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miércoles, 22 de febrero de 2017

Raúl Alfonsín: "Defensa del Pacto de Olivos" (8 de junio de 1994)

Sr. Presidente (Pierri). — Tiene la palabra el señor convencional por Buenos Aires Raúl Ricardo Alfonsín. (Aplausos)

Sr. Alfonsín. — Señor presidente: antes que nada quiero decir que, cuando venía hacia aquí, no pensaba en algún tipo de preocupaciones. No venía pensando en el 95, porque soy un hombre que no aspira a ninguna candidatura. Venía pensando en mi responsabilidad fundamental; venía pensando en que estamos trabajando para los argentinos de ahora y para las generaciones que vendrán. Venía convencido de que, por encima de cualquier otra circunstancia debía, como he pretendido toda mi vida, no pasar por encima de un estado de conciencia. Y si bien lo hice, como digo, toda la vida, puedo asegurar, que en ningún momento estuve tan convencido de trabajar con tanto desinterés y, si me permiten, con miras exclusivamente patrióticas como en esta circunstancia.

Creo que lo que acabamos de escuchar de parte del señor presidente del bloque del Frente Grande, tiene una parte muy positiva. Aunque discrepamos en muchas de las cosas que ha dicho, lo cierto es que, por encima de discrepancias y diferencias, él se ocupó de señalar muy bien que viene a legitimar esta Constitución.

Creo que es importante que no sólo nosotros, sino todos quienes en estos momentos, en sus casas, seguramente están observando esta reunión por televisión, comprendan que, por lo menos en lo que se refiere al Frente Grande —y estoy convencido de que en otros bloques ocurre lo mismo— no existe una diferencia fundamental que haga suponer a nadie que aquí se está atentando contra la democracia ni contra la República.

Pero debo decir, que los argumentos que han expuesto con tanta vehemencia me resultan sumamente exagerados. Es como si aquí —como se ha dicho expresamente— se hubiera establecido una mordaza que impidiera señalar las opiniones y las disidencias.

—Ocupa la Presidencia el señor presidente de la Convención Convención Nacional Constituyente Nacional Constituyente, doctor Eduardo Menem.

Sr. Alfonsín. — Es como si por el hecho de haberse establecido una forma de votación por parte del Congreso de la Nación, que nosotros asumimos hoy, se impidiera que el pueblo argentino conociera la posición de los distintos bloques.

Creo que tiene que ver con una lógica elemental, señor presidente, decir que esto de ninguna manera es así. En primer lugar, porque han sido escuchadas todas las posiciones, con algunos argumentos importantes, principalmente de algunos oradores del Frente Grande, con discursos brillantes en sostén de sus puntos de vista.

No creo que haya un argentino que haya seguido todo esto, que piense que el Frente Grande y otros bloques no están de acuerdo con que se elimine la cláusula confesional para el presidente de la República. No hay un argentino ni una argentina que haya seguido este debate, que se haya preocupado por este problema, que no sepa acabadamente cuál es la posición de cada uno de los bloques. Y, además, todavía resta la posibilidad de fundar los votos en la medida en que se vayan produciendo y la posibilidad de presentar proyectos si se llegara a suponer —y me parece que así va a ser— que es necesario aclarar aún más este tema.

De manera tal que quiero manifestar ante todo que tengo absolutamente tranquila mi conciencia. Reitero que no sería capaz de pasar por encima de un estado de conciencia.

Aquí no se cercenan los derechos de nadie, porque todo el mundo conoce qué se piensa, en definitiva, por parte de cada bloque. Y el hecho de que el Congreso de la Nación en su momento y nosotros, ahora, determinemos una forma de votación no tiene la importancia que aquí se le otorga. No quedan cercenados derechos fundamentales de ningún señor convencional, porque los derechos no son de la mayoría ni de la minoría; son derechos individuales que todos tenemos y que todos estamos dispuestos a ejercer. (Aplausos)

