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jueves, 26 de agosto de 2021

Gustavo Vivo: " La Constitución de la Ciudad de Buenos Aires" (1 de octubre de 1996)

Se ha cerrado un ciclo y queda abierto otro en la historia de esta Ciudad.

Los porteños tenemos ahora la posibilidad de ir construyendo nuestro propio destino en el marco de la Nación. Esto es la autonomía cuyos cimientos hemos impreso en la primera Constitución de la Ciudad de Buenos Aires. Ella afirma, pero también renueva valores; consagra derechos y deberes; estructura los poderes, los sistemas de control, encauza el proceso de descentralización y establece formas de participación popular en la toma de decisiones.

Servirá seguramente de guía a los gobiernos para encontrar soluciones a los problemas cotidianos de la Ciudad y su gente. Ella condensa una sociedad más libre, justa e igualitaria.

Ahora bien, ¿por qué, señora presidenta, poner a Alem a sobrevolar este día, el último de nuestra misión? Porque, como él dijo, no habló para esos momentos sino para el futuro y aquí estamos, todo llega, tal como llegarán muchas cosas en nuestra Ciudad y en el país, Alem tiene actualidad pues sus palabras de 1880 invitan a reflexionar sobre el problema del federalismo, de las relaciones de la Nación con las provincias, con esta Ciudad y con los ciudadanos.

Fue un intransigente, un tenaz opositor a la federalización de la Ciudad y defensor de sus derechos, porque la capitalización significaba someterla al poder central.

Ahora, en pocos minutos vamos a recordar la historia para ponerla al servicio de la esperanza, como alguien dijo alguna vez.

Leandro N. Alem, caudillo parroquial de Balvanera, decidió integrar la Legislatura con el único propósito de resistir la capitalización y acompañado por los diputados Solveyra y Baracochea, denunció y advirtió los peligros que ese sometimiento entrañaba para la Ciudad, para la Provincia y para la República entera. Él había nacido en Monserrat, donde fue bautizado, había crecido y era caudillo de Balvanera, era un hombre de Buenos Aires, pero también era argentino. Orgulloso de esta ciudad, no fue un estrecho localista.

Rechazó que la Ciudad fuera Capital, en función del país pues la capitalización atrayendo a un punto dado los elementos más eficaces, toda la vitalidad de la República debilitará necesariamente a las otras localidades y como bien dice Laboulage será la apoplejía en el centro y la parálisis en las extremidades

Agregó luego, en aquel histórico y profético mensaje: aquí vendrá todo lo que valga, se centralizará la civilización y eso significa el lujo, la ilustración, la luz en un solo lugar y la pobreza, la ignorancia, la oscuridad en todas partes

Señora presidenta, Alem defendió con visión nacional las prerrogativas de la Provincia de Buenos Aires, cuya autonomía se lesionaba, violándose su propia Constitución local, cuando advertía que pronto la Capital le arrancaría otra porción a la Provincia; y aquí también tuvo razón, pues pocos años después, mi pueblo, Belgrano y el de Flores se incorporaron al ejido de la Capital como barrios y ese desborde que perjudicó a la Provincia y a la Nación en su equilibrio, es también el cordón que nos rodea.

Pero, también, anticipó las consecuencias para nuestra Ciudad –cuya autonomía planteaba– y dónde plantó el germen que hoy florece en nuestras ideas.

Él sostuvo nuestro derecho al gobierno propio rechazando la oferta de participar a cambio en las elecciones generales de la República para Presidente y para la composición del Congreso porque esa representación es tan insignificante, respecto del resto de la República que no puede tener la misma influencia. Todas las otras colectividades también participan en estos actos, pero su vida interna queda libre y bajo su dirección; sus negocios domésticos, por así decirlo, son manejados por ellas mismas. Solamente para los negocios generales de la República confían su voto al poder Central.

Y ha de ser grave y sensible, en breve andar del tiempo no más, para esta sociedad que ya ha gustado de las ventajas del gobierno propio, verse dirigida en su vida íntima por hombres que ella no elige y que no conocerán generalmente sus sentimientos, sus hábitos, sus aspiraciones y sus tendencias.

La Ciudad dormirá por mucho tiempo el sueño de los condenados y bien podemos decir con él que la Ciudad será tratada como fue tratada París por el Primer Imperio y la Restauración, nada más que al recuerdo de la célebre Comuna revolucionaria.

Acaso, no tuvo razón, acaso la historia y el devenir no demostraron su acierto y sus advertencias. La realidad nos muestra la macrocefalia, esta deformación de nuestras instituciones que perjudicó a las Provincias, a la Nación y a esta Ciudad porque, señora presidenta, la capitalización fue en castigo para Buenos Aires y su gente: quedaron abatidos los intereses locales. Nuestros dirigentes perdieron de vista las cuestiones locales. Incluso, hace unos pocos días el Ministro de Economía nos agraviaba diciéndonos que a nosotros, a los porteños, nos sobra la plata y que por eso debíamos conformamos con lo que recibíamos.

El régimen federal, en nuestro país, quedó solo escrito en la Carta Magna, pero fue subvertido en la realidad. Desde aquí lo levantamos de nuevo. No queremos, no pretendemos que la historia nos dé la razón y que lo que está puesto en la Constitución Nacional sea letra muerta.

Señora presidenta, no he hablado del Alem poeta, del guerrero en el Paraguay, ni siquiera del fundador de la Unión Cívica Radical, sino del autonomista, del crudo que combatió la maldita tendencia centralizadora que denunciaba como el principal obstáculo para la realización de las bellas declaraciones, principios y fórmulas de nuestra Constitución.

Quiero en este momento histórico pedirle a ese hombre que a lo largo de su vida defendió los principios fundamentales, la opinión popular como sustento de la soberanía y la ética como inspiración de la acción política que nos ilumine.

Busquemos amparo en sus banderas, que recogió de las manos inertes del Coronel Dorrego, en su concepción del federalismo como fórmula institucional de la libertad y la Democracia. Alem está muerto, pero es un muerto que manda; que nos convoca a levantar esas banderas. Desde esta banca, que pertenece a la Unión Cívica Radical, queremos donarlo a todos los partidos políticos, en esta Convención que simboliza la aurora, el despertar de la Ciudad del sueño de los condenados.

Bajo su advocación y frente al pueblo de la Ciudad de Buenos Aires y del país, señora presidenta, afirmamos que hemos cumplido con nuestro deber con esta Constitución.





Fuente: Inserción del Convencional Gustavo Vivo: La Constitución de la Ciudad de Buenos Aires. Decimonovena Reunión - 2ª Sesión Especial - 1° de octubre de 1996. Versión taquigráfica 19. Diario de Sesiones Convención Constituyente de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Tomo III, 1996.

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miércoles, 27 de noviembre de 2019

Luis Alberto de Herrera: "Homenaje al Dr. Alem" (20 de julio de 1892)

Doctor Alem: la estudiosa juventud montevideana, educada en altos ejemplos de civismo, siempre ha sabido distinguir y reverenciar á los hombres públicos notables, á los patricios eminentes, y tributándoles homenaje: si hijos de esta tierra acompañándoles, ya que no con su voz, por lo menos con sus simpatías; si extranjeros, ha creído honrar debidamente sus virtudes.

Pero cuando los acontecimientos ó los vaivenes de la política nos han puesto en contacto con estos últimos, cuando á esta capital ha cabido el señalado honor de albergarlo aunque por breves días, ella ha creído también de su deber ir á saludarlos y retemplar sus propias convicciones escuchando su palabra experimentada.

Y si ayer como americanos, veníamos en corporación á agradecer á Joaquín Nabuco, al tribuno ardoroso, su participación en la liberación del negro, hoy como orientales nos congregamos de nuevo aquí para expresar nuestra profunda gratitud á otro apóstol de la libertad: para saludar en usted, doctor Alem, al amigo sincero de nuestro país, y al protector desinteresado de nuestros compatriotas arrojados por la furia del vendaval político á las hospitalarias playas argentinas.

Aunque de aquel lado del caudaloso río, engarzado entre las patrias de Artigas y San Martín, os hemos visto batallar sin cesar inflexible en vuestros principios por la restauración del régimen democrático, aunque al través del Plata, nervio colosal que trae y lleva las palpitaciones de los corazones generosos, hemos admirado al gran republico siguiéndolo en su simpática propaganda,—el principal móvil de esta manifestación no es unir nuestras felicitaciones á las muy merecidas que habéis recibido ya por vuestra brillante actitud, sino reconocer ya que es imposible saldar una deuda sagrada contraída para con usted, doctor Alem.

Todo el mundo sabe y nadie lo olvida que cuando en 1885 un grupo de ciudadanos distinguí los preparaba en Buenos Aires una revolución popular para derrocar la afrentosa tiranía que nos oprimía, el doctor Alem fue de los primeros en ofrecer el concurso de su bolsillo y hasta el de su vida para coadyuvar al mejor éxito de la noble empresa: nadie olvida que el valioso contingente de su prestigio contribuyó á allanar entonces inmensas dificultades; y nosotros sabemos que cuando los restos de aquella hermosa falange en la que se cifraban tantas esperanzas volvían al punto de partida luego de desechos por los sicarios del déspota en la rota del Quebracho, en momentos de desconsuelo y aflicción para la patria que vestía luto, el mismo doctor Alem, siempre consecuente, incitaba en los hospitales á nuestros hermanos heridos é infundiéndoles ánimo levantaba suscripciones para socorrerles en su desgracia y mitigar sus dolores.

Por eso, conociendo esos honrosos antecedentes, doctor Alem, conociendo las diversas etapas, los actos más culminantes de vuestra agitada vida consagrada por entero al servicio del pueblo y puesto en peligro más de una vez, amargada muchas, para no desmentir esa misma fidelidad; conociendo al esclarecido argentino que tenemos delante envejecido en las luchas tumultuosas de la democracia y que antes de aceptar favores de quienes no tienen derecho á brindarlos prefiere expatriarse condenándose á un voluntario ostracismo; conociendo vuestras relevantes prendas morales y vuestra altivez de carácter que, unida á un valor á toda prueba no se doblega pero sí cobra bríos ante los más graves atentados, nuestras almas juveniles, accesibles á los sentimientos puros se sienten entusiasmadas, desbordantes de admiración, hacia el hombre viril que no sabe lo que es desfallecer, y espontáneamente sube á nuestros labios una frase análoga á la de aquel adversario político de Castelar, que arrebatado por su brillante elocuencia exclama: lástima grande que no milite en nuestras filas.

