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viernes, 10 de julio de 2020

Rodolfo Decker: "Perón, después del 17 de octubre, a los radicales les había ofrecido todo" (5 de junio de 2006)

Ayer se cumplieron 60 años de la asunción de Juan Perón como presidente de la Nación. Ese 4 de junio de 1946 dio inicio a uno de los períodos más polémicos y discutidos de la Argentina contemporánea. Se ha escrito y polemizado mucho sobre el personaje Perón, su circunstancia, origen, apogeo y decadencia. Poco se sabe, sin embargo, del armado electoral del primer Perón, que se hizo con el auxilio de lo que hoy se llamaría una «concertación» o «coalición» con sectores del radicalismo, el nacionalismo, el socialismo, el conservadorismo y otras formaciones que dieron origen a lo que después se llamó peronismo o justicialismo. Su vicepresidente en sus dos primeros mandatos fue el radical Jazmín Hortensio Quijano y muchos radicales se sumaron al nuevo gobierno. Rodolfo Decker es uno de los testigos privilegiados de aquella historia porque fue el apoderado que logró la inscripción legal del Partido Laborista, que es el que usó Perón para ir a las elecciones que ganó el 23 de febrero de 1946. Fue también el primer jefe del bloque del oficialismo en la Cámara de Diputados. Recordó en un diálogo con periodistas de este diario algunos detalles de aquella operación «transversal» con radicales que está en los orígenes del peronismo.


Periodista: ¿Usted es el autor de la primera alianza de peronistas con radicales...?

Rodolfo Decker: El entonces coronel Perón me pregunta si era capaz de organizar la personería política del Partido Laborista en toda la República.

P.: ¿De dónde lo conocía a Perón?

R.D.: De la Secretaría de Trabajo. Porque yo comencé trabajando como secretario privado del coronel Mercante en la Secretaría de Trabajo y Previsión.

P.: ¿Cómo fue el armado de la personería del Partido Laborista?

R.D.: Yo estaba con Mercante en la Secretaría de Trabajo y Previsión. Perón estaba siempre en la Secretaría, entonces yo hacía un poco también de secretario de Perón. Era abogado, ya recibido, me recibí muy joven; entonces estaba con ellos y como me ven tan trabajador, de allí sale el encargo y como ven que luché durante un mes para lograr la personería en toda la República, cuando se arman las listas de Perón dice Mercante: «Yo quiero que el doctor Decker vaya como diputado». Y después también es el coronel Perón quien decide «que vaya el doctor Decker como presidente del primer bloque de diputados».

P.: ¿Quién hizo la relación con los radicales?

R.D.: La gente no sabe que Perón, después del 17 de octubre se encuentra con que no tiene partido, porque lo que la gente todavía no conoce, o no se da cuenta, como es posible, una obra épica como es preparar los partidos en menos de dos meses y dar la batalla del 24 de febrero y triunfar. Eso es lo que la gente no se da cuenta, y los peronistas se olvidan de exaltar ese hecho. Perón, después del 17 de octubre, a los radicales les había ofrecido todo, todo. De la vicepresidencia para abajo todo.

P.: Para ir como candidato de ellos...

R.D.: Sí, él no tenía ningún inconveniente.

P.: Después del 17 de octubre en el gabinete de Farrell está como ministro del Interior Armando Antille, que es radical; Juan Cooke, el padre de John William Cooke, es radical y es canciller.

R.D.: Correcto. Los radicales querían aceptar, pero el «Dragón verde» de Villa María, Amadeo Sabatini, jefe del radicalismo, quería la candidatura a la Presidencia para él. Pero no podía ser, Perón había hecho todo, los trabajadores lo seguían a él. No lo seguían al «Dragón verde».

P.: ¿Eso qué motiva?

R.D.: Que Perón se encuentra sin partido, pero había radicales que se habían entusiasmado con Perón.

P.: ¿Sabatini manejaba el partido?

R.D.: No formalmente, pero tenía la mayor influencia. El estuvo el 19 de setiembre de 1945 encabezando la llamada Marcha de la Libertad. Sabatini era factótum en ese entonces en la Unión Cívica Radical.

P.: Pero el candidato de la Unión Democrática adonde termina jugando el radicalismo fue Tamborini...

R.D.: Tamborini había sido presidente del partido, pero no tenía el prestigio que muchos le asignan. El hombre que realmente tenía prestigio era Sabatini. Había hecho un muy buen gobierno en la provincia de Córdoba, y por eso se lo estimaba mucho. Pero Perón tenía otros amigos radicales, ¿Cómo los iba a dejar afuera? Estaba Juan Hortensio Quijano, estaban los que usted acaba de nombrar como Antille y Cooke, en la provincia de Buenos Aires había varios. Pero también tenía otros amigos, nacionalistas, y muchos conservadores que le gustaban por su espíritu nacionalista, por la defensa de las cosas argentinas. Pero no iba a juntar esa gente con los radicales, porque era gente que le había estado dando palo a los radicales toda la vida.

P.: ¿Quiénes, por ejemplo?

R.D.: José Luis Visca. (Como diputado presidió la Comisión Visca que ejercía censura sobre medios en todo el país. N. de la R.) O Héctor Cámpora, que era conservador. Cámpora nació como candidato a diputado nacional en mi estudio de la calle Cerrito 466, que es desde donde habló Perón una vez.

P.: ¿Cuándo?

R.D.: Cuando iba a hablar el 10 de diciembre de 1945 sobre la 9 de Julio en un acto de réplica a la Marcha de la Libertad habían montado el palco frente al Obelisco. Todos querían subirse y de buenas a primeras se vino el palco abajo, cuando faltaban pocos minutos para el acto. Pasaron entonces los micrófonos y todos los equipos de audio al edificio de la calle Cerrito 466, justo en la esquina de Diagonal Norte. Desde allí habla Perón. Pero mientras se estaba preparando todo en mi oficina del tercer piso estaba el coronel Mercante, que estaba organizando las candidaturas de legisladores de la provincia de Buenos Aires.

EN LA PROVINCIA

P.: ¿Ya con radicales en las listas?

R.D.: Los radicales en Buenos Aires quisieron ir con fórmula propia. Entonces Mercante fue apoyado por los laboristas y por el Partido Independiente que hizo el general Perón para que ahí estuvieran los conservadores y los de origen nacionalista.

P.: La Unión Cívica Radical no entró ahí como partido...

R.D.: La Unión Cívica Radical entró como Unión Cívica Radical Junta Renovadora. Estaba la gente de Forja también ahí, Quijano, Darío Alessandro, padre del actual embajador en Cuba.

P.: ¿Quién dominada en la coalición?

R.D.: De todas la mayor fue el Partido Laborista. Yo fui apoderado general del Partido Laborista, estuve en toda su creación.

P.: Se lo vincula más a Cipriano Reyes con el Partido Laborista...

R.D.: El nació con el Partido Laborista. El formó parte de la primera comisión del partido donde yo era el apoderado general y él era uno de los vicepresidentes. Cipriano Reyes era un dirigente de segunda línea en un frigorífico. El dirigente de la carne era un comunista, José Peter, al que Perón trató de atraer, pero el tipo no venía. Entonces tenía que levantar otra figura.

P.: Lo levanta a Cipriano...

R.D.: Y lo levanta a Cipriano. Para mejor en una huelga le matan un hermano a Cipriano Reyes. Entonces Perón le manda una gran corona en nombre de la Secretaría de Trabajo y le pide a Mercante que vaya personalmente al entierro del hermano de Reyes.

P.: ¿En qué tipo de radicalismo se buscaba esta alianza; quiénes eran esos radicales?

R.D.: Había de todo. Estaba Reale en la provincia de Buenos Aires; en Córdoba, Argentino Auchter, que fue gobernador de la provincia. Vamos a la elección y el Partido Laborista arrasa en la provincia de Buenos Aires con los pocos votos que le trajo el Partido Independiente. Pero al no tener el apoyo de los radicales, como en el orden nacional lo tenía Perón, hubo minoría en el Senado en Buenos Aires.

P.: ¿Eso qué consecuencia tuvo?

R.D.: Al tener minoría en el Senado de la provincia, Mercante tuvo que hacer necesariamente una política distinta con mejor relación con la oposición. En la provincia para la designación de los grandes funcionarios era necesario el acuerdo del Senado. Y si Mercante hubiera hecho la misma política que Perón en el orden provincial, no hubiera hecho un buen gobierno. No hubiera tenido los funcionarios que necesitaba. Habría estado peleándose constantemente.

P.: O sea que le convino tener un Senado en minoría a Mercante...

R.D.: No digo que le haya convenido. Pero tuvo que cambiar la política de Perón. Tuvo que ser más diplomático. Perón en el resto del país tenía más de dos tercios, como lo demostramos en el juicio contra la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Al tener más de dos tercios se imponía. Para peor, los radicales, los famosos 44 radicales, creo que tuvieron un gran error. Porque más que como argentinos pensaron como radicales. Porque si hubieran pensado más como argentinos que como radicales, no podía ser que rechazasen todos los proyectos del oficialismo.

PROYECTOS MODIFICADOS

P.: Pero esa minoría no incidía en nada, y era perseguida...

R.D.: Me perdona. Fíjese que muchos proyectos se modificaron para tener un poco el visto bueno, para no ser tan inflexibles. Las políticas de Estado hay que llevarlas consultando también a la oposición.

P.: ¿Qué no pudo hacer Perón en su primer mandato?

R.D.: Perdimos mucho tiempo en debates estériles. El debate de la Corte Suprema duró tres días y dos noches, seguidos, sí seguidos. Yo que era el presidente del bloque tenía que cuidar de no perder los dos tercios, porque los radicales en cuanto yo perdiera los dos tercios presentaban una moción de orden, se iba a la votación y el juicio se caía. Yo los hacía dormir a los diputados en el Salón de los Pasos Perdidos para que no se me fueran. Me pasé tres días sin dormir.

P.: ¿Usted ve raro este acuerdo de ahora de algunos radicales con el peronismo de hoy, a la luz de aquella experiencia?

R.D.: Aquella experiencia fue para hacer un partido que apoyara, es decir no una unión accidental, sino una unión permanente. Y la pauta da que cuando algunos dirigentes de la comisión del Partido Laborista empiezan a decir que el movimiento había superado al hombre, Perón dispone que se disuelva cada uno de los partidos y se forma el Partido Unico de la Revolución Nacional, del cual yo fui secretario general.

P.: ¿Eso cuándo se crea?

R.D.: Esto se crea aproximadamente a fines del 46 y después se crea el Partido Peronista. El Partido Unico de la Revolución Nacional se transforma en Partido Peronista.

P.: ¿Peronista o Justicialista?

R.D.: Peronista, y después Justicialista, después de la revolución de 1955.


Rodolfo Decker, apoderado del Partido Laborista que llevó a Juan Perón a la presidencia hace 60 años, recordó cómo fracasó la conversación con la UCR para ir juntos a la elección de 1946. Amadeo Sabattini quería ser él el candidato de aquella "concertación”

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Fuente: “Cómo armó Perón en 1946 la ''concertación'' con radicales” entrevista al ex Diputado Peronista, Dr. Rodolfo Decker en Diario Ámbito Financiero, 5 de junio de 2006.

