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domingo, 27 de octubre de 2019

Emilio Corbiere: "Lebensohn, una voz olvidada” (febrero de 1983)


Caído Yrigoyen, el radicalismo no tuvo, ni antes ni después de Moisés Lebensohn, un ideólogo que reformulase con claridad y profundidad el papel de la Unión Cívica Radical en el panorama político argentino. Sin embargo, la figura de este renovador ha ido borrándose en la memoria. Revisar las propuestas que, hace cuatro décadas ofrecía Lebensohn, autoriza a suponer que —de haberlo oído— el radicalismo pudo haber desempeñado un rol completamente distinto. Prefirió, en cambio, convertirse, primero, en la fuerza que gritaba desde la vereda de enfrente del peronismo; y luego, en furgón de cola de liberalismo tradicional, cuando no lo fue de corrientes ideológicas adscriptas a la tecnocracia desarrollista.

Derrotados en el campo de batalla, los revolucionarios de 1890 lograron empero, la caída del gobierno del presidente Miguel Juárez Celman. De todos modos, fue un triunfo efímero. Las contradicciones internas del movimiento cívico hicieron crisis cuando uno de los sectores formalizo un acuerdo con los núcleos adictos al Gobierno y al roquismo.

En tanto, una nueva tendencia histórica se gestaba en el país. Los grupos populares acaudillados por Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen —opuestos a cualquier acuerdo con el roquismo— definían en esas circunstancias un programa basado en el respeto de la voluntad popular y la libertad de sufragio.

El 26 de junio de 1891 —a un año de la sublevación antijuarista— se reunió el Comité Nacional de la Unión Cívica y decidió convocar a la Convención partidaria. Los acuerdistas no asistieron a la reunión, desconociendo la convocatoria y en adelante tomaran el nombre de Unión Cívica Nacional, por oposición a la tendencia liderada por Alem e Yrigoyen, que comenzó a llamarse Unión Cívica Radical. En esos días, Alem proclamaba: "Yo no acepto el acuerdo; soy radical en contra del acuerdo: soy radical intransigente".

Así, el radicalismo adoptaba, desde sus orígenes, una actitud contraria al oficialismo conservador y a sus distintas variantes, rechazando sistemáticamente ministerios y acuerdos electorales con esas fuerzas respecto de las cuales era antagónico, por lo menos formalmente.

Frente al fraude electoral y a la violencia, la naciente UCR opuso una porfiada resistencia, que culmino con alzamientos armados cívico-militares, como las revoluciones de 1893 y 1905.

Hipólito Yrigoyen reafirmo en 1897 la intransigencia radical y desde entonces hasta 1933, ano de su muerte, fue el conductor indiscutido del partido. En el Manifiesto de la revolución de 1905 denuncio a "los capitales extranjeros acostumbrados a pasar por alto nuestra soberanía y a obtener suculentos réditos por los capitales invertidos". Al mismo tiempo, al contraponer a la causa con el régimen, marcaba la diferencia entre los sectores populares y la elite gobernante.

Con esos jóvenes rebeldes, herederos de Alem, de los "orilleros" del partido Autonomista de Adolfo Alsina, del Club de la Igualdad, del Club 25 de Mayo, del partido Republicano de 1877, de la Unión Cívica Radical de 1891 —que comenzaban a ser reconocidos como radicales intransigentes"—, las clases medias irrumpieron en la vida nacional.

En realidad, en el radicalismo siempre convivieron dos expresiones o tendencias. En el '90, los revolucionarios del Parque nuclearon a viejos nombres del patriciado argentino, como los Zuberbuhler, Alvear, Beccar Varela, Torino, Montes de Oca, con los provenientes del ala popular orillera" del alsinismo, cuya expresión fueron Alem y Aristóbulo del Valle. En el radicalismo siempre convivieron los hijos de los inmigrantes, los sectores medios y no pocos terratenientes y oligarcas. Ricardo Rojas, en su obra El radicalismo de mañana, recordaba: "Fui al radicalismo y me encontré con los hijos de los inmigrantes y los nietos de los próceres".

Pero nadie puede negar que el radicalismo fue un partido de masas, con una ideología difusa, pero con amplia aceptación popular. Fue, al decir de Ernesto Palacio: "El partido histórico de la nacionalidad".

El origen ambiguo de esa fuerza popular, permitiría distinguir a lo largo de su historia, aquella ambivalencia de los comienzos: lo popular yrigoyenista y el ala "galerita", o conservadora.

