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viernes, 7 de abril de 2017

Roberto Juarez: "Amable Jones, Sangre entre Radicales" (1970)

Con la llegada del radicalismo e Hipólito Yrigoyen al poder, la clase media de todos los matices y grados culturales, pertenecientes a las más dispares profesiones u ocupaciones, invade la vida nacional. El aristocratismo vacuno, los grandes apellidos y fortunas y el orgullo intelectual, quedan desplazados del gobierno y se refugian en sus actividades económicas, profesionales y culturales, respaldados por sus riquezas o altos ingresos. En realidad, lo único que pierden es el gobierno directo del país, el ejercicio exclusivo del poder, la ocupación del Estado, que poseían desde 1852. Y si bien el radicalismo realizara importantes reformas sociales, económicas, educacionales y políticas, el poder real lo seguirá teniendo la minoría de los ganaderos exportadores, el comercio a ellos vinculados y el capital especulador anglo-porteño, cuyo control sobre las estructuras productoras, el transporte, los servicios públicos, la banca, las finanzas y el comercio exterior seguirá incólume.

Sin embargo, los tiempos han cambiado y las propias contradicciones del sistema harán que las minorías privilegiadas no puedan impedir el acceso de vastas áreas humanas a mejores niveles de vida y aunque estos ni- veles no serán, por muchos años, suficientes y generales para la población argentina, lo cierto es que las clases desposeídas acortaran un tanto la enorme distancia que las separan de las riquezas que ellas producen. Este proceso, desatado lenta y tímidamente por el incipiente industrialismo de los años de la Primera Guerra Mundial a favor de la carencia de importaciones, será estimulado por el radicalismo, que hace lo posible por beneficiar a los trabajadores, hacer menos mísera la existencia de las masas asalariadas, con procedimientos confusos y contradictorios, pero con autentico deseo de hacer realidad la repartición mas justa de los bienes y servicios.

En las provincias costara mucho mas acostumbrar a las pequeñas oligarquías locales a los nuevos tiempos. Las burguesías lugareñas, cuyo poderío se afinca en la posesión de las tierras cultivables, en la ocupación permanente de los organismos educacionales, sociales, religiosos, etc., y en el manejo de los escasos estamentos financieros provinciales, han ocupado desde siempre el gobierno y los cambios políticos se han efectuado, invariablemente, en las 20 o 30 familias ricas de la provincia. La resistencia a los cambios es mucho mas enconada en esas aristocracias de campanario, unidas a la oligarquía agro-importadora de Buenos Aires por el ferrocarril y los intereses británicos, como sucede siempre en los vasallos de los grandes señores. Es más duro el corazón y mas sórdida la avaricia del capataz y del gerente que la del patrón y propietario. Por eso en muchas provincias, la irrupción de la clase media baja —el empleado sumiso de ayer y el comerciante obsequioso de la víspera— despierta oposiciones frenéticas en las clases pudientes, que no quieren desprenderse del poder. En muchas regiones pasaran décadas para que las familias acomodadas sean desalojadas del mando y el disfrute exclusivo de los bienes materiales y culturales.

En San Juan, tierra de gentes altivas y difíciles de gobernar, el radicalismo atrae a prestigiosas familias de clase media, muchas de ellas inmigrantes, cuyos hijos, con grandes sacrificios, han estudiado en la universidad, obtenido un titulo profesional, que será la heráldica de la nueva aristocracia del diploma, reemplazando a la antigua de la sangre y los títulos nobiliarios. Entre es- tos el radicalismo recluta a los sectores dirigentes del partido. Desde un principio, la burguesía sanjuanina procede con su característica habilidad y capacidad de adaptación. Si bien los grupos más intransigentes continúan militando en las viejas organizaciones políticas, una parte de los profesionales y propietarios integra los cuadros yrigoyenistas. Pero, como las colisiones políticas no son otra cosa que la afloración de los antagonismos económico-sociales, dentro de la U.C.R., en el llano y en el triunfo, se reproducen las antinomias tradicionales, ahora como expresiones de disidencias internas en el radicalismo.

Las dos fracciones inevitables de San Juan la forman, por un lado, los radicales que obedecen ciega y disciplinadamente a Yrigoyen o a las autoridades nacionales del partido. La otra la constituyen los radicales autonomistas, cuyos mentores, teóricos y caudillos son los hermanos Cantoni (Federico, Aldo y Elio) que no discuten la doctrina ni el liderazgo nacional del profeta de la reparación radical, ahora presidente de la Republica, pero no aceptan la menor insinuación sobre la dirección partidaria en su provincia, ni mucho menos en el gobierno. Como era de prever, a la hora de las candidaturas para gobernador, vice, senadores y diputados provinciales y legisladores nacionales, la disidencia se transforma en pugna y esta en división irreconciliable. El "cantonismo" apoya a un candidato —Don Federico— y el radicalismo ortodoxo a otro. Para superar la cuestión, que amenazaba con dispersar el poderío electoral del naciente radicalismo, ambas fracciones llegan a un acuerdo; el candidato a gobernador será un hombre ajeno a las disputas internas, que además cuenta con las simpatías de gran parte de las familias conservadoras. Será el Dr. Amable Jones, prestigioso neurólogo y cirujano, de fama internacional, por sus investigaciones, estudios científicos, obras sobre psiquiatría y neurología y vasta actuación en esa especialidad médica.

