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miércoles, 3 de marzo de 2021

Deodoro Roca: “¿Que es la Reforma Universitaria?” (15 de junio de 1936)

1. ¿Puede usted decirnos lo que fue la reforma universitaria?

Fue — es—, el movimiento de juventud más rico y germinativo de América Latina desde su emancipación política. Entronca con ella.

Sin duda, como se ha dicho tantas veces para filiarlo, tuvo en sus comienzos un contorno pequeñoburgués. ¿Y qué? Lo importante es que ha sido una cosa fluente y viva. Hay grandes ríos que comienzan en un ojo de agua.

La reforma comenzó siendo una discusión en torno a la penuria docente de unos cuantos maestros pintorescos, pedantes y dogmáticos, que cobraban remontada expresión en la universidad colonial de Córdoba. En la universidad de 1918 atizaba el fuego un fraile.

En la de 1936, la sección especial de la Policía de Buenos Aires, la ojran a argentina.

El estudiante de 1918 tenía frente a sí las “cóleras divinas” : excomunión y anatema. Entonces herían, estremecidas, las campanas. El estudiante de 1936 tiene frente a sí la sección especial y la cárcel de Villa Devoto.

El problema universitario se ha tomado, para el estado, en problema de policía. No interviene para solucionarlo el ministro de Instrucción Pública, sino el de Interior. Es ya, para quienes orientan la instrucción, ante todo, problema de policía, y de policía especial. En la “cuestión” universitaria hay un elemento nuevo: la Ley de Residencia 4.144. Y otro más: la finanza internacional.

Jueces, policías y banqueros señorean la universidad plutócrata de 1936, cuya penuria docente sigue siendo la misma de 1918. Acaso ahora más “tóxica” que antes.

2. ¿Puede usted decirnos lo que no alcanzó, o no pudo ser?

La reforma fue todo lo que pudo ser. No pudó ser mas de lo que fue, en drama y actores, ¡Dio de sí, todo! Dio pronto con sus límites infranqueables. Y realizó un magnífico descubrimiento. Esto solo la salvaría: al descubrir la raíz de su vaciedad y de su infecundidad notoria dio con este hallazgo: “reforma universitaria” es lo mismo que “reforma social”.

Sin reforma social no puede haber cabal reforma universitaria. En la memorable lucha, la universidad fue para la juventud una especie de microcosmos social. Descubrió el problema social. Y ligado a su dramático destino. Bien pronto advirtió que estado, sociedad, universidad, se alimentaban de la misma amarga raíz. Y los mismos mandos. Las mismas manos manejando los mismos compases. Lo que empezó como defensa contra la toxicidad de los malos maestros, y afán oscuro y torpe de “reformar” el “sistema educacional” que los “hacía posibles”, se convirtió al cabo en proceso al sistema social, que es de donde arranca la dogmática, la regresión y la penuria de la universidad de entonces, y —más visiblemente aún— de la de ahora.

Ese sentido tienen las vicisitudes del movimiento reformista, que ha dado con sus límites y los ha rebasado, también. Los guardias de asalto del capitalismo y los cuadros del ejército custodian la universidad donde la ciencia se empobrece y la pobreza espiritual cobra rango.

Pero la juventud va adquiriendo —merced a este movimiento fluente y vivo—, mayor conciencia de su destino, y escoge mejor los medios de realizarse. Aquel movimiento pequeñoburgués y romántico de 1918 es hoy un movimiento social caudaloso y profundo.

Está ganando el mundo juvenil, pues hoy la juventud comprende bien que no puede haber reforma educacional “a fondo” sino con reforma social también a fondo.

3. ¿Puede usted decirnos lo que es?

Fue un camino provinciano que “iba” a dar un maestro. Buscando un maestro ilusorio se dio con un mundo. Eso "es” la reforma enlace vital de lo universitario con lo político, camino y peripecia dramática de la juventud continental, que conducen a un nuevo orden social. Antes que nosotros lo adivinaron, ya en 1918, nuestros adversarios. El “puro” universitario —se dan todavía algunos, mediocres y canijos—, es una cosa monstruosa. Todo esto es más visible en nuestras universidades organizadas no en torno de los más aptos, sino de los más “próximos”.

4. ¿Puede usted decirnos lo que será?

¿...?

5. ¿Puede usted decirnos semejanzas y diferencias entre el estudiante de 1918 y el de 1936?

En 1918: pequeña burguesía liberal, encendida de anticlericalismo; vagos entusiasmos, americanismo confuso, mucha fiebre. Cercando el horizonte a manera de “decoración”, la revolución y la guerra...

Adivinaciones, rumbo...

1936: el anticlerical es antimperialista. Ha ganado en lucidez. El clerical, “defensor” de la universidad del 18, es ahora fascista. Y muchos “liberales”, también. Mucho reformismo del 18 es fascismo del 36. La pequeña burguesía ha acabado por poner su “cordón sanitario” frente a la “continuidad” de la reforma.

En 1918 el anticlericalismo daba una fácil apariencia revolucionaria. Incluso, “vestía” bien. Ahora (probablemente también entonces), la “postura” anticlerical ya no convence... ¡ni al clero! Los jóvenes del 18 eran más ruidosos y tenían más aliados. Tenían también —acaso por eso mismo— ,más capacidad de entusiasmo y más combatividad. Ahora son menos, pero más lúcidos. Entonces adivinaban. Ahora saben.

6. ¿Puede usted decirnos semejanzas y diferencias entre el profesor de 1918 y el de 1936?

Es el mismo fósil. Sólo que ahora es más joven. Y sabiendo más, le es más inútil todo lo que sabe.







Fuente: “¿Que es la Reforma Universitaria?” Respuesta de Deodoro Roca a la encuesta que él mismo promovió desde su periódico Flecha, con motivo de cumplirse dieciocho años de los episodios reformistas. Apareció en el núm. 14, del 15 de junio de 1936. El cuestionario también fue redactado por Deodoro. Contestaron, además, Julio V . González, Saúl Taborda, Jorge Orgaz, Dardo Cúneo, Paulino González Alberdi, Sergio Bagú, Alberto May Zubiría, Raúl Orgaz, Enrique Barros, Adelmo Montenegro, Tomás Bordones, Santiago Montserrat, Enrique S. Portugal, Juan Lazarte, Héctor P. Agosti (desde la cárcel), y muchos otros.


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viernes, 20 de julio de 2018

Liborio Justo: "Autopsia, funeral y gloria de la reforma universitaria” (agosto-octubre 1995)


El año 1919 (no hay error en esta fecha) después de rendir examen de ingreso, que por primera vez se implantaba, entraba el autor de este artículo en la Facultad de Medicina de Buenos Aires. Examen que había dado en medio de huelgas y una agitación estudiantil que no comprendía, y que eran el coletazo del movimiento revolucionario de la Reforma Universitaria, estallado en Córdoba el año anterior.

El año 1924, siendo alumno de tercer año, abandonaba esa Facultad comprendiendo que allí no estaba su rumbo. Pero habiendo encontrado otro más grande y más acorde con sus impulsos juveniles: el que le abrían los ideales de aquel movimiento.

Julio V. González, uno de los líderes de la Reforma y su principal expositor, lo había planteado de esta manera:

“En el año 1918 el país fue teatro de un acontecimiento extraordinario. De las aulas de la Universidad de Córdoba, que dormía un sueño de siglos tras la muralla infranqueable de su gloria colonial; surgió impetuosa una mañana de junio la juventud que se nutría en su seno. Con una irreverencia sólo justificada por la magnitud del propósito, demostró al país que aquella institución era un símbolo legendario de una época y como perpetuación anacrónica de un régimen. Y aquella juventud se lanzó a la calle. Abrió en la plaza pública y sacudió en pleno sol el infolio apolillado del estatuto universitario; esparció a todos los vientos las dolorosas verdades que surgían del entronizamiento de una vieja ideología, dijo en todas las esquinas cosas nuevas y levantó bandera de rebeldía y de ideal”.

Así surgía una nueva generación, producto, en el fondo, de tres acontecimientos capitales: la guerra europea, la revolución rusa y la llegada de Hipólito Yrigoyen al poder en 1916. Y que afirmaba su existencia exigiendo, entre otros asuntos, cosas tan inauditas como la ingerencia de los estudiantes en el gobierno de la universidad. Y, después de cruzar toda América Latina, culminaba su acción en México, en 1921, proclamando, en el Primer Congreso Internacional de Estudiantes, que “la juventud universitaria luchará por el advenimiento de una nueva humanidad”.

