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lunes, 6 de julio de 2020

Félix Luna: "Yrigoyen y su memoria" (8 de julio de 1972)

A Yrigoyen, los radicales lo han llenado de polillas. Desde que se hicieron dueños de su memoria y la convirtieron en materia obligada de sus congregaciones anuales en la Recoleta, desde que sus manes inmarcesibles nutren sus efusiones oratorias, don Hipólito se nos puso rancio y su imagen póstuma nos ha quedado injustificadamente asociada a una idea de cosa anticuada, anacrónica.

No debería ser así. Pero no hay que asombrase de esta deformación. Es una de las muchas que Yrigoyen sufrió en vida y después de muerto. Porque acaso no hay un ejemplo como éste, de un hombre publico que haya sido menos entendido por sus amigos, tan mal enfocado por sus enemigos y mas equivocadamente ubicado por quienes no fueron ni una cosa ni la otra.

Es bastante ilustrativa, por ejemplo, la variación que sufre la imagen de Yrigoyen desde su época de opositor a su etapa presidencial. Hasta 1916, casi todos los diarios dijeron de Yrigoyen los juicios más honrosos. Los elogios que le tributó “La Prensa” fueron insólitos. Autores neutrales le dedicaron páginas que parecían otorgarle categoría de superhombre. Señalábase su patriótico desinterés, su constancia en la lucha política, su republicana austeridad. Todo esto, vísperas de asumir la presidencia. En cuanto llega al poder, casi automáticamente empiezan a caer sobre él y no cesan – al contrario, crecen geométricamente- hasta sus finales. Ahora será “el loco”, “el Peludo”, “el compadrito de Balvanera”. Quienes habían señalado su prosa como una expresión de su originalidad, después se reían de sus “patéticas miserabilidades”. Los que habían visto en su liso estilo de vida una elogiable muestra de sobriedad, ahora descubrían que era un palurdo, que no se bañaba… ¿Había cambiado algo Yrigoyen? Absolutamente no. Pero Yrigoyen en el llano, era inofensivo; en cambio, en el gobierno era peligroso porque traía, con todas sus imprecisiones, una concepción del poder totalmente nueva y una serie de ideas que eran revolucionarias; tal cual. Hay que imaginar lo que significó en 1920 que el representante argentino en Ginebra dijera a Gran Bretaña, a Francia, a Estados Unidos, que la Sociedad de Naciones que habían inventado era parcial, injusta e inepta; tras lo cual, da un portazo y se va… Hay que ponerse en 1916 e imaginar un Presidente de la Nación dando la razón a los obreros ferroviarios y retando a los directores, abogados y representantes del más poderoso conjunto de intereses extranjeros radicado en la Argentina… Un personaje así era peligroso y por eso las hostilidades que se le desencadenaron fueron implacables. Además, inteligentes y graciosas. Todo lo tenía a Yrigoyen de vulnerable en su personalidad, fue explotado con malignidad prolija hasta ridiculizarlo y convertirlo en un personaje de caricatura. Se salvó por la simpatía y bella circunstancia de que el pueblo lo amaba…

De modo que no hay que asombrarse si ahora la imagen póstuma de Yrigoyen queda embalsamada en las mirras y los óleos de la canonización radical. Sin embargo, bajo el cromo cache de un don Hipólito que no se diferencia mucho de Pancho Sierra o Ceferino Namuncurá, habitantes inocuos de la mitología argentina, se oculta la realidad de un caudillo vigoroso y singular, que tuvo del país una idea en modo alguno desdeñable, una idea adelantada a su tiempo y todavía fecunda.

Fue el primero, por ejemplo en denunciar la estrecha concepción del país volcado al puerto: su estructura –decía- “afecta la forma primitiva del solar colonial”, con una sola puerta al frente y un larguísimo fondo ciego atrás; un plan orgánico para dar salidas americanas a esa estructura irracional, fue proyectada por Yrigoyen, llegando a concretar la línea Huaytiquina que, en estricta justicia, debía llevar su nombre. Fue el primero, también, en atribuir al Estado “una posición cada vez más preponderante en las actividades industriales que respondan principalmente a la realización de servicios públicos”, rompiendo así el criterio liberal, incontrastables hasta entonces. Y el primero en definir como condición esencial de la democracia, no solamente la garantía de la libertad política sino “la posibilidad para todos de poder alcanzar un mínimo de felicidad siquiera”.

