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lunes, 29 de mayo de 2017

Raúl Alfonsín: "Unión Soviética: un susto mayúsculo" (25 de agosto de 1991)

Para nosotros, realmente fue eso: un susto tremendo. De pronto, todo se hizo posible: regresiones totalitarias, guerra fría, holocausto nuclear, teoría de la seguridad nacional, libanización latinoamericana. Mientras tanto, algún “tirifilo” decía pomposamente que el suceso podía beneficiar a la Argentina en materia de inversiones.

No voy a intentar en esta nota hacer una interpretación de lo acontecido. Ya demasiadas y variadas habrá leído el lector. Confieso que ante la complejidad de la situación carezco de la información suficiente como para ensayar alguna teoría excluyente. Pero si puedo trasmitir ciertas impresiones directamente vinculadas al tema.

Conocí a Gorbachov durante una visita de Estado a la Unión Soviética, cuando acababa de realizarse en la capital de Islandia su entrevista con el presidente Reagan. Me había interrogado acerca de los resultados en Madrid al momento de partir hacia Moscú y, contra la opinión general, había sostenido que no podía considerarse un fracaso, que a mi entender se había avanzado considerablemente y que el solo hecho de que se hubiera realizado constituía un éxito.

Cuando nos encontramos, me reconfortó comprobar que tenía la misma impresión, lo que no fue sorpresa porque ya lo había anticipado a su pueblo por televisión, pero en la conversación me pareció que estaba hasta entusiasmado.

Había llegado a Moscú posteriormente a mi arribo. Como de costumbre, la recepción había estado a cargo del presidente del Soviet Supremo, a la sazón señor Gromyko, uno de los hombres de mas vasta y larga experiencia del mundo, al que, digámoslo de paso, le dije que tenia la obligación de escribir sus memorias. Me miró sonriente, entre sorprendido y complacido y me dijo que algo estaba haciendo. Entre paréntesis, puedo narrarles un episodio absolutamente trivial, pero realmente sorprendente. Entre las atenciones que se me brindaban, se contaba, por supuesto, una función de gala en el Bolshoi.

Cuando ingresábamos al palco con Gromyko, luego de un intervalo, se incorpora un hombre de avanzada edad que me dice en ingles: tengo una buena noticia para Ud. Hemos encontrado petróleo en su país. Se trataba del legendario señor Hammer, presidente de una de las compañías de los Estados Unidos contratistas del Plan Houston. Realmente, era algo con lo que no contaba.

Gorbachov me recibió en su despacho de secretario general del Partido Comunista en el Kremlin. Tuvimos una larga entrevista, en la que hablamos de la paz, en especial, por supuesto, del desarme y de los cambios que comenzaban a producirse en la economía soviética. Como se sabe, nosotros teníamos un balance comercial demasiado favorable y fue notable la competencia que se originó entre los jefes de diversas empresas del Estado para vendernos producción, desde automotores hasta viviendas. Yo me convencí de que se estaba produciendo un cambio en serio. Un tema de mi interés era el de la guerrilla de Chile. Debía planearlo con sumo cuidado, de modo que no entendiera que yo descontaba alguna responsabilidad de la URSS, lo que no me constaba en absoluto. Comencé planteando la importancia que la Argentina le asignaba a la democratización de la región, especialmente la de Chile, país hermano con el que teníamos unos cinco mil kilómetros de fronteras y el peligro que significaba la aparición de la guerrilla para su futura democratización y para la consolidación de la nuestra. También coincidíamos.

Me impresionó como un hombre claro, franco, seguro, sano, y fuerte moral y psíquicamente, y realmente tiene que haberlo sido para impulsar, en el marco de una impopularidad creciente, un portentoso cambio que pueda superar la trascendencia de la Revolución Francesa que, como ella, puede tener consecuencias imprevisibles y contradicciones complejas y, como ella, ya tiene sus hechos heroicos.

A Shevardnadze lo conocí en Buenos Aires y recuerdo que le comente a Dante Caputo: parece un ministro Frances. Me refería a su aspecto físico, a la delicadeza de sus modales y a la estructura de su pensamiento.

No puedo afirmar si fue en realidad así, pero muchas veces pensé que en lo interno de la Unión Soviética se le exigía demasiado a Gorbachov. Incluso llegue a suponer que el alejamiento de Shevardnadze obedecía a una cuestión táctica. Me preocuparon siempre las reivindicaciones nacionalistas por la influencia conmocionante que podían tener sobre las fuerzas armadas. Confieso que me irritaron muchas actitudes de Yeltsin, a las que juzgue hasta demagógicas, pero que hoy aparece realmente como el héroe de la resistencia. Rechace íntimamente las imputaciones que se le formulaban en el sentido de que se orientaba hacia formas mas autoritarias y me imaginaba su enorme lucha, incomprendida e inadvertida, angustiosa y agobiante, atenazado entre una situación económica desesperante y el reclamo seguramente cada vez mas duro de los enemigos del cambio.

También pensé que desde el exterior no se entendía la situación. Principalmente creí que inexplicablemente Europa no alcanzaba a asumir su responsabilidad. Diversos medios de distintos países me consultaban sobre los posibles perjuicios que podía sufrir America latina a raíz de la orientación hacia el Este de sus inversiones y yo contestaba reiteradamente que Europa estaba absolutamente obligada a hacerlo, agregando, con cierta amargura que, de todos modos, era poco lo que iba a perder nuestra región. Lamento el trato, a mi juicio casi humillante, que se le dio a Gorbachov en la reunión del Grupo de los Siete e imagine su vuelta a Moscu con las manos vacías. Me fastidio la declaración del primer ministro de Canadá cuando afirmo algo parecido a que antes de pedir fondos debía disminuir sus gastos en Defensa. ¡Tan fácil! Ni siquiera se si tengo razón. Solo relato con sinceridad mis impresiones.

De todos modos, y de esto si estoy seguro, ha quedado demostrado, con la resistencia al golpe, que en el impulso al cambio vale tanto como los problemas de la economía o las razones estratégicas la decisión de cada uno de obtener lo que le falta para ser respetado cabalmente en su dignidad: allí faltaban libertades y derechos individuales y el pueblo salio a defenderlos en medio de la penuria económica. Alguna vez lograremos nosotros lo que nos falta: una sociedad más justa e igualitaria.



 
El Dr. Raúl Alfonsín en la Universidad Estatal de Moscú luego de recibir el titulo de "Doctor Honoris Causa" en reconocimiento a su contribución a la ciencia, la promoción de la paz y cooperacion entre las naciones, 1986.






Fuente: “Unión Soviética: un susto mayúsculo” por el ex Presidente de la Nación Argentina Dr. Raúl Alfonsín para la Revista Noticias del 25 de agosto de 1991.

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