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domingo, 14 de junio de 2020

Miguel Ángel de Marco (h): "La primera convención nacional de la Unión Cívica" (julio de 1991)

La provincia de Santa Fe, luego de los sucesos del Parque, de julio de 1890, fue sacudida por los efectos que estos generaron, de tal manera que podemos afirmar que la Revolución de 1890 se inicio allí en agosto para culminar en diciembre del mismo año.

Bastaron cuatro meses para modificar totalmente el escenario político provincial.

El galvismo progresista se vio obligado a ceder terreno en el aspecto político de su programa de gobierno inaugurado en 1886. Un ejemplo de ello es la postura conciliatoria que, dentro del oficialismo, adopto el mismo gobernador Juan Manuel Cafferata. Este mandatario experimentó, a cuatro meses de su asunción, una de las consecuencias más traumáticas generadas por la Revolución: la orfandad política en que quedaron las provincias luego de la caída del «Único», a cuyo poder estaban sujetas, como las ramas a un árbol. Fueron meses desconcertantes para el situacionismo provincial, descolocado ante un panorama incierto.

Las nuevas piezas en el juego las constituyeron el retorno de Santa Fe a la égida de Roca, la salida del oficialismo de los iriondistas, el nombramiento de Manuel Leiva como ministro de Gobierno, y el vertiginoso crecimiento de la corriente cívica, manifestada en la creación de un verdadero partido de dimensión provincial: la Unión Cívica. Todos estos factores resultaban impensables por parte del galvismo antes de agosto.

A ellos se sumaba una táctica puesta en juego por el presidente Pellegrini: la presión del poder central sobre Santa Fe, sin ahogar al situacionismo. La oposición vio en la nueva política la oportunidad de obstaculizar al gobierno de Cafferata, valiéndose de dos cuestiones candentes entonces, pero de antigua data, que fueron profundas estocadas contra el debilitado oficialismo: la intervención del Banco Provincial, a través de la misión Pillado, y el desarme de los batallones provinciales prohibidos por la Constitución.

Sin lugar a dudas, en ningún momento el galvismo se vio tan cerca de perderlo todo.

Por esto, el gobernador Cafferata, de acuerdo con el ministro del Interior, general Julio A. Roca, al comprobar que las reformas por él encaradas en el sentido de paliar la crisis económica a través del achicamiento del Estado, la restricción del gasto publico, la privatización de servicios y la notable reducción del presupuesto, no bastaban para calmar las agitadas aguas provinciales, se vio en la imperiosa necesidad de buscar una concertación política.

Para el mes de noviembre la concentración parecía impracticable, ya que nadie quería negociar con un gobierno desprestigiado, al que creían con las horas contadas.
Apostaban a la pronta capitulación de la plaza frente al acoso del sitio político movilizado desde la Nación y la provincia.

La conciliación encarada por el comisionado nacional, don Nicasio Oroño, chocó con la intransigencia de los partidos, luego de acaloradas conferencias mantenidas con el gobernador y con los dirigentes de la oposición. Estos últimos no querían una parte del gobierno (Cafferata había ofrecido a los cívicos e iriondistas ministerios, secretarias y jefaturas políticas) sino todo.
Pudo mas la habilidad política del galvismo, ahora nuevamente roquista: el senador nacional y jefe del Partido Autonomista provincial, José Gálvez, con el visto bueno del ministro del Interior, llego a un arreglo con los iriondistas para lograr su retorno al oficialismo, cediendo espacios de poder.

Tal era la situación política santafesina en momentos de la Convención Nacional de la Unión Cívica.

EL CIVISMO SANTAFESINO EN TIEMPOS DE LA CONVENCIÓN

El civismo político de Santa Fe estuvo encarnado desde 1886 por un grupo de jóvenes ilustrados de la capital de la provincia y de Rosario. Estos militaron continuamente en las filas opositoras al oficialismo, apoyando la candidatura para la gobernación de Estanislao Zeballos, primero, y de Juan B. Iturraspe, después. En ambos casos, dentro de los sectores del viejo partido liberal santafesino.

Con la continuidad del galvismo (a través de la gobernación de Juan M. Cafferata), se abocaron a la organización cautelosa, casi clandestina, de un partido provincial, siguiendo las indicaciones de la Unión Cívica de  Buenos Aires. Pero, debido al surgimiento espontáneo de grupos cívicos independientes en Rosario, decidieron obrar a la luz, encauzando dicha corriente en forma orgánica dentro de la Unión Cívica. Esto ocurrió en abril de 1890.

Durante los sucesos revolucionarios del Parque, Santa Fe se constituyó en un baluarte del gobierno nacional. La provincia fue puesta inmediatamente en pie de guerra, a través de un rápido operativo implementado por Cafferata y Gálvez, quienes prestaron todo su apoyo al ministro Roque Sáenz Peña, que instaló su comando en Rosario.

Por orden expresa de la junta central del partido, los cívicos de Santa Fe no intervinieron en alteraciones locales (hacerlo hubiera implicado un suicidio); si en la organización de multitudinarios festejos tras la renuncia del presidente Juárez Célman.
La Revolución pasaría a ser la mejor tarjeta de presentación, el elemento político mas eficaz de divulgación publica de la Unión Cívica en el orden local. La provincia de Santa Fe conoció a la Unión Cívica después de los sucesos de julio en Buenos Aires.