Esa existencia se veía confirmada por el verbo inflamado de Ricardo Rojas, quien en un discurso dado con motivo de un homenaje que se le rindió, había dicho:

“Ahora bien, ciudadanos, yo afirmo que una nueva generación espiritual ha llegado para entrar en la historia argentina... La sensación política de lo que constituye el advenimiento de una nueva generación, la tuvo nuestro país en 1837, cuando frente a la tiranía de Rosas y sus trece tenientes bárbaros y a sus legisladores serviles y a sus plebes embrutecidas, siete jóvenes poetas se reunieron para realizar sus ideales... Yo afirmo, pues, que una nueva generación he llegado y presiento que cambios fundamentales prepáranse en nuestro destino”.

Se consideraba, así, a nuestra generación como paralela a la Joven Generación de Alberdi, Gutierrez y V. F. López.

Acorde con este concepto, Julio V. González había seguido exponiendo:

“La Nueva Generación viene a levantar el espíritu y continuar la obra planteada por la generación de La Asociación de Mayo, y por intermedio de ella -sin repetirla ni copiarla- a interpretar, por segunda vez en más de un siglo, el ideal revolucionario de Mayo”. “El país entero serpia sacudido hasta los cimientos por aquella juventud con un ímpetu de rebeldía como jamás se viera en los lares de la patria… Con el tropel impetuoso y rugiente de la Nueva Generación marchando a pleno sol hacia la meta de su gran destino”.

Ese gran destino se veía confirmado por aquella exigencia de la intervención de los estudiantes en el gobierno de la universidad, que no se conocía en ninguna parte del mundo. “Nos sentíamos gigantes y haciendo la Historia”, llegó a decir un dirigente reformista.

Pero, para eso, era necesario prepararse. Así, por lo menos, lo entendía el autor, que participaba de aquellos conceptos. Empezando por fortalecer su personalidad, para lo cual fue a trabajar de peón a los obrajes del Chaco paraguayo, y realizar toda clase de experiencias, que culminaron con cazar ballenas en los mares antárticos, y renos en las montañas de Georgia del Sur.

Para conocer bien el país se incorporó, cuando pudo, a los viajes de inspección de su padre, entonces Ministro de Guerra del Presidente Alvear, y lo acompañó como miembro de la delegación argentina, cuando fue como embajador al Perú, para los festejos del centenario de la batalla de Ayacucho. Fue a Europa en busca de emociones artísticas, y, para conocer los Estados Unidos, se hizo nombrar escribiente en la Embajada en Washington, donde permaneció varios meses.

La impresión que le produjo este país fue tan intensa, que olvidó pronto todos los propósitos de reformas sociales de la Nueva Generación. La deslumbrante democracia norteamericana, en pleno período de prosperidad entonces (1926), estaba dando un modelo que llevaría al mundo a imitarla. Y su deseo era ahora regresar a ella para vivirla y conocerla bien.

La oportunidad se presentó cuando, ya cerrado todo anterior conducto con la llegada de Hipólito Yrigoyen por segunda vez al gobierno, una institución educacional norteamericana hizo realizar en Buenos Aires un concurso sobre “Ideas e instituciones de los Estados Unidos”, el vencedor obtendría una beca para trasladarse a ese país con el fin de estudiarlo durante ocho meses, y completar su trabajo que debía publicarse, finalmente, en los dos idiomas. Y, por supuesto; lo ganó.

Una vez allá realizó su trabajo con toda conciencia, manteniendo en reserva sus sentimientos antiimperialistas. Pero el contacto directo con el sentido despectivo con que allí se considera todo lo referente a la América Latina, los hizo aflorar violentamente, y habiendo concurrido al foro sobre problemas internacionales que anualmente se realizaba en la Universidad de Williams, en Williantown, Massachusset,-y que lograban amplia repercusión, al discutirse las relaciones de Estados Unidos con nuestros países y sientiéndose representante de aquella generación de la Reforma, dijo:

“Que a la Argentina no le interesaba el panamericanismo, y que se retiraría de la Unión Panamericana tan pronto como la Nueva Generación llegara al gobierno o tal vez antes”. Y que “nosotros seguiríamos nuestro camino y si alguna pretensión extranjera se interponía en él, tomaríamos las medidas para desembarazarnos de ella”.
Tales declaraciones alcanzaron repercusión hasta en la prensa diaria, y algún órgano las comentó con el título de “Cómo piensan los sudamericanos”.

Mientras tanto, en el país se había acabado la prosperidad y entraba en la época de derrumbe catastrófico iniciado con la caída de la Bolsa el año anterior, que ponía al descubierto la fragilidad de la democracia capitalista de los Estados Unidos. Mientras, se levantaba con todas sus proporciones, al otro lado del Atlántico, el desarrollo del Plan Quinquenal de la Unión Soviética.

Asimismo, en la Argentina habían ocurrido serios acontecimientos: un golpe militar encabezado por el general Uriburu, con la participación del padre del autor, había derribado al Presidente Yrigoyen, lo que provocaba su mayor repudio. Y llegado de regreso, en 1931, lo primero que hizo fue buscar reunirse con los principales dirigentes de la Reforma Universitaria para coordinar esfuerzos y contrarrestar aquel hecho.

Después de una primera tentativa frustrada, escribió a Julio V. González, a quien no conocía:

“¿No cree que ha llegado el momento de que los hombres de la Nueva Generación surjan para defender la Reforma, devolver las libertades al país y coordinar un gran plan con el cual su acción hasta ahora reducida a la Universidad, se extendiese a todas las actividades del país? La generación del 18 todavía no ha hecho su obra…Además es imposible tolerar ni un minuto más esta situación innoble en que, por primera vez desde su organización, se encuentra la sociedad argentina, y que es tan fuera de su carácter”.

La respuesta fue la siguiente:

“Estimado amigo: 

"Yo como usted y como todo ciudadano consciente de esta República, participo de las inquietudes que me revela tan noblemente su carta. La Reforma que es signo de los nuevos tiempos, ha sufrido el atropello que se esperaba, dado el carácter reaccionario del Gobierno Provisional... La Generación del 18 ha hecho su obra desde la Universidad... Tenga la bondad de venir a verme y lo informaré o lo informarán las personas con quienes yo lo puedo poner en contacto”.

La impresión recogida no podía haber sido más pobre. Además ignoraba entonces que Julio V. González, junto con otros líderes reformistas, había colaborado indirectamente con el movimiento de Septiembre, provocando, tras Alfredo L. Palacios, una agitación estudiantil que favoreció aquel suceso... Y la respuesta fue así:

“Como resultado de mi visita, he llegado a comprender que quiénes iniciaron la Reforma y la sostuvieron con su acción dentro de la Universidad, no serán los que la extiendan a todo el país y al continente en lo que significa renovación y punto de partida de una obra constructiva vastísima. No importa. Otros tomaremos esa misión, tal vez más azarosa y más difícil y, por lo mismo, más interesante. Basta que tengamos la conciencia de lo que el surgimiento de una generación como ésta representa en nuestra sociedad, para que nos sintamos impulsados a realizar las acciones más extraordinarias, como una reacción a las viejas generaciones quietistas”.

Y su pensamiento se fue desarrollando acorde con las viejas orientaciones sociales que habían guiado el primitivo camino de la Reforma. En este sentido escribió a la entidad norteamericana que le había concedido la beca, que no terminaría el trabajo a entregar porque ya no le interesaban los Estados Unidos, sino la Unión Soviética. Y se fue acercando al ideal socialista, acorde las resoluciones del Segundo Congreso de Estudiantes Universitarios, realizado en 1932, el que manifestó: 

“1°) Reconoce la crisis de la sociedad capitalista basada en la apropiación privada de la riqueza y el derecho individual; 2°) Afirma que el desorden de los actuales valores y los vicios del despotismo, la guerra, la opresión, el imperialismo, la desocupación, el pauperismo, solo desaparecerán, con el advenimiento de una sociedad ordenada por la economía colectiva y el derecho social;  3° ) Formula la ingerencia de la juventud universitaria en los movimientos reivindicadores del proletariado, colaborando con todo esfuerzo orgánico en el campo social y en el campo político por fundar las nuevas bases solidarias y colectivistas de la sociedad; 4°) Infiere que solamente en una sociedad construida de este modo e infundida por este espíritu será posible la Universidad que la Reforma ambiciona, puesta al servicio de la cultura del pueblo y no patrimonio de una educación privilegiada y aristocrática”.

Y, en una excursión a los más profundo de la selva de Misiones (otra vez de sus experiencias) con una pasión tan absorbente que iba leyendo aún sobre el lomo de la mula, se dio cuenta que ahora era militante de la Revolución Mundial. Al mismo tiempo que una conjunción de fuerzas reaccionarias, buscando utilizar el prestigio militar que aún tenía, elevaba a su padre a la presidencia de la República, colocando al autor en una situación espectacular y bien dramática, pero que no le hizo vacilar ni un segundo en proseguir el camino que le señalaba su propio destino.

