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lunes, 14 de enero de 2019

Jottin Cury: "Yrigoyen y el cañon perdido” (18 de mayo de 2007)


No solo el general San Martín, Sarmiento, Gardel, Piazzola, Cortázar, Borges, Perón, Evita y otros grandes argentinos son figuras conocidas en nuestro país. Argentina también ha penetrado fuertemente en nosotros con el tango, Libertad Lamarque, las Madres de la Plaza de Mayo, Las Malvinas y un sinnúmero de personajes y hechos dignos del mayor  respeto. Sin embargo, no pocas veces la distancia geográfica que media entre las naciones y las propiedades detergentes del tiempo, contribuyen a obnubilar la memoria, y sin proponérselo, ciertas colectividades desconocen  u olvidan a quienes merecen ser recordados siempre. Contados dominicanos saben quién fue Hipólito Yrigoyen, y cuánta gratitud le debemos al presidente argentino cuando sin tomar en cuenta la bandera estrellada norteamericana, que ondeaba solitaria en el puerto de Santo Domingo, le ordenó al capitán del crucero 9 de Julio que enarbolara en  su buque nuestro pabellón cruzado y saludara con 21 cañonazos al pueblo dominicano, en aquella memorable mañana del mes de diciembre del año 1919.

A Gregorio Selser, escritor argentino que voluntariamente se ausentara de la vida en 1991, lo golpeó duramente la invasión norteamericana que sufriéramos en 1965, y con el vigor de su pluma, protestó el hecho brutal en una obra admirable titulada Aquí Santo Domingo, la Tercera Guerra Sucia, publicada por Editorial Palestra en Buenos Aires en 1966. Hizo un hueco en las páginas de este libro valiente para retrotraernos a un pasado lejano, transcribiéndonos de Manuel Gálvez, biógrafo de don Hipólito Yrigoyen, un episodio electrizante que nos embriaga de orgullo:

He aquí que un crucero argentino “Nueve de Julio” llega a la capital de la pequeña república. Ya está en la bahía. En la vieja fortaleza se ve una bandera, pero no es la dominicana. El crucero no hace los saludos de práctica. En la ciudad piensan que algo raro ocurre en el barco. Representantes de las autoridades van hacia él. Preguntan al jefe por lo que sucede. Y el jefe, que ha sido minuciosamente instruido por el propio Yrigoyen, les contesta con estas admirables palabras: “Tengo orden del señor presidente de la República de saludar a la bandera de Santo Domingo; pero como no es esa la que veo en el fuerte, debo abstenerme de todo saludo”. En la ciudad se tiene inmediatamente noticia de estas palabras. Unas mujeres preparan una gran bandera dominicana y la levantan. Y entonces las veintiuna salvas de los cañones argentinos saludan, frente a la histórica Santo Domingo, a la desgraciada nación hermana.

Este relato, rescatado por Selser, nos invita a jamás olvidar la gratitud que le debemos a Hipólito Yrigoyen y al pueblo argentino por el histórico y valeroso gesto de fraternidad ofrecido en un tiempo luctuoso vivido por el pueblo dominicano. Recuerdo cuando el periodista y escritor porteño me dijo en Buenos Aires, en los meses finales del 1965, que publicaría el párrafo de Gálvez en ¡Ahora!, revista infortunadamente desaparecida, y en verdad, cumplió su promesa, porque sus páginas le ofrecieron en uno de sus números al lector dominicano que sufrió la segunda intervención yanqui, el doloroso ejemplo de que la política del Gran Garrote se mantenía viva en nuestro hemisferio.

Sin embargo, algo más intrigante me mueve escribir para el gran público sobre el crucero 9 de Julio, y es la suerte del cañón que hace exactamente 88 años disparó las 21 salvas en el Placer de los Estudios, enrostrándole a los norteamericanos la ocupación de nuestro territorio, atropello que repetiría 49 años después cuando nuestro pueblo buscaba su democracia sin la ayuda interesada de nadie. En su libro ¡Aquí Santo Domingo!, Gregorio Selser nos dice que “cuarenta y cinco años después del episodio del crucero Nueve de Julio, como si la historia quisiera jugar una de sus tretas, otro barco argentino, Libertad, arribó a aguas dominicanas con una curiosa misión: la de entregar al pueblo dominicano, con destino a un monumento a erigirse en Santo Domingo, el cañón con que en 1919 fueran disparadas las 21 salvas ordenadas por el presidente Yrigoyen. Y se encuentra con otra intervención norteamericana. El cañón, según lo acaba de revelar el contralmirante Benigno Varela, comandante de Operaciones Navales argentino, debió ser depositado en la Embajada argentina en Santo Domingo.”

Le he preguntado a historiadores y personajes entendidos de los sucesos y cosas de esta Ciudad Primada si conocían la llegada a nuestras aguas del barco Libertad, pero nadie me ha dado una respuesta que satisfaga mi curiosidad. Solo nos resta preguntarles a los diplomáticos argentinos acreditados en el país, si guardan en algún lugar el cañón del crucero “Nueve de Julio”, o si la nave en que vino a nuestra patria retornó, consternada, con la gloriosa carga que en 1919 apostrofó al invasor de ayer, de hoy y de siempre. 





Gregorio Selser nos dice que “cuarenta y cinco años después del episodio del crucero Nueve de Julio, como si la historia quisiera jugar una de sus tretas, otro barco argentino, Libertad, arribó a aguas dominicanas con una curiosa misión: la de entregar al pueblo dominicano, con destino a un monumento a erigirse en Santo Domingo, el cañón con que en 1919 fueran disparadas las 21 salvas ordenadas por el presidente Yrigoyen.






Fuente: “Yrigoyen y el cañon perdido” por Jottin Cury Canciller del gobierno constitucionalista en armas de 1965 de la Republica Dominicana para el Listin Diario, 18 de mayo de 2007.

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