Pero, ya que no á nosotros, pero sí á la nación hermana, ha tocado su suerte servir de escenario á la descollante figura política del doctor don Leandro Alem; ya que no ha sido posible poseerlo de hecho, aunque conocidas son sus bien definidas simpatías por el pueblo oriental, descubrámonos con respeto ante el gran demócrata del Río de la Plata, que las grandes personalidades no tienen patria; hagamos votos por que su ejemplo tenga eco, encuentre imitadores entre nosotros y que algún día surja un caudíllo abnegado que hijo del pueblo y nacido para el pueblo sea capaz de hacerse como él en la Argentina, intérprete de las justas aspiraciones populares.

Caudillos austeros que como el doctor Alem no titubeen en ceñir la corona de espinas cuando por obtener el triunfo de la buena causa, sea necesario sublimarla con el martirio, con el propio sacrificio, y á los que no se puede hacer extensivas aquella acusación largada tal vez injustamente por dañar á los girondinos: pronunciáis palabras sublimes y cometéis acciones cobardes; caudillos decididos que no solo sepan electrizar á Vergniaud sino también conducirlos al terreno de la lucha cuando conculcados los derechos mas elementales y sagrados del ciudadano haya que poner coto á los desmanes de la fuerza bruta que cínica ríe de la opinión. Pues por paradojal que aparezca, cuando la anarquía está entronizada, la moral escarnecida y las leyes pisoteadas, la revolución es necesaria, -ella es la síntesis del orden y la expresión más pura y genuina de la libertad.

Doctor Alem, cumplida queda nuestra misión.




Discurso del joven bachiller Sr. Luis Alberto de Herrera que una noche presidió una numerosa columna ante el "Hotel de París" para ofrecer el homenaje de la confraternidad rioplatense, "al apóstol de la libertad, Leandro Alem huesped de la ciudad de Montevideo y desterrado.






Fuente: “Homenaje al Dr. Alem” por el Sr. Luis Alberto de Herrera. En “Las primeras ideas” revista quincenal de ciencias, letras y artes, Año I, N° 8, 20 de julio de 1892.

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miércoles, 9 de agosto de 2017

María Isabel Clucellas: "Prólogo a Leandro N. Alem “Un Caudillo en el Parlamento” (1998)

BALVANERA, BARRIO ORILLERO

El 11 de marzo de 1842 la pulpería o "esquina" de las calles Federación y Ombú -actuales Avda. Rivadavia y Matheu- estaba de fiesta. Había nacido el sexto hijo del dueño, Leandro Antonio Alen, habido en matrimonio con Tomasa Ponce Gigena. El pulpero, vigilante "de a caballo" y miembro conspicuo de la Sociedad Popular Restauradora conocida como la Mazorca, gozaba de prestigio en aquel barrio orillero, de suburbio, lindante con los corrales de Miserere y el hueco de las Salinas -hoy plaza Once de Septiembre-, una estación de carretas.

Los primeros años de Leandro, quien con el tiempo agregó a su nombre el de Nicéforo aunque este no figura en el acta de bautismo, transcurrieron en ver pasar las galeras, en galopar algún pingo por la calle Federación, "más pampa que calle", observar el ir y venir de los gauchos que frecuentaban la pulpería de su padre, oír sus charlas, escuchar las payadas donde los " vivas" al Restaurador alternaban con los "mueras" a los salvajes unitarios.

Pero la vida dio carácter al joven Leandro, una cualidad que con el tiempo, él habría de distinguir en los demás como méritosupremo. Una experiencia temprana lo puso a prueba.

La batalla de Caseros había acabado con la tiranía y con su infancia.

El miedo, las posibles venganzas, obligaron a la población a cerrar las puertas. Los vencidos, dispersos, comenzaron a saquear la ciudad por los suburbios. Los esfuerzos por atajar desmanes se sucedían. También los juicios rápidos y los fusilamientos.

Sin embargo, el que llegaba como vencedor lucía la divisa punzó en el sombrero. Leandro Antonio reabrió su esquina y llevó a su hijo Leandro a presenciar la entrada del ejército de Urquiza a la ciudad.

Pronto se instalaron los interrogantes. En seguida, la sospecha y el rechazo. En los atrios de las iglesias, las pulperías y los clubes resonó la voz de los oradores populares, en especial de los más jóvenes, entre ellos la de Adolfo Alsina. La multitud escuchaba en silencio. Junto a aquella gente, el hijo del pulpero de Balvanera.

Un lustro atrás el vigilante "de a caballo" había sufrido trastornos mentales y ejecutado actos de violencia. Condenado, indultado y "jubilado" por Rosas, desde entonces Leandro Antonio no prestaba servicio en el cuartel de policía comandado por Ciríaco Cuitiño. Se dedicaba exclusivamente a su boliche. Ello no le impidió luchar, a fines del 52 y ante el requerimiento de Cuitiño, en las filas del coronel Lagos contra los "logistas unitarios" porteños. En tanto, Tomasa Ponce debió hacerse cargo de la pulpería. Cuando el marido y Cuitiño desertaron, al regresar a su casa Leandro Antonio no encontró en ella a su familia. Los Alen, sindicados como rosistas, temieron represalias. Habían buscado refugio en el centro. Los recién llegados rumbearon entonces hacia el nuevo domicilio. La plebe, enfurecida contra los antiguos partidarios de Rosas, al reconocerlos quiso lincharlos por mazorqueros. Los tomó presos la policía. Proceso rápido y condena, apunta Alvaro Yunque, autor de una de las más autorizadas biografías de Alem. Quizás las manos de Leandro Antonio no hubiesen estado tan tintas en sangre como las de otros mazorqueros pero lo cierto es que en diciembre de aquel memorable 53, la plaza Independencia, entonces también conocida como de la Concepción por su proximidad con esa parroquia, fue el escenario de su fusilamiento. Junto con su cuerpo cayó también el de Cuitiño. Dice la leyenda que el joven Leandro, de apenas once años, vio desplomarse a su padre después de la descarga y pendular de la horca su cadáver. De ser cierta, esas imágenes debieron marcarlo para siempre.

Meses más tarde Tomasa Ponce abrió la sucesión de su marido.

Deudas y unas propiedades. A Leandro le tocaron algunos pesos. Aparecieron luego los acreedores y se llevaron el grueso del capital. La pobreza -dice Telmo Manacorda, otro de sus biógrafos- llegó como séquito de la orfandad.

Pero Tomasa no pensaba en claudicar. Cosía y lavaba para la vecindad y Leandro vendía los pasteles y dulces que preparaba su madre. Martín Yrigoyen, marido de Marcelina la hija mayor del pulpero, trató de ayudar a su suegra sin mayor éxito. Los amores de Luisa con el clérigo González -Leandro había aprendido con él las primeras letras- añadieron su nota de contrariedad. El martirio de Camila O'Gorman estaba fresco en el recuerdo de Tomasa.

Leandro siguió su instrucción en la escuela de don Lorenzo Jordana. Solitario, se defendía del medio hostil que lo rodeaba.

Para esa época no tenía amigos. Su único refugio era su madre y trabajaba con empeño para ayudarla. Jordana, maestro de alma, lo comprendió y sostuvo: los muchachos del barrio lo señalaban como el hijo del mazorquero. Leandro encontró consuelo en el estudio y la lectura. Para entonces empezó a firmar Alem con "eme" final en lugar de "ene" y sin acento. Una forma de aliviar, sin duda, tanto desprecio.

SOLDADO Y POETA

Cuando el Congreso de Santa Fe votó la capitalización de Buenos Aires, los porteños partidarios de la autonomía de la ciudad desertaron de las fuerzas de Urquiza. Al año siguiente, el 11 de abril de 1854, Buenos Aires sancionó su propia Constitución, similar a la rivadaviana de 1826. Se desataba una nueva conmoción. El coronel Bartolomé Mitre apareció a la cabeza de las tropas porteñas y el general Urquiza se vino sobre el arroyo del Medio. Latía de nuevo la "cuestión Capital".

Así las cosas, Leandro abandonó sus estudios y a su madre.

Prefirió irse con los gauchos federales. En la cañada de Cepeda se enfrentaron los adversarios en octubre del 59. Mitre, derrotado, se retiró sobre Buenos Aires. Las vanguardias de Urquiza llegaron hasta San José de Flores. Cayó Alsina, se pactó la paz y el soldado federal regresó a su casa. En ella sólo quedaban su madre y su hermana Tomasa.

Aquella experiencia de noches a la intemperie envolvió a Leandro en particular melancolía y de ésta surgieron sus primeros versos. "La Tribuna" de los hermanos Várela los recibió con simpatía. Las dedicatorias a Mercedes, Pepita, Emilia, y a tantas otras, empezaron a sucederse al ritmo de las publicaciones. El "mal du siécle" se anunciaba en aquellos poemas, en aquellas cuitas de amor. También "El Nacional" se hizo eco de ellas.

En tanto, los fueros de la Capital seguían en pugna. Cepeda no trajo paz. En el desborde de la guerra civil, Leandro volvió a montar a caballo. En el arroyo de Pavón la batalla se decidió por Buenos Aires. Según lo convenido, Buenos Aires eligió los miembros de la Convención Provincial que debían examinar la Constitución del 53. Chocaron de nuevo los partidarios de la Confederación y quienes no renunciaban a la lucha por la hegemonía nacional. Esta vez fue Sarmiento el campeón de la unidad.

Se resolvió introducir en aquella Constitución algunas modificaciones.

El grupo dirigente de la ciudad-puerto estaba dispuesto a incorporar su provincia "al resto de la familia argentina".

En octubre de 1860 Buenos Aires juró la modificada Constitución del 53: se incorporaba de hecho a la Confederación.

El poeta-soldado, de regreso a la casa materna, trabajaba y proseguía con sus estudios de abogacía. Aún le quedaba algún dinero de la herencia paterna y, para ayudarse, empezó a dar clases en el colegio de Jordana. Los periódicos de entonces siguieron recogiendo sus poesías. Hipólito Yrigoyen, el sobrino que vivía con los Alem en Balvanera, acompañaba a Leandro en las largas caminatas con las que matizaba las horas de estudio.

Dentro de la política, la "cuestión Capital" agrupaba a los porteños en autonomistas o "crudos" y nacionalistas o "cocidos", es decir partidarios de la unidad. El porteñismo quería que Buenos Aires viviera sola. Las provincias contrapesaban. La aduana, los impuestos, las rentas, estaban por medio.

