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jueves, 7 de enero de 2016

Manuel Galvez: "El obrerismo de Hipólito Yrigoyen" (23 de junio de 1928)

Mí estimado amigo:

Dice usted en el último número de La Nueva República, refiriéndose a las cuatro paginitas con que presente a Ernesto Laclau ante el público de Córdoba: “De Ia página de Gálvez baste decir que ella es un apéndice a Nacha Regules. Y como el autor ha hecho abjuración pública de las ideologías humanitarias de la época en que escribió dicha novela…”. La primera frase y los puntos suspensivos significan que usted me acusa de contradicción. Estas líneas tienen por objeto demostrar que usted se equivoca.

Dos puntos hay en mi página que a usted le habrán servido de base para su acusación. Uno, mi elogio a la política obrerista de don Hipólito Yrigoyen. Otro, mi observación de que la política radical se rige por sentimientos, y mi aprobación aparente a esta característica.

NACHA REGULES es un libro revolucionario, “humanitario”, como dicen ustedes. De acuerdo. Hace poco, yo he renegado de mi anterior orientación revolucionaria. Exactísimo. Pero elogiar la política obrerista de Yrigoyen, que no fue precisamente avanzada, no es caer en el revolucionarismo. Entre nosotros, apenas existían leyes obreras, y los gobiernos solían apoyar al capital en sus conflictos con el trabajo. ¿Fue acaso revolucionario Yrigoyen sólo porque se interesó por el trabajador, porque dictó leyes útiles y porque no apoyó al capital, permaneciendo neutral? Evidentemente, no. ¿Y entonces? ¿O es que también usted cree —lo cual me parece imposible, pues conozco su buen sentido— que Yrigoyen hacía las huelgas, como tontamente se lo han achacado los conservadores? No olvidemos que Yrigoyen gobernó durante los años en que el bolcheviquismo ejerció mayor influencia en el mundo entero. Todos los países pasaron por crisis graves. Italia necesitó, para salir de ella, recurrir al remedio heroico de la dictadura. La Argentina, gobernada por Yrigoyen, pudo salvarse de la catástrofe. Los conservadores se contradicen al reprochar a Yrigoyen lo que ellos llaman la adulación a los obreros, y al condenarle por la forma severa con que reprimió la rebelión de una parte del proletariado durante la semana de enero.

Segundo punto. Yo he elogiado varias obras de gobierno realizadas por Yrigoyen, y he advertido que el sentimiento le llevaba a ellas. Pero las he elogiado en sí mismas, porque eran excelentes, no por el motivo que pudo guiar a Yrigoyen. Tampoco digo yo que a aquel presidente le movieron razones puramente sentimentales. Usted tal vez me atribuye más de lo que he dicho.

Pero supongamos, por un instante, que yo atribuyo a Yrigoyen el haber procedido siempre por imperativos del sentimiento; y supongamos, también, que yo elogio esto. ¿En qué se opone este elogio, pregunto ahora, a mis declaraciones renegando de las ideologías humanitarias?

Me parece que usted —y mis demás amigos de La Nueva República— consideran al sentimiento como algo nefasto. Es un error. El sentimiento es bueno cuando no se opone a la inteligencia, cuando no quiere suplantar a la razón y a la lógica. Esto no lo negará usted, ni nadie puede negarlo. Tomemos ahora cualquiera de las obras de gobierno de Yrigoyen que yo he elogiado, y dígame en qué se oponen a la lógica, a la razón y al buen sentido de todo gobierno realista. Tomemos la neutralidad. Yo he supuesto que el gran presidente fue llevado a la neutralidad por amor a la paz, por antipatía sentimental hacia la guerra. ¿Pero, acaso, no nos ordenaban la razón, la lógica y el buen sentido no meternos en una guerra que no nos debía importar como nación, si bien como hombres podíamos preferir el triunfo de tal o cual beligerante? Hoy casi nadie duda de que Yrigoyen procedió cuerda y patrióticamente. Tomemos ahora la política obrerista. Aparte del sentimiento, es indudable que razones de justicia obligaban a esa política. El llamado “régimen” poco se había ocupado del trabajador. Yrigoyen fue el primer presidente que tomó en serio problemas que, desde hacía años, preocupaban a todos los gobiernos civilizados del mundo.

