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martes, 19 de mayo de 2020

Germán López: "Testimonio Reformista" (noviembre de 1982)

La Reforma Universitaria constituye uno de los movimientos más importantes de este siglo. Ha calado profundamente en la cultura, en las prácticas políticas y sociales, y se ha proyectado sobre la dinámica de las instituciones.

Hundió sus raíces en las ansias populares y en la historia, y significó un impulso liberador para los pueblos americanos.

Iniciada en Córdoba en 1918 se extendió rápidamente a todas las universidades argentinas y alcanzó, desde su primer manifiesto, el ámbito esperanzado de Latinoamérica.

No cesó de inducir cambios en la estructura de las universidades y se adscribió a la lucha contra todas las dictaduras. Toda forma de opresión encontró un enemigo en la Reforma y en los reformistas. Cuando esto no ocurrió fue porque los órganos expresivos de su pensamiento y su dinámica habían sido copados por sus enemigos o puestos al servicio de medianías políticas o grupos sectarios. En Argentina deben recordarse los episodios de años recientes y también del grupo marxista Insurrexit en el ’30.

La opinión del mundo fue conmovida por el estallido de Nanterre en 1968. En Francia se habló con el lenguaje de la generación de 1918 de Córdoba y La Plata. Las universidades francesas, holandesas, belgas y norteamericanas plantearon con cincuenta años de retraso el reclamo de participación estudiantil en el gobierno de las casas de altos estudios, la exclaustración de la cultura y la plena autonomía.

En 1918 las universidades argentinas y las de Europa y los Estados Unidos que venían de ser muy distintas, comenzaron a ser de equivalente nivel científico, académico y docente. La Reforma Universitaria había aventado la universidad escolástica y del patriciado ochentino, para dejar paso a la Universidad nueva. Fue como dijo Danilo Vucetich, “el periodo técnico y científico más revolucionario de la historia argentina”.

Ese elevadísimo nivel y el indudable prestigio que cobró la Universidad reformista, se perdió. Los gobiernos militares y las minorías que los instrumentaron, anularon, cada vez que fue necesario, el progreso de la Universidad democrática y reformista. Ocurrió en 1930, en 1943, en 1966 y volvió a suceder en 1976. Entre 1973 y 1976 fue campo de experimentación de la violencia y de corrientes antidemocráticas de todo signo.

Hoy la diferencia con las grandes universidades de America y el mundo es abismal. Casi podría decirse que no existe Universidad en nuestro país.

En la Argentina actual todo está por hacerse. Inclusive lo que antes estuvo bien hecho. Este es el caso de la enseñanza en sus tres niveles. Hay que recrear la escuela pública y la Universidad reformista. Hay que reedificar la enseñanza media. Esto debe hacerse en un marco de desastre y calamidad nacional.

Pero la historia nos alecciona. Después del Congreso Pedagógico de 1882 en el que Leandro Alem dio los fundamentos de la escuela de la integración nacional, se escalonaron hechos significativos de nuestra vida como nación organizada. En treinta años se modificó la composición humana de nuestro país: llegaron casi dos millones de inmigrantes. Hubo una propuesta revolucionaria que sacudió los cimientos de la sociedad de esos tiempos. Anarquistas, socialistas, sindicalistas, veían en la revolución el cambio posible.

Las instituciones argentinas fueron eficientes. Sus dirigentes creativos y audaces. Respondieron a la fuerza revolucionaria con la escuela de puertas abiertas para integrar al hijo del inmigrante. Dejaron expedito el camino del comicio para que, con Yrigoyen, se instalara un gobierno popular y progresista. Tan progresista que posibilitó la Reforma Universitaria que abrió también para el hijo del inmigrante las puertas de las Universidades, reservadas hasta ese momento a las minorías.

Esto prueba que las instituciones de la Republica son eficientes. Este es el desafío actual. Yo insisto en este ejemplo para que se comprenda que las respuestas a las demandas populares deben atenderse con imaginación, audacia y eficiencia. Además, con oportunidad. Las instituciones no son obstáculo; son un gran estimulo.




Sr. Germán Osvaldo López, ex Presidente de la Federación Universitaria Argentina en acto en apoyo de la Unión Democrática. 







Fuente: “Testimonio Reformista” por el Dr. Germán Osvaldo López, ex Presidente de la FUA, Federación Universitaria Argentina. En Historia del Radicalismo: La Reforma Universitaria, Vol. 14, noviembre de 1982.

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jueves, 13 de julio de 2017

José Luis Romero: "La Reforma Universitaria y el futuro de la Universidad Argentina" (15 de junio de 1956)

Jóvenes estudiantes, conciudadanas y conciudadanos:

Al clausurarse en Córdoba las sesiones del Primer Congreso Nacional de Estudiantes, el 31 de julio de 1918, se acordó instituir la celebración anual del 15 de junio como día del advenimiento de la Universidad nueva. Henos aquí reunidos en cumplimiento de un deber de solidaridad con la historia. Nació entonces, más que una realidad, una esperanza. Y tras esa esperanza corremos desde entonces los espíritus democráticos, progresistas y libres, salvando los obstáculos que una y otra vez se interponen en nuestro camino como si la Universidad nueva constituyera un inalcanzable espejismo. Pero una y otra vez reinician su camino los espíritus democráticos, progresistas y libres, porque la fe no abandona a quienes se sienten movidos por el impulso hacia la libertad, propio del hombre y particularmente del que se siente consustanciado con los altos valores de la cultura , cuya atmósfera propia e irrenunciable es el reinado de la libertad.

La Universidad nueva fue el objetivo final de la Reforma desencadenada por las juventudes de 1918, y sigue siendo el objetivo final de cuantos aman la libertad y la cultura , jóvenes todos ellos por la juventud del espíritu. Comenzó su camino la Universidad nueva entre escollos y vendavales, y a poco de iniciado, lo envolvieron —tras la revolución oligárquica de 1930— las auras maléficas del fascismo que comenzaba a viciar la vida nacional. El camino quedó sumido en aquella niebla enceguecedora, y la meta comenzó a desdibujarse porque los viandantes que recorrían la ruta debieron detenerse a cada paso ante el obstáculo imprevisto. La Universidad nueva se tornó una esperanza cada vez más lejana a medida que se apretaban las esposas en las muñecas y las mordazas en los labios. Y parecía razonable ilusión aspirar cada día tan sólo a la Universidad de la víspera, mejor sin duda que la que se anunciaba para cada uno de los días que se sucedían en la precipitada pendiente que conducía desde la reacción oligárquica hacia el fascismo .

Después se extremó la angustia y la Universidad se tornó sombra de sí misma. El espíritu de la Universidad nueva, el espíritu que vivificaba la esperanza, subsistió insobornable en muchos que levantaron su voz, y muchos que levantaron su brazo, muchos que levantaron finalmente el arma decisiva. La Universidad vibraba en sus juventudes incorruptibles, y resurgió enccuarnada en ellas tras las jornadas de septiembre, cuando asumieron la custodia de los hogares universitarios. Viva la encontramos cuando creíamos que estaba muerta, Porque había vivido en la eterna juventud del espíritu. Y viva existe todavía, viva y anhelante de renovación, para retomar aquel camino en el que se detuviera a poco de comenzar su marcha, cohibida por el enrarecimiento de la atmósfera espiritual del país. Toca a nosotros impulsarla para que alcance un día la inmarcesible perfección de los sueños.