Sobre los últimos debates de "la gran cuestión", una multitudse concentró frente a la casa de Mitre. El general les anunció entonces un hecho grave: el mariscal Solano López había invadido la República Argentina. Se venía la Guerra de la Triple Alianza.

Encendido el patriotismo, se ofrecían los voluntarios. Los estudiantes, los primeros, se presentaron a las armas. Leandro Alem se alistó así en las legiones que irían a la guerra. Federales, unitarios, "crudos" y "cocidos" las integraron. La patria estaba por encima de todo partidismo. En su condición de estudiante, Leandro marchó a las órdenes del general Hornos con recomendación de teniente.

Estero Bellaco, Tuyutí, Yatayty Cora, Boquerón, Curupaytí.

Después de ocho meses de campaña Alem pasó a las órdenes del general Wenceslao Paunero. En los campos de batalla el teniente de Hornos llegó a capitán de Paunero. Por donde graneaba la fusilería, allí iba Leandro sobre su caballo; cuando descansaban las armas, escribía poemas de amor. En Curupaytí, donde cayó Dominguito Sarmiento, recogieron al soldado poeta herido de un balazo. Pensó en reponerse y volver luego al fragor de la batalla pero su salud estaba muy desmejorada.

En medio del hervidero político porteño Leandro reanudó sus estudios de derecho. El semanario "El Inválido Argentino" lo tuvo entre sus fundadores y redactores. En cada edición podía leerse alguno de sus poemas.

En 1868, mientras continuaba la guerra con el Paraguay, preocupaba al país definir la candidatura de aquel que debía suceder a Mitre en la Presidencia de la República. Las propuestas se concretaban y diluían con igual rapidez. Se caldeaban los ánimos.

Se había entrado en la violencia política.

INICIACIÓN POLÍTICA

La lucha política alejó a Alem de sus poesías románticas. Con los "crudos" de Balvanera seguía la divisa autonomista de Adolfo Alsina y se sintió con fuerzas para hacer oír sus propias ideas.

El caudillo se asomaba ya en él. Junto a un grupo de amigos de origen modesto -el suburbio siempre presente en sus metas-, todos ellos autonomistas que apoyaban la candidatura de Sarmiento, fundó el "Club de la Igualdad" declarándose herederos de los revolucionarios de Mayo. Por encima de los partidismos, pretendían enrolar a la ciudadanía detrás de los conceptos de libertad,progreso y democracia, un programa que el sector más avanzado de la burguesía nacional sostuvo hasta el 90.

Practicado el escrutinio de las elecciones presidenciales, triunfó la fórmula Sarmiento-Alsina. Luego de haber contribuido a esa victoria, Alem volvió una vez más a sus estudios universitarios.

Al año siguiente se recibió de abogado. Con voz segura leyó su tesis doctoral, un "Estudio sobre las obligaciones naturales".

Los examinadores aplaudieron, el público asistente lo felicitó y él corrió a su casa a hacer partícipe del éxito a su madre, a quien había dedicado el trabajo.

Pocos días más tarde era designado secretario de la Legación Argentina en la Corte de Río de Janeiro. El general Wenceslao Paunero, al frente de la Legación, no había olvidado los servicios de su ayudante en la campaña del Paraguay y había solicitado ese nombramiento. Sólo cuatro meses duró en el cargo. Trabajó duro para poner al día los asuntos argentinos pero extrañaba la patria y la agitación política. El recrudecimiento de viejas dolencias no fue más que un pretexto para renunciar al codiciado puesto.

Ya en Buenos Aires, se mudó a una modesta casa de la calle Montevideo donde instaló su despacho de abogado. Siempre fiel al partido autonomista, el nombre de Alem empezó a circular en las elecciones nacionales. Era alguien.

Animado por la idea de participar, Leandro Alem fundó, dentro de su partido, el "Club 25 de Mayo". Lo acompañaron en la empresa Victorino de la Plaza, Pellegrini, Bonifacio Lastra, su sobrino Hipólito Yrigoyen, Quirno Costa, Aristóbulo del Valle, Saldías y algunos otros integrantes del sector juvenil alsinista.

Uno de los principales puntos del programa que encararon hacía a la rebaja del precio de la tierra pública para que se pudieran asentar en el campo pequeños propietarios capaces de ensanchar la producción nacional.

Una figura de prestigio presidió el flamante club. Los jóvenes obtuvieron sin esfuerzo la adhesión del doctor Manuel Quintana, brillante orador parlamentario. En seguida, las tareas electorales. Alem y Matías Behety lanzaron a la calle "El Fénix", un periódico de combate donde propagaron sus ideas sobre las más candentes cuestiones políticas, entre ellas, la reforma de la Constitución Provincial.

El vecindario de la Concepción proclamó a Alem candidato a diputado. Pero en las elecciones del 70, aunque el resultado fue promisorio, éste no reunió el número de votos necesarios para entrar en la Legislatura.

El asesinato de Urquiza conmocionó entonces al país. La indignación de Sarmiento no tuvo límites. La guerra contra López Jordán era inevitable. Derrotado después de repetidos combates, López Jordán escapó a la Banda Oriental de donde pasó al Brasil en espera de una nueva oportunidad. La creación de un comité de paz que bregó por la autonomía de Entre Ríos llevó a conciliar los intereses del federalismo con los del centralismo porteño.

Leandro Alem se mantuvo al margen de estos sucesos.

Aceptó como una liberación el cargo de secretario de la Legación Argentina en Asunción del Paraguay que le había conseguido Paunero.

LEGISLADOR PROVINCIAL:
COMIENZO DE SU LABOR PARLAMENTARIA

En Asunción se habían instalado el hambre y la decadencia moral. Hasta allí le llegaban a Alem los ecos de Buenos Aires, de los choques políticos, de la guerra con Entre Ríos y de la suerte de sus amigos. La ausencia del país se le hacía una vez más intolerable. Presentó su renuncia. Había terminado su breve carrera diplomática.

Otro regreso, otra mudanza. En esta ocasión a la calle de la Piedad, en el corazón de su querida parroquia de Balvanera donde reabrió su estudio de abogado. El prestigio creciente le aseguraba ahora variada clientela. Esto le permitió mejorar su situación económica.

Una barba oscura prestaba gravedad al rostro ascético. Los grandes ojos revelaban la firmeza de carácter del jurisconsulto que para entonces ya vestía de negro. Su silueta se tornaba i n confundible en la tempestuosa parroquia.

La sensibilidad cívica vibraba al compás de la libertad, la democracia, la república, con el advenimiento de la flamante República Francesa cuando se registraron las primeras víctimas de la fiebre amarilla. Día a día aumentaba el índice de mortandad.

Todo esfuerzo para combatir el mal resultó inútil. Alem estuvo entre los enfermos. Sólo los primeros fríos de otoño ahuyentaron los mosquitos propagadores de la epidemia. Aunque la convalecencia fue larga, Alem se salvó de la sepultura.

La ciudad también se recuperaba. Las luchas cívicas volvieron a estallar. Bajo la presidencia de Manuel Quintana se dieron los debates de la comisión reformadora de la Constitución Provincial.

A Alem le dolía perderse este enfrentamiento leguleyo de la interpretación constitucional. Luego vino la disputa por las bancas legislativas de la provincia. El convaleciente obtuvo una que la Legislatura rechazó alegando fraude. Ese triunfo no concretado se empañó aún más con la muerte en plena calle de Tomasa Ponce, su madre.

Al año siguiente, la acción preelectoral. Alsina, caudillo de los "crudos", participó al lado de su gente en todos los entreveros políticos. En las afueras de las ciudad, en las pulperías suburbanas, menudeaban los incidentes a veces sangrientos entre autonomistas y nacionales, los "cocidos" de Mitre. El debate se llevaba en todos los diarios de la época. La prensa estaba envuelta en la lucha de los partidos. Alem vivía ahora sólo para la política. Lo acompañaban su hermano Lucio y su sobrino Hipólito.

Adolfo Alsina distinguía con su amistad a ese aliado formidable que le aseguraba el concurso de las clases populares de los suburbios. Alem figuró como candidato a diputado a la Legislatura.

Los mitristas fueron vencidos. Leandro N. Alem resultó electo. Era un hombre público. Ese nombramiento marcó el inicio de su labor parlamentaria.

Consagrado a la función, Alem mantuvo contacto permanente con sus electores de las parroquias más abandonadas. Se apasionó por el estudio de iniciativas que contemplaban los intereses de la provincia o tendían a suprimir injusticias sociales. El 13 de mayo de 1872 habló por primera vez en la Cámara de Diputados de la Provincia. Fue concreto y rotundo y llamó a las cosas por su nombre. No admitía compromisos ni aun con su partido.

Sólo lo obligaban los intereses populares. Se ocupó del régimen carcelario, se opuso a la mala administración de los ferrocarriles, discutió el presupuesto de gastos y recursos, participó en el debate del Código Rural, se interesó por los guardias nacionales, presentó un proyecto para abolir la prisión por deudas que fundamentó en elocuente discurso. Su gestión hizo crecer su popularidad. Diariamente recibía comisiones de vecinos que apelaban a él.

El año 73 comenzó en forma impetuosa. López Jordán regresó del exilio pero fue al f in derrotado y debió escapar nuevamente.

En Buenos Aires los nacionales proclamaron candidato presidencial a Mitre y los autonomistas a Adolfo Alsina. Alem sostuvo con brillante discurso la candidatura de su jefe en la Comisión Electoral. Ese año fue designado vicepresidente de la Cámara de Diputados de la Provincia.

Durante el trascurso de los debates, varios legisladores provinciales fueron electos diputados nacionales, entre ellos Carlos Pellegrini. Este presentó entonces su renuncia a la banca provincial alegando incompatibilidad de cargos. El asunto se discutió largamente. Alem, adhiriendo a la postura de Pellegrini, mantuvo que la retención de las dos bancas hería la esencia republicana de nuestras instituciones. La Legislatura se pronunció a favor de esa postura principista. También en ese período Alem consiguió que se votase una pensión para la viuda del maestro Lorenzo Jordana, "verdadero educacionista", su preceptor y protector en los días de infancia.

La sucesión de Sarmiento ya empezaba a preocupar a los políticos.

Al comienzo del proceso electoral, Roca y Juárez Celman se pronunciaron por la candidatura de Alsina frente a la política mitrista. El atentado contra la vida de Sarmiento y distintas rebeliones surgidas en San Juan y Mendoza hablaban de una convulsión por el tema presidencial. Con mano enérgica, el presidente Sarmiento pudo contener momentáneamente la lucha civil que se desataría después de las elecciones.

