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viernes, 10 de febrero de 2017

Roque Sáenz Peña: "Quiera Votar" (28 de febrero de 1912)

El momento político que me cabe la honra de presidir, lo reputo trascendente para el porvenir de las instituciones, por cuanto la reforma electoral anuncia una evolución en el gobierno representativo y en el ambiente como en las costumbres en que va a desenvolverse la democracia argentina. Y tan grave considero el nuevo estado que van a generar las nuevas practicas, que he juzgado necesario hablar a la razón publica y al sentimiento nacional, para fijar por acto de persuasión las responsabilidades que van a gravitar sobre la masa popular y, con seria preferencia, sobre las clases pensantes de la sociedad.

El presente manifiesto es un acto excepcional, pero no por eso es menos democrático, porque si al jefe del Ejecutivo corresponde indicar rumbos a la política general del país, también lo siento obligado a exteriorizar su pensamiento y a vivir en saludable contacto con el alma colectiva de la Nación. Solo así le será dado encauzar tantos anhelos generosos que nacen y se conservan dispersos hasta que el patriotismo los condensa y el gobernante los conduce a su formula definitiva. De aquí la necesidad de penetrarnos, pueblo y gobierno, procurando de mi parte llevar a sus intimidades mi visión y mis anhelos. En el lenguaje sencillo de las intenciones confesadas, quiero persuadir y al mismo tiempo convencerme controlando mis orientaciones. Que dará así sometida a la prueba de los hechos la afirmación que tuve el honor de hacer cuando dije al Honorable Congreso que entre el pueblo argentino y su mandatario existe una comunión de ideales. Es a favor de esta mutualidad que debemos emprender el camino de la reforma con fe en el país, en las instituciones y en los hombres.

He prometido un gobierno de libertad, de discusión y de examen. Lo estoy cumpliendo. No percibo, sin embargo, la actividad de los partidos que vuelva eficiente mi labor, empeñado como estoy en lucha con la rutina y con los intereses que se defienden. Tengo, en cambio, la seguridad de no haberme equivocado al emprender la política que desenvuelvo, pero habré de repetir una vez mas que ella no es obra de mi inspiración, sino exigencia de los tiempos, que dan a cada gobierno su misión propia.

Esta lejos de mi mente la intención de someter a proceso las causas que han retardado nuestro progreso político. No seria justo, desde luego, personalizar errores que he juzgado colectivos, ni atribuirlos a gobiernos determinados, que viviendo su tiempo y haciendo su historia han quebrado poderosas obstrucciones manteniendo el principio de autoridad que ha de tener prelación sobre los mejoramientos. He dicho, en otra ocasión, que los gobiernos defensivos no pueden ser reformadores. Ello explica los retardos. En el presente periodo, cuando ejerzo mi mandato sin convulsiones ni asechanzas, seria injusto atacar a mis predecesores o desconocer su patriotismo porque les cupiere en suerte momentos de agitación que traen medidas de lucha, impuestas por la insipiencia de nuestra democracia. Todos han sido factores de nuestra grandeza y han acercado sus aportes intensivos al desarrollo nacional. Recojamos los beneficios de tantos esfuerzos y utilicemos en el servicio del bien las experiencias alcanzadas, sin apasionamientos ni reproches.

La transformación de un país no es resultante del acaso, sino de concausas múltiples que acercan las soluciones, las preparan y las consagran. Desaparecido el caudillismo, la Republica tomo sus formas, y a través de conmociones profundas prevaleció la ley sobre los hombres y el concepto nacional logro surgir sobre el fermento anárquico vencido. La lucha no abandono por eso su crudeza: la sangre dejo de derramarse en los campos de la rebelión, pero corrió en las ciudades, y los comicios presenciaron cruentas contiendas entre el pueblo apasionado y el oficialismo partidario. La ausencia de las armas marco, sin duda, un progreso, pero no es signo definitivo de la conquista democrática. No basta. Necesitamos destruir a los agentes sucedáneos de la fuerza: a las artes hábiles que hacen ilusorio el voto y el efectivo imperio de las mayorías. Cuando ello desaparezcan, entonces si habremos llegado.

Antes de acometer la reforma, me he preguntado con previsión y cautela si el momento político que atravesamos era realmente propicio para realizarla. La respuesta fue categórica.

La paz exterior se evidencia asegurada dentro de la armonía internacional y de la propia potencia de la Nación. El principio de autoridad se percibe inalterable a través de luchas libres y respetuosas del orden. Un gobierno de derecho mantiene la concordancia de los poderes del Estado dentro de su independencia, sin aceptar intromisión en el propio ni intentarla en los demás. Los hombres influyentes de todos los partidos se asocian con patriotismo a la marcha recta y prospera de la Republica, prestándole su concurso moral o efectivo. La revolución ha pasado a ser recuerdo, desarmada por la libertad, que es seguro de concordia y de paz perdurables. La educación multiplica sus escuelas y perfecciona sus sistemas. El Ejército se instruye metódicamente y es, a su vez, agente civilizador, lo mismo cuando prepara al conscripto y lo devuelve a la comarca a enseñar lo que aprendiera, que cuando dilata hasta la frontera norte la posesión efectiva del vasto territorio. La Marina de Guerra acrecienta su poder por las unidades adquiridas y por la técnica de su personal, afirmada la disciplina de una y otra institución en la certeza de que no viven sobre lo arbitrario y de que ningún derecho carece de juez.

Esbozada a grandes rasgos la actualidad, en sus perfiles conexos con la política, he de volver sobre la educación para fundar sobre sus adelantos el desalojo de un argumento especioso: la falta de preparación del pueblo. Nos hemos acostumbrado a repetirlo y a justificar así tutorías inadmisibles. Se desconoce la elaboración intensa que, venciendo tinieblas y abriendo horizontes, hace venido operando con la conscripción y con la escuela. Hagamos actos de lealtad. Verifiquemos el estado del proceso y aparecerá la capacidad de nuestro pueblo con sus sagacidades nativas de raza y de temperamento. Reconozcámoslo sui juris.