La intransigencia, de la que habían hablado Alem e Yrigoyen, iba a resurgir pocos años después de la muerte del caudillo radical. Había tenido algunos antecedentes. En 1909, una fracción se opuso al mantenimiento de la abstención electoral, pero ese grupo no logro quebrar la actitud principista de Yrigoyen. Durante el primer gobierno del caudillo de Balvanera (1916-1922), Marcelo Torcuato de Alvear enfrento a Yrigoyen a raíz de las instrucciones dadas por este último al canciller argentino Honorio Pueyrredón para ser presentadas en la Sociedad de las Naciones. El distanciamiento entre ambos líderes se profundizaría y cuando Alvear asumió la presidencia (1923), el nuevo gobernante tomo distancia con el Partido llamando a colaborar a ministros de extracción no radical o antirradicales.

Durante el gobierno de Alvear, varios de sus ministros "antipersonalistas" buscaron alianzas con sectores conservadores para oponerse al retorno de Yrigoyen al poder. Alvear no se complico con esos planes, que fracasaron, e Yrigoyen plebiscitado, volvió a gobernar en 1928, hasta su derrocamiento dos años después.

LOS INTRANSIGENTES SE REAGRUPAN

Si bien es cierto que la conducción radical de 1930 paso a los "antipersonalistas", los que mantenían en alto las banderas renovadoras comenzaron una larga lucha para reconstruir el Partido bajo el signo de la intransigencia.

Hay algo simbólico en la carta que se encontró entre las ropas del mayor Regino P. Lascano, muerto durante un levantamiento radical. Era un manifiesto revolucionario fechado en la ciudad correntina de Curuzú-Cuatia, el 30 de junio de 1932. El manifiesto decía: "Frente a la dictadura del general Agustín P. Justo, la dictadura de las compañías Standard Oil, Bunge y Born, Dreyfus, Asociación de Frigoríficos, Tranvías, Unión Telefónica. Frente a esta dictadura extranjera disfrazada con los colores de nuestro pabellón y a la que solo civiles y militares que han caído en la ignominia de traición a la patria pueden apuntalar, proclamamos la revolución con el fin de recuperar para el pueblo argentino la suma del derecho y libertades ultrajadas, aherrojadas por la legión de fascistas de Jockey Club y Circulo de Armas, que no han trepidado en vender la nacionalidad a cambio de satisfacer ambiciones personales de origen político y comercial. A los jefes y oficiales dignos, a los suboficiales, cadetes y conscriptos del Ejercito y de la Marina, a los obreros y a los chacareros, a la juventud universitaria y de institutos secundarios, a los pequeños comerciantes, industriales y propietarios, incitamos a acompañarnos en esta santa cruzada rebelde y renovadora por la democracia y la in- dependencia política y económica de la Nación y de sus clases populares. Argentinos: De pie, a las armas. ¡Viva la Unión Cívica Radical!".

Esos levantamientos populares contribuyeron a reagrupar a los veteranos yrigoyenistas con la nueva generación, que, después de 6 de septiembre de 1930, se acerco a los comités radicales para afiliarse. Aquellos levantamientos marcaron un hito en la conciencia de los radicales y definieron aun más las dos corrientes: la popular y la "galerita". El general Severo Toranzo y el teniente coronel Gregorio Pomar, se levantaron en armas, en Corrientes y el Chaco, en febrero y julio de 1931 respectivamente; los hermanos Kennedy, en Entre Ríos y el teniente coronel Atilio Cattaneo, en Buenos Aires, en enero y diciembre de 1932; y el teniente coronel Ernesto
Bosch, en Paso de los Libres, Corrientes, en 1933. Esas derrotas, sin embargo, no amedrentaron a los radicales.

EL ALVEARISMO

Definiendo la orientación del antipersonalismo, un amigo le escribía a Alvear el 11 de noviembre de 1930:

"... el peludismo que en un primer momento se echo a muerto y que pedía humildemente ser admitido en las filas del verdadero radicalismo, es decir el antipersonalismo, ha reaccionado en los últimos días, y ya no habla sino de ir a la lucha por sus cabales. Ha reabierto gran numero de sus comités; han aparecido en la Capital, y en las provincias, periodiquines que defienden sus intereses; y sus oradores, como Emir Mercader en una reunión que celebraron en La Plata, hablan y ensalzan la gloriosa obra de su partido".

