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domingo, 27 de octubre de 2019

Emilio Corbiere: "Lebensohn, una voz olvidada” (febrero de 1983)

Caído Yrigoyen, el radicalismo no tuvo, ni antes ni después de Moisés Lebensohn, un ideólogo que reformulase con claridad y profundidad el papel de la Unión Cívica Radical en el panorama político argentino. Sin embargo, la figura de este renovador ha ido borrándose en la memoria. Revisar las propuestas que, hace cuatro décadas ofrecía Lebensohn, autoriza a suponer que —de haberlo oído— el radicalismo pudo haber desempeñado un rol completamente distinto. Prefirió, en cambio, convertirse, primero, en la fuerza que gritaba desde la vereda de enfrente del peronismo; y luego, en furgón de cola de liberalismo tradicional, cuando no lo fue de corrientes ideológicas adscriptas a la tecnocracia desarrollista.

Derrotados en el campo de batalla, los revolucionarios de 1890 lograron empero, la caída del gobierno del presidente Miguel Juárez Celman. De todos modos, fue un triunfo efímero. Las contradicciones internas del movimiento cívico hicieron crisis cuando uno de los sectores formalizo un acuerdo con los núcleos adictos al Gobierno y al roquismo.

En tanto, una nueva tendencia histórica se gestaba en el país. Los grupos populares acaudillados por Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen —opuestos a cualquier acuerdo con el roquismo— definían en esas circunstancias un programa basado en el respeto de la voluntad popular y la libertad de sufragio.

El 26 de junio de 1891 —a un año de la sublevación antijuarista— se reunió el Comité Nacional de la Unión Cívica y decidió convocar a la Convención partidaria. Los acuerdistas no asistieron a la reunión, desconociendo la convocatoria y en adelante tomaran el nombre de Unión Cívica Nacional, por oposición a la tendencia liderada por Alem e Yrigoyen, que comenzó a llamarse Unión Cívica Radical. En esos días, Alem proclamaba: "Yo no acepto el acuerdo; soy radical en contra del acuerdo: soy radical intransigente".

Así, el radicalismo adoptaba, desde sus orígenes, una actitud contraria al oficialismo conservador y a sus distintas variantes, rechazando sistemáticamente ministerios y acuerdos electorales con esas fuerzas respecto de las cuales era antagónico, por lo menos formalmente.

Frente al fraude electoral y a la violencia, la naciente UCR opuso una porfiada resistencia, que culmino con alzamientos armados cívico-militares, como las revoluciones de 1893 y 1905.

Hipólito Yrigoyen reafirmo en 1897 la intransigencia radical y desde entonces hasta 1933, ano de su muerte, fue el conductor indiscutido del partido. En el Manifiesto de la revolución de 1905 denuncio a "los capitales extranjeros acostumbrados a pasar por alto nuestra soberanía y a obtener suculentos réditos por los capitales invertidos". Al mismo tiempo, al contraponer a la causa con el régimen, marcaba la diferencia entre los sectores populares y la elite gobernante.

Con esos jóvenes rebeldes, herederos de Alem, de los "orilleros" del partido Autonomista de Adolfo Alsina, del Club de la Igualdad, del Club 25 de Mayo, del partido Republicano de 1877, de la Unión Cívica Radical de 1891 —que comenzaban a ser reconocidos como radicales intransigentes"—, las clases medias irrumpieron en la vida nacional.

En realidad, en el radicalismo siempre convivieron dos expresiones o tendencias. En el '90, los revolucionarios del Parque nuclearon a viejos nombres del patriciado argentino, como los Zuberbuhler, Alvear, Beccar Varela, Torino, Montes de Oca, con los provenientes del ala popular orillera" del alsinismo, cuya expresión fueron Alem y Aristóbulo del Valle. En el radicalismo siempre convivieron los hijos de los inmigrantes, los sectores medios y no pocos terratenientes y oligarcas. Ricardo Rojas, en su obra El radicalismo de mañana, recordaba: "Fui al radicalismo y me encontré con los hijos de los inmigrantes y los nietos de los próceres".

Pero nadie puede negar que el radicalismo fue un partido de masas, con una ideología difusa, pero con amplia aceptación popular. Fue, al decir de Ernesto Palacio: "El partido histórico de la nacionalidad".

El origen ambiguo de esa fuerza popular, permitiría distinguir a lo largo de su historia, aquella ambivalencia de los comienzos: lo popular yrigoyenista y el ala "galerita", o conservadora.

La intransigencia, de la que habían hablado Alem e Yrigoyen, iba a resurgir pocos años después de la muerte del caudillo radical. Había tenido algunos antecedentes. En 1909, una fracción se opuso al mantenimiento de la abstención electoral, pero ese grupo no logro quebrar la actitud principista de Yrigoyen. Durante el primer gobierno del caudillo de Balvanera (1916-1922), Marcelo Torcuato de Alvear enfrento a Yrigoyen a raíz de las instrucciones dadas por este último al canciller argentino Honorio Pueyrredón para ser presentadas en la Sociedad de las Naciones. El distanciamiento entre ambos líderes se profundizaría y cuando Alvear asumió la presidencia (1923), el nuevo gobernante tomo distancia con el Partido llamando a colaborar a ministros de extracción no radical o antirradicales.

Durante el gobierno de Alvear, varios de sus ministros "antipersonalistas" buscaron alianzas con sectores conservadores para oponerse al retorno de Yrigoyen al poder. Alvear no se complico con esos planes, que fracasaron, e Yrigoyen plebiscitado, volvió a gobernar en 1928, hasta su derrocamiento dos años después.

LOS INTRANSIGENTES SE REAGRUPAN

Si bien es cierto que la conducción radical de 1930 paso a los "antipersonalistas", los que mantenían en alto las banderas renovadoras comenzaron una larga lucha para reconstruir el Partido bajo el signo de la intransigencia.

Hay algo simbólico en la carta que se encontró entre las ropas del mayor Regino P. Lascano, muerto durante un levantamiento radical. Era un manifiesto revolucionario fechado en la ciudad correntina de Curuzú-Cuatia, el 30 de junio de 1932. El manifiesto decía: "Frente a la dictadura del general Agustín P. Justo, la dictadura de las compañías Standard Oil, Bunge y Born, Dreyfus, Asociación de Frigoríficos, Tranvías, Unión Telefónica. Frente a esta dictadura extranjera disfrazada con los colores de nuestro pabellón y a la que solo civiles y militares que han caído en la ignominia de traición a la patria pueden apuntalar, proclamamos la revolución con el fin de recuperar para el pueblo argentino la suma del derecho y libertades ultrajadas, aherrojadas por la legión de fascistas de Jockey Club y Circulo de Armas, que no han trepidado en vender la nacionalidad a cambio de satisfacer ambiciones personales de origen político y comercial. A los jefes y oficiales dignos, a los suboficiales, cadetes y conscriptos del Ejercito y de la Marina, a los obreros y a los chacareros, a la juventud universitaria y de institutos secundarios, a los pequeños comerciantes, industriales y propietarios, incitamos a acompañarnos en esta santa cruzada rebelde y renovadora por la democracia y la in- dependencia política y económica de la Nación y de sus clases populares. Argentinos: De pie, a las armas. ¡Viva la Unión Cívica Radical!".

Esos levantamientos populares contribuyeron a reagrupar a los veteranos yrigoyenistas con la nueva generación, que, después de 6 de septiembre de 1930, se acerco a los comités radicales para afiliarse. Aquellos levantamientos marcaron un hito en la conciencia de los radicales y definieron aun más las dos corrientes: la popular y la "galerita". El general Severo Toranzo y el teniente coronel Gregorio Pomar, se levantaron en armas, en Corrientes y el Chaco, en febrero y julio de 1931 respectivamente; los hermanos Kennedy, en Entre Ríos y el teniente coronel Atilio Cattaneo, en Buenos Aires, en enero y diciembre de 1932; y el teniente coronel Ernesto
Bosch, en Paso de los Libres, Corrientes, en 1933. Esas derrotas, sin embargo, no amedrentaron a los radicales.

EL ALVEARISMO

Definiendo la orientación del antipersonalismo, un amigo le escribía a Alvear el 11 de noviembre de 1930:

"... el peludismo que en un primer momento se echo a muerto y que pedía humildemente ser admitido en las filas del verdadero radicalismo, es decir el antipersonalismo, ha reaccionado en los últimos días, y ya no habla sino de ir a la lucha por sus cabales. Ha reabierto gran numero de sus comités; han aparecido en la Capital, y en las provincias, periodiquines que defienden sus intereses; y sus oradores, como Emir Mercader en una reunión que celebraron en La Plata, hablan y ensalzan la gloriosa obra de su partido".

El alvearismo cifraba todas sus esperanzas en el camino electoral, que el régimen le negaba sistemáticamente anulando comicios donde triunfaban los radicales (Pueyrredón-Guido, el 4 de abril de 1931), vetando sus candidaturas (la formula presidencial Alvear-Guemes, el 6 de octubre del mismo año) e imponiendo el fraude patriótico durante mas de una década.

El radicalismo alvearista ocupo la cúpula partidaria y levanto la abstención el 3 de enero de 1935. Esa fecha es fundamental, porque desde ese momento la lucha entre intransigentes y alvearistas (unionistas) fue total.