La idea que de la Argentina tuvo Yrigoyen hay que rastrearla a través de sus actos de gobierno, en sus trabajosos escritos y también en sus intenciones no cumplidas y en sus desencuentros. Porque Yrigoyen fue un hombre de desencuentros históricos, y no siempre por su culpa. La lógica, la fuerza de las cosas hacían previsible –para poner un solo caso- que la muchachada universitaria triunfante en su lucha gracias al apoyo que Yrigoyen le brindara, habría de arrimarle apoyo a su acción política. Pero no fue así. Solo algunas contadas individualidades se le acercaron. Los dirigentes máximos de la Reforma Universitaria, lo más lucidos y brillantes, lo enfrentaron. ¡Que hubiera pasado en la Argentina si los Deodoro Roca, los Saúl Taborda, los Ripa Alberdi, los González, hubieran formado los elencos juveniles del jefe popular! Pero no lo hicieron. Claro, era difícil apoyar a este hombre extraño que no pronunciaba discursos, no manejaba bellamente la pluma, no sabia repetir las pavadas que en esa época seducían a la juventud. Es cierto, reconocemos, que la juventud universitaria argentina casi siempre se equivoca: en esto no le erra casi nunca… Se equivocó con Yrigoyen en el 18 y en el 30; con Perón en el 45; con Frondizi en el 58, cuando se le fue el fervor en cascarse por lo de “laica” o “libre” en vez de pelear por tener petróleo y acero. Y ahora también se esta equivocando, es clavado… En esa época, un hombre como Carlos Sánchez Viamonte, luchador de nobles causas, produjo El último caudillo. Y lo extraordinario es lo siguiente: el mismo autor en el mismo libro alcanzó a tener un atisbo formidable cuando proclamó que Yrigoyen “salvó, junto con la neutralidad, el sentido americano de la vida”. ¡Increíble! Sánchez Viamonte alcanzó a darse cuenta de la significación profunda de una de las actitudes políticas más trascendentales de Yrigoyen, pero ahí se le acabó la agudeza. No vió más allá y lo mismo le pasó a sus compañeros de luchas universitarias. Sí: seguramente el desencuentro de Yrigoyen y los reformistas era históricamente inevitable.

Digo que la canonización radical ha aparejado varias deformaciones en la apreciación del  fenómeno histórico que es Yrigoyen. Los radicales se han proclamado sus herederos pero no advierten que se les ha escapado la herencia principal, lo auténticamente valioso del caudillo, que es su mágica vigencia mayoritaria, su sentido hondamente nacional y su actitud fluida, transformadora, frente a la Argentina. Se han ido quedando con las formas, el estilo, en suma, lo mas deleznable del caudillo, como le ocurrió a Sabattini, que creía ser la reencarnación de Yrigoyen sólo porque hablaba por parábolas y no salía nunca de su casa.

Dentro de esos equívocos se describe a Yrigoyen como un intransigente total y se supone que sus huesos deben estremecerse ante la mera posibilidad de que sus derechohabientes políticos compartan con otras fuerzas los gajes del gobierno: al menos en ese tono se justificó que los radicales de Illia se negaran a convidar a nadie en el minifestín oficialista del 63/66. Pero el primer interventor federal designado por Yrigoyen para implementar su plan de “reparación”, ¿Cómo se llamaba? ¡Don Joaquín de Anchorena! Y cuando hubo que salvar la situación bonaerense, amenazada por la intervención en 1927, ¿Con quien negoció Yrigoyen? ¡Con Juan B. Justo! Y ¿A quien busco en 1913 para entregarle la conducción del radicalismo santafesino? ¡A Lisandro de la Torre!

¿Qué se demuestra con esto? Que don Hipólito entendía la intransigencia como una norma en relación con ideas y conductas, nunca con referencia a hombres; y que todos, a su juicio, podían ser útiles en algún momento. Hasta De la Torre. Nunca perdió Yrigoyen la esperanza de recuperarlo, aunque de la Torre, por odio a su viejo rival, hubiera servido a los conservadores. Porque de la Torre necesitó que se muriera Yrigoyen para empezar a ver claro. Desaparecida su obsesión antipeludista, borrado su enemigo del panorama, recién entonces empezó de la Torre a andar bien. Pero claro, ya era tarde, ya estaba viejo: alcanzó a cumplir con su hermosa pelea de las carnes y ya no dio para más. Yrigoyen no dejó de cumplir su destino porque de la Torre existiera; pero De la Torre frustró el suyo por el mero hecho de haber existido Hipólito Yrigoyen… Con lo que podríamos concluir que De la Torre fue mucho más intransigente con quien no debía y al divino botón…