He aquí que, en un clima de libertad, la Universidad se torna entre nuestras manos una materia plástica en busca de forma. Tras las zozobras de casi cuarenta años de experimentos y de luchas, la Universidad argentina se nos presenta como un conjunto informe sin armonía y sin estilo. Tal es la dura realidad. Pese a ello, no faltan quienes preconicen prudentemente un retorno a lo antiguo, como si los únicos males fueran los que trajo consigo la dictadura. Yo afirmo que cualquier retorno es suicida y que la simple esperanza de lograrlo revela ya una imperdonable miopía para los problemas de la inteligencia. La Reforma de 1918 apenas pudo lograr escasísimos frutos, y muchos de ellos se vieron roídos por los gusanos que se lanzaron sobre los vivos durante las oscuras décadas del fraude y del fascismo . No es, pues, exagerado situarnos en posición análoga a la que encontraron las juventudes de antaño, y yo propongo aquí otra vez como solución única la fórmula preconizada por Alejandro Korn en 1918: Incipit vita nova; he aquí que comienza una nueva vida.

Estoy persuadido de que no hay otra. La Universidad argentina requiere una revisión total de sus fines, de su organización, de sus sistemas pedagógicos, hasta de su espíritu. Es la revisión a la que aspiró la Reforma, que se hizo en parte, que se malogró en mucho, pero que hay que volver a hacer, además, porque todo cuanto es obra del espíritu exige perpetua revisión y reforma perpetua. Yo no puedo concebir la Reforma como un conjunto de principios rígidos e inmutables, sino como un impulso del espíritu, y por eso veo en la esencia de la Universidad un drama idéntico al que constituye la esencia de la cultura misma.

La Universidad, como la cultura , se nos aparece como algo concreto: sus edificios, sus laboratorios y bibliotecas, sus alumnos y sus profesores. Es también un cierto caudal de saber que discurre entre ellos, cierto sistema de pensamiento, cierta imagen del mundo, todo lo cual anida en los espíritus, y preside las relaciones entre los hombres. Pero todo eso no constituye sino una de las facetas de la Universidad, la que vive en el mundo de los hechos, la que hemos heredado. Mas la Universidad no es sólo eso. Mucho más que eso, es también la Universidad que queremos hacer para que acoja el saber que vamos creando, saber nuestro, irrenunciable e intransferible, saber entrañablemente nuestro y no heredado, sino creado con la efusión de nuestro espíritu y con el que quedan comprometidas nuestras vidas. Este saber en perpetua creación requiere una Universidad flexible y modelable, para que sus formas endurecidas no hieran su frágil contextura. Y la variable receptividad de cada generación de educandos exige por su parte pareja flexibilidad para que las heridas no sean sus almas o sus mentes.

Hay una dialéctica entre la estructura de la Universidad y el impulso perpetuamente renovador del saber que se rehace en ella cada día, porque muere si no acierta a rehacerse, porque no vive sino en su propia y perpetua recreación. Y hay una reforma necesaria e impostergable para cada etapa de la Universidad, porque la letra mata y el espíritu vivifica; y cada vez que la Universidad tropieza y consiente en detener su propia renovación se torna academia, urna para el saber estéril, y deja de ser hogar para la perenne creación .

Yo os digo que no hay una Reforma , sino innumerables y sucesivas reformas; y estoy cierto que ha llegado el momento de una que sea sustancial y profunda. Pero fijémonos cómo hemos de hacerla, porque si ha de hacerse en virtud del espíritu, es imprescindible que sea del espíritu crítico y libre, y no del espíritu dogmático y fundado en el principio de autoridad. Si es este último el que predomina, es seguro que toda reforma será estéril y que finalmente la Universidad dejará de serlo. Sólo por el espíritu crítico y libre ha existido la Universidad, y tanto asegura su muerte la infiltración del espíritu dogmático y del autoritarismo como la estagnación del saber. Si hemos de recuperar la Universidad para el espíritu, será porque la recuperemos entera, en la plenitud de su libertad, sin límites para la inteligencia, sin otra aspiración que la del saber humano, del que podemos decir que ha nutrido nuestra cultura desde la misma Edad Media, y libre de los tabúes con que se quieren contener los espíritus.

Acaso no se haya repetido suficientemente que la reforma universitaria forma parte de la vasta reforma educacional que requiere el país. Es innegable que el movimiento reformista nació y se desenvolvió en un ambiente tumultuoso y en una atmósfera de rebeldía, Era la misma juventud la que exigía la reforma de la educación que le ofrecía la Universidad, y el clamor resonó con el brío y la frescura que son propios de los movimientos juveniles. Pero si era en muchos aspectos un movimiento político, un movimiento social, un movimiento vinculado al despertar de la ciudadanía democrática, no es menos cierto que era esencialmente un movimiento en favor de la renovación de la Universidad y la cultura ; un movimiento educacional, análogo al que entonces comenzaba a desarrollarse en favor de la renovación de la educación de los niños y los adolescentes. La exigencia de una reforma educacional sigue en pie en nuestro país para todos los órdenes de la enseñanza, y entre ellos para la enseñanza universitaria. Parecería como si las dolorosas alternativas porque ha pasado nuestro país fueran particularmente graves en cuanto conciernen a la cultura y a la educación. Una indiferencia culpable se ha advertido en relación con este problema, que hace al presente y al futuro de este país, que hace a la correcta formación de las nuevas generaciones, que hace al destino de nuestra cultura .

Si entendemos la reforma universitaria como reforma educacional, descubrimos como primer objetivo el de hacer una Universidad que constituya un centro de formación del hombre. La mera enunciación de tan evidente designio descubre la insuficiencia de nuestra actual Universidad frente a su misión fundamental. ¿Acaso se ha planteado el problema en alguna ocasión? ¿Acaso la Universidad ha modificado o intentado modificar alguna vez su estructura de mera yuxtaposición de escuelas profesionales, para afrontar el problema total que le plantea el joven que llega un día a sus puertas y comienza a ambular por los corredores y las aulas sin mantener otro contacto con la Universidad que el puramente pasivo del oyente o del que pide informes en una oficina administrativa? Constituye una actitud simplista y culpable hablar de los estudiantes como de una fuerza de opinión, o como de un malón subversivo, o como de una multitud indiscriminada. Los estudiantes constituyen un conjunto, pero sólo subsidiariamente valen como conjunto. En principio y fundamentalmente valen como individuos , como personalidades singulares. ¿Quién que sea de verdad padre o maestro ignora lo que es un joven de veinte años, lleno de esperanza, de inquietudes, de temores y, sobre todo, de imperativos morales irrenunciables? Para ese joven que no ha concluido su educación, sino que se halla en la etapa más difícil de su proceso formativo, la Universidad ofrece sólo la fría enseñanza de quien únicamente considera su misión hacer de él un técnico. Nada más, y es notorio que es harto poco si pensamos la Universidad como una escuela, como un hogar para la formación de hombres.

El problema no reside en las eternas y casi siempre estériles reformas de planes, sino en una reforma del espíritu de la Universidad, y en la reforma de su estructura para que el nuevo espíritu pueda florecer. Hay que crear la comunidad universitaria, la escuela a la medida del estudiante, dentro de la cual esa comunidad se desenvuelva en el ambiente cálido que necesita, y crear el profesorado con dedicación exclusiva que cuente con tiempo y aptitudes suficientes como para afrontar el problema personal de cada educando. Sólo a partir de esta situación podrá hablarse de la Universidad como de un hogar para la formación del hombre.

Pero no es todo. La Universidad tiene que dar al joven educando todo lo que necesita para su formación juvenil, todo lo que busca en su tránsito desde la adolescencia hacia la juventud. Es una edad llena de problemas, la edad del descubrimiento del mundo, la edad de las curiosidades universales. ¿Es posible que la Universidad se empeñe en frustrar prematuramente tantas inquietudes? Ciertamente está obligada a favorecer una elección profesional, pero al mismo tiempo que encamina hacia un rumbo determinado, al mismo tiempo que dirige al educando hacia la especialización, es deber de la Universidad estimular y satisfacer la curiosidad general acerca de los problemas que se debaten alrededor del estudiante, porque el hombre es hombre antes que profesional, y difícilmente se halle momento más propicio para crear una clara posición frente a las inquietudes del mundo circundante que los años que el estudiante pasa en la Universidad. Entonces hay que modelar el ciudadano, el hombre maduro, de opiniones claras acerca de las cosas que le importan a todo el mundo y que no son patrimonio de ningún especialista. Nada más triste que el profesional ciego y sordo a las inquietudes del ambiente circundante, y por ello incapaz de ejercer influencia alguna sobre su contorno.