Me podría poner en la otra posición. Supóngase que, respetando la ley del Congreso, hubiéramos resultado minoría. En realidad, en cuanto a la norma del Congreso —que desde el punto de vista político o jurídico no podía conocer quién iba a ser mayoría o minoría—, la cláusula que resulta atacada fue más para defender la voluntad del Congreso de una posible mayoría; pero si hubiera resultado eso, si nosotros hubiéramos sido minoría, habríamos podido decir exactamente lo mismo que, con inteligencia pero desacertadamente, de acuerdo con mi modesto criterio, ha señalado el presidente del bloque del Frente Grande. ¿Por qué nos obligan a votar separadamente, si de ninguna manera estaríamos de acuerdo con aprobar la reelección del presidente, en caso de no haberse atenuado el sistema presidencialista? Es el mismo argumento, pero al revés. (Aplausos)

Señor presidente: sé muy bien, como aquí se ha dicho en uno de los discursos más brillantes y eruditos que se han pronunciado en este recinto, que se estaría dispuesto a votar según lo establecido por la ley y el reglamento, si hubiéramos estado frente a un sistema. No lo he dicho yo, sino un convencional relevante de la bancada del Frente Grande.

De tal manera que esto no es una chicana, como algunos expresaron, ni ninguna trampa. Es la verdad. Si realmente fuera un sistema —se ha mencionado— no se considerarían quebradas las reglas de juego de los cuerpos parlamentarios.

Quiero decir que cuando se recurre a la teoría de los objetos, si bien es difícil considerar ya el criterio de unidad en los objetos físicos, muchas veces es increíblemente dificultoso tener en Convención Nacional Constituyente cuenta el criterio, la teoría, la concepción de unidad en los objetos culturales que estamos debatiendo.
Voy a hacer una ligerísima apelación a la filosofía política, que en mi opinión hay que tenerla en cuenta, porque precisamente ella, y no la ciencia política, es la que analiza la naturaleza y las condiciones de la obligación política. También es la que establece las relaciones entre la política y la moral y entre la política y la ética.

Aquí hay tres paradigmas fundamentales. El Estado justo que subsume la ética en la política —lo sabemos de los griegos—, y que por considerar, en definitiva, que lo bueno es justo, se traduce siempre en una propensión al despotismo, aunque sea al despotismo ilustrado.

Hay otra concepción que es el realismo político, que divide absolutamente a la moral de la política. Deja la moral para el campo privado, y la política para el sector público, por lo que, desde luego, se traduce en tiranías, cuando son exageradas y, por supuesto, en una suerte de esquizofrenia moral inaceptable.

Existe también una variante de esa concepción del realismo político que hoy está en boga, que constituye un peligro para el mundo, porque cuando se produjo la revolución europea del 89 creyó que tenía el campo abierto para crecer y desarrollarse. Es la concepción neoconservadora que nos plantea una filosofía distinta; diría que es una filosofía del cinismo y de la resignación de la que uno de los líderes más importantes ha sido, seguramente, Leo Strauss, en los Estados Unidos, pero que también tiene algo que ver con el posmodernismo en su acercamiento a Nietzsche y al cinismo sobre lo que tanto ha trabajado Habermas para negarlo rotundamente.

Esa variante tiene una concepción de la democracia que es elitista, que se toma de Mosca, de Pareto, con Schumpeter más cerca y que hoy, con profesores muy importantes de muchas universidades —las más renombradas del mundo—, como por ejemplo Samuel Huntington nos dice que la democracia se hace ingobernable si procura la participación o busca la igualdad de oportunidades, que justamente para nosotros son elementos esenciales de la democracia. Además, tiene una concepción de la economía que crea una suerte de mito y de religión del mercado, y tiene una idea de un Estado mínimo si quiere ser democrático, como lo dijo ya Hayeck en 1944 en Camino de Servidumbre, o modernamente Nozick al hablar del Estado desertor, del Estado que no se ocupa de la gente y de los problemas. Este es el realismo político de este tiempo, que tiene una concepción del gasto social al que considera inocuo.

En fin, no quiero desarrollar tanto este tema del neoconservadorismo, pero lo cierto es que está prácticamente demostrado que hoy está fracasando en todo el mundo, porque a pesar de haber sometido a los pueblos de países importantes del primer mundo a inconvenientes graves en el campo social, no ha solucionado ninguno de los problemas de envergadura que enfrentan las economías de esos países.

