Páginas


Image and video hosting by TinyPic

viernes, 22 de enero de 2016

Joaquín Castellanos: "El 2 de abril" (29 de septiembre de 1928)

Efemérides olvidadas. Corresponde a un episodio de vida nacional que puede y debe ser histórico.

Lo será cuando los pocos sobrevivientes que fueron actores cumplan el deber retardado de conciencia de revelar la verdad de los antecedentes y de las causas originarias del suceso.

Entonces asumirá las proporciones de un hecho con significación especial de los mas importantes como clave para descifrar el sentido real de todo una época, es decir lo que constituye lo que se llama intra-historia. La escrita, documentada y exornada por la tradición y la leyenda no es mas que la corteza, el ramaje y, a veces, la flor de un ciclo de existencia colectiva. La medula, a través de la cual circula la savia, es lo obscuro y recóndito del tronco y la raíz. Ahí esta en la vegetación social, la realidad biológica.

Hasta que llegue la hora de poner en descubierto la raíz del acontecimiento, voy a ocuparme de los superficial y externo, sin pasar de la corteza. Las hay que no pertenecen al reino vegetal, pero en las cuales sucede lo que en algunas especies de grandes árboles, entre ellos, esa maravilla forestal argentina que se llama la “tipa”; la menor rasgadura de su corteza hace sangrar el tronco.

Primero brota un líquido rojo, que a poco se congela en grumos gomosos. De ellos se extrae la substancia que en la terapéutica antigua se llamaba “sangre de dragón”. Es prodigiosamente medicinal, pero de un sabor amargo que explica aquel nombre.

También la verdad profundizada contiene jugos curativos, pero su empleo se elude o se hace en pequeñas dosis por lo terriblemente amargo de la substancia. Sangre de dragón.

Contiene sangre de dragón la fecha del 2 de abril de 1892. Pero, dejando su entraña histórica para su oportunidad y lugar, circunscribo el relato a los personajes y accidentes conocidos.

Se trata de un hecho que, con independencia de sus antecedentes y proyecciones, fue sensacional en su momento por las circunstancias en que se desarrolló y los accidentes a que dio origen, nuevos en la existencia nacional, pero armónicos con sus tradiciones más típicas de argentinidad.

Algunos de esos accidentes fueron dramáticos, otros cómicos, varios interesantes por lo casuales y muchos significativos como rasgos que honran la psicología de nuestra raza.

El día 2 de abril de 1892, la capital de la Republica se despertó con la noticia de la prisión de los principales dirigentes del partido Radical.

En las primeras horas de la mañana fueron apresados en sus domicilios y conducidos a bordo del buque de guerra “La Argentina”, los doctores Leandro N. Alem, Guillermo Leguizamon, F. Barroetaveña, Martín M. Torino, Adolfo Saldias, Julio Arraga, el coronel Julio Figueroa y los señores Juan Posse, Rufino Pastor, Celindo Castro y el que escribe estas líneas. Uno o dos días después llegó, también en calidad de preso, el doctor Marcelo T. de Alvear, el mas joven y de mas tipo aristocrático entre todos los que formábamos un democrático estado mayor al jefe de la agrupación. Esta, por sus actividades revolucionarias entonces, era una especie de ejército de guardias nacionales llamados a las armas.

Bajo la enérgica y hábil dirección del Presidente, doctor Carlos Pellegrini, la captura se efectúo con método y seguridad matemática, a la misma hora y con reserva absoluta hasta el momento de ser transportados los prisioneros a su cárcel flotante.

La previsión del jefe de Gobierno, cumplida estrictamente por la policía, llego hasta el punto de elegirse de antemano los comisarios que debían realizar la operación, seleccionados de acuerdo a las cualidades que mas convenían para cada caso individual.

Dado el carácter y la situación que se conocía, o se suponía, de cada uno de los anotados en lista, se buscó al hombre de policía mas apropiado para hacer con más eficacia la intimación policial a ciudadanos cuyo estado de espíritu, en aquellas circunstancias, era de rebeldía, por causas que estaban en el ambiente.

Para el doctor Alem se señaló un funcionario conocido por su firmeza, al mismo tiempo que por su caballerosidad.

Esta condición se demostró en un rasgo nobilísimo, que quiero mencionar en honor personal del que lo ejecutó y también del gobierno a cuyas ordenes servia.

El doctor Alem no opuso, naturalmente, resistencia a la orden de prisión; pero pidió al empleado permiso para arreglarse antes de partir.

Su objeto era ocultar o romper papeles que podían comprometer a correligionarios y, sobre todo, a militares.

La presencia del comisario a la seis de la mañana lo tomó de sorpresa, hallándose todavía en cama. Aquel, después de comunicarle que estaba preso, tuvo el gesto verdaderamente argentino de los buenos tiempos de quedar en custodia fuera del a pieza, a fin de darle tiempo al doctor Alem para vestirse y destruir todos los papeles reservados. Así lo hizo y se entregó serenamente a la autoridad entonces, como lo hizo un año mas tarde en Rosario, cuando fracasó la revolución de 1893.

