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domingo, 23 de abril de 2017

John William Cooke: "La UCR y el apego a las viejas ideas” (agosto de 1961)

EL YRIGOYENISMO

El único que, orientándose como pudo, moviéndose a tientas, infligió algunas derrotas serias a los sectores de la antipatria fue Yrigoyen, por lo que no es mera casualidad que haya sido -hasta que apareció Perón- el líder mas amado por el pueblo y el mas enconada y prolijamente difamado por los enemigos del pueblo. Es un caso que no puede omitirse en relación con nuestro análisis, tanto por las semejanzas como por las diferencias, y porque también debemos considerar al Partido Radical en la época posterior. Los intelectuales cipayos, por ejemplo, hicieron tremendos derroches de ingenio -que se festejaban recíprocamente- para mofarse del caudillo, cuya «incultura» les ocasionaba convulsiones de regocijo. Era porque tenían el vértigo de ofrecer permanentes testimonios de que, en ellos, la imbecilidad es una militancia sin desmayos: porque mientras escribían voluminosos mazacotes explicando los fenómenos del país a través de enfoques que saqueaban a los autores europeos y nunca acertaban, Yrigoyen condensaba con certera intuición los términos del enfrentamiento entre la «causa» y el «régimen».

Los políticos cultos, admiradores de la democracia atildada «a la europea veían en eso un mesianismo ridículo típico de la «barbarie criolla», incapaces de comprender que la definición ignoraba las superficialidades que las rotulaciones partidistas en que ellos están aprisionados para ahondar hasta mas cerca de la medula, no era una de las antinomias tan del gusto de las clases dirigentes encumbradas desde la derrota argentina en Caseros, al estilo de «Civilización o Barbarie», «Democracia o Dictadura*, «Libros o Alpargatas», sino el enunciado de los términos del drama nacional.

El yrigoyenismo, compuesto de ganaderos medianos, la pequeña burguesía urbana y rural, el naciente proletariado y también parte de sus patrones, las bravías masas nativas del interior, las clases populares, expresaba las tendencias del país hacia el crecimiento y la resistencia a la alianza de la oligarquía latifundista con el imperio británico. Era un gran movimiento de masas, lleno de contradicciones, no solamente por su heterogénea composición policlasista y porque los grupos que participaban en la coalición eran, en si, ambiguos, sino también porque la época tenia problemas definidos y problemas que recién se estaban configurando. Pero valía, mas que por las soluciones que aporto, por ser una afirmación de la voluntad nacional que emergía turbulentamente para desafiar a la conjura de mercaderes y patricios que la había acallado durante mucho tiempo.

Fue, como años después en el caso de Perón, una tarea dura, porque cuando las fracciones del Régimen disputan el gobierno entre si exhiben habitualmente un estilo eso no era «serio». Es una fantasía ponerse a imaginar lo que hubiese sucedido de no estar congelados en una ideología ya destrozada por la historia y por la critica, pero no es una extravagancia suponer que, si no hubiesen dado por sentado que atacar los principios liberales o tocar la Constitución era un acto de «totalitarios», un atentado contra la «libertad y la democracia y demás sonseras, hubiesen sido muchos los que comprendiesen lo que significaba la política imperialista y que, mas grave que el fraude, eran los intereses que estaban detrás del fraude. Si se sabía lo que era el imperialismo, era en forma imprecisa, como cosa de detalle, exagerada por los «totalitarios». Pensaban como otros países adelantados, como Estados Unidos (donde Scott Nearing fue expulsado de una Universidad «libre» por escribir un libro sobre el imperialismo) o como Francia o Inglaterra, que nunca hablaban del término como era lógico en potencias imperialistas, y no en países agrícola-ganaderos que son las victimas del despojo. Pero es que la ideología liberal burguesa parte del supuesto de que la libertad es un valor absoluto que la burguesía había definido para siempre. Así que atacar a las instituciones de los burgueses, es atacar a la «libertad», no a la forma concreta de libertad de ese grupo social. Entonces la libertad resulta que es la misma cosa en Francia, en Inglaterra que en Kenya, en Estados Unidos que en Cuba. Hasta llegar a lo de ahora, de lo cual el mundo ha sido informado -con general asentimiento de los cipayos- que la libertad son los estados capitalistas del hemisferio occidental y que cuando se les ataca, se esta atacando un valor sagrado.