El alvearismo cifraba todas sus esperanzas en el camino electoral, que el régimen le negaba sistemáticamente anulando comicios donde triunfaban los radicales (Pueyrredón-Guido, el 4 de abril de 1931), vetando sus candidaturas (la formula presidencial Alvear-Guemes, el 6 de octubre del mismo año) e imponiendo el fraude patriótico durante mas de una década.

El radicalismo alvearista ocupo la cúpula partidaria y levanto la abstención el 3 de enero de 1935. Esa fecha es fundamental, porque desde ese momento la lucha entre intransigentes y alvearistas (unionistas) fue total.

En 1936 se produjo el escándalo de las concesiones a la Chade (Compañía Hispano Americana de Electricidad) que iba a marcar a fuego a los alvearistas. La Chade era subsidiaria del complejo Sofina. En esa oportunidad, la empresa, a fin de lograr mejoras en las concesiones que habían sido firmadas en 1907, y obtener una prorroga de 25 años, soborno a varios concejales radicales. Así, por 16 votos contra 11 (de los socialistas), resulto aprobada la prorroga de las concesiones. Nunca se pudo determinar si la cúpula alvearista había dado la orden de votar la concesión, pero las sombras cubrieron de dudas y sospechas a los concejales unionistas. Votaron a favor de la concesión los radicales: Rodolfo Arambarri, Abelardo Boullosa, Pascual De Lorenzo, Enrique Descalzo, Manuel Malvar, José María Moreira, Carlos F. Rophile, Raúl Savaresse, Camilo F. Stanchina y Francisco Turano. A ellos se les sumo el bloque de la concordancia (conservadores y socialistas independientes): Lisiardo Molina Carranza, José Dufour, Juan B. Sussini, Felipe di Telia, Enrique Vago y Peregrino P. Rial. En contra se pronunciaron los concejales del Partido Socialista: Bartolomé Fiorini, Alejandro Comolli, Salvador Gómez, Héctor Hiñigo Carrera, Andrés Justo, José Marota, Miguel Navas, Arturo L. Ravina, Adolfo Rubinstein, Vicente Russomano y Julio Berra.

LOS JÓVENES "TURCOS"

Toda esta situación engendro en el radicalismo una oleada de descontento. La juventud radical se alineo rápidamente detrás de los dirigentes yrigoyenistas, e iniciaron una verdadera batalla contra el alvearismo. Dentro de las estructuras partidarias, el yrigoyenismo, en sus primeros tiempos, tomo el nombre de legalistas (se hablaba de una "continuidad legal" de la conducción yrigoyenista anterior al 6 de septiembre de 1930), y fuera de la UCR, el antialvearismo formo un pequeño pero dinámico núcleo llamado FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina).

En Córdoba, Amadeo Sabattini, representante del espíritu yrigoyenista, había logrado la gobernación de la provincia en 1936.

En la Capital Federal se habían constituido, en 1937, el Bloque Opositor (ex legalistas), como "movimiento popular yrigoyenista"; el grupo Afirmación radical y el Movimiento Ordenador (este ultimo, edito el periódico País Libre). En Santa Fe, se había organizado el movimiento Fuerza Intransigente.

Todos estos movimientos culminarían con la constitución del Movimiento de Intransigencia y Renovación (MIR).

Entre los años 1938 y 1946 el movimiento de la Juventud Radical —cuyo animador fue A propio Moisés Lebensohn— realizó cuatro congresos nacionales en dos de los cuales —el de Córdoba (mayo de 1938) y el de Chivilcoy (mayo de 1942) — fueron planteadas las bases de la renovación radical y los principios doctrinarios y políticos que sirvieron de base para la constitución del MIR, fundado el 4 de abril de 1945, en la ciudad de Avellaneda. No era solo un grupo de animación yrigoyenista, sino una fuerza que venia a proponer la renovación y actualización del radicalismo.

El camino había sido preparado por los sectores yrigoyenistas juveniles. En Buenos Aires, el movimiento Revisionista, Cruzada Renovadora y Radicalismo Intransigente (1940-1942); en Santa Fe, Radicalismo Intransigente (1944); en Córdoba el periódico Intransigencia (1944-1945) y en la Capital Federal, Acción Raíz Argentina, que publico la revista Raíz y los grupos Cruz del Sur y Crea.

LEBENSOHN INDICA EL CAMINO

Moisés Lebensohn fue un renovador del radicalismo que, partiendo de las banderas populares yrigoyenistas, trato de darle una ideología. No solo ataco los intereses conservadores y tradicionales. Su crítica la dirigió también contra la vieja maquinaria que burocratizaba al partido.