Los otros dirigentes, militares y civiles, fueron presos todos a un tiempo, en distintos barrios de la ciudad. Todos recibieron testimonios de consideración y fineza por parte de los representantes de la autoridad.

La única excepción recayó, por casualidad, sobre un ciudadano pacifico, completamente ajeno a toda injerencia en la vida publica y menos, naturalmente, en las de carácter subversivo, que absorbían en aquella época la actividad ciudadana de una gran mayoría de la población de la Republica.

Era un hacendado de la provincia de Buenos Aires que vino a ser victima de un error policial llevado a cabo en forma de verdadera tropelía.

Yo fui el causante, sin culpa y sin conocimiento, de lo ocurrido.

Lo supe en Montevideo, cuando se cambió mi prisión en destierro.

Yo residí en la Capital hasta un mes antes, pero me había trasladado al campo, por motivos de salud. Venia por las mañanas para atender mi tarea como director del diario radical “El Argentino”.

Algunas veces me quedaba de noche en la ciudad, por razones particulares o para asistir a las reuniones reservadas de la Junta Revolucionaria, o a conferencias en casa del doctor Alem.

En la noche del 1 al 2 de abril tenia que asistir a una entrevista importante que la Junta Revolucionaria debía celebrar con algunos jefes del Ejército y otros de la Armada.

En carácter de representantes del elemento militar revolucionario, habían solicitado una conferencia con los jefes civiles del movimiento en preparación, para aclarar una cuestión importante.

Lo fue entonces y lo es hoy todavía; entonces, por causas cívicas; hoy, por una razón histórica.

La reunión debía celebrarse a las doce de la noche. Hasta esa hora, yo estuve de visita en una case de la calle Alsina, en frente de la que yo ocupe hasta un mes antes. Con motivo de vecindad y de otro, de orden íntimo, a que no es del caso referirme, yo cultivaba relación social y amistosa con la familia que vivía en frente del domicilio que tuve hasta la fecha reciente de mi traslado al campo.

Era el domicilio anotado en la policía.

Allí fue a buscarme, y lo hizo en forma ajustada a instrucciones especiales que tenía con relación a mí, por motivos que ignoro.

El comisario a quien se encomendó mi captura, al constatar la deplorable equivocación de la policía, solo explicó que él había cumplido órdenes superiores en la casa cuya dirección le dieron.

Sin averiguar quien la habitaba en el momento de cumplir la orden, llegó a ella a la seis de la mañana y, atropellando a una sirvienta que quiso impedirle el paso, penetro en la pieza que fue mi dormitorio, y que lo era también del nuevo ocupante de la casa.

Había una gran diferencia de situaciones.

Mi dormitorio fue de hombre solo; el nuevo inquilino era casado y dormía en plena tranquilidad conyugal, con su señora, cuando el agente de policía hizo irrupción violenta en la habitación entrando revolver en mano.

Al llegar junto a la cama abocó el arma al pecho del hombre, ordenándole rendirse. Marido y mujer se despertaron despavoridos, sin atinar a explicarse el asalto. El comisario no quería oír explicaciones: iba con la idea, sugerido por no sé quien, de que allí se haría resistencia armada a la autoridad y, según explicó después, el quiso evitar un choque.

Con ese objeto, y para prevenir cualquier movimiento hostil, que lo suponía seguro por parte del preso, lo sacó de la cama desnudo, apuntándole siempre el arma al pecho o a la cabeza.

La señora, desesperada, no se resolvía a salir del lecho por no hacerlo desvestida delante de un extraño. Ambos suplicaban que se les diera un momento para arreglarse. No hubo tregua; el comisario, creyendo que todo aquello era un pretexto del preso para armarse, exigiale que le avisase donde tenia oculto su revolver o su puñal.

Según informes que le habían dado, el radical cuya detención estaba a su cargo era hombre de revolver al cinto y puñal en el bolsillo del chaleco.

Esta suposición se basaba en una especie de supersticio terrorífica divulgada en aquel tiempo entre ciertos centros sociales y que se extendía principalmente al doctor Alem. A este, con más injusticia que a sus amigos, le atribuían temperamento y costumbres distintas y opuestas a la admirable cultura y moderación que caracterizaba su lenguaje y sus actividades en la vida privada.

La misma injusta creencia hubo en Buenos Aires, dentro de algunos círculos aristocráticos, respecto al doctor Adolfo Alsina y su núcleo político.

Con relación a los radicales de la primera época, aquel prejuicio de que pertenecían a un tipo semicompadre se extendió por toda la Republica entre los elementos afines a los que, en las viejas familias patricias de Buenos Aires, alimentaban aquella superstición. Entre los muchos malentendidos y confusiones curiosas a que dio lugar, merece referirse a la que recuerdo como más característica de un rasgo de psicología colectiva.

