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jueves, 28 de mayo de 2020

Félix Luna: “Un golpe que abundó en transgresiones” (6 de septiembre de 2000)

Hace setenta años se perpetró en la Argentina el primer golpe militar de un siglo que, desafortunadamente, abundó en estas transgresiones.

El 6 de septiembre de 1930 una columna de cadetes del Colegio Militar y fragmentos de unidades de Campo de Mayo avanzaron sobre Buenos Aires, encabezados por el general José F. Uriburu, con el propósito de derrocar al presidente Yrigoyen.

El objetivo se cumplió acabadamente: en la tarde de esa jornada el presidente se había refugiado en La Plata, donde renunció, y el vicepresidente Martínez dimitió ante el jefe de la revolución.

En un país que desde su organización no había asistido jamás al triste espectáculo de un presidente constitucional depuesto por un golpe, ¿cómo pudo ocurrir semejante catástrofe? Que, digámoslo, fue rodeada en Buenos Aires por un innegable apoyo de estudiantes, intelectuales, partidos opositores, diarios, gente común.

Es importante saber cómo fueron los mecanismos del golpe, porque fue la primera vez que se utilizaron métodos psicológicos masivos para desprestigiar a un elenco gobernante, invalidarlo como inepto y presentar un panorama de desastre y anarquía como justificación de su derrocamiento.

Yrigoyen había sido elegido en 1928 por una amplísima mayoría. Tal vez fue esa enorme ventaja electoral la que produjo un fenómeno muy negativo en las filas de su partido, que se achanchó en la certidumbre de que su hegemonía sería eterna y que la carismática presencia de su líder, con 76 años a cuestas, bastaba para cubrir los baches de una política cada vez más mezquina y ramplona.

Por su parte, los conservadores, los antipersonalistas y los socialistas independientes, vale decir, el entero espectro opositor, pensaron que el "plebiscito" de 1928 les cerraba por muchos años el acceso legal al poder, y entonces empezaron a buscar otros caminos: de este pensamiento a la conspiración no había más que un paso.

Los conservadores, sobre todo, fueron los máximos responsables.

CAMPAÑA DE SEDUCCIÓN

Como dijo el dirigente del Partido Demócrata de Córdoba José Aguirre Cámara, en 1946, olvidaron las enseñanzas legalistas de sus próceres y se lanzaron a una campaña de seducción de militares y a poner efervescencia en la opinión mediante los diarios, las tertulias del rezongo y el resentimiento y las usinas de chismes que tan bien manejaban.

Por otro lado, los socialistas independientes, una disidencia del viejo tronco, obtuvieron en marzo de 1930 una resonante victoria electoral en la Capital Federal.

La derrota yrigoyenista en el distrito metropolitano constituía una señal que la oposición no quiso registrar, lanzada como estaba a las aventuras de la conspiración.

Pues si hiciéramos un poco de historia-ficción, podríamos suponer que la derrota yrigoyenista de marzo de 1930 marcaba un punto de inflexión en el respaldo popular al caudillo radical.

Cabe que con un poco de paciencia y habilidad política, en 1934 se articularía un frente antirradical como el de 1928, pero esta vez exitoso.

Habríase clausurado entonces la etapa yrigoyenista y empezaría pacíficamente un sistema de centro-derecha sin necesidad de fraudes y violencias: la alternancia, clave de la democracia.

FALTÓ PACIENCIA

Pero no había paciencia en los sectores sociales altos, en los grandes estancieros, los propietarios de algunas industrias, los patricios ubicados como por derecho propio en funciones del Estado, la gente vinculada con los frigoríficos, los bancos privados, los ferrocarriles británicos y las empresas norteamericanas, las compañías petroleras privadas, los servicios públicos dados en concesión: aquellos, en fin, que se expresaban políticamente en el conservadurismo.

Y no podían tener paciencia porque los efectos de la crisis mundial ya iban llegando a nuestro país: los "barrios de las latas" proliferaban en Puerto Nuevo delatando la existencia de un fenómeno que se desconocía desde hacía medio siglo, la desocupación.
Y cuando la crisis se descargara plenamente aquí, esa gente quería manejar los resortes del poder para eludirla y transferirla a otros sectores sociales. No querían que los malos tiempos los encontraran de a pie; querían gambetearlos desde el poder.

