Cuando nos instalamos en el Comité Nacional de la UCR, éramos
bastante inocentes en política, y suponíamos que se nos iba a aceptar fácilmente.
¿Acaso no habíamos sido llamados por el presidente del partido? Solo conocíamos
David y yo algunos pocos políticos que visitaban la casa de nuestro padre, pero
aun así suponíamos que se referirían a nosotros como a “esos chicos del Chivo Viñas, medio intelectuales”
(nuestro padre, Ismael Pedro, usaba barba, algo inusitado en esa época), si es
que se enteraban de nuestra presencia. Los demás, no tenían vínculos reales con
ningún partido (León, que había pertenecido a las Juventudes Socialistas, como
conté, había partido a Paris y estudiado en la Sorbona, desvinculándose de la política
argentina; el resto, nada). Desconocíamos en absoluto lo que era un partido político,
con su organización de comités (“unidades de base” para el peronismo), sus
caudillos y caudillitos, sus punteros, su organización de arriba hacia abajo. Y
las feroces divisiones, pujas y celos que existían en su interior. En especial
en el radicalismo, que había sufrido ya divisiones por la atracción del
peronismo, que después había atravesado las luchas entre unionistas e
intransigentes, y que para ese entonces, ya victoriosos estos, estaba
padeciendo la pelea por el predominio entre Frondizi y Ricardo Balbín.
Nos enteraríamos de esa última realidad de un modo
inesperado, y cargado con cierto dramatismo. La Juventud Radical había
organizado un asado de camarería y nos invitaron. Fuimos. Y nos ubicamos en un rincón
poco copiscuo, en el vasto galpón donde habían instalado las largas mesas para
esas ocasiones (una tabla sobre bípode de madera y sillas de paja).
El invitado de honor era Ricardo Balbín. Comimos y al final
los inevitables discursos subrayaron el carácter renovador del movimiento.
El último orador, como era esperable, fue Balbín. Y bien;
habló, al revés que los demás oradores, de sentado, sabiendo plenamente que su
voz llenaba todo el espacio, como un órgano. Y se lanzó de lleno en una
diatriba contra los infiltrados ajenos a los principios del radicalismo,
influidos por ideologías extranjeras y extremistas, etcétera. No nos mencionó
pero quedo bien claro que se trataba de nosotros.
Asombrados, nos consultamos brevemente sobre que hacer. Decidimos
contestarle y encargamos a Alcalde que lo hiciera. Este debió pararse (¿Quién podía
competir con esa voz?) e hizo un breve descargo y lo acompaño con un llamado a
la tolerancia democrática y a la amplitud de las ideas. Estuvo bien.
Pero a partir de ese momento supimos que éramos parte de una
guerra encarnizada por el control del partido, lo que tenia un premio, un gran
premio; la presidencia de la republica.
La UCR se dividió, con intervención de la justicia
inclusive, y en el proceso fuimos conociendo gente en todo el país que constituía
algo indefinido no formal, que se conocía como la “izquierda del partido”.
Jóvenes y no tan jóvenes.
Muchos se declaraban herederos de Moisés Lebensohn, un
dirigente de la provincia de Buenos Aires que había sido decisivo en la izquierdización
de un ala del partido, que iba mucho más allá de la intransigencia tradicional.
Sus enemigos lo llamaban “El moco”. Él apelaba a “superar a Pero por la
izquierda”
Fuente: Contorno y la candidatura de Frondizi por Ismael Viñas en Todo es Historia N° 450, 2005.
No hay comentarios:
Publicar un comentario