Al sentar el Segundo Congreso que la Reforma Universitaria no podía realizarse hasta lograr una sociedad que permitiera una universidad reformista, ponía término al carácter progresivo de las luchas estudiantiles puramente universitarias. Había que acercarse ahora a los grupos políticos que aspiraban a esta transformación. Así lo entendió el autor, que, por entonces escribió un artículo titulado “¿Qué queda de la Nueva Generación?” en el que decía que “En la historia no hay generaciones. Hay clases sociales luchando por sus propios intereses.”

Ante el desarrollo de los acontecimientos, los líderes del movimiento del 18 adoptaron posiciones distintas, pero en desmedro de aquél. Deodoro Roca, autor del Manifiesto  inicial, que había sido declarado “numen de la Reforma”, y con quien el autor estableció una relación más estrecha, declaró en una encuesta realizada en su quince aniversario que “estamos en lo mismo” y que la Reforma había fracasado, pero olvidándose de la importancia de su protagonismo inicial, se consideró finalmente sólo un abogado profesional.

Julio V. González, que en aquella misma encuesta, sostenía que la Reforma no “había sido”, sino que “era” y estaba “viva y triunfante”. Al igual que el Partido Comunista, la fuerza dominante en la izquierda, entonces, que la había combatido en su primera etapa y ahora consideraba que era una “fuerza progresiva”.

Todo eso dio pauta para que el autor escribiera entonces, con motivo de su veinte aniversario, otro artículo en la revista Claridad, titulado “Autopsia y funeral de la Reforma”, en el que entre otras cosas, decía:

“En su primera época progresiva, el movimiento de la Reforma Universitaria alcanzó un carácter y una importancia innegable, que hizo de él, de acuerdo con el juicio de un sociólogo norteamericano de izquierda, 'el más hermoso movimiento de la historia de la educación occidental contemporánea'. Pero en la actualidad, no tiene más que un valor histórico, 'innegable y magnífico', pero imposible de resucitar”.

Y así ocurrió que quiénes sostenían la actualidad de la Reforma Universitaria, realizaron sus “grandes destinos” hundidos en la mayor decrepitud. Julio V. González, que había ingresado en el Partido Socialista, diciendo que para encarar al imperialismo inglés o yanqui sólo hacían falta “hombres honestos”, y publicando entonces un folleto en que, como diputado de ese partido, encaraba una interpelación al ministro de agricultura sobre “el precio básico del girasol” y las “bolsas para la cosecha”. Y el Partido Comunista terminará también, finalmente, apoyando la dictadura militar de Videla, el mayor genocidio y catástrofe económica que conoce la Argentina. Mientras en la Universidad, a lo largo de los años, se sucedían luchas que daban nacimiento a una multitud de supuestos líderes reformistas de menor cuantía.

Pero hoy, en que sólo queda ese inicio del 18, “innegable y magnífico”, Como decíamos en 1938, debemos sí reivindicarlo, como una de las glorias de la América Latina, el primer grito de rebeldía continental, y según expresión del cubano Julio Antonio Mella:

“En el mañana, cuando la América no sea lo que es hoy, cuando la generación que pasa hoy por la universidades, sea la generación directora, las revoluciones universitarias se considerarán uno de los puntos iniciales de la unidad del continente, y de la gran transformación social que tendría efecto”.


Liborio Justo





Fuente: “Autopsia, funeral y gloria de la reforma universitaria” de Liborio Justo (El autor de este artículo, forjado ideológica y políticamente al calor de la reforma universitaria de 1918, analiza aquí su importancia histórica apelando a sus recuerdos personales) publicado en Revista La Marea, Año 2, N°4, agosto-octubre 1995, pp. 18-20.

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jueves, 18 de mayo de 2017

Federación Universitaria de Córdoba: "Acta de Constitución" (16 y 17 de mayo de 1918)

Federación Universitaria de Córdoba

ACTA DE CONSTITUCIÓN

Resoluciones adoptadas

SESIÓN DEL 16 Y 17 DE MAYO DE 1918

Presidencia de D. Enrique Barros, Secretaría de D. Jorge L. Bazante

En la ciudad de Córdoba a los diez y seis del mes de Mayo de mil novecientos diez y ocho, reunidos en el local del Centro de Estudiantes de Ciencias Medicas los señores delegados por los Centros de Medicina, Derecho e Ingeniería, anotados al margen, se declara constituida la Federación Universitaria de Córdoba, bajo la presidencia del señor presidencia del Centro de Medicina don Enrique F. Barros y secretario actuante, siendo las 6 p. m.

Acto seguido hace uso de la palabra el señor delegado D. Horacio Valdés y pone a consideración de los señores delegados el proyecto de bases de constitución por la que se deberá regir la F.U. de C.

Se da lectura por secretaria al mencionado proyecto de bases y se aprueba en general, para entrar a su consideración en particular.

Ampliamente discutido el articulo 1°, respecto a su interpretación se resuelve aprobarlo con la aclaración previa: “Hasta tanto se sancione los estatutos definitivos de la F.U. de C. los delegados de los distintos centros de las facultadas para constituirlos adoptan las siguientes bases provisorias.

Bases provisorias de la F. U. de C.

Articulo 1°: Con el nombre de F.U. de Córdoba, constituyese una Comisión que representara conjuntamente a los Centros de Estudiantes de las Facultades existentes en la Universidad de Córdoba, para los siguientes fines:

a)      Realizar la unión efectiva de todos los estudiantes universitarios.

b)     Someter toda gestión sobre asuntos de índole universitaria a su exclusiva dirección.

c)      Representar conjunta o separadamente a los diversos centros de estudiantes y defender los intereses de los mismos y de los socios que los componen.

Artículo 2°: La F.U. estará formada por los delegados siguientes:

a)      Cuatro por cada centro, elegidos en la forma que determinen sus estatutos y

b)     Los presidentes de cada centro.


Articulo 3°: Estos últimos constituirán la “Comisión Ejecutiva” y ejercerán conjuntamente la Presidencia de la Federación.

De entre los delegados a que se refiere el inciso a, del articulo anterior, la Federación elegirá tres secretarios, uno de cada centro, y un tesorero, que al mismo tiempo será administrador alternativamente las sesiones, y no tendrán voto en la sesión que presidan; sino para el desempate.

Articulo 4°: Para que la Federación pueda sesionar es necesario la asistencia de las dos terceras partes de sus miembros, previa citación general, en cuyo caso puede hacer uso de las siguientes atribuciones:

a)      Ejecutar todos los actos conducentes a la realización de los fines para que se la instituyó y en especial aquellos relacionados con la organización universitaria, mejoramiento de los estudios, selección del profesorado, representación estudiantil en los consejos, fundación de la Casa de Estudiantes, implantación de la extensión universitaria, etc., etc.

b)     Imponer una cuota, con que contribuirán los centros federados para la formación de la caja de la Federación, la que no podrá pasar de $25 mensuales.

c)      Aprobar los Estatutos de la F.U. Argentina y nombrar los delegados a la misma.

d)     Interpretar y hacer cumplir estas bases.

Articulo 5°: La Junta Ejecutiva, en casos urgentes, podrá tomar por sí resoluciones, dando cuenta motivada en la primera reunión.

Articulo 6°: Los diversos centros conservan toda la autonomía necesaria para su régimen interno y administración de sus bienes; pero toda gestión que caiga dentro de las enunciaciones de los incisos a,b, y c del art. 1°, los centros se abstendrán de practicar, correspondiéndoles a fin de que esta los efectúe.

Nombramientos

Aprobadas las Bases se confirmó en la presidencia de la sesión al señor Enrique F. Barros y se procede a designar secretarios, resultado electos los señores Jorge L. Bazante, Ceferino Garzón Maceda y Ernesto Garzón, por los Centros de Medicina, Derecho e Ingeniería respectivamente. Nombrase tesorero de la F.U. de C. a D. Carlos Suárez Pinto.

La Gaceta Universitaria

Acto continuo, se da lectura por secretaría al proyecto presentado por el señor Barros por el cual se acepta la donación hecha por el mismo y el señor Horacio Valdés, como propietario y directores de LA GACETA UNIVERSITARIA y se declara dicha publicación órgano oficial de la F.U. de C. Por moción del señor Bazante se adopta un agregado agradeciendo su cesión. Nombrase, además director de LA GACETA UNIVERSITARIA a D. Emilio Biagosch y el proyecto presentado con las modificaciones introducidas, queda sancionado en los siguientes términos:

Atento el ofrecimiento hecho por los directores y propietarios de LA GACETA UNIVERSITARIA  de ceder dicha publicación con todos sus derechos y acciones, y sin ningún compromiso de parte de esta entidad, la Federación Universitaria.