El Dr. Jones gobernó como pudo ese volcán de pasiones, intereses y hondos rencores, que era la política sanjuanina. Durante un par de años los ánimos estuvieron más o menos apaciguados, pese a numerosos incidentes entre las dos fracciones, que aguardaban la finalización del mandato para heredar el gobierno y todo lo que significaba disponer del aparato oficial. El doctor Jones, que no tenia ni vocación ni condiciones políticas, hizo una gestión administrativa de orientación prospera y modernizante y no se ocupaba de las intrigas y forcejeos políticos. Pero, a su sombra, el sector anticantonista preparaba la sucesión oficial adoptando los métodos de siempre; colación de los amigos en los puntos claves, distribución de puestos y ventajas entre los partidarios y uso de los dineros estatales para asegurarse la adhesión de los delegados a la Convención Provincial. El gobernador dejaba hacer, firmaba todo lo que le traían, no hacia caso de las denuncias y reclamaciones de los cantonistas y se dedicaba a sus preferencias medicinales.

Los ánimos de los cantonistas se encresparon y pronto llegaron a la conclusión que la única manera de obtener el poder era con una revolución. Y a ella dedicaron sus esfuerzos y desvelos. Cuando juzgaron que la preparación era adecuada y las circunstancias propicias, se lanzaron a la acción. Nunca se sabrá si en los planes de los insurrectos estaba la muerte de Jones, pero esta se produjo, en una forma alevosa y cruel, cayendo sobre los autores la condenación publica y sobre los presuntos instigadores el desprestigio de una acción vituperable.

El domingo 20 de noviembre de 1921, Jones, en compañía del presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia, Dr. Luis J. Colombo y de su amigo Humberto Bianchi salio de la ciudad por la mañana, rumbo a la Rinconada, Departamento Pocito, para una visita de cortesía, a invitación de bodegueros de la zona, especialmente Juan Meglioli, el mas fuerte del lugar. Recibido por este ultimo, Jones y sus acompañantes se dirigieron a la casa del sobrino del gobernador, Manuel Aguero, donde pasaron algo más de una hora en cordial charla familiar. Al salir, Jones, Colombo y Bianchi, se ubicaron en el automóvil, que se dispuso a partir hacia el domicilio de Meglioli, donde almorzarían. El bodeguero se ubico también, en el automóvil.

Cuando el vehiculo empezaba a rodar, un grupo como de 15 personas, que salio de un almacén de ramos generales y despacho de bebidas existente a unos 80 metros de la casa de Aguero, enfrente y hacia atrás de la dirección del coche, dando vivas a Cantoni y armados de mauseres, rifles y carabinas, hizo una descarga cerrada sobre los ocupantes, que hirió a estos. Bianchi y Colombo, aunque heridos, saltaron del automóvil y se refugiaron en la casa de Aguero. El Dr. Jones hizo lo mismo pero estaba ubicado sobre el lado que daba a los atacantes, por lo que, al salir del vehiculo, fue alcanzado por una segunda descarga y en el suelo por la explosión, en la espalda, de una bomba que contenía tachuelas y trozos de vidrio, que le destrozo el omoplato izquierdo. Meglioli murió dentro del automóvil, herido mortalmente por una docena de impactos.

Jones, en el suelo y agonizando, recibió todavía una tercera andanada, que el hizo ademán de parar con las manos. Los agresores, luego de cerciorarse de la muerte de Jones, se dispersaron, dando vivas a Cantoni y disparando al aire. Al estruendo de los disparos y de la bomba acudieron vecinos y habitantes de las cercanías. Es de hacer notar que el Dr. Jones no llevaba escolta y la policía del departamento Pocito no le presto protección alguna. Era el mediodía y a la misma hora, grupos de personas armadas asaltaban diversas comisarías en la ciudad de San Juan, así como el cuartel de bomberos y un arsenal del ejército, que no pudieron tomar. Alertadas las fuerzas policiales —el jefe de policía no estaba en San Juan— y la unidad del ejercito acantonada en la provincia, rápidamente sofocaron la sublevación, no sin que se produjeran encuentros armados, con muertos y heridos.

Los asesinos del Pocito, fracasada la insurrección, fugaron, tratando de abandonar la provincia. El primer detenido fue Vicente Miranda Jamesson, propietario del almacén de ramos generales y cantonista notorio. Fueron apresados todos los Cantoni, incluso sus ancianos padres y entre una treintena de personas Emilio Sancassani, Ricardo y José María Pena, Benito Urcullu, Arturo Pacheco y Tiburcio Parra, reconocidos luego por Bianchi y el Dr. Colombo como de los que estaban en el grupo atacante. En la quinta de los Cantoni, en Pocito, se encontraron enterradas varias de las armas usadas en la agresión.

Algunos de los acusados fueron condenados a penas de prisión, los Cantoni fueron liberados, pues su instigación o participación en los hechos nunca pudo probarse. El gobierno lo asumió, interinamente, el Dr. Colombo.








Fuente: "Atentados políticos en la Argentina" de Roberto Juarez. Buenos Aires 1970. Edit. A. Peña Lillo editor. Digitalizado por Mágicas Ruinas.

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