Demostrada la posición favorable del país, frente a sus problemas más vitales, ocurre preguntar ¿cuantas décadas tendremos que recorrer para que se produzca una situación análoga, sin gobierno partidario, sin pasiones desbordantes y sin caudillos prepotentes? ¿Se podría asegurar que los gobiernos futuros volverían sobre el fracaso de este esfuerzo para intentarlo nuevamente con idéntica tenacidad? ¿Sentirianse inclinados a despojarse de la acción militante y de aquella gravitación personal que no por ser humana deja de ser perniciosa a la libertad de los partidos y al carácter de los ciudadanos? No afirmo que no se intente, pero dudo que se realice, por lo mismo que la historia se repite en los éxitos como en los contrastes.
Compartiendo estos criterios, el Honorable Congreso ha dado al país una legislación electoral; y antes de recomendar a mis conciudadanos las obligaciones que ella crea, cúmpleme rendir justicia al Parlamento que ha debatido sus bases con alta ilustración y patriotismo. He respetado los diferentes criterios en que se ha dividido su opinión, si bien los he discutido abiertamente, no solo como ponente de la ley, sino cumpliendo deberes de colegislador en uso de mis facultades propias. Mi gobierno no ha torturado conciencias ni lastimado altiveces en el seno del Honorable Congreso. No han prevalecido allí ni de una ni de otra parte intereses egoístas, ni el voto se ha dividido entre adictos o adversarios del gobierno. El P. E., desde luego, no tiene ni reconoce enemigos en la representación ni en los partidos. Aspiro a ser, como lo tengo dicho, la garantía de todas las opiniones y el presidente de todos los argentinos.

La nueva ley aporta a nuestro derecho positivo dos innovaciones sustanciales: la lista incompleta y el voto obligatorio. A raíz de los debates, consideraría superfluo explicar sus objetivos. Diré solo que el sistema, rompiendo la unanimidad y monopolio, consagra las minorías, dando razón y existencia a los partidos permanentes. De hoy en mas abra, naturalmente, vencedores, pero ya no habrá vencidos, porque los mas y los menos serán parte en la función gubernativa. El sufragio obligatorio es un reactivo contra la abstención. El voto secreto mata la venalidad, y al desaparecer el mercenario, los ciudadanos llegaran a posiciones por el concurso de las voluntades libres. Los candidatos se harán tales por sus títulos y meritos, no por concesión de nadie, sino por resolución de todos. Y habrá sanciones políticas, porque en lugar del favor del gobernante, será la opinión pública la requerida, lisonja esta ultima que no deprime porque se traduce en servicios y en virtudes.

No nos equivoquemos, sin embargo. Ni la ley ni el sistema que ella crea es una finalidad: es apenas un medio que ha de realizar obra viviente por el calor y el aliento de los ciudadanos. Si hubieran de mantenerse impasibles, mostrándose extranjeros en el propio hogar, el país tendría que volver al régimen conocido, retroceso que no se operaria sin complicaciones. No tomo en cuenta la decepción moral del gobernante, ante la renuncia neta de los sujetos activos del derecho que sustenta. Prescindo de ella, porque si bien no tengo la satisfacción del mando, me anima la pasión del bien: me debo a mi país y he de agotar mis últimos esfuerzos para sentir nivelada su grandeza material con su propia política: índices de concordancia que señalan la estatura de cada sociedad civil. Los pueblos son respetables por virtualidad de sus afanes y por la armonía de rasgos que perfilan su carácter; y están llamados a prevalecer por el vivo sentimiento de mis derechos.

No necesito repetir que al ejercer la ley cumplir mis compromisos contraídos con la Nación, pero creo, si, llegara la hora de decir, como comprende el presidente esta ley que acaba de promulgar y cual la vida con que quiere animarla.

Con el concepto preciso de mis facultades, entiendo que la formación del Honorable Congreso no es un conjunto de actos fragmentarios, ni un hecho local o regional. Es la unidad-pueblo la que elige, es la Republica toda la que se pronuncia, ejercitando una función nacional, como es nacional el elector, nacional la ley que lo ampara o lo castiga, y como lo es, finalmente, el poder que constituye.

Con este criterio exacto de la doctrina y de la ley, afronto sin vacilar la responsabilidad de mi deber, sirviendo las exigencias de la época. He de cumplirlo. Ni de la voluntad del presidente ni la de los miembros del Poder Ejecutivo, han de propiciar ni han de vetar aspiración alguna personal o colectiva. Al Poder Ejecutivo interesa sea el Congreso la expresión del comicio y no otra cosa. Los gobiernos de provincia, espero han de encuadrar sus procederes en esta misma y sana regla. Lo reputo indispensable a la conservación de las autonomías, que suponen el comicios regular como condición y esencia del régimen republicano.

El Ministerio del Interior ha de mantenerse atento a todos los movimientos. Allí donde la lucha cívica lo recomiende o una agrupación responsable lo requiera o la situación constitucional se lo aconseje, el Poder Federal estará presente. Allí donde los ciudadanos pretendan votar y los gobiernos se dispongan a impedirlo, ha de ir primero la advertencia del primer magistrado, y si ello no fuera bastante, la autoridad de la Nación. Ante la subversión de la forma republicana, el Poder Legislativo o el Ejecutivo en su caso, procederán en consecuencia. Y no dudo de la actitud del Honorable Congreso, dada la ley que acaba de sancionar. Si es acto delictuoso no votar, no puede dejar de serlo la obstrucción de ese deber por la autoridad local. Y arriba de estas garantías, están las que corresponden al Honorable Congreso, alto juez de la elección de sus miembros. Tampoco dudo esta vez de su empeño moralizador ni de la severidad de sus sanciones. El rechazo de diplomas impuros y la imposibilidad de nepotismos, perpetuidades, desdoblamientos y canjes, se impondrán por el espíritu mismo de la ley y de los tiempos.