Los peronistas que lean esto pensaran que para que repetir cosas que nosotros si aprendimos muy bien, aunque los radicales las ignorasen. Pero, con sutiles variantes de estilo, también circula en nuestro movimiento -en ciertas capas «occidentalistas» que hacen declaraciones antiimperialistas en abstracto para quedar bien con el pueblo, pero que después defienden los pilares del imperialismo- una corriente peligrosa en extremo para nuestros intereses más vitales.

Atados a la noria ideológica oficial, los radicales no vieron el problema imperialista, y si algo vieron, no le atribuyeron su verdadera importancia. La misma actitud tenían los vendepatrias que trabajaban para algún consorcio que los centenares y miles de dirigentes honestos que amaban a su patria y hubiesen odiado a quien intentase dañarla, pero que no vieron que estábamos perdiendo una guerra económica y hasta salían en defensa de nuestros verdugos, un país «libre y democrático (como que con lo que nos chupan a nosotros y otras victimas pueden mejorar el nivel de vida y postergar la lucha de clases) de displicencia caballeresca, como es de rigor entre señores que saben ganar y perder con la sonrisa en los labios, pero que olvidan los buenos modales y se valen de todos los medios contra el intruso que interfiere en el disfrute pacifico del trabajo ajeno.

Cuando se preparaba para ser candidato por segunda vez, desde el propio gobierno alvearista, que el había hecho elegir, los sistemáticos antipersonalistas complotaban contra el. Plebiscitado por el pueblo, a los dos años se propuso nacionalizar el petróleo, y los monopolios yanquis apuraron el golpe que habría de derrocarlo.

Se hizo una gran agitación para crear el clima propicio al cuartelazo, los estudiantes, con los famosos «maestros de la juventud, participaron activamente: claro esta, también el Partido Socialista, infaltable en las grandes infamias contra el país, [dió] una heroica batalla en el parlamento contra la ley de nacionalización del petróleo y operaron entusiastamente en la calle, arrastrando a los bobalicones de la pequeña burguesía portuaria, que creían que aquellos tribunos municipales eran la ultima palabra en materia de progresismo y audacia de pensamiento y quedaban embelesados escuchándoles repetir las mismas cosas que los conservadores decían en sus tribunas, pero con «fundamentos científicos», de acuerdo con esa maestría en el empleo de la incoherencia que permitió al Dr. Juan B. Justo -precursor del sistema- defender el librecambio cuando nacía nuestra industria, propugnar medidas tendientes a aniquilarla, calificar de inconsciencia la utilización de la violencia por parte de los obreros, sostener que la huelga no sirve como medio de lucha del proletariado para conquistar mejoras económicas, negar la lucha de clases, admirar el sistema ingles. En materia internacional, también tenia sus aciertos: pronosticar poco antes de 1914, cuando Europa era un polvorín, que no habría guerra en este siglo, embanderarse en el belicismo cuando esa guerra «imposible» estalló (como se preveía), sostener que el carácter de la guerra no era imperialista, afirmar que las guerras responden a razones biológicas (tendencias instintivas), pronosticar con su clarividencia característica que no habría Revolución Rusa, etc.

LA DECADA INFAME

Con el derrocamiento de Yrigoyen se inició la «Década Infame, de la que nos interesa destacar el papel del radicalismo en términos generales y como evolucionó ideológicamente. Muerto su caudillo, la UCR perdió sus rasgos característicos más destacados y, en materia de enfoques fundamentales, en nada se diferenciaba de la coalición cipaya gobernante (conservadores, antipersonalistas, etc.). No es que fuese la misma cosa: eso seria una simplificación injusta.

Algunos radicales participaron en negociados escandalosos; la dirección alvearista aceptaba dinero de los consorcios; hubo participación y complicidad de hombres representativos en hechos vergonzosos. Hay cargos importantes que no interesa enumerar. Digamos que, en algunas esferas, había corrupción y que en el caso del distrito de la Capital Federal, por ejemplo, el espectáculo de inmoralidad era lamentable.