Además hay otro paradigma —sé que es difícil, porque estoy hablando de paradigmas, encontrar gobiernos que apliquen estos principios en su totalidad—, que es el de la concepción legitimista, que sabe que la moral y la política tienen una relación dramática, pero que procura legitimar toda la acción del Estado sobre una base ética fundamental. La concepción realista busca desde luego países en los que se favorece el autoritarismo, porque se traducen en dictaduras que a veces son monarquías, u otras veces, dictaduras de líderes carismáticos. Pero el Estado legítimo, la concepción legitimista del Estado, se asienta mucho menos en el Poder Ejecutivo, como sucede en el realismo político, para darle más facultades al Poder Legislativo.

Entonces, esto es lo que nos pone frente a un sistema. Hemos realizado una tarea que está vinculada estrictamente con buscar y servir la concepción legitimista del Estado para aventar los riesgos no sólo del Estado "justo" de los mesiánicos que atacaron tanto a la Argentina durante muchos años, sino también de esta otra concepción realista neoconservadora, a fin de que en la Argentina y para los tiempos —no quiero hablar de los tiempos actuales— se sepa que aquí estamos frente a una concepción legitimista del Estado que no se conforma solamente con limitar la democracia al campo institucional sino también que sabe y comprende que debe encontrar soluciones para los problemas del hombre, de la gente y para que cada uno pueda realizar su vida con la tranquilidad suficiente como para cumplir con sus requerimientos elementales y fundamentales. Esa concepción nos dice que hay que mirar a la sociedad desde el punto de vista de los más desprotegidos, porque sabe que hay desigualdades naturales, pero también hay desigualdades sociales, de ingreso, de riqueza, y de status, por lo que es necesario luchar por la igualdad de oportunidades.

Por ello, nos acercamos a esa concepción y definimos en todo lo que es el núcleo ese sistema de ideas que restan fuerza al presidencialismo argentino, como lo vamos a demostrar en el momento en el que discutamos el fondo de estas cosas. Cómo se puede decir que nosotros vamos a incrementar los poderes del presidente por el hecho de que se proponga establecer en la Constitución, dándole rango constitucional, la limitación al dictado de decretos de necesidad y urgencia. ¿Acaso no se vive la realidad argentina? ¿O es que no se sabe que desde 1853, hasta mi gobierno incluido, hubo veinticuatro decretos de necesidad y urgencia, mientras que el gobierno actual ya lleva más de doscientos cincuenta decretos de necesidad y urgencia que fueron convalidados por la Justicia argentina?

Por esa razón, era necesario establecer una norma que pusiera coto a esto, para que los presidentes del futuro tuvieran limitaciones expresas que evitaran el gobierno por decreto, que significa una suerte de avance sobre el Poder Legislativo que degrada a la democracia.

Todas las medidas que constituyen el Núcleo de Coincidencias Básicas están vinculadas a esa idea. Por eso, constituyen un sistema, y por eso estoy convencido de que hay una razón fundamental para votar de esta manera, porque son medidas inescindibles. Tan sistema es que no sería nada sino fuera sistema. No existiría esta Convención. Jamás hubiéramos votado una ley declarando la necesidad de la reforma si no hubiera sido un sistema, porque nuestro voto a favor de la reelección del presidente está estrictamente vinculado a la otra idea, es decir, a la necesidad de limitar el presidencialismo argentino, porque nos hacemos cargo del planteo de Alberdi que ya en su momento —aunque reconocía que era indispensable otorgarle facultades tan fuertes al presidente para consolidar la unidad nacional recién lograda— decía que podía ser la causa de una tentación tiránica que se evitaba, precisamente, impidiendo la reelección inmediata. De modo que esto era para nosotros una necesidad que no estaba vinculada con la confianza. No se puede hablar de un tema de confianza sino de responsabilidad. Aquí somos muy responsables; somos responsables también ante quienes van a venir.

Como diría Rawls, no conocemos perfectamente cuál puede ser la situación personal de quienes han de venir. No conocemos qué puede pasar en la Argentina, pero sí imaginamos un país al que queremos democrático. Nos imaginamos la situación general de la Argentina. Suponer que estamos aquí juzgando confianzas o desconfianzas implica disminuir la cuestión, como si se le dijera a un abogado que no pida garantías frente a la firma de un contrato porque es amigo de la contraparte y le tiene confianza. No señor, es un problema de responsabilidad el que está en juego. (Aplausos)

Se dice que el Congreso no tiene facultades para limitar a la Convención. Esta es una idea que viene desde los albores del constitucionalismo, cuando las convenciones se realizaban en contra del sistema jurídico, cuando realmente eran manifestaciones casi espontáneas o decisiones directas del pueblo que elegía a sus representantes. ¿Cómo iba a haber un sistema jurídico que las limitara? Evidentemente no, porque se realizaban justamente para luchar contra ese sistema jurídico. No quiero cansarlos con citas de Bourdeau o de Hanna Arendt, pero el primero de ellos, haciéndose cargo de la teoría del abate Sieyes afirmaba que esto está fuera del Estado, pero no es nuestro caso.

