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domingo, 26 de marzo de 2017

Alejandro Poli Gonzalvo: "El principismo de Yrigoyen" (26 de marzo de 2012)

La República Argentina necesita con urgencia recuperar principios cívicos de ejemplaridad que permitan erradicar la pandemia de la corrupción, que desde hace décadas ha contagiado a la mayor parte de la clase dirigente y es un obstáculo formidable para la mejora de las condiciones de vida de millones de argentinos. En este sentido, y a poco de haberse cumplido el centenario de la sanción de la ley Sáenz Peña de sufragio universal, secreto y obligatorio, resulta un acto de justicia recordar al presidente argentino que primero enarboló las banderas del principismo político e hizo realidad el ideal democrático de la Revolución de Mayo: Hipólito Yrigoyen.

Los ideales de Mayo de progreso y democracia habían determinado, aún sin la debida conciencia de ello, dos posiciones dominantes en la historiografía argentina hasta bien avanzado el siglo XX. En abreviada síntesis, la historia oficial reivindicaba el progreso y justificaba el abandono del ideal de la democracia en aras de no poner en riesgo la prosperidad material con una apertura del régimen político considerada apresurada para el estado de las costumbres cívicas de la sociedad. La historia conocía esta combinación no equilibrada de los ideales de Mayo como la instauración de la República posible.

En la vereda opuesta, el revisionismo criticaba acérrimamente la ausencia de una democracia auténtica, pero al hacerlo descalificaba el progreso alcanzado con argumentos críticos del modelo que lo hizo posible, sin plantearse seriamente cuál hubiera sido otra trayectoria posible para el desarrollo económico, poblacional, educativo y cultural del país.

En Hipólito Yrigoyen, por primera vez, confluyen ambos ideales.

En cuanto al progreso, no suele recordarse que Yrigoyen pertenecía a la Generación del 80, y que participaba del consenso sobre las bases del progreso del grupo que acompañó a Roca en la construcción de la Argentina moderna, adhesión confirmada por su apego al sistema económico heredado del régimen conservador. Sin embargo, su legado más valioso está vinculado con el principismo político y la vigencia de la democracia.

Quienes han estudiado la vida de Yrigoyen están de acuerdo en que no existe una relación normal entre la importancia de su trayectoria política y sus manifestaciones públicas. Aquella extrañeza -una condición de opacidad de humanidad más propia del místico que del hombre público- ha ocultado el sentido de su lucha política. Se le pide a Yrigoyen (a quien Manuel Gálvez, su primer biógrafo, llamó "el hombre del misterio") una conducta de estadista en sus actos de gobierno y, al no hallarla, se lo descalifica atribuyendo esa ausencia a la falta de un programa de gobierno o de un elenco de figuras a la altura de los desafíos causados por la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, el enigma de Yrigoyen no es tal.

La Reparación, escrita con mayúscula, es el argumento que da sentido a toda la carrera política de Yrigoyen y del radicalismo. En ocasiones solemnes que prenuncian transformaciones divisorias de aguas, la historia de los pueblos es movida por ideales en apariencia muy simples, pero que no obstante encierran un profundo significado de cambio. La Reparación, llegada al poder con la victoria de Yrigoyen en 1916, es uno de ellos.

En vano se buceará su significado estricto en la bibliografía radical, en especial en la que está más cercana en el tiempo a la vida Yrigoyen: por su propia naturaleza principista, la Reparación es un concepto vago e indefinido. Lo mejor que se encuentra se basa en conceptos del propio Yrigoyen; la Reparación es una fuerza del espíritu que se entronca con la tradición de Mayo y se propone conservar la virtudes esenciales de la raza, es decir, una fuerza moral que se identifica vagamente con un concepto idealista de la argentinidad, orientada a prácticas cívicas regeneradoras, que se traducen en la abstención revolucionaria hasta tanto no se organicen comicios libres y democráticos.

