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lunes, 18 de enero de 2016

José Miguel Amiune: "Recordando a Ricardo Rojo" (2 de febrero de 2006)

En el tórrido verano de 1923, el 16 de diciembre nace -en Urdinarrain, un pueblo del departamento de Gualeguaychú, Provincia de Entre Ríos- Ricardo Rojo.

Es uno de los diez hijos de un matrimonio de inmigrantes. Don Narciso Rojo es español, castellano y partidario de la República. Doña Catalina Kindvaster, desciende de alemanes del Volga que huyeron de la persecución zarista para afincarse en las verdes cuchillas entrerrianas. De esa magnífica conjunción tenía que florecer un espíritu libertario, generoso, enriquecido por el ideario republicano y la rigurosa fidelidad de la moral luterana.

Su niñez entrerriana debe haber dejado profundas huellas en su personalidad. Sólo vivió allí hasta los trece años para luego trasladarse a Buenos Aires. Sin embargo, nunca dejó de ser un hombre sencillo, criado entre criollos a orillas del río Gualeguaychú, amante de su tierra y de su gente.

Llega a la Gran Ciudad en 1937, mientras sangra España en una guerra que la descuaja, ante los ojos cómplices de Europa y la mirada atenta del resto del mundo. Ingresa al bachillerato en el Colegio N°6 Manuel Belgrano del que egresa en 1941, con el Premio Sarmiento al mejor promedio.

En 1942 inicia sus estudios en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Buenos Aires. El mundo está sacudido por la Segunda Gran Guerra. La Argentina persiste en su actitud neutralista, pero la neutralidad argentina era puramente jurídica, no regía en los espíritus. Los argentinos habían tomado partido, apasionadamente, por uno u otro bando.  Se dividían en aliadófilos o pronazis, entre quienes se embelezaban con la “V” de la Victoria y los que hacían el saludo fascista.

La generación a la que perteneció Ricardo Rojo irrumpe en la vida universitaria y en la escena política al mismo tiempo que la Revolución de 1943. Ésta había intervenido las universidades y cesanteado drásticamente a los catedráticos que firmaron el Manifiesto por la Democracia en octubre de ese año. Se había prorrogado indefinidamente el Estado de Sitio y una tácita censura pesaba sobre la prensa.

En la vieja Facultad de Derecho de la Avenida Las Heras, en aquel edificio a medio terminar que hoy ocupa la Facultad de Ingeniería, Ricardo comenzó su militancia como dirigente reformista reclamando por la autonomía y el cogobierno universitario. Esto le valió debutar como preso en Villa Devoto en 1945, luego de un acto seguido de disturbios en la referida Facultad.

En ese año crucial y único de 1945, se afilia a la Unión Cívica Radical. Se incorpora a la Parroquia 19 de la Capital y milita en la fracción Intransigencia y Renovación liderada por Arturo Frondizi, Ricardo Balbín y Moisés Lebensohn. Esa adscripción se prolongará hasta 1962 en que se convierte en un militante sin partido.

La Declaración de Avellaneda fue para Ricardo Rojo y muchos jóvenes de su generación, junto con el Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria, la brújula ideológica con la que intentaron navegar el proceloso mar de la política en aquellos años.

Puede advertirse que su oposición al peronismo no apuntaba al proyecto económico y social que, en buena medida, compartía; sino en el carácter policíaco-represivo del régimen que sofocaba las libertades y silenciaba la prensa.

En 1947 vuelve a Villa Devoto y cuando sale se incorpora como integrante de la Comisión de Defensa de los Presos Políticos y Gremiales, dependiente de la Presidencia del Comité Nacional de la UCR. Para entonces, 1948, había egresado con el título de Abogado e iniciará una larga trayectoria de defensor de los derechos constitucionales y civiles, defendiendo a todos los perseguidos fueran de su bando o del contrario.