Antes de esto, los cívicos apenas habían establecido en la provincia un centro cívico del partido en Rosario y una avanzada en Villa Casilda. En el mes de agosto experimentaron tal crecimiento que les permitió conformar un autentico «partido provincial».

Si tuviésemos que señalar etapas de evolución del partido, citaríamos la visita de los actores principales de la revolución y prohombres de la Unión Cívica porteña a la ciudad de Rosario el 26 de agosto. Este acontecimiento fue vivido con una intensidad tanto o más grande que la Convención Nacional de enero de 1891. Manifestaciones callejeras, discursos vibrantes, presencia de delegaciones cívicas de todo el país, coadyuvaron para que la Unión Cívica de Rosario alcanzara la satisfacción de traer el espíritu de la revolución «a casa».

A todo esto, en las tres primeras semanas de agosto, no solo se organizó este acto de tanta magnitud, sino que los dirigentes de esa ciudad viajaron a Santa Fe, crearon en el pleno far west provincial —colonias San Carlos y San Geronimo— centros de la Unión Cívica, e impulsaron el nacimiento en la urbe del sur del Club Juventud Cívica Rosarina, integrado por adolescentes.

El 25 de agosto quedo establecida, oficialmente, la Unión Cívica de Rosario, y el 30 del mismo mes sucedió otro tanto en Santa Fe. Ambos centros, independientes entre sí en cuanto a labor partidaria, se dividieron el campo de acción: el sur de la provincia para el primero, y el centra y norte para el segundo. Factores que se vinculaban con los estratos sociales, políticos, económicos y culturales, diferenciaban a los integrantes de uno y otro centra.

En setiembre concluyo, de forma definitiva, la organización de los cuadros directivos de Rosario mediante las comisiones ejecutiva, consultiva y de propaganda.

El primer paso oficial que dio la Unión Cívica de Rosario en pos de intervenir abiertamente en la política provincial, fue solicitar el 6 de septiembre, en un manifiesto publico, la renuncia del gobernador y del vicegobernador, enumerando causales de índole política y económica.

Tal era el peso que había adquirido el partido en aquellos meses, que el gobernador Cafferata, en los intentos de conciliación efectuados a fines de noviembre, le ofreció un ministerio y tres jefaturas políticas. Sucesivos telegramas de Alem respaldaron y estimularon la intransigencia de los cívicos para evitar todo tipo de acuerdo. Las maniobras conciliatorias empleadas por el oficialismo, en vez de acercar a los cívicos, aumentaron su distancia y su combatividad.

A unas semanas de la Convención Nacional de la Unión Cívica, la provincia estaba situada sobre dinamita. El clima de alarma y agitación se reflejaba en forma patética en los periódicos de aquel entonces. Tanto la prensa oficial como la moderada y la opositora caían en la misma vertiente de exageración. La primera, para que el gobierno nacional limitase las libertades de acción concedida a los cívicos; la segunda, para aumentar la venta, y la tercera, para demostrar la inestabilidad de sus adversarios.

La Unión Cívica había quedado ahora, con el retorno de los iriondistas al oficialismo, sola en la oposición provincial. Su periódico, La Unión Cívica, llamaba abiertamente a la rebelión, frente a supuestos operativos policiales del gobierno tendiente a apresar a sus principales dirigentes y a clausurar comités. Esta táctica de lanzar tales rumores, aunque después fueran desmentidos, llevó a un estado de intranquilidad tan grande, que muchos extranjeros (un 50% de la población rosarina) izaron en sus casas las banderas de sus respectivas nacionalidades para evitar posibles atropellos.

EL GALVISMO Y LA CONVENCION

No había otro mas interesado en el normal desarrollo de la Convención que el mismo gobierno provincial. Los ojos de la Republica estarían puestos sobre Rosario, y la imagen que debía dar el galvismo, por su delicada situación, tenia que ser inmaculada.
En noviembre de 1890, al oficialismo se le había planteado la misma situación, con motivo de la inscripción en el Registro Cívico Electoral. Ante las denuncias que llegaban al despacho del presidente Pellegrini, a la prensa porteña y a las autoridades partidarias, sobre incidentes en tal acto, la opinión publica de Santa Fe y del país centraba su atención a la espera de incidentes mayores que hicieran caer la guillotina de la intervención federal sobre la provincia. Además era el primer acto electoral donde participaba la Unión Cívica santafesina, y uno de los primeros en la Republica luego de los sucesos de julio.

Frente a este acontecimiento, que venia a complicar la tirantez política existente, el gobernador Cafferata dio la consigna de evitar el menor incidente, ya que un error podía resultar fatal. Así lo demuestran la correspondencia y los telegramas cursados entre el mandatario, el jefe político de Rosario, el ministro de Gobierno de la provincia y el ministro del Interior de la Nación.

A pesar de todo, en el acto del domingo 9 se desató una refriega entre los asistentes que arrojó como resultado cinco muertos y cuarenta heridos. Inmediatamente toda la prensa del país, con títulos trágicos, cayó primero sobre el general Roca y, luego, sobre la situación santafesina.

A partir de entonces, aquel domingo sangriento pasó a ser una de las banderas de combate del civismo santafesino y, posteriormente, del radicalismo.

Esto no debía suceder nuevamente en enero del 91, pues posiblemente el gobierno nacional ya no lograría evitar la intervención de los tres poderes provinciales frente a un escándalo de magnitud.