Prometida en forma tan terminante la eficacia del comicio, quédame por definir la motivación de su garantía efectiva. Si el Gobierno Nacional esta obligado a proteger la libertad, necesita de la razón de ser de aquel amparo, porque así como en derecho no hay obligación sin causa, tampoco existe en el orden político actuaciones represivas por sospechas de opresión. Si los partidos no se organizan ni actúan, ¿les seria dado afirmar que faltan seguridades, cuando lo omitido es el sufragio perdido en la abstención? ¿Que fundamento legal podría justificar mi intervención allí donde no hay sino un partido que ejercita derechos tan respetables como los que me propongo garantizar a los demás? Para que el gobierno central interviniese donde no se vota porque no se quiere, habría que proceder sobre la hipótesis, vale decir, reprimiendo conjeturas e intenciones. No supongo que se me quiera encargar de destruir o de vencer a partidos determinados. Atentaría lo primero contra la misma libertad que me propongo afianzar; lo segundo, me embanderaría en las luchas, y en lugar de caución de los derechos, ejercitaría una acción militante y opresora. Es este precisamente el poder que he declinado, aspirando a gobernar y no a mandar.

Las agrupaciones gubernistas las reputo tan legítimas como las opositoras. El defecto no radica en que los partidos apoyen a los gobiernos, sino en que los gobiernos derroten a los partidos con los vastos elementos de la administración. Esta influencia no debe pesar. Los partidos de opinión deben juzgarla innecesaria. Los partidos de principios deben sentirla incompatible. Los gobiernos deben calcular la intensidad de sus complicaciones. Pero ¿cual es la divisoria de lo lícito y lo ilícito en la expansión de los ejecutivos? La frontera es difícil de descubrir, pero indudablemente hay una línea. Ni el gobierno ha de ser el comité, ni el comité se ha de vaciar en la administración. Yo espero de los señores gobernadores, no solo el cumplimiento de la ley, sino la influencia moral que me coloque con ellos en la misma comunión patriótica. Tengo confianza en sus declaraciones, y no creo que haya faltado a mi palabra fuerza comunicativa ni virtudes convincentes, por lo mismo que se inspira en un real desprendimiento. La representación nacional no puede ser la expresión de los gobernadores, sino la de los partidos libremente manifestada.

Dentro de mis convicciones, he evitado la formación de círculos presidenciales que, caros al afecto del gobernante, limitan en su visión las grandes líneas, y más de una vez deforman, al calor de la amistad, la sensación del interés general. Yo bien se que tales núcleos son gratos al mandatario y que haciendo desahogada su gestión normal constituyen para las horas difíciles muy apreciables apoyos. Pero estas ventajas pesan menos en mi espíritu que la certeza de saber imposibles a las demás agrupaciones, vencidas y desalentadas de antemano, si han de encontrar a su frente a los partidos oficiales con el presidente a la cabeza. No es que me falten vínculos y afectos; los conservo muy intensos y les consagro toda mi consecuencia, pero no me creo merecedor de reproches por amar colectivamente a mi país mas que individualmente a mis amigos.

Al aceptar mi candidatura, lo dije públicamente y en no pocas ocasiones a sus iniciadores: mi nombre estaba al servicio de aspiraciones colectivas; y porque anhelo grandes organismos estables, no reputo necesariamente ajeno a la milicia partidaria. No me escapa el concepto general y no creo se me atribuya ignorancia de la actividad política de altos funcionarios en naciones cuya perfección estamos lejos de haber alcanzado. Precisamente en ello reside la penosa razón que impone a los gobernantes argentinos de esta hora el renunciamiento de sus gravitaciones. La deficiencia e inferioridad de nuestros hábitos, el interés escaso que la cosa publica despierta a poblaciones disminuidas en su nacionalismo por acrecentamientos cosmopolitas; el despego de los ciudadanos en países nuevos, donde el esfuerzo se fija en el avance rápido de la fortuna; estos factores actuantes y la tradición de los regimenes, son hechos que caracterizan y diferencian el momento. Para que todos los ciudadanos se sientan garantizados y ninguna bandera deserte la lucha, atribuyéndose posición desventajosa, es menester que los gobiernos se coloquen sobre los partidos.

Mis conciudadanos me tienen acreditada su confianza y no dudan de mi imparcialidad. Es y será la conducta invariable que ha de inspirar a los miembros del Ejecutivo Nacional, obligados por sus convicciones y su pública adhesión a mi programa. El Gobierno Nacional prescindirá; pero pido a mis conciudadanos que mediten la nueva situación. En el orden político, no cabe suprimir fuerzas sin crear inmediatamente las sustitutivas. La reforma de la ley electoral, previniendo ese vacío, obliga el voto, y la abstención de los Ejecutivos invita y hace posible la disciplina partidaria. Sea la posibilidad un anticipo de los hechos consumados. Sean los comicios próximos y todos los comicios argentinos, escenarios de luchas francas y libres, de ideales y de partidos. Sean anacronismos de imposible reproducción tanto la indiferencia individual como las agrupaciones eventuales, vinculadas por pactos transitorios. Sean, por fin, las elecciones la instrumentación de las ideas.

He dicho a mi país todo mi pensamiento, mis convicciones y mis esperanzas. Quiera mi país escuchar la palabra y el consejo de su primer mandatario. Quiera votar.