En el supuesto de que las armas que el comisario le suponía al preso las tendrían escondidas bajo la almohada o el colchón, ya que no aparecían en el velador, no quiso permitirle que se quedase solo ni un momento.

A tirones lo sacó de la cama en paños menores, y lo llevó al patio. La señora, que en un principio, por recato, no quiso salir de la cama, saltó también en camisa, creyendo que a su esposo lo llevaban para matarlo. Así llegaron los dos al patio que, por desgracia, era descubierto sobre la calle, con una gran verja.

La gente se aglomeró al frente de la casa con gritos y protestas por parte del vecindario, que dio cuenta del error policial.

Varios vecinos trataron de aclararlo, entre ellos los de la casa de enfrente, donde vivía la familia amiga mía. El señor y la señora les explicaban a los agentes de policía que acompañaban al comisario que yo no habitaba ya en aquella casa, que había estado la noche anterior de visita en la de ellos, y que me había ido al centro antes de la medianoche.

Pero el comisario estaba enfurecido, según referían los testigos del hecho.

Yo creo que estaba simplemente obsesionado y confundido. Lo prueba su insistencia en el error.

No hizo caso de nada de lo que le decía la victima, la familia y los vecinos.

Lo más que concedió al final era lo menos que pudo conceder: que el preso se vistiese para llevarlo a la policía.

Consintió en conducirlo allí, en lugar de llevarlo directamente al buque de guerra, como era la orden, porque al fin le entró la duda sobre la identidad. Pero, no teniendo certeza, no quiso exponerse a lo que hubiese considerado una humillación. Era uno de esos criollos soberbios que tienen el orgullo de la sujeción a la disciplina, pero en grado mayor el orgullo de la viveza. Por temor de ser chasqueado, prefirió entregar la solución del asunto a la superioridad, a cuyos efectos condujo al preso a la central.

Pero ese día y con motivo de las actividades extraordinarias de la policía, el jefe no concurrió a su despacho hasta la noche. Hasta esa hora el respetable hacendado, preso en la mañana, quedo detenido en la sección de infractores, incomunicado, en mala compañía.

En tanto, el hombre autentico a quien buscó la policía en su anterior domicilio fue encontrado y apresado por una gran casualidad, cuyas incidencias referiré en capitulo aparte, conjuntamente con las memorables del primer día y la primera noche de prisión a bordo. En esa hora y ese escenario, se destaco en primera línea, al lado del doctor Alem, una personalidad cuyo recuerdo, desvanecido en el presente, merece una evocación honrosa. Lo haré como un homenaje de mi vieja amistad, pero principalmente como acto de justicia.

EL PRIMER DÍA DE PRISIÓN

Desde el mismo momento de la capitulación del Parque, hasta 1896 en que Alem se inmoló en holocausto a su fe cívica, la idea y el sentimiento de la revolución estaban en el alma nacional, de extremo a extremo de la República.

La revolución no era un secreto para nadie.

Se la predicaba abiertamente por la prensa y en la tribuna popular. Los directores del movimiento en elaboración no ocultaban su propósito."

Una gran asamblea democrática, la que proclamó las candidaturas de los doctores Bernardo de Irigoyen y Juan P. Gallo para Presidente y Vice de la República, rubricó aquel acto con una declaración franca y abiertamente revolucionaria.

Lo que, naturalmente, se reservaba y con especialísimo celo, eran los nombres de los militares de tierra y mar comprometidos en el movimiento, el plan y las fechas posibles del estallido.

Este se fué aplazando por causas... que ya se sabrán a su tiempo. Para ello hay órganos autorizados y obligados a decir la verdad.

El gobierno, naturalmente, vigilaba en cuanto le era posible al doctor Alem y a sus compañeros de acción en el comité, pero ignoraba que existía una Junta Revolucionaria y, mucho más, una preparación adelantada con poderosa base en el Ejército.
Cuando lo supo, sin tener detalles, pero con elementos de juicio bastantes para justificar un golpe de estado, lo resolvía y ejecutó con tacto y energía.

El acto del 2 de abril fué un golpe de estado, bajo muchos aspectos, pero principalmente por el allanamiento de la inmunidad legislativa en la persona del senador electo doctor Alem.

Desde el punto de vista gubernamental, con relación al orden público, el hecho era justificado por parte del presidente Pellegrini y sus ministros.

Bajo la faz legal y doctrinaria, la cuestión fué planteada y furiosamente debatida por dos eminentes autoridades jurídicas: el juez Tedín, que hizo lugar a un recurso de "babeas corpus", y el ministro doctor Estanislao S. Zeballos, que redactó el decreto con amplios fundamentos por el cual el Ejecutivo desestimó la resolución del juez Tedín, dando lugar a una de las controversias más importantes y de más enseñanza que se hayan producido en nuestro país en materia de derecho público.

Pero voy a la crónica del hecho.

