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martes, 5 de noviembre de 2019

Roberto Arlt: "Cuando suba don Hipólito..." (12 de septiembre de 1928)

Me acuerdo con toda nitidez que, cuando yo tenía siete años conocí a un viejo marrullero que frecuentemente me decía:

-Si Dios quiere, Robertito, el año que viene compraremos una yeguita.

Como es natural el viejo embaucador jamás compró una yegüita ni un yeguón; y desde entonces me he quedado con un resabio de desconfianza que me parece muy natural.

Lo mismo me ocurre respecto a todos los sujetos que están sin empleo o que padecen persecución de justicia y que me dicen:

-Cuando suba don Hipólito…

LOS POSTULANTES

Viaje usted en tren, tranvía, ómnibus o aeroplano y escuchará este comentario:

-Cuando suba don Hipólito…

Y su asombro crece al comprobar el infinito número de personas que tienen su confianza puesta en don Hipólito. No hay uno que no tenga que pedirle algo. No hay uno que diga:

-Cuando suba don Hipólito le regalaré esto o aquello.

No. La autentica, la única expresión que sale de todos los labios es esta:

-Es cuestión de días. En cuanto suba don Hipólito…

Yo, sinceramente, compadezco al señor Hipólito Irigoyen; lo compadezco, colocándome en su lugar. Eso de ser presidente, merced a la esperanza de un infinito número de gente que necesita pedirle algo es de lo más desagradable que puede ocurrirle a uno.

-¡Y hay que ver el numero de individuos que a cada momento tiene en la boca la bendita expresión!

-Cuando suba don Hipólito…

-Hasta en París se hacen cábalas – me decía días pasados el amigo Soto. En Lisboa hay argentinos que esperan la subida de don Hipólito para resolver el problema habichuelero.

¿Cómo se las compondrá don Hipólito en estas circunstancias? No lo sé ni me interesa. Pero el caso es éste; el 12 de octubre es esperado con un frenesí inconcebible para los que se ganan la vida al margen de la política. Es algo que rebasa toda expresión.

EL MESÍAS

Yo, que soy incapaz de adular al Dios Padre, diré esto sin empachos; Don Hipólito es esperado por todos los presupuestívoros del país o aspirantes a serlo, con mas impaciencia que el Mesías.

Y otra gente además.

Lo espera todo el mundo. Lo espera el que necesita una ley de emergencia que le permita vender sus productos averiados, lo espera el encarcelado que se hace ilusiones respecto a un indulto, lo espera la viuda, lo esperan la huérfana y el huérfano, lo espera el empleado exonerado “injustamente”, y también lo esperan los quinieleros, los aspirantes a ministros, los vendedores de cocaína, los padres con familia y sin familia. ¿Quién no lo espera a don Hipólito?

Y lo curioso de esto es lo siguiente:

Que todo el mundo confiese sin empacho sus malas intenciones. No hay uno que diga:

-Bueno; espero que suba don Hipólito para regenerarme.

No, no hay uno solo.

EL HOMBRE

Yo no me imagino que es lo que pensara de todo el Hombre, como lo llama el soporífero Oyhanarte; pero me imagino que a mi buen señor no debe causarle mucha gracia eso de que los perdularios del país pongan sus esperanzas en él para llevar a cabo sus malandrinadas.

Y lo extraordinario es que hay gente que hace seis años que espera a “que suba don Hipólito”. Seis años dando vueltas por los comités, abogando por la “causa”, desgargantándose en los cafés, haciéndoles la corte a caudillos analfabetos, repitiendo cien veces al día “yo se que el doctor tiene interés en favorecerme”, y otras gansadas por el estilo.

¿Qué pensará de todo esto el Hombre? Yo no me lo imagino.

Yo lo llamaría al doctor Irigoyen, la victima de los pedigüeños. Porque no hay ciudadano de la capital o del interior que no piense en pedirle algo. No hay uno; o un ascenso, o un levantamiento de vigilancia, o un indulto, o una cátedra o dos cátedras…, no hay uno que no piense pedirle algo.

A su vez, los alvearistas o los melogalleros han copado todos los puestos públicos que han podido. Ha sido eso la arrebatiña, el “sálvese quien pueda”. Naturalmente, en ese Patio de Monipodio, que es la Casa de Gobierno, el que no ha corrido ha volado. Los cetáceos y tiburones han atrapado los empleos gordos, las canonjías sublimes. Justo se ha hecho nombrar general de división, Sagarna, el funesto y terribilísimo Sagarna, se han ubicado como ministro de la Suprema Corte de Justicia. ¿No es una injusticia esto?

PARTIDO DE LOS DESOCUPADOS

Yo, que soy un pesimista jovial, creo lo siguiente:

-Don Hipólito no va a poder satisfacer ni a la milésima parte de los vagos que ponen la esperanza en él. Ni a la diezmilésima parte.

Posiblemente ni a la millonésima parte. Ahora bien; como todos estos sujetos no pueden esperar otra vez seis años para darse vuelta y convertirse en alvearistas, como ahora se han hecho irigoyenistas, lo más conveniente seria que todos estos desocupados organizasen un cuerpo electoral, un partido, el Partido de los Vagos, con un símbolo; el hombre que toma baños de sol. De otro modo envejecerán a la espera de la yegüita que el marrullero viejo que conocí cuando yo tenia siete años me prometía asiduamente.

Roberto Arlt













Fuente: “Cuando suba don Hipólito…” en Aguafuertes porteñas de Roberto Arlt en Diario El Mundo, 12 de septiembre de 1928.

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