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miércoles, 13 de marzo de 2019

Eduardo Duhalde: “La defensa del trabajador” (10 de febrero de 2000)

Pretender abrir juicio sobre la gestión de un gobierno apenas dos meses después de instalado sería tan apresurado que podría llevar a quien lo intentara a emitir una opinión irreflexiva y aun equivocada. Sólo sería posible, en tan breve lapso, considerar algunos indicios capaces de señalar un rumbo a la futura gestión del gobierno y el papel que va asumiendo la oposición.

Creo que debemos admitir que el gobierno de la Alianza recibió un país cuya situación no es tan mala como pregonan el presidente Fernando de la Rúa y sus colaboradores, ni tan buena como pretenden su antecesor, el ex presidente Carlos Menem, y quienes lo acompañaron.

La Argentina sufre el lastre de una pesada deuda externa que conspira contra sus posibilidades de expansión; está jaqueada por un proceso recesivo que proyecta su sombra sobre el consumo y la producción, y, como consecuencia inmediata, persiste el crítico problema de la desocupación.

Todo ello ha colocado a nuestro país en una situación de debilidad cuando debe negociar con los factores económicos y financieros internacionales o impulsar un proceso de reactivación. Esa situación de debilidad se puso de manifiesto en las recientes negociaciones con el Fondo Monetario Internacional, que sigue con sus tradicionales recetas que, si se cumplen a rajatabla, pueden conducir a una mayor recesión y desocupación en el nivel nacional y provincial.

Es necesario reducir el déficit fiscal, pero también recordar que el país se compone de hombres y mujeres que no pueden seguir soportando sobre sus hombros la carga de la crisis, especialmente en aquellos sectores de más modestos recursos, que continúan descendiendo en la escala de la pobreza y no es humano someterlos todavía a mayores sacrificios.

También se debe examinar cuidadosamente la gravitación de la presión impositiva sobre los empresarios y de la flexibilización laboral sobre los trabajadores. Es deber del Estado garantizar la equidad impositiva e ilusorio pretender aumentar la recaudación agotando la capacidad tributaria de quienes cumplen. Ese peligroso camino nos llevará a profundizar la recesión. Por el contrario, de lo que se trata es de combatir la evasión en todos los frentes.

En cuanto a la reforma laboral, tan en boga en estos días, tiene indudablemente como objetivo final la rebaja de salarios. Aprovechando el descrédito de parte de la dirigencia sindical, se corre el riesgo de arrasar los derechos elementales de los trabajadores e imponer el miedo al despido como ley suprema de la relación laboral.

A los trabajadores los van a defender sus organizaciones gremiales, pues el Gobierno está atado por compromisos con los organismos financieros internacionales y, más allá de la buena voluntad de algunos de sus miembros, la ayuda seguramente no ha de venir.

Por lo tanto, debe ser el justicialismo el que se maneje en el estrecho sendero que, por un lado, exige acompañar a los que ganaron y, por el otro, no renunciar al legado histórico que es la defensa de los hombres de trabajo.












Fuente: “La defensa del trabajador” por Eduardo Duhalde para el Diario La Nación, 10 de febrero de 2000.

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