Acaso lo que no sea propio de la profesión deba sustraerse al ámbito de la escuela profesional, aunque no estoy cierto de ello, porque la comunidad universitaria es el más eficaz vehículo de la educación juvenil. De todos modos, puede no ser objeto de una enseñanza sistemática. La Universidad puede ofrecer una posibilidad de formación en todos los aspectos no profesionales a través de departamentos paralelos a la escuela profesional, cuya labor sea la de suscitar intereses y satisfacerlos sin la constricción de ninguna exigencia, porque es seguro que los intereses profundos de la juventud despertarán y se encauzarán por sus propios impulsos.

Pero aún la enseñanza profesional puede colaborar indirectamente en la formación de la personalidad, si se destierra de una vez la enseñanza verbalista y se sienta el principio de la enseñanza activa, de la conquista del saber por el educando mediante su contacto con el fenómeno o con la fuente. Entonces se ejercitarán de tal modo las aptitudes que las personalidades saldrán enriquecidas para el análisis de cualquier realidad, de cualquier estirpe de problemas.

Todo esto, y muchas cosas más, constituye la preocupación de la pedagogía universitaria. Es triste decirlo, pero la Universidad argentina ha vivido ignorándola, y aún hoy parece lícito regirla sin otras preocupaciones que las del gobierno político y administrativo de la institución. No es suficiente, como tampoco es suficiente cierta competencia profesional para orientar la vida universitaria. Es hora de que se entienda de una vez que la enseñanza es cosa de maestros, de expertos en cierta clase de problemas que atañen a la Universidad como a cualquier otra etapa de la enseñanza, y que tales expertos deben formarse como especialistas en problemas educativos, sin perjuicio de su especialidad científica.

Acaso este planteo parezca agresivo. Pero puesto que nuestras universidades se han esclerosado adoptando la forma de una mera yuxtaposición de escuelas profesionales, contra el profesionalismo es contra lo que resulta más urgente combatir cuando se piensa en la renovación de la Universidad. Ha pasado la época en que parecía sensato y propio del sentido común afirmar irónicamente que la lectura de Platón o de Shakespeare no era "práctica" ni contribuía a formar, por ejemplo, un buen agrónomo. La estrechez del planteo salta hoy a la vista, y a nadie se le oculta que un buen agrónomo, como un buen médico o un buen arquitecto, sólo puede hacerse con un hombre de buena y correcta formación integral.

Porque es menester que quede bien claro que todo cuanto se haga para la formación del joven educando en las universidades ha de servir al hombre que hay en él y subsidiariamente al profesional que ha de llegar a ser. De modo alguno se contradicen los objetivos de una formación humana con los de una correcta formación profesional. Ni nadie debe entender que la Universidad debe desocuparse de la formación del profesional.

El profesional, en efecto, es el hombre idóneo para la solución de los problemas concretos de la colectividad y de sus individuos . Sería torpe suponer que tal idoneidad se compromete enriqueciendo a quien la busca. Por el contrario, se perfecciona. De cualquier modo, nuestras universidades no son tampoco satisfactorias como centros de formación de profesionales, y también en este aspecto es menester una renovación sustancial.

Yo no ignoro que hay centros donde se aprenden bien determinadas técnicas. Los hay, sin duda, y es innegable que se han hecho en nuestro país esfuerzos prodigiosos para perfeccionarlos. Pero si analizamos el problema en su totalidad, y afirmamos que las universidades deben formar el conjunto de los hombres idóneos para la solución de los problemas de la colectividad y de sus individuos , nos vernos obligados a reconocer que tal misión no se cumple.

Las causas son muchas y las justificaciones numerosas; pero tal es el hecho. La Universidad argentina no es la última instancia a que se deba recurrir para afrontar los problemas fundamentales del país, excepto en algunos órdenes de la vida nacional. Hay disciplinas en las que no tenemos un solo especialista de indiscutible autoridad. Hay campos del saber en los que estamos atrasados en medio siglo y aún más. Hay problemas nacionales urgentes que requieren determinada clase de técnicos y que no pueden ser afrontados ni resueltos con los especialistas que egresan de nuestras universidades. Todo esto es desgraciadamente cierto, y son pocos, sin embargo, los que se conmueven al descubrirlo. Pero al salir de una crisis como la que acabamos de sufrir, al descubrir un país con crecientes exigencias técnicas, la mínima responsabilidad de los universitarios exige que denunciemos el problema y que, por lo menos, organicemos un movimiento de opinión para que cuanto antes se difunda la conciencia de su gravedad. Quizás el Estado no gaste todo lo necesario para lograr lo que el país necesita, pero parte considerable de lo que gasta se desperdicia, acaso por no gastar un poco más, acaso por la irresponsabilidad de los que tenemos el deber de denunciar el problema y buscar soluciones desde dentro o desde fuera de la Universidad, desde su gobierno o desde fuera de su gobierno.

Hay problemas argentinos relacionados con la economía, con la vida social, con la vida espiritual del país, que la Universidad no ha afrontado jamás. El Estado es también culpable de esta ignorancia, pero la Universidad lo es mucho más, porque la obligación de la inteligencia es más perentoria y su responsabilidad más alta. Sin duda las responsabilidades se complementan, y podríamos poner algunos ejemplos. El Estado paga a la Universidad para que forme profesores secundarios, pero nombra en las escuelas medias personas sin título especializado. El Estado paga a la Universidad para que afronte los problemas pedagógicos en el campo teórico, pero los técnicos en los problemas fundamentales de la enseñanza primaria o secundaria no son universitarios ni especializados. El Estado paga a la Universidad para formar técnicos que no se requieren, pero nadie se ocupa de que formen otros que están siendo solicitados urgentemente por el desarrollo económico del país. Las distintas universidades superponen carreras con escasas posibilidades prácticas y descuidan las necesidades regionales malgastando sus recursos en repetir las carreras clásicas. Todo esto se sabe, pero no constituye —como debiera— un tema sustancial de nuestras preocupaciones. Sabemos que hay ciertas actividades en el país que rechazan directamente a los egresados de las universidades argentinas, porque no les resultan eficaces. Y todo esto corresponde al plano de la acción universitaria que la Universidad argentina cultiva con más empeño; más aún, prácticamente el único que cultiva: el de la formación profesional.

Si la reforma educacional que requiere nuestra Universidad es urgente en cuanto se relaciona con la formación del hombre, acaso es más urgente aún con respecto a la formación de técnicos y profesionales. El país debe exigirnos que satisfagamos sus necesidades, el Estado debe exigirnos que cumplamos con nuestro deber, y nosotros debemos anticiparnos a esas exigencias de quienes esperan de nosotros la solución de sus problemas.

La Universidad no debe ser, pues, exclusivamente profesional; no debe ser el profesionalismo lo que la identifique y caracterice; pero en la medida en que debe ser profesional, es necesario que lo sea eficazmente.

Yo quiero explicarme el hecho de que no lo sea por tres razones. Primero, porque no atiende suficientemente a la formación del hombre; segundo, porque no atiende suficientemente a las exigencias del contorno social; y tercero, porque no se preocupa lo bastante de la investigación, de la creación del saber.

