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jueves, 24 de septiembre de 2015

Moisés Lebensohn: "El Mensaje de Cada Generación"

Ocupo con verdadera emoción esta tribuna, rodeada por un cuerpo de muchachos y muchachas, junto a hombres de vieja actuación en el Radicalismo, atraídos por un tema específicamente juvenil.

Como dijo quién me honró al presentarme, es una vieja preocupación mía esta de promover y organizar la acción de la juventud. No tuvo nunca un sentido político, en la acepción común de la política argentina. Tuvo un sentido profundamente humano.

Mirando al panorama de la humanidad en sus vastas perspectivas, era evidente que después de la guerra del 14-16 asistíamos a la crisis de una civilización. Aquí, en la Argentina, la marejada debía llegar un tanto más tarde, pero llegaría. Nuestra acción política inicial se vinculó a los esfuerzos del radicalismo de Yrigoyen por mantener sus perfiles originarios en la gran lucha que, primero sorda y después abiertamente, se libró desde 1922 hasta 1928.

Pero tuvo expresión definida cuando los hombres de mi generación, que eran apenas muchachos, afrontaron el rigor y el fragor de la lucha después de 1930. Habían llegado los tiempos amargos, y nosotros, que vivíamos los años de la mocedad, sentimos el estremecimiento de nuestra tierra y salimos a la acción. Esa juventud desconocida y desconectada que asomó el 5 de abril en todo Buenos Aires, fue el factor fundamental de aquel episodio extraordinario que demostró la voluntad democrática de nuestro pueblo, oponiéndose a las primeras tentativas de organizar el fascismo en el país argentino.

Comprendimos, enseguida, cómo debíamos colocarnos a la altura de la época. Los hombres jóvenes actuábamos en organizaciones locales, dependientes y accesorias de los comités de distrito, que, por sus propias limitaciones, no podían cumplir el papel creador que correspondía a una joven generación en el momento en que se encontraban en revisión y en crisis las estructuras del mundo.

Sostuvimos el derecho y el deber de la juventud de organizarse. en un cuerpo de generación. En el ambiente pequeño, los esfuerzos no se orientan hacia una empresa nacional ni contemplan sus proyecciones mundiales. Quedan sepultados, casi siempre, en los choques secundarios de la política de campanario. Era necesario ligar la acción de los hombres jóvenes con sus responsabilidades provinciales y nacionales. Era necesario crearles su propio escenario para que dieran, con autenticidad, el mensaje que cada generación trae como aporte propio e intransferible a la evolución de las ideas, por encima de la gravitación del pensamiento y de los intereses predominantes. Un hombre joven está más cerca de la tierra, más apegado al suelo, e interpreta con mayor fidelidad los reclamos nuevos de cada época. El común de los hombres se vincula por vida a las ideas que prevalecían en su adolescencia. Nos asomamos a la arena política, recogemos un sentido de la vida y, salvo excepciones, ese sentido sigue imprimiendo su rumbo a nuestros actos.

Es un momento de revisión de profunda de valores era indispensable que la joven generación no estuviera encasillada en conceptos que habían hecho fracasar la organización del mundo. Podría, de este modo, revitalizar el tronco añoso del partido, trayendo su propio acento a la vieja lucha argentina y radical para la creación de un orden guiado por los móviles de la justicia y de la libertad.

Concebimos así esta organización de la juventud radical, que tiene antecedentes y paralelos en la juventud radical chilena; en los clubs de la juventud Democrática, en Estados Unidos, que fueron el valuarte del New Deal, la grande empresa renovadora de la democracia, del presidente Roosevelt; en las juventudes republicanas de España, que evocamos con emoción porque fueron las que en nuestro tiempo dijeron el mensaje de la libertad con mayor fuerza, juventudes que ya no existen, juventudes que murieron sirviendo nuestro anhelo de un mundo nuevo frente al cuartel de la Montaña o en las cumbres del Guadarrama y entregaron sus vidas para contener el ímpetu fascista, mientras su sacrificio tocaba a somatén en la conciencia de los pueblos libres.

Quisimos adoptar este tipo de organización, y radicales de todo el país reunimos en Córdoba, en 1938, para concretar esta aspiración: crear un sitio de lucha para las nuevas formaciones y, al mismo tiempo, un lugar donde cada hombre joven que tuviera juicio propio y definición autónoma, pudiese ascender de las restricciones lugareñas a los planos provinciales y nacionales, para considerar los problemas de la República y cotejar y ensamblar su juicio con el de sus compañeros, señalando los requerimientos de la inquietud común. Era la salvaguardia de un Radicalismo en permanente renovación, que debía recoger, en cuajo, el aliento creador de cada etapa.

Nosotros seguimos la norma, pero no su práctica. Quiso el destino que al inductor de la ley escrita le correspondiese la responsabilidad de imponer su vigencia en la provincia de Buenos Aires y de lograr en muchos distritos, y precisamente en éste, que los hombres jóvenes tuviesen la posibilidad de ofrendar en la acción lo mejor de sus espíritus.

Quienes entendemos que el Radicalismo es un camino abierto hacia el porvenir, no tenemos temor ante el juicio de los hombres jóvenes. Lo queremos vehemente, enérgico y decidido, como tiene que ser la juventud.

Quienes no tenemos miedo al futuro ni complicidades con el pasado, queremos una juventud que pronuncie su mensaje con valor y vigor, no una juventud adocenada que cumpla con mansedumbre bovina las órdenes que llegan desde arriba.

Bienvenida su palabra para juzgar y para criticar. Bienvenida su palabra para acertar o para errar, porque vivimos en crisis y si alguna opinión vale es la de un hombre joven que no está sumergido en los sistemas de ideas que condujeron a la humanidad a la encrucijada en que se debate.´













Fuente: Conferencia sobre los deberes de la juventud por el Dr. Moisés Lebensohn en "Pensamiento y Acción", 1956.

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