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jueves, 25 de mayo de 2017

Ramiro de Casasbellas: "Senderos que se bifurcan" (19 de mayo de 1999)

Sesenta y cinco años atrás, en 1934, un joven escritor afirmaba:

"El paso de los libres está en la tradición de Ascasubi y del también conspirador José Hernández. La adecuación de la manera de esos poetas al episodio actual es tan feliz que no delata el menor esfuerzo. La tradición, que para muchos es una traba, ha sido un instrumento venturoso para [Arturo] Jauretche. Le ha permitido realizar obra viva, obra que el tiempo cuidará de no preterir, obra que merecerá -yo lo creo- la amistad de las guitarras y de los hombres".

Borges, el autor de estas líneas, tiene entonces treinta y cinco años; Jauretche, el autor de los versos que encomia Borges, dos menos, treinta y tres. No se conocen, al menos en persona: el manuscrito de El paso de los libres, que Jauretche ha compuesto entre enero y mayo del 34, durante su detención en Corrientes, llega a manos de Borges por las de Homero Manzi, al que Borges anoticia de su interés en prologarlo.

Jauretche dirá más adelante que Borges "tardó mucho en entregarme el prólogo", quizá porque "se asustó luego del contenido político" del libro. Lo cierto es que fechó ese texto breve (unas 385 palabras) en el Salto Oriental: allí tenía estancia (Las Nubes) su primo Enrique Amorim, el destacado novelista rioplatense, más que uruguayo, con el que acababa de reconocer la frontera noroeste del Uruguay y Brasil, donde vio matar a un hombre a tiros y supo de gauchos que creyó legendarios, casi del más remoto ayer.

Enterado del aporte borgeano, decide Jauretche salir del anonimato en que pensaba guarecerse y firmar el extenso poema: el libro aparece a fines de 1934, con el sello circunstancial de La Boina Blanca y una tirada de 4000 ejemplares, que se venderán en unos meses.

¿Pudo asustarse Borges del contenido político de la obra? Difícil es entender por qué. Los 1252 versos del poema cuentan, en letra gauchesca, la rebelión radical contra el gobierno de Justo encabezada por el teniente coronel Roberto Bosch en la zona correntina de Paso de los Libres (29 al 31 de diciembre de 1933). Derrotado, Bosch volvió a cruzar el Uruguay rumbo al Brasil, de donde había salido con sus fuerzas.

ARRESTO DOMICILIARIO

Jauretche formó en la columna de Bosch, "entreverado entre puebleros y paisanos correntinos los más, y suboficiales en retiro o dados de baja". La columna pierde 53 hombres, un tercio de los combatientes. Jauretche, que no llega a pasar al Brasil, es detenido junto a otros complotados; un juez federal los salva del rigor de la cárcel al mantenerlos en una insólita especie de arresto domiciliario (cfr. Norberto Galasso, Jauretche y su época, 1985).

Sin embargo, los versos de Jauretche, que no sólo impugnan al gobierno de Justo sino también al de Uriburu, mal podían atemorizar a Borges, antiguo líder del Comité Yrigoyenista de Intelectuales Jóvenes, creado a fines de 1927, con sede en la casa paterna de la avenida Quintana 222, para apoyar la reelección del ex presidente.

El mismo Borges que, dos semanas antes de los comicios de 1928, ya da vencedor a Yrigoyen, al cual exalta por tratarse de "la continuidad argentina", de un "nobilísimo conspirador del bien", que "no ha precisado ofrecernos otro espectáculo que el de su apasionado vivir, dedicado con fidelidad celosa a la patria", y por ser, además, "el presente que, sin desmemoriarse del pasado y honrándose con él, se hace porvenir".

Verdad es que Borges se llamó a silencio público ante el derrocamiento y la prisión de Yrigoyen, en 1930-32, y aun ante su muerte, en 1933. Pero más que asustarse del contenido político de una obra que vindicaba la última rebelión yrigoyenista de la serie iniciada, en 1931, por el teniente coronel Gregorio Pomar, lo que debió de sentir Borges es nostalgia.

Nostalgia de su brioso yrigoyenismo de finales de la década del 20, y nostalgia, también -y tal vez-, del Borges criollista -un sí es no es rosista- y barrioporteñófilo de los poemas y ensayos reunidos en 1923-28, al que había empezado a decir adiós con el Evaristo Carriego, de 1930.

LA ODIOSA HISTORIA

En los gauchos de El paso de los libres revivió quizás a los de Salto, Artigas, Rivera, Santa Anna do Livramento (donde Hernández, exiliado con Ricardo López Jordán tras la derrota de Ñaembé, en 1871, empezó a componer el Martín Fierro), tan nítido en su memoria, entonces, y se revivió a sí mismo.

Nada y nadie lo obligaban a sumar su nombre, ya de cierta notoriedad, a los versos gauchescos de un desconocido que vilipendiaba al régimen y enaltecía a sus adversarios. Por lo tanto, es lícito advertir que el poema lo conmovió. Borges (el Borges que había declarado, en 1932: "Vida y muerte le han faltado a mi vida") así lo admite: el poema de Jauretche refiere una "patriada", y la patriada "es uno de los pocos rasgos decentes de la odiosa historia de América".

"En la patriada actual -añade-, cabe decir que está descontado el fracaso, un fracaso amargado por la irrisión." Quienes, como los hombres de Bosch, se lanzan a la patriada "corren el albur de la muerte, de una muerte que será decretada insignificante".

El tiempo, según estimaba Borges, cuidó de no preterir el libro de Jauretche, que conserva aún su poesía viril y estremecedora, alabada en su momento por Pedro Henríquez Ureña. Pero no procedió igual con las relaciones Borges-Jauretche. En 1935, declina Borges la invitación a integrar Forja (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina), una línea interna yrigoyenista de la UCR, entre cuyos fundadores están Jauretche y Manzi. Diez años después, en 1945, Jauretche adhiere al peronismo naciente (Manzi lo hará en 1948), mientras que Borges toma el camino opuesto. En adelante, Borges olvidará a Jauretche, no así Jauretche, que ha de zaherir a Borges una y otra vez. Los senderos se habían bifurcado para siempre...

Borges no recogerá el lúcido ensayo de 1934 en ninguna de sus obras, ni siquiera en Prólogos (1975). En una de las escasas reediciones de El paso de los libres (son tres) tampoco apareció el prólogo de Borges (1960). Biógrafos y estudiosos de Borges lo pasan por alto, salvo, si no me equivoco, Horacio Salas (1994) y Rafael Olea Franco (1993).

Pero hacia 1970, interrogado acerca del texto de 1934, Borges, aun trastrocando fechas, lugares y episodios (asegura que Jauretche fue el que pidió el prólogo, cuando sucedió al revés), dijo a Fernando Sorrentino:

"Yo no tengo por qué avergonzarme de haber prologado un libro de versos que me parecía y que quizá, si lo releyera, seguiría pareciéndome bueno".

Un libro en que "hay versos muy lindos" y que tal vez le dio la oportunidad de despedirse del Borges de los años 20.



Arturo Jauretche, Homero Manzi y Jorge Luis Borges circa de 1930





Fuente: Senderos que se bifurcan por Ramiro de Casasbellas ex director de la revista Primera Plana y subdirector del diario La Opinión para La Nacion del 19 de mayo de 1999.

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