LOS CANDIDATOS PRESIDENCIALES

La Convención Nacional de la Unión Cívica fue convocada a fin de elegir la fórmula presidencial para la contienda electoral de 1892. La prensa de la ciudad había coincidido en la especulación sobre quienes la integraran. La Capital de Rosario, liberal de oposición, apostaba al general Bartolomé Mitre, con quien le unía una notoria afinidad ideológica, que continuaría mas allá de la división del civismo. El Mensajero, autonomista de oposición, lo daba por un hecho. El Municipio, cívico independiente, creía, semanas antes de la asamblea, que la formula Mitre-Bernardo de Irigoyen resultaba adecuada porque «era la interpretación del sentimiento nacional, levantando un muro de bronce entre el oficialismo imperante y los defensores de nuestros derechos y libertades».

La Opinión, diario galvista, resaltaba desde principios de enero la incoherencia de la asamblea cívica, porque en los hechos ya había sido consagrado el general Mitre. Se basaba para opinar tal cosa en que el 1° de enero se había efectuado una proclamación mitrista en el Frontón de Buenos Aires. Por lo tanto esto implicaba —según la publicación— que en la Convención iba a terminarse con la injerencia de Del Valle y Alem: «se definirán las posiciones; los empresarios cívicos quedaron destituidos por ineptos, y el candidato será proclamado por los únicos que deben hacerlo». Nueva Época, de Santa Fe, coincidiendo con su copartidario rosarino, opinaba que había llegado el fin del alemismo intransigente, y que la Convención seria «la gran Torre de Babel argentina».

En fin, la prensa oficialista se regocijaba y aumentaba una situación evidente que incomodaba profundamente a los cívicos rosarinos: la posible candidatura de Mitre. El mismo diario La Unión Cívica, «haciendo verdadero tour de force», controlaba su antipatía por ella. Es que la mayoría del civismo de Rosario era marcadamente alemista, desde sus más tiernos inicios, mientras que los cívicos de la ciudad de Santa Fe tenían sus simpatías puestas en un hombre de gran arraigo entre las familias políticas locales, don Bernardo de Irigoyen.

ALEMISTAS, MITRISTAS, IRIGOYENISTAS

Las disensiones internas del civismo rosarino entre alemistas, mitristas e irigoyenistas repercutirían en la organización del acto, como un reflejo de la misma situación en Buenos Aires.

Los ciudadanos de Rosario recibían noticias contradictorias procedentes de la Capital Federal, incluso de los mismos diarios cívicos, ya que mientras uno lo declaraba a Mitre «salvador de las instituciones», otro lo amenazaba con abandonarlo, y un tercero le
hundía una puñalada en el pecho.

La situación interna de la Unión Cívica repercutió directamente en la organización y participación del acto. Faltando ocho días para que este se realizase, solo una de las catorce provincias argentinas había elegido sus delegados: Buenos Aires.

Las discusiones dentro de la comisión directiva de la Unión Cívica rosarina se evidenciaron en detalles, como la elección del local donde se efectuarían las reuniones, o la manera como debía desarrollarse la recepción de los congresales.

En la designación de los convencionales de Rosario predomino la postura de «la mozada», en detrimento de «los viejos liberales». Los primeros se habían opuesto en noviembre a la política conciliatoria del gobierno, y los segundos coincidían con la participación del civismo en el gobierno provincial, Nicasio Oroño los llamaba «los verdaderos cívicos» (liberales del mitrismo).

Los convencionales fueron el doctor Joaquín Lejarza (vocal de la comisión ejecutiva de la Unión Cívica), alemista, con 21 votos. El doctor Belisario Sívori (presidente de la comisión ejecutiva de la Unión Cívica), alemista, con 15 votos. El doctor Mariano Candioti (vocal de la comisión ejecutiva de la Unión Cívica), alemista, con 24 votos. El doctor Eugenio Pérez (miembro del partido), con 7 votos. El doctor Pedro Sánchez (vocal de la comisión consultiva de la Unión Cívica), mitrista, con 5 votos, y el doctor Marcelino Freyre (miembro de la comisión consultiva de la Unión Cívica), viejo prohombre de la política provincial, liberal mitrista, con 2 votos.

La elección efectuada por las tres comisiones de la dirección del civismo rosarino mas los representantes de los comités, demuestran el abrumador porcentaje de cívicos alemistas. Estos últimos tenían la presidencia, la vicepresidencia, la tesorería, la secretaría y más de la mitad de los vocales de la comisión ejecutiva.

Ello explica por que no existió antes, durante y después del acto un entusiasmo desbordante en lo relativo a la publicidad de la Convención a través de la prensa cívica. Y aunque parezca contradictorio, la crónica de lo acontecido por aquellos días en Rosario abunda en los diarios oficialistas, llamados por la curiosidad del evento y por la posibilidad de recoger argumentos para criticarlo.

Pero la presencia alemista en Rosario no se hizo sentir de lleno en la asamblea, ya que la comisión que tendría que representar a la provincia de Santa Fe en la Convención debía surgir irremediablemente de una fusión de los centros de la capital provincial y de la segunda ciudad del país. Esto motivó que los representantes por Santa Fe fuesen el presbítero Gregorio Romero (Santa Fe, irigoyenista), Gerónimo Cello (Santa Fe, irigoyenista), Severo Basavilbaso (Santa Fe), Belisario Sívori (Rosario, alemista), Mariano Candioti (Rosario, alemista) y Joaquín Lejarza (Rosario, alemista).