RESUELVE

  1. Aceptase dichos ofrecimientos dándose las gracias a los donantes.

  2. Declarase órgano oficial de la Federación Universitaria a LA GACETA UNIVERSITARIA.

  3. Nombrase a D. Emilio Biagosch para que dirija LA GACETA UNIVERSITARIA y proyecto el reglamento de esa publicación.


Casa del Estudiante

Se lee por secretaría un segundo proyecto del señor Barros, por el cual se crea la Casa de Estudiante, y resultando aprobado por unanimidad, se designa para constituir la comisión que en el mismo figura a los señores Sayago, Méndez, y Nigro, quedando el proyecto aprobado en la siguiente forma:

Siendo de conveniencia de cada uno de los centros asociados y de la Federación Universitaria disponer de un local propio para las sesiones de sus cuerpos directivos y que, a la vez, reúna a todos los estudiantes, facilitando el acercamiento reciproco y, como consecuencia, una mas estrecha solidaridad, la Federación Universitaria.

RESUELVE

  1. Crease la Casa del Estudiante, como local oficial de la Federación Universitaria, de los centros asociados y de LA GACETA UNIVERSITARIA.

  2. Designase una comisión, compuesta por los señores Gumersindo Sayago, Luis Méndez, Ángel J. Nigro, para que informe sobre las condiciones en que puede realizarse dicha iniciativa, formule el presupuesto de gastos y recursos y proyecte el reglamento de la fundación.

Enrique F. Barros, Ismael Bordabehere, Horacio Valdés, presidente; Jorge L. Bazante, Ernesto Garzón, Ceferino Garzón Maceda, secretarios.




Fuente: Facsímil de la Acta Constitutiva de la Federación Universitaria de Córdoba, sesión del 16 y 17 de mayo de 1918.



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miércoles, 9 de marzo de 2016

Juan B. Justo: "Reforma Universitaria" (septiembre de 1918)

Sr. Justo. - En ausencia del señor ministro no he de dejar de decir todo lo que tengo que manifestar sobre la Universidad de Córdoba, que es mucho, señores diputados, pues se trata de un problema grave, urgente, que apasiona a la juventud estudiosa argentina y que es necesario aclarar para que se resuelva de la mejor manera posible.

Al promover esta interpelación, por excepción, por primera vez desde que soy diputado, no lo hice como acto de oposición, no lo hice porque estuviera frente a los propósitos que creía ver en el poder ejecutivo, sino más bien para estimularlo en su acción y contribuir a que su obra fuera fructífera. Me movieron además otros motivos: Mi conocida preocupación por la suerte de la Universidad de Córdoba acerca de la cual he hecho en esta Cámara repetidas críticas; un mensaje de los estudiantes de Córdoba, al iniciarse la parte más agitada de su movimiento, pidiendo mi intervención en favor de lo que ellos solicitan y una resolución del último congreso de mi Partido que incluye el asunto universitario entre los puntos de nuestro programa mínimo.

También he tenido un estímulo a hacerlo en el prejuicio que se ha querido sembrar acerca del espíritu del actual movimiento juvenil de Córdoba. El señor Nores lo ha denunciado como un movimiento que va derechamente hacia "el más crudo socialismo", diciendo que varios representantes de esta variedad del socialismo han estado allí. Se referirá acaso a nuestro muy estimado colega el doctor Bravo, cuya moderación y cuya cordura son apreciadas por todos nosotros.

En realidad, la acusación proviene del espíritu tradicionalmente sectario que domina en la Universidad de Córdoba, espíritu sectario que se manifiesta en todos los aspectos externos e internos de aquella institución.

Llama desde luego la atención que en los nuevos estatutos que se ha dado la Universidad bajo la influencia del interventor nacional, el primer artículo establece explícitamente que se conserva el viejo escudo universitario con todos sus atributos, con la palabra "Jesús" en la parte superior y con un lema latino tomado, me parece, de los libros sagrados católicos.

Entrar a la vetusta casa en que funciona la Universidad de Córdoba es caer bajo la obsesión de imágenes eclesiásticas. En medio del patio nos encontramos con una gran estatua de Fray Trejo y Sanabria, estatua bastante pesada para que no pudiera ser volteada a lazo en la última revuelta estudiantil. En el salón de grados nos encontramos, a la cabecera, con un enorme cuadro al óleo que representa al mismo obispo Trejo y Sanabria. En el otro extremo del salón una alegoría que representa, según me dijeron, a San Carlos, porque aquella universidad se llama la Universidad de San Carlos. Y en el cielorraso otra alegoría que representa también, en traje griego y distribuyendo ciencia a manos llenas, al mismo obispo Trejo y Sanabria. La tribuna del salón de grados ha tomado la forma más parecida posible a un pulpito, y no tengo duda de que en gran parte lo es. No han de descender de aquella alta tribuna -porque es tan alta como un pulpito- no han de descender generalmente sino palabras de unción católica y de retórica eclasiástica.

Pero el sectarismo de la Universidad de Córdoba se manifiesta con mucha más fuerza que en los símbolos en su actitud frente a cuestiones fundamentales para la vida intelectual y para la vida moral de la Nación.

Ser sectario no consiste en ocuparse exclusivamente de una cosa; no consiste en concentrar toda la atención y todo el esfuerzo personal en una sola cuestión. Esto se puede hacer con todo éxito y hasta es bueno que en muchos casos lo hagamos, y no por eso seremos sectarios, siempre que reconozcamos la importancia del esfuerzo de los demás, de los que hacen otras cosas.

Se puede ser un partidario del "single tax", del impuesto único y hasta dedicar la vida entera a su propaganda, sin ser por esto un sectario, si se comprende la importancia del estudio de las otras cuestiones de la política y si se respeta el esfuerzo de otros hombres en ese campo. Se puede dedicar la vida entera a predicar contra el alcoholismo, sin ser por esto un sectario, siempre que se comprenda que para la salud popular no basta que no se consuma alcohol, sino que también se necesita que se consuman alimentos. Se puede dar una importancia suprema a la legislación social sobre el trabajo, pero eso no caracterizará a un sectario, si quien lo hace atiende con respeto el esfuerzo de otros hombres en otros aspectos de la legislación. Se puede ser del partido obrero, sin ser sectario, siempre que se comprenda la importancia del esfuerzo técnico y económico de otros hombres que no son obreros y que no están en el partido obrero; y hasta se puede ser religioso sin ser sectario, siempre que se tenga la religión como un sentimiento íntimo, como creencias arraigadas a las cuales no se quiere ni se puede renunciar, pero que de ninguna manera se quieran imponer a los demás y respetando el sentido común de los que no participan de esos sentimientos ni de esas creencias.

La Universidad de Córdoba, infiltrada a fondo de catolicismo ortodoxo e intransigente, es sectaria en el peor sentido de la palabra.

Niega la utilidad del esfuerzo de los que no son católicos; niega la verdad de las instituciones que no son católicas; mina los fundamentos mismos de la sociedad civil en sus cátedras. Citaré como prueba inmediata de ello la titulada cátedra de derecho público eclesiástico, única en el país. La Universidad de Buenos Aires no la cuenta; es una especialidad de la Universidad de Córdoba, y un conservador de aquella provincia me la ha denunciado como una vergüenza, como una cátedra que, en manos de un hombre de talento, sería una activa agencia de disolución social. Esa cátedra, que se ocupa de las relaciones del estado y de la iglesia, para lo cual bastaría un par de capítulos, un par de bolillas como se dice en la jerga universitaria, del programa de derecho constitucional, es objeto en Córdoba de todo un curso, con un profesor rentado a razón de 400 pesos mensuales, es decir, 4.800 pesos al año, curso a que están obligados a asistir los alumnos, para oír disertar sobre temas como éstos: la falta de derecho del estado para ejercer el patronato sobre la iglesia; la falta de derecho del estado para conceder el exequátur a las bulas de los papas, a los decretos de los concilios y demás documentos eclesiásticos que nos vengan de las altas autoridades extranjeras de la iglesia católica. Esta cátedra se ocupa de demoler la legislación civil argentina en materia de matrimonio, sosteniendo la prelación del matrimonio religioso sobre el matrimonio civil; esa cátedra niega al estado el derecho de la instrucción primaria de los ciudadanos, pretendiendo que es una función propia de la iglesia. Como texto de esa cátedra se usa el libro de un obispo chileno, Fernández Concha, libro reaccionario por excelencia, que parece satisfacer las opiniones del catedrático de la materia, don Nicolás Garzón Maceda, uno de los seis Garzones que he encontrado en aquellas universidad. Sirve, también, como libro complementario para el estudio de esa importante materia, la obra titulada: "La iglesia y el estado", por el padre Mateo Liberatore, de la Compañía de Jesús; para dar una idea de la cual me bastará leer el título de dos de sus capítulos.

