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lunes, 12 de septiembre de 2016

La Voz del Interior: "Reportaje al Dr. Raúl Ricardo Alfonsín" (4 de diciembre de 1977)

PREGUNTA: Se habla mucho, últimamente de la crisis de la democracia como sistema político, e incluso de la crisis de la sociedad liberal. Sin embargo, ejemplos muy actuales y visibles, como los de Estados Unidos, Europa Occidental o Japón, señalarían, por el contrario, una vitalidad muy grande de las sociedades democráticas y pluralistas. ¿Cuál es su opinión al respecto?

Respuesta: Desde hace tiempo, en efecto, se vienen planteando los problemas de la democracia, particularmente las debilidades de la democracia. Por cierto que el sujeto de la democracia moderna no puede ser solamente el ciudadano, considerado el hombre concreto o situado. Los ejemplos que Ud. da son suficientemente elocuentes de la vitalidad de la democracia cuando atiende no sólo a los derechos individuales, sino también a los derechos sociales. Yo pienso que una verdadera sociedad democrática se perfecciona constantemente a sí misma, resguardando la dignidad de las personas y el bienestar del conjunto de los sectores sociales. En la lucha permanente del hombre por su propia superación, el comunismo no puede ser una respuesta positiva, en la medida que no respeta las libertades individuales, pero tampoco puede serlo una democracia exclusivamente formal, que no contemple la satisfacción de las necesidades económicas y sociales. Creo entonces que la única respuesta a los problemas del hombre moderno es una democracia social, un Estado de derecho que garantice la libertad de las personas y el progreso social.

P.: De todos modos la democracia se ha convertido en un sistema sumamente vulnerable, vulnerable especialmente a la penetración y los embates de lo que puede llamarse genéricamente la violencia terrorista, un fenómeno que en algún momento pudo creerse como típicamente sudamericano, pero que la realidad de hoy, especialmente en Europa, demuestra que tiene alcances mundiales. De ahí que muchas personas hayan formulado la teoría de que esta democracia débil debe convertirse en una democracia fuerte, una "democracia autoritaria" como la han llamado algunos.

Una democracia fuerte

R.: Yo creo en la necesidad de una democracia fuerte, de un Estado democrático fuerte, que sea eficiente para defender al pueblo, no sólo de la subversión y el terrorismo de la extrema izquierda sino también de una derecha que pretende manejar los resortes de la economía por encima de una decisión popular y democrática. Esto no significa de ninguna manera postular una democracia "autoritaria", que sería un contrasentido. Yo creo en la necesidad de una democracia fuerte, de un Poder Ejecutivo fuerte, reservando al Parlamento las funciones de control de la gestión de gobierno. Nosotros los argentinos hemos sufrido en carne propia los embates de la violencia y el terrorismo de izquierda y derecha y también la agresión de los grandes intereses económicos, por lo que debemos apresurarnos en la construcción de esa democracia fuerte y estable.

P.: Ahora bien, esta teoría de la democracia autoritaria plantea en una de sus formulaciones fundamentales que debe restringirse la función o la preponderancia de los partidos políticos, para lograr criterios más uniformes en una sociedad nacional.

R.: De ninguna manera, yo creo que los partidos políticos son instituciones necesarias, imprescindibles e irreemplazables de la democracia. No hubieran pasado muchas cosas que pasaron si los partidos políticos -en el caso argentino-, hubieran tenido siempre la posibilidad de desarrollar sus actividades normalmente y como corresponde, dicho sea esto sin ánimo de soberbia y sin dejar de reconocer que los políticos pudimos equivocarnos muchas veces.

Los militares también se equivocaron muchas veces, y todos debemos hacernos la autocrítica, porque todos hemos sido responsables de lo sucedido en la Argentina últimamente. Creo que por lo tanto toda tendencia a restringir o debilitar la acción de los partidos políticos está vinculada a una concepción más o menos corporativa o autoritaria.

La competencia democrática

P.: ¿Pero, los partidos políticos democráticos, entre ellos el radicalismo, estarían en condiciones de competir exitosamente con aquellos sectores que no aceptan las reglas de juego de la democracia, como puede ser la izquierda totalitaria en general, y también la derecha corporativa o neofascista?

R.: Creo que si se establece un sistema democrático fuerte, estable y eficiente, esas expresiones minoritarias no tendrán mayor incidencia en la vida política argentina.