En 1953, integrando la referida Comisión junto con Arturo Frondizi, Lorenzo Blanco y Ricardo Mosquera, participó en la defensa de los ferroviarios presos luego de la huelga de ese año. A raíz de esa acción se lo sospecha de conspiración, es detenido por una Comisión de Orden Político de la Policía Federal y alojado en una Comisaría de la calle Concepción Arenal. Antes de que lo trasladaran al Penal de Las Heras, en un episodio rocambolesco, logra huir de la Comisaría, asilándose en la Embajada de Guatemala en Buenos Aires.

Luego de muchas vicisitudes y dos meses de espera le otorgan el salvoconducto y sale hacia Chile en avión. Salvador Allende lo ayuda a salir por tierra hacia el Norte, llega a Chuquicamata, atraviesa el desierto en tren hasta Oruro y de allí a La Paz. En Bolivia asiste a la experiencia de gobierno del MNR y trata a su jefe Víctor Paz Estensoro y al entonces Presidente de la República Hernán Siles Suazo. Allí conoce a Ernesto Guevara de la Serna y juntos continúan a través de Perú, Ecuador, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala hasta México.

La experiencia de “caminar” América Latina  le permite conectar su experiencia vital con la búsqueda de la razón histórica de América. En ese deambular por el desierto y hacia el exilio, madura su pensamiento y una nueva visión enriquecida por el conocimiento y el trato con grandes pensadores y políticos latinoamericanos. Conoce al legendario Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador del APRA peruano, a Rómulo Betancourt futuro Presidente de Venezuela, al General Lázaro Cárdenas ex Presidente de México, a Rómulo Gallegos gloria de las letras hispanoamericanas, a Fidel Castro y a Gonzalo Barrios, entre otros. Esa larga peregrinación abarcará desde abril de 1953 hasta diciembre de 1954.

En México sus caminos y los del Che Guevara se bifurcan. Ricardo insiste en la política y Guevara en la lucha armada, uno se define como político, el otro como combatiente.

En 1955, Ricardo Rojo llega a Nueva York, donde se incorpora a un postgrado en Columbia University sobre Políticas en América Latina, en la cátedra del Profesor Frank Tannenbaum. Allí conoce y traba amistad con los hombres de la generación fundadora de Naciones Unidas, entre las que se encuentran destacadas figuras de América Latina como Raúl Prebisch, José María Ruda, Benjamín Hopenhayn, Aldo Ferrer, Eduardo Albertal y Adolfo Dorfman, entre otros.

Después de la caída de Perón vuelve a la Argentina y se reincorpora a la UCR. Frondizi había asumido el liderazgo de Intransigencia y Renovación y le solicita una política de intenso diálogo con el peronismo, que había pasado a ser el gran proscrito de la política argentina. Ahora, los perseguidos estaban de ese lado.

Haciendo honor a su trayectoria en defensa de los derechos constitucionales y civiles, les tiende una mano a los que, hasta ayer, eran sus perseguidores.

Ricardo Rojo fue siempre un hombre de “unidad nacional”, de diálogo amplio, apegado a la ley y las instituciones. Su única intransigencia fue con el fraude y las dictaduras. No sucumbió jamás a la tentación de las armas, no se convirtió al marxismo, ni a la violencia foquista. Prefirió el camino largo y difícil y siguió fielmente la prolongada marcha del pueblo argentino hacia la democracia. Participó de todos los pactos para restablecer la soberanía popular, sin que le temblara el pulso. Sabía que la Argentina se forjó en base a “los pactos preexistentes” y fue una Nación en base al cumplimiento de esos pactos.

Por eso, frente a la soberbia proscriptora, colabora en tender un puente hacia el peronismo que culminará con el acuerdo Perón-Frondizi. Para ello recorre las cárceles visitando a los líderes peronistas, asumiendo la defensa de sus derechos civiles y reivindicando todo lo bueno que había tenido el peronismo como fenómeno económico y social.

Luego, le toca vivir la descomposición y caída del gobierno de Frondizi, que iniciaría la etapa más trágica de la historia argentina del siglo XX.