Fuente: Manifiesto del Presidente de la Republica Dr. Roque Saénz Peña al Pueblo invitándole a votar según la nueva ley electoral del 28 de febrero de 1912. En Roque Saénz Peña Ideario de un estadista: discursos y escritos selectos, Editorial Jackson de Ediciones Selectas, 1953.
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domingo, 14 de agosto de 2016

Manuel J. Menchaca: "A 50 años del triunfo radical en Santa Fe" (29 de marzo de 1962)

En 1896 me retire del partido para reingresar en 1911. Durante ese lapso, actúe 5 años en la actividad universitaria donde fui secretario y presidente de la Unión Universitaria, y luego de recibirme, me establecí aquí en Santa Fe para ejercer mi profesión de medico. Paralelamente participe directamente en la creación del Colegio Nacional y la Normal, en la fundación de la Facultad de Farmacia, de la Escuela de Parteras, y propicie además la ley de farmacias y la vacunación de los entonces 600.000 habitantes de la provincia, cuando fui presidente del Consejo de Higiene. En 1911, como dije, resolví reingresar al radicalismo que por ese entonces era una fuerza grande en Rosario, con dirigentes de enorme, prestigio, con núcleos grandes también en Santa Fe, San Cristóbal y Esperanza, donde se mantenía la tradición del 93.

¿Qué puede decirnos de su carrera en el partido?

En realidad de inmediato recibí algo que agradecí siempre enormemente; me designaron secretario de la junta de gobierno del partido, la que en ese tiempo estaba formada por don Ignacio Iturraspe como presidente, Ricardo Núñez como vicepresidente y don Rodolfo Lehman como vocal. Yo y el Dr. Domingo Frugoni Zavala actuábamos como secretarios, con voz pero sin voto.

Integración de la fórmula

El entonces interventor Anacleto Gil, un gran sanjuanino, tenía proyectado convocar a elecciones generales en la provincia para octubre de 1911. Pero aun se tropezaba con el eterno problema de padrones fraudulentos, además de los métodos electorales en vigencia. Ante el conocimiento de que el Presidente de la Nación, Dr. Roque Sáenz Peña, proyectaría la reforma electoral, se abrigaba la esperanza de que los comicios fuesen postergados hasta la sanción de la nueva ley. Coincidentemente la Liga del Sur, que presidía Lisandro de la Torre, pidió también la postergación hasta marzo.

Pero el radicalismo, ¿no había adoptado ya una actitud?

Efectivamente. Lo interesante del caso es que la Unión Cívica Radical en esta provincia había resuelto ir al comicios aun antes de que estuviera vigente la ley Sáenz Peña. El motivo de esta decisión, era que se creaba que había llegado el instante de darle una organización seria al partido, contando para ello con el estimulo de los sectores independientes.

Fue Ricardo Núñez, quien, en compañía de José Chiosa, le plantearon a Yrigoyen la necesidad de concurrir en Santa Fe, llegándole a decir, inclusive, que si el no autorizaba esa participación en el comicios irían solos y ganarían. Cedió Yrigoyen viendo que Santa Fe podría convertirse en el escenario en el que podría prepararse la evolución política del país.

¿Cómo se integró la formula gubernamental?

Bueno, en realidad surgió como consecuencia de una lucha entre Iturraspe por un lado y Lehman por el otro. Ambos querían ser candidatos. Hubo escenas desagradables y, como es lógico, se eliminaron las dos candidaturas. Entonces surgió mi nombre, que si bien el principio tuvo una ligera oposición, luego ella desapareció, integrándose la formula con el nombre de Ricardo Caballero.

La oposición

Las formulas opositoras a las que conseguimos derrotar, estaban integradas por De la Torre – Casablanca, por la Liga del Sur, la de Estanilao López – Villa, del partido Constitucional, que fue apoyada, entonces por muchos que luego fueron grandes radicales, y principalmente, la coalición conservadora que esgrimía como bandera la formula Marcial Candioti – Alberto Paz.

Con esta última estaba Rosendo Fraga, padre del ex secretario de Guerra, estaban los Iriondo, los Gómez, Freyre, Leiva, Echagüe, Arguimbaum y otras destacadas personalidades de la provincia.

¿Cómo se realizó la campaña doctor?

En realidad se trabajó muy fuerte. Se dividió en tres grupos la acción proselitista. Núñez se encargó de los departamentos del sur con excepción de San Martín, Lehmann de Las Colonias, Vera y Obligado e Iturraspe de los restantes. Lehmann “se portó muy bien y creo que le costó mucho dinero” pero ganó los tres departamentos. Con Virasoro organizamos y ganamos la elección en 9 de Julio y en San Javier con la colaboración de Alcides Greca. En cambio en Garay, por una disidencia interna, perdimos el departamento. En definitiva, ganamos 8 departamentos a saber: La Capital, Rosario, Vera, Gral. Obligado, Las Colonias, Castellanos, 9 de Julio y San Javier, logrando 34 electores.

La presencia de Yrigoyen

El día del comicio, Hipólito Yrigoyen estaba aquí en Santa Fe. Lo acompañaba en esa oportunidad Horacio Varela, su brazo derecho, un hijo del recordado Florencio Varela. Apenas conocidos los resultados. Yrigoyen anunció el triunfo radical en San Fe a todo el país, siendo festejado estruendosamente en la Capital Federal, donde esa misma noche se organizó una manifestación de más de 10.000 personas, cuando en ese distrito el radicalismo no tenia más de 3.000 votos. Al día siguiente no mas proclamaron a sus candidatos a diputados nacionales, que habrían de lograr un gran triunfo en la Capital Federal al domingo siguiente, en las elecciones del 7 de abril de 1912, donde en vez de los 3.000 votos lograron mas de 90.000. En esa jornada, producto de la primera aplicación del a Ley Sáenz Peña en Buenos Aires, entró Juan B. Justo por los socialistas, Marcelo T. de Alvear, Gallo, Saguier. Aquí en Santa Fe, donde ganamos también la mayoría de la elección de diputados nacionales enviamos, entres otros, al Congreso a Rogelio Araya, al Dr. Corondado y Benjamin Abalos, pero no el cirujano sino el padre. Lisandro de la Torre entró por la minoría.

Ud. ¿ya había hablado antes con Yrigoyen sobre el problema de Santa Fe?

Yo a Yrigoyen lo conocí en junio de 1911. Había ido a Buenos Aires a aclarar una serie de intrigas según las cuales Yrigoyen, estaba haciendo candidaturas en Buenos Aires. De la conferencia que tuve con el participaron además Croto, Zelarrayán, Delfor del Valle y Horacio Varela el que estuvo aquí el día de las elecciones.