En 1936 se produjo el escándalo de las concesiones a la Chade (Compañía Hispano Americana de Electricidad) que iba a marcar a fuego a los alvearistas. La Chade era subsidiaria del complejo Sofina. En esa oportunidad, la empresa, a fin de lograr mejoras en las concesiones que habían sido firmadas en 1907, y obtener una prorroga de 25 años, soborno a varios concejales radicales. Así, por 16 votos contra 11 (de los socialistas), resulto aprobada la prorroga de las concesiones. Nunca se pudo determinar si la cúpula alvearista había dado la orden de votar la concesión, pero las sombras cubrieron de dudas y sospechas a los concejales unionistas. Votaron a favor de la concesión los radicales: Rodolfo Arambarri, Abelardo Boullosa, Pascual De Lorenzo, Enrique Descalzo, Manuel Malvar, José María Moreira, Carlos F. Rophile, Raúl Savaresse, Camilo F. Stanchina y Francisco Turano. A ellos se les sumo el bloque de la concordancia (conservadores y socialistas independientes): Lisiardo Molina Carranza, José Dufour, Juan B. Sussini, Felipe di Telia, Enrique Vago y Peregrino P. Rial. En contra se pronunciaron los concejales del Partido Socialista: Bartolomé Fiorini, Alejandro Comolli, Salvador Gómez, Héctor Hiñigo Carrera, Andrés Justo, José Marota, Miguel Navas, Arturo L. Ravina, Adolfo Rubinstein, Vicente Russomano y Julio Berra.

LOS JÓVENES "TURCOS"

Toda esta situación engendro en el radicalismo una oleada de descontento. La juventud radical se alineo rápidamente detrás de los dirigentes yrigoyenistas, e iniciaron una verdadera batalla contra el alvearismo. Dentro de las estructuras partidarias, el yrigoyenismo, en sus primeros tiempos, tomo el nombre de legalistas (se hablaba de una "continuidad legal" de la conducción yrigoyenista anterior al 6 de septiembre de 1930), y fuera de la UCR, el antialvearismo formo un pequeño pero dinámico núcleo llamado FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina).

En Córdoba, Amadeo Sabattini, representante del espíritu yrigoyenista, había logrado la gobernación de la provincia en 1936.

En la Capital Federal se habían constituido, en 1937, el Bloque Opositor (ex legalistas), como "movimiento popular yrigoyenista"; el grupo Afirmación radical y el Movimiento Ordenador (este ultimo, edito el periódico País Libre). En Santa Fe, se había organizado el movimiento Fuerza Intransigente.

Todos estos movimientos culminarían con la constitución del Movimiento de Intransigencia y Renovación (MIR).

Entre los años 1938 y 1946 el movimiento de la Juventud Radical —cuyo animador fue A propio Moisés Lebensohn— realizó cuatro congresos nacionales en dos de los cuales —el de Córdoba (mayo de 1938) y el de Chivilcoy (mayo de 1942) — fueron planteadas las bases de la renovación radical y los principios doctrinarios y políticos que sirvieron de base para la constitución del MIR, fundado el 4 de abril de 1945, en la ciudad de Avellaneda. No era solo un grupo de animación yrigoyenista, sino una fuerza que venia a proponer la renovación y actualización del radicalismo.

El camino había sido preparado por los sectores yrigoyenistas juveniles. En Buenos Aires, el movimiento Revisionista, Cruzada Renovadora y Radicalismo Intransigente (1940-1942); en Santa Fe, Radicalismo Intransigente (1944); en Córdoba el periódico Intransigencia (1944-1945) y en la Capital Federal, Acción Raíz Argentina, que publico la revista Raíz y los grupos Cruz del Sur y Crea.

LEBENSOHN INDICA EL CAMINO

Moisés Lebensohn fue un renovador del radicalismo que, partiendo de las banderas populares yrigoyenistas, trato de darle una ideología. No solo ataco los intereses conservadores y tradicionales. Su crítica la dirigió también contra la vieja maquinaria que burocratizaba al partido.

Había nacido en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, el 12 de agosto de 1907. Se recibió de abogado a los 20 años. El 17 de octubre de 1931 fundo en la ciudad de Junín —donde residía con su familia— el diario Democracia. Hoy, su hijo, lo continua publicando en colaboración con Dora Dana de Lebensohn, esposa del líder radical.

Moisés Lebensohn fue electo concejal en 1936 por la UCR de Junín. En 1949 presidio al bloque radical de constituyentes y en 1953 fue elegido presidente de la Convención Nacional de su partido. Murió a los 46 años, el 13 de junio de ese año, cuando el país esperaba mucho de su firmeza en los principios y de su reconocida solvencia moral.

En 1936, Lebensohn escribió: "La opresión económica se acrecienta y la Republica se acerca a una factoría colonial " y por eso la lucha se ha entablado "entre el pueblo y la oligarquía enseñoreada del poder".

Un año después denunciaba a los dos enemigos: “la oligarquía y la política del servicio personal, que hacia depender la conquista de voluntades para el radicalismo, no de razones vinculadas con los intereses nacionales y populares, sino de la sensiblería y de los favores lícitos o ilícitos de tanto de "doctores" como por caudillejos lugareños, que manejaban la maquinaria electoral hábilmente pero alejaban a las grandes masas ciudadanas del partido.

“Quienes dirigen el plan contra las libertades argentinas —decía Lebensohn— son los restos de la oligarquía terrateniente, enriquecida por la valorización de la tierra forjada por el esfuerzo de dos generaciones; los especuladores y financistas impacientes que juegan gigantesca tómbola con el trabajo nacional; los grandes capitales que monopolizan los recursos  de nuestra economía succionándola con sangría permanente; la sedicente mayoría ilustrada que coloca el prestigio de sus apellidos y de su figuración política y social al servicio de los trust imperialistas internacionales".

No fue menor su inquietud por la reorganización del radicalismo: "Las fallas y debilidades de la vida interna —decía Lebensohn— se proyectan sobre la acción exterior del partido. Sin decisión, sin fervor y sin aptitud para la lucha, se cayó en una política posibilista. En lugar de asumir con entereza la noble tarea impuesta por las circunstancias, y de enfrentar los acontecimientos, el partido se coloco a la zaga. Aguardo la restitución de las instituciones libres por sucesos eventuales y ajenos a su propio esfuerzo. Confío en la buena voluntad y en el patriotismo de gobiernos surgidos de la entraña oligárquica. Procuro no irritar a los intereses del privilegio económico y social, soslayando la guerra contra estos, para centrar su fuego contra las camarillas políticas oficialistas... Así, impremeditadamente, facilito la capacidad potencial del pueblo con soluciones concretas, de temple y sentido radical, ante los problemas que entenebrecen la nacionalidad. -Se prefirió eludirlos, intentando vanamente ganar la buena voluntad de los círculos privilegiados, con la absurda demostración de que sus intereses opresores no serian afectados con el acceso de las masas populares a la dirección efectiva del Estado”

EL PROGRAMA EMANCIPADOR

Para renovar al radicalismo, Lebensohn propuso echar mano de: 1) la juventud radical; 2) la organización partidaria, basada en la democracia interna, el voto directo de los afiliados y la representación de las minorías, y 3) el "programa emancipador'

"La juventud radical —decía— aspira a una democracia económica sobre los fundamentos renovados... Ese ideal será inaccesible si no se destruye la red de intereses creados que pretenden mantener los actuales moldes y en todos los ordenes, en lo político, económico y cultural, sofoca la existencia de la Republica. Sostenemos en los hechos la voluntad de crear una democracia autentica, con hondo sentimiento humano, un régimen de verdadera libertad y de verdadera justicia al servicio de la nacionalidad; un régimen que subordine la economía al hombre y movilice los recursos naturales, no en el limitado beneficio de sus poseedores, sino del desarrollo nacional y el bienestar social". Para Lebensohn, los puntos concretos del programa radical que propuso en 1944, y que debían realizarse en el primer periodo constitucional, era: "a) Reforma agraria inmediata y profunda, que abra a todos los trabajadores del campo el acceso a la tierra transformándola de valor de renta y especulación en instrumento de trabajo; b) reforma educacional, que imponga la obligatoriedad de la enseñanza media, técnica o agraria e integre un sistema que asegure a las nuevas generaciones, bajo tutela efectiva del Estado, idénticas posibilidades de desarrollo físico, cultural y moral, en comunidad de condiciones e igualdad de oportunidades; c) régimen de organización y seguridad social que otorgue a todos los habitantes las perspectivas ciertas de trabajo, de un standard de vida decoroso, de cultura y de porvenir liberado de las angustias de la desocupación, de la enfermedad, de la vejez y de la incertidumbre sobre el futuro de los descendientes; d) política de recuperación económica. Monopolio del Estado —ejercido por si o delegado en su caso a cooperativas— de servicios públicos, combustibles, energía, seguros; movilización y comercialización de los sectores esenciales de la producción; e) reforma financiera que ubique el peso de la carga impositiva sobre las grandes rentas y la valorización ganada por el trabajo colectivo; f) política destinada a lograr la unidad económica con los países vecinos y progresivamente con el resto de America, tendiendo a la cooperación económica mundial".

El programa propuesto por la juventud radical de la provincia de Buenos Aires, redactado por Lebensohn, se concretara en abril de 1945 con la declaración constitutiva del Movimiento de Intransigencia y Renovación; será ratificado el 1° de noviembre de 1945 en una asamblea realizada en Rosario y constituirá la base programática de los documentos votados en el primer Congreso Nacional del movimiento, realizado los días 9 y 10 de agosto de 1947. Un año después, el programa, bajo la directiva lebensohniana, se convirtió en el programa de la Unión Cívica Radical.

