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martes, 19 de enero de 2016

Miguel Ángel Zavala Ortiz: "Carta Politica al Dr. Rodolfo Martinez (h) " (21 de marzo de 1963)

Zavala Ortiz y su nuevo estilo

La carta de Zavala Ortiz, denunciando que el ministro del Interior le había ofrecido la candidatura a la vicepresidencia de la República creó una confusión política que desorientó a los justicialistas de tipo frentista, puso en la "vitrina" la actuación de Rodolfo Martínez y desorientó a la opinión pública. Muchos comenzaron a pensar si las Fuerzas Armadas, presionando sobre el ministro del Interior, no estaban condicionando una solución política a espaldas de la ciudadanía.

Sin embargo, observadores más prudentes entienden que no puede desglosarse la entrevista de Martínez con Zavala Ortiz de las centenares de reuniones entre adversarios que se realizan en la Argentina en estos días. En realidad, todos se encuentran con casi todos, y los diálogos son más o menos similares, del siguiente tono:

Político A: Mi querido doctor, usted tiene un amplio porvenir en la política argentina y yo entiendo que su presencia activa es, en estos momentos, indispensable...

Político B: Usted sabe, mi querido doctor, que yo he disentido muchas veces con sus ideas.

Político A: Precisamente, doctor, sus críticas han sido la colaboración más inestimable que he tenido. Pero ahora ha llegado la hora de los grandes sacrificios, en bien de la conciliación nacional, y quién sabe si usted no tendrá que sacrificarse, aceptando altas responsabilidades en este proceso.

Político B: Como usted comprenderá, doctor, una decisión así debería ser antes meditada profundamente. Pero usted puede tener la convicción de que cumpliré con lo que estime es mi deber en ese caso.

Esos diálogos "de sondeo", tan comunes en política, suelen permitir, sobre la base de algunos sobreentendidos, acortar distancias. El ministro Martínez — político, sagaz, cordobés y, además, hijo de conservadores— conoce perfectamente la técnica. Y cuando las altas autoridades de la Secretaría de Guerra (secretario, subsecretario y comandante en jefe) le propusieron hablar con Zavala Ortiz (y con otros dirigentes), no debe haber dejado de utilizarla. Pero Zavala Ortiz, político experimentado, no desaprovechó la oportunidad.

Esta vez, Martínez se encontró así con un imprevisto. La reunión con Zavala Ortiz era, lógicamente, privada. No había ofrecimiento público alguno. Martínez — y quienes influyen en él — pensó que era útil una conversación con el a veces renunciante dirigente radical del Pueblo. Lo que no sospechaba, porque escapaba de las normas usuales en las conversaciones privadas, es que Miguel Ángel Zavala Ortiz aprovecharía sus escurridizas frases como un ofrecimiento formal de la vicepresidencia de la República.

Zavala Ortiz introdujo, de esta manera, un método nuevo en las prácticas habituales de los diálogos personales. Algunos adversarios suyos llegaren a decir que, en realidad, Zavala Ortiz había creado un estilo distinto de trato caballeresco, desconocido hasta entonces, y que, desde ahora, se podrá hablar de un estilo Zavala Ortiz. Pero esas consideraciones, en realidad, no son importantes desde el punto de vista de la estricta eficacia política: Zavala Ortiz tenía un valor cero con motivo de haber sido derrotado dentro mismo del unionismo por Perette, como aspirante a la candidatura vice-presidencial; ha alcanzado ahora, con su indecisa renuncia y su decidida denuncia, un valor diez. Claro que, en el fondo, esto tampoco es demasiado importante, ya que el dinámico Carlos Perette mantiene un valor cincuenta, y seguirá siendo lo que más ambiciona Zavala Ortiz: candidato a vicepresidente por la UCRP.

PRIMERA PLANA, 26 de marzo de 1963.








Buenos Aires, 2 de marzo de 1963

Estimado amigo y ministro:

Cumplo en responder a los planteamientos tan convencidamente formulados por usted en la amable visita que me hizo el sábado pasado. Confieso que pude haberle contestado de inmediato, pero las trágicas circunstancias que vive la Republica y la posibilidad de que en sus puntos de vista, pudiese haber la óptima salida que usted espera, me hizo pensar que era prudente dejar la respuesta a una maduración más prolija del tiempo. Lograda esta, he llegado a la conclusión de que no obstante sus agudos argumentos, nada hay para alterar las normas y criterios que han conducido mi vida ciudadana.