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martes, 7 de julio de 2020

Federación de Partidos de Centro: "Votad a Illia-Perette" (19 de julio de 1963)

Buenos Aires, 19 de julio de 1963

Los comicios realizados son el primer paso en el largo camino que todavía hay que recorrer para afianzar las instituciones y lograr formas superiores de convivencia política y social. Es manifiesto el alivio general producido por sus resultados, que evidencian la vocación democrática de nuestro pueblo. Hay que terminar, pues, el proceso que permita instalar los poderes de la Constitución y formar el nuevo gobierno, para dar satisfacción al ansia de seguridad, paz y justicia. Los partidos democráticos deben contribuir a la elección de una formula presidencial que cuenta en los colegios electorales con el mas amplio respaldo popular, sin perjuicio luego de actuar de acuerdo con sus ideales y programas.

El análisis imparcial y objetivo de las opciones posibles aconseja votar por los candidatos de la Unión Cívica Radical del Pueblo, que tendrán que asumir la enorme responsabilidad de gobernar en estas circunstancias. Por encima de nuestras conocidas y naturales discrepancias, es menester reconocer que ellos representan una garantía para la subsistencia del régimen representativo republicano y federal organizado por la Constitución, y para que no puedan seguir aplicándose sistemas y practicas que han originado la actual crisis política y económica y sobre todo moral, en que el país se debate. Creemos que el país no entendería que se demorará, y muchos menos que se condicionara, esta solución que viene, además, sustentada en una considerable cantidad de sufragios honradamente buscados y conseguidos. Y mucho menos admitiría una conducta equivoca de nuestras fuerzas políticas, a las que se identifica como expresión de responsabilidad. Por eso, nuestra actitud es espontánea y desinteresada. Declaramos que no abandonaremos la lucha para dar solución a los grandes problemas de interés nacional. Especialmente, afirmamos que bregaremos para que se mantenga y dé sus frutos de paz y progreso el régimen proporcional; para que se siga con coherencia y dignidad una política internacional solidaria con las naciones de Occidente gravemente amenazadas por el comunismo que ya tiene una nación cautiva en nuestro continente; para que se devuelvan la riqueza minera y las fuentes de energía a las provincias; y para que se adecue la legislación vigente a fin de defender el derecho de los trabajadores a gozar de sindicatos libres y auténticos. Por todo ello, los electores de Presidente y Vicepresidente de la Nación de los partidos adheridos a la Federación de Partidos de Centro, votarán respectivamente por los ciudadanos Arturo U. Illia y Carlos H. Perette.

Comité Nacional de la Federación de Partidos de Centro







Fuente: Comunicado del Comité Nacional de la Federación de Partidos de Centro aconsejando votar por los candidatos de la UCR del Pueblo, Arturo U. Illia y Carlos H. Perette para Presidente y Vicepresidente de la Nación, 19 de julio de 1963 en “Qué son los conservadores en la Argentina” de Emilio Hardoy, Editorial Sudamericana, 1983.

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lunes, 6 de julio de 2020

Félix Luna: "Yrigoyen y su memoria" (8 de julio de 1972)

A Yrigoyen, los radicales lo han llenado de polillas. Desde que se hicieron dueños de su memoria y la convirtieron en materia obligada de sus congregaciones anuales en la Recoleta, desde que sus manes inmarcesibles nutren sus efusiones oratorias, don Hipólito se nos puso rancio y su imagen póstuma nos ha quedado injustificadamente asociada a una idea de cosa anticuada, anacrónica.

No debería ser así. Pero no hay que asombrase de esta deformación. Es una de las muchas que Yrigoyen sufrió en vida y después de muerto. Porque acaso no hay un ejemplo como éste, de un hombre publico que haya sido menos entendido por sus amigos, tan mal enfocado por sus enemigos y mas equivocadamente ubicado por quienes no fueron ni una cosa ni la otra.

Es bastante ilustrativa, por ejemplo, la variación que sufre la imagen de Yrigoyen desde su época de opositor a su etapa presidencial. Hasta 1916, casi todos los diarios dijeron de Yrigoyen los juicios más honrosos. Los elogios que le tributó “La Prensa” fueron insólitos. Autores neutrales le dedicaron páginas que parecían otorgarle categoría de superhombre. Señalábase su patriótico desinterés, su constancia en la lucha política, su republicana austeridad. Todo esto, vísperas de asumir la presidencia. En cuanto llega al poder, casi automáticamente empiezan a caer sobre él y no cesan – al contrario, crecen geométricamente- hasta sus finales. Ahora será “el loco”, “el Peludo”, “el compadrito de Balvanera”. Quienes habían señalado su prosa como una expresión de su originalidad, después se reían de sus “patéticas miserabilidades”. Los que habían visto en su liso estilo de vida una elogiable muestra de sobriedad, ahora descubrían que era un palurdo, que no se bañaba… ¿Había cambiado algo Yrigoyen? Absolutamente no. Pero Yrigoyen en el llano, era inofensivo; en cambio, en el gobierno era peligroso porque traía, con todas sus imprecisiones, una concepción del poder totalmente nueva y una serie de ideas que eran revolucionarias; tal cual. Hay que imaginar lo que significó en 1920 que el representante argentino en Ginebra dijera a Gran Bretaña, a Francia, a Estados Unidos, que la Sociedad de Naciones que habían inventado era parcial, injusta e inepta; tras lo cual, da un portazo y se va… Hay que ponerse en 1916 e imaginar un Presidente de la Nación dando la razón a los obreros ferroviarios y retando a los directores, abogados y representantes del más poderoso conjunto de intereses extranjeros radicado en la Argentina… Un personaje así era peligroso y por eso las hostilidades que se le desencadenaron fueron implacables. Además, inteligentes y graciosas. Todo lo tenía a Yrigoyen de vulnerable en su personalidad, fue explotado con malignidad prolija hasta ridiculizarlo y convertirlo en un personaje de caricatura. Se salvó por la simpatía y bella circunstancia de que el pueblo lo amaba…

De modo que no hay que asombrarse si ahora la imagen póstuma de Yrigoyen queda embalsamada en las mirras y los óleos de la canonización radical. Sin embargo, bajo el cromo cache de un don Hipólito que no se diferencia mucho de Pancho Sierra o Ceferino Namuncurá, habitantes inocuos de la mitología argentina, se oculta la realidad de un caudillo vigoroso y singular, que tuvo del país una idea en modo alguno desdeñable, una idea adelantada a su tiempo y todavía fecunda.

Fue el primero, por ejemplo en denunciar la estrecha concepción del país volcado al puerto: su estructura –decía- “afecta la forma primitiva del solar colonial”, con una sola puerta al frente y un larguísimo fondo ciego atrás; un plan orgánico para dar salidas americanas a esa estructura irracional, fue proyectada por Yrigoyen, llegando a concretar la línea Huaytiquina que, en estricta justicia, debía llevar su nombre. Fue el primero, también, en atribuir al Estado “una posición cada vez más preponderante en las actividades industriales que respondan principalmente a la realización de servicios públicos”, rompiendo así el criterio liberal, incontrastables hasta entonces. Y el primero en definir como condición esencial de la democracia, no solamente la garantía de la libertad política sino “la posibilidad para todos de poder alcanzar un mínimo de felicidad siquiera”.

La idea que de la Argentina tuvo Yrigoyen hay que rastrearla a través de sus actos de gobierno, en sus trabajosos escritos y también en sus intenciones no cumplidas y en sus desencuentros. Porque Yrigoyen fue un hombre de desencuentros históricos, y no siempre por su culpa. La lógica, la fuerza de las cosas hacían previsible –para poner un solo caso- que la muchachada universitaria triunfante en su lucha gracias al apoyo que Yrigoyen le brindara, habría de arrimarle apoyo a su acción política. Pero no fue así. Solo algunas contadas individualidades se le acercaron. Los dirigentes máximos de la Reforma Universitaria, lo más lucidos y brillantes, lo enfrentaron. ¡Que hubiera pasado en la Argentina si los Deodoro Roca, los Saúl Taborda, los Ripa Alberdi, los González, hubieran formado los elencos juveniles del jefe popular! Pero no lo hicieron. Claro, era difícil apoyar a este hombre extraño que no pronunciaba discursos, no manejaba bellamente la pluma, no sabia repetir las pavadas que en esa época seducían a la juventud. Es cierto, reconocemos, que la juventud universitaria argentina casi siempre se equivoca: en esto no le erra casi nunca… Se equivocó con Yrigoyen en el 18 y en el 30; con Perón en el 45; con Frondizi en el 58, cuando se le fue el fervor en cascarse por lo de “laica” o “libre” en vez de pelear por tener petróleo y acero. Y ahora también se esta equivocando, es clavado… En esa época, un hombre como Carlos Sánchez Viamonte, luchador de nobles causas, produjo El último caudillo. Y lo extraordinario es lo siguiente: el mismo autor en el mismo libro alcanzó a tener un atisbo formidable cuando proclamó que Yrigoyen “salvó, junto con la neutralidad, el sentido americano de la vida”. ¡Increíble! Sánchez Viamonte alcanzó a darse cuenta de la significación profunda de una de las actitudes políticas más trascendentales de Yrigoyen, pero ahí se le acabó la agudeza. No vió más allá y lo mismo le pasó a sus compañeros de luchas universitarias. Sí: seguramente el desencuentro de Yrigoyen y los reformistas era históricamente inevitable.

Digo que la canonización radical ha aparejado varias deformaciones en la apreciación del  fenómeno histórico que es Yrigoyen. Los radicales se han proclamado sus herederos pero no advierten que se les ha escapado la herencia principal, lo auténticamente valioso del caudillo, que es su mágica vigencia mayoritaria, su sentido hondamente nacional y su actitud fluida, transformadora, frente a la Argentina. Se han ido quedando con las formas, el estilo, en suma, lo mas deleznable del caudillo, como le ocurrió a Sabattini, que creía ser la reencarnación de Yrigoyen sólo porque hablaba por parábolas y no salía nunca de su casa.

Dentro de esos equívocos se describe a Yrigoyen como un intransigente total y se supone que sus huesos deben estremecerse ante la mera posibilidad de que sus derechohabientes políticos compartan con otras fuerzas los gajes del gobierno: al menos en ese tono se justificó que los radicales de Illia se negaran a convidar a nadie en el minifestín oficialista del 63/66. Pero el primer interventor federal designado por Yrigoyen para implementar su plan de “reparación”, ¿Cómo se llamaba? ¡Don Joaquín de Anchorena! Y cuando hubo que salvar la situación bonaerense, amenazada por la intervención en 1927, ¿Con quien negoció Yrigoyen? ¡Con Juan B. Justo! Y ¿A quien busco en 1913 para entregarle la conducción del radicalismo santafesino? ¡A Lisandro de la Torre!