Salvo en algunos núcleos de vieja trayectoria, no había una reprobación ni siquiera de tipo moral para los políticos que ocuparan cargos partidarios o representativos y prestaban sus servicios profesionales en los consorcios de servicios públicos y demás pulpos extranjeros. En fin, hubo eso y algunas cosas mas, sin embargo, pese a todo, no se puede desconocer que había en el país centenares de dirigentes sin tachas morales, que luchaban por idealismo en condiciones difíciles y que, aunque en las cúpulas y en muchos ambientes hubiese manga ancha, los radicales mas sensibles a las transgresiones morales provocaban protestas airadas, comentarios y malestar general. Había una capa de dirigentes contaminada, pero el sentido de la dignidad era una cualidad que predominaba, aunque fuese impotente frente a los desmanes de ciertos elementos.

El pueblo siguió siendo radical, no solo por apego y tradición, sino también porque comparado con la casta rapaz que gobernaba por el fraude y vendía el país, el partido representaba una esperanza de mayor moralidad y de funcionamiento normal de las instituciones.

Pero el abandono de la abstención -que en la UCR encerraba un dilema principista-, y el conocimiento de latrocinios en que habían participado hombres destacados del partido minaron la moral de su masa y la llevaron a una actitud pasiva. Además, no tenían mayores objetivos, salvo el de esperar que las circunstancias impidiesen que los conservadores se mantuviesen por el fraude.

Y eso a pesar de que en la «Década Infame» había asunto de sobra para agitar, porque en el gobierno había hasta apologistas de la situación de semicolonia. El radicalismo claudico ante esa invasión foránea, en parte porque el Imperio también tenía muchos dirigentes entre ellos, pero más que todo, entiendo, porque no tenia conciencia del problema, no tenia ni siquiera conciencia de que eso era un problema. Constantemente, los ingleses aumentaban sus conquistas en puntos clave de la economía: el radicalismo no alerto a la opinión, no se escandalizó, no creyó que la Nación estaba siendo desgarrada (como tampoco saco ninguna conclusión, si es que lo vio, con respeto al crecimiento del proletariado, que se acelero). Y en cuanto estallo la guerra, el ataque de histeria belicista fue tan grande, que veían un traidor en cualquiera que se atreviese a insinuar que Inglaterra y Estados Unidos no eran milagrosas acumulaciones le filantropía, lealtad, democracia, civilización y bondad.

La guerra conmovía a la opinión pública, pero las luchas políticas internas no. Había un escepticismo generalizado y la tendencia del hombre de la calle a considerar que radicales y conservadores eran más o menos la misma cosa, aunque no fuese exactamente verdad y, llegado el momento, pondría el voto por la UCR.

A todo esto, los grupos nacionalistas, comunistas, algunos núcleos radicales avanzados andaban a los golpes por discusiones sobre la guerra. Parte de la juventud, sobre todo en el interior, no encontraba estimulo para ingresar al radicalismo, etc. Lo importante es destacar que, en cuanto hubo militancia ardorosa, con violencia inclusive, fue o por posiciones en defensa de algunos de los bandos en lucha o de la neutralidad, o bien por encontronazos entre católicos y comunistas, o problemas similares, ninguno vinculado a la lucha entre los partidos políticos". Había adhesión pasiva, no se participaba.

