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sábado, 9 de noviembre de 2019

Eduardo R. Vaccaro: “El Radicalismo y la Revolución: Alrededor de las ideas económicas y sociales de Carlos M. Noel” (marzo de 1948)

Eran los últimos días del año 1930. Carlos Noel acababa de llegar de Europa.

Traía una visión bastante certera de la situación del viejo mundo y una gran decepción con respecto al futuro del continente. A poco de llegar, un ataque de ciática le postró en cama por unas semanas. Acudieron los amigos. Se habló de política. En torno al lecho del enfermo, Honorio Pueyrredón, nos decía su optimismo con palabra vibrante; Adolfo Guemes, prudente y circunspecto, ponía su frase decisiva o contaba una anécdota; y entre los jóvenes, Cesar Guillot.

El tema palpitante era el porvenir del partido y no faltó quien trajera confidencialmente la noticia acerca de los próximos comicios bonaerenses. Se hicieron nombres, se discutieron, se sopesaron, mientras el enfermo sonreía afablemente.

Al fin habló Noel. Nos dijo que el partido al organizarse debía hacerlo sobre nuevos principios y no a base de nombres; que era necesario reconstruir con los materiales viejos, la obra nueva. La continuidad debía ser solamente ideal y simbólica, pero dándole al partido un contenido y una estructura concreta. Había que contemplar con urgencia los problemas económicos y sociales y redactar un programa que satisficiera los reclamos de los trabajadores, cuyo rumor se sentía subir desde abajo. A una revolución sin ideales, había que responder con un partido pletórico de juventud y de ideas. Había que examinar el pensamiento de Yrigoyen y serle fiel en las ideas como se le seguía siendo fiel, políticamente en la adversidad.

Pero el radicalismo para reencontrar a las masas debía primeramente reflexionar sobre si mismo, sobre su propio destino que no podía ser meramente político, sino ante todo, social. Y su consejo final fue para los jóvenes, el de ponernos a estudiar. Así lo hicimos y así nos reunimos varias veces a disputar sobre política y sociología, un grupo de correligionarios jóvenes que después la vida iba a lanzar por caminos distintos.

HECHOS E IDEAS ha rendido justicia a los nobles propósitos e ideales que animaron la vida del doctor Noel, en una reciente publicación.

Este articulo no lleva otro fin que el de ratificar tan justiciero homenaje, colaborando en la interpretación de sus ideas, muchas de las cuales ha encontrado su realización en virtud del movimiento revolucionario que terminó con una etapa de nuestra historia.

I

LA NUEVA POLITICA

La primera definición sobre la “nueva política” se concretó en la conferencia de Noel, en el teatro San Martín el 1° de mayo de 1932.

En ella Noel abogó porque el partido estuviera al servicio de las demandas fundamentales que los nuevos tiempos imponían. Explicó los principios que hacían necesaria una economía dirigida para que la riqueza prodigara sus beneficios a toda la sociedad. Y valientemente afirmó que la “economía dirigida” supone la aceptación de nuevos principios básicos y a la vez la creación de nuevas instituciones susceptibles de responder a los fines que con ella proponemos alcanzar, fines que, en esencia pueden resumirse así: asegurar a la humanidad una prosperidad general durable y creciente, conservando en la mayor medida posible las prerrogativas que se refieren al principio jurídico de la propiedad individual. Defendió la participación de los trabajadores en las ganancias y recomendó “legislar para que pueda hacerse efectivo el derecho que asiste al trabajador para entrar paulatinamente en la participación proporcional que le corresponde de esos capitales que fecunda con su esfuerzo diario”.

Y he aquí el resultado que debía esperarse: “que lo anormal sea, en la nueva organización argentina, la gran fortuna o la miseria”.

Por primera vez desde el 6 de septiembre de 1930 se opone, a una revolución sensual y puramente política, la necesidad de una revolución económica y “realmente creadora, que evite los peligros del motín y de la guerra civil”.