Ni entre el pueblo, ni entre las fuerzas armadas, ni entre los directores del plan revolucionario, se sospechó la resolución del gobierno ,de sofocarlo con una medida que, usando el adjetivo con un concepto puramente idiomático, puede decirse que fué una manera radical de operar contra el radicalismo.

Tuvo efectos Inmediatos y mediatos de la mayor importancia.

Pero si el acto gubernativo no hubiese sido preparado con tanta destreza y ejecutado con tanta firmeza, el movimiento revolucionario habría quedado en pie representado, aunque fuese por una parte, a la Junta Revolucionaria.

Pero todos, absolutamente todos los que formaban entre los civiles, fueron detenidos.

Con tres o cuatro de los principales que tenían la confianza del doctor Alem y la reflejaban al exterior, a la par de sus propios influjos personales, la Junta pudo seguir actuando, como lo hizo un mes más tarde desde Montevideo, bajo la presidencia provisoria del doctor Juan Posse y con la dirección espiritual del doctor Guillermo Leguizamón.

Una casualidad relacionada con él fué causa de mi prisión a la misma hora en que se verificaba la de él y demás compañeros. Sin esa casualidad, a mí tal vez me hubiese sido posible escapar de la prisión, después de conocer la de los compañeros y cuando me hubiese informado de la frustrada acción policial en la calle Alsina por equivocación de mi domicilio.

Cuando esto supimos, todos los actuantes en la jornada lamentábamos que yo, como cualquier otro miembro de la Junta Revolucionaria, no hubiese quedado libre para representar a la entidad en muchas cosas con que podía suplirse su acción conjunta, aunque no fuera más que en sentido negativo, es decir, para no hacer nada en ausencia del jefe y los directores principales. Un mes más tarde, desde Montevideo, pudieron actuar en tal sentido, oportunidad y eficacia para evitar lo que hubiese sido una calamidad y una vergüenza nacional.

Pero este punto sería cumbre de historia. Yo trato aquí solamente de lo que corresponde a valle y al llano.

No sé si llamar desgraciada o feliz la casualidad que me hizo compartir la prisión en "La
Argentina".

Fué desgraciada en cuanto me privó de ayudar a mis amigos con mayor extensión desde afuera.

También porque ella fué el origen de quebrantos de salud, cuyos efectos inmediatos trastornaron mi vida en aquella época, con repercusiones ulteriores que han limitado mi capacidad de trabajo, obligándome a suplir la misma con crecientes intensificaciones de esfuerzo.

Desde otro punto de vista, sin embargo, considero más bien afortunado el azar que dio motivo a mi prisión el 2 de abril, en cuanto ella me permitió estrechar solidaridades políticas y amistosas, sentir impresiones de vida alta y fuerte y hacer análisis de almas, al mismo tiempo acertado y vibrante. Algunas observé de una limpidez ciudadana como no he visto otras simulares en todo el curso de mi ya largo ejercicio de observador de vidas. Tal vez más que naturalezas de excepción, dentro del conjunto, representaban la excepción de un estado de espíritu colectivo templado al rojo de un ideal heroico, en una inmensa fragua de labor patriótica.

A las 3 de la mañana del 2 de abril me retiré de la reunión de la junta revolucionaria, celebrada en secreto en casa de un político neutral en apariencia, pero que pertenecía al numeroso gremio de los adictos espirituales a una causa.

Pero que en los hechos son como amantes platónicos.

Son útiles a su modo, aunque no prestan nunca un contingente activo y menos manifiesto.

Son buenos intermediarios; facilitan la acción de los afirmativos, y sirven más que todo para formar ambiente. 'Infecundos por sí mismos, contribuyen a la fecundidad, como los vientos que transplantan semillas y otros gérmenes.

Al retirarme de la reunión fui a un hotel, el Helder, cerca de la esquina Florida de la que era entonces calle Cuyo. Ahí se alojaban muchos radicales de las provincias, entre ellos el doctor Guillermo Leguizamón, jefe local de su partido en Catamarca y como delegado al Comité Nacional, uno de los dirigentes más destacados de la agrupación y que fué el hombre de consejo del doctor Alem. Por esta circunstancia era el más resistido y odiado por todos los envidiosos que, sin condiciones para alcanzar la confianza del jefe, malquerían a los dotados de cualidades para merecerla

Yo dormía profundamente, con un sueño atrasado, cuando golpearon con recios golpes la puerta de mi habitación; desperté, y sin atinar quién sería el que llamaba, salí de la cama, abrí la puerta y me encontré con dos hombres bien vestidos que me saludaron atentamente. El que iba adelante me entregó una nota. Como yo estaba en camisón, volví a la cama para leer allí el oficio. Los hombres penetraron en la pieza sin hacerse sentir, y cuando yo, acomodándome bajo cobijas, me di vuelta, estaban junto a mí cubriendo la mesa de noche con sus brazos. Con prontitud y destreza policiales, se^ habían apoderado del revólver que había yo dejado en el cajoncito de aquel mueble.