LA UCR Y EL PERONISMO

Cuando ocurrió la Revolución de 1943 y se llegó a la elección del 24 de febrero de 1946, los partidos se habían juntado. El Régimen del que hablaba Yrigoyen se había reconstituido, con la UCR como participante. El acercamiento entre los partidos respondió a una serie de razones: todos eran intervencionistas a favor de la «Democracia» y participaban en actividades conjuntas. La desgracia común los unía, no había fraude y disputa por el poder, tampoco diferencias ideológicas (había conservadores avanzados que eran mas «progresistas» que los radicales de tendencia conservadora). Por fin, como Perón era «de afuera» y no un integrante del selecto club de defensores del orden iniciado al levantarse la abstención, y las diferencias entre ellos, insignificantes, mientras que Perón era la ola desconocida, lo sello una unidad bastante sólida. Braden orquestó la Unión Democrática, que era una especie de aplanadora. Estaba la flota yanqui por si acaso (mucha gente ignora que, por esos tiempos, en una crisis entre Argentina y EE.UU. la flota partió de Río con rumbo al Río de la Plata, para hacer, en primer lugar, un despliegue de fuerzas y no se saben los propósitos ulteriores, porque en el Norte apareció alguna cabeza fresca que evito la abyecta maniobra). Pero no iba a ser necesario recurrir a la fuerza porque en la UD estaban todos los partidos que tenía el país, es decir, todos los votos. Se trataba de ser «realistas» y de ese montón enorme restarle algunos puñados, como, por ejemplo: un sector de alguna importancia (que no influya en los resultados de la elección porque no era nada, comparado con el «montón»), sector formado por los entupidos que se habían dejado engañar por el «Demagogo» porque les daba mejores materiales y les prometía participación en el poder político -idea bien «nazi» por cierto-, algunos sectorcitos que se llevarían dirigentes radicales incorporados a las huestes del «candidato imposible», un sector de nacionalistas; por fin, ciertos elementos de la población (felizmente no muy numerosos) que, esos si, se aseguraba votarían en bloque por Perón; vagos, ladronzuelos, borrachos, punguistas, como decían los cultos: «lumpen», en resumen, lo único que daba motivo a la incertidumbre y especulaciones era calcular si en alguna provincia los peronistas sacarían alguna minoría. El proceso es conocido y mucho [se ha) escrito y muy bueno sobre las causas que hicieron perder a todos los partidos juntos, a todo el dinero del país, a todos los diarios, a las omnipotentes Embajadas de las «democracias» victoriosas en la guerra, a casi todos los intelectuales, a todos los estudiantes, a todos los profesores, a todos los profesionales, a todos los caudillos y caudillitos del país, etc. No repetiremos cosas que todos saben, salvo en la parte que concierne a los que venimos analizando. Ningún radical (a esos efectos, ninguno de cualquier otro partido) creyó que pudiera triunfar el coronel Perón. Algunos ahora dicen, para prestigiarse como zahories políticos, que se la vieron venir: no es cierto, eso estaba fuera de toda la lógica que ellos podían desarrollar aun estirándola hasta la enésima potencia. Por lo general, hasta el día de hoy siguen sin enterarse de lo que pasó. En el subconsciente les baila la hipótesis de que fue cosa de magia negra.

LA UCR Y EL APEGO A LAS VIEJAS IDEAS

El radicalismo había ido perdiendo la gran fuerza de sus primeros tiempos, el empuje de los movimientos de masas, como el de San Martín y sus gauchos y morenos y [como el de las montoneras federales. Esa fuerza popular se fue con Yrigoyen, y quedo como programa el cumplimiento de la Constitución de 1853, que a las peonadas y pequeños campesinos y al proletariado industrial no les daba ni frío ni calor. Las primeras voces que, seriamente, hablaron de las cosas que interesaban, que explicaron minuciosamente las razones de los males de la Republica habían salido, sin embargo, de sus filas; pero tuvieron que ir a parar a un sótano: se fundo FORJA. El [consenso] general del Partido Radical era que Scalabrini Ortiz, Jauretche, Dellepiane, eran buenos muchachos, pero muy locos. Los dirigentes fueron mas terminantes y afirmaban que el ataque a «naciones tradicionalmente amigas» no podía tener otro motivo que la enajenación mental; «han leído demasiados libros», o el diario de la Embajada Alemana. Les parecerá cosa de cuento a los que no conocieron todo esto por experiencia directa por ser demasiado jóvenes, pero no exagero nada. A tal punto estaban mentalmente colonizadas las direcciones partidarias.