No repitamos más —como solemos hacerlo cuando queremos ponernos juiciosos y serios— que la investigación constituye la misión fundamental de la Universidad. Tal afirmación no es exacta. La Universidad es una escuela, y su misión fundamental es educar al hombre y transmitir el saber ya conquistado. Pero como se trata de un saber superior, como lo que debe trasmitirse son los rudimentos del saber superior, es absolutamente imprescindible que en alguna parte la Universidad se ocupe también de cultivar a fondo y seriamente el saber superior, a fin de que sus profesores y sus estudiantes se mantengan en contacto con el proceso de renovación que lo caracteriza.

Pero la investigación no se hace en las aulas, en los laboratorios o en los seminarios donde concurren los estudiantes a recibir los rudimentos del saber superior. En las aulas, en los laboratorios y en los seminarios, los estudiantes deben aprender, ciertamente, el método científico, repitiendo las experiencias, recorriendo el camino dado por otros, redescubriendo, por su propio esfuerzo activo, un saber ya conquistado. Sería farsa pretender que el estudiante de segundo año realice investigaciones nuevas mientras está aprendiendo los fundamentos de su disciplina.

La investigación pueden hacerla los profesores; pero si la hacen con los estudiantes perderán su tiempo, y si la hacen solos no cumplen una labor universitaria. Deben hacerla de otro modo, y la Universidad les ofrece colaboradores inestimables en sus graduados, maduros ya, y en condiciones de iniciar la conquista de nuevos conocimientos. Con los graduados, en los departamentos de graduados, debe realizarse la labor de investigación, sin limitaciones escolares, sin apremios de exámenes ni términos, al ritmo propio de la investigación, que no puede estar coaccionada por disposiciones reglamentarias. En los departamentos de graduados será honesta y eficaz, si los profesores se aplican a ella con honestidad y eficacia.

Esa investigación no debe tampoco sufrir las limitaciones de la organización escolar ni de la escolarización del saber. Las escuelas profesionales tienden a encarrilar la investigación hacia una relación estrecha con las profesiones; pero los grandes problemas científicos sobrepasan los límites escolares y profesionales y es necesario que se afronten sin restricciones formales. Una química para farmacéuticos o para agrónomos se empobrece si se la separa de la filosofía por antonomasia. Es sabido que, a medida que se amplía el horizonte, los problemas se integran y acaso la Universidad deba tener algún rincón donde se integren las investigaciones parciales, puesto que el saber tiende a integrarse.

Esta descripción de lo que parece misión exigible a una Universidad demuestra la humildad del esfuerzo que realizan nuestras universidades. Casi no hay investigación científica; apenas existen departamentos de graduados que acojan las vocaciones maduras y definidas; apenas existe contacto entre los especialistas, ni revistas que los vinculen y que difundan su labor. También esta reforma hay que hacerla, antes que proliferen los intentos aislados que multiplicaran los gastos y dividirán los resultados.

Si la vocación reformista puede ahora abandonar las preocupaciones inmediatas, de tipo generalmente político, que han suscitado las condiciones en que ha vivido el país, acaso podamos comenzar a clarificar nuestras ideas acerca de lo que tenemos que hacer con la Universidad, y acaso podamos comenzar a hacerlo en breve tiempo. Estoy persuadido de que henos salido ya del período oscuro de la historia argentina, y que se nos ofrece una época de amplias y brillantes perspectivas. La vocación reformista debe canalizarse hacia el problema específico de la Universidad y debe crear un movimiento de opinión decidido para que recuperemos el tiempo perdido. Pero es necesario para eso que nos dejemos poseer por un auténtico espíritu universitario, en función del cual dediquemos nuestras energías y nuestros esfuerzos al cumplimiento de esta exigencia perentoria de la Universidad argentina.

Sólo una cosa me preocupa cuando hablo de espíritu universitario: la maléfica confusión mediante la cual se carga esta expresión de un sentido de aristocracia. Es este un país en el que las aristocracias se constituyen por propia determinación de sus miembros; pero el primer deber de quien accede a la Universidad y al saber es renunciar a tan deleznables ambiciones, y situar sus anhelos no en el plano de los derechos sino en el de los deberes. Porque sólo en virtud de determinadas situaciones reales puede llegar un estudiante a la Universidad, en tanto que son muchos los que no llegan a ella, también merced a circunstancias de la realidad que se interponen como obstáculos insalvables.

La Universidad debe combatir todo espíritu de casta que surja en su seno, porque nada hay más inmoral y degradante. Se lo combate expulsándolo de uno mismo si aparece; se lo combate extendiendo la base social de que proviene el estudiantado, para posibilitar el acceso a la Universidad de estudiantes provenientes de medios rurales o alejados de los centros universitarios, y de estudiantes de grupos sociales de escasos recursos económicos; y se lo combate llevando a esos ambientes, dentro del área de cada Universidad, la cooperación que pueden prestar los universitarios para coadyuvar a su elevación y mejoramiento social. El "presalario" ensayado en algunos países, las becas, las organizaciones de asistencia social, son distintas soluciones al segundo problema, en tanto que la extensión universitaria es la adecuada respuesta al tercero.

Vivimos en un país de incuestionable sentido republicano; aspiramos fervientemente a la democracia; carecemos de tradiciones que autoricen la formación de grupos aristocratizantes; y sin embargo nos falta un arraigado y vibrante sentido social. Es este un dato para conocernos, que acaso explique algo de lo que nos ha ocurrido, porque somos muchos los argentinos que creemos merecer lo que las circunstancias de la realidad nos han otorgado, y muchos los que juzgamos que también se merecen su situación aquellos que deben luchar denodadamente en la estrechez o en la miseria. No es misión de la Universidad resolver tales problemas en su totalidad, pero la Universidad debe ser el principal reducto para la defensa de todos los derechos, para la lucha contra la injusticia y para el estudio de las soluciones que tales problemas necesitan. Y el primero entre todos es que la Universidad misma no se organice sobre un principio de injusticia social.

Quizá no falte quien repita una vez más que la introducción de tales problemas en la vida universitaria constituye un atentado contra la imperturbabilidad que requiere el estudio. No hagamos caso, porque tal reflexión es la del fariseo de todos los tiempos. No hay saber sólido si la conciencia en que se aloja es éticamente deleznable. Tampoco hagamos caso a quienes temen demasiado a lo que se ha dado en llamar la intromisión de la política en la Universidad, porque suelen ser ellos los que la han introducido, y en su provecho, y se resisten a que se denuncien los males que ha creado una política reaccionaria y de camarillas a lo largo de muchos años. Sólo los reaccionarios son apolíticos. Y me atrevo a decir que si no existieran situaciones creadas o por crearse en la Universidad, si no existiera la tendencia a asegurar el control por parte de ciertos sectores interesados, no se suscitarían esos clamores en demanda de honradez y justicia que luego suelen ser estigmatizados por los espíritus conformistas.

Otra cosa es que se introduzca la política partidaria en la Universidad, donde nada tiene que hacer, excepto en la medida en que —como es de desear— tengan todos los ciudadanos posición tomada frente a los problemas de la república, y entre ellos los estudiantes, los graduados y los profesores. Esa política partidaria es nefasta en la Universidad. Pero la política de las ideas, de las grandes corrientes de pensamiento que pugnan en el mundo de nuestros días, no sólo es legítima sino necesaria; y si alguna vez la polémica degenera en alboroto, también es de fariseos atemorizarse más de la cuenta, porque sólo se defiende lo que se ama, y sólo se ama lo que se defiende.

Jóvenes estudiantes, conciudadanas y conciudadanos:

Hago votos para que esta celebración de la Reforma , en el día de la Universidad Nueva, señale la fecha inaugural de la etapa de renovación que hemos esperado durante tanto tiempo. Que en adelante la lucha por la libertad y por el triunfo de la democracia y la justicia no exija de los universitarios más esfuerzos y sacrificios que los que son requeridos a los demás ciudadanos.