Por ese acto comprendía que era la policía, y dije:

"Me han madrugado quitándome una arma de sólo seis tiros; pero me quedan bocas de fuego más numerosas y de más  alcance".

El comisario, con tono amable, repuso:

"Ante nosotros es inútil la protesta, porque nosotros somos simples ejecutores de una orden".

Repuse:

"No protesto; simplemente notifico".

En seguida leí la nota; era del presidente de la República al jefe de policía de la Capital, ordenándole la captura de los ciudadanos cuya nómina se acompañaba, con una orden de allanamiento de domicilio firmada por un juez de la Capital.

Las formas legales estuvieron bien llenadas.

La resistencia, imposible en el hecho, no era tampoco válida en derecho. Pero la impresión que el caso produjo en mi ánimo no fué por lo personal, sino pensando en la suerte del movimiento revolucionario acariciado, cuya realización, fracasada el 90, y perseguida afanosamente con nuevas esperanzas, era, para una mayoría de opinión argentina, una necesidad patriótica.

El contratiempo de aquella hora no quebró mi fe en el triunfo definitivo; pero el aplazamiento me dolía como si fuera una desgracia personal, de acuerdo con la ideología y la sensibilidad de aquel período de nuestra vida nacional.

Desde Alem hasta los más humildes auxiliares en la labor de renovación que entendíamos sinceramente estar ejecutando, trabajábamos, no sólo con extraordinaria decisión y empeño, sino con verdadero cariño por nuestra obra; éramos enamorados de la revolución.

Este estado de alma no lo comprenden las nuevas generaciones. Los que pertenecemos a las viejas, comprendemos que no comparten las mismas impresiones y no profesan los mismos ideales; pero no comprendemos que no se comprenda una realidad psicológica, tan efectiva como cualquiera de las objetivizadas hoy en nuevas orientaciones de espíritu.
Pero aparte de lo que correspondía al fervor patriótico, me inquietó en aquellos momentos de fuerte tensión nerviosa la duda sobre la situación de mis amigos, cuyos nombres estaba con el mío en la lista de la nota que acababa de leer. Pregunté a los empleados si algo sabían al respecto, y me contestaron que el doctor Alvear y otros estaban ya en lugar seguro.
El dato, en esa forma, resultaba alarmante, y fué gentilmente aclarado, expresándome que todos los presos estaban bien, alojados con comodidad y los debidos miramientos, y que a mí me conducirían inmediatamente donde estaban ellos.

Un coche cerrado nos esperaba a la puerta del hotel. Allí encontré, con la custodia de dos empleados, al doctor Leguizamón. Marchamos juntos, acompañados por un comisario, el mío, diré, quien me explicó el modo casual que le permitió encontrarme sin estar yo en su comisión especial.

Tenía él a su cargo prender al doctor Leguizamón; al preguntarle al mozo de servicio por la pieza que ocupaba, el mozo, de comedido, le dijo: "En tal número está el doctor Leguizamón y en este otro el señor Castellanos".

El pobre hombre no sospechaba que eran empleados de policía. Al partir, se acercó a nosotros, casi Morando, a pedirme disculpas. Lo tranquilicé; pero se despidió con muestras de dolor, como si nos llevaran a la muerte.

En el momento de partir, se nos acercó el dueño de la Rotisería Carpentier, de la que el hotel Helder era un anexo, y nos ofreció, a cada uno, un fajo de billetes, instándonos para que los aceptáramos sin contarlos.

Interrogamos al comisario sobre nuestra posible ruta. Sospechábamos la del destierro.

La noche antes se había decretado el estado de sitio, para capacitar al Gobierno con las facultades extraordinarias que le permitió resolver y efectuar nuestra detención, y que lo autorizaba para transportarnos a cualquier lugar del país, o hacernos salir de su territorio. Fué bajo este supuesto que aquel generoso ciudadano nos ofreció espontáneamente un auxilio pecuniario, sin conocernos más que como clientes accidentales de su casa. El empleado policial, sin aclararnos la dirección donde debía conducirnos, aprobó el ofrecimiento, y nos invitó a que lo aceptáramos. Le pedimos a él que contase el dinero, y tomamos cada uno la mitad de lo que a cada uno se nos ofrecía, con manifestación reiterada de que no debíamos preocuparnos por la devolución inmediata. Necesitábamos esa franquicia.

Recién después de un año pudimos cumplir aquella obligación, contraída en una circunstancia y bajo una forma que hacía más recomendable la actitud de aquel generoso simpatizante con el radicalismo que podemos llamar prístino.

En el trayecto, el doctor Leguizamón y yo tratamos de inquirir dónde se nos conducía.

El comisario sonreía con sorna y contestaba indirectamente que pronto sabríamos a dónde íbamos.

El coche avanzó con rumbo al puerto, por lo cual supusimos un embarco de deportación.

