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sábado, 12 de agosto de 2017

Yolanda J. V. de Uzal: "Detenida sin proceso y a disposición del Poder Ejecutivo Nacional" (25 de febrero de 2001)

El año 1953 fue un período crispado, sombrío, de la historia argentina, que señaló el momento en el que el régimen peronista comenzó a deslizarse por un tobogán de violencia y provocaciones impensadas. Un tiempo de sospechas y de acusaciones de negociados contra el gobierno. La misteriosa muerte, el 9 de abril, de Juan Duarte, secretario privado de Perón, no había hecho nada por disipar tantas dudas.

El tono se ensombreció aún más el 15 de abril, cuando estallaron dos bombas durante una manifestación convocada por la CGT para manifestar la adhesión a la nueva política económica con la que Perón pretendía controlar la creciente inflación. En ese momento, mientras el líder justicialista se dirigía a la multitud desde los balcones de la Casa Rosada, se produjeron las explosiones, y tras instantes de desconcierto, crecería la furia de la turba, incitada en la plaza por el mismo Perón. El corolario terrible de la jornada sería el incendio del Jockey Club, la Casa Radical y la Casa del Pueblo (sede del Partido Socialista).

Tras los atentados, el régimen se endureció aún más. Muchos opositores terminaron en prisión, mientras el gobierno trataba de individualizar a los responsables de la colocación de las bombas, una de las cuales explotó en el interior del Hotel Mayo, en Hipólito Yrigoyen 420, y la otra en la estación del subterráneo que corre bajo la plaza (una tercera, en el Banco de la Nación, no llegó a estallar). Los atentados dejaron el luctuoso saldo de 5 muertos y 93 heridos.

Una razia de militantes radicales, que comenzó con la detención de veinte e incluyó a un por entonces juvenil Roque Carranza (que posteriormente sería ministro durante el gobierno de Alfonsín) a los que se inculpó de la colocación de los explosivos, enrareció todavía más el panorama político del país.

En esas circunstancias, una joven de 27 años (había nacido en Necochea el 25 de febrero de 1926) de figura delgada, rostro aniñado y pelo muy largo se preparaba para una cita clandestina. Yolanda J. V. de Uzal, a pesar de su edad, era ya viuda del respetado senador radical Francisco Uzal. Pero a no engañarse. Esa joven agraciada, de aspecto frágil, tenía ya una auténtica vocación política en su Necochea natal.

En ese aciago mes de mayo de 1953 actuaba no sólo como una comprometida militante radical, sino también como enamorada, que lo estaba y mucho, de un destacado dirigente de su partido al que había conocido tras la muerte de su marido y al que hasta el día de hoy se limita a referirse únicamente como "A" (él era casado y vivía con su familia).

De manera que, en medio de la crisis política y las razias del gobierno, Yolanda J. V. de Uzal continuaba encontrándose con su enamorado (perseguido por el régimen en relación con las bombas de Plaza de Mayo), en citas furtivas realizadas en distintos sitios del centro de la Capital.

"El 21 de mayo -relata- debíamos encontrarnos en la esquina de Paraguay y Anchorena a las 20.30. El llegaba siempre media hora antes, se refugiaba en algún lugar oscuro y me esperaba; se demoraba en acercarse a mí porque observaba que nadie me hubiera seguido. Los encuentros debían ser de noche.

"Ese día, sospechando algo, llamé por teléfono a una amiga para avisarle que enviaría unos paquetes para que los quemara en el patio de su casa (se trataba sólo de panfletos del partido)." En ese momento, fue interrumpida por un fuerte timbrazo en la puerta de calle, y la llegada del encargado del edificio, apuntado por las armas de tres individuos que integraban una comisión policial. Allí comenzaría para Yolanda de Uzal un sinnúmero de castigos y humillaciones.

