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lunes, 21 de diciembre de 2015

Delfor del Valle: "La Unión Cívica Radical y el Ejército" (27 de agosto de 1935)

La Unión Cívica Radical, expresión de la mayoría del pueblo argentino, se ha reintegrado a la vida cívica, después de las horas inciertas que sucedieron al alzamiento militar que determinó la caída del gobierno constitucional que la voluntad de la Nación, expresada por un millón de ciudadanos, consagrara en las urnas.

Y digo constitucional, pues es notorio que Hipólito Yrigoyen fue exaltado a la segunda presidencia en comicios libres e irreprochables, bajo el gobierno del doctor Marcelo T. de Alvear y los partidos opositores a la Unión Cívica Radical, gozaron de todas las garantías para ejercer sus derechos.

Todos los poderes del Estado realizaban dentro de la Constitución sus funciones sin entorpecimiento alguno; la libertad de reunión garantizada y la de la prensa absoluta, hasta llega a la licencia.

El presidente Yrigoyen era el blanco de los dicterios e injurias, mientras que sereno, marchaba imperturbable en medio del torbellino de miserias que lo envolvía.

Nada podía, pues, justificar el atentado de Septiembre.

La UCR y sus hombres representativos fueron objeto de persecuciones indignas y calumniados vilmente. Muchos de ellos encarcelados, deportados y victimas de todo genero de ultrajes y sometidos a procesos ante una justicia que, olvidando su sagrada  misión, sirvió mansamente los planes liberticidas de la dictadura, e Yrigoyen, dos veces presidente, anciano y enfermo, fue confinado a la isla de Martín García. También él caía envuelto en esos procesos acusado de administrador infiel, el, que era el prototipo de la honestidad y que hizo lo que ningún mandatario había hecho hasta entonces, donando sus emolumentos a la beneficencia publica y renunciando a todos los halagos del poder, pues, apóstol de un gran ideal continuo haciendo vida de anacoreta en el modesto hogar desde donde predicara la doctrina redentora, en cuyo culto consumió toda su existencia.

Los procesos tuvieron su fin cuando se produjo por el tiempo transcurrido la prescripción porque la justicia obsecuente con la dictadura no se atrevió a dar un fallo absolutorio, que necesariamente debía producirse y así se conseguía, por otra parte, que la sospecha sombreara las reputaciones de ciudadanos honorables.

Era necesario destruir por todos los medios la gran fuerza popular y para ello se comenzaba por enlodar a sus cabezas dirigentes, olvidando que las grandes causas se magnifican por el sacrificio y que se arriesgan mas en las almas, el anhelo de la justicia, cuanto mas se las persigue y afrenta.

Pero el fallo de la opinión publica, de más alto valor moral que los casuísticos de los jueces, se alzó imponente para vindicar a los inmolados a la furia vengativa, de quienes se sentían pequeños para sufrir la confrontación.

El fallecimiento de Yrigoyen, que conmoviera dolorosamente a la Republica y la multitud que lo acompaño a su ultima morada, en apoteosis gloriosa, fue la vindicación de su nombre y la condenación de los que mordidos por pasiones insanas, pretendieron borrar su magna obra, como creador de la democracia nacional.

Ese mismos fallo de la opinión es le que destruyo la miserable conjura, urdida contra un partido que durante cuarenta años luchó por la libertad y por el derecho, afrontando todas las vicisitudes y echando a la hoguera purificadora, fortuna, familia y cuanto hay de mas caro al corazón del hombre.

La calumnia miserable que se cebó en la reputación del radicalismo, para destruir sus nobles atributos, ha quedado hecha trizas y ojala los que han usufructuado del motín de septiembre, al ser juzgados por sus contemporáneos y la historia, pueda obtener el mismo fallo. Lo deseo sinceramente como argentino.

La abstención de la UCR, su ausencia de la vida publica, mantenía una incertidumbre que ha sido despejada y su vuelta al comicios, recibida como vivo regocijo por la opinión, pues su concurso asegura el retorno a la normalidad tan anhelada.

Solamente los usufructuarios del movimiento de septiembre han revelado sobresalto por la presencia de la UCR, en el comicio, porque saben bien que si esta goza aunque sea de una relativa libertad, se impondrá por su fuerza idealista y numérica.

Esta perspectiva les hace perder el sentido de la realidad, hasta el punto de afirmar que aunque la UCR, triunfase, no se le entregaría el gobierno del país, porque cuentan para ello con el ejercito.

Esta afirmación audaz y agraviante para las fuerzas armadas de la Nación, después de hacerla circular en todos los corrillos como un venticello, ha tenido su protocolización oficial en la asamblea que el partido Conservador de Buenos Aires ha realizado el mes pasado en Morón, para proclamar la formula gubernativa.