Dice unos de ellos:

"La libertad de conciencia con razón ha sido llamada por el sumo pontífice, delirio".

El otro capítulo se ocupa de desarrollar este tema:

"La libertad de conciencia ha sido llamada con razón por el sumo pontífice libertad de perdición".

Este autor Liberatore, que ocupa un lugar considerable en las bibliotecas docentes de Córdoba, tiene además expresiones como ésta, en su capítulo 7o: "El estado, aunque es distinto, está no obstante subordinado a la Iglesia, no puede separarse de ella por la pretendida libertad de conciencia y de culto y está obligado a proteger a la Iglesia con sus leyes y a poner su espada material al servicio del reino de Dios y del orden espiritual".

He citado este autor, en el cual se inspira una parte considerable del cuerpo docente de Córdoba, porque es también autor del libro que se usa como texto para el curso de economías política, señores diputados. El profesor de economía política, ex rector de aquella Universidad, que lo fue hasta hace pocos meses, aconseja a sus alumnos, como texto, el libro que tengo en las manos y que se titula "Principios de economía política. Tratado del padre Mateo Liberatore, de la Compañía de Jesús". En su primera página trae el visto bueno de Ciríaco María Sancho y Hervías, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, obispo de Madrid, Alcalá, etc., que dice así: "Por la presente y por lo que a nos corresponde, damos licencia para que pueda imprimirse y publicarse la obra titulada 'Principios de economía política', escrita por el reverendo padre Liberatore, de la Compañía de Jesús, mediante que de nuestra orden ha sido examinada y, según la censura, nada contiene contra al dogma apostólico y sana moral", etcétera.

Para que comprenda hasta qué punto es odiosamente sectaria esta obra, leeré unas líneas de la primera página, titulada " Al lector". Dice así: "Los primeros que trataron de economía política tenían inficionada la mente con la filosofía sensista de su tiempo, y como la filosofía es la raíz de las otras ciencias, cuando ella está inficionada comunica a todas la ponzoña". Este es el juicio católico sobre la ciencia en general. Y agrega: "Aquellos que vinieron después o siguieron a ciegas a los primeros, o si de ellos en parte se separaron, fue para escribir bajo la influencia del liberalismo moderno. Ahora bien; el liberalismo moderno - llamo la atención del señor diputado Ernesto Padilla, que el único diputado "liberal" que hay en la cámara- el liberalismo moderno es semejante al moscardón que dondequiera que posa deja el germen de pestilente corrupción".

Pues bien, señor presidente. Este libro, con ser tan detestablemente malo, es mejor que lo que se enseña en la universidad de Córdoba, porque el profesor Deheza ha calcado su programa, casi lo ha copiado, sobre el índice de este libro, y al darle la forma de programa, empeora el texto, lo hace más vago, a veces más absurdo. Donde el jesuíta Liberatore dice, por ejemplo, que "en las cosas que constituyen la riqueza ha de considerarse la utilidad, que en las cosas que constituyen la riqueza ha de considerarse el valor, el profesor dice: "si en las cosas que constituyen la riqueza ha de considerar la utilidad o el valor. Donde el padre Liberatore dice: "La materialidad es el carácter esencial de la riqueza", el profesor de la Universidad de Córdoba se pregunta
"si la materialidad es el carácter esencial de la riqueza".

Por otra parte, en este programa encontramos proposiciones como ésta:

"Perjuicios inevitables que trae el comercio internacional".

Es la ciencia económica que se enseña en la Universidad de Córdoba.

El atraso, la decadencia intelectual y la ficción doctrinaria que dominan en aquella Universidad se revelan también en otras cátedras o pretendidas cátedras que allí existen y en sus programas; entre ellos, el de la cátedra de filosofía general que dice dictar el profesor Rodolfo Ordóñez, el cual, por supuesto, comienza afirmando la trascendencia de las ciencias filosóficas, aunque empezamos a vivir una época en que algunos de los hombres más cultos declaran licenciada a la filosofía: la dan de baja, y otros discurrren ingeniosamente sobre la hipocresía de los filósofos.

Este programa de filosofía general se caracteriza por su detestable ortografía. En dos partes habla del "eclectisismo", con "s", dice "libre alvedrío", con " v "; en otra "Schopenhauer", sin "c"; y tiene una bolilla entera destinada a estudiar la unión, el asiento y la influencia del alma sobre el cuerpo, pero nada dice sobre la infuencia del cuerpo sobre el alma.

Se comprende que los alumnos miren esto con desdén y hasta con odio, y protesten violentamente de que se les obligue a emplear su tiempo en oír semejantes necedades.

Pero no para ahí la alta filosofía que se enseña en aquella escuela.

Hay también una cátedra de filosofía del derecho que está a cargo del profesor Ignacio M. Garzón, también por un texto del obispo chileno Fernández Concha, y se comprende cuál podrá ser la filosofía del derecho como la entiende un obispo. En su bolilla segunda el profesor de filosofía del derecho de la Universidad de Córdoba impone a los alumnos esta cuestión: "el fin del hombre exige otra vida, fines de la vida presente". En aquella universidad, los fines de la vida presente parecen deducirse de la existencia necesaria de otra vida. ¡Esto es distraer mucho a los jóvenes de los problemas reales y palpitantes que les corresponde estudiar! La capacidad de este profesor puede además medirse por este punto de la bolilla cuarta: "Unidad e inmutabilidad de la ley natural". Parece creer el profesor Ignacio Garzón que las leyes naturales son inmutables: ignora que son simples fórmulas provisorias, punto de vista generales, comparables a fórmulas taquigráficas del pensamiento, con fines prácticos, y sujetas siempre a revisión en un proceso de ampliación y perfeccionamiento eternos.

En ese programa encontramos que la bolilla 13 se ocupa, como ya se había ocupado el profesor de filosofía general en su bolilla 16, de la cuestión del suicidio, que es uno de los temas más socorridos en las lucubraciones de la Universidad de Córdoba; y, por el diputado de Tomaso, sé que debe ser éste un punto del programa de derecho penal que tiene también su correspondiente cátedra, de manera que, sólo en la facultad de derecho, el suicidio es estudiado allí en numerosas cátedras.

Por otra parte, encontramos en este programa, en la bolilla 16, un punto muy peculiar en un país republicano y democrático como el nuestro. Dice: "Deberes para con los siervos". No sé si este programa se habrá escrito cuando todavía regía en Córdoba una ley de conchabos.

Y en la caterva de cátedras superfluas y corruptoras del pensamiento que hay en aquella universidad, debo mencionar también la de derecho público general, para la que sirve como base el libro alemán de Bluchsli, que data ya de un siglo y algo así, cátedra completamente redundante en una universidad que las tiene de derecho constitucional, de derecho administrativo, de introducción al derecho, de filosofía del derecho, de historia del derecho, de historia de las instituciones representativas y de no sé qué otra cantidad más de cátedras teóricas por el estilo.

El profesor de derecho público general, cátedra que se agrega a otra de derecho público provincial y municipal, ha tenido últimamente un mal trance en su vida profesoral, que da la medida de lo que es aquella Universidad. Encontrándose allí el interventor
Matienzo, visitó la Universidad a la hora de la clase titulada de derecho público general.

El señor profesor daba su clase en su forma acostumbrada de un interrogatorio banal a los alumnos; pero cuando vio entrar al interventor, súbitamente comenzó a recitar de memoria una oración declamatoria; los alumnos lo comprendieron y uno de ellos tomó la versión taquigráfica.

Confrontada la versión con un discurso pronunciado un año antes por el señor profesor en no sé qué ceremonia, resultaron completamente idéntica, la oración anterior y el discurso " improvisado" ante el interventor. Con este motivo la federación universitaria dictó este decreto: "Artículo 1". Elévese a la consideración del interventor nacional de la universidad de Córdoba un ejemplar del discurso académico del doctor Ignacio Garzón y la versión taquigráfica de su conferencia en clase. Publíquese en todos los diarios locales la presente resolución".

Además de la cátedra de economía política hay una cátedra de finanzas que está a cargo del doctor Félix T. Garzón, y otra de instituciones económicas y estadísticas, que no tiene razón de ser.

Se comprende, señor presidente, que donde el tiempo de los alumnos y los dineros públicos destinados a estudios en la Universidad se invierten en sostener cátedras como las que acabo de mencionar, el concepto de la enseñanza y de la verdad científicas esté completamente subvertido, y que allí reine sin reatos el verbalismo.

Lo que en Córdoba se llama ciencia es en el 99 por ciento de los casos puro verbalismo.