Recién iniciado el 74 terminó el mandato de Alem como legislador provincial y ya se consagraba su candidatura a diputado nacional. Esa campaña preelectoral transcurrió en Buenos Aires bajo el signo de la violencia. Tanto autonomistas como mitristas repartieron a sus partidarios armas largas y se tomaron posiciones estratégicas en las parroquias suburbanas. En Balvanera, Alem atrincheró a los suyos con total tranquilidad. Hipólito Yrigoyen, su sobrino, era comisario de la parroquia.

Las elecciones se iban a efectuar por voto a la vista. Todo estaba preparado para asegurar de cualquier manera el triunfo de los "crudos". La lucha estalló a mediodía. Un justo reclamo de los nacionales desencadenó la tormenta iniciándose una batalla campal en la que abundaron los disparos. Tras rudo empeño, un batallón del ejercito logró imponer el orden. Natural e injustamente los mitristas fueron declarados agresores y la policía de Yrigoyen hizo detener a muchos de ellos.

En toda la ciudad hubo refriegas y víctimas. Hecho el escrutinio, salvo en dos provincias triunfaron los partidarios de Alsina.

Los mitristas denunciaron fraude y presión de las fuerzas públicas. Alem estaba satisfecho. Creía que en las elecciones debían ganar los guapos. En seguida tocó el turno a la elección presidencial.

La candidatura de Avellaneda, apoyada por Sarmiento, cobró vuelo. Alsina retiró la propia para volcar en Avellaneda todo el poderío del partido autonomista. En abril, por sufragio indirecto, se realizó en todo el país la puja electoral. Se impuso Avellaneda.

A la Cámara de Diputados de la Nación ingresó Alem luego de un sonado proceso por fraude llevado adelante por los mitristas.

DIPUTADO DE LA NACIÓN

Alem, diputado nacional, trabajó con entusiasmo en la comisión de legislación. Participó en el debate sobre la ley de telégrafos oponiéndose, tanto en éste como en otros temas, a la entrega de los puestos de comando de la economía argentina a los consorcios extranjeros requiriendo el estímulo de las fuerzas propias para responder a la actividad de la República. A pesar de ello, no pudo evitar que se limitase el porvenir al marco de la agricultura y la ganadería. Intervenía siempre con vehemencia pero ante el reclamo por una palabra fuerte que hubiera pronunciado, se disculpaba, siempre que ello no afectara a sus principios.

Pocos días antes de entregar Sarmiento la presidencia, el sanjuanino trató en forma desmedida a la Cámara. El Congreso se indignó y propuso juicio político contra Sarmiento. Alem no estuvo de acuerdo. Colocó en justos términos el incidente aunque no dejó de acusar de "valentón" al Presidente.

La revolución de septiembre canalizada por los derrotadosmitristas abrió un paréntesis en la labor parlamentaria de Leandro Alem. Dados sus antecedentes, el tribuno se presentó a las autoridades militares y fue designado Auditor de Marina. Su m i sión consistió en reducir las cañoneras sublevadas en el puerto de Buenos Aires. Casi sin combatir, Alem consiguió la rendición.

No obstante, las tropas de la frontera sur se habían levantado y en el interior la rebelión estaba en pie. Pero Sarmiento, que teníala intención de entregar el poder al presidente triunfante en los comicios, asumió personalmente el mando de las tropas nacionales dividiendo en tres agrupaciones a los efectivos. Las fuerzas fieles al gobierno eran superiores en número y armamento a las revolucionarias y la falta de oportuno enlace entre éstas facilitó la táctica de batirlas por separado.

Mitre estaba en Colonia cuando estalló el movimiento y aceptó como recurso extremo ponerse al frente del mismo. Pisó tierra argentina en el Tuyú y chocó con una pequeña fuerza nacional cerca de Las Flores a la que destrozó por completo pero su vanguardia fue dispersada a cargas de rémington. Mitre marchóluego hasta la Verde. Allí, como es sabido, se jugó la suerte de los insurrectos. Vencidos, capitularon ante el coronel Lagos. Las penas más fuertes fueron el destierro y la destitución del ejército.

En mayo del 75 Avellaneda envió al Congreso el proyecto de una ley de amnistía que éste votó favorablemente. Mitre y sus compañeros abandonaron la prisión. Ya estaban otra vez frente a frente los nacionales y los autonomistas.

En tanto, Alem mantenía en la Cámara su posición independiente.

La crisis azotaba el país. El tribuno empezaba a sentirse solo y se refugiaba cada vez más en Balvanera. El choque de intereses, el deseo de enriquecerse, de escalar posiciones, envenenaban la política y entorpecían la labor legislativa. Alem donaba sus sueldos de diputado a los pobres del barrio. No lograba adaptarse a las características nuevas que se perfilaban en el partido gobernante que era el suyo: chocó con su amigo Aristóbulo del Valle, se batió a sablazos con el jefe de policía.

En noviembre de 1877 se decidía quién iba a ser el futuro gobernador de la provincia en reemplazo de Carlos Casares. Alem, distanciado de del Valle, tomó sin embargo partido a su favor.

En marzo se proclamó la fórmula del Valle-Alem.

Alsina, preocupado por la división interna del partido autonomista, buscó un acuerdo para salvarla. No resultó. La unidad partidaria quedó destrozada. El encono entre los grupos "crudos" estalló en las parroquias, particularmente en Balvanera. Un balazo de los tantos que se dispararon, perforó el saco de Leandro Alem. Los delvallistas triunfaron pero fueron acusados de haber disparado armas pertenecientes a la Nación.
Carlos Casares separó entonces a Alem de su puesto de comandante del Regimiento
7 de Guardias Nacionales y dejó cesante a Hipólito Yrigoyen, comisario de la sección 14.

Una noche la turba asaltó a mano armada la casa de Alem.

Este se defendió a tiros. El clima político se volvía denso. Alem recurrió a Adolfo Alsina. Avasallando sus fueros de diputado, una comisión policial irrumpió en el domicilio de Alem e incautó las armas. El incidente se prolongó. Iniciado el período parlamentario, el diputado ocupó su banca y presentó un proyecto referido a la Guardia Nacional que lo enfrentó con Alsina, entonces Ministro de Guerra. El proyecto pasó a estudio. Una nueva disidencia relacionada con la conducción de la guerra contra  el indio los volvió a oponer.

La política de conciliación llevada adelante por Casares también fue duramente enjuiciada por el diputado Alem quien, a su vez, abordó en la Cámara otras cuestiones: la jubilación de los funcionarios que tenían otros medios de vida, las irregularidades administrativas cometidas en el ferrocarril "Primer entrerriano", el presupuesto.

EL PARTIDO REPUBLICANO

La conciliación, empujada desde el gobierno, dividió a los autonomistas. El partido Republicano así fundado trajo una técnica distinta. Desde las columnas de "El Nacional", los republicanos -Alem, del Valle, Sáenz Peña, Goyena, Estrada y toda el ala liberal del alsinismo- expresaron sus críticas.

La decisiva elección de gobernador de Buenos Aires estaba cercana. Balas y vuelco de padrones. Resultó electo Carlos Tejedor. Los republicanos no pudieron menos que aceptar la derrota.

Sobre fines del 77, Adolfo Alsina cayó gravemente enfermo en el campamento de Carhué, donde dirigía la guerra contra los indios. Se lo trasladó a Buenos Aires. Falleció a los pocos días.

Una multitud encabezada por el presidente Avellaneda acompañó el cortejo fúnebre al cementerio de la Recoleta.

Esta sorpresiva muerte provocó un cambio en la situación política.

Roca y Juárez Celman empezaron a ponerse en movimiento.

En los comicios para legisladores provinciales se realizaron oscuras maniobras. Se reorganizó entonces el partido autonomista.

Los republicanos decidieron unirse al viejo tronco. Alem no asistió a la proclamación. Desencantado, se apartó momentáneamente de la política.

El pequeño grupo que lo acompañó sería llamado con el tiempo "autonomista puro". En tanto, se despertaba la conciencia de una nueva clase social en el país. La representaba el movimiento obrero.

LA CRISIS DEL OCHENTA

Como hemos apuntado, desde 1876 maduraba en Alem el convencimiento de que una fuerza oscura movía los hilos de la política ahogando sus manifestaciones más nobles y su impotencia era compartida por los sectores imposibilitados de acceder al rápido enriquecimiento que ofrecía el auge del comercio exterior.

A principios de 1879, Alem, aunque decidido a mantenerse alejado de la política, fue tentado para integrar la lista de candidatos a diputados a la Legislatura provincial. El y Roque Sáenz Peña fueron los más votados. El tribuno volvía al primer escenario de su actuación parlamentaria. El gobernador Carlos Tejedor tuvo en él un enemigo poderoso: nunca llegaron a entenderse.

Cuando Tejedor, en el ejercicio de su cargo, aceptó la candidatura presidencial, la indignación de Alem no tuvo límites. Le parecía una inmoralidad que conservara la función pública en esas circunstancias. "Asoma un mal -dijo- que es preciso combatir a todo trance". La tormenta desencadenada obligó a Tejedor a resignar sus pretenciones.

En tanto, Roca, cuya postulación presidencial se remontaba al inicio de la Campaña al Desierto, proclamó su candidatura.

La turbidez del panorama político se hizo cada vez más evidente.

El enfrentamiento entre Roca y Sarmiento se manifestó con violencia. El Senado escuchó el último discurso parlamentario del sanjuanino: "Vengo -dijo- con los puños llenos de verdades".

El escándalo que desataron sus acusaciones obligó a Roca a renunciar al ministerio.
Alem continuó sin desmayar con sus trabajos en la Legislatura y logró poner en marcha la candidatura a presidente de Bernardo de Irigoyen. Se la consideró un punto intermedio entre la de Roca y la de Tejedor. Casi al mismo tiempo surgió la de Sarmiento para un nuevo mandato.

Entre tanto, el presidente Avellaneda, en la intención de entregar oportunamente el gobierno en paz, para oponerse a ciertos procederes decretó que se depusieran las armas. Tejedor, gobernador de Buenos Aires, contaba, como era sabido, con voluntarios armados y se resistió a acatar esa disposición. Se vivieron horas de ansiedad. Finalmente, un comité de paz selló un arreglo momentáneo. No obstante, con el correr de los días el enfrentamiento entre el Gobierno nacional y el de la provincia porteña recrudeció hasta culminar en la guerra civil armada. Los acontecimientos del mes de junio estremecieron la ciudad. La crisis del 80 tuvo como corolario la capitalización de Buenos Aires.