¿Qué se demuestra con esto? Que don Hipólito entendía la intransigencia como una norma en relación con ideas y conductas, nunca con referencia a hombres; y que todos, a su juicio, podían ser útiles en algún momento. Hasta De la Torre. Nunca perdió Yrigoyen la esperanza de recuperarlo, aunque de la Torre, por odio a su viejo rival, hubiera servido a los conservadores. Porque de la Torre necesitó que se muriera Yrigoyen para empezar a ver claro. Desaparecida su obsesión antipeludista, borrado su enemigo del panorama, recién entonces empezó de la Torre a andar bien. Pero claro, ya era tarde, ya estaba viejo: alcanzó a cumplir con su hermosa pelea de las carnes y ya no dio para más. Yrigoyen no dejó de cumplir su destino porque de la Torre existiera; pero De la Torre frustró el suyo por el mero hecho de haber existido Hipólito Yrigoyen… Con lo que podríamos concluir que De la Torre fue mucho más intransigente con quien no debía y al divino botón…

Yrigoyen fue intransigente cuando mantuvo la neutralidad contra viento y marea; cuando insistió cuatro veces en su proyecto de crear la marina mercante; cuando sacó la construcción de Huaytiquina en acuerdo de ministros y contra el dictamen de la Contaduría de la Nación o cuando dedicó el más alto porcentaje del presupuesto que gobierno alguno haya dedicado a la educación. Fue intransigente cuando sostuvo el proyecto de ley de nacionalización del petróleo. Y cuando dio luz verde a sus personeros en San Juan y Mendoza, en 1930, para que obtuvieran de cualquier modo las legislaturas adictas que debían designar, a su vez, los senadores que necesitaba para tener mayoría, por primera vez, en el Senado de la Nación. Sin vacilaciones, dudas ni mayores escrúpulos, se mantuvo en la consecución de las cosas que consideraba importantes y que, sin duda, lo eran. Pero jamás puso a la intransigencia, que es sólo un medio por encima de los objetivos de fondo. Por eso, cuando la dictadura de Uriburu vetó el nombre de Alvear como posible candidato radical en 1931, y sugirió en sustitución a Vicente Gallo, Yrigoyen no dudó un instante. Preso en Martín García, entendió perfectamente el problema: insistir en el candidato vetado significaba llevar al radicalismo hacia un callejón sin salida. Y fue entonces que dijo:

-¿Aceptan a Gallo? Pues entonces con gallos o gallinas… ¡hay que ir a la elección!

Eso era sentido político. No política emocional ni política retórica, sino política en el sentido de lo posible: ubicación en una realidad cierta y, a partir de ese dato, decidir. Naturalmente, para los radicales de hoy, esa anécdota de Yrigoyen es aberrante…

Fue ese mismo realismo político el que llevó a Yrigoyen a declinar su jefatura en Alvear cuando advirtió que su edad le pesaba demasiado. Es normal que todo líder quiera seguir siéndolo, aun cuando sea un valetudinario; las jefaturas no se regalan. Sin embargo, Yrigoyen, a partir de 1932, se limitaba a ejercer un papel de espectador en los procesos partidarios pero prestigiando activamente a Alvear como su sucesor. Otros hombres tenía el partido que le habían sido más consecuentes y que estaban, acaso, más cerca de su pensamiento. Pero Yrigoyen no quiso interferir el destino político de Alvear y prefirió entregarle mansamente los signos de su preferencia. No solamente facilitaba el acceso a la jefatura de un hombre que era ya, de por sí, una realidad política, sino que de alguna manera también estaba rindiendo homenaje a una actitud personal: la de Alvear, que pasados los 60 años abandona su dorado exilio en París, renuncia a su fácil vida de millonario y se larga a la pelea política. A pelear en esa enmerdada política de aquellos años, contra nenes como Justo, como Melo, como Sánchez Sorondo… No había otro radical que fuera capaz de semejante entereza –aunque en el mismo carácter de Alvear, que hacia posible la patriada, se escondieran los gérmenes de sus posteriores renuncios-.

No existe, que yo sepa, en la historia contemporánea, un caso siquiera parecido al de Yrigoyen. Sin haber dispuesto de las facilidades del poder, sin ser un tribuno ni un escritor, limitado por insalvables modalidades personales a la entrevista individual, sin haber salido casi de Buenos Aires (podríamos decir, de su casa), sin haber heredado un aparato político, sin tener mas que su fe y su constancia, Yrigoyen va elaborando año a año, con paciencia benedictina, un partido que a la postre resultará persistentemente mayoritario, resistirá invulnerable las confrontaciones de otras fuerzas y las presiones de distintos regimenes de facto hasta escindirse después de sesenta años de trayectoria y pasar a nutrir con sus vivencias a tres colectividades políticas. Porque no hay que olvidarle: retratos de Hipólito Yrigoyen presiden las asambleas del radicalismo, el frondizismo y el alendismo…

Todo personaje histórico de relevancia tiene dos significaciones: una, la relacionada con su momento, que se agota allí mismo. La otra significación es la que sobrevive a su tiempo y, al desligarse de las connotaciones circunstanciales, se proyecta intemporalmente y se va enriqueciendo permanentemente, haciéndose mas compleja y suscitante. A casi cuarenta años de la muerte de Yrigoyen, nadie debe considerarse dueño de su memoria, albacea único de su mensaje político. Quien lo haga sólo logrará disminuir una significación que es común al país, que debe ser compartida por todos, aquellos personajes y símbolos, aquellas memorias y orgullos y vergüenzas que forman el ser nacional.




 
Años más tarde un afiche de Yrigoyen bajo el lema: "Jefe inmortal, Presente!!!" presidiendo una asamblea del radicalismo del pueblo, entre los presentes Zarriello, Balbín, Marini y Perette.










 Fuente: “Yrigoyen y su memoria” por Félix Luna en La Opinión del 8 de julio de 1972.
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martes, 30 de junio de 2020

Elías Sapag: "Debate del Proyecto de Ley de Reordenamiento Sindical" (14 y 15 de marzo de 1984)

Sr. Presidente. — Tiene la palabra el señor senador por Neuquén.
Sr. Sapag. — Señor presidente, señores senadores: los senadores del Movimiento Popular Neuquino hemos analizado desapasionadamente el proyecto de Ley de Reordenamiento Sindical enviado en revisión por la Cámara de Diputados.

Hemos seguido muy de cerca las conversaciones mantenidas por los diferentes sectores representados en este Honorable Senado. En todo momento intentamos acercar posiciones encontradas con la finalidad de entregar esta noche a la República la sanción de una ley aprobada con el consentimiento de todos esos sectores políticos, como prueba de cabal madurez.

Es que creemos, con total sinceridad, que la normalización sindical es necesaria, pero al mismo tiempo, pensamos que todo gobierno democrático debe cuidar al extremo las formas que supongan una intervención estatal más allá de lo estrictamente indispensable. Los muchos años transcurridos con anómalas conducciones sindicales de las cuales, sin embargo, la gran mayoría de sus dirigentes no es responsable, justificaban realmente el tratamiento de una norma electoral de excepción. Ello era así, a pesar de importar ciertamente una intromisión en la vida interna de las asociaciones profesionales de trabajadores, porque ayudaría a que toda la vida sindical argentina quedara definitivamente regularizada en el mínimo tiempo posible.

Así lo entendieron los propios trabajadores, y así, personalmente, lo hemos escuchado de boca de sus dirigentes. Ellos aceptaron que, más allá de lo dispuesto en las normas de sus estatutos, la aludida emergencia justificaba, entre otras, estas medidas: la incorporación de las minorías al propio seno de la conducción sindical, la presencia de veedores judiciales con la finalidad de fiscalizar y controlar no sólo el proceso electora] sino también la gestión administrativa y económica; la competencia de la justicia electoral por sobre la del fuero laboral específico; el voto obligatorio de los afiliados, e incluso de los no afiliados, en las elecciones de base; la postulación de listas para acceder a dichos cargos mediante el aval de un porcentaje de afiliados inferior al previsto en los estatutos; la incorporación de representantes de las listas opositoras a los cuerpos directivos una vez oficializadas las mismas; la unificación de todos los mandatos, y la iniciación de todo el proceso eleccionario desde abajo.

Esas son, señor presidente, en líneas generales, parte de las numerosas modificaciones que al proyecto venido en revisión la dirigencia sindical aceptaba incorporar, a pesar de lo previsto en los respectivos estatutos. Y ello fue así porque compartían la necesidad de dotar a las asociaciones profesionales de trabajadores de una conducción normalizada, de la que en la gran mayoría de los casos carecen por circunstancias —repito— ajenas al propio sentir de los trabajadores y también al de la gran mayoría de sus dirigentes.

No es posible silenciar, en honor a la verdad, que también los senadores oficialistas procuraron arribar a un acuerdo que posibilitara un dictamen conjunto. Algunos de los postulados iniciales del proyecto en revisión fueron dejados de lado para posibilitar ese entendimiento.

Sobre el particular, adquiere relevancia que aceptaran que fuese el Poder Judicial y no el
Ministerio de Trabajo el que ejerciese las facultades de fiscalización y control; la elevación del mínimo porcentaje que se exigía en el proyecto para la oficialización de nuevas listas; la reducción a facultades meramente tutelares de las atribuciones de los delegados administrativos ante las asociaciones actualmente intervenidas y la incorporación de un recurso judicial para dilucidar rápidamente cualquier conflicto que pudiera suscitarse entre el delegado y el veedor judicial o cualquier representante sindical.

Todo, sin embargo, no ha sido suficiente y demuestra una vez más que los argentinos no lograremos transitar hacia la definitiva consolidación de nuestras auténticas aspiraciones hasta que no consigamos superar las mutuas desconfianzas y recelos que todavía nos separan. Todo ello proviene de las innumerables incomprensiones que desde hace más de medio siglo nos carcomen.

Esta falta de entendimiento y la particular circunstancia de integrar uno de los bloques minoritarios del Senado, en momentos en que ninguno de los dos partidos mayoritarios puede por sí solo imponer sus propios criterios, nos obliga a ser extremadamente cautelosos y prudentes a la hora de tener que brindar nuestra opinión respecto de las cuestiones en las que aquellos discrepen.

Queda en claro, no obstante, que toda vez que resulte necesario adherir a alguna de las posiciones encontradas, solamente influirán en núestro ánimo aquellas actitudes que persigan propuestas de unidad, de pacificación, de justicia y de patriotismo, contempladas siempre desde la óptica de nuestro propio e independiente criterio.

Estamos debatiendo hoy, señor presidente, una de esas cuestiones, ya que a pesar de las numerosas coincidencias alcanzadas, y luego de un prolongado esfuerzo, no hay resultados suficientes para lograr superar las discrepancias instrumentales que aún separan a las bancadas mayoritarias, que han obligado a una activa participación de las minorías para procurar resolverlas.

Frente a la necesidad de tener que optar por alguna de las dos posturas no podemos olvidar que los trabajadores tienen, a la luz de las convenciones internacionales, el pleno derecho de darse la estructura y la organización que juzguen más idóneas según las circunstancias, en orden a la defensa y promoción de sus legítimos derechos.

El gobierno, por su parte, tiene —como muchos otros derechos— la facultad de sancionar las normas que reglamenten el ejercicio de ese derecho de asociarse sindicalmente, pero sin que tales reglamentaciones condicionen o limiten. Unicamente los trabajadores, y nadie más que ellos, deben decidir cómo integrar las co misiones directivas de sus gremios (Aplausos en las galerías.)

Si lo que pretende el Poder Ejecutivo es garantizar que en la conducción de los sindicatos exista una real expresión de la voluntad de los trabajadores, debe limitarse a impedir que se bloquee esa voluntad creando las condiciones para la libre y soberana expresión de las diferentes corrientes de pensamiento.

Estamos seguros de que el gobierno está dispuesto a librar una gran batalla para lograr la emancipación nacional, la recuperación del aparato productivo, la normalización de las finanzas públicas, una justicia social real y efectiva y todo lo que contribuya a la grandeza de nuestra patria. 
Pero para todas esas grandes decisiones tendrá que contar como su aliado al gran movimiento obrero argentino... (Aplausos)...que sólo reclama un ordenamiento gremial justo, con plena vigencia de las leyes obreras, un salario actualizado en función del costo de la vida, vivir en paz y tener seguridad en su trabajo.

No debemos caer en la suficiencia ni en la soberbia, ni creernos los dueños de la justicia.

Busquemos la verdad y la sincera convivencia social, que todo ello es indispensable para intentar reconstruir la paz y el desarrollo de nuestro pueblo en orden y en verdadera democracia.