DETENIDA SIN PROCESO

Los policías que entraron a su departamento la trataron con brutalidad, revisando su correspondencia personal. "Uno de ellos se tiró en la cama -señala- leyendo las cartas en voz alta y todos se mofaban y hacían comentarios obscenos. Pretendían que firmara un acta que decía:

"Hemos secuestrado documentación subversiva´ (eran sólo panfletos del partido), a lo que me negué terminantemente."

Hasta hoy, Yolanda de Uzal piensa que el arresto no partió de ninguna delación, sino del hecho de haber tenido "pinchado" su teléfono, y que cuando mencionó los papeles que debía quemar su amiga, los investigadores se apresuraron a caerle encima.

Fue trasladada posteriormente, tras ese primer contacto con la brutalidad policial, a la oficina de Agio y Especulación (en ese momento eran tantos los arrestos practicados que ya no había lugar donde seguir alojando a los detenidos). Luego sería llevada al tercer piso del Departamento Central de Policía, en la esquina de Belgrano y Virrey Cevallos. Allí, los interrogatorios se harían más violentos y repetitivos.

"El tema eran las bombas de Plaza de Mayo -afirma-. Me preguntaban por lo de las bombas, me acusaron y me mortificaron con los muertos que había habido allí. Yo ni sabía, ni había tenido nada que ver con ese tema. Había entonces un comisario Cavallo en el Departamento de Policía, y yo lo enfrentaba, contestándole que realmente no podía lamentar que hubiera muerto gente allí porque teníamos un tirano y si habían ido a la plaza lo estaban apoyando.

Tras su negativa a firmar un documento incriminatorio, ni a dar información sobre el paradero de "A" (lo que realmente les interesaba), empezó para Yolanda una dura prueba que abarcaría 206 días de prisión, detenida sin proceso alguno, a un paso de convertirse en una desaparecida del régimen. Esto último no ocurrió porque pese a las amenazas policiales, el portero de su edificio había contado de su detención a un matrimonio amigo.

"La furia me daba fuerzas -recuerda-, tenía mis convicciones y era, además, una persona enamorada. Así pasé un mes incomunicada, y de ese mes 16 días sin poder dormir ni bañarme. Lo peor fueron tres días de interrogatorios bestiales y vejatorios en la siniestra sección de Orden Político (la división en la que se había transformado la temible Sección Especial de tiempos del gobierno de Uriburu). Los interrogatorios en el Departamento de Policía habían sido de mañana, tarde y noche, y de todos los colores. No podía descansar, ni bañarme. Para ir al baño, lo hacía acompañada por un policía uniformado. Los baños tenían tabiques que no llegaban hasta el techo. Cada uno tenía sólo un inodoro, sin más artefactos, y lo que era peor, sin puertas, sólo una cortina de lona colgando de un barral. Esa tenue cortinita era lo único que me separaba del policía de custodia, que permanecía de espaldas. Para higienizarme tenía que usar el agua del inodoro. Yo sabía que el policía estaba ahí, y que con sólo correr la cortina me vería desnuda. Así, enjuagaba apurada mi ropa interior (no había jabón ni nada), luego la retorcía y me la volvía a poner. Nunca pude lavarme la cabeza. Yo tenía el pelo largo hasta la cintura, y una de sus amenazas más frecuentes era que me raparían."

Dentro del Departamento de Policía, su suerte empeoró drásticamente cuando fue a parar a la sección Capturas. "Allí reinaba el comisario Wassermann -cuenta- del que recuerdo su cabello rojizo y sus botas altas de color marrón. Este pretendió que firmara un escrito de dos hojas, a lo que me negué. A esa negativa, siguió una tanda de golpes y patadas que me propinó él mismo. Me lastimó la cara. Yo sabía que estaba sangrando, pero no lloraba. Sólo lamentaba que no hubiera ninguna ventana para tirarme al vacío.

"Recuerdo que me levantó violentamente del sofá, me obligó a desnudarme, pero no me violó. Se permitió asquearse de mi aspecto. El mismo oficial policial, tras la revolución de 1955, me terminaría implorando piedad, pidiéndome que no declarara contra él cuando lo estaban investigando por maltrato a los detenidos y yo debí reconocerlo."

