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sábado, 23 de abril de 2016

Alfredo Vitolo (h): "La oposición necesaria para un buen gobierno" (26 de marzo de 2004)

Entre las condiciones para el normal funcionamiento de la democracia moderna, está la necesaria determinación de quién ejerce el gobierno y quién constituye la principal oposición. La falta de esa definición compromete el sistema, al no permitir alternativas políticas que posibiliten a la minoría de hoy convertirse en mayoría mañana; afecta el régimen institucional, al limitar las posibilidades de alternancias en el poder y la fijación de políticas de Estado y estimula las tendencias hegemónicas y autoritarias de la mayoría que, sin oposición definida, actúa con escaso control y sin frenos.

Por otra parte, en una democracia de partidos como es la nuestra, tanto el gobierno central como la principal oposición deben estar a cargo de partidos políticos nacionales. De la misma forma que entorpece el funcionamiento del régimen un gobierno que no tenga su eje en una fuerza política de esas características, no es buena una oposición atomizada o sólo representada por partidos locales o expresiones de liderazgos personales. La necesidad de partidos nacionales no significa que las fuerzas menores deban quedar excluidas o marginadas de la política, pues es importante que participen en la formación de consensos con el gobierno o con la oposición.

En la Argentina de hoy, especialmente después de los últimos resultados electorales, la fuerza política nacional que legítimamente ejerce el gobierno, está claramente definida. Es el justicialismo, que reúne la Presidencia de la Nación, la conducción de las principales provincias, tiene mayoría propia en ambas cámaras del Congreso nacional y que, a pesar de sus enfrentamientos internos, cuando tiene que tomar una resolución sobre temas importantes actúa con unidad y disciplina, alineándose detrás del Presidente.

Ese partido, para cumplir con la misión que le corresponde y que la sociedad le ha asignado, debe evitar el abuso de su poder legítimo, no avanzar sobre la libertad ni sobre la ley, respetar y valorar los disensos y comprender que es necesario consensuar, en unidad pluralista, principios básicos que son comunes a todos y a partir de los cuales recién son válidas las diferencias.

Lo más difícil, dadas las circunstancias actuales, es determinar quién es la oposición central ya que, como dice Guglielmo Ferrero: "En las democracias la oposición es un órgano de la soberanía popular tan vital como el gobierno".

De todos los partidos que aparecen como opositores, quien está en mejores condiciones para ocupar el papel de oposición central es la Unión Cívica Radical. Tiene despliegue en todo el territorio nacional, el gobierno de seis provincias, bloques legislativos nacionales muy importantes y, lejos de las demás fuerzas opositoras, son los que siguen en número al justicialismo, tienen importantes representaciones en las legislaturas provinciales y la conducción de varios cientos de municipalidades, algunas de significativa importancia. El radicalismo tiene más de cien años de historia, siempre ha sido una garantía de democracia, se ha destacado en la defensa de las instituciones y ha gobernado el país a lo largo de casi un tercio del siglo XX.

Lamentablemente, ese partido, al que pertenezco, no está hoy a la altura de las circunstancias y de sus responsabilidades institucionales. No tiene una definida conducción nacional y se ha feudalizado; no ha hecho autocrítica de su última gestión de gobierno ni ha revisado algunas de sus posiciones ideológicas que aparecen como obsoletas; no ha renovado su dirigencia ni los responsables de sus últimos fracasos políticos han dado un paso al costado para permitir el surgimiento de nuevos valores; no ha señalado con claridad sus coincidencias con el gobierno y cuáles son sus discrepancias, ni ha precisado oficialmente sus propuestas alternativas en los más importantes temas nacionales. Se da así la paradoja de que existiendo muchísimos radicales no haya partido radical que los exprese y represente.

Si la UCR es capaz de revertir la situación por la que atraviesa, como fervientemente lo deseamos, será la indiscutible alternativa política y se convertirá en el principal dique de contención para que la fuerza dominante que hoy ejerce el gobierno no pase a ser hegemónica, con el consiguiente riesgo de convertirse en autoritaria.

Los otros partidos, que muchas veces pueden inclinar el fiel de la balanza, también deben introducir modificaciones en su organización y en el mensaje que deben transmitir a la sociedad. Quienes están estructurados alrededor de una figura prominente, por su parte, deben convertirse en fuerzas políticas permanentes y organizadas en todo el país, evitando de esta forma, tener una efímera duración en el tiempo.

Un régimen democrático pluralista necesita de un gobierno firme y dispuesto a consensuar; una oposición responsable y con capacidad para plantear alternativas y otras fuerzas políticas dispuestas a colaborar con el gobierno o la oposición según sean sus ideas o proyectos. Si logramos ese equilibrio habremos ayudado a afianzar el sistema y fortalecer nuestra todavía incipiente democracia.










Fuente: La oposición necesaria para un buen gobierno por Alfredo Vitolo (h) para La Nacion, 26 de marzo de 2004.

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