DE AVELLANEDA A CHASCOMUS

De allí en adelante la lucha entre yrigoyenistas y alvearistas se hizo dramática. El Movimiento de Intransigencia y Renovación (MIR) fue fundado en 1945, en Avellaneda, donde se hizo publico el ya legendario Programa de Avellaneda.

Se fue formando una generación de radicales reformistas que convergerían —los días 9 y 10 de agosto de 1947— en el primer Congreso Nacional del MIR, realizado en los salones del comité de Avellaneda, calle Belgrano 732 donde funcionaba el periódico radical Provincias Unidas. Allí se reunieron, entre otros, Lebensohn, Gabriel del Mazo, Luis Dellepiane, Crisologo Larralde, Oscar Alende, Arturo Frondizi, Antonio Sobral, Luis Boffi, Oscar López Serrot, Roberto Parry, Héctor V. Nobiia, Ricardo Balbín, Juan Prat, Ataulfo Pérez Aznar, Antulio Pozzio. Mario Bernasconi, Bernardino Horne, David Blejer, Armando Turano, Absalón Rojas e Ismael Amit.

El Congreso fue inaugurado por los secretarios de la Junta Nacional Organizadora, doctores López Serrot y Julio Correa. Hubo representantes femeninos y obreros. De la Córdoba sabattinista llego una nutrida delegación de obreros radicales. Se eligió la mesa directiva; para presidente, Francisco Ratto (Capital) viejo radical que había formado parte como soldado junto a Alem en la Revolución del 90; vicepresidente 1° Domingo Cialzeta (Corrientes); vicepresidente 2°, Ramón Yacante Molina (La Rioja); secretario, Lebensohn (Buenos Aires), Blejer (Entre Ríos), Miguel D. Apayte (Mendoza) y Clodomiro Falco (Santiago del Estero). Se leyeron varias adhesiones, entre otras, de Ricardo Rojas, José Benjamin Abalos y Elpidio González.

En ese congreso fueron aprobados tres documentos, uno denominado Profesión de Fe Doctrinaria, redactado por Frondizi, Sobral y Del Mazo; las Bases de Acción Política por Lebensohn, Frondizi y Del Mazo y la Declaración Política por Lebensohn. En este documento Lebensohn definió: "un Radicalismo fiel a su origen y a su estructura popular" para "reinstalar la orientación popular en la fuerza histórica de Alem e Yrigoyen". Se inspiraban los documentos en la declaración inicial del movimiento, aprobada dos anos antes.

Por ello los radicales yrigoyenistas reclamaban:

1. La democratización de la cultura y la defensa del laicismo;
2. Control de la economía en base a un planeamiento fijado por los órganos representativos de la voluntad popular que coloque a la riqueza natural, la producción, el crédito, las industrias, el consumo y el intercambio internacional al servicio del pueblo y 'no de minorías;
3. Nacionalización de los servicios públicos, energía, transporte, combustible y de las concentraciones capitalistas monopólicas.
4. Administración de los sectores nacionalizados por entes autárquicos nacionales, provinciales, comunales o cooperativos, con participación de usuarios, productores, técnicos y obreros; Reforma Agrarias inmediata y profunda y 5. Política internacional independiente.

Años después —en 1958— uno de los sectores radicales, que reivindicaba para si el legado de la intransigencia yrigoyenista llegó al gobierno. Ya Lebensohn había muerto. Presidía el país Arturo Frondizi. El programa democrático y popular era abandonado por otro tecnocrático y desarrollista. En Chascomús, cerca de la laguna, en diciembre de 1960, el Programa de Avellaneda fue ahogado definitivamente. El radicalismo iniciaba una crisis profunda que ya no podría superar. Pero esa, es otra historia.

UN APOSTOL LAICO

Quienes recuerdan a Lebensohn a pesar de los años pasados, destacan sus cualidades humanas, antes que sus dotes intelectuales, que por cierto abundaban en su recia personalidad. Recuerdan su abnegación, su militancia activa en las filas radicales, su lucha por la renovación del partido — en hombres y en métodos— Su pobreza.

Los viejos socialistas de Junín guardan celosamente —en la Biblioteca Juan Bautista Alberdi local— un libro de actas de las juventudes socialistas de los años veinte, donde figura Lebensohn, presente en una de las reuniones. Pero eso fue fugaz, porque desde joven se integro en las filas radicales, cuando al llamado postrero de Yrigoyen, después del treinta, la flor y nata del estudiantado universitario porteño y platense —que lo habían combatido—, se afilio al radicalismo.

Prácticamente Lebensohn no ejerció su profesión de abogado. Absorbido por la política dedico a ellos los mejores años de su vida. Fue muy querido por la juventud radical, pero también —como todos los innovadores—, fue odiado por sus enemigos, fuera y dentro del partido.

Pocos días antes de morir, cuando presidía una asamblea partidaria en la Casa Radical porteña —Tucumán 1660—, casi al finalizar la misma fue agraviado desde la barra por una mentalidad intolerante. En la asamblea se impuso la intransigencia, quebrando al unionismo de raíz alvearista. Lebensohn era el líder indiscutido de la nueva tendencia, cuyo surgimiento alentaba desde años atrás. El insulto no se hizo esperar, y se expreso a través de una mujer —cuyo dogmatismo religioso— fue nefasto para el radicalismo: "Comunista, judío..." a los que se añadieron otros insultos de grueso calibre. Al finalizar la reunión, Lebensohn salía del edificio acompañado por un correligionario de Junín, y le dijo: "...Tengo un dolor aquí" y le señalo el corazón. Lebensohn fallecería pocos días después.

Era un hombre sensible, de una cultura general que trascendía lo político. Conocía sobre arte, plástica y pintura. Los amigos y los discípulos que solían rodearlo en la mesa de café, escuchaban largas charlas del líder radical sobre los temas mas variados.

Quien escribe estas líneas era redactor del diario La Opinión, y en tal carácter, cubrid un congreso del Partido Intransigente, realizado en la ciudad de Córdoba el 13 de diciembre de 1975.

Allí, en la vieja casona radical, cuyo frente estaba en ruinas a raíz de un atentado, sesiono la Convención del Partido Intransigente, uno de los núcleos políticos que reivindican las líneas del radicalismo yrigoyenista.

Pero no se trata de recordar ese congreso, que fue como el de otros partidos, con sus delegados, discursos, debates y declaraciones. El recuerdo es para referir un hecho, que por anecdótico no dejo de impactar en el periodista. Al darse lectura de la lista de delegados, para averiguar sobre el quórum, se comenzó leyendo la nomina de los participantes a la provincia de Buenos Aires. Y fue cuando, ante el asombro del periodista, el presidente de la convención leyó el nombre de Moisés Lebensohn —fallecido 22 años antes—, y los delegados, de pie, y en alta voz, formularon un simbólico: ¡Presente!

Allí el periodista pudo saber que era de práctica, en las convenciones radicales, recordar simbólicamente a la figura de Lebensohn, alma y motor del radicalismo intransigente. Un hecho emotivo, por cierto, con algo de religioso. EJC.




"Ya en 1937, Moisés Lebensohn estigmatizaba como enemigos de la libertad a la oligarquia, los "doctores", los caudillejos y dispensadores de favores interesados"  







Fuente: “Lebensohn, una voz olvidada” por Emilio Jorge Corbiere en Todo es Historia N° 189, febrero de 1983.

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domingo, 19 de marzo de 2017

Jorge C. Carretoni: "Homenaje al Dr. Moisés Lebensohn" (13 de junio de 1958)

Allá por 1940, el 24 de mayo para ser preciso, señala Lebensohn en el quinto congreso de la juventud que él había gestado, los vicios que corroían en ese instante la estructura de la Unión Cívica Radical.

Levanta su dedo acusador para enrostrar definitivamente las fallas de aquellas estructuras caducas. Acuña una frase que fue, es y seguirá siendo nuestra bandera de lucha: estigmatiza para siempre la política del servicio personal en el partido.

“Se descendió –decía Lebensohn- del plano idealista a la política del servicio personal; la conquista de voluntades no por motivos atinentes al país, de orden publico, sino por servicios, atenciones, empleos, favores lícitos e ilícitos, afectos o amistades. Los cuadros activos del partido en su gestión preponderante no se dirigieron a la voluntad general de los argentinos, sino a su voluntad individual, subversión y negación de la democracia”

Ya empieza proféticamente a señalar él, el hombre mas respetuoso de la condición humana, la necesidad de que las situaciones o inquietudes individuales del hombre deben subordinarse en alguna instancia a las necesidades de la sociedad. Ahí empieza Lebensohn a estigmatizar las viejas prácticas del partido y lanza el primer presagio: el partido esta de espaldas al pueblo y el pueblo le pagará con la misma moneda.

Y así, en 1946 tiene que decir con dolor argentino y con profundo dolor radical, que en 1943 el pueblo pasó frente a los comités y se detuvo ante los diarios. Era ya un pueblo que no sentía ligado al partido.

Vuelvo, entonces, Lebensohn hacia atrás; quiere recuperar para el partido el sentido yrigoyeniano de su origen; quiere recuperar para el partido un contenido que trascienda el limite restringido de los aspectos formales de una democracia que él quería que tuviera el contenido humano, que tuviera el contenido social que el pueblo reclamaba y que él había anunciado, ante esa falencia, que el pueblo iba a pasar de largo.

Así, entonces, comienza su tarea ciclópea de introducir el pueblo dentro del partido, y para ello lleva su vista a su proclama de 1940 dirigida a la juventud. Quiere contenido, y en el seno profundo de la Unión Cívica Radical empieza la lucha por crear una doctrina que se ajuste a las necesidades de un pueblo que la estaba reclamando. Allí vuelve Lebensohn a levantar, en su discurso de Avellaneda en 1945, aquellas banderas que había creado para la juventud en 1940.