Por otra parte, la posición que sustentamos proviene de las más genuinas enseñanzas sobre la materia, que ven en el sindicalismo libre a uno de los más grandes logros de la humanidad, que se ha consolidado a través de años de lucha de la clase trabajadora y que hoy configura uno de los pilares básicos de la doctrina social de la Iglesia. Ya en 1891 León XIII reafirmó en la encíclica Rerum Novarum el derecho de asociación en favor de los trabajadores frente al liberalismo. Allí sostuvo que el sindicato descansa en el derecho natura] y constituye un principio firme de la doctrina social de la Iglesia.

Con posterioridad, y hasta llegar a nuestros días, ésa ha sido la constante enseñanza de la Iglesia. Ella ha visto siempre entre los derechos fundamentales de la persona humana, el derecho de los trabajadores a fundar libremente asociaciones capaces de representarlos de modo suficiente para colaborar con la buena organización de la vida económica.

El episcopado argentino, en múltiples oportunidades, también se ha expedido sobre el tema, recordándonos concretamente, en el mes de agosto de 1979, que "ese derecho no puede ser coartado por las reglamentaciones ni sujeto a condiciones minuciosas limitativas" En esa oportunidad, se consignó además que "debe dejarse a los trabajadores que decidan libremente las características de sus organizaciones sin imposiciones privadas u oficiales" En esa misma comunicación se reiteró que el Estado debe garantizar el libre juego de la democracia interna de los sindicatos para así asegurar la expresión, representación y actuación de las diversas corrientes del pensamiento que pueden existir entre los asociados.

Sin embargo, esa plausible aspiración no puede nunca derivar en una autorización indiscriminada al Estado para inmiscuirse en la vida sindical, excluyéndose a sus dirigencias u obligándolas a compartir sus funciones. (Aplausos.)

Tan claras enseñanzas de la Iglesia tuvieron, desde luego, amplia recepción en vastos círculos jurídicos, que vieron en la acción autónoma de los sindicatos algo esencial para 1a auténtica democracia política y económica en el Estado moderno.

Así lo puntualizaba recientemente un comentario del doctor Benito Pérez, en el diario "El Derecho" del pasado 20 de febrero.

Con abundancia de argumentos y de citas, consignó que: "el Estado no puede legalmente intervenir en la dirección ni administración de las asociaciones profesionales. De acuerdo con un régimen legal que respete la libertad sindical, sólo puede ejercer facultades de contralor para verificar si los gremios cumplen con la ley que ha autorizado su reconocimiento".

Esas son, por otra parte, las disposiciones que regulan el tema en las legislaciones de los Estados Unidos,, en Francia y en los países más ávanzados en materia laboral.

También el Convenio N° 87 de la Organización Internacional del Trabajo, que ha sido ratificado por nuestro país mediante la ley 14.932, establece en su articulo 39 que las organizaciones de trabajadores y de empleadores tienen el derecho de redactar sus estatutos y reglamentos administrativos, de elegir libremente sus representantes, de organizar su administración y sus actividades, y de formular su programa de acción.

Asimismo, prescribe que las autoridades públicas deberán abstenerse de toda intervención que tienda a limitar ese derecho o a entorpecer su ejercicio legal.

Tan claro concepto de la autonomía sindical forma parte de nuestra legislación positiva, e incluso reconoce amparo constitucional, en el aspecto individual.

Supone darle al trabajador la posibilidad de asociarse libremente para la defensa de los derechos laborales.

Mientras, en lo institucional, consiste en el derecho de la asociación para regir su funcionamiento en forma autónoma e independiente, tanto del Estado como de los empleadores.

Es a este último aspecto de la libertad sindical ai que se denomina en la doctrina del Derecho del Trabajo, "Autarquía Sindical".

Básicamente, consiste en el derecho de la asociación profesional de elaborar sus propios estatutos, designar sus dirigentes y ejercer la administración sindical, sis injerencia estatal.

También comprende el derecho de asociarse con otras entidades en organizaciones de segundo y tercer grado.

Esa mera descripción acerca del conocido contenido de la autarquía sindical nos está indicando, sin lugar a grandes dudas, que en este proyecto de reordenamiento sindical se propicia dejar de lado, prácticamente, a todos esos derechos que han sido constitucionalmente consagrados, positivamente normados e internacionalmente reconocidos.

Nos encontramos así frente a un proyecto que —a juicio del Movimiento Popular Neuquino— es inconveniente en su implementación y equivocado en su concepción.

Compartimos y alentamos el motivo alegado de procurar dotar a los sindicatos de una conducción representativa. Pero lo cierto es que el proyecto con sanción de ka Cámara de Diputados configura una real y concreta violación a las normas en vigencia... (Aplausos)... como si ellas sólo hubiesen servido para albergar en los sindicatos a los enemigos de la clase trabajadora.

En el mensaje del Ejecutivo que acompañara a este proyecto de ley, se consignó que los trabajadores, en los últimos años, han visto intervenidas y manipuladas sus asociaciones de manera que muchos de ellos no han tenido siquiera oportunidad de conocer, realmente, lo que significa una auténtica democracia sindical. Comparto tal apreciación, pero ello no significa que tal situación sea responsabilidad de las actuales conducciones sindicales. De la misma forma, no podemos los dirigentes políticos ser culpados de la falta de renovación y cambio en la conducción de nuestros respectivos partidos, también durante un prolongado lapso.

Ha dicho el presidente en su aludido mensaje que "ni el Estado, ni los partidos políticos, ni los empleadores, deben ejercer tutorías o influencias o controles de cualquier tipo en una elección gremial". Y yo pregunto: ¿no se configuran verdaderas tutorías al acordarse al Ministerio de Trabajo las facultades de convocar a elecciones sin precisar, además, el tiempo para hacerlo? (Aplausos en las bancas y en las galerías.) ¿No supone la utilización de influencias lá posibilidad de postularse a cargos de delegados, por parte de quienes no se encuentran más que afiliados a una asociación meramente inscrita, sin representatividad gremial alguna, o que exige un determinado porcentaje de votante y de votos para consagrarlos? ¿No» importa un control indebido la restricción de las funciones electorales previstas por los estatutos, para confiárselas a la Justicia?

Pues bien, tales previsiones del proyecto, que indudablemente comportan una intromisión en la vida de los sindicatos, habían sido, no obstante, aceptadas por su dirigencia, que no hizo de tal anomalía ninguna cuestión de principios durante las negociaciones encaradas. Pero en lo que aquella conducción no podía transigir es en el incuestionable intervencionismo, que solapadamente supone para el manejo de los sindicatos la pretensión de desplazar de la conducción a los actuales cuadros sindicales o de obligarlos a compartir tales funciones conductivas, porque sin disimulo alguno ello trasunta una tremenda desconfianza hacia su dirigencia. Y esta dirigencia bajo ninguna circunstancia podría convalidar y justificar esa desconfianza, por más atendibles que fuesen las finalidades que aquel instrumento legal pretendiera alcanzar. "La justificación de los medios por el fin —ha dicho el presidente Alfonsín en su mensaje ante la Asamblea Legislativa— constituye la apuesta demencial de muchos déspotas e implica el abandono de la ética política." Es que, si bien resulta razonable aceptar que en el juego libre de la democracia sindical es preciso incorporarle modificaciones que la faciliten, no se puede pretender desplazar, así, sin más, por la mera voluntad del poder, a toda la dirigencia que ha venido conduciendo a las asociaciones y que ha debido adecuarse a las difíciles circunstancias vividas en nuestro país.

Ese ha sido el punto de la discordia final, ya que las actuales conducciones sindicales no podían, razonablemente, aceptar compartir esa conducción en los gremios que no están intervenidos. Ello supondría convalidar que son ciertas las presunciones de parcialidad que el proyecto del gobierno trasunta.

Podrían haberse dispuesto todos los controles imaginables, y deberían haberse previsto las más amplias funciones fiscalizadoras, tanto por parte del poder administrador como de la justicia; pero lo que no se podía aceptar es que, a priori, se estimara que la conducción sindical se inclinaría en favor de sus propios candidatos.

En eso consiste, básicamente, la llamada filosofía del proyecto: considerar que la conducción gremial actual volcaría todo el peso de esa conducción para facilitar la elección de sus candidatos y entorpecer la de sus opositores, ya se trate de aquellos que han visto prorrogados legítimos mandatos, como de aquellos que asumieron la conducción con la legítima actitud de recuperar para los trabajadores el manejo de asociaciones en manos militares.

Como se ve, no se trata más que de una presunción, que, como tal, puede o no ser compartida, pero que de ninguna manera puede servir de fundamento para una ley.

Señor presidente: no convalidaremos con nuestro apoyo, porque sí, todas las iniciativas que el gobierno encare.

Tal actitud importaría claudicar en el ejercicio del inalienable derecho a discrepar de los individuos y partidos políticos independientes.

No hemos resignado nuestras opiniones ni nuestra independencia. Nadie puede ver en ello una posición incoherente u oportunista.

Nuestro partido estuvo ayer compartiendo con el oficialismo la responsabilidad de modificar el Código de Justicia Militar por entender que ello contribuía a la causa de la pacificación. Hoy, bien puede estar del lado de la oposición si considera que, tal y como ha sido proyectado el tema en discusión, no favorece aquella misma causa.

Pues bien, señor presidente, tuvimos la certidumbre de que resultaría imposible arribar a un despacho único cuando los miembros de la Comisión de Trabajo y Previsión suscribieron sendos dictámenes. Fue así que los integrantes de los bloques provinciales, que no formamos parte de dicha comisión, solicitamos nos hicieran llegar las posiciones de ambas partes para procurar avenirlas.

Ese nuevo intento conciliador partía de la necesidad de brindarle al país una ley que fuera prenda de unión de sus sectores más representativos, pero en el entendimiento de que las nuevas propuestas o alternativas que se sugirieran para procurar avenirlos debían ser aceptadas por ambos partidos mayoritarios, porque ése era el objetivo de la gestión.

Quede bien entendido que no se trataba de elaborar una propuesta independiente, porque a esa altura de las discusiones ello ya resultaba imposible. El compromiso consistía en procurar limar las divergencias existentes, lo que se intentó pero sin éxito.

La extemporánea y tardía aceptación por parte de la bancada radical de una de las tantas hipótesis de trabajo propuestas para avenirla con la bancada justicialista es inoportuna y especulativa, pues como amigables componedores, todos nuestros borradores de propuestas suponían la aceptación de ambas, ya que representan a partidos políticos que han obtenido más del 90 % del electorado.

Benjamín Franklin dijo: "Cuando se ha de construir una mesa ancha y fuerte y los cantos de las tablas no calzan bien, el artesano rebaja un poco una y otra hasta lograr el ajuste perfecto".

Los senadores nacionales del Movimiento Popular Neuquino sabemos que esa mesa suponía el ajuste perfecto de las dos tablas, pues jamás se habló de la posibilidad de construirla con solamente una de ellas.

Así están hoy esos dos grandes bloques, separados ya de manera irreconciliable con relación a este proyecto.

Eso no es positivo, pero frente a la necesidad de tener que optar entre ambos despachos, y luego de haber agotado todas las posibilidades conciliadoras, el bloque de senadores nacionales del Movimiento Popular Neuquino, que acepta la necesidad de normalizar la conducción de los sindicatos, considera que dicha normalización no puede asentarse sobre la base de la desconfianza hacia sus actuales cuadros dirigentes, de los cuales no recela.

Esta posición de nuestro partido se encuentra avalada, además, por la declaración emitida el 3 del corriente por la Legislatura de la provincia del Neuquén, mediante la cual se rechazó este proyecto en revisión, y se exhortó al Ejecutivo nacional a rectificar su política de intervención en los gremios, cuyo texto íntegro no leeré en mérito a la brevedad, pero cuya inserción completa en el Diario de Sesiones solicito.