En 1962, Ricardo Rojo es ya un militante sin partido que se incorpora a la Comisión de Abogados de la CGT (1963-64) y, luego, de la CGT de los Argentinos (1966-68). En todos sus años de defensor de perseguidos políticos y gremiales, desde 1948, jamás cobró honorarios ni fue abogado rentado de ninguna organización gremial.

Vuelven las cárceles y los exilios. Primero en 1963, durante el interinato de Guido, es puesto a disposición del PEN por órdenes del Ministro del Interior General Rauch. Luego, durante la dictadura de Onganía, queda detenido en Caseros a disposición del PEN y opta por salir del país. Corre el año 1969 y Ricardo Rojo se exila en París.

Por aquel entonces, retoma una relación con Perón que había iniciado en 1960, visitándolo en el departamento del 2°Piso de la calle Arce N°11. Ahora lo visita innumerables veces en la Quinta 17 de Octubre y mantiene una nutrida correspondencia epistolar con el viejo general.

En Setiembre de 1969 llega a París el General Pedro Eugenio Aramburu, quien advertía el agotamiento de la llamada “Revolución Argentina” -que depusiera al gobierno constitucional de Arturo Illia- y buscaba una salida democrática para el país. Aramburu había aprendido que no se podía gobernar proscribiendo al peronismo y que el país necesitaba una tregua de diálogo, de comprensión, de análisis y no de represión. Una de las llaves de esa tregua era Perón.

Se entrevista con Ricardo Rojo y en una conversación franca y cordial le propone que hable con Perón, para que apoye la salida de la dictadura y la tregua. Otra vez, como en 1957, entre Perón y Frondizi; en 1969, Ricardo es el hombre de la reconciliación, del diálogo, de la negociación entre dos viejos oponentes que entienden que sin unión nacional no hay salida. Le escribe a Perón y éste le contesta aceptando la propuesta de su antiguo rival. El acuerdo se frustra por el asesinato del General Aramburu y el país comienza a caminar por la antesala del horror y la indignidad, de la violencia y el crimen, que ya comienza a mostrar su cabeza de hidra.

Lo que vino después es historia conocida. Ricardo Rojo presenció el desfile del horror con esa rara mezcla de conciencia e ingenuidad que le era característica, tal vez, porque era, como decía Jorge Sábato, “un gordo de alma”.

A finales de 1975 comienza su tercer y último exilio que lo llevaría de 1976 a 1980 a Caracas y de 1980 a 1984 a Madrid. En Caracas se reencuentra con Gonzalo Barrios, Ministro del Interior, y conoce a Carlos Andrés Perez, Presidente de la República. En Madrid entabla una estrecha amistad con Felipe González y otros dirigentes del PSOE. En ambos países fue Secretario de la Comisión Argentina en el Exilio y, de hecho, protector de cuanto argentino sin techo y sin trabajo recalaba por esas latitudes.

Desde España, en 1983, apoyó la candidatura de Raúl Alfonsín a la Presidencia de la República como la mejor garantía para el restablecimiento de la democracia en la Argentina. En 1984, siendo éste Presidente, retorna al país y mantiene, obstinadamente, su lejanía del poder y los cargos públicos. Sus cartas a Alfonsín, de quien se sentía amigo, dan testimonio de su franqueza para expresar el disenso y la defensa insobornable de su independencia de opinión.

Murió el 2 de febrero de 1996 en esta Buenos Aires que lo vio recorrer sus calles, buscando esos ideales que conservó, como pocos, desde su época de “fubista”. Murió entero, como vivió. Despojado de la sensualidad que provocan el dinero y el poder, generoso, honrado, bueno en suma.

Ricardo Rojo murió siendo un disidente, soñando con un país reconciliado, sin antinomias insuperables. Tal vez, en su figura emblemática y querible, podamos rendir homenaje a una generación que dejó ejemplos humanos con valor de paradigma moral, para una juventud que deambula desorientada y perpleja por este melancólico nuevo siglo.







Fuente: Recordando a Ricardo Rojo: una historia de lucha y soledad de José Miguel Amiune, 2 de febrero de 2006.


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