Había nacido en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, el 12 de agosto de 1907. Se recibió de abogado a los 20 años. El 17 de octubre de 1931 fundo en la ciudad de Junín —donde residía con su familia— el diario Democracia. Hoy, su hijo, lo continua publicando en colaboración con Dora Dana de Lebensohn, esposa del líder radical.

Moisés Lebensohn fue electo concejal en 1936 por la UCR de Junín. En 1949 presidio al bloque radical de constituyentes y en 1953 fue elegido presidente de la Convención Nacional de su partido. Murió a los 46 años, el 13 de junio de ese año, cuando el país esperaba mucho de su firmeza en los principios y de su reconocida solvencia moral.

En 1936, Lebensohn escribió: "La opresión económica se acrecienta y la Republica se acerca a una factoría colonial " y por eso la lucha se ha entablado "entre el pueblo y la oligarquía enseñoreada del poder".

Un año después denunciaba a los dos enemigos: “la oligarquía y la política del servicio personal, que hacia depender la conquista de voluntades para el radicalismo, no de razones vinculadas con los intereses nacionales y populares, sino de la sensiblería y de los favores lícitos o ilícitos de tanto de "doctores" como por caudillejos lugareños, que manejaban la maquinaria electoral hábilmente pero alejaban a las grandes masas ciudadanas del partido.

“Quienes dirigen el plan contra las libertades argentinas —decía Lebensohn— son los restos de la oligarquía terrateniente, enriquecida por la valorización de la tierra forjada por el esfuerzo de dos generaciones; los especuladores y financistas impacientes que juegan gigantesca tómbola con el trabajo nacional; los grandes capitales que monopolizan los recursos  de nuestra economía succionándola con sangría permanente; la sedicente mayoría ilustrada que coloca el prestigio de sus apellidos y de su figuración política y social al servicio de los trust imperialistas internacionales".

No fue menor su inquietud por la reorganización del radicalismo: "Las fallas y debilidades de la vida interna —decía Lebensohn— se proyectan sobre la acción exterior del partido. Sin decisión, sin fervor y sin aptitud para la lucha, se cayó en una política posibilista. En lugar de asumir con entereza la noble tarea impuesta por las circunstancias, y de enfrentar los acontecimientos, el partido se coloco a la zaga. Aguardo la restitución de las instituciones libres por sucesos eventuales y ajenos a su propio esfuerzo. Confío en la buena voluntad y en el patriotismo de gobiernos surgidos de la entraña oligárquica. Procuro no irritar a los intereses del privilegio económico y social, soslayando la guerra contra estos, para centrar su fuego contra las camarillas políticas oficialistas... Así, impremeditadamente, facilito la capacidad potencial del pueblo con soluciones concretas, de temple y sentido radical, ante los problemas que entenebrecen la nacionalidad. -Se prefirió eludirlos, intentando vanamente ganar la buena voluntad de los círculos privilegiados, con la absurda demostración de que sus intereses opresores no serian afectados con el acceso de las masas populares a la dirección efectiva del Estado”

EL PROGRAMA EMANCIPADOR

Para renovar al radicalismo, Lebensohn propuso echar mano de: 1) la juventud radical; 2) la organización partidaria, basada en la democracia interna, el voto directo de los afiliados y la representación de las minorías, y 3) el "programa emancipador'

"La juventud radical —decía— aspira a una democracia económica sobre los fundamentos renovados... Ese ideal será inaccesible si no se destruye la red de intereses creados que pretenden mantener los actuales moldes y en todos los ordenes, en lo político, económico y cultural, sofoca la existencia de la Republica. Sostenemos en los hechos la voluntad de crear una democracia autentica, con hondo sentimiento humano, un régimen de verdadera libertad y de verdadera justicia al servicio de la nacionalidad; un régimen que subordine la economía al hombre y movilice los recursos naturales, no en el limitado beneficio de sus poseedores, sino del desarrollo nacional y el bienestar social". Para Lebensohn, los puntos concretos del programa radical que propuso en 1944, y que debían realizarse en el primer periodo constitucional, era: "a) Reforma agraria inmediata y profunda, que abra a todos los trabajadores del campo el acceso a la tierra transformándola de valor de renta y especulación en instrumento de trabajo; b) reforma educacional, que imponga la obligatoriedad de la enseñanza media, técnica o agraria e integre un sistema que asegure a las nuevas generaciones, bajo tutela efectiva del Estado, idénticas posibilidades de desarrollo físico, cultural y moral, en comunidad de condiciones e igualdad de oportunidades; c) régimen de organización y seguridad social que otorgue a todos los habitantes las perspectivas ciertas de trabajo, de un standard de vida decoroso, de cultura y de porvenir liberado de las angustias de la desocupación, de la enfermedad, de la vejez y de la incertidumbre sobre el futuro de los descendientes; d) política de recuperación económica. Monopolio del Estado —ejercido por si o delegado en su caso a cooperativas— de servicios públicos, combustibles, energía, seguros; movilización y comercialización de los sectores esenciales de la producción; e) reforma financiera que ubique el peso de la carga impositiva sobre las grandes rentas y la valorización ganada por el trabajo colectivo; f) política destinada a lograr la unidad económica con los países vecinos y progresivamente con el resto de America, tendiendo a la cooperación económica mundial".

