese momento Perón con lucidez de vidente el "milagro" que operaria el pueblo de Buenos Aires (y del que mas adelante nos ocuparemos) por el hecho de que los partidos políticos opositores, bajo la presidencia de Don Natalio Botana, se colgaran del estribo de la revolución cuando esta se ponía en marcha con cuatro soldados locos y conducida por los mismos incapaces que desplazaban a los hombres de moral?

Pero sigamos todavía a Descalzo para conocer bien su actuación. Cerca de la medianoche del 5 de Septiembre el Tte. Coronel Descalzo llega a su casa donde le esperan los oficiales que había convocado. Allí esta también el Cap. Perón que hace su "rentree" revolucionaria. La orden que reciben los oficiales es la de concurrir a las siete de la mañana del día siguiente a la estación San Andrés del Ferrocarril Central Argentino para trasladarse al Colegio Militar donde el Gral. Uriburu les daría destino.

Después de escuchar al Tte. Coronel Descalzo los oficiales se retiran y solo quedan en la casa los Tenientes Coroneles Sarobe y Cernadas y los Capitanes Perón y López Muñiz.

"Yo debía ir a San Martín —dice el Capitán Julio A. López Muñiz en un informe bajo su firma que obra en mi poder- pero a ultimo momento el Tte. Coronel Descalzo recordó que no había ordenado a nadie que fuese como de costumbre a la Escuela de Guerra, adonde a su vez concurriría el a sublevar la tropa del escuadrón al frente de una columna de estudiantes que se reuniría en el Monumento a los Españoles. En consecuencia recibí contraorden la que se hizo extensiva al Capitán Juan J. Tasso por mi intermedio, a quien se la comunique en su domicilio. Estaba presente en la casa (de Descalzo) cuando recibí la contraorden, el Capitán Perón."

El Capitán López Muñiz dice claramente que fue el único que recibió la contraorden la que se hizo extensiva solamente al Capitán Juan J. Tasso y no al Capitán Perón que estaba también presente.

Sin embargo, el Capitán Perón no se traslada a San Martín el 6 de Septiembre; se queda en Buenos Aires y concurre a la Escuela de Guerra.

El detalle es interesante, como se vera después, y, además, coincidente con la actitud que adopta trece años después cuando el General Rawson le pide, el 3 de junio de 1943 que lo acompañe a Campo de Mayo y Perón le contesta que será mucho mas útil en Buenos Aires, aun cuando nadie lo ve en la Capital el 4 de junio hasta que aparece en la Casa de Gobierno una vez que Rawson la ha ocupado.













Fuente: Archivo General de la Nación, Archivo del General Uriburu, 26,5. Alberto Uriburu, hijo del general. Comenta información sobre la actuación del Capitán Juan D. Perón en la conjura y revolución del 6 de septiembre de 1930. En Archivo del General Uriburu: “Autoritarismo y Ejército” 2 de Fernando García Molina y Carlos A. Mayo, Biblioteca Política Argentina N° 162, 1986.
Leer más...