P.: ¿Cómo valora Ud. la influencia del marxismo en la vida política e ideológica argentina?

R.: Hay que tener mucho cuidado cuando se habla de marxismo, de no aparecer como inculto. Una cosa es el marxismo -leninismo, que tipifica un sistema político determinado que es el comunismo, y otra cosa muy distinta es por ejemplo la socialdemocracia, que se ha inspirado en buena medida también en Marx. Las ideas totalitarias, algunas de origen marxista, otras de origen nazi-fascista o corporativo, han tenido influencia en nuestro país como en todo el mundo, sobre todo en momentos de ausencia de prácticas democráticas o cuando el sistema democrático ha sido ejercido demagógica o irresponsablemente. Por eso, repito, creo que la mejor respuesta a las influencias totalitarias es una democracia ejercida con responsabilidad y eficiencia una democracia que proteja los derechos individuales pero también los derechos sociales y la igualdad de oportunidades.

El poder de legitimación

P.: ¿Cuáles son las propuestas fundamentales del radicalismo en la actual situación argentina?

R.: Nosotros no estamos apurados por candidaturas. Creemos que cuanto antes se pueda llegar a una democracia plena mejor, pero no estamos urgidos por calendarios electorales. Pienso que antes deberemos lograr un compromiso nacional, para que en un primer período se concrete una democracia de fines para ir luego a una democracia de medios. Un compromiso nacional que tienda a crear un Estado de derecho, que otorgue garantías de seguridad jurídica a los ciudadanos y al mismo tiempo pueda llevar a cabo una política económica que no insista en hacer recaer en el pueblo todos los efectos de un pretendido proceso de recuperación y saneamiento de la economía que, como está ocurriendo ahora, pueden llevar a tensiones sociales sumamente agudas. Será imprescindible rectificar la política económica en vigencia si realmente se quiere pensar en términos de diálogo.

Debemos comprender, si queremos llegar a un diálogo auténtico y fecundo, que todos tenemos algo dé poder, y por lo tanto una responsabilidad compartida. En este momento las Fuerzas Armadas tienen el poder coactivo y ejercen el poder político, pero la civilidad conserva un poder quizá más sutil pero igualmente importante que es el poder de legitimación. En el mundo moderno no se puede transitar mucho tiempo en el gobierno sin esta legitimación que otorga la civilidad. Entonces para ir hacia la democracia plena deberemos atravesar primeramente un período institucional en el que será necesaria la participación directa de las Fuerzas Armadas, que por si sola nada podrán lograr, y también de la civilidad que tampoco nada podría lograr por si sola.

Después se llegará a esta democracia moderna, plena y eficiente que todos anhelamos.

Las condiciones del diálogo

Pero para que la civilidad pueda asumir este compromiso nacional se deben dar ciertas condiciones, sin las cuales no será posible el diálogo, no porque no lo quieran las Fuerzas Armadas sino porque no lo querrá la civilidad. Y esas condiciones se refieren fundamentalmente a la seguridad de las personas y, una situación económica que lleve tranquilidad a los hogares. En el país se están gestando tensiones sociales sumamente serias que conspiran contra el diálogo y la posibilidad de marcha hacia la democracia, porque pareciera que en la conducción económica se ha entronizado una orientación muy reaccionaria y antipopular, que atenta no sólo contra el pueblo sino además contra el país.

Debemos por lo tanto, para que sea posible el diálogo y un verdadero compromiso nacional, tratar de delimitar cuáles son las "ideas fuerza" y los objetivos esenciales en los que estará de acuerdo toda la civilidad: los sectores políticos, espirituales e intelectuales, la pequeña y mediana empresa industrial, comercial o agropecuaria, los sindicatos, todos sentimos la necesidad de llevar a buen término este proceso y pienso que las Fuerzas Armadas comparten también esta necesidad y si no la compartieran, entonces este proceso argentino estaría en peligro.

Necesidad de la autocrítica

P.: Pero ¿esa propuesta de "compromiso nacional" no entraña un riesgo similar corrido a partir de 1973, cuando, por haberse suscripto un "acuerdo nacional" en el que no estaban formulados explícitamente los fines y los medios el país fue devorado por las contradicciones que estallaron fundamentalmente en el partido gobernante pero que de algún modo afectaron a la Nación toda?