Yo, por lo menos, no sospeché la novedad de la prisión en un buque de guerra.

Aun después que llegamos a la ribera y nos transportaron a bordo de "La Argentina", anclado lejos del puerto, creímos que el buque zarparía río afuera, hacia Montevideo, Brasil o a los mares del sur.

Al subir a cubierta me separaron de mi compañero y me condujeron a un compartimiento interior, a un camarote con centinela a la puerta.

Otros centinelas había en los camarotes de la misma hilera del mío y en la de enfrente.

Comprendí que allí estaban los presos llegados más temprano. No pude ver a ninguno, porque en la consigna estaba la de puerta cerrada. Pero ella no impidió que pronto pudiéramos quebrantar la incomunicación por un medio muy sencillo, imprevisto seguramente por nuestros guardianes.

Las ventanillas del camarote eran estrechas, pero permitían asomar la cabeza. Aquello fué para mí tan grato y tan importante, que equivalía a un principio de liberación; era una liberación psicológica; me restituía al dominio del espacio abierto y al contacto con la naturaleza, por la vista sobre el río y el cielo. ,

Me reintegraba en espíritu a la vida, representada en frente a mí por el movimiento constante de la navegación fluvial, en grandes y pequeñas embarcaciones, que, próximas o distantes, pasaban conduciendo pasajeros y mercaderías.

Algunas barcas, cargadas con frutas, daban impresión de primavera y de estío refloreciendo en el Plata.

Pero algo más interesante que el mundo exterior me lo proporcionó la ventanilla, en aquella hora. A poco rato de estar asomado a ella y observando con empeño las vecinas, vi salir por la del lado derecho una nariz mefistofélica, que se completó en seguida con toda la cara del doctor Martín M. Torino. La cuidada incomunicación, bajo consigna militar, a que estábamos sujetos, quedaba rota. Estábamos al habla dos presos, que luego fueron tres, porque a los pocos instantes aparecieron por la ventanilla de la izquierda unos enormes bigotes, y junto con ellos, la plena fisonomía, tipo de raza sajona y expresión de travesura latina o, mejor dicho, criolla, de Osear Liliedal, uno de los ejemplares humanos de mejor calidad que he conocido en mi vida.

Dos años antes fué un héroe en el Parque.

Diez años después, un mártir. En ese instante, y en todos los que siguieron de clausura y destierro, fué para mis compañeros y para toda la gente de a bordo, un factor de vida espiritual y de sano y expansivo dinamismo.

Podíamos hablarnos de ventanilla a ventanilla, pero no lo hicimos, para evitar que si los centinelas oían nuestra voz, a pesar de las puertas cerradas de los camarotes, nos privaran del desahogo de asomarnos hacia afuera.

Pero a falta de comunicación verbal, establecimos la de un correo de misivas, en papelitos escritos a lápiz, que nos cambiamos en la punta de mi muleta, que yo estiraba entre ventanilla y ventanilla, para hacer llegar y recibir nuestra improvisada correspondencia.

Esta, sin embargo, no contenía ninguna novedad, porque ni mis vecinos ni yo sabíamos nada de los demás prisioneros y del motivo concreto de nuestra captura y de la suerte que nos aguardaba.

Sobre esto, quien tuvo una previsión más certera y con acierto más completo sobre las consecuencias de lo acontecido fué mi compañero en el vehículo donde comenzó nuestra cárcel.

En el trayecto entre el hotel y el puerto, el doctor Guillermo Leguizamón, sin importarle la presencia del agente policial, y tal vez con el objeto de hacerle oír una valiente profesión de fe política, que en esa ocasión era desafiadora de los poderes triunfantes, se extendió en una brillante recapitulación de las actividades civiles dirigidas por el Comité Nacional y sobre el éxito popular de nuestro esfuerzo.

En esta forma expresaba y enaltecía la parte confesable de nuestra labor cívica, sin aludir a la de carácter revolucionario. Así daba a entender que el trabajo pacífico abarcaba el total de nuestras actividades. En tal sentido, habló con tanta elocuencia, que yo lamentaba no ser posible conservar su exposición de ideas.

Al final se refirió a la medida del Gobierno y a los procedimientos que adoptaría para que aquélla le diese resultado. Sus puntos de vista fueron admirables anticipaciones de la realidad.

En esa vez y en otras muchas, Leguizamón reveló su intelecto de vidente. Pero fué en la noche de aquel día cuando tuvo ocasión de revelar la amplitud y "claridad de su pensamiento como hombre de partido y como hombre de ley, cuando compareció ante los funcionarios públicos que intervinieron judicialmente en nuestra situación.

Página nueva destino al recuerdo, todavía no escrito, de lo que debe quedar consignado sobre las circunstancias y condiciones excepcionales en que fué iniciado el proceso del doctor Alem y sus compañeros. Tuvo consecuencias funestas, en lo personal, para el noble tribuno. En lo relativo al orden público, cabe reproducir la parte del concepto aplicable al caso, de palabras históricas; hubo finalidades que hicieron honor a vencedores y vencidos.