Cumplidos los cien días del estado de sitio, los batallones regresaron a sus cuarteles, la Guardia Nacional fue desarmada, cesó la intervención en las provincias y Avellaneda, quien había tenido que trasladar el Gobierno al barrio de Belgrano, volvió a la Casa Rosada.
La "cuestión Capital" removida a fondo por la guerra civil, se replanteó. Alem, que no había tomado parte en la lucha, creía con ingenuidad que todavía había tiempo para reorganizar el partido. Se equivocaba. El Congreso de la Nación dispuso la intervención de la provincia de Buenos Aires y disolvió su Legislatura.

Roca, vencedor en los comicios de abril, asumió el poder y la nueva Legislatura de la Provincia se aprestaba para votar la cesión del municipio de Buenos Aires para capital permanente de la República. Las Cámaras del Congreso Nacional ya habían convertido en ley, con fecha 20 de septiembre, la capitalización.

Sólo faltaba que la Legislatura provincial prestara su conformidad.

El 12 de noviembre, sobre tablas, la Cámara de Diputados de Buenos Aires consideró la cesión de la ciudad. "No tuvo Alem mejor oportunidad en su azarosa carrera política para desnudar todo su pensamiento sobre los problemas fundamentales de la Nación", opina uno de sus biógrafos. Los cuatro discursos de Alem expuestos en sucesivas jornadas -una sola pieza de sorprendente unidad- no lograron imponer, a la hora del voto, su defensa de la autonomía. Buenos Aires pasó a ser capital de la Nación. Entristecido, Leandro Alem se retiró definitivamente de la Legislatura. Se cerraba así un capítulo de su vida pública.

LA UNIÓN CÍVICA

Desde su retiro, desde el ejercicio de una actividad profesional que en parte lo redimía de su desencanto de la política, Alem observaba el quehacer de la República.

La casa de la calle Cuyo, donde no había lujo pero nada faltaba, fue testigo de su hospitalidad criolla. Su estudio de abogado estaba siempre lleno de gente de todas las condiciones sociales.

Alternaba la lectura con la conversación grata y amena, salpicada de ocurrencias. Los diarios lo recordaban en cuanta oportunidad se presentaba. No era olvidado. Su amargo escepticismo no lo apartaba de sus antiguos amigos.

Una etapa de marcado desarrollo caracterizó la presidencia de Roca aunque el año 1884 fuese un tanto difícil. El asesinato en San Juan de Agustín Gómez, senador nacional de la oposición, sacó a Alem de su voluntario ostracismo. Un par de años atrás, por consejo médico, acompañado de su hermana Tomasa, había respirado el aire de las sierras cordobesas y tomado baños termales en Puente del Inca. Volvía a la acción en mejores condiciones físicas.

En el Teatro Nacional, Leandro Alem pronunció entre aplausos un vigoroso discurso de oposición. Por el momento no se daba el clima necesario para organizar otros avances. Luego, cuando se puso sobre el tapete el tema de la sucesión presidencial, Alem no pudo sustraerse de la lucha política. Un disenso de opiniones lo obligó, sin embargo, a un nuevo eclipse del que sólo lo arrancó la crisis del 89. En septiembre de 1888, la muerte de Sarmiento en el Paraguay había ensombrecido aún más sus días. Juárez Celman, desde la Presidencia de la Nación, hablaba de "crisis del progreso" cuando en realidad el país avanzaba hacia la bancarrota política y financiera. Alem contemplaba el derrumbe con desilusión e impaciencia. A instancias de Manuel
Gorostiaga, el Café de París se convirtió en uno de los lugares de encuentro. Las tertulias políticas acercaron las cabezas más preclaras de entonces. "El que deje de vigilar la libertad merece perderla".

En reunión multitudinaria habida en el Jardín Florida, Alem improvisó una arenga. Hablaron también Goyena, Delfín Gallo y Torcuato de Alvear. Gouchón leyó una carta de Mitre.

De allí a la revolución no había más que un paso. Los asistentes al acto, en la mayoría jóvenes, enfilaron luego con entusiasmo por la calle Florida, marchando hasta la plaza de Mayo. El Gobierno, Juárez Celman, los observó con asombro desde la Casa
Rosada. Se había fundado la Unión Cívica.

Unos días más tarde, para castigar a los cadetes de Palermo que habían asistido a la reunión del Jardín Florida, Juárez Celman los dio de baja. Entre los castigados se encontraba Leandro Alem hijo, estampa de su padre el tribuno, que el año anterior había ingresado en el Colegio Militar.

LA REVOLUCIÓN DEL NOVENTA

Inmediatamente se organizaron los clubes cívicos en las parroquias.

Los integraron vecinos de todas las edades y tendencias.

Se hacía frente al "unicato".

Alem, sobreponiéndose a su salud precaria -la bronquitis seguía acosándolo siempre- impulsó la labor de los jóvenes. Había abandonado su agresiva intransigencia y marchaba ahora al lado de Mitre, de Estrada y de tantos otros opositores. La conjunción patriótica quería salvar la República y restaurar la pureza de las instituciones. Desde su banca del Senado, del Valle estaba dispuesto a encender la mecha de la revolución contra el régimen juarista. Las proclamas y los mítines se sucedían a pesar de las patotas de malevos que intentaban desbaratarlos. El general Campos, recién llegado de Europa, prestó su concurso. Los partidarios de Juárez Celman menguaban.

El 13 de abril los revolucionarios ganaron la calle. La denuncia sobre emisiones clandestinas autorizadas por el gobierno para contener la crisis financiera desencadenó el escándalo. Los días resultaban cortos para entrevistas y conferencias. Mientras, el gobierno se debilitaba.

La revolución debió estallar el 21 de julio. El 18 fue arrestado el general Campos y otros oficiales. Se trataba de una delación.
La junta revolucionaria decidió suspender momentáneamente las acciones. En la madrugada del 26 se presentó Alem en el Parque de Artillería. Había llegado la hora.

Los batallones sublevados tomaron posición en los distintos puntos de la ciudad. Los cantones avanzados del Parque rechazaron el primer ataque de una brigada de vigilantes. Levalle se desplazó desde Retiro. Crecía el fragor de los combates. La ciudadanía porteña se batió con valor rivalizando con las tropas veteranas.

No se produjo la ofensiva en la mañana del 27. Las fuerzas del Gobierno avanzaban con lentitud. Cuando sonó en ambos bandos el cese de fuego, la batalla estaba en su apogeo. Se solicitaba un armisticio de veinticuatro horas para enterrar a los muertos. Durante su transcurso empezó a actuar una comisión mediadora. La noticia de la capitulación de los jefes rebeldes fue recibida con indignación. Los civiles y militares insurrectos exigían la continuación de la lucha. Cuando la derrota se hizo evidente, la palabra traición estuvo en todas las bocas.

Ese 29 de julio la amargura de Alem no tuvo límite. Desde que fue necesario parlamentar había delegado todo en del Valle.

Sólo se le oía repetir: "Nosotros tenemos la culpa". Fue el último en abandonar el Parque.

LA UNIÓN CÍVICA RADICAL

En el Gobierno nadie desconocía la gravedad de la crisis. La República estaba en quiebra, el unicato desmonetizado, el gabinete deshecho. El Congreso se reunió para recibir la renuncia de Juárez Celman. Aprobada, el regocijo popular estalló en aclamaciones.

Los amigos corrieron a la casa del caudillo del Parque. Alem se dejó abrazar por unos y otros. "La caída del Presidente es el primer triunfo de la Unión Cívica", dijo. La revolución había sido vencida pero el Gobierno estaba muerto.

Dos semanas después, por la ciudad embanderada se realizó una manifestación de homenaje al tribuno. Bernardo de Irigoyen saludó con un discurso el paso del desfile. El pueblo abrumaba a Alem con sus aplausos. Alem se emocionó hasta las lágrimas.

Luego, junto a la Pirámide de Mayo, pronunció sentidas palabras.

Esa noche un ramo de flores formando sus iniciales llegó a sus manos. Iba acompañado por una tarjeta que acusaba siete firmas femeninas: Lola Mata, Mercedes Honores, Isabel Torino, Petrona Echenagucía, María Luisa Cañones, Mercedes y Elisa Mascías. En su casa, feliz con el éxito de su hermano, lo esperaba Tomasa.

"Recién se ha inaugurado la nueva Presidencia y sólo tenemos promesas", escribió entonces Alem a Agustín Alvarez. Poco después con del Valle y el general Campos tomó el tren para Rosario. Los andenes estaban llenos de gente, la ciudad santafesina los recibió con banderas. Alem, aclamado, improvisó unas palabras. Pero la fatiga física, los nervios, las emociones, contribuyeron para que, de regreso a Buenos Aires, cayese enfermo.

En septiembre del 90 murió Lucio Alem a los treinta y ocho años. A los trece había sido el primer soldado argentino en entrar a la fortaleza de Humaitá. Lo velaron en Cuyo 1572, en casa de su hermano.

Sombrío, Leandro Alem recomenzó la actividad. El mitin "de la moralidad administrativa" repercutió en los ánimos. El discurso de Alem fue largo y brillante. Ahora debía apresurar la organización de la Unión Cívica. Yrigoyen sugirió la idea de instalar una Convención Nacional para elegir los candidatos a la Presidencia de la República. Puesta en práctica, la Convención eligió a Mitre. En seguida vino el acuerdo patriótico que incluía a Roca. Alem se opuso tenazmente.

En mayo del 91, Alem y Aristóbulo del Valle se incorporaron a la Cámara alta. Proclamados por la Unión Cívica para senadores por la Capital, habían resultado electos. El mandato duró un año. Desde su banca Alem rompió lanzas con el oficialismo.

Mientras el tribuno libraba batallas parlamentarias, Mitre y Roca pusieron en marcha el acuerdo. Alem no transó aunque la división inminente de la Unión Cívica lo hizo vacilar.

Desatada la tormenta, "el Partido del Parque" quedó dividido.

La mayoría acompañó a Alem. Formaron la Unión Cívica Radical. Siguieron a Mitre los que se autodenominaron Unión Cívica Nacional.

Alem no quiso nunca hacer política personalista. Tuvo que luchar para que no se votase su candidatura a presidente. La Convención Radical proclamó entonces la fórmula Bernardo de Irigoyen-Garro. El partido de Alem redobló la propaganda electoral. "Toda nuestra política ha encontrado siempre dos escollos donde han naufragado nuestras instituciones: el personalismo y el oficialismo" resumió Alem en una frase. Estaba combatiendo en dos frentes: contra el acuerdismo y contra su sobrino Hipólito, que le disputaba sordamente la conducción radical.