Hago votos para que nos sea dado comenzar, en un país libre la construcción de la Universidad Nueva, de espíritu libérrimo; la Universidad del deber, donde la competencia sea por el sacrificio mayor, por el esfuerzo más tenaz, por los frutos más sazonados en la cosecha de la verdad. Que profesores, graduados y estudiantes coincidan en este designio de servir con fidelidad al país, a la justicia y a la verdad.

Hago votos para que la Universidad argentina sacuda la molicie que la carcome, y para que adopte como lema el obstinado rigor que Leonardo preconizaba como regla para los trabajos del espíritu. Que en ello, más que en cosa ninguna, resida el secreto de la Universidad Nueva. Porque los tiempos son duros y las tinieblas impenetrables para quien no ha templado sabiamente la espada del espíritu.












Fuente: Romero, José Luis. "La Reforma Universitaria y el futuro de la Universidad Argentina". Discurso pronunciado en el acto del 15 de junio de 1956, reproducido en: Federación Universitaria de Buenos Aires, 38° aniversario de la Reforma, Buenos Aires, 1956.
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miércoles, 31 de mayo de 2017

Mario Seoane: "FUBA y Revolución" (14 de marzo de 2012)

Al regreso de Europa me esperaba en Buenos Aires un clima de descontento estudiantil, con medidas del Ministerio de Educación y la falta de libertad en el gobierno de Perón. A comienzos de 1951 fuimos invitados a varias reuniones en las que convergían militares, políticos, algunos sindicalistas y dirigentes estudiantiles, agrupados en la Federación Universitaria de Buenos Aires, conocida por FUBA. Se conspiraba y se hablaba de revolución. Nuestro Centro de Estudiantes era vigilado por policías en la puerta y agentes de civil que presenciaban, sin ser invitados, nuestras reuniones y asambleas. La FUBA decidió crear un comité secreto de emergencia para conducir la acción estudiantil del cual formé parte por mi militancia y por ser presidente del Centro de Estudiantes de la Facultad de Derecho.

La comisión directiva que yo presidía la integraban grandes compañeros que después fueron eminentes argentinos, como el historiador Félix Luna, el embajador Roberto Etchepareborda, Alcides Pérez Gallart, Milo Gibaja, Edmundo Eichelbaum, Issay Klasse y otros. Eichelbaum fue el último de ellos con quien estuve conversando, en la madrugada del día anterior a la fuga. Issay despertó mi gusto por la música clásica, haciéndome escuchar en su casa “Tocatta y Fuga” de Bach” y me descubrió al gran pintor Petorutti mostrándome y describiéndome un cuadro que colgaba en su habitación.
La picazón de la política me ocupaba y absorbía. Éramos estudiantes de diversas ideologías: pero mayoría de centro-izquierda: radicales, socialistas, demócratas, comunistas e independientes. Estaban próximas las elecciones de 1946 para presidente de la república y la opinión se polarizaba entre la coalición de la Unión Democrática con la formula Tamboríni-Mosca y el surgente general Perón con un viejo radical, converso, que tenía el pintoresco nombre de Hortensio J. Quijano, como vicepresidente.

A pesar que la Unión Democrática contaba con el apoyo de los diarios y las radios, (aun no había televisión) Perón, triunfó. Tanto era el deseo de cambio que tenia la gente en Argentina.

El gobierno de Perón había encarcelado al diputado nacional Ricardo Balbín, presidente de la Unión Cívica Radical, el más importante partido opositor y al cual yo pertenecía. Organizamos un agresivo reclamo, pidiendo su libertad, coordinando actos “relámpago” en esquinas importantes del centro de la ciudad, a las que nos citábamos y convocábamos secretamente. Entonces todavía no había internet ni emails. Cuando llegaba la policía, nos dispersábamos rápidamente mezclándonos con los transeúntes. Poco tiempo después Balbín fue puesto en libertad. Me sentía un revolucionario. Muchos años después leí:

“Si a los 18 no eres revolucionario, no tienes corazón, pero si a los 40 sigues siendo revolucionario, no tienes cabeza”

Cuando murió Perón, Balbín dio una lección de grandeza al despedirlo en nombre de la Unión Cívica Radial, dijo- “Un viejo adversario viene a despedir a un amigo”.

Cuántos amaneceres nos encontraron en la mesa del café de Las Heras y Pueyrredón, conversando, discutiendo y planeando para una mejor Argentina y un mundo feliz. A veces venía a la mesa algún político de los que admirábamos como el reformista Gabriel del Mazo. Los escuchábamos con atención, en largas noches de connivencia intelectual.

Avanzaba la conspiración antiperonista. La primera reunión del comité de emergencia de la Federación Universitaria Argentina fue en la ciudad de Córdoba, histórica cuna de la Reforma Universitaria. Por unanimidad decidimos sumarnos al movimiento revolucionario que, ya sabíamos, sería encabezado por el General Menéndez.

El Dr. Miguel Ángel Zavala Ortiz, diputado nacional que después fue Ministro de Relaciones Exteriores, era uno de nuestros contactos políticos. Nos pidieron organizar una volanteada masiva en varios pueblos del gran Buenos Aires, simultánea con otras acciones de grupos antiperonistas y los gremios ferroviarios en huelga. Salimos una noche fría de principios de agosto de 1951 en el automóvil de José Luis Azarola Saint, hijo del agregado cultural de Uruguay en la Argentina. En el grupo, además de Azarola, venían Félix Luna, Felipe Lunardello y Emilio Gibaja.

Cruzando la estación de tren de José Luis Suarez en los alrededores de Buenos Aires, nos sorprendió la policía. Pudimos escapar pero, alcanzaron a tomar el número de la chapa del auto. Pronto descubrieron a quien pertenecía. Esa misma madrugada la policía allanó la casa de Azarola. El episodio terminó con la carrera diplomática del papá de mi compañero que era un gran señor al que yo admiraba y sentí mucho haberle causado ese gran disgusto. Probablemente fue uno de los primeros desencuentros entre la diplomacia de Uruguay y Argentina.

La policía obtuvo los nombres de todos nosotros; las casas fueron allanadas y todos apresados excepto yo. Cuando la policía fue a buscarme a mi casa, en Olivos, no me encontraron porque yo había ido a Avellaneda donde se reunía la convención nacional de la Unión Cívica Radical para elegir la fórmula presidencial en las próximas elecciones. Muy tarde llamé a casa para darles la noticia a mis padres de que se había elegido la formula Balbín –Frondizi y me atendió una voz extraña. 
Pensando que me había equivocado, volví a llamar y esta vez me atendió mamá con una voz temblorosa en la que descubrí que la policía ya estaba allí. Alcancé a enviarle un beso y decirle que no se preocupara y corté antes que pudieron descubrir de donde llamaba. Subí al estrado de la reunión y le informe al Dr. Ricardo Balbín. Ahí se puso en marcha toda una red de protección cuyo cerebro era el Dr. Arturo Frondizi y que ya estaba funcionando con otros perseguidos. El primer lugar de escondite fue la casa de un dirigente del partido, el Dr. Ricardo Berri, conocido médico en La Plata. Siguieron otros domicilios de inolvidables amigos como Bernardo Larroudet, Mariano Wainfeld y Alberto Candiotti, De un lugar a otro siempre me trasladaba Raúl Gargione, el valiente y fiel chofer de Frondizi. A todos ellos, mi recuerdo y mi homenaje.

Tuve orden de captura desde el 2 de agosto de 1951 hasta febrero de 1954 en que fue levantada por el juez federal Francisco Menegazzi.

Mi situación se agravó porque mis compañeros detenidos, ante las presiones y torturas, se pusieron de acuerdo para asignarme a mí la mayor responsabilidad del hecho.

Hicieron muy bien, pero eso agravó mi situación y me buscaban con ahincó.