La obra intelectual, o si usted quiere intelectualista, no es buena sólo por serlo. El socialismo, entre nosotros, tiene un origen intelectual, pues fue fundado por unos cuantos hombres que habían leído a Marx, en una época en que el socialismo, como lo dijo Ferri, no tenía razón de existir en este país.

Soy tan enemigo como usted de la demagogia y del “humanitarismo” doctrinario. Pero no hay por qué echarle la culpa al Partido Radical de lo que es un grave defecto de nuestro país. La barbarie, el plebeyismo, la guaranguería, la demagogia no son productos radicales, mi estimado amigo, sino productos de un país en formación. Usted los encontrará también, y en mayor grado, aunque en distinta forma, en los Estados Unidos. Y si en el Partido Radical hay más de todo eso que en los otros partidos, es porque el Partido Radical cuenta con un número infinitamente mayor de adherentes y de simpatizantes. Se puede formar una pequeñísima minoría a base de gente culta, pero la gente culta no alcanza para formar un colosal partido.

Por otra parte, ustedes y los conservadores desconocen toda la obra del Partido Radical en la educación del pueblo. Existen universidades populares, ateneos, se dan conferencias en los comités. Se trata de una obra excelente, aunque, por la fuerza de las cosas, tiene que ser lenta. Yo le preguntaría a usted qué hacen los conservadores y los antipersonalistas para educar al pueblo…

Para concluir: el revolucionarismo existe aquí en todos los partidos. Innumerables antipersonalistas y conservadores —y creo que también el doctor Leopoldo Meló- han incurrido en el grave error de votar por los socialistas independientes, es decir por un partido revolucionario. Entre los conservadores figuran revolucionarios como el doctor Rodolfo Moreno. Lea usted  las discusiones cuando el proyecto de divorcio, y verá que entre los divorcistas hay muchos actuales conservadores; así, Alejandro Carbó, que presidió el Consejo de Educación de Córdoba durante el gobierno de Cárcano. Y el Partido Demócrata Progresista contaba en su Estado Mayor con elementos revolucionarios, como el doctor Díaz Arana, que en la Facultad de Derecho ha comentado con elogio el régimen de gobierno que existe en Rusia. Y así como los conservadores no tienen la culpa del socialismo del doctor Rodolfo Moreno, tampoco la tiene el Partido Radical de las ideas disolventes que se atribuyen al doctor Leopoldo Bard. Don Hipólito Yrigoyen, cuyas opiniones no discutirá ningún radical, es antidivorcista, según se dice, y contrario a la separación de la Iglesia y del Estado. Es el único presidente que en sus documentos oficiales invocó siempre a la Divina Providencia o a Dios. Y él hizo lo que nadie se hubiera atrevido a hacer: designó embajador especial ante el gobierno del Perú al entonces jefe de la Iglesia argentina. No lo hizo, creo, por simpatía personal hacia monseñor Duprat, por más que los méritos de este sacerdote sean muy grandes. Lo hizo, puede afirmarse, porque sabe lo que ha sido y es entre nosotros la Iglesia, y porque no ignora lo que a ella le debe la civilización moderna.

Quizás en mi paginita no estuve bastante explícito y claro. Es el único reproche que usted puede hacerme con justicia.

Le estrecha la mano su amigo.

Manuel Gálvez












Fuente: Carta a Julio Irazusta en La Nueva República, Buenos Aires, N” 19, 23 de junio de 1928. Reproducido en Irazusta, Julio, La política, cenicienta del espíritu, Dictio, Bs.As., 1977, pp. 327-330.

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