—Asentimiento

Sr. Sapag. — Quede en claro, sin embargo, que el rechazo del proyecto que nuestra bancada votará significa que los argentinos io hemos comprendido la vital importancia que tienen todas las instituciones en una democracia.

No se trata de cogobernar sino de compartir.

Así como juntos podremos avanzar rápidamente, separados por la desconfianza, la incomprensión y el encono, proseguiremos postergando las legítimas aspiraciones que abriga nuestro pueblo.

Y digo esto porque las modificaciones a la ley y a los estatutos en las que se habían alcanzado acuerdos básicos resultaban sumamente positivas para la definitiva normalización de la conducción gremial. Satisfacían un interés general, aun cuando fueran insuficientes para el gobierno en particular.

Ver el Apéndice».

Ahora las coincidencias sólo podrán alcanzarse luego de un prolongado y desgastante debate que habrá que reiniciar.

De ello resultarán exclusivos responsables los sectores políticos que deberán encontrar la manera de superar sus mutuas desconfianzas.

Es gigantesca, señor presidente, la tarea que los argentinos tenemos por delante. Esta sólo podrá ser encarada con posibilidades ciertas de esperanza si todos nos unimos en la lucha, sin fórmulas mágicas, ni sectores iluminados. Ello supone que deberá dejarse para más adelante todo cuanto nos divida, enfrente o separe.

Debemos fortalecer con todos los medios a nuestro alcance esta incipiente democracia que los argentinos estamos comenzando a vivir. Solamente logrará consolidarse sobre la base de una mutua comprensión, de un verdadero patriotismo y de una auténtica grandeza. (Aplausos).










Fuente: Discurso del Senador Nacional por Neuquén, Dr. Elías Sapag , en el debate del proyecto de ley de reordenamiento sindical, Cámara de Senadores de la Nación, 14 de marzo de 1984.

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miércoles, 17 de junio de 2020

Mario Abel Amaya: "Repudio al atentado contra el senador Solari Yrigoyen" (21 de noviembre de 1973)

Sr. Presidente (Busacca). — Tiene la palabra el señor diputado Amaya.

Sr. Amaya. — Señor presidente: la significación del hecho que nos ocupa supera, y con mucho, la de un hecho que es tremendo en cuanto a la magnitud, en cuanto a lo vandálico, en cuanto al ataque que busca segar una vida, ya que pretende perpetuar y fundamentar toda una política regresiva de neto corte fascista.

Es necesario hacer oír la voz de repudio y ratificar, una vez más, que los hechos intimidatorios no habrán de hacer dejar de lado en ninguno de nosotros la vocación de militancia en la lucha por la liberación nacional y social de nuestra patria. Es necesario, ante la repetición de un hecho de esta naturaleza, ratificar esa conducta y esa militancia.

Venimos, pues, a repudiar este atentado, en cuanto es un acto vandálico; pero venimos también a ratificar el compromiso contraído con nuestro pueblo y con el futuro de nuestra patria de que habremos de trabajar decididamente para la transformación de esta sociedad y para romper los lazos de la dependencia.

No es esto dictado por un vínculo o por una relación personal. Es, sí, un decidido compromiso de quienes compartimos una posición de lucha, de quienes ocupamos un puesto en el futuro argentino. Ratificamos, entonces, que nuestra actitud no habrá de ser comprometida por estos hechos, cualquiera sea la violencia que ellos tengan.

Agradecemos a la Cámara su pronunciamiento, porqué sabemos que en definitiva se va a ratificar una posición auténticamente nacional y de liberación, y al reiterar nuestro repudio, manifestamos el sentido que tiene nuestro compromiso. (Aplausos prolongados.)




La flecha señala el coche del doctor Hipolito Solari Yrigoyen, afectado por el fuerte estallido. El legislador resultó herido en ambas piernas y con diversas quemaduras.


Fuente: “Atentado contra el senador Solari Yrigoyen” por el Sr. Diputado Nacional Mario Abel Amaya en H. Cámara de Diputados de la Nacion Argentina, 21 de noviembre de 1973.

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domingo, 14 de junio de 2020

Miguel Ángel de Marco (h): "La primera convención nacional de la Unión Cívica" (julio de 1991)

La provincia de Santa Fe, luego de los sucesos del Parque, de julio de 1890, fue sacudida por los efectos que estos generaron, de tal manera que podemos afirmar que la Revolución de 1890 se inicio allí en agosto para culminar en diciembre del mismo año.

Bastaron cuatro meses para modificar totalmente el escenario político provincial.

El galvismo progresista se vio obligado a ceder terreno en el aspecto político de su programa de gobierno inaugurado en 1886. Un ejemplo de ello es la postura conciliatoria que, dentro del oficialismo, adopto el mismo gobernador Juan Manuel Cafferata. Este mandatario experimentó, a cuatro meses de su asunción, una de las consecuencias más traumáticas generadas por la Revolución: la orfandad política en que quedaron las provincias luego de la caída del «Único», a cuyo poder estaban sujetas, como las ramas a un árbol. Fueron meses desconcertantes para el situacionismo provincial, descolocado ante un panorama incierto.

Las nuevas piezas en el juego las constituyeron el retorno de Santa Fe a la égida de Roca, la salida del oficialismo de los iriondistas, el nombramiento de Manuel Leiva como ministro de Gobierno, y el vertiginoso crecimiento de la corriente cívica, manifestada en la creación de un verdadero partido de dimensión provincial: la Unión Cívica. Todos estos factores resultaban impensables por parte del galvismo antes de agosto.

A ellos se sumaba una táctica puesta en juego por el presidente Pellegrini: la presión del poder central sobre Santa Fe, sin ahogar al situacionismo. La oposición vio en la nueva política la oportunidad de obstaculizar al gobierno de Cafferata, valiéndose de dos cuestiones candentes entonces, pero de antigua data, que fueron profundas estocadas contra el debilitado oficialismo: la intervención del Banco Provincial, a través de la misión Pillado, y el desarme de los batallones provinciales prohibidos por la Constitución.

Sin lugar a dudas, en ningún momento el galvismo se vio tan cerca de perderlo todo.

Por esto, el gobernador Cafferata, de acuerdo con el ministro del Interior, general Julio A. Roca, al comprobar que las reformas por él encaradas en el sentido de paliar la crisis económica a través del achicamiento del Estado, la restricción del gasto publico, la privatización de servicios y la notable reducción del presupuesto, no bastaban para calmar las agitadas aguas provinciales, se vio en la imperiosa necesidad de buscar una concertación política.

Para el mes de noviembre la concentración parecía impracticable, ya que nadie quería negociar con un gobierno desprestigiado, al que creían con las horas contadas.
Apostaban a la pronta capitulación de la plaza frente al acoso del sitio político movilizado desde la Nación y la provincia.

La conciliación encarada por el comisionado nacional, don Nicasio Oroño, chocó con la intransigencia de los partidos, luego de acaloradas conferencias mantenidas con el gobernador y con los dirigentes de la oposición. Estos últimos no querían una parte del gobierno (Cafferata había ofrecido a los cívicos e iriondistas ministerios, secretarias y jefaturas políticas) sino todo.
Pudo mas la habilidad política del galvismo, ahora nuevamente roquista: el senador nacional y jefe del Partido Autonomista provincial, José Gálvez, con el visto bueno del ministro del Interior, llego a un arreglo con los iriondistas para lograr su retorno al oficialismo, cediendo espacios de poder.

Tal era la situación política santafesina en momentos de la Convención Nacional de la Unión Cívica.

EL CIVISMO SANTAFESINO EN TIEMPOS DE LA CONVENCIÓN

El civismo político de Santa Fe estuvo encarnado desde 1886 por un grupo de jóvenes ilustrados de la capital de la provincia y de Rosario. Estos militaron continuamente en las filas opositoras al oficialismo, apoyando la candidatura para la gobernación de Estanislao Zeballos, primero, y de Juan B. Iturraspe, después. En ambos casos, dentro de los sectores del viejo partido liberal santafesino.

Con la continuidad del galvismo (a través de la gobernación de Juan M. Cafferata), se abocaron a la organización cautelosa, casi clandestina, de un partido provincial, siguiendo las indicaciones de la Unión Cívica de  Buenos Aires. Pero, debido al surgimiento espontáneo de grupos cívicos independientes en Rosario, decidieron obrar a la luz, encauzando dicha corriente en forma orgánica dentro de la Unión Cívica. Esto ocurrió en abril de 1890.

Durante los sucesos revolucionarios del Parque, Santa Fe se constituyó en un baluarte del gobierno nacional. La provincia fue puesta inmediatamente en pie de guerra, a través de un rápido operativo implementado por Cafferata y Gálvez, quienes prestaron todo su apoyo al ministro Roque Sáenz Peña, que instaló su comando en Rosario.

Por orden expresa de la junta central del partido, los cívicos de Santa Fe no intervinieron en alteraciones locales (hacerlo hubiera implicado un suicidio); si en la organización de multitudinarios festejos tras la renuncia del presidente Juárez Célman.
La Revolución pasaría a ser la mejor tarjeta de presentación, el elemento político mas eficaz de divulgación publica de la Unión Cívica en el orden local. La provincia de Santa Fe conoció a la Unión Cívica después de los sucesos de julio en Buenos Aires.

Antes de esto, los cívicos apenas habían establecido en la provincia un centro cívico del partido en Rosario y una avanzada en Villa Casilda. En el mes de agosto experimentaron tal crecimiento que les permitió conformar un autentico «partido provincial».

Si tuviésemos que señalar etapas de evolución del partido, citaríamos la visita de los actores principales de la revolución y prohombres de la Unión Cívica porteña a la ciudad de Rosario el 26 de agosto. Este acontecimiento fue vivido con una intensidad tanto o más grande que la Convención Nacional de enero de 1891. Manifestaciones callejeras, discursos vibrantes, presencia de delegaciones cívicas de todo el país, coadyuvaron para que la Unión Cívica de Rosario alcanzara la satisfacción de traer el espíritu de la revolución «a casa».

A todo esto, en las tres primeras semanas de agosto, no solo se organizó este acto de tanta magnitud, sino que los dirigentes de esa ciudad viajaron a Santa Fe, crearon en el pleno far west provincial —colonias San Carlos y San Geronimo— centros de la Unión Cívica, e impulsaron el nacimiento en la urbe del sur del Club Juventud Cívica Rosarina, integrado por adolescentes.

El 25 de agosto quedo establecida, oficialmente, la Unión Cívica de Rosario, y el 30 del mismo mes sucedió otro tanto en Santa Fe. Ambos centros, independientes entre sí en cuanto a labor partidaria, se dividieron el campo de acción: el sur de la provincia para el primero, y el centra y norte para el segundo. Factores que se vinculaban con los estratos sociales, políticos, económicos y culturales, diferenciaban a los integrantes de uno y otro centra.

En setiembre concluyo, de forma definitiva, la organización de los cuadros directivos de Rosario mediante las comisiones ejecutiva, consultiva y de propaganda.

El primer paso oficial que dio la Unión Cívica de Rosario en pos de intervenir abiertamente en la política provincial, fue solicitar el 6 de septiembre, en un manifiesto publico, la renuncia del gobernador y del vicegobernador, enumerando causales de índole política y económica.

Tal era el peso que había adquirido el partido en aquellos meses, que el gobernador Cafferata, en los intentos de conciliación efectuados a fines de noviembre, le ofreció un ministerio y tres jefaturas políticas. Sucesivos telegramas de Alem respaldaron y estimularon la intransigencia de los cívicos para evitar todo tipo de acuerdo. Las maniobras conciliatorias empleadas por el oficialismo, en vez de acercar a los cívicos, aumentaron su distancia y su combatividad.