Ante el peligro de mi apresamiento, Frondizi decidió que me fuera al Uruguay. El primer paso fue viajar a Entre Ríos. Lo hicimos junto a otro compañero de los grupos antiperonistas, Julio Passerón, estudiante de 5º. Año y dirigente estudiantil de la Facultad de Filosofía y Letras. Llegamos a la ciudad de Paraná donde nos recibió el hermano del diputado nacional Raúl Uranga. Nos llevó por una noche a una quinta en las afueras de la ciudad y al día siguiente pasamos a manos del senador provincial Dr. Emilio Poitevín quien nos ubicó en una chacra en Villaguay, pequeña ciudad en la costa del rio Uruguay.

Ya habían pasado dos semanas desde que comenzaron mis peripecias y seguía vestido de político, con traje y sobretodo azul, camisa blanca, que ya era gris y medias, zapatos y sombrero negros. Lo menos apropiado para esas peripecias. Un día, caminamos hasta un pequeño arroyo cercano, nos desnudamos, lavamos toda la ropa y la tendimos al sol. Que ridículos pareceríamos atravesando el campo con esa arrugada ropa ciudadana.

Dormíamos bajo un techo de chapas, sin paredes. Los murciélagos, volaban raudos, a nuestro alrededor toda la noche.

El dueño de la chacra, don Cristóbal Nogueira, era hombre de campo, entrerriano de pura cepa A Julio y a mí nos gustaba conversar con ese viejo radical. En nuestro aburrimiento, empezamos a notar que el castellano de don Cristóbal tenía visos un poco clásicos, era casi un castellano antiguo y había cierta musicalidad en sus frases lacónicas. Era un campesino y un señor.

Una mañana, don Cristóbal nos despertó con una rosa en cada mano, de parte de su mujer. Nos pedía disculpas, pero quería que nos fuéramos porque estaba en plena menopausia, muy nerviosa y asustada por nuestra presencia. Un poco avergonzado, nos llevo en su viejo sulki a otro destino en nuestra fuga. Era una pequeña casilla en la costa del rio Uruguay, refugio de pescadores cuando había mal tiempo. Teníamos unas latas con salchichas, unas galletas y un bidón con agua. Como en casi todos nuestros escondites, el ir al baño era siempre a cielo abierto, en pleno campo .Ya nos habíamos acostumbrado.

La tercera noche llovía fuerte cuando alguien golpeó la puerta. Era Ramón, el pescador a quien le habían encomendado que nos cruzara a Uruguay. Nos dijo que esa noche era la oportuna porque con la tormenta sería más fácil eludir la vigilancia de las lanchas de la prefectura argentina. Embarcamos en su bote isleño, con casco en forma de V y Ramón nos hizo acostar en el fondo, angosto y mojado.

Silenciosamente, empezó a remar hacia la vecina orilla. Cada vez que la pala del remo salía del agua, el viento desparramaba el agua que empapaba cada más mi traje y mi sobretodo.

El pescador remaba en sesgo para enfrentar la fuerte corriente que lo tiraba río abajo. El ancho del río era de unos ochocientos metros pero tardamos más de una hora en la travesía. La oscuridad era total, nos manteníamos en silencio, no sé si porque nos los había pedido Ramón o porque el frío nos enmudecía. No recuerdo si en algún momento, durante el cruce, tuvimos miedo. Creo que no.

Al fin llegamos a unos juncales que anunciaban la costa uruguaya. Nos aprestábamos a desembarcar cuando alguien nos día la voz de alto. Una sombra corpulenta con botas y escopeta preguntó quiénes éramos y que hacíamos. Ramón, tranquilo, le explicó que veníamos de parte del Sr. Nogueira y que éramos jóvenes estudiantes argentinos que buscábamos refugio Entonces la sombra se hizo hombre y nos dio la mano con una cordial bienvenida que nos sonó a gloria. Así nos recibía Uruguay! Nos explicó como cruzar el campo para llegar a la carretera principal. Nos despedimos agradecidos del valiente Ramón y le prometimos un corderito al hombre de la escopeta. Era de madrugada, pero aún oscuro.

Empezamos a caminar por el campo, sorteando pozos y zanjas, cruzando alambrados y esperando que los perros que ladraban a lo lejos no vinieran hacia nosotros. Al fin llegamos a la carretera. Lo primero que hicimos, temblando de frío, fue despojarnos del saco y el sobretodo y retorcerlos tratando de enjugarles el agua, sin mucho éxito, pero igual volvimos a vestirnos. Otra vez nos pusimos a caminar con la esperanza de encontrar un lugar donde secarnos y tomar algo caliente. Después de larga caminata que nos ayudó a entrar en calor, llegamos a un típico boliche del camino. Nos miraron con extrañeza y nos dijeron que estábamos cerca de la ciudad de Paysandú. Nos lavamos y arreglamos lo mejor posible y nos sentamos a descansar mientras saboreábamos con fruición un café con leche con galletas .Estábamos felices, nos sentíamos seguros y en tierra amiga. Yo nunca había estado en Uruguay. Sentíamos una mezcla de júbilo, esperanzas y curiosidad.

Por suerte Julio tenía algo de dinero uruguayo lo que nos permitió pagar al bar y tomar un ómnibus de la empresa COT hacia Montevideo. Fueron varias horas en las que no pude dormir por la excitación y la alegría que me embargaba. Llegamos a la estación terminal, en una simpática plaza que se llamaba Cagancha y preguntamos donde quedaba el Departamento de Policía.

Nos habían aconsejado que nos presentáramos de inmediato para solicitar asilo político. Fuimos atendidos de inmediato y muy amablemente, por un oficial cuyo nombre nunca olvidé: Cunningham, director del departamento de inteligencia, un señor! Unas horas después salíamos de la policía con cedula de identidad y residencia autorizada. Qué diferencia con la policía del otro lado del rio. De contentos parecía que teníamos alas en los pies. Éramos libres.

El pensamiento de nuestros padres y seres queridos, así como el de nuestros queridos compañeros encarcelados y torturados nos había acompañado siempre. Y ahora, desde Montevideo podríamos hablarles y tranquilizarlos sobre nuestro destino y paradero.
Julio habló a su casa y yo a la mía, enterándonos que los esbirros de la policía todavía estaban en nuestros hogares. ¿Hasta cuándo?

Tomamos contacto con los uruguayos. No los conocíamos. Parecían argentinos, pero eran más discretos y amables. Nos abrían los brazos, con generosidad y sin preguntas.
Traíamos instrucciones de contactar a mi colega, el presidente el centro de estudiantes de derecho de la Universidad de Montevideo. Nos encontramos en un café frente a la facultad, con Claudio Williman, un rubio alto y jovial quien fraternalmente nos ofreció toda su ayuda. Nos acompañó a Radio Carve, para cuyo dueño yo traía una carta de presentación, mojada, pero aún legible. Era del padre de mi amigo, el gordo González Zaín, dirigente de la Asociación Interamericana de Radiodifusión, para su par Raúl Fontaina. Fue otro recibimiento cálido y muy predispuesto. Nos presentó al subdirector de la radio, quien luego sería buen amigo, Enrique De Feo. Café por medio, hizo llamar a otro argentino, Augusto Bonardo quién ya estaba trabajando de locutor y productor en la emisora y le pidió que con la gran experiencia que traía de Radio Splendid argentina me preparara para trabajar en la radio. Mi compañero de ruta, Julito Passerón, pensaba dar clases de inglés y francés que dominaba a la perfección. Todo lo que estoy contando sucedía durante nuestro primer día en Montevideo.

Bonardo nos llevó a la pensión donde él vivía, en la calle Rio Branco, justamente al lado del consulado de la República Argentina. Alquilamos una habitación, con desayuno, almuerzo y cena incluidos. Radio Carve nos salió de garantía porque no teníamos dinero. El desayuno era café con leche, pan y manteca y arroz con leche; el almuerzo, ensalada, algo más y arroz con leche. A la noche, una entrada y arroz con leche. Creo que comí arroz con leche para toda la vida.