Yrigoyen fue intransigente cuando mantuvo la neutralidad contra viento y marea; cuando insistió cuatro veces en su proyecto de crear la marina mercante; cuando sacó la construcción de Huaytiquina en acuerdo de ministros y contra el dictamen de la Contaduría de la Nación o cuando dedicó el más alto porcentaje del presupuesto que gobierno alguno haya dedicado a la educación. Fue intransigente cuando sostuvo el proyecto de ley de nacionalización del petróleo. Y cuando dio luz verde a sus personeros en San Juan y Mendoza, en 1930, para que obtuvieran de cualquier modo las legislaturas adictas que debían designar, a su vez, los senadores que necesitaba para tener mayoría, por primera vez, en el Senado de la Nación. Sin vacilaciones, dudas ni mayores escrúpulos, se mantuvo en la consecución de las cosas que consideraba importantes y que, sin duda, lo eran. Pero jamás puso a la intransigencia, que es sólo un medio por encima de los objetivos de fondo. Por eso, cuando la dictadura de Uriburu vetó el nombre de Alvear como posible candidato radical en 1931, y sugirió en sustitución a Vicente Gallo, Yrigoyen no dudó un instante. Preso en Martín García, entendió perfectamente el problema: insistir en el candidato vetado significaba llevar al radicalismo hacia un callejón sin salida. Y fue entonces que dijo:

-¿Aceptan a Gallo? Pues entonces con gallos o gallinas… ¡hay que ir a la elección!

Eso era sentido político. No política emocional ni política retórica, sino política en el sentido de lo posible: ubicación en una realidad cierta y, a partir de ese dato, decidir. Naturalmente, para los radicales de hoy, esa anécdota de Yrigoyen es aberrante…

Fue ese mismo realismo político el que llevó a Yrigoyen a declinar su jefatura en Alvear cuando advirtió que su edad le pesaba demasiado. Es normal que todo líder quiera seguir siéndolo, aun cuando sea un valetudinario; las jefaturas no se regalan. Sin embargo, Yrigoyen, a partir de 1932, se limitaba a ejercer un papel de espectador en los procesos partidarios pero prestigiando activamente a Alvear como su sucesor. Otros hombres tenía el partido que le habían sido más consecuentes y que estaban, acaso, más cerca de su pensamiento. Pero Yrigoyen no quiso interferir el destino político de Alvear y prefirió entregarle mansamente los signos de su preferencia. No solamente facilitaba el acceso a la jefatura de un hombre que era ya, de por sí, una realidad política, sino que de alguna manera también estaba rindiendo homenaje a una actitud personal: la de Alvear, que pasados los 60 años abandona su dorado exilio en París, renuncia a su fácil vida de millonario y se larga a la pelea política. A pelear en esa enmerdada política de aquellos años, contra nenes como Justo, como Melo, como Sánchez Sorondo… No había otro radical que fuera capaz de semejante entereza –aunque en el mismo carácter de Alvear, que hacia posible la patriada, se escondieran los gérmenes de sus posteriores renuncios-.

No existe, que yo sepa, en la historia contemporánea, un caso siquiera parecido al de Yrigoyen. Sin haber dispuesto de las facilidades del poder, sin ser un tribuno ni un escritor, limitado por insalvables modalidades personales a la entrevista individual, sin haber salido casi de Buenos Aires (podríamos decir, de su casa), sin haber heredado un aparato político, sin tener mas que su fe y su constancia, Yrigoyen va elaborando año a año, con paciencia benedictina, un partido que a la postre resultará persistentemente mayoritario, resistirá invulnerable las confrontaciones de otras fuerzas y las presiones de distintos regimenes de facto hasta escindirse después de sesenta años de trayectoria y pasar a nutrir con sus vivencias a tres colectividades políticas. Porque no hay que olvidarle: retratos de Hipólito Yrigoyen presiden las asambleas del radicalismo, el frondizismo y el alendismo…

Todo personaje histórico de relevancia tiene dos significaciones: una, la relacionada con su momento, que se agota allí mismo. La otra significación es la que sobrevive a su tiempo y, al desligarse de las connotaciones circunstanciales, se proyecta intemporalmente y se va enriqueciendo permanentemente, haciéndose mas compleja y suscitante. A casi cuarenta años de la muerte de Yrigoyen, nadie debe considerarse dueño de su memoria, albacea único de su mensaje político. Quien lo haga sólo logrará disminuir una significación que es común al país, que debe ser compartida por todos, aquellos personajes y símbolos, aquellas memorias y orgullos y vergüenzas que forman el ser nacional.




 
Años más tarde un afiche de Yrigoyen bajo el lema: "Jefe inmortal, Presente!!!" presidiendo una asamblea del radicalismo del pueblo, entre los presentes Zarriello, Balbín, Marini y Perette.










 Fuente: “Yrigoyen y su memoria” por Félix Luna en La Opinión del 8 de julio de 1972.

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