Esta es una Convención que tiene un poder derivado, porque existe ya un poder constituido. Se dice que hay que respetar la voluntad del pueblo y que es éste el que nos tiene que decir que podemos hacer cualquier cosa. ¿Pero qué pueblo es el que ha elegido a los diputados y a los senadores? (Aplausos) ¿A cuál de los dos respetamos? ¿Acaso no hay una soberanía popular que en circunstancias distintas se ha manifestado a través de la elección de los representantes del pueblo y de las provincias? Creo que podemos estar realmente muy tranquilos dado que nuestra responsabilidad fundamental es la que nos obliga a votar de esta manera, aunque no haya riesgo. E insisto en que no se trata de un problema de confianza.

Se ha hablado y muy bien sobre el pacto, y al respecto agradezco algunas de las consideraciones que se han hecho, aun discrepando, porque se ha salvado la cuestión ética. Era muy importante, señor presidente, porque no se lo hizo en la campaña. En la campaña los únicos que explicamos el contenido fuimos nosotros; lo demás fue "sloganismo". (Aplausos)

Agradezco muy sinceramente este reconocimiento realizado, porque aquí estamos hablando no para ahora sino para la historia, y le aseguro, señor presidente, que hemos sufrido mucho cuando se pretendía tergiversar la naturaleza de nuestra acción.

Se ha hablado de pacto de dos y de democracia de dos. ¿Cómo es posible? Desde luego que todo empieza por una o dos personas, pero es como si se hablara de ley de uno cuando un diputado presenta un proyecto. Después ese proyecto se discute, es tratado por la Cámara de Diputados y luego girado al Senado. Entonces, ¿podemos hablar de ley de uno? ¿Podemos hablar de pacto de dos? Este pacto fue sometido a la consideración del Comité Nacional de mi partido y dos veces a la Convención Nacional de la Unión Cívica Radical; el órgano respectivo del Justicialismo hizo lo propio, y finalmente el Congreso de la Nación lo aprobó con mayoría de dos tercios. ¿Podemos hablar, entonces, de pacto de dos?

Creo que aquí hemos hecho un esfuerzo importante. Me hago cargo de lo que ha dicho el presidente del bloque del Frente Grande y se lo agradezco. Es cierto; nosotros veníamos de sufrir mucho. En los últimos sesenta años, sin contar los estatutos militares, nos han regido cuatro constituciones: la del 1853, la de 1949, la de 1957 y la enmienda llamada Lanusse. Ninguna de ellas sirvió, como tampoco sirvieron las de 1819 y 1826, cuando Buenos Aires pretendía imponer a las demás provincias una constitución unitaria.

Aquí era necesario un consenso y un acuerdo entre los partidos para poder llevar adelante la reforma constitucional, aunque nos hubiera gustado que fuera más amplio. Sabíamos que íbamos a pagar precios, señor presidente, y tal vez ninguno ha sido tan alto como el que debió pagar la Unión Cívica Radical. Digo esto porque existen distintas motivaciones entre las personas que votan por los partidos, y muchas veces se vota a un partido con la idea de votar en contra de otro. Nosotros ya hemos pagado ese precio, pero aspiro a que quienes en definitiva resulten los candidatos de mi partido recojan los frutos de esta Convención Constituyente. (Aplausos)

Sin embargo, es increíble que se haya pretendido descalificar este pacto porque se quiere con él evitar el rumbo de colisión que seguía nuestro país. El Pacto del Punto Fijo, de Venezuela, se firmó entre partidos antagónicos para evitar el rumbo de colisión. El Pacto de Bogotá terminó con una matanza entre conservadores y liberales al punto que llegó a establecerse en la propia Constitución colombiana la alternancia de los partidos en el gobierno. Pero a pesar de todas las vicisitudes, tanto en uno como en otro país tenemos las democracias más viejas de América latina.