Ese verbalismo se manifiesta aún en la facultad de medicina, que es la mejor instalada y la que desempeña mejor sus funciones. En la lista de profesores titulares de la facultad de medicina, como aparece en una tesis que tengo aquí, leo lo siguiente: Bacteriología teórica, doctor Aquiles D. Villalba; bacteriología práctica, doctor Alois Bachmann, contratado; anatomía patológica teórica, doctor Samuel Castellanos; anatomía
patológica práctica, doctor Fernando Strada, contratado.

Esta es una interpretación absurda y falsa del sentido de la palabra "teoría". Aquí lo que se quiere decir es que los tres profesores enumerados en primer término no hacen sino hablar de cosas que no entienden, sin enseñar nada a nadie, y que los que saben y enseñan son los profesores que hacen experimentos, que hacen sino hablar de cosas que no entienden, sin enseñar nada a nadie, y que los que saben y enseñan son los profesores que hacen experimentos, que hacen estudios en el anfiteatro, que hacendemostraciones prácticas a los alumnos; y es una desgraciada degradación del sentido de la palabra "teoría", que es la más alta expresión de la ciencia, el que se la emplee para significar la actividad vana y estéril de aquellos malos profesores.

En cualquier Universidad que se respete, "teoría" es el estudio desinteresado de la verdad, es el estudio de las leyes generales, es sentar hipótesis y empeñarse en verificarlas por medio de la observación y del experimento. "Teoría" es el péndulo de
Foucault en el Panteón de París, para demostrar el movimiento de rotación de la tierra; "teoría" son las colecciones que Ameghino ha hecho con ímprobo trabajo para los museos argentinos,"teoría" es el trabajo de desenterrar restos de las actividades humanas prehistóricas, trabajo que hay que hacer valiéndose de picos y palas modernos; "teoría" es el trabajo del que estudia los fenómenos sociales haciendo gráficos sobre la base de tablas estadísticas.

Pero ¿cómo vamos a llamar teoría a una declamación hueca, sin sentido para el mismo que la hace, sin que pueda ser comprendida por nadie ni aplicada por persona alguna, que no sirve para la práctica, ni adelanta en un ápice los conocimientos humanos? Eso es una manera de perder el tiempo propio y el de los alumnos obligados a asistir a esas malas clases.

Y el verbalismo de la Universidad de Córdoba se manifiesta en que en la misma facultad de medicina hay nada menos que ocho cátedras cuya enseñanza es exclusivamente verbal. Son las siguientes: terapéutica, que se enseña sin mostrar un medicamento, no hacer un experimento en el hombre vivo ni en animales; clínica terapéutica, otra cátedra redundante, a imitación de una que se creó en París con un legado particular, pero que aquí se paga de rentas generales de la Nación; patología externa, que se pretende enseñar sin mostrar un enfermo; patología interna, que se enseña en las mismas condiciones; patología general, que se hace también a base de puro verbalismo; medicina legal, de la cual no se enseña nada experimental ni práctico, de manera que los médicos que salen de aquella Universidad no son capaces de hacer un verdadero peritaje; toxicología, que se enseña también sin elementos materiales de ninguna clase, y botánica.

En cuanto a los gabinetes, me han sido denunciados como gabinetes paralíticos, en perpetuo reposo, donde no se aprovecha el material disponible, los de histología, el de higiene y el de química, que es detestable.

Peor ocurre, señor presidente, en la facultad de ingeniería y ciencias físico-naturales, que se encuentra en un estado deplorable, desde todo punto de vista. Al gabinete de botánica nadie va, nadie lo usa, ni nadie lo aprovecha, a pesar de que posee una valiosa colección hecha por un profesor miembro de la antigua academia de ciencias. La enseñanza de la física está encargada al señor Conde -porque así se le llama en la Universidad de Córdoba- al señor conde de Rochefort Lucay, hijo del famoso agitador francés y que conserva entre nosotros el título de conde. Los informes que me han sido dados dicen que casi todos los aparatos están deteriorados, que los pocos experimentos salen casi siempre mal, y los alumnos no hacen por sí mismos experimento alguno.

La "Gaceta Universitaria", órgano de los estudiantes de Córdoba, entre otras reclamaciones pide "que se creen algunos gabinetes, el despertar y modernización de otros hoy oxidados y la apertura de los restantes, cuyo material está hoy inmaculado a fuerza de no utilizarse".

Para el estudio de la resistencia de materiales, a lo cual están destinadas nada menos que tres cátedras y personal auxiliar, hay un gabinete que cuenta con algunas buenas máquinas, pero parece que bastaría con un profesor para poner todo eso en movimiento y que las otras dos cátedras son absolutamente innecesarias y vanas. En ese gabinete de resistencia de materiales no hay el menor material en estudio, las máquinas están solas, limpias y aceitadas, pero no parece que allí se trabajara.

El laboratorio de metalurgia es una irrisión. El profesor de la materia me dijo que el material había sido robado y que los crisoleshabían sido vendidos en las boticas de la ciudad de Córdoba.

El mismo profesor, que además de la cátedra de química industrial tiene el título de profesor de química inorgánica, me dice que enseña química filosófica, tal es la penuria de elementos materiales de docencia en que se encuentra. Unos alumnos han tenido la buena voluntad de hacer el inventario del gabinete de química inorgánica del profesor Herperath, que es un antiguo profesor de aquella Universidad, y el apunte que me han suministrado dice:

"Ochenta frascos, de los cuales unos 45 vacíos, unos 15 rotulados y los restantes sin rótulo; en su mayor parte con los productos y reacciones descompuestos y alterados; todos los aparatos de ensayo se reducen a 3 frascos Wolff, una retorta y dos o tres tubos de ensayo, todos cubiertos de polvo de algunos años".

La misma "Gaceta Universitaria", refiriéndose otra vez a la facultad de ingeniería y a propósito de los materiales de construcción, dice lo siguiente:

"Sería fútil negar la importancia que tienen para el ingeniero el conocimiento de los diversos materiales que se emplean en las construcciones. Las maderas de pino tea, spruce, algarroba, cedro, lapacho, quebracho blanco y colorado y varias otras de aplicación tan frecuente en las obras, y cuyo estudio figura en el programa de construcciones 1, no existen en los gabinetes de esta facultad ni siquiera como muestras, para practicar los ensayos diversos de flexión, tracción, ruptura, etc.

Lo propio ocurre con el zinc y el hierro galvanizado, los materiales Kahn de construcción, etc. Es de advertir que no puede i n vocarse la falta de recursos como causa determinante de tal estado de cosas, pues las mismas casas de comercio que expenden dichos materiales envían muestras sin valor a quienes lo soliciten".

Los alumnos de las cátedras de construcciones civiles me aseguraron que no tenían una sola muestra de cal ni de cemento Portland en la clase. Me aseguraron que hay una colección de modelos de puentes, enfundados y sin tocar desde hace varios años; no se les ha usado para explicar la construcción de puentes, como tampoco se usan otros elementos materiales de que se dispone para explicar las construcciones civiles.

Respecto de la enseñanza del dibujo en la facultad de ingeniería, los alumnos me dijeron que se reduce a copiar inconscientemente otros dibujos que les son dados; y la copia es inconsciente hasta el punto de que la mayor parte de los alumnos encuentran que lo más sencillo es calcar aquellos dibujos.

La topografía se enseña según un texto español de mediados del siglo pasado.

El cálculo -me dijo un alumno muy inteligente, como muchos de los que conversaron conmigo en la ciudad de Córdoba- se enseña en tal forma que bastan diez días de estudio a un alumno para obtener la más alta clasificaicón. Es una rama fundamental del estudio de ingeniería que en otras partes abarca varios años de trabajo asiduo; allí en diez días se enseña lo que se cree suficiente en materia de cálculos.

Tengo una lista de los profesores de aquella facultad clasificados por los alumnos en forma severa, condenando la incapacidad o la negligencia de la mayor parte de ellos; pero no voy a dar lectura de ella porque no creo que sea del todo oportuno. Han aparecido por otra parte en "La Voz del Interior", diario importante de la ciudad de Córdoba, órgano en aquella ciudad del partido radical de varios años a esta parte, largas, serias y fundadas acusaciones de incapacidad y negligencia contra los profesores de aquella universidad y especialmente de la facultad de ingeniería.

En realidad, el conflicto, es el del nuevo espíritu que ha llegado a Córdoba, a pesar de su Universidad, resultado de la nueva vida colectiva, de lo que la juventud estudiosa de Córdoba, ve que sucede en el campo de la producción y del comercio, en los ferrocarriles, en la prensa, en la propaganda política de algún partido, en el nuevo ejercicio del derecho de sufragio, actividades nuevas que se imponen allí a la atención de la juventud y le han dado impulso hasta conmover los cimientos de aquella institución decrépita.

Los jóvenes no han destruido nada importante en la universidad.

