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lunes, 12 de junio de 2017

Yoliván Biglieri: "Soy el último duelista del país" (27 de mayo de 2001)

Los recuerdos del último duelista

Don Yoliván Biglieri habla en forma rotunda. Se acerca, clava la mirada y hace pausas, seguro de que tiene un relato de alto impacto. Lo dosifica y juega con el asombro. Hijo de un inmigrante italiano anarquista y periodista de Caras y Caretas, heredó la pasión por las letras y hoy es abogado, profesor y periodista. Pero su estirpe aguerrida en la pluma, la espada y la palabra tiene un remate insólito: en noviembre de 1968 participó en el último duelo que se hizo en Argentina.

A los 77 años es profesor consulto vitalicio de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (UNLZ), a la que contribuyó a fundar. Está en el padrón para elegir a los miembros del Consejo de la Magistratura y continúa dando clases de Derecho Constitucional en el Centro de Extensión de Rufino, que también ayudó a fundar. Además es apoderado de la Unión Cívica Radical.

"Lo hago por vocación y por terapia, el que va a la plaza va a morir", afirma, y en su boca eso es toda una definición. Fue secretario de Raúl Alfonsín, quien le entregó una medalla por su medio siglo de militancia radical, y asesor de Arturo Illia por más de veinte años. En algún punto del relato detiene la cronología y saca una tarjeta amarillenta en la que se lee "Coronel Juan Perón, Ministro de Guerra".

"Perón, que en ese momento era el hombre fuerte del presidente Farrell, me dio personalmente su tarjeta cuando inauguramos el partido de Lanús, donde yo vivo, y que antes se llamaba 4 de Junio", dijo y agregó entusiasmado que desde entonces conserva su pasión por el derecho municipal, que sólo se dicta en la Facultad de Derecho de la UNLZ.

Biglieri nació en Lanús, vivió en San Nicolás, se graduó de subteniente en el Colegio Militar de la Nación, estudió Derecho en la Universidad Nacional del Litoral y realizó su doctorado en la Universidad de Buenos Aires. En Lanús fue director del diario "Autonomía", lo cual se relaciona con el duelo del que participó .

Otro país, otros honores

El último de los duelos a muerte realizado en Argentina dio casualmente la vuelta al mundo, ya que fue reflejado por el New York Times. La foto del diario americano, al igual que toda la prensa argentina, reproducía una escena todavía insólita: dos caballeros con el torso desnudo, sables en mano y en posición de asalto, a su alrededor los rostros graves y tensos de médicos y padrinos. Era el último duelo que se batía en el país para lavar el honor, un código que ya quedó en desuso.

Pero no fue sólo primicia de Times, la noticia corrió por el mundo, y los lances y las fintas se reprodujeron en todos los periódicos. "Soy el último duelista del país, porque cuando los militares le dieron el golpe a Illia los llamé traidores y uno de ellos, el brigadier Benigno Ignacio Varela (hijo del Varela de la Patagonia Rebelde), me mandó los padrinos", relató.

Lejos de retractarse por el epíteto que también había aparecido en el diario "Autonomía", y del que se hizo responsable como director, a pesar de no haberlo escrito, Biglieri aceptó el reto y les dejó elegir las armas que finalmente fueron sables.

Por su parte corrió la propuesta del lugar, una quinta alejada de Monte Chingolo. El amanecer del 3 de noviembre de 1968 marcó la hora señalada.

El pacto era a muerte y con sable a corte, no se podía usar la estocada. Los contendientes, afiatados esgrimistas, tensaron aceros y miradas mientras llegaba la orden del director de desafío. A las seis dio por iniciado el hecho que cerró la saga de los duelos políticos en el país, y en la que también se anotaron Lisandro de la Torre, Hipólito Yrigoyen y Alfredo Palacios.

El militar le hizo saltar los lentes al abogado periodista. "Pero yo le bajé una oreja", arrecia Biglieri en su relato y califica a Varela como el único militar valiente porque cuando perdió su espada, que quedó de punta en el suelo, "se quedó para morir. Le podría haber cortado la carótida y no lo hice, le dije que levantara el sable y siguiera peleando". El duelo tuvo tres asaltos de dos minutos cada uno por tres de descanso.

A esa altura y con varias heridas cada uno, los médicos de ambos decidieron detener la contienda reglamentada y escrita en actas. “Estábamos cortados y era más impresionante por el desinfectante que nos ponían con algodón que era de color rojo", contó Biglieri y dijo que el enfrentamiento también se detuvo por el clamor del dueño de casa que recién dimensionó lo que estaba pasando en su patio cuando vio correr sangre.

Media hora de tensión en el fresco amanecer de aquel mes de noviembre y el honor quedó lavado. Biglieri y Varela se retiraron sin saludarse pero con el reconocimiento de la mutua valentía. La policía había rondado el lugar sin éxito para impedir los lances, pero mejor suerte tuvieron los centenares de periodistas del extranjero que habían llegado en chárter para cubrir la visita de Aristóteles Onasis y Jaqueline Kennedy, y que finalmente no se realizó.

Emboscadas

Para Biglieri, en aquella época los militares creían que los periodistas y los abogados "eran todos tísicos, enfermitos, pero ese no era mi caso", disparó desafiante.

El último duelo argentino se precipitó después de que un general del Ejército, Pascual Pistarini, pronunció un insolente discurso que presagiaba el golpe que finalmente le dieron al presidente Illia. Ante esa situación, el gobierno radical iba a establecer la capital de la República en Rosario (ver vínculo), apoyado por el general Caro y por su hermano, un diputado peronista. Para eso el presidente había hecho unas gestiones que fracasaron. "Ahí los llamé traidores y Varela reaccionó", relató.

Pero no fue la única escaramuza que Biglieri tuvo con los militares, también los echó del velorio del general Aramburu, y cuenta que en plena dictadura los criticó con dureza. Y aunque nunca más recibió padrinos, el periodista debió soportar presiones e incluso alguna que otra emboscada nocturna en la que empapelaron la imprenta y apalearon al sereno.

Un golpe de Estado detrás de la historia

Según Biglieri, el 29 de mayo de 1966 y con un discurso insolente el entonces general Pascual Pistarini dio luz verde para organizar el asalto a la Casa Rosada. Los servicios de información ya habían alertado a Ilia que además había recibido el apoyo del comandante del II Cuerpo de Ejército en Rosario, general Caro, quien le ofreció trasladar la capital de la República a esta ciudad con el respaldo de sus fuerzas.

La estrategia incluía dejar sentado en un acta el apoyo de los militares rebeldes al gobierno constitucional y sus autoridades, de modo que al ocurrir lo previsible, quedasen descolocados frente a la opinión pública como violadores del pacto firmado. Esta medida avalaría el traslado del gobierno de Illia a Rosario y quitaría legitimidad a los golpistas.

Pero las cosas no ocurrieron así. Ni Pistarini ni sus compañeros firmaron el acta, aduciendo que bastaba su palabra de honor para apoyar al gobierno democrático. "Ya no hay nada que hacer", cuenta Biglieri que dijo un enigmático Illia sobre el proyecto de traslado y que en ese momento sólo conocían unos pocos.







Fuente: “Los recuerdos del último duelista” por Silvia Carafa para el Diario La Capital de Rosario, 27 de mayo de 2001.

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