Íbamos en rumbo de colisión. Existían dos criterios fundamentales: por un lado, la decisión del Partido Justicialista de provocar la reelección y, por otro lado, la determinación de la Unión Cívica Radical de no permitirla si no se cambiaban las reglas de juego. Sin duda la gente de mi edad que se encuentra en esta Convención habrá de comprender cuánto tiempo hemos perdido en las peleas, en las negativas irreductibles y en las confrontaciones salvajes. Queríamos construir y quizá estábamos agitando, porque luchábamos a nuestro turno por recuperar derechos conculcados.

En 1949 se lleva a cabo una reforma constitucional sin los radicales, y en 1957 los antiperonistas promovieron otra sin los peronistas. Este período de confrontaciones salvajes creó el clima propicio para el golpismo en la Argentina. Algunos pedían que no habláramos de la historia ni del derecho comparado y que nos refiriéramos sólo a la situación actual de nuestro país.

¿Pero ni siquiera uno de quienes pidieron esto había pensado en lo que acabo de señalar?

Agradezco al señor presidente del bloque del Frente Grande que haya traído este problema a colación, porque si él no lo hubiera hecho quizás yo, por una cuestión de elegancia, también hubiese evitado hacerlo. ¿Qué es lo que había pasado? Existía un proyecto que contaba ya con sanción en el Senado ratificando la idea que, como bien se ha afirmado, siempre había tenido el justicialismo.

Hasta se había firmado en la Comisión de Asuntos Constitucionales de la Cámara de Diputados un proyecto por el cual se establecía de una absurda manera —porque no creo que se pueda interpretar por ley la Constitución, el artículo 30 de la Carta Magna— la necesidad de los dos tercios de los presentes para sancionar la necesidad de la reforma.

Digo a esta Convención que la Unión Cívica Radical no iba a aceptar eso. Y si por una casualidad o por un hecho circunstancial se llegaba a sancionar sin nuestra presencia o sin gran parte de nosotros, este proyecto de declaración de la necesidad de reforma, no íbamos a presentar candidatos a convencionales constituyentes. Entonces, ¿qué camino quedaba? La regresión, volver al 49, al 57, volver a la pelea. Eso no podía ser, de ninguna manera.

En consecuencia, asumimos esta responsabilidad y llevamos adelante una idea que transmitimos al presidente de la Nación. Le dijimos: "Señor presidente, ¿por qué no tratamos de coincidir sobre la base del proyecto del Consejo para la Consolidación de la Democracia?" Ese proyecto establecía la reelección de cuatro años, pero también fijaba limitaciones al presidencialismo. El presidente debía optar. El era enemigo de muchas de estas cosas. Así lo había sostenido permanentemente. Hizo infinidad de declaraciones diciendo que no estaba de acuerdo con el jefe de gabinete y con muchas de los planteos que nosotros hacíamos. Sin embargo, le hizo un servicio a la Nación porque jugó a la legitimación. Reitero: jugó a la legitimación.

No hemos superado nuestras diferencias. Desafiaría a cualquier partido a que me diga que ha hecho más declaraciones de oposición que nosotros desde la firma del Pacto hasta este momento. Hemos seguido criticando. Nuestra concepción es, como lo ha recordado muy bien el señor presidente, distinta en el campo económico y social. Pero, a mi criterio, hemos salvaguardado la paz política. Hemos evitado una regresión y, además, se ha logrado evitar a los presidentes del futuro cualquier tentación autoritaria, cualquier avance sobre la Justicia o sobre el Congreso de la Nación. Se ha logrado perfeccionar los controles republicanos. El presidente no nombrará más a los jueces, sino que esto se hará en la forma establecida a través del Consejo de la Magistratura. Con esto ganamos en seguridad jurídica.

Además, abrimos al debate los otros temas habilitados, los que también recordó muy bien el presidente del bloque del Frente Grande. Vamos a hablar de federalismo.
Cuando uno observa cómo están las economías regionales sabe que esto es una necesidad, como lo saben también los convencionales de todas las bancadas. Desde luego, no vamos a hacer aquí una cosa como la que sucedió en el Brasil con la Constitución anterior, pero tenemos que sentar los principios fundamentales que vuelvan a darle sentido a un federalismo que no puede estar limitado al cascarón institucional. (Aplausos)

En el inciso a) del artículo 3º decimos que hay que dividir o distribuir los servicios que debe prestar la Nación y las provincias y los recursos a percibir. ¿Qué es esto? ¿De qué estamos hablando? Estamos hablando de salud, de educación, de jubilación, de recursos, de la posibilidad de que de aquí en adelante los pactos fiscales entre la Nación y las provincias se produzcan a través de decisiones instrumentadas por medio de leyes dictadas por el Congreso de la Nación y por las legislaturas provinciales, a efectos de no estar sujetos a un centralismo que se hace cada vez más gravoso para cada una de las provincias.