Yo creo que si el partido no tiene la capacidad para hacer su propia obra, no tiene titulo para aspirar a gobernar la provincia, y el federalismo desaparecería. Medio se me enojó el viejo pero, como era muy hábil, supo zanjar la cuestión y salimos juntos caminando hasta su casa que estaba ubicada a media cuadra de la estación Constitución. En una que me hizo, me dice:

“Me han dicho que Ud. es revolucionario”

No le dije yo. Soy hombre de orientaciones e ideas claras. La segunda vez que vi fue en agosto.

Le lleve toda la organización del partido en la provincia y le señale que ahora debía venir la obra del comité nacional.

La palabra de Sáenz Peña

Le señale en esa oportunidad a Yrigoyen que debía tener una conferencia con el presidente de la Republica para asegurar las elecciones en marzo con el padrón nuevo puesto que con el padrón viejo no había lucha porque era fraudulento. Entonces lo llama a Croto y a Delfor del Valle que en ese entonces era director de “La Época” y delante de ellos me dijo que el presidente Sáenz Peña ya le había dado su palabra en ese sentido. Claro, como le tenia tanta confianza a S. Peña, yo me había creído obligado a llamarlo a la realidad y le pregunte si no era necesario que el partido estuviera listo para una acción revolucionaria, pues todo el plan eleccionario estaba basado en la promesa verbal de un hombre, que podía ser olvidada o desvirtuada, y entonce Yrigoyen me contentó con un tono de dignidad ofendida:

“El Dr. Sáenz Peña es un caballero que cumplirá todos los compromisos contraídos. Si el no los cumpliera, yo soy el responsable”

Una anécdota

Esa semana, comprendida entre el 31 de marzo y el 7 de abril de 1912, yo la he dado en llamar la “Semana de la democracia”. En ella se sucedieron dos triunfos trascendentales en la vida política del país, permitiendo que una nueva sangre joven y pujante ocupara las bancas del Congreso.

Cuando se colocó la piedra fundamental del monumento a los granaderos en San Lorenzo, con motivo de haberse cumplido en el 1913 el centenario de esa batalla. En el automóvil y le comentaba al presidente mi vocación por la medicina, pero que por circunstancias especiales incursioné en la política, fue cuando Sáenz Peña me dijo:

“Vea, gobernador, yo no se de donde vino ni quien lo trajo, pero puedo afirmarle que Ud. salvó mi ley”


 
A medio siglo de consagración como gobernador de la provincia, el Dr. Manuel J. Menchaca nos trasladó a ese entonces, a traves de recortes de diarios y fotografias de la época.  




Fuente: Diario El Litoral - A 50 años del triunfo radical en Santa Fe y de la primera aplicación en el pais de la Ley Saenz Peña. El Dr. Manuel Menchaca –electo gobernador en esa oportunidad- nos relata aspectos trascendental acto civico que vivió esta provincia, 29 de marzo de 1962.
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viernes, 25 de marzo de 2016

Hipólito Yrigoyen: "Conferencias con el Presidente Saenz Peña" (mayo de 1910)

Posteriormente, y ya designado candidato a presidente, el doctor Roque Sáenz Peña me requirió por intermedio del doctor Manuel Paz, conferenciar respecto a la situación política de la República, que rehusé reiterando lo que ya habíamos conversado en otras oportunidades, la incompatibilidad de cualquier comunidad  política. Al conocer mi contestación díjole al doctor Paz, que se daba cuenta que yo resistía todo propósito de acción conjunta, lo que era lamentable, porque él había pensado siempre que juntos cambiaríamos la faz de la República.

Pero ante nuevas insistencias que hiciera, asentí a que conversáramos, y al ofrecerme participación en el gobierno, sin restricción alguna a los efectos de que yo pudiera realizar todos los bienes que me proponía para la Nación, pedile que apartara de su pensamiento toda suposición al respecto, porque eran insalvables mis determinaciones.

Agregándole que lo único que la Unión Cívica reclamaba, eran comicios honorables y garantidos, sobre la base de la reforma electoral.

El doctor Sáenz Peña no había pensado en esa reforma de inmediato, sino en. La concurrencia de la Unión Cívica, Radical a la labor del Gobierno que iba a presidir; pero planteaba la cuestión como indispensable, para que esta poderosa fuerza saliera de la animada abstención y protesta en que estaba colocada, convino en ello. Y dándome cuenta de que deseaba hacer públicos sus ofrecimientos, le insinué que los concretara por escrito si le parecía bien, para llevarlo a las altas direcciones de la Unión Cívica Radical, lo que hizo, condensándolo en la forma siguiente, más o menos:

«Que deseando demostrar la decisión que lo animaba para dar garantías públicas, le ofrecía a la Unión Cívica Radical, participación en los ministerios e intervención en la reforma electoral que debía llevarse acabo».

La alta dirección contestó sin discrepancia alguna, rehusando participación en el gobierno, por ser contrario a sus reglas de conducta, y aceptando la intervención que se le ofrecía en la reforma electoral.

Fue entonces que entré a dilucidar detenidamente sobre la nueva legislación indicando todas las disposiciones de que está comprendida, como las más eficientes contra las inveteradas perversiones en que se realizaba el ejercicio cívico y democrático de la Nación, desde gran parte de su vida, y sobre las que ya había deliberado en términos generales, como lo dejó referido con vuestro ex Presidente en ejercicio entonces de la Presidencia de la Nación, es decir, en los años 1907 y 1908; siendo todas ellas aceptadas por el doctor Sáenz Peña, después de ligeras observaciones.

La primera fue sobre el uso del padrón militar, y al explicarle que el alcance de esa medida no tenía más objeto que el de contribuir a la mayor seguridad en la legalidad de la inscripción, convino en ella desde luego.