Fuente: “Homenaje al Dr. Moisés Lebensohn” - Diputado Nacional por Buenos Aires Jorge C. Carretoni, 13 de junio de 1958. 
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jueves, 24 de septiembre de 2015

Moisés Lebensohn: "El Mensaje de Cada Generación"

Ocupo con verdadera emoción esta tribuna, rodeada por un cuerpo de muchachos y muchachas, junto a hombres de vieja actuación en el Radicalismo, atraídos por un tema específicamente juvenil.

Como dijo quién me honró al presentarme, es una vieja preocupación mía esta de promover y organizar la acción de la juventud. No tuvo nunca un sentido político, en la acepción común de la política argentina. Tuvo un sentido profundamente humano.

Mirando al panorama de la humanidad en sus vastas perspectivas, era evidente que después de la guerra del 14-16 asistíamos a la crisis de una civilización. Aquí, en la Argentina, la marejada debía llegar un tanto más tarde, pero llegaría. Nuestra acción política inicial se vinculó a los esfuerzos del radicalismo de Yrigoyen por mantener sus perfiles originarios en la gran lucha que, primero sorda y después abiertamente, se libró desde 1922 hasta 1928.

Pero tuvo expresión definida cuando los hombres de mi generación, que eran apenas muchachos, afrontaron el rigor y el fragor de la lucha después de 1930. Habían llegado los tiempos amargos, y nosotros, que vivíamos los años de la mocedad, sentimos el estremecimiento de nuestra tierra y salimos a la acción. Esa juventud desconocida y desconectada que asomó el 5 de abril en todo Buenos Aires, fue el factor fundamental de aquel episodio extraordinario que demostró la voluntad democrática de nuestro pueblo, oponiéndose a las primeras tentativas de organizar el fascismo en el país argentino.

Comprendimos, enseguida, cómo debíamos colocarnos a la altura de la época. Los hombres jóvenes actuábamos en organizaciones locales, dependientes y accesorias de los comités de distrito, que, por sus propias limitaciones, no podían cumplir el papel creador que correspondía a una joven generación en el momento en que se encontraban en revisión y en crisis las estructuras del mundo.

Sostuvimos el derecho y el deber de la juventud de organizarse. en un cuerpo de generación. En el ambiente pequeño, los esfuerzos no se orientan hacia una empresa nacional ni contemplan sus proyecciones mundiales. Quedan sepultados, casi siempre, en los choques secundarios de la política de campanario. Era necesario ligar la acción de los hombres jóvenes con sus responsabilidades provinciales y nacionales. Era necesario crearles su propio escenario para que dieran, con autenticidad, el mensaje que cada generación trae como aporte propio e intransferible a la evolución de las ideas, por encima de la gravitación del pensamiento y de los intereses predominantes. Un hombre joven está más cerca de la tierra, más apegado al suelo, e interpreta con mayor fidelidad los reclamos nuevos de cada época. El común de los hombres se vincula por vida a las ideas que prevalecían en su adolescencia. Nos asomamos a la arena política, recogemos un sentido de la vida y, salvo excepciones, ese sentido sigue imprimiendo su rumbo a nuestros actos.

Es un momento de revisión de profunda de valores era indispensable que la joven generación no estuviera encasillada en conceptos que habían hecho fracasar la organización del mundo. Podría, de este modo, revitalizar el tronco añoso del partido, trayendo su propio acento a la vieja lucha argentina y radical para la creación de un orden guiado por los móviles de la justicia y de la libertad.

Concebimos así esta organización de la juventud radical, que tiene antecedentes y paralelos en la juventud radical chilena; en los clubs de la juventud Democrática, en Estados Unidos, que fueron el valuarte del New Deal, la grande empresa renovadora de la democracia, del presidente Roosevelt; en las juventudes republicanas de España, que evocamos con emoción porque fueron las que en nuestro tiempo dijeron el mensaje de la libertad con mayor fuerza, juventudes que ya no existen, juventudes que murieron sirviendo nuestro anhelo de un mundo nuevo frente al cuartel de la Montaña o en las cumbres del Guadarrama y entregaron sus vidas para contener el ímpetu fascista, mientras su sacrificio tocaba a somatén en la conciencia de los pueblos libres.

Quisimos adoptar este tipo de organización, y radicales de todo el país reunimos en Córdoba, en 1938, para concretar esta aspiración: crear un sitio de lucha para las nuevas formaciones y, al mismo tiempo, un lugar donde cada hombre joven que tuviera juicio propio y definición autónoma, pudiese ascender de las restricciones lugareñas a los planos provinciales y nacionales, para considerar los problemas de la República y cotejar y ensamblar su juicio con el de sus compañeros, señalando los requerimientos de la inquietud común. Era la salvaguardia de un Radicalismo en permanente renovación, que debía recoger, en cuajo, el aliento creador de cada etapa.

Nosotros seguimos la norma, pero no su práctica. Quiso el destino que al inductor de la ley escrita le correspondiese la responsabilidad de imponer su vigencia en la provincia de Buenos Aires y de lograr en muchos distritos, y precisamente en éste, que los hombres jóvenes tuviesen la posibilidad de ofrendar en la acción lo mejor de sus espíritus.

Quienes entendemos que el Radicalismo es un camino abierto hacia el porvenir, no tenemos temor ante el juicio de los hombres jóvenes. Lo queremos vehemente, enérgico y decidido, como tiene que ser la juventud.

Quienes no tenemos miedo al futuro ni complicidades con el pasado, queremos una juventud que pronuncie su mensaje con valor y vigor, no una juventud adocenada que cumpla con mansedumbre bovina las órdenes que llegan desde arriba.

Bienvenida su palabra para juzgar y para criticar. Bienvenida su palabra para acertar o para errar, porque vivimos en crisis y si alguna opinión vale es la de un hombre joven que no está sumergido en los sistemas de ideas que condujeron a la humanidad a la encrucijada en que se debate.´













Fuente: Conferencia sobre los deberes de la juventud por el Dr. Moisés Lebensohn en "Pensamiento y Acción", 1956.
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domingo, 25 de enero de 2015

Moisés Lebensohn: "Mensaje a la Juventud" (1950)

¡Esta es tu Hora, Muchacho de Buenos Aires!

Argentina, 1889. Crisis del carácter y del idealismo. El éxito es la única meta, no importa cómo. Es la época de la riqueza fácil, de las rodillas blandas y del sometimiento sin tasa. El Presidente ejerce el poder sin límites. Unge gobernadores; fabrica diputados.


Su palabra es orden para quienes sienten como lastre nuestra gran tradición de altivez. Una ola sensual y dorada envuelve al país. El dinero, emitido en cantidades fabulosas, crea ilusión de prosperidad. Como ahora. Y como ahora, la corrupción de los negociados y un coro inmenso de adulaciones cubriendo la tierra de los argentinos.

Desmayan los varones, envejecidos en la lucha por los principios de la República, y la soberbia posee al Presidente, cuyo poder parece infinito.

Y, sin embargo...

El 22 de agosto reunióse un grupo de jóvenes. Proclama en banquete «su adhesión incondicional» al presidente de la República y lo erige en «jefe único». Esa mañana se publicó un artículo periodístico, un simple artículo periodístico. «¡Tu quoque, juventud!

En Tropel al Exito». Las frases vibrantes de Barroetaveña, conmueven el espíritu juvenil. En réplica al banquete de los incondicionables, nace la Unión Cívica de la Juventud. Ocho días después una multitud clamorosa responde, en el Jardín Florida «para proclamar con firmeza la resolución de los jóvenes de ejercitar los derechos políticos animados de grandes ideales, con entera independencia de las autoridades constituidas, y para provocar el renacimiento de la vida Cívica Argentina». Allí, en ese sitio, esos muchachos iniciaron el despertar del civismo.

La Unión Cívica de la Juventud - que constituyeron- fue el órgano fundador del
Radicalismo. Su punto de partida como movimiento organizado, pero no su origen, que se enraíza en los grandes movimientos históricos por la emancipación del hombre y la creación de la nacionalidad. 

El Radicalismo es un modo de sentir la vida y de concebir la función de la Argentina. Su fervor alienta la pasión republicana de Moreno, late en la visión de patria de la Asociación de Mayo, mueve el sueño profético de Sarmiento, agita al pueblo que rodea al Alsina de los grandes momentos, y que sigue a Alem cuando en él se refugió el sentimiento autonómico de Buenos Aires. Cual lo define la Profesión de Fe de la Unión Cívica Radical, «es la corriente orgánica y social de lo popular, del federalismo y de la libertad apegada al suelo e interprete de nuestra autenticidad emocional y humana, reivindicatoria de las bases morales de la nacionalidad; es el pueblo mismo en su gesta para constituirse como nación dueña de su patriotismo y de su espíritu»’

El 90, el 93 y el 95.
Del esfuerzo de aquel grupo de muchachos surge el reencuentro de los argentinos con el alma de la República. Alem alza la bandera reivindicatoria de los grandes ideales.
Julio de 1890. Revolución del Parque. Pueblo y soldados, mas no pueblo siguiendo a soldados, sino soldados con amor de pueblo, sirviendo con sus armas al movimiento de la civilidad Argentina, en la consigna inmortal de San Martín. Y aquel Presidente, que ayer parecía omnipotente, debió acogerse a la soledad y el olvido.
1893. Revoluciones radicales. Yrigoyen, el jefe revolucionario rechaza como incompatible con su honor la gobernación provisoria de Buenos Aires. 1905, nueva
Revolución. Y así, década tras década, el pueblo radical sigue fiel al propósito de permanecer en la lucha hasta la integración del pensamiento de Mayo, hasta la vigencia de las libertades fundamentales. Los triunfos de la oligarquía, respaldada en el fraude y en la ficción institucional - triunfos efímeros, como todos los de la fuerza-, encuentran al Radicalismo en la determinación insobornable de persistir hasta la prevalencia final de sus ideales.