Por eso, con respecto a la posibilidad de que pudiese integrar, sobre todo ahora que he renunciado a mi conocida militancia partidaria, una formula de unión nacional, agradecidamente le respondo que no puedo aceptarla. Sigo creyendo que un gobernante tiene solo dos títulos para llegar: una elección libre o una revolución justificada. El beneplácito del gobierno o de sectores influyentes, así como el fraude o la violencia no son títulos sino usurpaciones de poder.

LA VOLUNTAD CIUDADANA

Usted y yo también comprendemos que en sectores de las fuerzas armadas haya preocupación por el futuro gobierno, dada la responsabilidad que han contraído pero la democracia no comprenderá que la decisión de la voluntad ciudadana este condicionada a un juicio extraño a su libre mecanismo.

No lo comprenderá, no solo cuando tenga que votar lo que otros le han elegido, sino cuando tenga, mañana que obedecer a ese gobernante. Usted dirá seguramente que no es el gobierno el que impondrá la formula, sino que serán los partidos políticos los que la recomendaran. Pero todo el mundo sabrá que los partidos sumisamente se han sometido a absorber el escándalo de la imposición, para evitar que ella se tuviese que hacer directamente sobre el pueblo.

Indudablemente que esto no mejorara el titulo del gobernante y, en cambio empeorara el prestigio de las agrupaciones políticas que se presenten a ser vehiculo de una imposición oficial.

Es tal la realidad del pueblo, en los tiempos modernos que no solo es una condición jurídica ineludible en una democracia, de que el gobernante es representativo de la voluntad popular, sino que también resulta un elemento político esencial para las mismas dictaduras. Es que sin el pueblo no puede concebirse ningún sistema social. Por eso el gobernante que en una democracia fuese elegido por el gobierno, aun con la homologación del sufragio ciudadano, carecería de la autoridad representativa que espiritualiza el poder del gobernante. Claro está que no se trata de hacer cuestión de indumentaria ni de estado político. No veo por que un militar no pueda ser presidente, si lo fue Urquiza, si lo fue Mitre, si lo fue Roca; como no veo impedimento democrático para que lo sea cualquier ciudadano independiente empresario, trabajador, intelectual o sacerdote.

Lo imprescindible es que en buena ley, lo quiera y lo vote el pueblo. Precisamente, un afamado escritor opina que la justificación mas cierta del sufragio reside en que el sufragante piensa que al votar esta nombrando su gobierno. Ello se ve confirmado en nuestras prácticas, pues no obstante ser la de presidente una elección indirecta, nadie ha votado hasta ahora por los electores. Los argentinos votaron por Yrigoyen, por Alvear, por Perón, por Frondizi.

Hasta se corre el riesgo que si el presidente resulta de la voluntad actual u ocasional de los comandos militares, mañana, al cambiarse esos comandos, los nuevos desconozcan al presidente, porque ha dejado de ser la expresión de su voluntad.

CONSTITUCION DEL CONGRESO

De acuerdo con la que le escuche, se ha previsto dar al posible presidente, cuando menos, la mayoría de dos tercios del Senado. Es decir, que se constituiría el Congreso sin la independencia de poder que la Constitución y el orden democrático mandan mantener. Además una designación “a dedo”, de los senadores promovería el manoseo de las autonomías provinciales, partidos políticos y candidatos. Tampoco me convence el procedimiento del peronismo, por dosis.

Según las previsoras proporciones, no mas de un tercio en el Senado, no mas de un tercio en Diputados, solo el gobierno de provincias menores, y lo que resulte en las municipalidades de la representación proporcional.

Yo pregunto: ¿Esa dosis conformara a los peronistas? ¿Esa dosis será asimilada por los antiperonistas? Coincido con aquellos que creen que no puede haber elecciones sin la concurrencia de los sectores que fueron peronistas, pero no creo que esa exigencia de la democracia –sin desmedro del derecho a defenderse de toda fuerza o pretensión no democrática y a impedir la reposición del sistema anterior al 16 de septiembre de 1955- quede cumplida concediendo al peronismo una cantidad menor de derechos de los que se dan a los otros partidos políticos. Cuando la igualdad se viola aun cuando fuese aceptada por la victima, se abre un peligroso proceso contra el gobierno, los partidos beneficiados y los dirigentes propios que se consuelan con tanta facilidad.