En cuanto a la intervención de los jueces en la legislación electoral, me observó que no impresionaba bien esa ingerencia, pero haciéndole presente que se apercibiera de la trascendencia del pensamiento que teníamos por delante, que constituía el problema primordial acaso de la honra de los pueblos, y mucho más el de los regidos por instituciones como las nuestras, sin cuya base no habrá más honestidad ni legalidad porque ésa es la médula de toda índole sana y pura de la vida común, como estimulante para todas las rectas y benéficas acciones; y que no habiendo en la vida pública de esa hora ninguna otra entidad oficial que ofreciera las garantías conducentes al respecto, era presumible pensar al menos que los jueces, por su alejamiento de las palpitaciones diarias en la política, eran los únicos que podrían ofrecerlas.

Por lo que estuvo también de acuerdo, acentuando sus observaciones únicamente, en lo que se refería a la representación del sistema proporcional, diciéndome que eso era lo único sobre lo que disentía, porque estaba seguro que el Congreso no habría de votarlo, y porque él también creía que el pensamiento constitutivo de la Nación fue siempre el de que hubiera dos grandes fuerzas nacionales y nada más.

Hícele presente entonces, que no obstante ese raciocinio, creía que debía darse representación eleccionaria a las minorías, como una demostración de mayor cultura; y buscando la mejor forma adaptable recordé que en Inglaterra a través del tiempo, se había fijado las dos terceras partes para la mayoría y una tercera parte para la minoría, lo que aceptó sin más observación.

Los últimos puntos en que también estuvimos de acuerdo, fue el del voto universal y obligatorio conviniendo en que el voto público era inherente a la condición de virtual dignidad ciudadana, pero, considerando que establecerlo secretó era una medida apropiada e indispensable para iniciar la verdadera puridad representativa democrática definitiva en la Nación y en resguardo de todos los ciudadanos que por cualquier circunstancia de predominios o de precios no pudiendo ejercer con verdadera independencia esos derechos o estuvieran expuestos a medidas perjudiciales de cualquier sentido, convinimos en que fuera secreto.

Así terminó la deliberación de los temas principales que debiera comprender la ley, quedando en que el gobierno le daría la orientación correspondiente, y sobre la base de que cualquiera que fuera el resultado en el Congreso de las reformas, el Poder Ejecutivo intervendría todas las provincias en la hora de la renovación de sus poderes, como la medida lógicamente indispensable a los efectos de los comicios y la seguridad y tranquilidad de su concurrencia, fuera con la ley reformada o con la existente o con la de cada una de las provincias.

Quedó así la expectativa pública a la mira de lo que resolviera el Congreso, sin mayores probabilidades desde que los proyectos de reforma enviados por el doctor Figueroa Alcorta —entonces en ejercicio de la Presidencia de la Nación— no habían sido ni siquiera atendidos.

En ese intervalo se produjeron conflictos internos en el gobierno de Santa Fe, interviniendo la provincia el Poder Ejecutivo de la Nación, ante cuya medida la Unión Cívica Radical resolvió concurrir a esos comicios, por las garantías que le ofrecía la intervención, previo requerimiento al Señor Presidente, en el sentido de saber si ese acto de gobierno era una simple medida de complacencia hacia la., Unión Cívica Radical, o realmente el principio de la política de gobierno prometida a lo que contestó de inmediato el Señor Presidente, afirmativamente, que era el punto inicial de la intervención a toda la República.

Y fue entonces cuando la Unión Cívica Radical resolvió afrontar la contienda triunfando en ella, no obstante todos los inconvenientes que tuvo que soportar, demostrando que en la abstención como en la acción sus ensueños patricios hacia las grandes soluciones se mantenían en todo vigor.

Correspondiéndole a Córdoba en el orden correlativo prefijado la renovación de sus poderes, como la intervención no se hacía efectiva, no obstante la proximidad de los comicios, la mesa directiva del Comité Nacional resolvió solicitar audiencia a fin de oír al Señor Presidente al respecto, quien confirmó la seguridad de que la intervención iría.

Pero, como corrieron los días sin aparecer el decreto correspondiente, volvió de nuevo la dirección a inquirir del señor Presidente el apremia de su resolución, porque el retardo había creado una expectativa dudosa en la opinión de esa provincia, reiterando el Señor Presidente la seguridad absoluta de la medida; que sería tomada de inmediato.

Ante tan terminantes declaraciones, se trasladó a Córdoba la representación del Comité Nacional fijada y nos encontramos ya en la tarea de las instrucciones correspondientes al acto, cuando malhadadamente llegó la inesperada noticia negativa de que fuimos enterados por la actitud de los adversarios que salieron a la calle festejando la solución contraria que como es natural, asombró el ánimo de las direcciones radicales y de la multitud de delegaciones del interior de la provincia, que se encontraba en los salones del Comité.

No pudo ser más ingrata la impresión causada en todos, estando tan convencidos de que asistiríamos a la contienda bajo la garantía de las autoridades nacionales; pero antes de tomar ninguna medida, resolvimos un momento de meditación, esperando a la vez que alguna noticia oficial nos llegara sobre tan sorpresivo cambio, y así se disolvió la asamblea, para volver a congregarse horas más tarde.

Nuestra primera impresión fue estampar la protesta pública, pero ante el problema a cuya solución estábamos congregados de tan vital importancia para la Nación, y bien compenetrados siempre de que las grandes cuestiones que afectan la vida de los pueblos no deben resolverse por la incongruencia de trances o percances que se crucen en el camino, sino por la lógica impertérrita de las leyes naturales y legítimas que fundamentan la vida de ellos, de acuerdo con esas convicciones, que fueron siempre nuestro credo de vida, y pensando también en una transición que me ponía en una disidencia tan inesperada el doctor Sáenz Peña, por las calidades tan correctas que le reconocía y de las que tantas demostraciones me había dado a través del tiempo, significándome un aprecio sincero y respetuoso, pues varias veces en el curso de la vida llegó a mí, siempre con propósitos sanos, no me quedó duda de que algún suceso de salud, de orden moral o físico, era la causante de tan inusitada actitud.