Por sobre todo los conspiradores detestaban a Yrigoyen, ese "compadrito de Balvanera", El Peludo, el cacique que halagaba a la chusma, el atrevido plebeyo que había tenido la avilantez de sostener la neutralidad en la Guerra Mundial, que había revolucionado las universidades y tenido la insolencia de sermonear al mismísimo presidente de los Estados Unidos sobre la política del big stick (el gran garrote) en el Caribe.

Lo aborrecían porque no frecuentaba clubes ni salones, se rodeaba de tipos con apellidos de inmigrantes y, pese a sus ataques, no salía de su serenidad y su silencio.

INSOLENTE AGRESIVIDAD

Hay que leer los diarios de la época para tener idea de la insolente agresividad de la oposición en el invierno de 1930.

Toda clase de infundios tomó como blanco la persona del caudillo. Senil, reblandecido, incapaz de generar actos de gobierno, decían.

Disparates como el que aseguraba que se editaban para su uso ejemplares complacientes de los diarios se tomaban como verdades.

Martín Aldao, ese exquisito ensayista radicado por entonces en París, cuenta en uno de sus libros de recuerdos los dislates sobre Yrigoyen que se manejaban en la colonia argentina.

La verdad histórica es que ni el Estado estaba en bancarrota ni la República en peligro, y las libertades públicas no se habían vulnerado.

Existían, sí, dificultades, pero no peores ni más graves que en otros momentos de nuestra historia. Nada, absolutamente nada, justificaba un derrocamiento.

Más aún, ante el creciente malestar, en la víspera de la jornada revolucionaria, Yrigoyen había delegado el mando en su vicepresidente por razones de salud, es decir, se había retirado, aunque fuera momentáneamente, del escenario público.

Existía consenso en su gabinete para postergar las cuestionadas elecciones de Mendoza y San Juan, que, de triunfar el radicalismo, darían al presidente, por primera vez en sus dos períodos, mayoría en el Senado. El Congreso estaba a punto de iniciar sus sesiones ordinarias.

Quiero decir que estaban desapareciendo los motivos alegados por los conspiradores para llevar adelante sus propósitos. En esos días de confusión y mentiras, una voz respetable, la del jurista Alfredo Colmo, fue una serena y lúcida advertencia.

Lo hizo en un artículo en La Nación del 4 de septiembre. Desnudaba la falacia de la campaña opositora y prevenía sobre los peligros de una dictadura. "La revolución nos arrojaría varias décadas atrás", afirmó. Pero no fue escuchado.

Es que la revolución era indetenible, inexorable. Yrigoyen tenía que caer.

INGLORIOSA JORNADA

Después de la ingloriosa jornada del 6 de septiembre vendrían la dictadura, los fusilamientos, la prisión y confinamiento de radicales, la clausura de diarios (incluso de Crítica, desaforado vehículo periodístico de la revolución), la cesantía de jueces, el veto a la fórmula radical de 1931, la anulación de la elección del 5 de abril del mismo año en la provincia de Buenos Aires.

Y, después, el fraude electoral sistematizado desde el poder, el retroceso cívico, la sumisión de la economía a intereses extranjeros, los brotes fascistas. Y todavía después, Perón.

Todo eso lo puso en marcha el golpe del 30, al degradar una democracia que tenía fallas, pero que era promisoria y pudo haber dado estabilidad y continuidad en el contexto de la Constitución.

Durante unos pocos años, la revolución de Uriburu fue recordada por la Legión Cívica y algunos grupos nacionalistas; hasta se impuso el nombre del dictador a una avenida porteña y a un partido bonaerense. Pronto se acabaron estos recordatorios y se borraron esos nombres.

Hoy, evocamos la fecha como la inauguración de las secuencias de los golpes militares de este siglo y la frustración de una bella promesa dentro de la experiencia argentina.













Fuente: “Un golpe que abundó en transgresiones” por Félix Luna para el Diario La Nación del 6 de septiembre de 2000.

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