Sin ahorrar fatigas, Alem pidió al Senado un mes de licencia para lanzarse en gira a las provincias. Cuando regresó a Buenos Aires lo apabulló una noticia: Mitre había renunciado a la candidatura presidencial. Roca, a su vez, había proclamado su "ostracismo".

La situación era grave. Pellegrini convocó a los notables de todos los partidos. Hipólito Yrigoyen se opuso a todo acuerdo.

Alem decidió actuar de inmediato. Su pensamiento era concurrir pacíficamente a los comicios pero apelar a las armas si éstos fueran desconocidos.

En abril del 92, la semana anterior a las elecciones presidenciales, el Gobierno declaró el estado de sitio. Se lo fundamentó en el descubrimiento de un complot revolucionario y el gabinete resolvió tomar medidas extraordinarias contra la oposición radical. Una partida se presentó en casa del senador nacional

Leandro Alem y lo tomó preso. Este no ofreció resistencia. Todos los dirigentes radicales fueron arrestados menos Hipólito Yrigoyen.

El partido quedó desarmado. El día 10 se realizaron los comicios.

La Unión Cívica Radical debió abstenerse. Luis Sáenz Peña accedió al sillón de Rivadavia.

En tanto, Alem y los suyos seguían detenidos. Alem había sido trasladado a bordo de la corbeta de guerra "La Argentina". El juez Virgilio M. Tedín ordenó su libertad. Ningún legislador puede ser arrestado mientras lo amparen sus fueros. No se acató el dictamen. Finalmente, todos fueron deportados a Montevideo.

Los días montevideanos se arrastraban. Alem quiso hacerse tarjetas de visita y escribió su nombre en un papel. Leandro N. Alem. Siempre se ha dicho que se llamaba Leandro Nicéforo pero él nunca escribió su segundo nombre completo.

- ¿Y esa N, doctor, qué quiere decir?

El deportado se encogió de hombros.

- ¿La N...? N...ada.

En junio Alem estuvo de regreso. El mes anterior, para las fiestas mayas, Pellegrini había levantado a todos el destierro.

LAS REVOLUCIONES DEL 93

Las facciones políticas acusaban los cambios más encontrados.

Entre Alem y su sobrino se habían instalado mutuas prevenciones.

En noviembre quedó sancionada la carta orgánica del Partido Radical. Al comenzar el 93 se había restablecido, a juicio de Alem, la situación anterior a la revolución del Parque.

Lisandro de la Torre ofreció provocar un acercamiento entre Alem e Yrigoyen. No tuvo éxito. El parlamentario buscó sustraerse a la controversia y escribió con pasión la biografía del general Wenceslao Paunero, a cuyas órdenes había combatido en el Paraguay.

En el campo de la política, del Valle, ministro de Sáenz Peña, pretendió llevar a un radical al Gobierno. El Comité Nacional, presidido por Alem, rechazó prestar la colaboración solicitada.

Realizadas las elecciones de senador por la Capital, Alem triunfó en todas las parroquias.

En San Luis, Santa Fe y Buenos Aires, estallaron revoluciones.

Esta última fue obra personal de Hipólito Yrigoyen. El ciclo no había terminado. Luego se levantó Corrientes.

El mismo día en que el movimiento era sofocado en Santa Fe, llegó Alem a Rosario en un velero de carga. Se lo proclamó Presidente Provisional de la República. Se organizó un ejército al que le faltaban armas. El Gobierno nacional concentró todas sus fuerzas y al mando de Roca entró en Rosario. El caudillo no huyó, se entregó asumiendo la responsabilidad de la revolución.

Fue alojado en el Departamento de Policía.

EL OCASO

Cinco meses de encierro. Retornaba a casa. Un sentimiento de soledad lo embargaba. El deseo incumplido de formar un hogar era una realidad dolorosa. Las obligaciones familiares, Tomasa, su hijo Leandro, los sobrinos huérfanos de su hermano Lucio y los compromisos políticos le impedían reconstruir su vida personal.

Enamorado vivió siempre. En su adolescencia, más de una mujer había endulzado sus noches. Cuando empezó la madurez, dice Manacorda, Amelia Ruiz Moreno, hermana de su camarada en la Cámara de la Provincia, le llevó el corazón. Ella tuvo miedo y aquel romance quedó trunco. El vivir callejero le compensó en tumultos y amoríos la ausencia de una posible esposa. Alguna mujer pudo retenerlo algunos meses, otra le dio un hijo. Ahora, enamorado desde hacía mucho de la viuda de un amigo, el doctor Solveyra, Alem se sabía correspondido. Se llamaba Catalina Tomkinson, puntualiza otra vez Manacorda en un párrafo de la biografía que escribió hace más de medio siglo. Alem le prometió matrimonio.

Sin embargo, en la desolación de su casa se dio cuenta de que había contraído un compromiso que no podía cumplir. A su entender, la pobreza y la familia eran problemas infranqueables.

Cuando el caudillo salió de la cárcel estaba en el cénit de su prestigio. Estando aún en ella, la Unión Cívica había triunfado en las elecciones. El gobierno presionaba para que Alem no aceptase su diploma de senador. El Senado lo postergaba. El tribuno zanjó la cuestión: renunció ante el Consejo Electoral. Este nombró en su lugar a Bernardo de Irigoyen.

Alem se aplicó entonces a la organización partidaria. La empresa chocó con un obstáculo. Hipólito Yrigoyen no quiso ceder posiciones en el Comité de la provincia y obstruyó por sistema todos los planes de su tío. El partido estaba prácticamente d i v i dido entre "líricos" y "rojos". Estos últimos rodeaban a Alem.

Enfermo, el caudillo se debatía entre las agitaciones partidarias y sus cuestiones personales. Renunció a la dirección del partido.

El Comité Nacional le rechazó la renuncia.

Apenas terminaron estos vaivenes, Pellegrini, luego de indagar el estado de las cuentas de algunos dirigentes radicales para poder utilizar la menor irregularidad como descrédito político, lanzó su bomba. En la Legislatura provincial, un diputado allegado a él acusó a Leandro Alem de mantener cuentas turbias con los bancos. Alem volcó su indignación y su amargura en una carta abierta que publicó en "El Argentino" y envió los padrinos a Pellegrini. El gobierno quiso evitar el duelo. Los combatientes aceptaron un Tribunal de Honor y firmaron un laudo arbitral.

La renuncia de Sáenz Peña, la incorporación de Alem a la Cámara de Diputados de la Nación y su activa participación en los debates marcaron el año 95. En el 96, la muerte de Aristóbulo del Valle le arrebató un amigo entrañable.

Las viejas dolencias, su bronquitis, lo abrumaban tanto como las dificultades económicas. Se renovaban sus antiguas angustias, aquellas que se habían cristalizado quizás en la plaza de la Concepción ante el cadáver de su padre. Melancólico, desganado, pasaba las horas encerrado en su escritorio sumido en sombríos pensamientos. La decisión del suicidio consumado el Io de julio de 1896, ya estaba tomada cuando escribió algunas cartas a sus amigos y a los jóvenes correligionarios instándolos a la lucha.

A la hora de la prueba, escribió Octavio R. Amadeo en "Vidas argentinas", le faltó el valor cristiano de sobreponerse al infortunio.

Cedió a su ley de caballero antiguo: "¡Que se rompa pero que no se doble!". Y sigue el texto: "Ganó su batalla después de muerto. Cuando sus discípulos leyeron en su testamento que una traición lo mataba, todos se miraron con espanto. El disparo se produjo en la esquina de su casa, Sarmiento y Rodríguez Peña. Apenas lo oyó el conductor del coche. El vehículo se detuvo en la puerta del Club del Progreso. Eran las diez y media de la noche. Lo encontraron en el fondo del cupé, cubierta la cara ensangrentada con su chalina de vicuña. Lo mataron la pobreza, la bancarrota de su política, sus nervios enfermos y el amor, el amor inquieto de la tarde, amargado por la noche".

"En el fondo de la Recoleta -agrega Amadeo- la tumba del gran tribuno recibió por muchos años el homenaje del ciudadano desconocido, las margaritas del pueblo".









Fuente: Leandro N. Alem “Un Caudillo en el Parlamento” Prólogo de María Isabel Clucellas, Colección Vidas, Ideas y Obras de los Legisladores Argentinos, Publicación del Círculo de Legisladores de la Nación Argentina, 1998.
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miércoles, 15 de julio de 2015

Leandro Alem: "El Proteccionismo y el Pueblo" (27 de agosto de 1894)

Los fenómenos de la vida económica que se producen en toda Nación que quiere seguir paso a paso la senda del progreso, se imponen -como ha dicho bien un sabio alemán- lo mismo al observador y al economista, que al ser más indiferente o menos ilustrado de los que pueblan el mundo culto. No existe jornalero alguno, por insignificantes que sean sus luces intelectuales, que no sienta necesidades; que, a esa sensación no se una el vehemente anhelo de satisfacerlas y por último que más tarde o más temprano, no se resuelva airado contra las dificultades que se opongan a sus deseos.

¿Quién puede, por lo tanto, negar que el sistema proteccionista exagerado es la valla fatal que se levanta contra él para que pueda realizarlos?

Por donde quiera que se explaye la mirada, no ve otra cosa que expoliación, monopolio y desequilibrio, éste producido por la desproporción que existe entre el jornal o el sueldo que gana y la carestía de la vida, y aquellos por que se les obliga a adquirir los productos de las llamadas industrias nacionales, un veinte, un treinta o un cincuenta por ciento más caros que los que le costarían los similares extranjeros, si el costo de éstos no estuviera recargado por derechos aduaneros esencialmente prohibitivos. Al volver a su hogar, fatigado por el trabajo rudo del día, sólo podrá apagar su sed con los vinos así llamados, por la facilidad con que, como tales, se presentan a favor de la guerra de las tarifas, mantenida contra los vinos importados, y satisfacer su apetito con un mezquino pedazo de carne de pulpa, pues ¿quién ignora que el precio de la carne -sin ser artículo importado- no está hoy al alcance de todos los bolsillos? Querrá, recordando la patria ausente, regalarse con un tarro de conservas alimenticias procedentes de ella y no podrá realizarlo, porque esas conservas, cuestan, como vulgarmente se dice "un ojo de la cara", y tendrá que sufrir resignando su impotencia, o adquirir las indígenas, al mismo precio, o tal vez un veinte por ciento más caras, que el que podrían costarle las importadas.