El discurso fue interrumpido varias veces y no agradó a todo el mundo. Entre los que aplaudían y los que protestaban se esbozó de nuevo una profunda división que solo la adversidad común impidió que se concretara. Un orador intentó refutar los conceptos de Noel, mientras en los pasillos continuaba la discusión y los llamados a la unidad.

La conferencia de Noel pronunciada en Mendoza, el “Plan de acción político económico de la U.C.R.” y el “Proyecto de creación de un Consejo Económico Nacional” definen, entre otros, la doctrina sustentada por el ex presidente de la Cámara de Diputados.

II

LA DOCTRINA

La crisis que había estallado en los Estados Unidos en 1929 tuvo repercusiones de carácter mundial provocando en casi todos los países una honda conmoción social. Las tentativas para reactivar las fuentes de la economía en cada país, tuvieron distintas expresiones y entre nosotros produjeron, en cierta medida, el planteamiento de las cuestiones fundamentales acerca del porvenir del capitalismo y de la distribución del trabajo.

El infraconsumo, la desocupación, la estrechez, la baja de salarios, la venta de la cosecha a precios insignificantes, la celebración de tratados que nos colocaban en situación semejante a una colonia europea, fueron calamidades públicas que nos pusieron muy cerca de la ignominia. Mientras la política exterior era de una servitud bochornosa, la política interior era de corrupción y desorden.

El fraude envenenaba las conciencias y el Instituto Movilizador se hacia cargo de los grandes deudores.

Proliferaron las juntas y en cierta medida tuvimos una economía dirigida. Pero ¿Cuál era el objeto? ¿Acaso salvar al país? La historia ha de señalar el periodo que va de 1930 a 1943 como uno de los más representativos de los esfuerzos de una oligarquía ansiosa de recuperarse y ciega, hasta el punto de creer en la posibilidad indefinida de la continuidad del fraude al cual estaba ligado su propio destino.

Tan ciega estaba aun en 1943 que, lejos de despertar, creyó posible empalmar con la revolución y continuar gobernando.

-El radicalismo es invencible, había dicho un ministro del interior, pero sus jefes, no-. Se especulaba con la sensualidad o con la necesidad de los hombres que estaban al frente de un movimiento que abarcaba todo el país y que congregaba la mayoría del pueblo.
Noel había visto el peligro y quiso darle al movimiento una ideología que sólo vagamente se había diseñado. El partido debía tener un programa que no fuera puramente político sino sobre todo económico.

La verdad electoral, la lucha contra el fraude, no era sino una lucha por las formas. Otra mas intenso debía comenzar. La conquista de la pureza electoral era la búsqueda de un camino. De un camino para llegar a una meta. La meta era la reactivación económica de la nación y la justicia social.

Quebrado para siempre el liberalismo económico, el partido radical debía intentar la realización de un programa que levantara el nivel de las masas trabajadoras, debía intervenir y fijar los limites de los derechos del capital para conciliarlos con los del obrero, debía dar al trabajador una mayor responsabilidad en la marcha de los asuntos relacionados con sus tareas y poner limites al discrecionalismo en la materia de previsión y de salarios. Pero debería tratar de que se respetara la liberad individual. “El problema-había dicho Pierre Lucius en 1933- que se nos presenta y que no sabríamos eludir es el de la concitación de la autoridad y de las libertades, igualmente indispensables para la prosperidad del Estado. No es el Capitalismo en sus elementos esenciales el que se halla condenado hoy día sino el régimen de la libre concurrencia absoluta en el cual dicho capitalismo ha evolucionado en el siglo XX.”

La implementación de nuevas normas de convivencia social no puede realizarse sin que ello implique una transformación mas honda en las instituciones republicanas. La función de la sociedad es la de permitir y facilitar el desenvolvimiento de la vida conciente y crear la personalidad humana, y la asociación es la que promueve el desenvolvimiento de la naturaleza moral del hombre. Al hacerlo ciudadano le da el sentido de su responsabilidad en el destino de todos.