El problema social y el del imperialismo no podían entrar en un partido que creía en todos los mitos del liberalismo burgués. La revolución del 43 los dejo sin uno de sus dos soportes «programáticos»: el de la lucha contra el fraude; el 24 de febrero de 1946 les quito el restante: la mística de ser la fuerza mayoritaria. Tanto descansaron y se mimaron como mayoría, que por fin terminaron creyendo que les venia por designio de la Providencia y era una condición de la «esencia del hombre radical» como a ellos les gusta decir. Privados de esos soportes que en ellos hacían las veces de ideología, quedaron desguarnecidos, trabados por su formación liberal -que la etapa de Alvear acentúo- para encarar los nuevos problemas nacionales. Ya no tenían ninguna diferencia con los conservadores, que además habían dejado de ser el adversario tradicional.

Ese desconocimiento ante una realidad enigmática explica que se entregaran a las evasiones mentales que proporciona el idealismo pequeño burgués. Creyeron que estaban peleando contra los «nazis», tontería muy del Barrio Norte, pero impropia de los restos del partido del neutralismo del 14-18. Después les dio explicación de lo incomprensible y consuelo para sobrellevar la desgracia: creer en las enrevesadas explicaciones sobre «fraude preelectoral», «resortes del Estado» porque Perón hablo por radio mientras ellos tenían todos los diarios, todo el dinero, comités por todo el país, etc., etc.).

El mentado «programa de Avellaneda» no expresaba el pensamiento de los radicales ni el de su candidato Tamborini. Claro que el triunfo peronista causo trastornos en todos los partidos, que en el radicalismo se tradujo en el advenimiento de la Intransigencia a los puestos de comando, pero salvo para algunos grupos de jóvenes, era un postizo ajeno a lo radical. Se aceptaba por conveniencia u obligación. Las banderas revolucionarias las tenía Perón. Además, estaban los unionistas, que defendían la libertad de comercio y el Código Velez Sarsfield, y muchos que militaban en la Intransigencia por afinidades amistosas, pero no por comunidad de ideas. Cuando vino el motín septembrino, en la Junta Consultiva, el Dr. López Serrot desarrollo la tesis, que los radicales aman con pasión salvaje, de que toda la historia del siglo XX es una conspiración contra la UCR. Afirmándose en el hecho verdadero de que fueron derribados por el zarpazo de la oligarquía en 1930, establecen un periodo, 1930-55, y explican que ese cuarto de siglo tiene como características distintivas, como titulo para ser registrado en el mármol y en el bronce, las maniobras mediante las cuales se privo al país del privilegio de ser gobernado por la UCR. Suceda lo que suceda en el país ellos reviven esa lucha del 30; cada episodio es una fase de esa batalla contra la oligarquía. Hay tesis que demuestran lo espurio de la elección presidencial de Perón; doctrinas que descalifican su reelección y los comicios de legisladores en que los «hombres radicales eran derrotados dos a uno y tres a uno; teoremas que establecen, sin lugar a dudas, que Uriburu, Justo y Perón son la misma cosa, como también que constituyen identidades la Legión Civica y la CGT, el Plan Quinquenal y el Pacto Roca- Runciman", documentación inédita destruye la leyenda de que Braden los haya acogido en su regazo, mientras ingeniosos silogismos autorizan a referir a ese lapso de la Epopeya Radical con términos como «los 25 años de fraude y dictadura, los «militares que se apoderaron del poder en 1930 y no lo soltaron hasta el 55», etc. Este periodo es un bloque, no hay diferentes gobiernos, sino astutos disfraces para evitar que triunfe la «Causa».