¿Quiere cubrir su cabeza con un sombrero europeo? ¡Imposible! Ya no vienen sombreros de Europa más que para los potentados, para los que pueden pagar por ellos veinticinco y treinta presos. Tiene que usar forzosamente los del país, que se expenden generalmente encubiertos bajo la máscara extranjera, hecho que viene haciéndose con la doble idea de favorecer al intermediario entre el producto y el consumidor, o para que se vea la hilacha del producto.

Como no puede pasarse sin calzar sus pies, apelará al primer zapatero que encuentre en su camino y ¿qué le sucederá? Que tendrá que mandar a hacerse los zapatos con cuero del país, en cuyo caso expondrá a llevar, al mes, los dedos a la intemperie, o con cuero extranjero, lo cual triplicaría el precio de costo.

¿Debemos seguir en este camino? ¿Debemos penetrar en mayores detalles? No lo creemos, sino que, antes por el contrario, juzgamos que son suficientes los raciocinios hechos para llegar al corolario a que nos proponemos llegar. Hay algo más grave todavía par que nos quejemos de los fuertes derechos con que se gravan los artículos de principal consumo, al ser introducidos en el país, y para que procuremos las mayores ventajas y concesiones posibles; sin que por eso seamos de opinión de que deben de abandonarse a sus propias fuerzas y recursos aquellas industrias que pueden ser, en plazo más breve o más dilatado, manantial de riquezas y fuente de prosperidad para la República.

El aserto no puede ser más erróneo. La ciencia económica, no el empirismo, aconseja que inmediatamente que se vea la llaga en cualquier sistema económico, se aplique el cauterio. En las épocas de normalidad financiera, no hacen falta los financistas para gobernar el timón de la hacienda pública, sino ciudadanos de buen sentido y de mejor intención que los ad usum patria. Los financistas se han hecho para las grandes crisis, para los períodos de desequilibrio; para los momentos de desolación y angustia, para los días en que de resultas de esas crisis y de esos desequilibrios financieros, el orden social puede verse amenazado. Fue suficiente que en Norte América produjera una crisis bancaria -oportuna y sabiamente conjurada- el bill proteccionista a que dió nombre su autor Mr. MacKinlay, para que inmediatamente que escalaron el poder otros hombres, se cambiara rotundamente de sistema.

Nosotros debemos hacer lo propio, en vista de que la crisis que atravesamos no es, como se quiere hacer creer, un cuarto de hora ingrato en la larga vida de la República. La crisis que consume nuestro organismo, que anula toda iniciativa, que desmorona todo cálculo y que aleja al inmigrante, lo mismo que al crédito, público y privado, está en pie desde hace cuatro años, y a cada día que transcurre, presenta proyecciones más vastas, al extremo, de que son muchas las personas que temen, con serios fundamentos, que degenere en social, mientras no se ataquen de frente las dos principales causas que la originan: la fluctuación constante que sufre en su valor venal la moneda fiduciaria y la cesación absoluta del sistema proteccionista, ciego, exagerado y absurdo que nos rige.

Sin ambos casos no se restablecerán las corrientes migratorias de que tanto hemos menester, para poblar nuestras tierras y aún para levantar las próximas cosechas; ni tras ellas vendrían, como es lógico suponer, los capitales que el país necesita para su completo desarrollo, para que dejemos de ser -como se ha dicho muy razonablemente- una nación embrionaria.

No; el abaratamiento de los artículos indispensables para la vida, no condenaría a muerte a ciertas industrias embrionarias, porque cuanto más barata fuera la vida para el obrero, mayores serían sus esfuerzos para que la industria en que ganaba su sustento llegara a todo su apogeo. ¿Es justo, es legal, es equitativo, despojar a la colectividad, para que vivan, prosperen y se enriquezcan media docena de industrias? Y, es aquí donde viene, como anillo al dedo, el corolario de que hablamos, o para que se nos entienda mejor, donde cuadra perfectamente el estudio de las consecuencias lógicas a que puede dar lugar, la prosecución del sistema proteccionista. No habrá una sola persona medianamente sensata, que nos niegue uno de los efectos de la fijación de los derechos de aduana a oro, y la elevación gradual de las tarifas aduaneras ha producido, conjuntamente con la desvalorización del billete, la carestía de vida, y por lo tanto el desequilibrio y la miseria en el hogar del pobre; sin que esta causa, grave de suyo, haya inducido a los propietarios de las industrias a elevar el precio de los jornales, al propio tiempo o en la misma proporción que elevaban el de los productos de sus industrias. El precio del oro ha declinado, en poco más de dos meses, muy cerca de ochenta puntos, sin que el jornalero haya visto que se abarataban, en proporción, las cosas más indispensables para la vida: los alquileres de las viviendas y los artículos de consumo.

Su desesperación ha sido y es grande, y si los que han contado con medios para trasladarse a Europa no han vacilado en hacerlo, los que quedan no vacilarán a su vez en protestar contra el régimen actual que le despoja de cuanto recurso pudiera proporcionarse, para atender a las contingencias que traen consigo, o una vejez prematura o la imposibilidad física de trabajar. Hay algo más todavía: el exceso de trabajo y una alimentación insuficiente, son origen de enfermedades sin cuento y de que el hombre se inutilice para el trabajo mucho antes de llegar a la edad provecta. Sin descender a otros detalles que juzgamos inútiles para justificar las inquietudes que abrigan algunos, frente a frente de la actitud que comienzan a asumir las clases obreras, terminaremos por hoy, diciendo que si los jornales actuales no bastan ni aún para salvar al jornalero de una muerte más o menos inmediata, causada por la insuficiencia de alimento, por las malas condiciones de higiene y ventilación de las viviendas que ocupan; ¿qué sucederá el día en que se agrave la crisis, bien por suspensión del pago de la deuda, bien porque continúe en boga el sistema proteccionista, bien por la pérdida de las cosechas, o bien, finalmente, por una epidemia en nuestros ganados? Max Nordau lo ha dicho: 

"los desheredados de la fortuna son la intrépida vanguardia del ejército que tiene sitiado al arrogante edificio social".

















Fuente: Alocución del Dr. Leandro Alem en la Cámara de Senadores el 27 de agosto de 1894 que versó sobre "El Proteccionismo y el Pueblo" en Leandro Alem de Puño y Letra compilación de Eduardo Rivas, 2014. 

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viernes, 13 de marzo de 2015

Leandro Alem: "Construcción de una cárcel" (mayo de 1872)

Sesión del 17 de mayo de 1872

Sr. Alem - Manifesté en la penúltima sesión que quería exponer antecedentes relativos a la construcción de esta cárcel.

Debo decir ahora que he leído todos los datos que he encontrado en Secretaría, y por ellos he corroborado la idea que había formado, por la que he venido dispuesto a combatir la sanción del artículo que se acaba de leer y a proponer la substitución de él por otro que he formulado en combinación con mi honorable colega el señor diputado del Valle.

Seré muy breve en las explicaciones de los motivos que me han inducido a hacer esta proposición.

La prisión o encarcelamiento de las personas responde siempre a dos propósitos: 1° a la seguridad del reo presente, de aquel sobre quien pesa una culpabilidad y que puede resultar indudablemente inocente, pero que hace preciso la prisión porque es necesaria su presencia para el curso del proceso y para que cumpla su condena en caso de resultar culpable. El segundo propósito es más grave; es la prisión como castigo o extrañamiento; y para esto son necesarias las cárceles penitenciarias.

Desde luego, se comprende que, siendo distintas las condiciones del delincuente, la prisión que ha de sufrir tiene que ser distinta. La prisión por seguridad y la prisión por pena son diversas, como son diversos los motivos, los objetos y los fines que se tiene en vista. Por consecuencia, diversos deben ser también no solamente el régimen que con los encarcelados se observa, sino hasta el local que los guarda, para no operar una confusión deplorable en el espíritu público, trastornando sus ideas a este respecto y quitando a la ley penal toda su moralidad ejemplar.

Es necesario también que el público no vea confundido al presunto reo con el culpable, con el criminal declarado y condenado; es necesario que la mirada pública no vea encerrados bajo un mismo muro y bajo la misma llave al presunto reo y al convicto criminal. Mientras esta separación no se haga de una manera completa, los inconvenientes han de subsistir con la confusión.

Con la separación de celdas o departamentos en un mismo local no satisfarán ni los principios racionales del derecho, ni los principios de la justicia.
Este es uno de los motivos porque me voy a oponer a la sanción de este artículo.
He dicho que se trata de una cárcel que abarca los dos propósitos; cárcel de seguridad y penitenciaría también; así es que allí se va a producir precisamente la confusión que acabo de notar; allí vamos a ver los hombres sobre quienes recae nada más que una sospecha, y que mañana podrán resultar inocentes, bajo un mismo techo, encerrados bajo una misma muralla con los criminales declarados, con aquellos que la sociedad ha alejado de sí.

Y repito que esta confusión ha de producir un trastorno en el criterio moral del pueblo, cuya manifestación ya se hace sentir. Así es que debe hacerse completa separación de las cárceles y no confundir en una estas dos categorías.

Después, esta clase de establecimientos, es necesario considerarlos bajo tres aspectos: el de la seguridad, el de la higiene y el de la índole de la penalidad que debe aplicarse.
En un establecimiento donde tanta gente se aglomera, donde tantos permanecen en él, por muchísimo cuidado, por muchísima vigilancia que haya, es imposible que esté siempre en las mejores condiciones higiénicas, aun cuando haya los elementos necesarios; y entonces lo más prudente y lo más conveniente, es que se aleje cuanto sea posible de la ciudad, para beneficio de los mismos desgraciados que se encierren, y para beneficio del mismo pueblo que en los momentos de epidemia, encontraría un atractivo para su desarrollo.

Bajo el punto de vista de la seguridad, creo que sería mucho mayor la vigilancia que se ejercería si la cárcel estuviese construida en un lugar aislado; en primer lugar, porque los presos privados de toda combinación posible con los de afuera que, como actualmente sucede en nuestra cárcel, la afluencia de gente alrededor de ella facilita la combinación que da por resultado la evasión de presos. En segundo lugar, que edificada la cárcel en medio de una población, hay allí un atractivo continuo para los que la guardan, y que hace que descuiden su vigilancia; lo que no sucedería si ella se erigiera en una situación aislada, porque entonces los guardianes, por su propia seguridad, tendrían que redoblar su vigilancia. Y bajo el punto de vista de la índole de la penalidad, el objeto que se propone el proyecto es alejar cuanto sea posible a estos desgraciados de todo centro de población, apartarlos de la vista de los ciudadanos honrados y de los demás miembros de la sociedad; ellos deben estar lejos, muy lejos de allí, expiando sus delitos, sus faltas, completamente extraños a todo el movimiento social.