Fascismo, nacional-socialismo, comunismo, americanismo, se nos antojan formas inconciliables con el espíritu de lo que constituye esencialmente el arte de convivencia de los argentinos. Hay que buscar formulas autóctonas para los problemas nuestros. Aprovechar las experiencias extranjeras pero sólo par ano caer en sus errores. El partido, según Noel, debía ser celoso de las libertades públicas, mas su principal misión debía consistir en libertad al trabajador del hambre y del miedo a la desocupación. Había llegado la hora en que debía escucharse a los trabajadores y tratar de conciliar sus lógicas  demandas con los intereses encontrados y con la sociedad. Cuando se pronuncia por primera vez la palabra “Plan”, dentro del partido, se escuchan sintomáticos rumores. Y cuando se habla de planificación y de coordinación, de la economía, la hostilidad se hace evidente. El primer pecado de incomprensión estaba consumándose.

III

EL CONSEJO ECONOMICO

En el “Plan”, y en el proyecto de “Consejo Económico Nacional” esta expresado el ideario de la revolución que soñamos. La palabra soñamos no quiere decir en este caso algo vago o impreciso. Se trata, por lo contrario de un planteamiento concreto y sin titubeos de las cuestiones más palpitantes de nuestra economía. En sus fundamentos está la crítica de un sistema y se señala el atraso de nuestra, legislación con respecto a los demás países civilizados.

“Algunos ven venir la revolución –dice en el “Plan”-, yo creo que estamos en ella desde 1914, es decir desde que la guerra empezó a derrumbar la economía mundial y la fisonomía política de Europa”

“Creo, además, agregó, que si se quieren evitar violencias sangrientas, conviene que aquellos que asuman cargos gubernamentales, comprendan la necesidad de medidas que, en general, los representantes de las clases privilegiadas en el poder, en diversas épocas de la historia, han tomado demasiado tarde, para evitar que la revolución en gestación adquierese caracteres de violencia”.

Y en el proyecto que tiende a cerrar una comisión nacional encargada de estudiar la institución del Consejo Nacional Económico (21 de abril de 1938), dice Noel:

“Una de las preocupaciones casi constante de todos estos organismos, es la de superar, por medio de la armonía de intereses los dilemas terribles que nuestra época heredó agravados del siglo XIX. Explotación del trabajo humano por un lado; revolución y dictadura proletaria por el otro; en el fondo la síntesis trágica que parecía definir nuestro siglo: lucha de clases”.

“En medio de la locura generalizada de una sociedad enceguecida, de una civilización gloriosa expuesta a parecer por el odio, debe ser escuchada cualquier tentativa de pacificar, de encauzar, de evitar el desborde de las pasiones sin freno”.

La experiencia ajena sólo podía darnos una lección práctica. Si las clases gobernantes desoían el grito que venia desde abajo, si no se apresuraban a satisfacer las demandas de los trabajadores, si no se avenían a ordenar y a recomponer algo que no marchaba porque estaba trabado, la revolución necesaria, la revolución que no podía dejar de estallar, barrería con todos y entonces seria más violenta.

El partido radical acogió fríamente y con cierto escepticismo el proyecto. Acompañó en cierta medida al hombre pero no tomó sus ideas como bandera. El problema de la lucha contra el fraude monopolizó la atención de sus dirigentes. Solo algunas honrosas excepciones –el diputado Antille, el Dr. Frondizi, Elpidio Lazarte, entre otros- defendieron el proyecto. Pero no tuvo nunca calor de masa.

Y Carlos M. Noel murió sin haber podido realizar la revolución que soñaba. El partido radical no quiso o no supo hacerla. Y sin embargo la revolución estaba tácita en el pueblo. Bastó que el Ejército despejara las calles el 4 de junio para que un militar de genio a quien el pueblo no conocía, surgiera como el hombre necesario y realizara la revolución.