Al volver nuevamente al Comité con algunos miembros de la dirección, sentimos desde la calle una palpitación de vida muy distinta de aquélla en que lo habíamos dejado, y efectivamente las delegaciones por acción espontánea, habían reaccionado de tal manera, que nos recibieron expresándonos el deseo de afrontar los, comicios cualesquiera que fuera el desamparo a que estuviéramos expuestos.

Expréseles que me llenaba de satisfacción oírles, porque ése era mi pensamiento, con el cual venía dispuesto a exhortarles en este sentido.

Pero mi determinación tuvo en esos breves momentos de raciocinio, toda el lógico alcance en el sentido de afrontar de nuevo la contienda electoral hasta terminarla, cualesquiera que fueran las vicisitudes a que nos viéramos abocados, y así fijé la ruta que dilucidé detenidamente con todas las representaciones de la Unión Cívica Radical, hasta la terminación de la obra.

Referir las irregularidades que a la sombra de la decepción sufrida y de la impunidad consiguiente debió soportar la Unión Cívica Radical, no es este limitado espacio el apropiado para hacerlo, pero todas ellas fueron bien públicas en esa hora y quedaron consignadas en los documentos correspondientes.

Por las cuales no solamente sufrió la Unión Cívica Radical en el acto eleccionario las agresiones y fraudulencias de todo orden, sino que, no obstante ellas, habiendo triunfado en los comicios, lo que era en el ambiente electoral y público; días después tomaron presos en la noche a todos los fiscales radicales, que custodiaban las urnas, sin que razones que expusieran para convencerlos de la misión que estaban ligando, y por otra parte era bien conocida del gobierno y propia del acto electoral realizado, fueran óbice para detenerlos en el plan concertado, siendo libertados al siguiente día, después de haber cometido el manipuleo de las urnas, en el recinto donde se encontraban —una sección de la Casa de Gobierno— pero que, en la premura con que debieron proceder, no lo completaron faltándoles un elector en la asamblea, que nada significó, pues contaba con la impunidad en todas sus resoluciones.

Como la policía de Córdoba no les inspirara mayor confianza, llevaron de esta Capital cien hombres del Escuadrón de Seguridad, que extendieron día y noche sobre el Comité Radical, tratando de reprimir la indignación que la voz de los concurrentes hacía pública ante la falsificación seguramente consumada.

Todo lo que comprobó e hizo público la Unión Cívica Radical, indicando hasta las urnas de los pueblos que habían sido violadas, adulterando el resultado y quedando desde ese momento a la expectativa de la nueva renovación del período de gobierno, que los puso en descubierto, constatando la evidencia de dónde habían sido los fraudes, y ganando en esa elección por miles de votos, porque ya no fue posible un atentado tan descarado como el anterior, dado que la Unión Cívica Radical había avanzado moral y realmente en su acentuación por todos los ámbitos de la República y la reforma electoral había sido sancionada .

No habiendo recibido ninguna comunicación del señor Presidente de la Nación, resolví a mi vez guardar absoluto silencio, pero un, tiempo después, encontrándose en Rosario con el doctor Ricardo Caballero, se interesó vivamente por, saber de mí; y con ese motivo la conversación se refirió a Córdoba, sobre el cual el Sr. Presidente trató de explicarse diciendo que no había mandado la intervención, porque el partido adversario al nuestro le imputaba que con esa medida quedaba entregado a los radicales, pero el doctor Caballero le observó la falta de fundamento al respecto, puesto que la autoridad nacional iba allí, como estaba resuelto, a garantizar y asegurar la tranquilidad y el orden del acto comicial en igualdad de condiciones para todos los concurrentes.

El señor Presidente concluyó expresándole el deseo de que, al menos, yo supiera que esa omisión le había causado muchas amarguras y desvelos.

Sobre lo que no me quedó duda alguna, confirmándose el juicio de que razones del carácter a que me he referido lo hubieran inducido a obrar de distinta manera de lo que había prometido con tanta decisión y sanidad de propósitos.

Así debimos asumir también, en las mismas condiciones de desamparo, la contienda renovadora del Poder Ejecutivo de Entre Ríos, en donde, justo es decirlo, fueron respetados por el gobierno, su partido y la prensa sin irreverencias algunas, y en general también en los comicios, siendo proclamado el mismo día de la elección el triunfo de la Unión Cívica Radical, y aceptado por los adversarios sin hesitación alguna, lo que me es satisfactorio dejarlo confirmado, como lo dije entonces.

Los esfuerzos subsiguientes se extendieron luego sobre la elección presidencial, como la culminación de las pruebas decisivas y concluyentes que debieran de llenar de claridades infinitas todos los horizontes sin garantías algunas. Así quedó extinguida toda una época de desdoros y descréditos que tan enormes daños y perjuicios causaron a la Nación, por el empuje incontrastable y el impulso poderoso de una ética política cuyos rasgos de luz vivificante perdurarán mientras la patria tenga vida en la eternidad.










Fuente: Seleccion del V Escrito de Defensa ante la Corte Suprema de la Nacion del ex Presidente Dr. Hipolito Yrigoyen, 8 de septiembre de 1931.






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sábado, 19 de septiembre de 2015

Miguel Ángel Cárcano: "La Entrevista Saénz Peña-Yrigoyen" (1976)

La actividad de Sáenz Peña no decae un instante. Ha aceptado su candidatura bajo la condición de no contraer compromisos con partido alguno. Su compromiso es únicamente con el país. "No hay partido de gobierno, no hay gobierno de partidos". Quiere ser el presidente de todos los argentinos, que su prescindencia y autoridad no sea discutida; que su palabra sea creída; que su ministerio esté integrado por personalidades de diversas tendencias que representen valores reales de capacidad y de conducta. "Gobierno para el país, no para mis amigos." (79) Necesita la colaboración de los partidos, incluso del partido Unión Cívica Radical, que persiste en la abstención y la conspiración, a pesar de que un grupo de dirigentes deseaban participar en los comicios. La persona de mayor influencia era Hipólito Yrigoyen, misterioso en sus actividades políticas e intransigente en sus ideas. Sáenz Peña desea conocer personalmente su pensamiento. Los buenos oficios del diputado Manuel Paz, amigo personal de los dos, facilita la realización de una entrevista, que debía ser histórica, porque en ella se conviene la participación de la Unión Cívica Radical en los comicios regidos por la reforma electoral que prometía el Presidente. Es fundamental para Sáenz Peña que Yrigoyen tenga confianza en sus declaraciones.