Después yo digo que, aun cuando actualmente la penitenciaría se establezca en un lugar distante de la ciudad, dentro de tres, cuatro o seis años, esa localidad ha de ser un barrio de la ciudad, porque para entonces Belgrano, Flores y Palermo se habrán unido a la ciudad. ¿Y es posible que vayamos a erigir una cárcel de criminales en aquellos centros de población cuya presencia ofrecería siempre un motivo de temor a la gente de ese pueblo?

Después, la penitenciaría tiene otro objeto que no se puede llenar sin un presidio. Por ahora se destinan los condenados a Patagones, donde tampoco hay seguridad; y además, siguiendo en la práctica que observamos, acabaremos por fundar allí un pueblo de criminales. La condenación de los presos hoy se hace generalmente al servicio de las armas; condenación arbitraria, por otra parte, porque es una verdad que los individuos que entran por dos o tres años a un cuerpo de línea sufren la mochila toda la vida, porque nunca acaba su condena; si fuéramos a considerar todos los reclamos que se hacen de los cuerpos de línea del ejército, veríamos que están compuestos por presidiarios.

Es indispensable, pues, un presidio, y un presidio no podemos tenerlo en el centro de la ciudad; una penitenciaría en un lugar distante de la ciudad podrá servir para presidio; allí estarán los talleres y tendrán las condiciones necesarias para la seguridad y la corrección; en fin, para tener un verdadero sistema penitenciario, donde pueden encontrar los destinados un trabajo forzado y todos los elementos necesarios para cumplir su condena.

No quiero fatigar más la atención de la Cámara, porque es tarde; pero estas breves consideraciones creo que servirán para justificar mi opinión a la sanción de este artículo, al que substituyo con el que el señor Secretario tendrá la bondad de leer ahora.

Artículo 1° - El Poder Ejecutivo ordenará la construcción de dos cárceles; una de seguridad y detención y otra penitenciaría con arreglo al presupuesto y planos presentados por el arquitecto Don Ernesto Bunge, modificados como sea necesario para establecerlas en edificios independientes.

La primera de estas cárceles se construirá en el terreno situado en la parte norte del municipio de la ciudad, entre las propiedades del Dr. Medina, Cranwell, Sapello, Chapearouge y Arana, debiendo edificar la penitenciaría en la isla de Martín García, a cuyo efecto el Poder Ejecutivo se pondrá de acuerdo con el Gobierno Nacional.

Este es el artículo que propongo en substitución.

(Apoyado. Hablan varios señores diputados. Se vota que el asunto vuelva nuevamente a Comisión a objeto de estudiar la modificación propuesta por el señor diputado Alem).

Sesión del 20 de mayo de 1872

Sr. Alem - Prevengo que seré muy breve, porque la discusión se está haciendo demasiado larga; pero he de insistir en mi propósito, porque las argumentaciones contrarias que se han hecho, no han llevado el convencimiento a mi ánimo para adoptarlas; por el contrario, me afirman más en mis ideas.

Todos estamos conformes, señor Presidente, en la injusticia que se hace encerrando en una misma cárcel al presunto reo, a aquel que está preso solamente por la suposición de un delito, con el criminal declarado ya y, como tal, condenado a sufrir la prisión como un castigo impuesto por la violación del derecho.
Todos estamos conformes, porque acabamos de leer la memoria del señor Ministro en que manifiesta los deseos de hacer efectivo este principio, separando los obstáculos que se oponen a ello.

Pero tanto el señor Ministro cesante, como en señor Ministro actual, como mis honorables colegas, no son absolutamente lógicos admitiendo paliativos y transacciones, porque no es otra la división de las celdas o de los departamentos en el mismo edificio, paliativos y transacciones que si bien pueden ser admitidos alguna vez por dificultades materiales o inallanables, nunca satisfacen las exigencias de la justicia ni las necesidades sociales.

Las personas de quienes el poder social se apodera preventivamente para el esclarecimiento necesario de un delito presunto, o por ciertas circunstancias las hace aparecer como cómplices del mismo, deben estar en ejercicio de todos los demás derechos, ya que es inevitable tomar estas medidas preventivas, para el esclarecimiento del hecho.

Para esto es necesario que esas medidas preventivas se ejecuten de modo que no vengan a convertirse en una pena aflictiva y que en ningún caso sea afectado su honor y su buen nombre si resulta culpable. Esto no se consigue con paliativos, señor Presidente, porque es claro que una medida semejante llena de aflicción a los hombres de honor y de conciencia como también a sus familias; han de quedar siempre ofendidos sufriendo ataques más o menos directos, porque desde que el público ve encerrado a un hombre bajo el mismo muro donde encierran a criminales famosos, lo considerará tan criminal como éstos, porque el público no está para hacer distinciones filosóficas ni para ponerse a moralizar, y ha de juzgar los motivos que han determinado a la justicia, por el hecho material que tiene delante de sus ojos, es decir, verá a un individuo encerrado bajo los muros en que se encierran los más famosos criminales, y ha de mirarle como a un criminal, con desprecio por unos y con lástima por otros. Por consecuencia, estas medidas preventivas vienen a convertirse en una verdadera pena para el inocente.

Es, pues, para remediar este mal, que hacemos dos cárceles, una para los verdaderos criminales y otra para los que no lo son.
En cuanto a la cárcel de seguridad, no hay dificultad ninguna; por el contrario, encuentra facilidades, desde que tenemos los recursos, pues mi honorable colega el señor diputado Lagos García me ha hecho entrever todas las rentas de que podemos disponer con este objeto.

Además, he hablado a este respecto con el señor arquitecto Bunge y me ha dicho que se puede modificar el plano, a fin de establecer la escuela en escala mucho menor, quitando los talleres y disminuyendo el presupuesto en más de la mitad de lo que actualmente importa con el mismo plano modificado.

En la casa de justicia y penitenciaría también se ha modificado el presupuesto, de manera que con cinco o seis millones más habríamos resuelto el problema de una manera positiva y habríamos llenado las necesidades no sólo del momento, sino las que pueden surgir en el futuro, porque, como se acaba de manifestar, es indudable que en pocos años tendremos que hacer una inmensa cárcel y una inmensa penitenciaría.

Entonces habríamos gastado dieciséis millones inútilmente, teniendo que gastar después otros dieciséis para obtener lo que podemos obtener desde ahora con la suma que se ha establecido. Por consiguiente, desde que no hay inconvenientes materiales, desde que el pensamiento filosófico que predomina es en favor de la realización de esta obra, ¿por qué oponerse a ella? ¿Es por la urgencia de esta obra? A este respecto no hay dificultad, desde que el arquitecto está pronto para proceder a hacer las dos cárceles sin necesidad de demorar más tiempo.

Es indudable, señor, que la cárcel de seguridad debe estar cerca de la Administración de Justicia; y en cuanto a la penitenciaría yo he dicho que debe ser establecida más lejos de la ciudad; pero como se me ha rebatido este punto, voy a contestar brevemente a los argumentos que se han hecho.

Se ha dicho que es preciso tener cárcel a propósito, porque la misión de la ley es la enmienda de los culpables, y, por consiguiente, debe aliviárseles, en lo posible, las penas; que las cárceles deben hacerse más sanas y tratar de mejorar en lo posible la situación de los presos; que llevando la cárcel lejos de la ciudad, se quita a los presos muchos de los consuelos que tendrían si se estableciera cerca de ella.

Sr. Lagos García - No recuerdo haber dicho semejante cosa.

Sr. Alem - El señor diputado había dicho que no era partidario del tratamiento duro, que llevando la cárcel a una larga distancia de la ciudad, habría muchas incomodidades y dificultades para dotarla de los elementos necesarios para la comodidad de los presos.

Por eso me parece que el señor diputado sostiene esta teoría de una manera absoluta.

Pero la ley penal, señor, no tiene por misión, únicamente, asegurar al culpable para obtener la reforma moral de él, sino también la represión y el castigo, es decir, hacer sentir al que infirió el mal, una pena por la violación del derecho que se cometió.

Así, cuando el poder social aprisiona a un delincuente, no es únicamente para procurar su enmienda convirtiéndose en su mentor y protector, porque esta es una teoría que no puede conducirnos sino a un resultado extravagante, desde que la mayor parte de los delincuentes, sabiendo que habrían de tener en las cárceles las comodidades y todos los consuelos apetecibles, se verían tentados a cometer voluntariamente cierto género de delitos para ir a gozar en las cárceles de las comodidades que no podrían gozar en sus casas durante toda su vida. Así es que ninguno de los dos principios deben ser admitidos en absoluto.

La ley, señor, impone penas indudablemente, sin descuidar la reforma moral de los individuos; pero, al mismo tiempo, trata de infligirles un castigo, tratando de hacerles sentir un mal o castigándolos por los delitos que han cometido. Es por esto que yo no soy partidario de las penas severas, pero no soy tampoco partidario de que a los individuos delincuentes, con el objeto de castigarlos, se los coloque en mejores condiciones que las que tendrían en sus propias casas y aun en mejores condiciones que muchos ciudadanos honrados.

Por eso es que decía que ninguno de los dos principios deben adoptarse absolutamente.

¿Qué se ganaría llevando la cárcel a un paraje distante para que se aislaran así los condenados de la ciudad? Conseguiríamos que si de un establecimiento de esta clase, situado lejos de la población o de la ciudad, se escaparan presos, éstos no tendrían dónde meterse; mientras que si se presenta aquí un hombre fugitivo, por criminal que sea, no deja de encontrar miles de puertas que se abran para darle asilo. También es necesario tener presente que aquí los motines son mucho más frecuentes.

Además, por el sistema de penitenciaría, la comunicación entre los presos no puede existir, y entonces sería mucho más difícil hacer la comunicación que precede a los motines. Entretanto, estando la cárcel en medio de la población, la comunicación es mucho más fácil y más fácil de burlar la vigilancia. Además, un motín de presos estallado en medio de la ciudad, es mucho más peligroso.

En fin, creo que este asunto está ya bastante discutido, y sólo me limitaré a estas observaciones que he sacado de los mismos argumentos que se han hecho, porque, como he dicho, nuestra idea consulta más la conveniencia de los presos que los fines del pensamiento filosófico hasta la economía.

(Se vota el despacho de la Comisión y es aprobado).







Fuente: Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires, sesión del 17 y 20 de mayo de 1872.









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