Victoria del derecho.
Y llego la victoria. La resistencia popular y la energía paciente e infatigable de
Yrigoyen trajeron la ley Saenz Peña y abrieron el camino del sufragio. 16 al 30. Barre las oligarquías políticas. El Radicalismo gobierna al país y desde él inicia la era de la transformación social; se afirman, cual patrimonio inolvidable de todos los argentinos, las libertades vitales sobre las cuales se asienta la dignidad del hombre; en la pugna de los imperialismos, la Argentina señala la más alta posición moral. Nuestra democracia se perfeccionó en el progreso social, la cultura política y el inmaculado respeto a los derechos del pueblo.

1930, motín de septiembre.
El Radicalismo promueve la nacionalización del petróleo, base de la independencia económica y de la soberanía política. La Cámara de Diputados - de mayoría radical- vota la ley; mas el Senado - reducto reaccionario-, detiene su sanción. El 7 de septiembre deben celebrarse elecciones. Con los nuevos senadores habría de modificarse la mayoría del Senado. El día anterior, el 6, el gobierno constitucional cae derribado por la conjuración de un sector militar, Triunfa el complot imperialista. «Pasaron unos aviones - dijo Waldo Franck-, desfilaron unos cadetes, y por la noche los terratenientes argentinos bebieron Champagne de las mejores vendimias pagado por el oro de los petroleros yanquis». Y desde entonces, el petróleo argentino sigue sin nacionalizarse...

Calvario popular.
Uriburu intenta la reforma constitucional. Tiende al establecimiento de un orden totalitario. Su plan naufraga en los históricos comicios del 5 de abril de 1931.

Comienza, entonces, la vigencia del fraude, la perduración de las formas institucionales, en tanto se altera su esencia: la voluntad del pueblo. Imposición del privilegio y entrega económica.

Régimen de coloniaje material y espiritual, dirigido por dictaduras de turno, todas las cuales recibieron el apoyo de los núcleos militares actualmente gobernantes.

Cuatro de junio.
Mientras tanto prosigue la tentativa de avasallamiento de orden civilizado, de deshumanización del hombre. Hitler y Mussolini. Cae la democracia española y aquellos imponen otro dictador: Franco. El gobierno de Castillo mantiene una seudo-neutralidad, tras la cual se disfraza la colaboración con los nazis. Aquellos círculos militaristas que participaron en el plan frustrado del 30 retoman la iniciativa. 

No representan al ejército. La mayoría de sus cuadros de jefes y oficiales es leal a la gran tradición sanmartiniana. Es una minoría, pero minoría ágil. Cree incuestionable la victoria de los enemigos de la libertad, y forma el poder para jugar su propia partida en la hora definitiva del éxito totalitario. Más la suerte de la guerra le es adversa y, ante la presión de los acontecimientos, tiene que regresar a las consignas de democracia y libertad, proscriptas en el primer momento, como último camino de retirada. Levanta, entonces, cual señuelos, las banderas históricas del Radicalismo, la lucha contra el privilegio nacional e internacional, y con todo el aparato de propaganda, logra introducir la confusión en gran parte del pueblo.

Nuevas formas totalitarias.
La experiencia impuso correcciones. Ya no se realizó, como en 1930, una exhibición descarnada de los propósitos perseguidos. Aquel fracaso y las derrotas europeas enseñaron la necesidad de proceder paulatina y progresivamente. Declámanse las sagradas palabras revolucionarias para conquistar el corazón del hombre del pueblo, y ofrecésele, como gracia, algunas mejoras transitorias, mientras se estructura sigilosamente un orden de opresión, en el que estarán ausentes las libertades esenciales.

¡Guay del pueblo argentino, si no lo advierte a tiempo, si no reacciona antes de que el dogal se cierre sobre su cuello!

¡Guay si cae, como los infelices pueblos aniquilados, en deslumbramiento ante los artificios de los dictadores! En aquellos desgraciados paises - al igual que aquí- se monopolizaron los medios de expresión; se deformó la mentalidad del niño en la escuela, para uniformar mañana el alma del hombre; se anuló la independencia de los sindicatos, convirtiéndolos en satélites del gobierno; se reguló la economía y las finanzas en beneficio de nuevas oligarquías industriales y en sacrificio de consumidores y productores. allí, como aquí, la radio y la prensa oficiales, se encargaron de moldear a su arbitrio el pensamiento de la ciudadanía, manejando al son de la única campana que puede oírse; y Allí como aquí, plebiscitos o elecciones configuran una simulación democrática al impedirse el cotejo de hechos e ideas indispensables para el libre pronunciamiento popular.

Quedaba una última garantía de la vida republicana: la rotación de gobernantes, que si no restringe la arbitrariedad del poder, las limita en el tiempo, poniéndole término en plazo cierto. La supresión del articulo 77 de la Constitución, que prohibía las reelecciones, como último remedio para impedir la consolidación de un sistema dictatorial, fue el motivo real y la única finalidad de la reforma, que se encubrió con un manto de solemnes palabras.

El régimen desnudo.
El sistema puede ocultar su naturaleza mientras dispuso de las grandes diferencias de los precios de los cereales que substrajo a los agricultores. Su prodigalidad le creó un clima de transitoria popularidad. Normalizados los mercados, la corrupción y el despilfarro agotaron las reservas del trabajo argentino, despojando al país de su garantía monetaria.

Solo atina a sobrevivir emitiendo papel moneda, en tanto aguarda el estallido de una nueva guerra para la cual pactó la participación Argentina, en los convenios de Río de Janeiro. El pueblo paga el derroche oficial con la carestía de la vida. La inflación agobia a quienes trabajan o producen, y enriquece a los poseedores, cada vez más ricos. El régimen teme que el pueblo advierta la realidad: expulsa a diputados, clausura diarios, persigue a los trabajadores libres. Más la verdad se está abriendo paso. Lo dicen los últimos escrutinios.

Lo dirá Buenos Aires en marzo, convocatoria de lealtad con los principios de la larga lucha por la dignidad del hombre.

Hora de la juventud.
Esta es la batalla por la república, por los ideales que dieron origen y sentido a nuestra patria; batalla de juventud, de muchachos que no tienen el alma vencida, que quieren servir al porvenir construyéndolo con sus propios brazos, con sus desvelos y sus sacrificios. Eran un puñado los estudiantes que gestaron hace sesenta y un años el gran movimiento civil del Radicalismo. Parecían insignificantes ante el poderío del gobierno.

Y sin embargo, aquel gobierno cayó y ellos escribieron la historia de medio siglo, pues reencendieron al civismo en el corazón de los argentinos. Este es ese mismo pueblo, del cual estamos orgullos, aún en sus errores. Hagamos un grupo compacto en cada pueblo y en cada ciudad de nuestro Buenos Aires y levantemos fervorosamente la voluntad de combatir por la liberación política, social y económica de nuestros hombres y de nuestras mujeres. Es lucha para muchachos de corazón templado, que sientan su responsabilidad ante el destino nacional. Es lucha para muchachos dignos del honor de ser argentinos y de la emoción de ser radicales. Es nuestra lucha. Alcemos las banderas de la Juventud Radical, digamos nuestra palabra con autonomía dentro del Radicalismo, la fuerza histórica de la democracia

Argentina, y marchemos al encuentro del porvenir.

Tienes tu puesto en nuestras filas, en la Organización de la Juventud Radical.

Acércate, muchacho de Buenos Aires, a los compañeros de tu generación, que formamos esta columna. Irá engrosando día a día, hasta reunir a todos los hombres jóvenes.

Combatiremos y sufriremos juntos, y juntos obtendremos nuestra victoria en la construcción de la patria del mañana: la Argentina soñada del trabajo, la justicia y la libertad.






















Fuente: Moises Lebensohn "Pensamiento y Acción", Ed. Talleres Gráficos Buenos Aires, octubre de 1966. 
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viernes, 24 de octubre de 2014

Moisés Lebensohn: "Línea Combatiente" (25 de abril de 1953)

Señores Convencionales:

Si fuera necesario acreditar ante la conciencia del mundo, mediante un testimonio gráfico e irreversible, la presente situación argentina, bastaría describir este cuadro. He aquí, delante de nosotros, los escombros que trajo la barbarie argentina revivida en el Régimen que humilla la nacionalidad. Y he aquí también, bajo el mismo techo, la Unión Cívica Radical, expresión civil y viríl de la conciencia argentina, dispuesta a restaurar las condiciones de libertad que constituyen la dignidad y el decoro del hombre.