LOS CONVENCIONALES EN ROSARIO

Cuando faltaban cinco días para el acto, habían designado sus representantes once provincias, lo que implicaba la llegada a Rosario de aproximadamente cien personas entre comisionados y suplentes. Los principales hoteles de la ciudad no daban abasto, ya que a los convencionales se les unían dirigentes partidarios, periodistas y curiosos. El jueves 15 de enero de 1891, El Municipio llamaba al pueblo a asociarse en la recepción de los huéspedes, embanderando los frentes de las casas, cerrando los negocios, acudiendo a las manifestaciones y demás actos, e iluminando en forma extraordinaria las calles, balcones y fachadas.

El día anterior habían comenzado a llegar los delegados de las provincias, siendo de los primeros los de Buenos Aires. Un diario oficialista advertía a las autoridades policiales que debían mantener controlada a una comitiva de cívicos «que forman en las filas de la carne de cañón, reclutados en Balvanera y en la Boca, organizados como guardias pretorianas de los caudillos regeneradores». Se refería al medio centenar de porteños que venían a acompañar a Alem.

En cuanto a la composición profesional de los convencionales titulares asistentes eran estos tres generales, un coronel, dos tenientes coroneles, dos ingenieros, un sacerdote, 63 abogados, y 44 personas que se dedicaban a distintas actividades. Abrumadora mayoría de letrados.

Entre los delegados cabe citar a Aristóbulo del Valle, José M. Gutiérrez, Mariano Varela, Tomas Santa Coloma, Belisario Roldan, Alberto Gainza, Mariano Demaria, Bonifacio Lastra, Manuel J. Campos, Santiago O'Farrel, Domingo Viejobueno, Juan M. Garro, Pedro C. Molina, Ángel Ferreira Cortez, Tomas Soaje, Aniceto Latorre, Miguel Ortiz, Salvador Molina, Santiago Gordillo, Pelagio B. Luna, Juan E. Torrent, Manuel F. Mantilla y Napoleón Uriburu.

Ante tales visitantes de todo el país, Rosario altera su rutina diaria y se esforzó por darles calida acogida. ¿Quien no sentía, hacia por lo menos uno de estos hombres ilustrados y conocidos, vínculos de amistad y respeto? Todo el escenario político de Rosario: opositores, moderados y oficialistas, eran conscientes de la trascendencia de la presencia de tales viajeros. El mismo gobernador Cafferata contaba entre los asistentes a dos amigos íntimos.

El intendente de Rosario, doctor Gabriel Carrasco, uno de los mas grandes estadistas con que contó la provincia de Santa Fe a lo largo de su historia, hombre de trayectoria y genuino representante de la generación del 80, llamado al gobierno por Cafferata, se esforzó por garantizar a los asistentes la mayor comodidad y seguridad posible. Ante la solicitud de los cívicos, autorizo la iluminación publica de las calles (reservada para circunstancias especiales), no así la construcción de un arco de triunfo que estos querían erigir en la calle Córdoba y su cruce con San Martín, en el corazón de la ciudad, argumentando que había que evitar todo acto de provocación o incitación a los autonomistas, quienes seguramente lo derrumbarían. Carrasco visito a los convencionales cívicos explicándoles su intención de que no se provocasen desordenes. Asimismo solicito un palco para contemplar los actos, y mando regar las calles por donde transitarían los cívicos. El intendente era un hombre independiente de espíritu verdaderamente cívico.

LA SESION DEL 15 DE ENERO

A las ocho y media de la noche hicieron su entrada, en el teatro Olimpo, Alem, Del Valle y otros prohombres del civismo, abriéndose paso entre la multitud agolpada en la puerta del local como en una premiere. En el recinto no había una sola mujer. Los convencionales ocupaban el palco escénico, todos vestidos de negro. Luego de entonarse las estrofas del Himno Nacional, Alem pronunció un largo discurso. En él efectúo un resumen de lo que había realizado la Unión Cívica en dieciséis meses, hablo de la corrupción en las altas esferas gubernativas, que se extendía hasta las últimas clases sociales. Se refirió al papel de la juventud y la postura revolucionaria, a la nueva era inaugurada, a la obra de reparación prometida y no cumplida a partir de julio por parte del oficialismo. Mostró como el régimen seguiría sobre las mismas bases, de que modo habían quedado impunes los que habían delinquido aprovechándose del erario público. Resalto las virtudes de la lucha en la templanza del carácter, señaló que el pueblo era el artífice de su propio destino y subrayo que no se debía esperar todo del gobierno.

El teatro parecía venirse abajo con los aplausos. No sabemos si los convencionales mitristas acompañaron al orador con su entusiasmo cuando este tocó una delicada cuestión: «la obra de la Unión Cívica ha sido y es de verdadera regeneración, profundamente reformista y revolucionaria en el amplio concepto doctrinario. Pero si esta ha cumplido y sigue cumpliendo sus programas y compromisos, ¿podrán decir lo mismo aquellos que por nuestros esfuerzos y nuestros sacrificios ocupan el lugar del gobierno derrocado y prometieron eficaz cooperación en la obra reparadora que el pueblo habría emprendido?...».