Tenía en su contra a los políticos celosos de su investidura, a quienes la revolución había desalojado, a los intereses creados, a los embajadores extranjeros, a los sectarios de derecha y de izquierda y también ¿Por qué no decirlo? A muchos de sus propios camaradas de armas. El solo realizó en pocos meses lo que el partido no quiso entender en más de diez años. Y la revolución, la revolución que soñamos, se cumplió paso a paso; e inexorablemente fue mucho más lejos. Desde el año 1930 una estela de sangre señalaba los bochornosos comicios que se celebraban en el país. Y ante el asombro de todo, la revolución libró su gran batalla en un comicio ejemplar y realizó pacíficamente y sin protestas, su plan y su destino.

IV

LA REVOLUCIÓN QUE SOÑAMOS Y ESTA REVOLUCIÓN

Es siempre muy difícil confrontar ideas y realizar análisis para ver en un  hecho histórico cuanto hay del pasado y cuanto de novedad en el presente.

Lo que distingue a una revolución es precisamente su originalidad y su capacidad creadora. Como hecho histórico la revolución es siempre un acontecimiento único y estalla en el momento en que resulta imprescindible para la existencia social. Por eso se dice paradojalmente, que toda revolución es conservadora. Los autores de “La revolution néccessáire”. Aron y Dandieu lo señalan claramente “Cuando el ordeno no se halla más en el orden es necesario que se encuentra en la revolución y la única revolución que encaramos es la revolución del orden”.

La revolución que soñamos ¿es la revolución de Perón? Indudablemente, en sentido absoluto, no puede esto precisarse. Pero es también cierto que es la que sustituyó a la que el partido radical no supo o no pudo o no quiso realizar. Han pasado unos años y esta misma revolución ha de encontrarse con nuevos problemas a los cuales su jefe sabía encarar de frente. Problemas y destinos que, dada la contingencia de los hechos  humanos, no podrán preverse jamás. Esta misma revolución, habrá evolucionado dentro de poco. Así ha de probar su adaptabilidad y su vitalidad ante los nuevos tiempos. Pero el historiador encontrará su unidad. Ella estará dada por la fidelidad a las ideas matrices y al impulso psicológico que le dio vida.

Y es en ese impulso vital donde pueden reencontrarse el radicalismo de ayer con el revolucionario de hoy. Pero este encuentro debe ser fraternal y absoluto o no ser. Es patrimonio de toda revolución la intransigencia. O se está con ella, o se esta contra ella.

“La Revolucion est un bloc” decía Clamenceau. Toda revolución tiene las aristas rígidas y hay que tomarla así, enteramente. Se puede estar contra el block o adherirse a él. Se puede afirmar o negar, pero buscar una tercera postura parece sino imposible, lastimosamente inútil. La revolución que el radicalismo no hizo o no pudo hacer es hoy un hecho cumplido. Oposición constructiva es una frase y coincidencia en alguno de sus enunciados es una actitud que la revolución misma jamás podría aceptar. La revolución no es una teoría ni una comedia cuya interpretación puede discutirse. Es algo absoluto, que se acepta o se rechaza. El dilema es de acero: oposición o colaboración.

Quienes estaban ciegos en el teatro San Martín y no despertaron todavía, que sigan donde están. Por otro camino marchan legiones de obreros, de intelectuales y campesinos, que han encontrado el sendero de la historia, constructores de la nueva Argentina que se agiganta en el concierto de las naciones, que se agiganta por la obra de arte, magnifica y perfecta, realizada por aquellos a quienes el pueblo ha confiado los destinos de la patria.













Fuente: “El Radicalismo y la Revolución: Alrededor de las ideas económicas y sociales de Carlos M. Noel” por Eduardo R. Vaccaro en Hechos e Ideas Año VII, N° 48, marzo de 1948.

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