El precio de la sangre
Nunca mejor que en estos momentos podremos iniciar nuestras deliberaciones bajo el eco de las notas de nuestro himno. El habla de la larga lucha, que no nace con el nacimiento de nuestra patria, sino que se remonta a miles de años atrás, cuando el primer hombre comenzó a erguirse contra el despotísmo para afianzar la dimensión y la latitud de sus derechos.
En un desfiladero, alguien tenía un garrote para imponer su ley -la ley de la fuerza, del poder-, y alguien, nuestro antepasado primitivo y remoto en la lucha por la libertad, se irguió sobre sus dos plantas y afirmó su derecho a ser, él, una criatura humana. Han pasado millares de años, todo el tránsito de la historia. Y cada sector de esa libertad, que constituye el decoro del hombre contemporáneo, se conquistó al precio de la sangre y del sufrimiento de generaciones íntegras.
Nadie conoce el nombre ni el pensamiento concreto de los primitivos en la lucha que nosotros representamos en esta hora grave de la vida argentina. Sin embargo, paso a paso, en todo el desarrollo de esta hazaña histórica que es la conquista de la libertad, se fueron jalonando los triunfos y las derrotas, y gracias a ellos advino un mundo humano; un mundo del siglo XX, un mundo en que la criatura humana estaba protegida en sus fueros y revestida de todo lo que constituye la dignidad de nuestra época.
El hombre, trabajosamente, al cabo de siglos, fue elaborando las estructuras sociales, políticas y económicas que lo liberaban de la coacción y de la fuerza. El ingenio del hombre libró durante esos siglos la lucha para resguardar la libertad de conciencia, y logró que el alma, la tierna alma naciente del fruto de sus amores, se realizara conforme a la ley de su hogar, y no conforme a la imposición del poder.
¡Cuántas gentes murieron en el cadalso! ¡Cuántos fueron quemados en la hoguera!
¡Cuántos perecieron en guerras seculares para afirmar los principios de la libertad de conciencia!
Nosotros somos los merecedores de ese patrimonio. Y he aquí que en la Argentina la lucha de nuestros antepasados remotos por dar libertad al espíritu del hombre, se está frustrando. Y he aquí que estamos nosotros para responder a la sangre y a la memoria de nuestros antepasados y para recrear las condiciones de la libertad de conciencia.

La división del poder.
El ingenio del hombre fue dividiendo el poder. No quiso que el estuviera concentrado en la sola mano del discrecionalismo, que representa la manifestación concreta del régimen despótico. Quiso que hubiese un cuerpo que sancionase las normas que rigen la vida colectiva, y que hubiese otra entidad de derecho público que aplicase esas normas, y que hubiese otra, en fin, cercana en magnitud a la divinidad misma, que se encargara de dar a cada uno el sector de justicia que le corresponde. Y así el hombre dividió los poderes.
Y he aquí que en la tierra argentina todos los poderes han sido resumidos en una sola persona. Existe un Poder Legislativo, pero es la ficción y el fantasma del Poder Legislativo, porque no es más que el ejecutor de las órdenes del Ejecutivo. Existe un Poder Judicial -ese poder que he señalado como cercano a la divinidad misma, porque debe proteger nuestra vida, nuestro honor, nuestro nombre, todo nuestro ser-, pero ese poder, que los hombres deben desempeñar como un sacerdocio, está ligado, vinculado, subordinado para los más viles menesteres de la represión, a las decisiones del Ejecutivo.

El resguardo institucional de la libertad.
El hombre no se conformó con dividir los poderes. Quiso que hubiese muchas entidades de derecho público y concibió, dentro de nuestro sistema institucional, que frente al poder nacional, en cada sector de la vida argentina, hubiese una unidad histórica resguardada en su autonomía política y en su autonomía económica. Y el hombre reconoció las provincias e instituyó el régimen federal. Y dentro de cada provincia, quiso también que se dividiesen los poderes, porque en ese balance y en esa limitación residía la libertad del hombre.
Y no se conformó con esto. En su lucha de siglos concibió que hubiese otra entidad apegada a él; el poder municipal. Quiso que en cada sitio existiese una autoridad local que fuese expresión del pensamiento y estuviera ligado a su propia vida; e incluso dividió esa autoridad en tres sectores -un legislativo, un ejecutivo y aun un judicial- porque así garantizaba la libertad.
Y quiso por encima de todo eso, que rigiesen normas escritas capaces de movilizar los esfuerzos de todos los individuos que actuaran concertadamente, conforme a los principios que constituyen la ley de la nacionalidad. Y sancionó todos los códigos que prescriben las reglas fundamentales de nuestro derecho positivo.
Y no se detuvo allí. Quiso también que en la base de su organización estuviese la conciencia pública, el país, el hombre, vigilante, atento, actuando como recipiendario de todas las impresiones, escuchando todos los juicios y decidiendo, con los plebiscitos cotidianos de la opinión pública, cuál debía ser la marcha de todos los organismos que había previsto y creado el ingenio humano, a través de los sacrificios de millares de años, para liberar esa cosa frágil y tan falible que es una criatura humana.
Y todo eso, compatriotas, ha perecido en la tierra argentina. No existe división de poderes, ni federalismo, ni vida comunal. No existe la constitución, porque su vigencia ha sido suspendida y actúan poderes de guerra emplazados contra los propios nacionales, cuya libertad es superior y anterior a la constitución. No existen las corrientes vivificantes de la opinión pública, porque la prensa ha sido monopolizada por el Régimen y los medios técnicos de expresión del pensamiento popular están cancelados.

La lucha por los ideales de la nacionalidad.
Estamos los argentinos como hace miles de años. Un desfiladero, la fuerza bruta, y un hombre que se pone de pie para iniciar esta marcha eterna hacia la liberación y la expansión de la dignidad humana.
Este es nuestro papel, el altísimo papel que está desempeñando la Unión Cívica
Radical. Yo no veo ya la bandera de nuestro partido con los colores del 90. No la veo siquiera con los colores que en nuestras Provincias encabezaban las columnas revolucionarias del 93, colores que aun permanecen en nuestros distintivos para señalar nuestra militancia política. Los olvido, diluyo esos colores y no veo más que la bandera de la nacionalidad.
La Patria no existe. En cualquier otro sitio la Patria puede ser una mera expresión geográfica, pero en la Argentina es, no una porción de tierra, sino un contenido moral y un sentido histórico ligado a la idea fundamental de la libertad. Los forjadores de nuestra nacionalidad no quisieron crear un país más. Cuando el Gran Libertador descendió con sus tropas en las playas de Pisco, dijo una frase que es el lema de los argentinos: «Nuestra causa es la causa del género humano». Argentina se concibió como ámbito que sirviera de base a esta Patria del género humano.
Nosotros estamos en la lucha y en la pelea por realización de los fines y los ideales de la nacionalidad. Nuestra bandera en este momento es la bandera de la República y quienes se alzan contra el sentido de libertad y contra los contenidos profundos que dieron nacimiento a nuestra Patria, son perjuros del sentimiento de la Argentina.

La cita con el destino.
Esta de ahora tiene un sentido superior a la lucha de la emancipación nacional.
Nuestros predecesores pelearon contra las presiones del despotismo que habían nacido en tierras extrañas, cuando aún reinaba en el mundo una concepción política que no era concepción política elaborada durante siglos, pero implantada después, con el sufrimiento y la esperanza de los hombres. Los que ahora quieren recrear el despotismo son, desgraciadamente, los hombres en este suelo y en este siglo, cuando cabría esperar que nuestro país cumpliera su cita con el destino alumbrando la esperanza de todos los desvalidos de libertad en el mundo, y no negando ni clausurando de este modo las más altas vivencias de la historia argentina.
Argentina ha tenido una cita con el destino. Vivimos el momento de la crisis de la conciencia argentina y de la conciencia universal. Hay una gran rebelión en el mundo. El proceso, que se inicia en América con la emancipación, alcanza hoy a los pueblos extendidos sobre todas las latitudes. Allí, en África y en Asia, cientos de millones de hombres que estaban relegados a una condición subhumana, ganan su independencia y cumplen un siglo después que nosotros la gran lucha por construir unidades nacionales. El mundo debate la contextura del futuro, hace crisis un sistema económico y se alzan dos grandes banderas. Una es la bandera que pretende afirmar las libertades políticas en el mantenimiento del régimen colonialista que, para satisfacer las necesidades del imperialismo económico, condena al sufrimiento a millones de criaturas humanas, que son tan hombres como nosotros pese a la distinta pigmentación de su piel. Y hay también otra bandera, que pretende instaurar una economía al servicio del hombre, pero en abominación de las libertades políticas y civiles, sin las cuales la vida no merece ser vivida.
Frente a la fuerza económica del privilegio y frente a los zares rojos del Kremlin,
Argentina tenía una cita con el destino. Desde aquí debió lanzarse una gran bandera para la humanidad: la economía al servicio de los hombres, los pueblos libres, las nacionalidades realizándose en plenitud y hermandad, y la Argentina peleando como un adalid de la conciencia universal para impulsar esta marcha del mundo.
Pero, para desgracia nuestra, en el momento de nuestra cita con el destino, he aquí que las estructuras del Estado argentino están en manos de hombres que no sienten el ideal nacional de dignificación de la criatura humana, que están manejando tendencias e ideales extraños al sentimiento nacional, que hablan de Estado potencia y pretenden someter a los pueblos hermanos a la dictadura y a los desvaríos de quienes detentan la cosa pública argentina. Y así están naufragando las grandes banderas. Y así se están quemando las grandes etapas. Y así Argentina está violando los sueños de los fundadores de la República y desertando de la que nuestro gran conductor -Hipólito Yrigoyen- señaló como función eminente de la Unión Cívica Radical y de la Argentina misma: la construcción del mundo de mañana.