El programa propuesto por la juventud radical de la provincia de Buenos Aires, redactado por Lebensohn, se concretara en abril de 1945 con la declaración constitutiva del Movimiento de Intransigencia y Renovación; será ratificado el 1° de noviembre de 1945 en una asamblea realizada en Rosario y constituirá la base programática de los documentos votados en el primer Congreso Nacional del movimiento, realizado los días 9 y 10 de agosto de 1947. Un año después, el programa, bajo la directiva lebensohniana, se convirtió en el programa de la Unión Cívica Radical.

DE AVELLANEDA A CHASCOMUS

De allí en adelante la lucha entre yrigoyenistas y alvearistas se hizo dramática. El Movimiento de Intransigencia y Renovación (MIR) fue fundado en 1945, en Avellaneda, donde se hizo publico el ya legendario Programa de Avellaneda.

Se fue formando una generación de radicales reformistas que convergerían —los días 9 y 10 de agosto de 1947— en el primer Congreso Nacional del MIR, realizado en los salones del comité de Avellaneda, calle Belgrano 732 donde funcionaba el periódico radical Provincias Unidas. Allí se reunieron, entre otros, Lebensohn, Gabriel del Mazo, Luis Dellepiane, Crisologo Larralde, Oscar Alende, Arturo Frondizi, Antonio Sobral, Luis Boffi, Oscar López Serrot, Roberto Parry, Héctor V. Nobiia, Ricardo Balbín, Juan Prat, Ataulfo Pérez Aznar, Antulio Pozzio. Mario Bernasconi, Bernardino Horne, David Blejer, Armando Turano, Absalón Rojas e Ismael Amit.

El Congreso fue inaugurado por los secretarios de la Junta Nacional Organizadora, doctores López Serrot y Julio Correa. Hubo representantes femeninos y obreros. De la Córdoba sabattinista llego una nutrida delegación de obreros radicales. Se eligió la mesa directiva; para presidente, Francisco Ratto (Capital) viejo radical que había formado parte como soldado junto a Alem en la Revolución del 90; vicepresidente 1° Domingo Cialzeta (Corrientes); vicepresidente 2°, Ramón Yacante Molina (La Rioja); secretario, Lebensohn (Buenos Aires), Blejer (Entre Ríos), Miguel D. Apayte (Mendoza) y Clodomiro Falco (Santiago del Estero). Se leyeron varias adhesiones, entre otras, de Ricardo Rojas, José Benjamin Abalos y Elpidio González.

En ese congreso fueron aprobados tres documentos, uno denominado Profesión de Fe Doctrinaria, redactado por Frondizi, Sobral y Del Mazo; las Bases de Acción Política por Lebensohn, Frondizi y Del Mazo y la Declaración Política por Lebensohn. En este documento Lebensohn definió: "un Radicalismo fiel a su origen y a su estructura popular" para "reinstalar la orientación popular en la fuerza histórica de Alem e Yrigoyen". Se inspiraban los documentos en la declaración inicial del movimiento, aprobada dos anos antes.

Por ello los radicales yrigoyenistas reclamaban:

1. La democratización de la cultura y la defensa del laicismo;
2. Control de la economía en base a un planeamiento fijado por los órganos representativos de la voluntad popular que coloque a la riqueza natural, la producción, el crédito, las industrias, el consumo y el intercambio internacional al servicio del pueblo y 'no de minorías;
3. Nacionalización de los servicios públicos, energía, transporte, combustible y de las concentraciones capitalistas monopólicas.
4. Administración de los sectores nacionalizados por entes autárquicos nacionales, provinciales, comunales o cooperativos, con participación de usuarios, productores, técnicos y obreros; Reforma Agrarias inmediata y profunda y 5. Política internacional independiente.

