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viernes, 23 de febrero de 2018

Félix Luna: "La Politica, según Frondizi" (3 de febrero 2005)

Nadie que no haya conocido al Frondizi de aquella época puede tener idea de lo que es un político completo en toda la extensión de la palabra. Nuestro líder no había cumplido todavía 50 años. Era activo y exigente. En su cabeza acumulaba todos los datos que necesitaba, desde el detalle de un enfrentamiento interno en un lejano comité del interior hasta la estadística de la producción de petróleo en tal o cual país, pasando por el juego de tendencias dentro de las Fuerzas Armadas. Orador de excepción, había creado un nuevo estilo de discurso, sobrio, enjundioso, desprovisto de toda retórica, dicho con una voz abaritonada de cálidas resonancias y una elocución perfecta. No prodigaba afectos ni regalaba nada. Su forma de agradecer algo era un sonido indescriptible que podía ser "gracias" o cualquier otra cosa. Pero uno se sentía feliz de brindar tiempo y esfuerzos al servicio de un hombre como éste.

Nos veíamos en su departamento de la calle Rivadavia, casi sobre el parque Lezica. Se sabía que algunos amigos lo bancaban, pues estaba dedicado totalmente a la política y solía quejarse, con verdad, que a veces no tenía tiempo ni de ir al baño... A mí me encomendó algunas misiones menores, por ejemplo, frecuentar al entonces coronel Guglialmelli, recién reincorporado al Ejército, con quien establecí desde entonces una cálida amistad. También me pidió que le hiciera periódicamente una síntesis de los libros que fueran apareciendo y a mi juicio merecieran una lectura de su parte. Contestábamos alguna parte de su correspondencia y atendíamos a los visitantes más molestos. En algún momento, ya en el año 56, me conectó con Rogelio Frigerio, director, en ese momento, de la revista Qué..., que sería, según Frondizi, su vocero. Yo arrimé algunas notas y diversos materiales a esa publicación, en su tiempo la mejor hecha y más difundida del país.

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(...) Sin duda, Frondizi no tomaba en serio el programa partidario. Ya estaba profundamente influido por el pensamiento de Frigerio. Pero era un cautivo de esta plataforma, que él mismo había contribuido a elaborar años atrás, cuya magia enfervorizaba a la juventud del partido. La duplicidad que debió desplegar sosteniendo verbalmente el programa y tratando, al mismo tiempo, de no quedar totalmente atado a sus postulados, corrió pareja con la duplicidad con que se manejó en relación con el gobierno de Aramburu, criticándolo públicamente para ganar la simpatía del peronismo, pero sin romper del todo sus vínculos con él ni debilitarlo al punto de que cayera en manos del gorilismo más extremo. Los que estábamos cerca de Frondizi no advertíamos estas contradicciones.

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(...) Fue en La Rioja donde me enteré, en junio de 1956, del levantamiento de Valle, y me horroricé con la noticia de su fusilamiento y el de sus compañeros. Y fue también allí donde viví una experiencia casi de privilegio: compartir una gira de dos o tres días al lado de Frondizi. No recuerdo cómo me sumé al grupo que lo acompañaba: me parece que venían de San Juan, donde se había realizado una reunión del Comité Nacional, y yo me reuní con nuestro jefe en Olta, en el corazón de los llanos... En la capital de la provincia, se hizo un acto que tuvo por escenario la plaza vieja, y allí hablé compartiendo la tribuna con Frondizi, que pocos días después sería proclamado candidato a presidente de la Nación por la Convención Nacional reunida en Tucumán. En esta gira viajé con Frondizi apretujado en el mismo auto, sumando varias horas de conversación con él. Aprovechando esta cercanía (o esta cautividad) yo lo observaba atentamente. Frondizi parecía frágil pero en realidad era fuerte y duro. Comía muy poco en los reiterados asados con que se nos obsequiaba y sólo tomaba agua mineral de unas botellas que portaba su fiel chofer Raúl Gargione. No fumaba ni tomaba café. A veces dormitaba, pero no era mezquino en la conversación. Nuestros acompañantes lo bombardeaban a preguntas, invariablemente políticas, y él se explayaba sin fatigarse nunca.

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Fue en esta circunstancia cuando me di cuenta de dos cosas que, una vez desarrolladas en todo su alcance, gravitaron en mi espíritu años después para las decisiones que tomé respecto de mi militancia partidaria. Una de ésas fue que la política me aburría. Cuando yo creía advertir que la charla, en esas interminables horas de camino, giraba demasiado alrededor de la misma temática, trataba piadosamente de sacar a nuestro interlocutor de ese campo y le preguntaba sobre sus estudios, su juventud, sobre algún libro que lo había impresionado o sobre personas y hechos ajenos a lo que a todos nos reunía. Frondizi me contestaba brevemente y luego, él mismo, retornaba al tema político. Ahí me di cuenta de que su pasión política era avasalladora y excluyente; a mí, en cambio, esas cuestiones, generalmente rasantes y pequeñas, me hastiaban: las veía como un tributo inevitable en la actividad que estábamos desplegando, pero que había que sacudirse de encima en cuanto fuera posible. La otra cosa que advertí fue que la política tomada de la manera total como la tomaba Frondizi producía un efecto de barbarización del actor. Las letras, el arte, la música, las cosas bellas de la vida... ninguna de ellas tenía cabida dentro de sus preocupaciones. Aunque se suponía que Frondizi disponía de una singular formación, lo cierto es que ésta era unilateral y armada sólo en función política (...) Esta evidencia llegó a asustarme: si el precio de ser un político era convertirse en un ser indiferente a toda expresión intelectual o artística, ciertamente yo no estaba dispuesto a pagarlo. Muchos años después leí unas páginas de ese gran estadista rioplatense que es Julio Sanguinetti, sobre la necesidad de que el político sea, ante todo, un hombre culto.

Entretanto se iba produciendo la división del radicalismo, cuyo proceso se aceleró a partir de la proclamación de la candidatura presidencial de Frondizi (septiembre de 1956). La división de un partido es como una guerra civil: quienes habían sido compañeros y amigos de pronto se ven enfrentados y a veces ponen más encono en esta lucha que en la que unos y otros libran contra los adversarios externos. Yo viví con pesar esta fragmentación, pues quedaron del otro lado muchos de mis viejos y más estimados camaradas.









Fuente: “La Politica, según Frondizi” por Félix Luna para el Diario La Nación de su edición del día 3 de febrero de 2005.

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