Integración latinoamericana.
Debemos encabezar la marcha del continente americano. Para liberarnos de los procesos de la opresión económica, necesitamos integrarnos en una unidad económica con los países vecinos. Pero, con un régimen como el actual, ¿cómo puede la Argentina realizar este proceso de integración económica, si la integración económica está vinculada a la integración espiritual? ¿Cómo los hombres de estos países, que ven y que conocen mejor que nosotros los padecimientos de nuestra tierra, pueden aceptar conexiones íntimas y profundas con nuestra economía, si por ser nosotros el país más fuerte entre los países vecinos, habrían aquellos de caer también en condiciones de dependencia espiritual frente al régimen antiargentino y antiamericano que, levantándose en las orillas del Plata, pretende extender sobre las naciones hermanas, no ya el predominio de su economía, sino hasta el predominio de su concepción antinacional de la vida?
Y cuando era llegado el momento de lograr la vinculación profunda de nuestras economías, y de crear un gran mecanismo gracias al cual nuestro país y los países vecinos pudieran enfrentar la crisis mundial con las fuerzas de una economía potente, he aquí que la negación de los ideales argentinos debilita el papel americano de nuestro país y frustra, quizá por esta generación, el cumplimiento de una gran aspiración que lanzada por Bolívar, constituye uno de los grandes objetivos de la Unión Cívica Radical: la unión de los países latinoamericanos, para que ellos, organizados sobre la base de la comunidad espiritual y de una comunidad económica al servicio de la dignidad del hombre, creen un subcontinente en el que la esperanza del nuevo mundo tenga asiento y su expresión, y donde se reflejen las ilusiones, la dicha y la fe de todos los desvalidos de la tierra.

La economía desarmada.
Las grandes frustraciones no consisten sólo en esto. El país esperaba una profunda reforma agraria. Y basta dirigir la mirada hacia el campo: Una economía desarmada y el mantenimiento del régimen de injusta e irracional distribución de la tierra. Muchos hombres dejaron sus hogares ante la privación económica creada por los mecanismos del Régimen y afluyeron hacia las grandes ciudades. Por cada latifundio que se ha dividido, como expresión homeopática destinada a la propaganda, se han recreado varios latifundios que son el patrimonio donde vierten sus capitales los oligarcas de nuevo cuño, nacidos al abrigo de las ventajas proporcionadas por el régimen. Y he aquí que nuestros campos despoblados están esperando la realización de su gran esperanza.
Si dirigimos la mirada al contorno industrial de Buenos Aires -centro de la
macrocefalía que destruye la armonía de la vida argentina-, en el que se suman seis millones de habitantes, vemos el quebrantamiento de una industria, que no se realizó sobre bases serias, sino como una empresa de aventura.
En los años de prosperidad, del 47 al 49, aumentan los salarios y suben los índices de nivel de vida. Pero, debido al proceso de inflación, los hombres no pueden invertir sus economías en el ahorro, que constituye el depósito de las épocas florecientes. Y tampoco pueden levantar su casa, su hogar, porque las condiciones de la edificación de viviendas están perturbadas en la Argentina por el desarrollo fantasioso del programa de construcciones oficiales. Los hombres apenas si pueden comprar las pequeñas cosas que sirven para ornar su vida. De este modo, al abrigo de la necesidad inmediata, se forma una pequeña industria de quincallería, en la que trabajan 200, 300, 400 mil hombres. No es la industrialización seria, recia, que exige el país. Creada sobre el sacrificio de todos los argentinos, es una industria oportunista, porque sus capitales provienen del dinero emitido por el Banco Central y de los préstamos del Banco Industrial. Y ahora, esa industria, que ya no puede vivir y que se está extinguiendo lentamente, plantea un dramático problema: el problema de la reconvención del trabajo de esos 200, 300 o 400 mil hombres, de ese millón de habitantes de Buenos Aires, que tendrán que marchar hacia el campo o trabajar en nuevas industrias cuya creación no se advierte como será posible en el estado de depresión económica y social en que se sume el país.
Esta es la gran crisis que afronta la Argentina. No existe una industrialización seria. El Radicalismo no se opone a la industrialización. El ansia como proceso indispensable para el logro de la emancipación económica argentina. Pero nuestra industrialización tiene que apoyarse sobre dos bases fundamentales: transporte y la autosuficiencia energética.
Si examinamos el problema del transporte, encontramos que existe una crisis profunda de estructura, derivada no de la nacionalización de los ferrocarriles, sino de la
peronización de los ferrocarriles, que ha subvertido su organización interna, que ha entregado los puestos de comando a militantes políticos y que ha privado a la red ferroviaria del necesario proceso de renovación mediante la incorporación de nuevas máquinas, porque las divisas que constituyen la garantía del poder adquisitivo argentino en el exterior, fueron despilfarradas por un Régimen que no tenía vueltos los ojos al país.
Y si dirigimos la mirada hacia la energía, comprobamos que la provisión argentina de combustible ha disminuído y el aprovechamiento integral de la energía hidroeléctrica  que debió realizarse con carácter de epopeya- apenas se encuentra en su comienzo. El país, en consecuencia de ella, ha tenido que intensificar su importación de combustibles, al extremo de que el año pasado debió invertir más de mil millones de pesos en comprar el petróleo y el carbón de piedra indispensables para el sostenimiento precario de su industria y de su energía termoeléctrica.
La nacionalización de los yacimientos de petróleo, esa bandera radical que concibió Yrigoyen con acierto preciso y visión clara de las necesidades del porvenir, fue arriada en 1930, cuando el gobierno nacional cayó por la acción de columnas militaristas de las que formaba parte el actual Presidente de la República, quien acaba de confesar esta verdad en un momento de desconcierto y desasosiego. Y continúa arriada. Desde 1930 hasta ahora, en los yacimientos de petróleo argentino no está la bandera de nuestra Patria, sino las banderas extranjeras, que marcan el sometimiento del combustible básico para el desarrollo nacional a las exigencias y a los intereses de los grandes monopolios internacionales.

Una mano tendida hacia los trabajadores.
Este proceso se integra con el sometimiento de los sindicatos. El señor Presidente de la República acaba de dirigir su palabra a un grupo de militantes sindicales, pretendiendo enlazar la suerte del sindicalismo argentino a la suerte del Régimen que él encabeza.
Saben los trabajadores argentinos que en los gobiernos de la Unión Cívica Radical existieron las garantías, el aliento de la organización sindical y el impulso de todas las fuerzas políticas de la República, necesarios para asegurar el pleno desarrollo de sus defensas profesionales.
Saben los trabajadores argentinos que éste es el partido de Hipólito Yrigoyen, quien supo gobernar con una mano puesta sobre el libro de la Constitución, para cumplirla y hacerla cumplir, y la otra extendida para estrechar la mano cálida de todos los trabajadores de nuestra tierra.
Saben los trabajadores que éste es el partido en cuya lucha se expresan todas las reivindicaciones sociales y económicas de la nacionalidad. Cuando nuevamente gobierne la Unión Cívica Radical, los sindicatos argentinos serán más fuertes que nunca. No dependerán del poder político. Podrán visitar al Presidente de la República de igual a igual, como la expresión del poder sindical, sin que el Presidente de la República elegido por la Unión Cívica Radical jamás pretenda uncirlos ni someterlos al vilipendio de ninguna expresión de baja política.
La Unión Cívica Radical no dice que va a respetar las actuales conquistas otorgadas a los sectores obreros, porque ellas están colocadas sobre las bases falibles de un régimen monetario que se maneja de acuerdo con los caprichos del poder. La Unión Cívica
Radical va a crear las condiciones sociales y económicas de fondo para que el trabajo argentino tenga posibilidades de plena redención, y para que la economía argentina esté al servicio, no de los poseedores, sino de las exigencias del desarrollo nacional y del bienestar.
Saben los trabajadores argentinos que nuestras «Bases de Acción Política» enuncian un derecho que es para nosotros un compromiso de observancia ineludible. Los queremos a ellos, a los trabajadores, actuando en el primer plano de la conducción de la economía, es decir, no sólo beneficiándose con la participación en las utilidades, sino también interviniendo en la codirección de todas las empresas. De esta manera los hombres del trabajo emergerán de la supeditación en que hoy se encuentran, por no disponer de los medios de producción, y estos últimos serán puestos al servicio de la República y al servicio de la condición humana de todos los habitantes del país.

La vida del hombre argentino.
Estas no son meras palabras. Estos no son compromisos de carácter electoralista.
Esta es la historia vivida y sufrida por los hombres de la Unión Cívica Radical en una larga lucha que tiene más de sesenta años. Esta es nuestra prédica sacrificada y éstas son las banderas que hemos sostenido con sangre de nuestros corazones. Nosotros no hemos esperado estar en el gobierno para defender esta causa, ni la defendemos tampoco por pertenecer a un sector social determinado. La defenderemos porque nuestra bandera suprema es la vida de los hombres. Queremos que todo en la Argentina -economía, estructura social, estado político- esté subordinado a la vida del hombre argentino como supremo objetivo, como finalidad suprema de la existencia nacional.