El lenguaje de Yrigoyen era, vamos a reconocerlo, mesiánico y bastante nebuloso. La UCR era el país, todo el país, menos el Régimen, que eran los enemigos del país. La UCR traería la «redención» de la Patria y sus hombres, abriría un mundo nuevo, etc. Pero el mesianismo respondía a la lógica, como también la polarización en dos bandos. Pero eso Yrigoyen y el radicalismo de entonces y el país de entonces; de allá a ahora han pasado muchas cosas, como por ejemplo, que ha cambiado la proporción entre la población rural y urbana y el proletariado, que entonces era débil, hoy es poderoso, y unido, y combativo. Pero muchos radicales parecen no haberse enterado. En cuanto a las expresiones de Yrigoyen sobre la «redención» y el nuevo mundo, ahora nos parecen desmesuradas porque sabemos mas cosas y sabemos lo que en realidad sucedió. Pero Yrigoyen no podía leer el futuro. En su lenguaje hoy arcaico, hubo un mensaje de solidaridad humana. Ahora no tiene el valor que tuvo, porque ahora sabemos que las cosas políticas y sociales no ocurren como reflejo de la ética. Que ahora conozcamos los mecanismos históricos con mayor precisión es una cosa. Pero si queremos hacer comparaciones, a Yrigoyen hay que compararlo con la gente de su época: sus adversarios decían, en el lenguaje tal vez más moderno, cosas que ahora resultan tan irreales como las que él dijo y, a diferencia de ellas, entupidas.

Eso en cuanto a Yrigoyen y su época. Pero el señor López Serrot sabe lo que paso entre 1943 y 1955, ha podido verlo. No tiene atenuantes para vivir el mundo de Yrigoyen, pero lo hace. Además, firma declaraciones contra Fidel Castro: no ha visto lo que paso en nuestro país en los últimos 16 años, pero pretende saber lo que pasa en Cuba.

La Junta Consultiva fue, precisamente, el tipo de conclave para este desarrollo de férrea l6gica, mientras tomaban te e intercambiaban vulgaridades con el contralmirante Rojas.

Los radicales, pese a los «planteos» y demás sucesos inquietantes, están en el periodo beatifico de sus vidas: la historia siempre hace justicia, y el ostracismo tramposo ha sido recompensado poniéndolo simultáneamente en el oficialismo y en la oposición. Los del Pueblo apoyaron la entrega de la dictadura Aramburu-Rojas, pero ahora pueden ejercitarse como únicos antiimperialistas con permiso policial y bancas. Los ucristas, en cambio, apostrofaron el entreguismo hasta 1958, pero han tenido la honra de llevar el Plan Prebisch hasta sus ultimas consecuencias y son hijos predilectos de la Casa Blanca, se tutean con Mc Millian y están a partir de un conflicto con Juan XXIII.

LAS CONSECUENCIAS DE LA PARALIZACION DOCTRINARIA DE LA UCR

He relatado la esencia de la historia de la UCR. A partir de 1916, con su apoteosis yrigoyenista y su melancólico declinar. Algún «realista» podrá pensar que tan mal no le fue, porque ahora gobiernan, pero ese argumento no tiene relación con lo que tratamos. Si no ¿que conclusiones sacar, por ejemplo, del caso del general Aramburu? No pudo llegar, durante el peronismo, mas que a director de Sanidad del Ejercito, y eso que era de una lealtad de hierro al general Perón, según el lo repetía hasta el cansancio, y además era notoria su ejemplar devoción a la doctrina justicialista, que se preocupaba celosamente en que fuese difundida en las reparticiones a su cargo. Sin embargo, pudo ser presidente y si alguien hacia lo mismo que el había hecho durante tanto tiempo, en lugar de ascenderlo lo mandaba a la cárcel por seis años por violar el Decreto 4161.

Estamos analizando como la fuerza que, en su momento, concentro la voluntad de la Nación y los intereses de las capas populares fue decayendo, a pesar de que durante muchos años no surgió ningún movimiento con envergadura [para] disputarle el puesto que dejo vacante. Si hoy gobierna, es por la proscripción del pueblo y no porque represente su voluntad: además, su estabilidad ha dependido de un complicado mecanismo donde juegan papel principal los grandes consorcios financieros interacciónales, que están interesados en evitar el cambio, lo mismo que el embajador yanqui y otros personajes semejantes. Eso no es un gobierno: es una radicación de capitales.

Esta historia ha sido relatada, no para recordar cosas que todos conocen, sino para ver por que pasaron muchas cosas. Y con miras a extraer experiencias que, aun sin equiparar casos diferentes, puede convenirnos asimilar: por una vez, la experiencia en cabeza ajena puede sernos útil. Para desentrañar un fenómeno tan complejo y largo hay que prescindir de la esperanza de contar todas las claves, lo mismo que del artificio de tomar un factor aislado y transformarlo en la causa única del proceso. Las cosas no pasaron por una sucesión de casualidades, sino por razones bien poderosas. Me limitara al factor que nos interesa: la falta de programa y de base doctrinaria.