Pero la suerte de Yolanda de Uzal todavía empeoraría cuando se la trasladó a la sección Orden Político. Allí, a los golpes e interrogatorios humillantes y vejatorios, simplemente, se sumarían las torturas, o los "apremios ilegales", eufemismo terrible al que nos tiene tan acostumbrados la galería del horror de la historia argentina. Allí, incluso, fueron a interesarse por ella destacados dirigentes políticos, como el radical Carlos Humberto Perette.

Al llegar a Orden Político, Yolanda fue colocada junto con otra detenida, bastante obesa, que parecía puesta allí para tirarle de la lengua. Se escuchaban gritos desgarradores que parecían venir de abajo del edifico. "Te podés ir preparando, ya te va a tocar a vos", fue el amenazador anticipo que le hizo la otra detenida.

"Cuando me torturaron a mí -señala- utilizaron la picana eléctrica. Los torturadores estaban disfrazados de enfermeros. Es lo poco que pude ver, porque me vendaban los ojos mientras duraban las sesiones de tortura. Me torturaban para que firmara un documento en el que acusaba a "A", a Silvano Santander y a mucha gente que conocía, y a otra que no, de que todos ellos estaban conspirando para derrocar a Perón."

El tema de la tortura, atroz para ella, le tomó mucho tiempo y un gran esfuerzo para enterrarlo en el pasado, creando al respecto una especie de amnesia selectiva. Sin embargo, hace unos pocos años, volvió a hacerse presente. En una ocasión reciente, cuando era examinada por un problema cardíaco, y se la quizo acostar en una camilla con canaletas en los costados para sujetar los brazos, volvieron de repente a su mente los recuerdos de aquellas terribles sesiones y el incidente terminó en una crisis cardíaca que casi le cuesta la vida.

MEJORAN LAS CONDICIONES

La llegada de la joven militante radical a la Cárcel de Mujeres (Unidad Tres Asilo Correccional de Mujeres, Instituto Penal) significaría una mejoría de su status de detenida. Allí, al menos había camas, cierto abrigo (aunque el frío seguía mordiendo ese duro invierno), además de la posibilidad de higienizarse y darse un buen baño. Todavía, sin embargo, como detenida sin proceso a disposición del PE, seguía siendo una desaparecida para su familia, que ignoraba su destino y su último traslado.

En la cárcel la vigilaban monjas, que al principio le parecieron duras, pero que pronto comprendió que hacían lo que podían para hacer más llevadero su suplicio. A ellas las ayudaban las celadoras de Institutos Penales.

Finalmente, el 12 de diciembre de 1953, beneficiándose de un restringido gesto de Perón para aliviar la presión contra la oposición, algunas de las presas opositoras al régimen recuperaron su libertad, entre ellas Yolanda J. V. de Uzal.

Pese a su liberación, desconfiaba de los fines últimos del régimen, y emprendería su fuga y el camino del exilio a Uruguay, donde permaneció largos meses hasta la revolución de 1955. Todavía envuelta en proyectos (sus libros, sus investigaciones, su preocupación por la falta de formación democrática de los jóvenes), Yolanda J. V. de Uzal aún mantiene una conmovedora lealtad por "A", el misterioso dirigente radical cuyo nombre se guardó para sí en la cárcel, hace casi medio siglo. Consultada, después de tanto tiempo, sobre la identidad de éste, concluye:

"Perdónenme, pero yo no le voy a decir a ustedes y a La Nación, lo que no les dije a los torturadores de Perón".











Fuente: “En las cárceles de Perón” |Yolanda J. V. de Uzal cuenta hoy cómo la torturaron en 1953, cuando fue detenida | por Ernesto Castrillón y Liliana Maghenzani de la Redacción de La Nación, 25 de febrero de 2001.

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