R.: Sí, yo coincido en la necesidad de ser absolutamente claros en algunos aspectos fundamentales, para no volver a caer en las imprecisiones y contradicciones que usted señala respecto del proceso abierto en 1973, proceso éste que exige una crítica y una autocrítica por parte de quienes fueron sus protagonistas, tanto en el gobierno como en la oposición. El futuro proceso político argentino deberá impedir, de entrada, los excesos y deformaciones que tanto daño nos hicieron durante el último gobierno constitucional.

Pienso que por otra parte todos estamos aprendiendo lecciones, repito lo que le dije un momento antes en el sentido de que no podemos actuar con soberbia, ya que todos estamos dispuestos a seguir aprendiendo. Pero sólo podemos aprender en la democracia, y si hay algunos tropiezos los podremos superar, si tenemos la inteligencia y la integridad necesarias. Pero fuera de la democracia no hay aprendizaje ni superación posibles.

El compromiso nacional

P.: Yo Se hice la última pregunta porque la Unión Cívica Radical, en el confuso y contradictorio proceso de los últimos años, supo conservar su identidad ideológica y política, apareciendo hoy como una alternativa política muy seria en este proceso.

Mientras otras fuerzas políticas, particularmente el peronismo, fueron diezmadas por contradicciones internas, el radicalismo se mantuvo como un partido coherente y bien organizado. ¿Pero puede realmente establecerse un "compromiso nacional" entre sectores antagónicos?

R.: Sí, es difícil y riesgoso lograr este compromiso, pero es el único camino. Lo contrario sería aceptar una nueva polarización entre dos o más sectores políticos, o entre las Fuerzas Armadas y la civilidad, y no se trata de enfrentar la civilidad a las Fuerzas Armadas, de dividir de nuevo a los argentinos, sino de saber hallar las coincidencias fundamentales para llegar a ese compromiso nacional.

P. ¿Sería esa la misma idea del Presidente Videla sobre la "convergencia cívico-militar"?

R.: Podría ser, en la medida en que no se hable exclusivamente de una adhesión para lograr la participación, porque lo que nosotros no queremos es ir a establecer un contrato de adhesión, como quien compra un boleto de ferrocarril. Nosotros, si hablamos de compromiso nacional es que somos signatarios de ese compromiso.

Creemos que el presidente Videla ha sido muchas veces muy claro en cuanto a la necesidad de la participación de la civilidad en un proceso que debe tender a la democratización. Pero bueno sería que respecto de éste y otros puntos el gobierno "unificara personería" pues son muchas las voces que se escuchan y no siempre son coherentes entre sí. Tendría que haber una sola voz del gobierno.

P.: ¿Podría definir usted a los sectores o partidos políticos que podrían ser partícipes de ese compromiso nacional?

R.: Yo diría que todos los de la zona popular, sin mencionar siglas o agrupamientos determinados, cosa que en este momento podría resultar peligroso, es decir, todos aquéllos que no se sitúen en los extremos, o sea el noventa por ciento del país...

P.: ¿Y explícitamente excluiría usted a determinados sectores...?

R.: No, yo determinaría con toda precisión cuáles son nuestros objetivos sobre bases absolutamente democráticas, y la exclusión surgiría de la definición de esos objetivos.
Tres consejos al gobierno

P.: Doctor Alfonsín, si a usted como hombre político, el gobierno le pidiera un consejo, ¿qué le diría?

R.: Le diría tres cosas: primero y fundamentalmente que unificara personería. No puede haber diez voces de gobierno, tiene que haber una sola. No puede haber diez gobiernos, sino uno. En segundo lugar le diría, como lo hemos sostenido siempre los radicales, que debe centralizar y unificar la represión, eliminando de una manera absoluta esa represión paralela e ilegal que tanto daño ha hecho. Y finalmente le diría que debe cambiar una conducción económica que nos está llevando a tensiones e injusticias sociales cada vez más tremendas.

P.: Una última pregunta: ¿Usted como miembro de la Asamblea Permanente de Defensa de los Derechos Humanos, opina que ha mejorado la situación de los derechos humanos en la Argentina?

R.: Yo creo que podemos empezar a alentar algún optimismo...




Fuente: El diario cordobés "La Voz del Interior" publicó, el domingo 4 de diciembre (pág. 27), un extenso reportaje al doctor Raúl R. Alfonsín en Propuesta y Control Año 2 - Nº 9 - Buenos Aires, noviembre-diciembre, 1977.

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