Como todos los partidos a partir de 1853, la UCR creyó en las formas del liberalismo incorporadas a la Constitución y que en ella estaba condensado lo mejor que podía producir la sociedad. Cuando Yrigoyen triunfó, la Constitución lo [trababa] porque en los Poderes Legislativo y Judicial, la oligarquía obstaculizaba su labor. Es fácil imaginarse que, si su movimiento hubiera querido ir más a fondo en la solución de algunos problemas graves, hasta su propio partido, y no digamos el cipayaje, hubiesen armado un escándalo ante solo pensar que la Constitución pudiera ser «mancillada».

Después, el Partido Radical se paso trece años de Década Infame sin ver lo que estaba ocurriendo, tanto en los cambios sociales como en cuanto al saqueo ingles; se sabían cosas sueltas, pero nunca se pronunciaba la palabra «imperialismo», eso no era «serio». Es una fantasía ponerse a imaginar lo que hubiese sucedido de no estar congelados en una ideología ya destrozada por la historia y por la critica, pero no es una extravagancia suponer que, si no hubiesen dado por sentado que atacar los principios liberales o tocar la Constitución era un acto de «totalitarios», un atentado contra la «libertad y la democracia y demás zonceras, hubiesen sido muchos los que comprendiesen lo que significaba la política imperialista y que, mas grave que el fraude, eran los intereses que estaban detrás del fraude. Si se sabía lo que era el imperialismo, era en forma imprecisa, como cosa de detalle, exagerada por los «totalitarios». Pensaban como otros países adelantados, como Estados Unidos (donde Scott Nearing fue expulsado de una Universidad «libre» por escribir un libro sobre el imperialismo) o como Francia o Inglaterra, que nunca hablaban del término como era lógico en potencias imperialistas, y no en países agrícola-ganaderos que son las victimas del despojo. Pero es que la ideología liberal burguesa parte del supuesto de que la libertad es un valor absoluto que la burguesía había definido para siempre. Así que atacar a las instituciones de los burgueses, es atacar a la «libertad», no a la forma concreta de libertad de ese grupo social. Entonces la libertad resulta que es la misma cosa en Francia, en Inglaterra que en Kenya, en Estados Unidos que en Cuba. Hasta llegar a lo de ahora, de lo cual el mundo ha sido informado -con general asentimiento de los cipayos- que la libertad son los estados capitalistas del hemisferio occidental y que cuando se les ataca, se esta atacando un valor sagrado.

Los peronistas que lean esto pensaran que para que repetir cosas que nosotros si aprendimos muy bien, aunque los radicales las ignorasen. Pero, con sutiles variantes de estilo, también circula en nuestro movimiento -en ciertas capas «occidentalistas» que hacen declaraciones antiimperialistas en abstracto para quedar bien con el pueblo, pero que después defienden los pilares del imperialismo- una corriente peligrosa en extremo para nuestros intereses más vitales.

Atados a la noria ideológica oficial, los radicales no vieron el problema imperialista, y si algo vieron, no le atribuyeron su verdadera importancia. La misma actitud tenían los vendepatrias que trabajaban para algún consorcio que los centenares y miles de dirigentes honestos que amaban a su patria y hubiesen odiado a quien intentase dañarla, pero que no vieron que estábamos perdiendo una guerra económica y hasta salían en defensa de nuestros verdugos, un país «libre y democrático (como que con lo que nos chupan a nosotros y otras victimas pueden mejorar el nivel de vida y postergar la lucha de clases).



Fuente: Algunas bases para el programa del. Movimiento Peronista de John William Cooke (agosto de 1961) en Artículos periodísticos, reportajes, cartas y documentos (1959-1968) Tomo III, Obras Completas, Compilador Eduardo Luis Duhalde, Editorial Colihue, 2009.


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