Sáenz Peña va a la entrevista decidido a realizar la reforma y lograr la concurrencia a los comicios de la Unión Cívica Radical o su colaboración en el gobierno, como una forma de concluir con las conspiraciones y golpes militares.

Se realizaron dos conversaciones en casa del diputado Manuel Paz en el mayo secreto (2-IX-1910). Sáenz Peña expuso los puntos fundamentales de la reforma electoral. Yrigoyen le sugirió la intervención a las catorce provincias, para neutralizar en los comicios la influencia de los gobernadores electorales. Sáenz Peña se negó a emplear semejantes medios coercitivos y ofreció al partido participar en el gobierno con dos ministros. Yrigoyen respondió como a Pellegrini en 1883: 

"El Partido Radical no busca ministerio, únicamente pide garantías para votar libremente en las urnas".

Sáenz Peña insistió en su propósito de realizar la reforma electoral sobre la base del padrón militar y la representación de las minorías.

"Si el gobierno nos da garantías concurriremos a las urnas" responde, por fin. Yrigoyen. (80) Pocos días antes de que el Presidente se hiciera cargo de sus funciones el Comité Nacional de la Unión Cívica Radical (8-X-1910), después de escuchar la información de Hipólito Yrigoyen sobre su entrevista con Sáenz Peña, resolvió rechazar la "invitación para participar en las fundaciones de gobierno" y estar "dispuesto siempre a caracterizar con su intención, y a sancionar con su voto definitivo la reorganización de los elementos constitutivos del derecho electora, en cuanto ella sea, plena y claramente, hecha en su concepto legal y en su aplicación verdaderamente garantizada".

La resolución es vaga y permite, según las circunstancias, tomar una actitud diferente.

El propósito del Presidente se ha logrado con la promesa del caudillo opositor. La promesa es condicional, pero para Sáenz Peña esa condición sabe que va a cumplirla y por lo tanto es un hecho la concurrencia del partido abstencionista a los próximos comicios. El Presidente triunfa con su política de pacificar al país y concluir con las conspiraciones y amenazas de revolución; ha conseguido que el partido más reacio concurra a los comicios.

Ahora es necesario articular la reforma y ajustar su conducta de gobernante para que la opinión pública crea en la sinceridad de su propósito.

(79) Carta del presidente Sáenz Peña al diputado José M. Olmedo, 20-X-1910.
Discurso del Ministro del Interior en la Cámara de Diputados, 5-IX-1913.

(80) La entrevista Sáenz Peña-Yrigoyen ha sido objeto de diversas interpretaciones sobre los temas tratados y lo resuelto en ella. Una de las personalidades más autorizadas que ha tratado este punto es Ramón J. Cárcano, ob. Cit. Leopoldo Melo en Los discursos de Indalecio Gómez, se ha ocupado del mismo tema. Las actas, borradores y originales de las dos conferencias, quedaron en poder del doctor Manuel Paz, entonces diputado nacional por Tucumán. Cuando falleció, su hermano Eduardo, por indicación de la señora del doctor Paz, cumplimiento el deseo de su marido, se los envió a mi padre en homenaje a su participación en la preparación y redacción de la conferencia. Esos documentos se hallan en mi archivo y son los siguientes: 

1º) Borrador de la carta invitación del doctor Paz al señor Yrigoyen para concurrir a su casa el 21 de septiembre de 1910. 

2º) Tres borradores de actas sobre temas tratados, uno de ellos corregido por el señor Yrigoyen. 

3º) Copia de acta de la reunión del Comité de la Unión Cívica Radical, del 8 de octubre de 1910, autenticada por el presidente José Camilo Crotto, en las conferencias celebradas en casa del doctor Paz. Estos documentos no fueron conocidos por el doctor Melo y aclaran definitivamente el contenido y alcance de la histórica entrevista. Las actas de las conferencias fueron escritas por el doctor Paz y corregidas por Hipólito Yrigoyen. De estos documentos se deduce que la reforma electoral no fue el resultado de un pacto entre Sáenz Peña e Yrigoyen, porque el propósito de realizarla fue anterior a la entrevista. La importancia de esta reunión reside en que el Presidente ratificó personalmente a Yrigoyen sus declaraciones y sus promesas de ofrecer seguridades a la oposición, garantizando la libertad de los comicios y éste prometió la concurrencia del Partido Radical si se producían las condiciones que ofrecía Sáenz Peña. La argumentación de Leopoldo Melo no puede destruir ni negar el hecho de las reuniones realizadas. De la laboriosa elaboración de las reuniones sólo estaban interiorizados el Presidente Yrigoyen, Paz y Cárcano. De las mismas existen dos actas autenticadas. Tuve oportunidad de asistir a las conversaciones que mantuvieron el doctor Manuel Paz, con mi padre, en nuestra casa de calle Talcahuano 1260. De ellas surgió la iniciativa de la entrevista. La dificultad consistía en hallar la oportunidad y el modo de presentarle la iniciativa al presidente Sáenz Peña y, al mismo tiempo, lograr que Yrigoyen aceptara la entrevista. La reserva y sincronización de las gestiones fue materia de varias entrevistas entre Paz y mi padre.










Fuente: Miguel Angel Cárcano.: La revolución por los comicios. Buenos Aires. Editorial Eudeba, 1976.
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