Alem concluyó declarando instalada la asamblea cívica, y pidió permiso para nombrar un presidente provisional. Autorizado, designó al doctor Mariano Varela, quien también solicitó la venia para nombrar la comisión de poderes, lo que también fue aprobado. Eligió al doctor Bonifacio Lastra, convencional por Buenos Aires; a Guillermo Leguizamón, por Catamarca; a Rivera, por Corrientes; a Candioti, por Santa Fe, y a Gordillo, por La Rioja. Se pasó enseguida a cuarto intermedio para que la comisión examinara los diplomas. Reunidos nuevamente, declararon que todas las credenciales estaban en condiciones excepto las de Córdoba, donde se había comisionado a demasiada gente.

Se produjo luego la votación para el nombramiento del presidente y el vicepresidente de la asamblea. El doctor Torrent logro 58 votos para la presidencial Mariano Varela, con 79, fue vicepresidente primero, y el rosarino Mariano Candioti, con 62 votos, fue vicepresidente segundo.

Del Valle propuso que, en homenaje a la ciudad cuna de la Bandera, se nombrase uno a cuatro secretarios de esa localidad, en los señores Lisandro de la Torre, Eduardo Paganini, Agustín Lando y José Fierro (todos de la vertiente intransigente).

Barroetaveña opinó que a Rosario le bastaba con un vicepresidente y dos secretarios. Así que fueron nombrados De la Torre y Landó.

Afuera del teatro, las calles céntricas de Rosario parecían vivir una noche de carnaval, destacándose un numeroso grupo de cívicos encabezados por una banda formada con improvisados «instrumentos musicales»: latas, tachos, botellas vacías y cometas de tramways, a los gritos de « ¡Viva la Unión Cívica!».

Luego de la sesión, los comisionados fueron perseguidos por simpatizantes y periodistas. Francisco Barroetaveña fue localizado en el Hotel Universal y, ante la insistencia de los asistentes, hablo en subido tono contra la figura del ministro Roca, diciendo que los gobiernos de fuerza se repelían con la fuerza y que los rosarinos debían estar prontos al sacrificio, cuando el deber los llamase.

La impresión recogida por el periodismo oficialista, a manera de conclusión del intenso día vivido, fue que parecía que el doctor Del Valle llevaba la dirección de la Convención, y que su influencia podía más que los votos de los convencionales en la designación de los candidatos presidenciales.

La otra campaña, la de El Municipio y La Unión Cívica, renegaba aceptar la influencia mitrista en la futura designación. En tal sentido opinaba el primero: «las conveniencias bien entendidas de las provincias y los intereses de la Nación aconsejan a los delegados del pueblo argentino dejar de lado a los que se esclavizan a la voluntad del Ministro del Interior y reniegan del papel histórico y democrático para convertirse en agentes del poder. Los electos deben ser de merito, patriotismo, talento, amor a las instituciones; pero por sobre todo, intransigencia al actual orden de cosas, por el odio, la tiranía y el robo...».

LOS DIPLOMAS POR CORDOBA

Las actividades del viernes 16 de enero comenzaron por la mañana, con la presencia de convencionales semi-dormidos: muchos habían llegado el mismo día 15, luego de largos y fatigosos viajes desde los confines de la Republica, sesionando hasta la medianoche. Según los diarios opositores, la sesión se inició sin el quórum necesario. El conflicto de la aceptación de la delegación cordobesa llevo toda la mañana.

El miembro informante, doctor Rivera, alzo su voz distinguiéndose por su traje gris en medio de una asamblea de levitas y trajes negros jaquet y hasta sacos de lustrina. El general Campos estaba vestido de militar y el presbítero Romero con el hábito eclesiástico.

Rivero fundo el voto de la comisión diciendo que a Córdoba solo le correspondía tener trece delegados y que habían venido a Rosario dieciocho; que como los trece que llegaron primero habían sido nombrados por una asamblea popular numerosa en la capital provincial y por subcomités de campaña, estos debían ser reconocidos como tales. A diferencia, según la comisión, los cinco restantes habían sido proclamados por unos pocos cívicos reunidos en asamblea en Córdoba y Río Cuarto. Por lo tanto, la comisión adoptó como criterio aceptar los diplomas de los que habían obtenido mayor respaldo popular en sus designaciones. Esto, indudablemente, iba en detrimento de los cinco miembros del Centro Popular de Córdoba. Cuando estaba por votarse la aprobación o no de la resolución de la comisión, tomo la palabra el santafesino, presbítero Romero, aconsejando no adoptar medidas que pudieran generar discordias. Sus palabras representan el carácter de los convencionales no alemistas: «En la Unión Cívica figuran hombres de todos los partidos que se han hallado distanciados por cuestiones locales o nacionales; por problemas regionales, religiosos o sociales y que se habían juntado todos por el bien de la patria. Jamás se debe creer imposible una conciliación en el seno de la Unión Cívica. Y sin embargo nos encontramos frente a una cuestión de diferencia. De Córdoba, de la provincia que ha sufrido mas el incondicionalismo, de la tierra donde nació el insignificante Celman, nos ha de venir también el modelo del civismo...».

El doctor Molina, cordobés, declaró que no había diferencias de fondo entre los delegados de su provincia, y que cualquiera fuese el fallo de la Convención, permanecerían fieles al partido. Igualmente, el padre Romero propuso el nombramiento de una comisión pacificadora, integrada por cinco personas. Tal temperamento fue aprobado por unanimidad, y resultaron designados Romero, Del Valle y Lisandro de la Torre. En horas de la siesta se comunico a la Convención que, habiendo demostrado los delegados cordobeses la mejor buena voluntad, se había acudido al sistema de lotería, saliendo premiados cuatro cívicos populares.