Fuente: FUBA  y Revolución de Mario Seoane “Memorias de una larga vida”, 14 de marzo de 2012.
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lunes, 8 de febrero de 2016

Fundación 5 de octubre de 1954: "Reforma Universitaria IV" (23 de agosto de 2002)

Pese a que el profesor Kohn Loncarica ya dio una respuesta por demás explicativa de los errores y falacias vertidas en la carta del señor Novillo Saravia, publicada el 24 de julio último, en representación de la Fundación 5 de Octubre de 1954, entidad formada por ex militantes universitarios que dirigieron la FUBA entre 1945 y 1956, solicitamos al señor Director la publicación de esta nueva carta para una más amplia aclaración.

1) La reforma universitaria de 1918 puso fin a que la Universidad pública se rigiera por principios sectarios que excluía la libertad de cátedra y a que la conducción de las altas casas de estudio, como también a que el acceso a la cátedra surgiera de un círculo cerrado y elitista, o que formara parte del patrimonio personal de algunos pocos y, por lo tanto, objeto de herencia.

2) Que a partir del 18 las universidades argentinas iniciaron su período más brillante basados en la libertad de cátedra, los concursos abiertos para la designación de profesores y, fundamentalmente, a la investigación como objetivo central de la actividad académica.

3) Que el golpe militar de 1943 y luego el peronismo, interrumpió ese proceso y que para beneplácito de algunos nostálgicos, reimplantó en la universidad argentina las viejas prácticas que tanto daño le hicieron.

4) Que fue en ese período en el que se introdujo el ingreso irrestricto para el acceso a la universidad acelerando su proceso de decadencia y lo que es más repudiable, con el objetivo de destruir la férrea oposición estudiantil mediante su "popularización".

5) Mal pueden los estudiantes gobernar la Universidad o las facultades cuando su participación en el Consejo Superior es del 25 por ciento.

6) Que fueron los regímenes militares y populistas los que interrumpieron la autonomía universitaria instalando su visión totalitaria de la educación, seguramente para satisfacción de los nostálgicos de la época prerreforma como el señor Novillo Saravia.

7) Que cuando en septiembre de 1955, caída la dictadura peronista, los dirigentes de la Federación Universitaria de Buenos Aires entregaron la Universidad a las autoridades designadas por el nuevo gobierno, encabezadas por el rector José Luis Romero, se instaló nuevamente la autonomía universitaria, la libertad de cátedra, los concursos, la investigación y la vida democrática dentro de ella.

Nació en ese momento una de las épocas de excelencia en la vida universitaria, llevada a cabo por los rectores que continuaron la obra de Romero: el doctor Risieri Frondizi y el ingeniero Hilario Fernández Long.

Lamentablemente, una nueva dictadura, la de Onganía, arrasó con esta magnífica obra, en la famosa "Noche de los bastones largos", sumiendo a la Universidad en el oscurantismo y la decadencia.

8) En resumen, han transcurrido 84 años desde la reforma universitaria y, sin lugar a dudas, ha sido en las oportunidades en que se avasalló su autonomía en los que se produjeron los verdaderos atrasos en la evolución de la Universidad. Es cierto que la "partidización" en la vida universitaria es un mal que es preciso erradicar, pero este fenómeno no forma parte del ideario reformista fundacional, sino una errónea actitud de dirigentes estudiantiles alentados por sus respectivas aspiraciones políticas. Pero también es cierto que los principios rectores de la reforma tienen plena vigencia y que, en definitiva, son los hombres y mujeres que acceden a la universidad los que deben saber respetarla.

El intercambio de opiniones, que siempre clarifican, a partir del excelente artículo del doctor Roberto Nicholson, "El maestro de la Facultad de Medicina", publicado en LA NACION el 28 de mayo último, nos posibilita que la opinión pública se prepare para luchar por una educación de excelencia única fuente del engrandecimiento de un país.

Emilio A. Gibaja Alberto Gellon Manuel Corchon Roberto Almaraz Elena Rodríguez Jorge Albertoni Gastón Bordelois Jorge Garlan Rómulo Zemborain 







Fuente: Reforma Universitaria IV por Emilio Gibaja Presidente de la Fundacion 5 de octubre de 1954 en Carta de Lectores de La Nación, 23 de agosto de 2002.

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lunes, 1 de febrero de 2016

Risieri Frondizi: "La Libertad no basta" (21 de septiembre de 1955)

Escaseo tanto la libertad política en estos diez años que llegamos a convertirla en el fin último de nuestras vidas. Pero cuando parece ponerse al alcance de nuestra mano, advertimos que tiene, en el fondo, un carácter instrumental. Muchas veces se ha dicho que ella es el oxigeno que permite nuestra existencia. En efecto, no se puede vivir sin respirar; tampoco se puede vivir espiritualmente sin libertad. Pero no cometamos el error lógico de identificar los dos términos: respiramos para vivir, pero no vivimos para respirar.

Lo mismo sucede con la libertad. Necesitamos de ella para poder vivir espiritualmente, pero no podemos reducir nuestra vida espiritual al puro goce de la libertad. En un principio podemos desahogarnos y usar —y abusar— de ella. Queremos compensar con gritos el tiempo que tuvimos la voz apretada en la garganta. Cuando nos desahoguemos, sin embargo, tendremos que reconocer que la libertad no era nuestro fin; que luchábamos por ella porque nos faltaba, como lucha quien se asfixia por el oxigeno que necesita para sobrevivir.

¿Que haremos con la libertad, ahora que la tenemos? ¿Que haremos, además de atrincherarnos, para no perderla jamás? ¿Que haremos además de luchar para que esta libertad la gocen todos los pueblos de todas las rasas y de todas las latitudes?

Hay que dar a la libertad un sentido positivo. No podemos haber combatido por ella para pasar luego el resto de nuestras vidas sentados cómodamente a la sombra de un árbol. La libertad no puede consistir en la falta de restricciones. A la libertad negativa —por la que hemos luchado tanto tiempo— debe seguirle la libertad positiva, que no es otra que la libertad creadora.

La libertad adquiere sentido en la obra creadora. En el momento actual argentino la creación será, fundamentalmente, reconstrucción. Y la reconstrucción debe comenzar en el plano de la conciencia. Diez años de dictadura demagógica, de cinismo, de morboso deleite de negación de la cultura y los valores espirituales, exigen, ante todo, una delicada tarea de reconstrucción moral y educacional, y una toma de conciencia de los niveles de la reconstrucción.

No hay duda que habrá que reconstruir la economía, la organización política y jurídica, el prestigio internacional, y que la tarea deberá extenderse a muchos otros campos. Pero debe atenderse, primordialmente, a la conciencia moral. No solo porque la conciencia moral ocupa un rango superior, sino porque a ella es que la dictadura ha dañado mas profundamente. Con la predica y con el ejemplo, Perón y sus imitadores convirtieron al éxito en el fin ultimo de la vida. No importaban los medios ni los principios; lo importante era el objetivo. Y el objetivo era claro: aumentar las propias riquezas materiales. Perón y Jorge Antonio eran los símbolos que debía seguir la juventud. Y muchos hombres y jóvenes se lanzaron por esa ruta. Que no todos los argentinos teníamos el mismo ideal de vida lo prueba el fin del régimen. Y la resistencia, publica y clandestina, durante diez años. Pero la manzana putrefacta ha contaminado muchas otras. De ahí la necesidad de la reconstrucción moral y educacional.

No basta señalar el hecho desde luego. No se puede iniciar, sin más, la reconstrucción deseada. Es una obra delicada y lenta. Muy poco se parece a la reconstrucción de los edificios quemados o derrumbados por la dictadura. Se parece mas al cultivo de una flor que a la reconstrucción con hierro y cemento. La conciencia es un elemento vivo y hay un aliento interior que la anima. A ese aliento interior —y no a las formas exteriores— es que hay que atender primordialmente.