Somos una permanencia histórica.
Con estas grandes banderas enfrentamos el retorno del despotismo, que está delante nuestro en expresiones y en actos que revelan la ausencia de toda serenidad.
Frente a la tentación del odio, frente al mandato de la violencia, la Unión Cívica Radical responde con serena y reflexiva energía. Si nos lanzáramos a la contestación del ataque, desataríamos la guerra civil en la vida argentina. Si fuéramos un episodio transitorio, podríamos disputar esa guerra civil. Pero nosotros somos una permanencia dentro de la vida argentina. Cuando no exista sino el recuerdo de estas épocas nefastas, estará la Unión Cívica Radical como contextura y la estructura fundamental de nuestra Patria.
Porque representamos una comunidad histórica, tenemos que cuidar la solidaridad, la unión, la concordia entre los argentinos. Debemos fortalecer los vínculos que pueden arraigar en nuestra Patria, y no los factores de disociación, de humillación, de persecución que pueden debilitar a la Argentina en el concierto interno y en el orden internacional. Por eso dirigimos un llamamiento supremo. ¿Cómo es posible que se hayan extinguido hasta el último reflejo de patriotismo en los hombres que tienen la responsabilidad de la conducción del país? Al plantear este angustioso interrogante no me refiero sólo al Presidente de la República. El Régimen actual se ha apartado del derecho y ha colocado los poderes del estado en el terreno de la fuerza y de la violencia. Quienquiera represente una fuerza en el país tiene la responsabilidad de este trágico momento argentino.
La Unión Cívica Radical no conspira, porque su prédica, su posición y su historia no la vinculan a episodios que necesiten disimularse en las sombras de la noche. La Unión Cívica Radical cumplirá su deber serenamente, reflexivamente. Aunque se cierren los caminos, esta fuerza histórica sabrá realizar todos los sacrificios que sean imprescindibles para que de la tierra argentina no desaparezcan los caracteres, ni los símbolos ni los fines que dieron origen a la nacionalidad. Lo hará seria y responsablemente, porque la Unión Cívica Radical, cuando asumió la suprema responsabilidad de la protesta armada, supo hacerlo, no en las sombras de la noche, sino por la acción valerosa y pública de sus autoridades constituidas, como ocurrió en todos los episodios históricos que jalonan su trayectoria cívica.
Somos una comunidad política al servicio de la nacionalidad. Estamos armando nuestras filas, armando nuestra moral. Y podemos mirar hacia adelante con fe en el porvenir. Porque nosotros tenemos fe en nuestro papel y en el hombre argentino. Hasta en el hombre argentino que cree ser nuestro adversario. Sabemos que nos bastará acercarnos a él y estrecharnos contra la palpitación de su corazón, para que él se sienta radical como nosotros. Como nosotros nos sentimos, junto con él, parte necesaria para la realización de la Patria.

Las tareas urgentes.
Tiempos nuevos imponen nuevos deberes. El Radicalismo no es una fuerza política. Es una fuerza nacional.
En nombre de las angustias del hombre contemporáneo, los poderes fascistas tomaron la conducción del Estado, exactamente en la Argentina como en Europa, y su primera tarea, una vez que el hombre hizo la opción, la misma opción del 24 de febrero, entre la libertad y la justicia social, fue incomunicar totalmente a los seres humanos.
Cada hombre está aislado en sí mismo y sólo tiene conexión con los centros del poder. Nuestra tarea inmediata, urgente, candente, consiste en recrear los vínculos que permiten a los hombres comunicarse entre sí. Este es uno de los grandes papeles de la
Unión Cívica Radical. Su primera tarea es el acercamiento de los argentinos, cada uno de los cuales constituye un mundo apartado. Hay que ligarlos entre sí. Tenemos que extender vertiginosamente la organización partidaria a lo largo y a lo ancho del país. Tiene que haber, en cada centro de población urbana o rural y en cada barrio de cada ciudad, una organización representativa de nuestra función nacional. Tiene que haber en cada actividad social una organización del partido. Tiene que haber, dondequiera que las personas convivan en la comunidad del trabajo, un hombre que esté vinculado a la organización del partido, para que, en el momento de la gran crisis que pueda avecinarse, no dependamos de la restricción ni de la supresión de los medios de comunicación, sino que estemos ligados en el conocimiento, en la información, en la decisión de los organismos que el partido tiene que crear, como deber imperioso, en esta época.
Y tenemos que tener presente otra consigna fundamental, que a veces olvidamos explicablemente.
Estos fenómenos de regresión, esta reaparición del despotismo, se viste con ropaje moderno y toma como cobertura los sufrimientos y las esperanzas de los hombres del trabajo. Ellos no creen que en la democracia puedan realizarse la eliminación de sus angustias. Tenemos que probar, con todos los medios posibles, cómo en la democracia puede construirse un deseo muy humano de justicia y de respeto para la condición de los hombres, afirmándose entre todos los sentimientos el de la libertad. Si nosotros no cumplimos esa tarea y nos dejamos sobrellevar por la apariencia ventajosa de ciertos aliados circunstanciales, habremos incurrido en la peor deserción, y habremos favorecido, en el terreno en que el régimen ansía más, las aspiraciones del sistema que está humillando a la Argentina.
Nuestra lealtad con los hombres del trabajo, nuestra claridad doctrinaria, nuestra penetración en los puntos de vista para la construcción de un mundo, de un mundo mejor en la Argentina, son condiciones fundamentales para la victoria. Tenemos que ligar nuestra lucha por la libertad a la lucha por la supresión de las causas de fondo que trajeron ésta y las anteriores dictaduras: la pobreza, la incultura, la falta de desarrollo económico y social, la gravitación de los factores nacionales e internacionales del privilegio. Estos son nuestros enemigos, porque detrás de esos enemigos de fondo aparecieron las expresiones políticas del conservadorismo pasado y del fascismo presente, que están rigiendo la vida argentina.
Tenemos que eliminarlos de cuajo y para siempre, combatiendo no sólo sus consecuencias, sino también las causas que las provocaron, y creando las condiciones económicas, políticas, sociales y culturales de una auténtica democracia con hondo sentido humano. Este es el gran papel de la Unión Cívica Radical.

La unidad nacional.
Yo quisiera terminar. Pero antes me siento en el deber de señalar, como causa profunda de nuestra acción, la necesidad de lograr la unidad de nuestra Patria, proclamada y reclamada siempre por el Régimen.
Hay dos tipos de unidades nacionales, dije ya alguna vez. La primera es la unidad que implica el sometimiento de todos los hombres a la voluntad del poder. La unidad nacional de Hitler: un pueblo, un Estado, un conductor. La unidad de Mussolini: una multitud aborregada, ocho millones de camisas negras, un hombre que habla desde un balcón creando un imperio artificioso. La unidad nacional de Rosas: las cartas encabezadas por un lema, un cintillo en todos los pechos, un luto en todos los sombreros.
Y hay otra unidad nacional. La unidad nacional de las grandes democracias contemporáneas, que nace de la convivencia armónica, del amor fraterno a ideales que son expresión del genio nacional. La unidad nacional de Inglaterra, que peleaba contra las fuerzas del mal y soportaba estoica la agresión de los Stukas y de las bombas Zeta, en tanto que su parlamento deliberaba y demostraba, en su vivencia de la libertad, cómo las instituciones de ese pueblo admirable, aún en ese momento, estaban funcionando con regularidad, al tiempo que realizaba una profunda reforma en las condiciones de la vida social inglesa. La unidad nacional del pueblo norteamericano, que, mientras enviaba millones de sus hijos a morir en los campos de batalla de Europa y desplegaba el máximo de esfuerzo en sus fábricas, poniendo en tensión toda su economía, realizaba elecciones, discutía y debatía en comunidad todos los problemas de la República.
Escoja el Sr. Presidente la unidad nacional que quiera para la Argentina: la unidad nacional de la humillación, del aplastamiento de todas las circunstancias, del arrasamiento de todas las voluntades libres, o la unidad nacional que constituye la grandeza y el honor de los pueblos que marcan la máxima excelencia de la civilización contemporánea. Nosotros tenemos tomada nuestra posición. Queremos la unidad que nace del respaldo de todas las opiniones de la vivencia de los ideales que dieron forma y sentido a nuestra nacionalidad.
Pero advierta el Presidente de la República cuál fue el final trágico y azaroso de todos los regímenes que quisieron fundar la unión sobre la fuerza. Recuerde cuál fue el final del dictador de Alemania, cuál fue el final del dictador de Italia, cuál fue el final del dictador de la Argentina. Si traemos este recuerdo, no es con un carácter personal. Frente a los grandes procesos históricos, la suerte de un hombre poco interesa. Pero para que cayera Hitler, Alemania tuvo casi que perecer, y en cada casa, semidestruída, una cruz negra tuvo que recordar que uno de sus hijos entregó su vida por los desvaríos de quien detentaba la suma del poder.
No alzamos palabras fuertes, alzamos palabras firmes.
Nosotros luchamos por el sentido argentino de la vida, con fé profunda en nuestra causa y con una decisión inquebrantable. Mientras el Régimen revela su impotencia, no puede gobernar sino por la fuerza, y no se atreve a enfrentar un sólo acto público de la
Unión Cívica Radical, nosotros estamos más serenos y seguros que nunca. No alzamos palabras fuertes, alzamos palabras firmes, porque la nuestra es una decisión que proviene de la historia y del convencimiento de que estamos cumpliendo un deber superior a nuestras vidas y un mandato que viene de más allá de las tumbas de nuestros antepasados.
Trabajaremos, lucharemos y sufriremos juntos, compatriotas radicales, compatriotas argentinos. El esfuerzo no será estéril. De ese sacrificio está naciendo una vida nueva. Todo parto es laborioso, demanda sangre, requiere sufrimiento. Ahora está produciéndose en la Argentina el nacimiento de la Patria soñada, siempre irrealizada, de la Patria que nosotros legaremos a nuestros hijos como una esperanza para toda la humanidad.

Lucha Integral en Todos los Frentes






















Fuente: Discurso pronunciado por el Dr. Moisés Lebensohn en el seno de la Convención Nacional de la Unión Cívica Radical, el 25 de abril de 1953. 
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