LA PROCLAMACIÓN A TEATRO LLENO

A las seis de la tarde se convocó para la elección de los candidatos presidenciales. El teatro estaba completamente lleno, al extremo de poner al edificio en peligro, ya que no se habían controlado las entradas. Existía una ansiedad extraordinaria por conocer el resultado. El público había llegado hasta el escenario, rodeando la mesa asignada a los periodistas e introduciéndose hasta la de los convencionales. Torrent principió para leer los votos: «Leyó el primero, leyó el segundo, el tercero y hasta el vigésimo, todos contenían el nombre del general Mitre. Principió en seguida a manifestarse un movimiento de aprobación por parte del público. Algunos corresponsales salieron a la calle a enviar sus telegramas. Solo después de unos veinte y tantos votos principiaron a sonar otros nombres. Mitre consiguió 105 sobre 111».

La proclamación de Mitre fue saludada con aplausos estruendosos, repetidos en forma interminable por parte de los convencionales, el publico y hasta los reporteros gráficos.

Serenados los ánimos, se procedió a la elección del vicepresidente, y fue elegido don Bernardo de Irigoyen.

Estadísticamente, Mitre consiguió el 94 por ciento de los votos, mientras que Irigoyen obtenía el 82 por ciento.

Inmediatamente de producido este acto, se genero un debate entre Barroetaveña y un grupo de convencionales mitristas. Aquel sostenía que sobre la base del articulo noveno de la convención, «una vez hecha la proclamación se comunicaría oficialmente a los candidatos y si se rechazara se procedería a una nueva elección». Era inconveniente, según él, que no se cerrara la convención hasta esperar la respuesta de Mitre, que un telegrama no demoraría mas de veinticuatro horas, ya que después seria complicada una nueva reunión en caso de rechazo.

Al día siguiente, el periódico de Deolindo Muñoz, El Municipio, acorde con su estilo sagaz, realista e intransigente, llamaba a limitar a niveles acordes con la situación, la euforia por las candidaturas de Mitre e Irigoyen. El triunfo de los ideales del Parque aun no se habían conseguido, y no se debían depositar todas las esperanzas en la personalidad de aquellos: «Desde ya podemos decir que no se satisfacen las aspiraciones de un país, ni se afianza un movimiento regenerador, limitándose a dar nombres en una bandera».

La Opinión, galvista, volvió a señalar que la Convención Nacional de Rosario, desde su convocatoria, había implicado el triunfo del mitrismo y la eliminación del escenario político provincial y nacional del alemismo. Para ese diario, la vicepresidencia de Irigoyen era motivada por la necesidad de introducir un elemento de concordia entre quienes se repelían. La formula implicaba lo que el órgano oficialista consideraba «la muerte del civismo puro e intransigente, que se agita y se mueve con fuerza propia». Y el principal artífice de ello había sido el doctor Del Valle.

El Mensajero, oficialista en el plano nacional y opositor en el provincial, afirmaba que no le cabía duda de la existencia de dos Unión Cívica, irreconciliables entre si: la radical y la moderada.

La Unión Cívica, alemista, mientras se mostraba ferviente sostenedora de los candidatos proclamados, se sintió obligada, en momentos tan especiales, a reafirmar su lealtad hacia la figura de Leandro Alem, a quien, en su edición del día posterior a la elección, lo consideraban como «el mas espartano de los argentinos, el legitimo sucesor de Alsina, un hombre irreductible que su palabra era el verbo de la democracia, el que su consejo era la orden suprema del experto piloto, el representante del temple civil y la honradez acrisolada, el orador eminente, el constitucionalista distinguido, el primero en la orden del combate y el ultimo en la de recompensa, el general en jefe del gran ejercito patriota, la imitación del Cristo que echó a los mercaderes del templo, el carácter, el gran republicano», etc.

Al día siguiente de la proclamación de la candidatura, el órgano de la Unión Cívica de Rosario mostró que, seguidora de Alem en su mayoría, penetraría en una pendiente que semana tras semana aumentaría el rechazo —velado primero y abierto después— de la figura de Mitre. Así, días después de la clausura de la convención, denunció que los representantes de Mendoza habían vendido sus votos por doscientos mil pesos a los mitristas y que se habían retirado antes de que culminase la asamblea. El comprado habría sido el doctor Guiñazú, y el comprador, el general Roca.

A diferencia de lo ocurrido con los cívicos intransigentes de Rosario, en la capital provincial el periódico La Unión Cívica anunció con ciento y un bombas la proclamación de Mitre-Irigoyen.

LA CONVENCION POR LAS CALLES

El sábado 17 de enero, a las tres de la tarde, tuvo inicio la última reunión de la convención. Algunos representantes asistieron de riguroso frac. Se tocó «un nuevo himno cívico», que pocos conocían, El señor Vidal Peña, convencional por Córdoba, mocionó para que todos se pusieran de pie en honor de Alem. Así se hizo. Y en verdad aquí se cometió un acto de justicia, porque, más allá de las diferencias políticas, a nadie podían caberle dudas sobre el papel que le había tocado al caudillo como miembro convocante de la primera convención nacional partidaria para designar fórmula presidencial en la historia argentina. Este, que estaba en un palco, también se levantó y saludo al público presente.