Años después —en 1958— uno de los sectores radicales, que reivindicaba para si el legado de la intransigencia yrigoyenista llegó al gobierno. Ya Lebensohn había muerto. Presidía el país Arturo Frondizi. El programa democrático y popular era abandonado por otro tecnocrático y desarrollista. En Chascomús, cerca de la laguna, en diciembre de 1960, el Programa de Avellaneda fue ahogado definitivamente. El radicalismo iniciaba una crisis profunda que ya no podría superar. Pero esa, es otra historia.

UN APOSTOL LAICO

Quienes recuerdan a Lebensohn a pesar de los años pasados, destacan sus cualidades humanas, antes que sus dotes intelectuales, que por cierto abundaban en su recia personalidad. Recuerdan su abnegación, su militancia activa en las filas radicales, su lucha por la renovación del partido — en hombres y en métodos— Su pobreza.

Los viejos socialistas de Junín guardan celosamente —en la Biblioteca Juan Bautista Alberdi local— un libro de actas de las juventudes socialistas de los años veinte, donde figura Lebensohn, presente en una de las reuniones. Pero eso fue fugaz, porque desde joven se integro en las filas radicales, cuando al llamado postrero de Yrigoyen, después del treinta, la flor y nata del estudiantado universitario porteño y platense —que lo habían combatido—, se afilio al radicalismo.

Prácticamente Lebensohn no ejerció su profesión de abogado. Absorbido por la política dedico a ellos los mejores años de su vida. Fue muy querido por la juventud radical, pero también —como todos los innovadores—, fue odiado por sus enemigos, fuera y dentro del partido.

Pocos días antes de morir, cuando presidía una asamblea partidaria en la Casa Radical porteña —Tucumán 1660—, casi al finalizar la misma fue agraviado desde la barra por una mentalidad intolerante. En la asamblea se impuso la intransigencia, quebrando al unionismo de raíz alvearista. Lebensohn era el líder indiscutido de la nueva tendencia, cuyo surgimiento alentaba desde años atrás. El insulto no se hizo esperar, y se expreso a través de una mujer —cuyo dogmatismo religioso— fue nefasto para el radicalismo: "Comunista, judío..." a los que se añadieron otros insultos de grueso calibre. Al finalizar la reunión, Lebensohn salía del edificio acompañado por un correligionario de Junín, y le dijo: "...Tengo un dolor aquí" y le señalo el corazón. Lebensohn fallecería pocos días después.

Era un hombre sensible, de una cultura general que trascendía lo político. Conocía sobre arte, plástica y pintura. Los amigos y los discípulos que solían rodearlo en la mesa de café, escuchaban largas charlas del líder radical sobre los temas mas variados.

Quien escribe estas líneas era redactor del diario La Opinión, y en tal carácter, cubrid un congreso del Partido Intransigente, realizado en la ciudad de Córdoba el 13 de diciembre de 1975.

Allí, en la vieja casona radical, cuyo frente estaba en ruinas a raíz de un atentado, sesiono la Convención del Partido Intransigente, uno de los núcleos políticos que reivindican las líneas del radicalismo yrigoyenista.

Pero no se trata de recordar ese congreso, que fue como el de otros partidos, con sus delegados, discursos, debates y declaraciones. El recuerdo es para referir un hecho, que por anecdótico no dejo de impactar en el periodista. Al darse lectura de la lista de delegados, para averiguar sobre el quórum, se comenzó leyendo la nomina de los participantes a la provincia de Buenos Aires. Y fue cuando, ante el asombro del periodista, el presidente de la convención leyó el nombre de Moisés Lebensohn —fallecido 22 años antes—, y los delegados, de pie, y en alta voz, formularon un simbólico: ¡Presente!

Allí el periodista pudo saber que era de práctica, en las convenciones radicales, recordar simbólicamente a la figura de Lebensohn, alma y motor del radicalismo intransigente. Un hecho emotivo, por cierto, con algo de religioso. EJC.




"Ya en 1937, Moisés Lebensohn estigmatizaba como enemigos de la libertad a la oligarquia, los "doctores", los caudillejos y dispensadores de favores interesados"  







Fuente: “Lebensohn, una voz olvidada” por Emilio Jorge Corbiere en Todo es Historia N° 189, febrero de 1983.

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