LA PRIMERA NOCHE DE PRISION

Fue precedida por un día de completo ayuno. Hasta el siguiente no se nos dio comida, ni siquiera un refrigerio, ni lo que llaman los criollos "una sed de agua". Nada solicitamos, ni hubo uno solo de nosotros que formulase un reclamo por tal motivo.

Sin necesidad de un previo entendido, procedimos de acuerdo en no manifestar debilidad, ni aun la física inevitable al estado en que pasamos desde las 6 de la mañana del día 2 hasta las 3 de la madrugada del 3, en que por turno fuimos llamados a declarar.

¿Fué deliberado el hecho de privarnos de alimento en todo el día? ¿Fue una casualidad motivada, y tal vez explicable, por el estado de tensión nerviosa que había entre el personal de a bordo para garantir la incomunicación absoluta de los presos?

Tal vez aquella situación era efecto de las actividades febricientes, aunque recatadas 'y silenciosas, con que todo el día y hasta altas horas de la noche evacuaron consultas con el Gobierno y trabajaron para preparar la cabeza del sumario.

Yo busco la más favorable interpretación al hecho anotado, porque, en la duda, considero más prudente, más generoso y quizás más justo admitir lo mejor cuando no se tiene prueba de lo contrario.

Pero los más suspicaces de entre los presos, cuando después comentábamos todo lo sucedido el primer día, anotaban una serie de circunstancias por las cuales podía deducirse que hubo designio calculado en mantenernos hasta la primera diligencia indagatoria en una situación material fue podía traducirse en involuntaria depresión inmoral. Si existió aquel propósito, su efecto fue contrario al esperado. El rigor provocó reacciones naturales, pero no excesivas, ni aun en la hora de prueba.

Si hubiera sido realmente intencionada la actitud a que aludo, ella tendría, como procedimiento judicial, un significado que se presta a consideraciones pesimistas sobre la supervivencia, dentro de la avanzada civilización actual, de instintos, concepciones y fórmulas de vida en que lo ancestral está latente y se manifiesta a través del complicado engranaje de la legislación liberal y del doctrinarismo humanitario.

La tortura ha sido, en todos los tiempos y en todos los pueblos, el medio más usual y constante para hacer confesar a los encausados lo que interesa a la autoridad, con razón o sin razón, con justicia o sin justicia.

Ese sistema se ha dulcificado o se ha disfrazado, pero no ha desaparecido de las prácticas judiciales en ningún país.

Tampoco en el nuestro, a pesar de la cultura de que alardeamos y de nuestra legislación teóricamente ajustada a los principios más altos de respeto a los derechos humanos.

A pesar de que nuestras leyes prohíben la tortura material y sus equivalentes morales, ni aquélla ni éstos han desaparecido.

En esta materia existe un convencionalismo de tácita tolerancia a la infracción de la ley.

Masía funcionarios ilustrados y de buena conciencia emplean la presión moral para el esclarecimiento de la verdad.

Con un criterio determinado por esta clase de influencias consuetudinarias se procedió, tal vez, a la preparación y efectivización del aparatoso interrogatorio a que fuimos sometidos, entre las dos y las cuatro de la mañana. Estaba a cargo de un fiscal del Gobierno y del Auditor de Guerra y Marina, con dos o tres funcionarios más, constituyendo un tribunal ad hoc medio civil y medio militar.
El doctor Alem y todos los demás presos que eran abogados coincidieron en contestar que no reconocían la autoridad y competencia de ese tribunal y que, por consiguiente, se abstenían de prestar declaración.

Otros negaron en absoluto su participación en trabajos revolucionarios, afirmando ignorar que existieran.

Yo no era todavía abogado; pero, aunque lo hubiera sido, habría siempre contestado en una forma que yo creo más procedente y hasta más hábil que la de negar por completo una verdad de que hay conciencia pública.

Yo manifestó que el propósito de cambiar el orden político del país, por deberes constitucionales, había sido discutido entre muchos elementos directivos del partido Radical. Yo estaba entre ellos. Pero que como aquel pensamiento tenía opositores dentro de la misma agrupación, no se había adoptado resolución afirmativa. Que, en consecuencia, no había hechos, sino opiniones individuales, lo que correspondía al fuero interno, que, según nuestra constitución, está reservado a Dios.

Según referencias ulteriores, la declaración que más impresionó a los jueces y que más útil fué para detener la investigación judicial, fué la del doctor Leguizamón, basada en la impropia, ilegal composición del tribunal. Con más eficacia que los demás declarantes, no se manifestó en actitud de rebeldía ante los jueces, ni, como yo, desconociendo la constitucionalidad del Gobierno, sino que, adoptando un temperamento de tipo esencialmente jurídico, y respetuoso de la autoridad judicial, objetó la jurisdicción en forma y con razones que produjeron efecto.