A continuación se leyó un telegrama de Bernardo de Irigoyen, agradeciendo a los congresales la designación efectuada: «el voto de una asamblea donde están dignamente representados los círculos políticos que constituyen la opinión de la Republica, es la mas alta distinción que se discierne en los pueblos libres y al recibirlo se agita vivamente el sentimiento de mi gratitud.

Se paso después a firmar el acta por todos los convencionales luego de entonar el Himno Nacional, y, por ultimo, pronunció el discurso de clausura el comisionado correntino, el señor Torrent. Este efectúo un relevamiento de la situación de cada una de las provincias argentinas y, al llegar a Santa Fe, incitó a poner fin a los agravios de que era victima por parte del oficialismo: «Es preciso que se vea libre de los explotadores que la esquilman, pretendiendo convertir sus praderas que reverdecen con el sudor de los honrados trabajadores, en miserable ergástula de esclavos que trabajan para el goce sensual de sus amos insaciables». Tal era la oratoria para exaltar los ánimos provinciales. En cuanto al orden nacional, dijo que la candidatura de Mitre debía ser la «mas amada» también por el presidente Carlos Pellegrini, asegurando así la felicidad de la Patria. Este doble juego era el que irritaba a los cívicos alemistas de Rosario. La revolución, para ellos, debía ser total en la provincia como en la Nación.

El acto mas llamativo, por las dimensiones que alcanzo, fue la procesión de los convencionales desde el teatro Olimpo a la Plaza 25 de Mayo, para luego participar de un Tedeum en la Iglesia Matriz. La columna se puso en marcha por las calles céntricas. Era una compacta muchedumbre aplaudida por los ciudadanos agolpados en balcones y azoteas. La lluvia de flores que cayo sobre los manifestantes fue uno de los aspectos mas reflejados por los periódicos de aquellos días, y en obras posteriores, como la de Dermidio T. González, publicada en 1905, sobre las costumbres rosarinas. También lo fue la presencia de mujeres, fenómeno poco visto en la ciudad. La Plaza 25 de Mayo ya se hallaba con público cuando la comitiva desembocó por la calle Córdoba. Había una banda, rodeada por los portaestandartes de los clubes cívicos de Rosario y por medio centenar de ciudadanos que portaban banderas nacionales. Cada una tenía bordado el nombre de un prohombre de la Unión Cívica. Entre los clubes presentes se hallaban el Roque Sáenz Peña, Nueve de Noviembre, Leandro Alem, Luis Sáenz Peña, General Mitre, etc.

Se produjeron los vivas de rigor a Alem, Mitre, Irigoyen y Torrent. A la Unión Cívica y a los delegados.

La iglesia estaba repleta. En su interior aguardaban las damas rosarinas, ocupando la derecha e izquierda del templo (no nos debe extrañar este hecho ya que las principales familias de la sociedad rosarina estaban vinculadas con el antiguo partido liberal de inspiración mitrista), reservándose el centro para los convencionales. El tedeum fue celebrado por el cura párroco, presbítero Córdoba, y por el convencional por Santa Fe, presbítero Romero.

A la salida del templo cayó, desde la jefatura política, una gran cantidad de papeles con la inscripción « ¡Viva Roca!», a lo que los manifestantes respondieron con el « ¡Muera Roca!», exclamaciones ambas familiares para la ciudadanía rosarina.

De regreso, la caravana llego hasta el Hotel Central, donde se hospedaban parte de los convencionales, y allí pidieron a gritos que usasen la palabra los oradores de más renombre. Alem no lo hizo, ya que se había retirado enfermo durante el tedeum, y guardaba reposo. El único que se asomó a los balcones del hotel fue el general Campos, quien dirigió la siguiente arenga, que fue la última que escucho el pueblo de Rosario en aquella convención: « ¡Pueblo de Rosario! Sigue tu obra de regeneración patriótica, sin tener en cuenta los obstáculos que se opongan a tu paso porque si faltan pechos y brazos, armas no han de faltar. A vosotros no os compran con empanadas...».

Esa misma tarde muchos convencionales emprendieron el camino de regreso a sus provincias. Los que pudieron quedarse participaron a la noche de un baile en el que se ejecutaron valses, polcas, lanceros, mazurcas, etc. Fue organizado por las familias Fedrikson, Doncel, Pareja, Berhensen, Sivori, Escalante, Correa, Ibarlucea, Perkins, Baigorria, De la Torre y Páez.

LA PARTICIPACION POPULAR

En esos tiempos, los embanderamientos de calles y casas tenían un efecto publicitario y plebiscitario, a manera de encuesta. Por eso, contando la cantidad de calles, manzanas y edificios por cuadra, se llegaba a un análisis aproximativo. Según este, la participación de la ciudadanía propietaria no fue desbordante, como los diarios cívicos lo reflejaban. Calles céntricas de importancia, como Mendoza, Entre Ríos, Urquiza, 3 de Febrero, Progreso, no lucían ni una sola bandera. Las calles embanderadas se reducían a las cercanas de los hoteles, a los lugares de las marchas y al teatro. De 30.000 edificios con que contaba Rosario en aquel entonces, sólo estaban embanderadas 237 casas del centro.