Mientras tanto las provincias chicas podrán decir:

“Si es veneno el peronismo, ¿Por qué nos lo dan a nosotras?

“Si no es veneno el peronismo, ¿Por qué no se lo dan también a las provincias grandes?”

No dudo de las buenas intenciones de quienes auspician tal solución, estén en el gobierno, en las fuerzas armadas, en los partidos políticos o en las organizaciones gremiales. Pero no es empedrando con buenas intenciones como habremos de salir del camino del infierno.

Creo que hay un criterio anacrónico para ver nuestra sociedad de acuerdo con el cual el problema argentino solo consiste en elegir un nuevo gobierno. No se tiene en cuenta que hemos tenido gobiernos elegidos que fracasaron. No se considera que de nada valdrá elegir un nuevo gobierno si antes no se adecuan las instituciones, los criterios y la concepción misma del sistema a una realidad renovada fundamentalmente. Es que hay que comprender, previamente que el poder no esta solamente en el gobierno, también está en lo económico, en lo social, lo militar, lo espiritual. Si todas esas fuentes de poder no se coordinan y armonizan para servir sincrónicamente a la Nación y a los ciudadanos, el gobierno será o un esclavo de ellas, o un impulsor de ellas, para tener el pretexto de un despotismo. Si el poder se ha socializado, la democracia también tiene que socializarse.

La tarea no es, pues electoral ni meramente política. Es una tarea de remodelación para una sociedad nueva. Por eso, es una tarea no solo para los políticos, sino también para la escuela, el sindicato, el Ejército, la Iglesia, la economía, la cultura.

Tenemos que podar las atribuciones constitucionales del Poder Ejecutivo que lo conducen a la dictadura, tanto más cuando ésta es estimulada por la gravitación inmensa que el gobierno tiene en el Estado moderno.

AUTONOMÍA DE LOS PODERES

Tenemos que afirmar y asegurar la autonomía funcional de los otros poderes: Judicial, Legislativo, Provincial y Municipal. Tenemos que hallar defensas concretas para la persona humana contra el despotismo, la explotación económica, la necesidad, las discriminaciones raciales, religiosas o de cualquier otra índole. Tenemos que ordenar la economía trazando un plan que la coordine: administre con eficiencia y justicia la escasez, establezca las prioridades mejores secularmente el producto bruto nacional, asegure el crecimiento del ingreso por persona y la ocupación. Tenemos que mejorar la representación, dando ubicación a los sectores del trabajo y la empresa en las determinaciones de la política económica y social. Tenemos que distribuir mejor la riqueza.

Tenemos que recuperar la riqueza nacional entregada.

Tenemos que reinstalar la moral pública, afirmar la responsabilidad de los ciudadanos y formar dirigentes capaces de asumir los diversos mandos de la sociedad moderna.

Tenemos que hacer lo que tengamos que hacer. No debemos preguntar a los extraños que es lo que nos conviene, ni someter a su juicio, pre o posterior, la aprobación de nuestras decisiones.

Aprovechemos una coyuntura internacional favorable para afirmar nuestra libertad de acción sin distendernos, evidentemente de defender colectiva y solidariamente, con todos los pueblos libres del mundo, lo que aun solos estamos dispuestos a defender como la soberanía para los pueblos, la libertad y la justicia para los hombres y mujeres. La unión de los argentinos no debe malgastarse para elegir un gobierno sugerido. Hágase la unión, no de los partidos, sino de todos los compatriotas para levantar la Argentina definitivamente. Que no se haga la unión para un día de elección; que se la haga para toda una vida. Empiecen las fuerzas armadas: únanse colorados y azules. Todos los buenos argentinos seguiremos su ejemplo.

Perdone, estimado amigo y ministro esta larga respuesta. Acéptela con el afecto y el respeto que usted merece.





Fuente: Carta al Dr. Rodolfo Martinez (h) Ministro del Interior, rechazando a la candidatura a la vicepresidencia de la Nación que este le ofreciera por frustrarse su candidatura en la Convención Nacional de la Unión Cívica Radical del Pueblo.

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