Porque el camino es largo hay que ponerse inmediatamente a la tarea. Pero no basta con proponérselo. Tampoco bastan las buenas intenciones, el patriotismo y el desinterés.

Son elementos necesarios — imprescindibles— pero no suficientes. Antes de iniciar la labor habrá que despejar la mente de errores, prejuicios y mal entendidos.

En primer lugar, la reconstrucción no significa —no puede significar— el regreso a la situación anterior. No se corrigen las cosas volviendo atrás el reloj de la historia. No puede volverse a un punto anterior: la historia es irreversible. Y si se pudiera, ¿desearíamos volver a tal situación? No, desde luego. Si las ideas y valores de entonces fueron incapaces de solucionar los problemas de ayer, con mayor razón serán incapaces de solucionar los problemas de: hoy y de mañana.

Tampoco se puede reconstruir la vida moral y cultural de un pueblo afirmando mecánicamente lo contrario de lo que sostuvo y practico el régimen que repudiamos. Si así fuera, la reconstrucción seria muy sencilla. Bastaría cambiarle de signo a todas las ideas y valores y tendríamos una carta de navegación perfecta. Si sabemos que eso es falso, ¿por que nos empeñamos, durante tanto tiempo, en defender lo opuesto a lo que sostuvo el régimen que combatimos? ¿Acaso una idea noble y fecunda se convierte en vil y despreciable cuando la sostiene nuestro enemigo? Hay que tener la valentía de reivindicar las ideas, y aun las palabras, que pueda haber envilecido la boca que las pronuncio.

La reconstrucción es muy complicada, tremendamente complicada. No podrá ser la obra de un remendón. Se puede tapar un agujero solo cuando la barca navega sin dificultad; no cuando hace agua por los cuatro costados. No podrá ser tampoco una reconstrucción verbal: no basta llenarse la boca con grandes palabras para corregir el mal. Toda reconstrucción seria, responsable y permanente, debe guiarse por una brújula teórica.

La brújula tendrá que ser fundamentalmente axiológica. ¿Como podría intentarse una reconstrucción de la vida moral y cultural de un pueblo si no se tiene una idea clara de los fines hacia los cuales se tiende? Y es evidente que los fines se sustentan en valores.

¿Adoptaremos un sistema rígido de valores sancionados por la religión, la tradición cultural o la costumbre? O preferiremos dejar librada la escala axiológica a las vicisitudes de la historia, a los vaivenes de la política, la conveniencia o el gusto del tiempo, ¿Que criterios usaremos para determinar esa escala axiológica? ¿Donde iremos a buscar el fundamento de los valores? ¿Que haremos para que se incorporen a la vida moral y cultural de nuestro pueblo? ¿Como le aseguraremos una vida permanente?

Estos y otros muchos problemas axiológicos teóricos y prácticos, habrá que plantearse y aclarar antes de meter mano en la realidad concreta que enfrentemos.

No creemos oportuno intentar aquí la exposición de una teoría axiológica completa, en la que estamos trabajando desde hace varios años. Queremos tan solo afirmar —en estas notas apresuradas que dedicamos a la noble juventud argentina— la necesidad de una sana teoría de los valores para que la reconstrucción moral y cultural tenga sentido y permanencia, y no se realice a tropezones o improvisadamente. No esta en nuestro animo la creencia de que debe adoptarse una supuesta teoría absoluta de los valores, como las que proponen ciertas organizaciones religiosas o filósofos un tanto dogmáticos que confían exageradamente en la infalibilidad de la intuición, sea emocional o eidética.

Creemos que la axiología actual ha superado la reacción al subjetivismo que representa la monumental axiología de Max Scheler —y la de Nicolai Hartmann— divulgada en el conocido articulo de Ortega y Gasset sobre los valores. Tal afirmación no debe entenderse, desde luego, como una adhesión al subjetivismo axiológico. Ni subjetivos ni objetivos —o ambas cosas a la vez—, los valores tienen realidad y sentido dentro de una situación humana, concreta, real histórica. No en un mundo supra-empirico, donde resulta fácil construir una teoría, puesto que no hay hecho que pueda desmentirla.

Cuando enfrentamos la teoría axiológica con el deseo de orientar una obra de reconstrucción concreta, es que resulta más necesario tener los pies bien sentados sobre la tierra en que vivimos. No hay que confundir, sin embargo, la tierra —noble y firme— con el fango. Y no olvidar que el contacto directo con el suelo que nos sostiene no impide que mantengamos la vista puesta en el cielo.

La necesidad de fundar la reconstrucción moral y educacional de una sana teoría axiológica muestra la intima conexión que tiene la filosofía con los problemas concretos de la vida. La filosofía genuina es, al mismo tiempo, una forma de conocimiento y un modo de vida. Ambos aspectos son inseparables. Se desea conocer para poder actuar de acuerdo a los principios descubiertos. Sócrates es el ejemplo máximo. La historia de la filosofía esta llena de ejemplos menores. Desmienten nuestra afirmación tan solo aquellos profesores de filosofía que se refugian en el mundo de las ideas para ocultar su fracaso, o su cobardía, en el mundo de los hombres. Cuando la filosofía "vuelve la espalda a las angustias y dolores del hombre no es autentica filosofía" —escribimos hace nueve años, cuando la dictadura nos despojo ilegalmente de nuestras cátedras. "Es vana y estéril preocupación de doctor de salón, de académicos con alma desecada, de intelectuales que juegan con las ideas y que, por cobardía o por ceguera, hipostasian un mundo celeste donde poder refugiarse sin compromisos cuando la realidad contraria sus profecías o deseos. No; la teoría filosófica no puede volver la espalda a la realidad. Si lo hace, es mala teoría, juego intelectual, entretenimiento de salón con nombre griego"

(Cfr. Realidad universitaria y teoria filosofica, pagina 3).

Que lo recuerden los jóvenes estudiantes de filosofía que mañana tendrán la responsabilidad, no solo de enseñar filosofía en las aulas, sino de orientar, con la palabra y con el ejemplo, las conciencias a veces vacilantes de la juventud.












Fuente: “La Libertad no basta” por el Dr. Risieri Frondizi publicado en Revistas del Centro de Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras, septiembre de 1955.
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jueves, 13 de febrero de 2014

Emilio Gibaja: "Homenaje a Aaron Salmun Feijoo"(4 de octubre de 2000)

Hace 55 años, el 4 de octubre de 1945, era asesinado por la dictadura que gobernaba el país el estudiante de Ciencias Exactas Aaron Salmun Feijoo, saliendo de su facultad.
Fue el primer mártir del movimiento universitario.
Los que fueron sus compañeros en la lucha en defensa de los valores pisoteados y degradados en esa década, educación, cultura, ética y, sobre todo, libertad, lo recordamos como un símbolo de la resistencia a la tiranía y un ejemplo por seguir.
Por ello, sus amigos, sus compañeros y todos los que se identifican con la lucha permanente por la Universidad, la República y la democracia le rendiremos un justo homenaje, descubriendo una placa en su honor el miércoles 4 del actual, a las 20, en Perú 270. (1)
No conocí a Salmún Feijóo pero su nombre fue un símbolo y nos empujaba a continuar la lucha. Murió defendiendo la autonomía universitaria y la República, cuando el nazifascismo derrotado en Europa se expandía en la Argentina. (…) la dictadura que pisoteó la educación, la cultura, la libertad, cayó diez años después, sumida en el repudio de toda una nación. (2)




















Fuente:

1- Carta de Lectores del Diario La Nación del 4 de octubre de 2000.
2- Diario La Nación "Evocaron a un universitario asesinado" del 9 de octubre de 2000.
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