Aun así, la consideramos una cantidad apreciable para entonces. Mas allá de este medio precario para verificar la participación «popular» empleado por la prensa, podemos afirmar que la convención contó con la simpatía ciudadana, y que esta, sumada a la curiosidad lógica ante tan inusual evento y tan ilustres visitantes, se volcó al pueblo a las calles. Pero sin alcanzar la magnitud de los festejos provocados por la caída de Juárez Celman, ni el contenido emotivo para los cívicos de la primera visita de los miembros del movimiento revolucionario de julio, en los meses de agosto y septiembre.

En conclusión, no constituyó el índice más alto de participación popular en los mítines; no contó con los elementos netamente populares de los barrios rosarinos, ni con una generalidad de gremios o profesiones. Fue un acto que atrajo y sedujo la atención de «la sociedad» rosarina, que recién se estaba acostumbrando a ese tipo de manifestaciones. En esto influyó la tensión política reinante en la provincia, y la participación a medias del civismo intransigente de Rosario.

LAS FIGURAS DEL CONGRESO

La Convención Nacional de la Unión Cívica en Rosario se efectúo bajo la influencia de personalidades que, aunque ausentes físicamente algunas, fueron protagonistas netas: Bartolomé Mitre, Leandro Alem, Julio Argentino Roca, Aristóbulo del Valle, Bernardo de Irigoyen, Francisco Barroetaveña y Juan E. Torrent. Así lo sentía la prensa local; así lo percibía el oficialismo provincial, y así lo captaban los cívicos rosarinos: se jugaba en el terreno de las personalidades y no en el de los principios. Los asistentes estaban allí por Mitre, por Alem o por Irigoyen, y se manejaban como «operadores políticos» de uno o de otro. Con esto no queremos restar meritos a los convencionales, cuyo patriotismo fue reconocido por la misma prensa opositora. Pero Mitre era Mitre, desde antes de la convención, como Roca era Roca en Santa Fe, y Alem era Alem para los cívicos intransigentes de Rosario.

El objetivo primordial de la asamblea era designar oficialmente candidatos consagrados por la opinión pública. Excepto la discusión motivada por la aceptación de las credenciales cordobesas, el debate, poco extenso, se centró en si se cerraba o no la convención antes de la aceptación expresa de los candidatos elegidos.

Aun así, la primera Convención Nacional de la Unión Cívica implicó un notorio adelanto en la vida democrática de los partidos políticos argentinos. En este sentido constituyó un hito loable, reflejo de los primeros frutos de la corriente cívica.

LA CONVENCION Y LA POLITICA PROVINCIAL

Existía en el orden provincial un ganador luego de la convención, y fue el galvismo roquista. Demostró al presidente Pellegrini su voluntad política de no generar conflictos. La policía se comporto con una actitud que motivo el reconocimiento de Del Valle y Alem.

El evento distrajo la atención de los cívicos de la belicosa y virulenta campaña emprendida contra el oficialismo, que había llegado a su pico en los meses de noviembre y diciembre del 90. La convención dividió sensiblemente a los cívicos moderados de Rosario de los intransigentes, y marcó las diferencias entre cívicos rosarinos y santafesinos. La prensa opositora, por unos días, dejó de efectuar sus reclamos originados en la crisis financiera.

En síntesis, un respiro momentáneo para el gobierno galvista, tambaleante desde agosto. Oficialismo que, internamente, se hallaba en la puja por la designación de los delegados que lo representaría en la Convención Nacional del Partido Autonomista en Buenos Aires.

Dentro del civismo local se generó un periodo de confusión que no invalida, a partir de febrero, el incremento de las actividades políticas del civismo intransigente. Alem pudo comprobar la lealtad de sus correligionarios de Rosario y su zona de influencia. Durante su permanencia aquí, recibió una innumerable cantidad de telegramas en los que se le manifestaba admiración y respeto, provenientes de localidades del interior de la provincia y de distintos estamentos y profesiones.

La proclamación de la candidatura de Mitre aceleró un proceso interno del grupo cívico. Un ejemplo de ello lo constituyó la redacción del periódico El Municipio, cuyos integrantes experimentaron una desilusión con respecto a las expectativas puestas en el viejo y expectable general, cuando este comenzó a manifestarse inclinado a la supresión de la lucha intransigente: «queríamos la candidatura de Mitre triunfante en los comicios de la opinión; pero no queremos la candidatura de Mitre ventilada, discutida y aprobada en los salones presidenciales». Para este diario, la convención benefició al ministro del Interior. Lo mismo opinaba La Unión Cívica: «Roca esta dispuesto a la candidatura de Mitre, pero exigiendo que Mitre reciba de sus manos la investidura como los reyes, en la Edad Media, del papa romano», a la par que se consideraba auspiciante de las candidaturas del Olimpo.

Mientras todo esto sucedía, la provincia de Santa Fe seguía su desarrollo progresista, como resultado de la puesta en practica del programa galvista de 1886, en lo económico-social, superando lentamente la crisis financiera, que había afectado al mercado y no a la maquinaria productiva. El 91 recién se iniciaba, y seria un año interminable y decisivo.


El Teatro Olimpo de Rosario fue sede la primera Convención de la Unión Cívica. El 15 de enero de 1891 comenzó a sesionar con la presencia de Alem, la asistencia de más de cien delegados titulares y suplentes, y una multitud que se agolpaba en la calle.






Fuente: "La primera convención" por Miguel Ángel de Marco (h) en "Centenario de la UCR: Una radiografia histórica"en Todo es Historia N° 289, julio de 1991, director: Dr. Félix Luna.

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