A unas semanas de la Convención Nacional de la Unión Cívica, la provincia estaba situada sobre dinamita. El clima de alarma y agitación se reflejaba en forma patética en los periódicos de aquel entonces. Tanto la prensa oficial como la moderada y la opositora caían en la misma vertiente de exageración. La primera, para que el gobierno nacional limitase las libertades de acción concedida a los cívicos; la segunda, para aumentar la venta, y la tercera, para demostrar la inestabilidad de sus adversarios.

La Unión Cívica había quedado ahora, con el retorno de los iriondistas al oficialismo, sola en la oposición provincial. Su periódico, La Unión Cívica, llamaba abiertamente a la rebelión, frente a supuestos operativos policiales del gobierno tendiente a apresar a sus principales dirigentes y a clausurar comités. Esta táctica de lanzar tales rumores, aunque después fueran desmentidos, llevó a un estado de intranquilidad tan grande, que muchos extranjeros (un 50% de la población rosarina) izaron en sus casas las banderas de sus respectivas nacionalidades para evitar posibles atropellos.

EL GALVISMO Y LA CONVENCION

No había otro mas interesado en el normal desarrollo de la Convención que el mismo gobierno provincial. Los ojos de la Republica estarían puestos sobre Rosario, y la imagen que debía dar el galvismo, por su delicada situación, tenia que ser inmaculada.
En noviembre de 1890, al oficialismo se le había planteado la misma situación, con motivo de la inscripción en el Registro Cívico Electoral. Ante las denuncias que llegaban al despacho del presidente Pellegrini, a la prensa porteña y a las autoridades partidarias, sobre incidentes en tal acto, la opinión publica de Santa Fe y del país centraba su atención a la espera de incidentes mayores que hicieran caer la guillotina de la intervención federal sobre la provincia. Además era el primer acto electoral donde participaba la Unión Cívica santafesina, y uno de los primeros en la Republica luego de los sucesos de julio.

Frente a este acontecimiento, que venia a complicar la tirantez política existente, el gobernador Cafferata dio la consigna de evitar el menor incidente, ya que un error podía resultar fatal. Así lo demuestran la correspondencia y los telegramas cursados entre el mandatario, el jefe político de Rosario, el ministro de Gobierno de la provincia y el ministro del Interior de la Nación.

A pesar de todo, en el acto del domingo 9 se desató una refriega entre los asistentes que arrojó como resultado cinco muertos y cuarenta heridos. Inmediatamente toda la prensa del país, con títulos trágicos, cayó primero sobre el general Roca y, luego, sobre la situación santafesina.

A partir de entonces, aquel domingo sangriento pasó a ser una de las banderas de combate del civismo santafesino y, posteriormente, del radicalismo.

Esto no debía suceder nuevamente en enero del 91, pues posiblemente el gobierno nacional ya no lograría evitar la intervención de los tres poderes provinciales frente a un escándalo de magnitud.

LOS CANDIDATOS PRESIDENCIALES

La Convención Nacional de la Unión Cívica fue convocada a fin de elegir la fórmula presidencial para la contienda electoral de 1892. La prensa de la ciudad había coincidido en la especulación sobre quienes la integraran. La Capital de Rosario, liberal de oposición, apostaba al general Bartolomé Mitre, con quien le unía una notoria afinidad ideológica, que continuaría mas allá de la división del civismo. El Mensajero, autonomista de oposición, lo daba por un hecho. El Municipio, cívico independiente, creía, semanas antes de la asamblea, que la formula Mitre-Bernardo de Irigoyen resultaba adecuada porque «era la interpretación del sentimiento nacional, levantando un muro de bronce entre el oficialismo imperante y los defensores de nuestros derechos y libertades».

La Opinión, diario galvista, resaltaba desde principios de enero la incoherencia de la asamblea cívica, porque en los hechos ya había sido consagrado el general Mitre. Se basaba para opinar tal cosa en que el 1° de enero se había efectuado una proclamación mitrista en el Frontón de Buenos Aires. Por lo tanto esto implicaba —según la publicación— que en la Convención iba a terminarse con la injerencia de Del Valle y Alem: «se definirán las posiciones; los empresarios cívicos quedaron destituidos por ineptos, y el candidato será proclamado por los únicos que deben hacerlo». Nueva Época, de Santa Fe, coincidiendo con su copartidario rosarino, opinaba que había llegado el fin del alemismo intransigente, y que la Convención seria «la gran Torre de Babel argentina».

En fin, la prensa oficialista se regocijaba y aumentaba una situación evidente que incomodaba profundamente a los cívicos rosarinos: la posible candidatura de Mitre. El mismo diario La Unión Cívica, «haciendo verdadero tour de force», controlaba su antipatía por ella. Es que la mayoría del civismo de Rosario era marcadamente alemista, desde sus más tiernos inicios, mientras que los cívicos de la ciudad de Santa Fe tenían sus simpatías puestas en un hombre de gran arraigo entre las familias políticas locales, don Bernardo de Irigoyen.

ALEMISTAS, MITRISTAS, IRIGOYENISTAS

Las disensiones internas del civismo rosarino entre alemistas, mitristas e irigoyenistas repercutirían en la organización del acto, como un reflejo de la misma situación en Buenos Aires.

Los ciudadanos de Rosario recibían noticias contradictorias procedentes de la Capital Federal, incluso de los mismos diarios cívicos, ya que mientras uno lo declaraba a Mitre «salvador de las instituciones», otro lo amenazaba con abandonarlo, y un tercero le
hundía una puñalada en el pecho.

La situación interna de la Unión Cívica repercutió directamente en la organización y participación del acto. Faltando ocho días para que este se realizase, solo una de las catorce provincias argentinas había elegido sus delegados: Buenos Aires.

Las discusiones dentro de la comisión directiva de la Unión Cívica rosarina se evidenciaron en detalles, como la elección del local donde se efectuarían las reuniones, o la manera como debía desarrollarse la recepción de los congresales.

En la designación de los convencionales de Rosario predomino la postura de «la mozada», en detrimento de «los viejos liberales». Los primeros se habían opuesto en noviembre a la política conciliatoria del gobierno, y los segundos coincidían con la participación del civismo en el gobierno provincial, Nicasio Oroño los llamaba «los verdaderos cívicos» (liberales del mitrismo).

Los convencionales fueron el doctor Joaquín Lejarza (vocal de la comisión ejecutiva de la Unión Cívica), alemista, con 21 votos. El doctor Belisario Sívori (presidente de la comisión ejecutiva de la Unión Cívica), alemista, con 15 votos. El doctor Mariano Candioti (vocal de la comisión ejecutiva de la Unión Cívica), alemista, con 24 votos. El doctor Eugenio Pérez (miembro del partido), con 7 votos. El doctor Pedro Sánchez (vocal de la comisión consultiva de la Unión Cívica), mitrista, con 5 votos, y el doctor Marcelino Freyre (miembro de la comisión consultiva de la Unión Cívica), viejo prohombre de la política provincial, liberal mitrista, con 2 votos.

La elección efectuada por las tres comisiones de la dirección del civismo rosarino mas los representantes de los comités, demuestran el abrumador porcentaje de cívicos alemistas. Estos últimos tenían la presidencia, la vicepresidencia, la tesorería, la secretaría y más de la mitad de los vocales de la comisión ejecutiva.

Ello explica por que no existió antes, durante y después del acto un entusiasmo desbordante en lo relativo a la publicidad de la Convención a través de la prensa cívica. Y aunque parezca contradictorio, la crónica de lo acontecido por aquellos días en Rosario abunda en los diarios oficialistas, llamados por la curiosidad del evento y por la posibilidad de recoger argumentos para criticarlo.

Pero la presencia alemista en Rosario no se hizo sentir de lleno en la asamblea, ya que la comisión que tendría que representar a la provincia de Santa Fe en la Convención debía surgir irremediablemente de una fusión de los centros de la capital provincial y de la segunda ciudad del país. Esto motivó que los representantes por Santa Fe fuesen el presbítero Gregorio Romero (Santa Fe, irigoyenista), Gerónimo Cello (Santa Fe, irigoyenista), Severo Basavilbaso (Santa Fe), Belisario Sívori (Rosario, alemista), Mariano Candioti (Rosario, alemista) y Joaquín Lejarza (Rosario, alemista).

LOS CONVENCIONALES EN ROSARIO

Cuando faltaban cinco días para el acto, habían designado sus representantes once provincias, lo que implicaba la llegada a Rosario de aproximadamente cien personas entre comisionados y suplentes. Los principales hoteles de la ciudad no daban abasto, ya que a los convencionales se les unían dirigentes partidarios, periodistas y curiosos. El jueves 15 de enero de 1891, El Municipio llamaba al pueblo a asociarse en la recepción de los huéspedes, embanderando los frentes de las casas, cerrando los negocios, acudiendo a las manifestaciones y demás actos, e iluminando en forma extraordinaria las calles, balcones y fachadas.

El día anterior habían comenzado a llegar los delegados de las provincias, siendo de los primeros los de Buenos Aires. Un diario oficialista advertía a las autoridades policiales que debían mantener controlada a una comitiva de cívicos «que forman en las filas de la carne de cañón, reclutados en Balvanera y en la Boca, organizados como guardias pretorianas de los caudillos regeneradores». Se refería al medio centenar de porteños que venían a acompañar a Alem.

En cuanto a la composición profesional de los convencionales titulares asistentes eran estos tres generales, un coronel, dos tenientes coroneles, dos ingenieros, un sacerdote, 63 abogados, y 44 personas que se dedicaban a distintas actividades. Abrumadora mayoría de letrados.

Entre los delegados cabe citar a Aristóbulo del Valle, José M. Gutiérrez, Mariano Varela, Tomas Santa Coloma, Belisario Roldan, Alberto Gainza, Mariano Demaria, Bonifacio Lastra, Manuel J. Campos, Santiago O'Farrel, Domingo Viejobueno, Juan M. Garro, Pedro C. Molina, Ángel Ferreira Cortez, Tomas Soaje, Aniceto Latorre, Miguel Ortiz, Salvador Molina, Santiago Gordillo, Pelagio B. Luna, Juan E. Torrent, Manuel F. Mantilla y Napoleón Uriburu.

Ante tales visitantes de todo el país, Rosario altera su rutina diaria y se esforzó por darles calida acogida. ¿Quien no sentía, hacia por lo menos uno de estos hombres ilustrados y conocidos, vínculos de amistad y respeto? Todo el escenario político de Rosario: opositores, moderados y oficialistas, eran conscientes de la trascendencia de la presencia de tales viajeros. El mismo gobernador Cafferata contaba entre los asistentes a dos amigos íntimos.

El intendente de Rosario, doctor Gabriel Carrasco, uno de los mas grandes estadistas con que contó la provincia de Santa Fe a lo largo de su historia, hombre de trayectoria y genuino representante de la generación del 80, llamado al gobierno por Cafferata, se esforzó por garantizar a los asistentes la mayor comodidad y seguridad posible. Ante la solicitud de los cívicos, autorizo la iluminación publica de las calles (reservada para circunstancias especiales), no así la construcción de un arco de triunfo que estos querían erigir en la calle Córdoba y su cruce con San Martín, en el corazón de la ciudad, argumentando que había que evitar todo acto de provocación o incitación a los autonomistas, quienes seguramente lo derrumbarían. Carrasco visito a los convencionales cívicos explicándoles su intención de que no se provocasen desordenes. Asimismo solicito un palco para contemplar los actos, y mando regar las calles por donde transitarían los cívicos. El intendente era un hombre independiente de espíritu verdaderamente cívico.