Se reconoció en el hecho el valor de esos fundamentos legales. El proceso quedó paralizado menos para el doctor Alem. Este, con su manifestación rotunda de que desconocía al tribunal para juzgarlo, dio base al más grave argumento legal que se hizo en su contra para proceder a su eliminación del Senado Nacional.

Hacía poco que había sido electo y no alcanzó a tomar posesión del cargo. Más que una razón de derecho, había un interés explicable en aquellos momentos para apartarlo de una tribuna en que su voz, y más que todo, su presencia, eran temibles para el Gobierno.

Alem saliendo de la prisión con mayor popularidad que antes, para sentarse en el Senado, habría representado un poder formidable. Los senadores no tuvieron serenidad para afrontarlo.

En cambio él la tuvo para recibir la noticia de su exclusión, sin una queja, sin un solo comentario de censura, sin un gesto siquiera de su fisonomía, tan móvil y expresiva, que denunciara una impresión de contrariedad.

¿Estaba su espíritu en planos tan superiores que no lo afectaban los hechos que en lo individual agitan o, por lo menos, conmueven a la generalidad .de los hombres?

Tal vez. Más que tal vez, es seguro que su alteza moral lo libraba de las sacudidas vulgares.

Pero yo creo que, en lo general, su estoicismo no era de indiferencia, sino de disciplina.

Había, sin embargo, en él una disposición de ánimo o una modalidad de su naturaleza, manifestada en las circunstancias más importantes de su vida pública, de las que pude yo observar, que lo paralizaba momentáneamente en su acción, dominado por un extraño fenómeno inhibitorio.

Subjetivamente tenía un tipo afirmativo absoluto, pero objetivamente su actividad era discontinua, a saltos de león.

Desconocía en la práctica la fuerza humana de la prolijidad y la paciencia:

Era un capitalista de energía que desdeñaba el menudeo.

Y el menudeo lo venció a él, como a innumerables grandes hombres de todos los tiempos y todas las razas, en que la humanidad glorifica a veces más el honor del esfuerzo que la gloria del triunfo.

En nuestra vida nacional la estirpe de esos varones está representada por muchos de los más ilustres y por algunos de renombre más resonante en la tragedia histórica, como Moreno, Monteagudo, Guemes, Ramírez, Dorrego, Lavalle, Berón de Astrada, Castelli,
Marco Avellaneda, Aberastáín, Agustín Gómez y Alem, el más típico ejemplar catoniano de América, superior, a mi juicio, en valores éticos a su antecesor de Roma.

Durante los días siguientes y aun después, hasta recuperar la libertad, el doctor Alem se mantuvo en una actitud contemplativa, casi desdeñosa de todo lo que constituía la vida exterior circundante. Parecía absorbido por su vida interior.

A ello contribuyó seguramente, en mayor o menor proporción, un estado íntimo, de carácter sentimental, de que más tarde me hizo confidente.

Para esto yo merecí su máxima confianza.

Ha sido siempre mi especialidad como amigo.

Los de mi vida se dirigían a otros para las expansiones mundanas, de la actividad externa, del placer, de las competencias profesionales o el desarrollo de las ambiciones en todo lo objetivo.

Pero a mí me buscaban y todavía me buscan para el secreto de las cosas íntimas.

En todo lo demás, y en especial para lo referente a su acción política, sus amigos predilectos fueron Barroetaveña, Ferreyra Cortés, Enrique de Madrid, Martín Torino, pero, principalmente, Guillermo Leguizamón.

El último llegó a ser su mejor intérprete en la palabra y el hecho. Tradujo lo recóndito de su abstracción en impulso visible; prestó voz a su silencio, y equilibró, con actos previsores y firmes, lo que había de momentánea disparidad en el temperamento del jefe respetado y amado.

Era éste un dinámico, que en ciertas situaciones caía en lo estático. Leguizamón suplía esa falla, si era en realidad una falla.

Puede haber sido una tregua en que almacenaba energías para dilatarlas después con el empuje irresistible que tienen, las fuerzas contenidas.

De todas maneras, en esa función colaboradora, y en muchas otras circunstancias, anteriores y posteriores, Leguizamón demostró en mayor grado, entre todos los auxiliares del doctor Alem, que la condición de conspirador era en él un accidente.

Su verdadero tipo moral fué el de un hombre múltiple en sus aptitudes, vaciado en el amplio molde de las personalidades expansivas de la Independencia y la organización nacional.

En ellas el revolucionario efectivo era la vaina de un hombre de gobierno auténtico.

El militar, el tribuno, el escritor, el sacerdote o el maestro de escuela formaban el anticipo de un estadista.










Fuente: "El 2 de abril" por el Dr. Joaquin Castellanos ex gobernador de la provincia de Salta, publicado en Caras y Caretas el 29 de septiembre de 1928.





No hay comentarios:

Publicar un comentario