Se les ha acusado de violencia, y no han roto sino algunos vidrios, muy malos. Han echado a la calle por la ventana algunos retratos apócrifos, de clérigos pretendidos ex rectores de la Universidad de Córdoba, con lo cual no se ha perdido nada.

Yo entiendo, señor presidente, que lo que hace falta allí es una limpieza a fondo; hay que echar, sino por la ventana, por la puerta, hay que echar de la Universidad de Córdoba todo lo apócrifo que hay en ella, toda la ciencia apócrifa, toda la ciencia verbal y clarlatanesca, todos los profesores negligentes, ingnorantes e ineptos; hay que hacer una barrida también de las falsas entidades que obstruyen a aquel establecimiento en su marcha hacia un desempeño normal de sus funciones.

Los estudiantes no piden gollerías; se han dirigido a mí a pedirme que se le enseñe, que se les haga trabajar, que se abran los laboratorios cerrados y paralizados, que se creen los laboratorios y gabinetes que faltan, que no se les obligue a asistir a clases absurdas y falsas.

Tienen perfecto derecho de reclamar respeto por el empleo de su tiempo, de reclamar libertad de conciencia, aunque no quiera concedérsela el padre Liberatore de la compañía de Jesús.

Y debe intervenir para ello este gobierno, señor presidente, que ha intervenido en provincias en cierto modo autónomas, porque no viven de rentas generales de la nación, porque tienen su juego de instituciones que andaba más o menos bien a la altura de las del resto del país; que ha ido allí a hacer tabla rasa de los poderes ejecutivo, legislativo y en algunos casos del poder judicial, obra en que no lo encuentro total y absolutamente descaminado, porque veo en ella la preparación hacia la evolución necesariamente unitaria de nuestro organismo político.

Me place ver que el poder federal manda en una vasta extensión del territorio de la República, a donde llegan, aun cuando no aparece él mandando, los recursos nacionales para llenar las necesidades locales más sentidas. Veo en esas intervenciones, aunque hayan sido inmorales del punto de vista apolítico en algunos casos, la preparación de la unificación del país, de la abolición de nuestro federalismo disolvente y parasitario.

Creo que este gobierno, tan interventor en las provincias, ha de ser resuelto y radical en su intervención en la Universidad de Córdoba, donde su intervención puede consistir en algo completamente contrario de lo que hace en la política nacional.

Lo que allí es necesario por ahora es separar lo que está artificialmente unido. No hacen falta en Córdoba rectores de la unviersidad.

Los cordobeses, clamando por un rector, reproducen la fábula de las ranas pidiendo rey.

No les hace falta.

La escuela de medicina va a funcionar sin el rector de la Universidad: lo mismo podrán funcionar la escuela de derecho y la de ciencias matemáticas y fisiconaturales. Lo que se necesita son profesores, elementos materiales de enseñanza y alumnos. Hay que ir a reorganizar el cuerpo de profesores como lo establece el artículo 103 del estatuto, dictado por aquella Universidad en presencia del interventor Matienzo, que dice:

Inmediatamente de instalados los consejos directivosde las facultades, procederán a revisar los planes de estudios ylos programas de enseñanza presentados por los profesores; procederána la organización del cuerpo docente, formulando las ternas correspondientes en el modo establecido en las nuevas disposiciones.

Está visto que los nuevos consejos directivos son incapaces de realizar este postulado; no lo van a hacer, no se sienten con fuerzas para hacerlo, es indispensable, entonces, que lo haga el poder ejecutivo, más o menos directamente.

Se trata de reorganizar, seleccionando. Es necesartio separar de aquella escuela a los profesores que no sirven; y esto se puede hacer sin grandes escrúpulos, porque casi todos ellos tienen otras fuentes de renta; casi todos son empleados judiciales, jueces federales, fiscales, miembros de tribunales, empleados administrativos o con cargos técnicos. De modo que si hubiera lugar a alguna pequeña injusticia, siempre se conseguiría realizar tan gran acto de justicia, como sería la limpieza de aquel insituto corrompido y costoso.

Es necesario desenclaustrar a la Universidad de Córdoba; está adosada a la iglesia de los jesuítas y tiene todavía un aspecto íntimamente jesuítico. Es preciso dotarla en la primera oportunidad -y lo podríamos hacer con dinero que se ahorran suprimiendo las cátedras superfluas y los malos profesores- de edificios adecuados para clases debidamente dadas y de los elementos materiales de enseñanza que hoy le faltan. Es necesario limpiar las claraboyas de la Universidad de Córdoba, todas ellas ennegrecidas por el polvo pegajoso de la tradición, que no se limpia desde hace siglos.

Es necesario poner allí en movimiento todo lo que haya de viable;es necesario, mientras tanto, suspender el pago del subsidio universitario hasta tanto funcionen normalmente las cátedras, para las cuales el subsidio fue votado. Y es en ese sentido que termino mi exposición presentando un proyecto de declaración que entrego a la secretaría y propongo sea tratado sobre tablas.

Proyecto de declaración

La Cámara de Diputados de la Nación vería con agrado que el poder ejecutivo proceda directamente y de inmediato a reorganizar las facultades de la Universidad de Córdoba, seleccionando el personal de profesores en cuanto ello sea necesario, y que hasta el nuevo funcionamiento de dichas escuelas suspenda el pago de subsidio nacional a aquella Universidad.









Fuente: Interpelacion del señor Diputado Nacional Dr. Juan B. Justo con respecto a la Reforma Universitaria operada en la Universidad de Córdoba, 17, 24 y 29 de septiembre de 1918.








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domingo, 31 de enero de 2016

Hugo Gambini: "La Reforma, 90 años después" (14 de junio de 2008)

Algo estaba ocurriendo en 1918 en el Río de la Plata: se vivía en pleno clima de movilidad social. Con la llegada al poder de José Battle y Ordoñez, en Uruguay, y luego de Hipólito Yrigoyen, en la Argentina, se había marcado el resquebrajamiento del sistema social y político. Los sectores clericales mostraban cada vez menos influencia, debido a la secularización de la cultura desde 1880, y eso impulsaba a los estudiantes contra el manejo de las universidades, cuya transformación se veía venir.

Las sociedades fundadas en el privilegio estaban condenadas. Había influencias cada vez más notorias que propiciaban la salida hacia una democracia burguesa y liberal, alimentada por la potencia de la inmigración, y se hacían notar los ecos de la Revolución Rusa, que despertaba nuevas ideas. La clase media irrumpía hasta en los claustros, donde impulsaba la democratización. Se producían hechos novedosos, como la organización estudiantil y la huelga universitaria.

 Para José Luis Romero, las autoridades superiores de la universidad "mostraron entonces una mayor flexibilidad y, sin duda, más agudeza política que los grupos profesionales que dominaban las facultades". Añade: "Pero, en mayor o menor medida, cundió en todos los sectores el sentimiento de que la vieja organización académica de la Universidad de Buenos Aires, establecida en 1886, requería una reforma, del mismo modo que el espectáculo de la metrópoli cosmopolita y renovada, como consecuencia del fuerte impacto inmigratorio, sugería ya a muchos la necesidad de una reforma política".

En el interior, en cambio, las cosas no se veían con tanta claridad. La Universidad de Córdoba, fundada en el siglo XVII, conservaba su espíritu tradicional. Pero en las nuevas generaciones de la alta clase media se había formado un grupo disconforme, dispuesto a enfrentar el orden universitario. Hubo una huelga, apoyada por el gobierno nacional, para terminar con el monopolio de los 15 académicos que manejaban la alta casa de estudios. Hasta se logró que Yrigoyen modificara el régimen de gobierno universitario. Pero la tradicional sociedad cordobesa presionó a los profesores que debían elegir rector y consiguió que éste fuera uno de ellos, opuesto a los cambios reclamados. Esa sería la chispa.

La asamblea se realizó el 15 de junio de 1918 y al saber el resultado los estudiantes invadieron el recinto para desconocer al rector. Ocuparon la universidad y decretaron una huelga general. A los pocos días se conoció el Manifiesto liminar , redactado por Deodoro Roca. Allí se anunciaba: "La rebeldía estalla ahora en Córdoba y es violenta porque aquí los tiranos se habían ensoberbecido y era necesario borrar para siempre el recuerdo de los contrarrevolucionarios de Mayo". El documento tenía toda la petulancia de los jóvenes editores de La Gaceta Universitaria , quienes se dirigían a "los hombres libres de Sud América". Lo firmaban tres presidentes de la Federación Universitaria de Córdoba: Enrique F. Barros, Horacio Valdés e Ismael Bordabehere.