LA SESION DEL 15 DE ENERO

A las ocho y media de la noche hicieron su entrada, en el teatro Olimpo, Alem, Del Valle y otros prohombres del civismo, abriéndose paso entre la multitud agolpada en la puerta del local como en una premiere. En el recinto no había una sola mujer. Los convencionales ocupaban el palco escénico, todos vestidos de negro. Luego de entonarse las estrofas del Himno Nacional, Alem pronunció un largo discurso. En él efectúo un resumen de lo que había realizado la Unión Cívica en dieciséis meses, hablo de la corrupción en las altas esferas gubernativas, que se extendía hasta las últimas clases sociales. Se refirió al papel de la juventud y la postura revolucionaria, a la nueva era inaugurada, a la obra de reparación prometida y no cumplida a partir de julio por parte del oficialismo. Mostró como el régimen seguiría sobre las mismas bases, de que modo habían quedado impunes los que habían delinquido aprovechándose del erario público. Resalto las virtudes de la lucha en la templanza del carácter, señaló que el pueblo era el artífice de su propio destino y subrayo que no se debía esperar todo del gobierno.

El teatro parecía venirse abajo con los aplausos. No sabemos si los convencionales mitristas acompañaron al orador con su entusiasmo cuando este tocó una delicada cuestión: «la obra de la Unión Cívica ha sido y es de verdadera regeneración, profundamente reformista y revolucionaria en el amplio concepto doctrinario. Pero si esta ha cumplido y sigue cumpliendo sus programas y compromisos, ¿podrán decir lo mismo aquellos que por nuestros esfuerzos y nuestros sacrificios ocupan el lugar del gobierno derrocado y prometieron eficaz cooperación en la obra reparadora que el pueblo habría emprendido?...».

Alem concluyó declarando instalada la asamblea cívica, y pidió permiso para nombrar un presidente provisional. Autorizado, designó al doctor Mariano Varela, quien también solicitó la venia para nombrar la comisión de poderes, lo que también fue aprobado. Eligió al doctor Bonifacio Lastra, convencional por Buenos Aires; a Guillermo Leguizamón, por Catamarca; a Rivera, por Corrientes; a Candioti, por Santa Fe, y a Gordillo, por La Rioja. Se pasó enseguida a cuarto intermedio para que la comisión examinara los diplomas. Reunidos nuevamente, declararon que todas las credenciales estaban en condiciones excepto las de Córdoba, donde se había comisionado a demasiada gente.

Se produjo luego la votación para el nombramiento del presidente y el vicepresidente de la asamblea. El doctor Torrent logro 58 votos para la presidencial Mariano Varela, con 79, fue vicepresidente primero, y el rosarino Mariano Candioti, con 62 votos, fue vicepresidente segundo.

Del Valle propuso que, en homenaje a la ciudad cuna de la Bandera, se nombrase uno a cuatro secretarios de esa localidad, en los señores Lisandro de la Torre, Eduardo Paganini, Agustín Lando y José Fierro (todos de la vertiente intransigente).

Barroetaveña opinó que a Rosario le bastaba con un vicepresidente y dos secretarios. Así que fueron nombrados De la Torre y Landó.

Afuera del teatro, las calles céntricas de Rosario parecían vivir una noche de carnaval, destacándose un numeroso grupo de cívicos encabezados por una banda formada con improvisados «instrumentos musicales»: latas, tachos, botellas vacías y cometas de tramways, a los gritos de « ¡Viva la Unión Cívica!».

Luego de la sesión, los comisionados fueron perseguidos por simpatizantes y periodistas. Francisco Barroetaveña fue localizado en el Hotel Universal y, ante la insistencia de los asistentes, hablo en subido tono contra la figura del ministro Roca, diciendo que los gobiernos de fuerza se repelían con la fuerza y que los rosarinos debían estar prontos al sacrificio, cuando el deber los llamase.

La impresión recogida por el periodismo oficialista, a manera de conclusión del intenso día vivido, fue que parecía que el doctor Del Valle llevaba la dirección de la Convención, y que su influencia podía más que los votos de los convencionales en la designación de los candidatos presidenciales.

La otra campaña, la de El Municipio y La Unión Cívica, renegaba aceptar la influencia mitrista en la futura designación. En tal sentido opinaba el primero: «las conveniencias bien entendidas de las provincias y los intereses de la Nación aconsejan a los delegados del pueblo argentino dejar de lado a los que se esclavizan a la voluntad del Ministro del Interior y reniegan del papel histórico y democrático para convertirse en agentes del poder. Los electos deben ser de merito, patriotismo, talento, amor a las instituciones; pero por sobre todo, intransigencia al actual orden de cosas, por el odio, la tiranía y el robo...».

LOS DIPLOMAS POR CORDOBA

Las actividades del viernes 16 de enero comenzaron por la mañana, con la presencia de convencionales semi-dormidos: muchos habían llegado el mismo día 15, luego de largos y fatigosos viajes desde los confines de la Republica, sesionando hasta la medianoche. Según los diarios opositores, la sesión se inició sin el quórum necesario. El conflicto de la aceptación de la delegación cordobesa llevo toda la mañana.

El miembro informante, doctor Rivera, alzo su voz distinguiéndose por su traje gris en medio de una asamblea de levitas y trajes negros jaquet y hasta sacos de lustrina. El general Campos estaba vestido de militar y el presbítero Romero con el hábito eclesiástico.

Rivero fundo el voto de la comisión diciendo que a Córdoba solo le correspondía tener trece delegados y que habían venido a Rosario dieciocho; que como los trece que llegaron primero habían sido nombrados por una asamblea popular numerosa en la capital provincial y por subcomités de campaña, estos debían ser reconocidos como tales. A diferencia, según la comisión, los cinco restantes habían sido proclamados por unos pocos cívicos reunidos en asamblea en Córdoba y Río Cuarto. Por lo tanto, la comisión adoptó como criterio aceptar los diplomas de los que habían obtenido mayor respaldo popular en sus designaciones. Esto, indudablemente, iba en detrimento de los cinco miembros del Centro Popular de Córdoba. Cuando estaba por votarse la aprobación o no de la resolución de la comisión, tomo la palabra el santafesino, presbítero Romero, aconsejando no adoptar medidas que pudieran generar discordias. Sus palabras representan el carácter de los convencionales no alemistas: «En la Unión Cívica figuran hombres de todos los partidos que se han hallado distanciados por cuestiones locales o nacionales; por problemas regionales, religiosos o sociales y que se habían juntado todos por el bien de la patria. Jamás se debe creer imposible una conciliación en el seno de la Unión Cívica. Y sin embargo nos encontramos frente a una cuestión de diferencia. De Córdoba, de la provincia que ha sufrido mas el incondicionalismo, de la tierra donde nació el insignificante Celman, nos ha de venir también el modelo del civismo...».

El doctor Molina, cordobés, declaró que no había diferencias de fondo entre los delegados de su provincia, y que cualquiera fuese el fallo de la Convención, permanecerían fieles al partido. Igualmente, el padre Romero propuso el nombramiento de una comisión pacificadora, integrada por cinco personas. Tal temperamento fue aprobado por unanimidad, y resultaron designados Romero, Del Valle y Lisandro de la Torre. En horas de la siesta se comunico a la Convención que, habiendo demostrado los delegados cordobeses la mejor buena voluntad, se había acudido al sistema de lotería, saliendo premiados cuatro cívicos populares.

LA PROCLAMACIÓN A TEATRO LLENO

A las seis de la tarde se convocó para la elección de los candidatos presidenciales. El teatro estaba completamente lleno, al extremo de poner al edificio en peligro, ya que no se habían controlado las entradas. Existía una ansiedad extraordinaria por conocer el resultado. El público había llegado hasta el escenario, rodeando la mesa asignada a los periodistas e introduciéndose hasta la de los convencionales. Torrent principió para leer los votos: «Leyó el primero, leyó el segundo, el tercero y hasta el vigésimo, todos contenían el nombre del general Mitre. Principió en seguida a manifestarse un movimiento de aprobación por parte del público. Algunos corresponsales salieron a la calle a enviar sus telegramas. Solo después de unos veinte y tantos votos principiaron a sonar otros nombres. Mitre consiguió 105 sobre 111».

La proclamación de Mitre fue saludada con aplausos estruendosos, repetidos en forma interminable por parte de los convencionales, el publico y hasta los reporteros gráficos.

Serenados los ánimos, se procedió a la elección del vicepresidente, y fue elegido don Bernardo de Irigoyen.

Estadísticamente, Mitre consiguió el 94 por ciento de los votos, mientras que Irigoyen obtenía el 82 por ciento.

Inmediatamente de producido este acto, se genero un debate entre Barroetaveña y un grupo de convencionales mitristas. Aquel sostenía que sobre la base del articulo noveno de la convención, «una vez hecha la proclamación se comunicaría oficialmente a los candidatos y si se rechazara se procedería a una nueva elección». Era inconveniente, según él, que no se cerrara la convención hasta esperar la respuesta de Mitre, que un telegrama no demoraría mas de veinticuatro horas, ya que después seria complicada una nueva reunión en caso de rechazo.

Al día siguiente, el periódico de Deolindo Muñoz, El Municipio, acorde con su estilo sagaz, realista e intransigente, llamaba a limitar a niveles acordes con la situación, la euforia por las candidaturas de Mitre e Irigoyen. El triunfo de los ideales del Parque aun no se habían conseguido, y no se debían depositar todas las esperanzas en la personalidad de aquellos: «Desde ya podemos decir que no se satisfacen las aspiraciones de un país, ni se afianza un movimiento regenerador, limitándose a dar nombres en una bandera».

La Opinión, galvista, volvió a señalar que la Convención Nacional de Rosario, desde su convocatoria, había implicado el triunfo del mitrismo y la eliminación del escenario político provincial y nacional del alemismo. Para ese diario, la vicepresidencia de Irigoyen era motivada por la necesidad de introducir un elemento de concordia entre quienes se repelían. La formula implicaba lo que el órgano oficialista consideraba «la muerte del civismo puro e intransigente, que se agita y se mueve con fuerza propia». Y el principal artífice de ello había sido el doctor Del Valle.

El Mensajero, oficialista en el plano nacional y opositor en el provincial, afirmaba que no le cabía duda de la existencia de dos Unión Cívica, irreconciliables entre si: la radical y la moderada.

La Unión Cívica, alemista, mientras se mostraba ferviente sostenedora de los candidatos proclamados, se sintió obligada, en momentos tan especiales, a reafirmar su lealtad hacia la figura de Leandro Alem, a quien, en su edición del día posterior a la elección, lo consideraban como «el mas espartano de los argentinos, el legitimo sucesor de Alsina, un hombre irreductible que su palabra era el verbo de la democracia, el que su consejo era la orden suprema del experto piloto, el representante del temple civil y la honradez acrisolada, el orador eminente, el constitucionalista distinguido, el primero en la orden del combate y el ultimo en la de recompensa, el general en jefe del gran ejercito patriota, la imitación del Cristo que echó a los mercaderes del templo, el carácter, el gran republicano», etc.

Al día siguiente de la proclamación de la candidatura, el órgano de la Unión Cívica de Rosario mostró que, seguidora de Alem en su mayoría, penetraría en una pendiente que semana tras semana aumentaría el rechazo —velado primero y abierto después— de la figura de Mitre. Así, días después de la clausura de la convención, denunció que los representantes de Mendoza habían vendido sus votos por doscientos mil pesos a los mitristas y que se habían retirado antes de que culminase la asamblea. El comprado habría sido el doctor Guiñazú, y el comprador, el general Roca.