El clima político que dio origen a la Reparación se rastrea desde la federalización de Buenos Aires en 1880, cuando el espíritu liberal y democrático de los porteños fue derrotado por la coalición conservadora que lideraba Roca. Desde esa fecha, sucesivas demostraciones de rebelión a favor de hacer efectivo el ideal democrático de Mayo fueron sofocadas por los hombres del Régimen, comenzando por la Revolución del 90 y siguiendo por los alzamientos radicales de 1893 y 1905.

Detrás de cada uno de esos intentos de democratizar la vida política del país se encontraba el espíritu de la Reparación. La Reparación no nació ex nihilo como si se tratara de una fuerza ajena a la tradición cívica de los argentinos, sino que, como una expresión del principismo político que había animado a Moreno y Rivadavia en los inicios de la Revolución, constituía el credo democrático de Echeverría, era reivindicado por el Partido de la Libertad de Mitre en 1852 y había causado la revolución del Ejército Constitucional en 1874.

Yrigoyen, a quien numerosos autores revisionistas identifican con el resurgimiento del caudillismo federal, representa, según mejores cuentas, el espíritu de organización nacional plasmado en la Constitución de 1853, cuya concepción democrática no se cumplía en el período anterior a la ley Sáenz Peña.

La interpretación revisionista de Yrigoyen como continuador de la línea histórica del federalismo argentino nace en el seno del radicalismo y se aprecia con claridad en la obra de Gabriel del Mazo, su historiador oficial en la primera mitad del siglo XX. Los historiadores liberales aceptaron de buen grado esta interpretación, funcional a su descalificación de Yrigoyen como un caudillo autoritario y populista. Frente a ambas posiciones, en nuestra visión institucionalista ubicamos a Yrigoyen en el tronco histórico de los ideales de Mayo, una perspectiva diferente sobre los conflictos de nuestro pasado que la clásica división entre unitarios y federales que forjó la dialéctica contradictoria de la historia oficial y el revisionismo, donde el elemento relevante es la posición adoptada frente a los ideales de progreso y democracia.

Contra la identificación revisionista de Yrigoyen con el caudillismo federal preconstitucional y la desvalorización de su cruzada democrática que hace suya la historia oficial, la Reparación es sinónimo del ideal democrático de Mayo.

Esta actitud misional quedó empañada en su segundo mandato: fue su error más grave reasumir las riendas de la nación a los 76 años. El verdadero enigma de Yrigoyen reside en aprehender las razones biográficas y personales que lo indujeron a aceptar, en 1928, un nuevo período presidencial, que a la postre significó la ruina de su memoria póstuma.

Y es que Yrigoyen, a su modo, pertenece a la estirpe de los Moreno, los Rivadavia, los Sarmiento, soñadores idealistas que marcaron nuevos rumbos y fueron acusados despiadadamente por sus contemporáneos. Sorprenderá que coloquemos al caudillo radical más cerca de aquellos que de Perón, como el propio peronismo y la izquierda nacional han pretendido. Una compañía tan poco habitual para don Hipólito se explica por el apego de todos ellos a ciertos principios irrenunciables.

Desde Maquiavelo, el principismo político suena a una contradicción en sí, una ingenuidad frente a los barones de una mal entendida gobernabilidad. Pero en la azarosa vida argentina, a cien años de la ley Sáenz Peña, tras décadas de corrupción y confrontaciones estériles y trágicas, pide a gritos ser proclamado como una nueva cruzada de reparación cívica y moral.

Bajo su inspiración, la instauración plena de los ideales de Mayo vendrá a nosotros de la mano de una generación de políticos respetuosos de las instituciones, incorruptibles, y, a la par, lúcidos gestores. Entonces, las banderas del principismo político serán una eficaz herramienta de transformación moral y material y la figura de Yrigoyen ingresará definitivamente en el panteón de los grandes hombres nacionales.




Fuente: El principismo de Yrigoyen por Alejandro Poli Gonzalvo para La Nación del 26 de marzo de 2012.

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