Aquel episodio sacudió a todo el mundo estudiantil. En Buenos Aires y en La Plata se reformaron los estatutos universitarios, que contendrían ahora las ideas básicas expuestas en Córdoba. En Perú, la reforma hizo estallar al año siguiente la Universidad de San Marcos, y en Chile se reunió, en 1920, la Primera Convención Estudiantil. En México deliberaría, en 1921, el Primer Congreso Latinoamericano de la Reforma. En 1923, los cambios universitarios llegarían a Cuba. Lo mismo ocurrió en Venezuela, Guatemala y Brasil. "Lo cierto -señala Romero es que, desde el estallido cordobés de 1918, los movimientos estudiantiles se repitieron en casi todos los países latinoamericanos." En Perú, al fundar la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), Víctor Raúl Haya de la Torre le insufló su impronta reformista. Todos eran movimientos democráticos de izquierda, que se alinearon contra el nazifascismo en la defensa de la República Española.

Los estudiantes cordobeses admitieron el uso de la violencia, pero no mataron a nadie. Como recordaba Julio V. González, "cuando se sintieron burlados irrumpieron en el antro oscuro donde se conspiraba contra sus ideales y arrojaron a la calle, junto con las figuras históricas, a los que medraban a la sombra de su recuerdo". González, elegido, en 1919, presidente de la Federación Universitaria de La Plata, fundó el Partido Nacional Reformista y pasó por la democracia progresista, hasta que el socialismo lo hizo un brillante diputado nacional.

Fue en la década del 20, en nuestra Facultad de Derecho, donde un grupo de estudiantes reformistas enfrentó a los profesores de viejo cuño conservador. En 1925, lograron que Ricardo Rojas accediera al rectorado. En 1930, Alfredo L. Palacios llegó al decanato. Los jóvenes eran Carlos Sánchez Viamonte y Julio V. González, "juristas, oradores, polemistas terribles, que provenían de familias patricias pero que se colocaron en la rompiente de la ola, en la encrucijada más dura de la política de su tiempo, y sobrellevaron el rigor con que se castigó su conciencia profética", como los define Horacio Sanguinetti. Estaban acompañados por José M. Monner Sanz, Florentino Sanguinetti, Emilio Biagosch y Mariano Caliento. En Córdoba, el número uno de ellos era Deodoro Roca.

El golpe de Estado de 1943 disolvió la Federación Universitaria Argentina, sus cinco federaciones y los 50 centros estudiantiles, que eran el alma de la reforma; clausuró locales y persiguió a sus directivos, pero no logró torcer su espíritu. Tampoco el de los profesores. El peronismo no se olvidó de ellos ni de sus ideas: ¡los expulsó! Tuvieron que irse quienes no comulgaban con el gobierno, aun los que ya merecían el Nobel, como Bernardo Houssay. Sus cátedras fueron cubiertas por aquellos obsecuentes de las clases alusivas, las marchitas y los lutos obligatorios.

Tamaño desatino sería reemplazado en 1955 por la brillante tarea de José Luis Romero, Risieri Frondizi, José Babini, Jorge Orgaz, Vicente Fatone, Santiago Montserrat, Ricardo M. Ortiz, Manuel Sadosky, Florencio Escardó y Luis Munist. De allí emergió la segunda generación reformista, que, con una eficacia inigualable, gestionó las universidades hasta 1966, cuando la "noche de los bastones largos" volvió a traer el oscurantismo.

Hay conocidos testigos de esas épocas, como Emilio Gibaja, Néstor Grancelli Cha, René Balestra, Ernesto Weinschelbaum, Félix Luna, Guillermo Jaim Etcheverry y Gastón Bordelois, hermanados en una fundación que evoca la Reforma con palabras de José Ingenieros: 

"La misión de la universidad consiste en fijar principios, direcciones, ideales, que permitan organizar la cultura superior al servicio de la sociedad".








Fuente: La Reforma, 90 años después por Hugo Gambini para La Nacion, 14 de junio de 2008.

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sábado, 23 de mayo de 2015

Saúl Alejandro Taborda: "El 18" ((1930-1932)

Por lo demás, justifica también toda intromisión en estos asuntos la actitud negativa que los pedagogos de profesión han adoptado siempre frente a nuestro momento educacional.

Pocos años hace –fue el año 1918– un núcleo reducido de universitarios se dio a la tarea de rever la enseñanza vigente y de renovar los institutos educativos.

La voluntad reformista se expresó en una acción inmediata. La masa estudiantil invadió las aulas en un levantamiento de franca beligerancia. Son conocidos los episodios capitales de aquella gesta, pues su repercusión alcanzó con rapidez a varios pueblos del continente.

¿Qué hicieron entonces los pedagogos de profesión? ¿Qué dijeron a la juventud insurreccionada que los negaba enérgicamente en Córdoba, en buenos Aires, en Santa fe y en La Plata? ¿Qué nuevas orientaciones, qué rectificaciones propusieron a su disciplina ante la prueba rotunda de la violencia que descalificaba toda la obra de su docencia? ¿Qué solución ofrecieron a la crisis los normalistas de Paraná, los egresados del Instituto Nacional de Profesores de buenos Aires, los cienciados de la facultad de Ciencias de la Educación de La Plata? Casi todos, si no todos, recurrieron a la prudente sabiduría del buen callar. Enmudecieron los viejos maestros. Enmudecieron interrumpidos en sus augustas labores por la estudiantina rebelde, como sacerdotes antiguos sorprendidos en pleno ritual por el asalto de la barbarie. Debió parecerles un sacrilegio sin precedentes la actitud de la turba docenda que destruía, delante de ellos, la obra de tantos y tan largos años de arduos desvelos y de sostenida dedicación.

Y sin embargo, guardaron silencio los viejos maestros. Guardaron silencio en el momento en que era necesario que hablaran los sostenedores de la fórmula «la enseñanza para los pedagogos». La deserción de la justa a que los ha provocado la aguda crisis de la enseñanza, ¿no basta para conferir personería a aquellos que, sin ser iniciados, se interesan por estas cuestiones?

Más todavía: justificada así la actitud intervencionista, ¿no se ve claramente la necesidad de declararse en estado de guerra contra los pedagogos de profesión?

Toda injerencia es un desalojo. fuera acaso mejor y más cómodo dejarlos ahí, a los unos, en el solemne mutismo en que se han encerrado; a los otros, conspirando en círculos y cofradías contra la novedad incomprendida que los ha privado de la comodidad de los días ausentes; a los de más allá, traduciendo con mano zurda en las columnas de cotidianos reaccionarios el sordo rencor contra las conquistas de una reforma que ha dislocado su simple sistema de ideas; y, a los últimos, gestionando postreros aumentos de sueldos con miras a una más proficua jubilación; pero están todos tan identificados con las prácticas docentes seguidas hasta hoy que no se puede remover a éstas sin afectar de un modo directo a sus sostenedores.

El movimiento de renovación iniciado en el año 18, si no quiere concretarse a ser una vana intentona referida a los estudios universitarios, no puede olvidar que toda la enseñanza –jardines de infantes, escuelas primarias, colegios normales, liceos, colegios nacionales– está todavía en manos de pedagogos que sirven a una pedagogía sobrepasada, y que, mientras esto siga así, nada de bueno se puede hacer en orden a los llamados estudios superiores.

Ningún motivo milita en favor de una actitud de contemporización o de indiferencia frente al ordenamiento total de nuestra enseñanza. Todo ese ordenamiento debe ser alcanzado por la acción reformista. Reducir esta acción a los institutos universitarios no sólo es acusar ignorancia del proceso formativo sino que también, y sobre todo, es favorecer el viejo criterio que ha mutilado siempre dicho proceso en mil partes diversas, con propósitos y resultados contrarios a la enseñanza.

Tenemos ya de esto una experiencia aleccionadora. Muchos de aquellos que hoy medran a la sombra protectora del presupuesto escolar llegaron a apoyar, de modo más o menos subrepticio, la reciente revuelta de los estudiantes mientras esta revuelta se limitó a las aulas universitarias. Reconocieron entonces que una innovación era ahí necesaria y urgente. Pero, tan presto como el movimiento quiso invadir, por lógica y natural derivación, los establecimientos secundarios, tal como aconteciera en el Colegio Nacional de La Plata –la magna quies–, se convirtieron en reaccionarios feroces. Intuyeron el riesgo que va anexo a una revisión integral, y lo que no les pareció peligroso mientras se concretara en esa oficina expedidora de certificados que es nuestra universidad, les pareció catastrófico cuando se trató de construir desde los cimientos en nombre del principio de la unidad sistemática de la enseñanza. Conviene desconfiar de los reformistas –que los hay en buen número– que afirman que el problema de la reforma sólo está radicado en la enseñanza universitaria. Es gente que quiere enervar la eficacia del alto designio. O, por lo menos, es gente que no alcanza a plantear la cuestión en sus términos justos.









Fuente: Investigaciones Pedagógicas (1930-1932) de Saúl Alejandro Taborda.

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