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sábado, 11 de noviembre de 2017

Marcelo T. de Alvear: "Funeral Cívico a la Memoria del Dr. Lisandro de la Torre" (25 de septiembre de 1939)

Señoras y Señores:

No podía faltar a esta cita en que se rinde homenaje a un gran argentino. Y no podía faltar, porque entiendo que los pueblos no son dignos de grandes destinos si no saben honrar a los ciudadanos que han sacrificado su existencia y su vida por el bien común.

Lisandro del Torre fue un espíritu superior, de una envergadura de carácter rara y extraordinaria. Tuvo muchas veces los defectos de sus grandes condiciones, pero siempre fue sincero y animado de una gran probidad y no pudo –como acaba de decirse con elocuencia- aceptar sino la verdad y en cualquier parte en él creía descubrir una simulación, una superchería, no podía reprimirse y tenia que salir a la palestra a denunciar a los falsos apóstoles, a los fariseos de las instituciones e ideales argentinos.

Cuando tuve conocimiento de su muerte trágica, sufrí una gran congoja. Acudió a mi mente el recuerdo de un momento de un momento lejano de mi vida, cuando también otra muerte conmovió las fibras más íntimas de mí ser. Son dos finales semejantes: el de aquel fundador de la Unión Cívica y apóstol de la democracia, Leandro Alem, y el de Lisandro de la Torre.

Y tuve una gran congoja, porque supuse –a pesar de la serenidad que demostró en los últimos momentos-, que Lisandro de la Torre padeció una profunda amargura antes de tomar esa trágica resolución. El creyó, como hombre dinámico y activo que era que su papel había terminado, creyó que había luchado en vano contra un ambiente que, tal vez, no lo comprendía; y entonces, como no era hombre para quedarse inútil, arrinconado en su casa, pensó que su acción no era benéfica para su país. Por eso Lisandro de la Torre puso fin a su vida. Lo mismo que aquel otro caudillo que creyó, en un momento de ofuscación, que su papel había terminado, sin comprender que la acción de un hombre político y de un alto ciudadano y gran espíritu  aun cuando pareciera que no ha sido comprendido, aun cuando no vea surgir los frutos de las semillas que va derramando en los profundos surcos del suelo de la patria, deja una enseñanza y una lección fecundas para las generaciones futuras.

Y ya lo tenéis: muerto de la Torre, todos los demócratas argentinos, cualesquiera que hayan sido las disidencias pasajeras o transitorias que haya existido entre ellos, nos hemos agrupado ante su féretro primero, ante su recuerdo después.

Y lo hemos hecho porque fue un gran servidor de esos mismos ideales que nosotros defendemos. Porque fue un abnegado campeón de esas verdades que nosotros queremos hacer triunfar y porque Lisandro de la Torre, aun muerto, sigue luchando al lado nuestro.

Recordaré una frase decepcionada y amarga de un hombre ilustre que emancipó a media America. Al retirarse, abatido, del continente americano, le decía a su edecán: 

“Hemos arado en el mar”

El creía haber arado en el mar, era nada menos que Simón Bolívar, cuyo monumento se levanta hoy en todos los rincones del continente Sudamericano.


Tal vez Lisandro de la Torre, en los últimos momentos, creyó que su esfuerzo fue vano, que quizás su esfuerzo no llegó a ser todo lo eficaz que era menester. Grave error: Lisandro de la Torre levantó una alta cátedra: Lisandro de la Torre fue un gran ejemplo para las juventudes argentinas que vienen llenando los claros de los que se van o de los que caen en la marcha hacia el porvenir y que han de recordar su figura como una enseñanza y su acción como un apostolado.










Fuente: Discurso del Dr. Marcelo Torcuato de Alvear en el Funeral Civico del Teatro Maravillas de Buenos Aires el 25 de septiembre de 1939. En “Homenaje a Lisandro de la Torre”, Cursos y Conferencias, Revista del Colegio Libre de Estudios Superiores. Nº 9, 1939.

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