A diferencia de lo ocurrido con los cívicos intransigentes de Rosario, en la capital provincial el periódico La Unión Cívica anunció con ciento y un bombas la proclamación de Mitre-Irigoyen.

LA CONVENCION POR LAS CALLES

El sábado 17 de enero, a las tres de la tarde, tuvo inicio la última reunión de la convención. Algunos representantes asistieron de riguroso frac. Se tocó «un nuevo himno cívico», que pocos conocían, El señor Vidal Peña, convencional por Córdoba, mocionó para que todos se pusieran de pie en honor de Alem. Así se hizo. Y en verdad aquí se cometió un acto de justicia, porque, más allá de las diferencias políticas, a nadie podían caberle dudas sobre el papel que le había tocado al caudillo como miembro convocante de la primera convención nacional partidaria para designar fórmula presidencial en la historia argentina. Este, que estaba en un palco, también se levantó y saludo al público presente.

A continuación se leyó un telegrama de Bernardo de Irigoyen, agradeciendo a los congresales la designación efectuada: «el voto de una asamblea donde están dignamente representados los círculos políticos que constituyen la opinión de la Republica, es la mas alta distinción que se discierne en los pueblos libres y al recibirlo se agita vivamente el sentimiento de mi gratitud.

Se paso después a firmar el acta por todos los convencionales luego de entonar el Himno Nacional, y, por ultimo, pronunció el discurso de clausura el comisionado correntino, el señor Torrent. Este efectúo un relevamiento de la situación de cada una de las provincias argentinas y, al llegar a Santa Fe, incitó a poner fin a los agravios de que era victima por parte del oficialismo: «Es preciso que se vea libre de los explotadores que la esquilman, pretendiendo convertir sus praderas que reverdecen con el sudor de los honrados trabajadores, en miserable ergástula de esclavos que trabajan para el goce sensual de sus amos insaciables». Tal era la oratoria para exaltar los ánimos provinciales. En cuanto al orden nacional, dijo que la candidatura de Mitre debía ser la «mas amada» también por el presidente Carlos Pellegrini, asegurando así la felicidad de la Patria. Este doble juego era el que irritaba a los cívicos alemistas de Rosario. La revolución, para ellos, debía ser total en la provincia como en la Nación.

El acto mas llamativo, por las dimensiones que alcanzo, fue la procesión de los convencionales desde el teatro Olimpo a la Plaza 25 de Mayo, para luego participar de un Tedeum en la Iglesia Matriz. La columna se puso en marcha por las calles céntricas. Era una compacta muchedumbre aplaudida por los ciudadanos agolpados en balcones y azoteas. La lluvia de flores que cayo sobre los manifestantes fue uno de los aspectos mas reflejados por los periódicos de aquellos días, y en obras posteriores, como la de Dermidio T. González, publicada en 1905, sobre las costumbres rosarinas. También lo fue la presencia de mujeres, fenómeno poco visto en la ciudad. La Plaza 25 de Mayo ya se hallaba con público cuando la comitiva desembocó por la calle Córdoba. Había una banda, rodeada por los portaestandartes de los clubes cívicos de Rosario y por medio centenar de ciudadanos que portaban banderas nacionales. Cada una tenía bordado el nombre de un prohombre de la Unión Cívica. Entre los clubes presentes se hallaban el Roque Sáenz Peña, Nueve de Noviembre, Leandro Alem, Luis Sáenz Peña, General Mitre, etc.

Se produjeron los vivas de rigor a Alem, Mitre, Irigoyen y Torrent. A la Unión Cívica y a los delegados.

La iglesia estaba repleta. En su interior aguardaban las damas rosarinas, ocupando la derecha e izquierda del templo (no nos debe extrañar este hecho ya que las principales familias de la sociedad rosarina estaban vinculadas con el antiguo partido liberal de inspiración mitrista), reservándose el centro para los convencionales. El tedeum fue celebrado por el cura párroco, presbítero Córdoba, y por el convencional por Santa Fe, presbítero Romero.

A la salida del templo cayó, desde la jefatura política, una gran cantidad de papeles con la inscripción « ¡Viva Roca!», a lo que los manifestantes respondieron con el « ¡Muera Roca!», exclamaciones ambas familiares para la ciudadanía rosarina.

De regreso, la caravana llego hasta el Hotel Central, donde se hospedaban parte de los convencionales, y allí pidieron a gritos que usasen la palabra los oradores de más renombre. Alem no lo hizo, ya que se había retirado enfermo durante el tedeum, y guardaba reposo. El único que se asomó a los balcones del hotel fue el general Campos, quien dirigió la siguiente arenga, que fue la última que escucho el pueblo de Rosario en aquella convención: « ¡Pueblo de Rosario! Sigue tu obra de regeneración patriótica, sin tener en cuenta los obstáculos que se opongan a tu paso porque si faltan pechos y brazos, armas no han de faltar. A vosotros no os compran con empanadas...».

Esa misma tarde muchos convencionales emprendieron el camino de regreso a sus provincias. Los que pudieron quedarse participaron a la noche de un baile en el que se ejecutaron valses, polcas, lanceros, mazurcas, etc. Fue organizado por las familias Fedrikson, Doncel, Pareja, Berhensen, Sivori, Escalante, Correa, Ibarlucea, Perkins, Baigorria, De la Torre y Páez.

LA PARTICIPACION POPULAR

En esos tiempos, los embanderamientos de calles y casas tenían un efecto publicitario y plebiscitario, a manera de encuesta. Por eso, contando la cantidad de calles, manzanas y edificios por cuadra, se llegaba a un análisis aproximativo. Según este, la participación de la ciudadanía propietaria no fue desbordante, como los diarios cívicos lo reflejaban. Calles céntricas de importancia, como Mendoza, Entre Ríos, Urquiza, 3 de Febrero, Progreso, no lucían ni una sola bandera. Las calles embanderadas se reducían a las cercanas de los hoteles, a los lugares de las marchas y al teatro. De 30.000 edificios con que contaba Rosario en aquel entonces, sólo estaban embanderadas 237 casas del centro.

Aun así, la consideramos una cantidad apreciable para entonces. Mas allá de este medio precario para verificar la participación «popular» empleado por la prensa, podemos afirmar que la convención contó con la simpatía ciudadana, y que esta, sumada a la curiosidad lógica ante tan inusual evento y tan ilustres visitantes, se volcó al pueblo a las calles. Pero sin alcanzar la magnitud de los festejos provocados por la caída de Juárez Celman, ni el contenido emotivo para los cívicos de la primera visita de los miembros del movimiento revolucionario de julio, en los meses de agosto y septiembre.

En conclusión, no constituyó el índice más alto de participación popular en los mítines; no contó con los elementos netamente populares de los barrios rosarinos, ni con una generalidad de gremios o profesiones. Fue un acto que atrajo y sedujo la atención de «la sociedad» rosarina, que recién se estaba acostumbrando a ese tipo de manifestaciones. En esto influyó la tensión política reinante en la provincia, y la participación a medias del civismo intransigente de Rosario.

LAS FIGURAS DEL CONGRESO

La Convención Nacional de la Unión Cívica en Rosario se efectúo bajo la influencia de personalidades que, aunque ausentes físicamente algunas, fueron protagonistas netas: Bartolomé Mitre, Leandro Alem, Julio Argentino Roca, Aristóbulo del Valle, Bernardo de Irigoyen, Francisco Barroetaveña y Juan E. Torrent. Así lo sentía la prensa local; así lo percibía el oficialismo provincial, y así lo captaban los cívicos rosarinos: se jugaba en el terreno de las personalidades y no en el de los principios. Los asistentes estaban allí por Mitre, por Alem o por Irigoyen, y se manejaban como «operadores políticos» de uno o de otro. Con esto no queremos restar meritos a los convencionales, cuyo patriotismo fue reconocido por la misma prensa opositora. Pero Mitre era Mitre, desde antes de la convención, como Roca era Roca en Santa Fe, y Alem era Alem para los cívicos intransigentes de Rosario.

El objetivo primordial de la asamblea era designar oficialmente candidatos consagrados por la opinión pública. Excepto la discusión motivada por la aceptación de las credenciales cordobesas, el debate, poco extenso, se centró en si se cerraba o no la convención antes de la aceptación expresa de los candidatos elegidos.

Aun así, la primera Convención Nacional de la Unión Cívica implicó un notorio adelanto en la vida democrática de los partidos políticos argentinos. En este sentido constituyó un hito loable, reflejo de los primeros frutos de la corriente cívica.

LA CONVENCION Y LA POLITICA PROVINCIAL

Existía en el orden provincial un ganador luego de la convención, y fue el galvismo roquista. Demostró al presidente Pellegrini su voluntad política de no generar conflictos. La policía se comporto con una actitud que motivo el reconocimiento de Del Valle y Alem.

El evento distrajo la atención de los cívicos de la belicosa y virulenta campaña emprendida contra el oficialismo, que había llegado a su pico en los meses de noviembre y diciembre del 90. La convención dividió sensiblemente a los cívicos moderados de Rosario de los intransigentes, y marcó las diferencias entre cívicos rosarinos y santafesinos. La prensa opositora, por unos días, dejó de efectuar sus reclamos originados en la crisis financiera.

En síntesis, un respiro momentáneo para el gobierno galvista, tambaleante desde agosto. Oficialismo que, internamente, se hallaba en la puja por la designación de los delegados que lo representaría en la Convención Nacional del Partido Autonomista en Buenos Aires.

Dentro del civismo local se generó un periodo de confusión que no invalida, a partir de febrero, el incremento de las actividades políticas del civismo intransigente. Alem pudo comprobar la lealtad de sus correligionarios de Rosario y su zona de influencia. Durante su permanencia aquí, recibió una innumerable cantidad de telegramas en los que se le manifestaba admiración y respeto, provenientes de localidades del interior de la provincia y de distintos estamentos y profesiones.

La proclamación de la candidatura de Mitre aceleró un proceso interno del grupo cívico. Un ejemplo de ello lo constituyó la redacción del periódico El Municipio, cuyos integrantes experimentaron una desilusión con respecto a las expectativas puestas en el viejo y expectable general, cuando este comenzó a manifestarse inclinado a la supresión de la lucha intransigente: «queríamos la candidatura de Mitre triunfante en los comicios de la opinión; pero no queremos la candidatura de Mitre ventilada, discutida y aprobada en los salones presidenciales». Para este diario, la convención benefició al ministro del Interior. Lo mismo opinaba La Unión Cívica: «Roca esta dispuesto a la candidatura de Mitre, pero exigiendo que Mitre reciba de sus manos la investidura como los reyes, en la Edad Media, del papa romano», a la par que se consideraba auspiciante de las candidaturas del Olimpo.

Mientras todo esto sucedía, la provincia de Santa Fe seguía su desarrollo progresista, como resultado de la puesta en practica del programa galvista de 1886, en lo económico-social, superando lentamente la crisis financiera, que había afectado al mercado y no a la maquinaria productiva. El 91 recién se iniciaba, y seria un año interminable y decisivo.


El Teatro Olimpo de Rosario fue sede la primera Convención de la Unión Cívica. El 15 de enero de 1891 comenzó a sesionar con la presencia de Alem, la asistencia de más de cien delegados titulares y suplentes, y una multitud que se agolpaba en la calle.






Fuente: "La primera convención" por Miguel Ángel de Marco (h) en "Centenario de la UCR: Una radiografia histórica"en Todo es Historia N° 289, julio de 1991, director: Dr. Félix Luna.

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