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domingo, 24 de mayo de 2020

Revista Panorama: “Radicalismo: Que se abra pero que no se rompa” (21 de marzo de 1972)

Desde la semana pasada puede afirmarse que Raúl Alfonsín es hijo político de Ricardo Balbín por partida doble.

En efecto: fue desde la entrada misma del balbinismo bonaerense que se hizo crecer durante los últimos años la figura de Alfonsín, un hombre joven, de Chascomus, con el physique du rol justo para encarnar un cambio moderado en el viejo partido de Leandro Alem.

Para nadie era un secreto que él ya había sido designado como el delfín de don Ricardo. Sin embargo, el domingo 12 de marzo, una nueva decisión de Balbín otorgó al político de Chascomus la posibilidad de ser el jefe de la oposición de izquierda al Comité Nacional de la UCR. ¿Cómo llego a suceder tal cosa?

Sin duda, la voluntad intima de don Ricardo lo empujaba a dar un paso al costado para permitir que su partido llegara con aspecto renovado a la prueba del comicio. Pero los avatares del Gran Acuerdo concentraron sobre el viejo caudillo poderosas presiones, tendientes a evitar un cambio de rumbo en los momentos cruciales de la política de institucionalización.

La imagen renovadora, algo izquierdista, que el mismo circulo de Balbín proveyó a Alfonsín, se llenó de contenido –a despecho de la voluntad de este- por el empuje de los sectores juveniles y universitarios afiliados al radicalismo. Cuando don Ricardo decidió aceptar la candidatura para la presidencia del Comité Nacional, esos grupos tomaron como bandera a Alfonsín. ¿Qué podía hace este? Una opción era acceder al segundo puesto que le ofrecía el maestro. La otra, aceptar el enfrentamiento en las elecciones internas. El 16 de marzo en una Carta a los amigos que Raúl Borras –uno de los promotores del alfonsinismo- leyó a los periodistas, el hombre de Chascomus se decidió por la segunda vía.

Contrariamente a los que algunos observadores apresurados juzgaron, la actitud de Alfonsín no debilita a la UCR: por el contrario la fortalece relativamente. En efecto: de haber aceptado un segundo puesto en la lista única, Alfonsín hubiera quedado aprisionado en la red de acuerdos que Balbín deberá promover o aceptar la llegada a la salida electoral. Sin una válvula de contención, la izquierda radical sin duda habría marchado a la escisión. En cambio ahora cuenta con una esperanza en la lucha interna por la renovación partidaria. Sin duda Alfonsín obtendrá los votos suficientes para llegar como minoría bonaerense al Comité Nacional, pero lo hará con libertad de acción; podrá entonces constituirse en una canal integrador de los sectores rebeldes. Pasadas las circunstancias del Acuerdo, su figura crecerá. Esta, además, no es la hora de los intransigentes.

¿Peligra en algo la conducción balbinista por esa presencia opositora en el seno del Comité Nacional? El radicalismo es un partido acostumbrado a las pugnas internas. Por lo demás Balbín no se equivocó al decir que “esta no será una lucha sino un encuentro entre amigos”. El sabe bien que su ahijado político ha salido de la matriz, de su movimiento, que son pocas las cosas que los separan ideológicamente. ¿Acaso Alfonsín se opone al proceso de institucionalización? De ningún modo: él también quiere “el cambio en paz”. Solo que no desea la responsabilidad de suscribir los acuerdos. Pero sabe también que es preciso que Balbín lo haga para que el partido en su conjunto recobre el ámbito electoral, en el que se mueve como pez en el agua. En una palabra, Alfonsín no es peligro para el balbinismo porque él (y todos los dirigentes opositores) sabe que no tienen política alternativa. Lo demás se reduce a la lucha por las posiciones.

Donde pueda quizás surgir un elemento de diferenciación será en el momento crucial del acuerdo: cuando deba decidirse si los grandes partidos que están sosteniendo el proceso de institucionalización presentan una candidatura conjunta o marchan separados al cuarto oscuro. La dirección balbinista, que ya esta preparada espiritualmente para apoyar a un candidato de coincidencia, se encontrará allí con la presión adversa de las tradiciones radicales, enemiga de todo pacto electoral. Quizás en ese caso Alfonsín encuentre fuerzas para llevar su oposición hasta las últimas consecuencias. Pero solo le quedara como posibilidad la ruptura y esa es una aventura que difícilmente emprenda a pesar de las presiones que sus bases puedan ejercer sobre él. “En lo personal hubiera deseado otra cosa”, afirmó Alfonsín en su carta. Ese no parece el armamento moral de un hombre que se apresta a quebrar un partido, sino el de un discípulo turbado al que las circunstancias convirtieron en algo que no aspiraba a ser.

Desde ahora, Raúl Alfonsín deberá caminar sin andadores. Deberá estructurar una plataforma, separar su figura de la del jefe. Pronto se sabrá si el hombre tiene uñas de guitarrero.

Jorge Raventos

 
Raúl Alfonsín, en el fondo, enredaderas.





Fuente: “Radicalismo: Que se abra pero que no se rompa” por Jorge Raventos en Revista Panorama Año IX –N° 26, 21 al 27 de marzo de 1972.

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