También hablamos del medio ambiente, de la defensa del consumidor y del usuario, del hábeas corpus, y de los tratados internacionales que alejarán la posibilidad de la pena de muerte y nos harán defender mejor los derechos humanos. (Aplausos)

Entonces, señor presidente, éste es un pacto que está vinculado más que nada al campo político. Así lo reconoció muy bien el presidente del bloque del Frente Grande, sin quitarle importancia, lo que por cierto me alegró muchísimo.

Hace algunos años pronuncié un discurso que cobró cierta notoriedad y que por ahí se lo llamó el "discurso de Parque Norte". Allí hablé de la necesidad que teníamos los argentinos de llevar adelante dos pactos fundamentales. Uno, el que llamaba democrático, que es establecer las reglas de juego de la convivencia argentina que, fundamentalmente, lo tenemos que hacer en la Constitución de la Nación. El otro pacto lo reclamaba ante los sectores progresistas. A mí me parece que vamos a necesitar comprender cada vez más que si queremos trabajar para el bien común y al servicio de nuestro pueblo vamos a tener que superar muchas diferencias para que las fuerzas políticas que lo representan no sean superadas por los poderes vicarios o parásitos del poder económico cada vez más concentrado. (Aplausos)

De modo que al ratificar el voto favorable de la Unión Cívica Radical a este proyecto de reglamento, quiero expresar nuestro convencimiento de que podemos abrir nuevos escenarios. La Argentina siempre ha sido como una dicotomía, donde siempre hubo enfrentamientos y compartimentos estancos. Se ha ido elaborando una concepción en la que la negociación política parecía algo espurio, en la que la intransigencia, más allá de la que corresponde a los principios, también aparece como algo espurio.

Decía que creo que podemos abrir un camino en esta Constitución que permita que los argentinos trabajemos en unidad en algunos aspectos básicos y fundamentales. No pretendemos que el gobierno cambie sus políticas pero estamos convencidos, y le pido disculpas a los señores convencionales de la bancada justicialista, de que no podemos vincularlos a una convicción conservadora. El peronismo no ha sido jamás eso y estoy seguro de que tampoco lo será en adelante. Tal vez nos encontremos con todos, absolutamente con todos, porque por encima de cualquier otra cosa creo que el tiempo argentino que va a venir nos reclamará reiteradamente adoptar actitudes de esta naturaleza.

Sé que habrá muchos desesperados en este momento y en estos tiempos. Sé que habrá mucha gente que a lo mejor no comprende siquiera lo que estamos diciendo. Hay mucho interesado, además, en que la gente no comprenda lo que estamos haciendo. (Aplausos)

Quiero cerrar estas palabras iniciales, expresando algo que he recordado a menudo, que es un cuento de Saint Exupéry. Se trata de un hombre que iba perdido en la noche, aterido de frío en la nieve, exhausto, y su único deseo era echarse a dormir. El sabía que eso significaba su muerte segura. Cuando ya no tenía fuerzas, para salvar su vida apelaba a la idea de no fallar a los que creían en él. Y se decía a sí mismo: "Mi mujer piensa que camino, debo seguir; mis hijos creen que sigo andando, debo andar; mis amigos piensan que lucho, debo luchar."

Por eso, humildemente, con el mayor respeto y sin petulancia alguna, tenemos que decirle a esa gente que nos recordaba muy bien el señor presidente de la bancada del Frente Grande, que nosotros queremos que sigan marchando, que sigan andando, que sigan adelante, porque la democracia los necesita para afianzar la necesaria democracia con contenido social que queremos ofrecer. (Aplausos prolongados. Varios señores convencionales abrazan y felicitan al orador. Manifestaciones en las bancas y en las galerías.)






Fuente: Diario de Sesiones de la H. Convención Constituyente del 08 de junio de 1994.



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