En esa asamblea, un orador, en su embestida desorbitada contra la Unión Cívica Radical, ha lanzado las palabras que reproducimos mas abajo y que, a más de una amenaza subversiva, implican la injuria mas grave que pueda inferirse al ejército. Para el orador, si la UCR venciese en los comicios, no habría otra solución que el motín por el ejército y como su consecuencia fatal la dictadura, que se encargaría de aniquilar la fuerza popular que representa la mayoría de la opinión nacional. He aquí sus palabras, que no necesitan mayor comentario y que revelan en que cifran sus esperanzas de seguros y derrotados. Dijo el orador:

“¿Es posible que por primera vez en la historia de la humanidad, los fugitivos del régimen depuesto por una revolución triunfante, retornen en seguida al usufructo del gobierno sin haber repudiado siquiera a los causantes y responsables de esa revolución?

“¿Tiene derecho moralmente el pueblo de la Republica de pedirle al glorioso ejercito argentino su noble y decisivo colaborador en la jornada del 6 de septiembre, que mañana le presente armas tan luego a alguno de esos ciudadanos ¿Qué hasta hoy se solidarizan con los supuestos ideales y la presunta moral de los prófugos de 1930? ¿Es concebible que el electorado consciente del país someta al presidente de la Republica, valeroso soldado de la revolución, a la tortura de entregar el bastón de Bernardo Rivadavia, a cualquier representante de esa fuerza regresiva, quien aun contra su voluntad llegaría al poder con mensajes de odio, con inquietudes de desquite y con urgencias de venganza?

“¿Puede concebirse algo mas delirante? Desde luego, aunque se trate de un desplante temerario, conviene señalarlo, para aleccionar a los que servirían de instrumento de tan descabellados planes liberticidas.

“Si tal monstruosidad pudiera consumarse, habría que pensar que nuestra patria, constituida y libre, no seria sino una tribu de bandoleros, indigna de figura entre los pueblo civilizados del orbe”

Es evidente que se pretende infiltrar en el animo del ejercito la especie absurda de que la UCR alcanzado el gobierno se lanzaría en una carrera desatentada de venganzas y persecuciones contra sus componentes, como representantes de la participación que algunos de ellos tuvieron en el movimiento de Septiembre.

Es una afirmación desprovista de fundamento alguno, pues la tradición y la historia de la Unión Cívica Radical la desautorizan. Si algún partido político se esmeró en enaltecer el ejército, fue el nuestro, tanto en la oposición como en el gobierno. Jamás miró en el ejército su enemigo, ni dudó tampoco de que fuera la garantía de sus derechos y libertades.

Hagamos un poco de historia.

Cuando el doctor Roque Sáenz Peña, elegido presidente por el “régimen”, con la abstención de la UCR, en aquella histórica conferencia con el doctor Yrigoyen, antes de asumir el poder, en la que le garantizó bajo su palabra de honor de caballero y de presidente que pondría todo su empeño y su autoridad para que el pueblo pudiese concurrir a comicios honorables y garantidos, como los reclamara la UCR, como culminación de sus esfuerzos, esta, haciendo fe a esa promesas, arrió la bandera revolucionaria, para concurrir a los comicios.

La primera prueba del cumplimiento de su promesa la rindió el doctor Sáenz Peña, presentando a la UCR, la ocasión de ejercer sus derechos cívicos, en la concurrencia a los comicios de renovación de los poderes del gobierno de Santa Fe.

Esta fue, intervenida y el radicalismo, presidido por el doctor Yrigoyen, se lanzó a la justa comicial.

Esa lucha, se recordará, fue ardiente y entusiasta y como por ciertos signos que su desarrollo presentaba, despertaron dudas los procederes del interventor, el doctor Yrigoyen solicitó del doctor Sáenz Peña presidiera el acto electoral el jefe de las fuerzas militares de Santa Fe y los oficiales destacados de la provincia, a lo que accedió el doctor Sáenz Peña. Ese jefe militar no era radical, el doctor Yrigoyen no lo conocía y, sin embargo, tuvo absoluta confianza que bajo su amparo la elección se realizaría regularmente. Así sucedió.

Este recuerdo revela el concepto que el doctor Yrigoyen tenia del ejército y cuanto valoraba sus atributos de dignidad y de respeto a las instituciones y a la soberanía del pueblo.

Durante su primera presidencia y en el tiempo que estuvo al frente de la segunda, el doctor Yrigoyen confió misiones delicadas y de alta representación a miembros del ejercito, designándolos gobernadores de territorios, ministros diplomáticos y otros cargos importantes y repitiendo el caso mencionado de Santa Fe, encomendado a jefes y oficiales del ejercito la vigilancia de actos electorales realizados en las provincias bajo su gobierno.

Entre los altos jefes del ejercito a quienes el doctor Yrigoyen confiara cargos de responsabilidad se puede señalar al General Uriburu, jefe en 1930, del movimiento de Septiembre, y al actual presidente de la Republica.

Estos antecedentes hacen hasta ahora inexplicable la razón por la cual determinados elementos del ejercito siguieron al jefe de la revolución y solo puede atribuirse el hecho de la influencia de camaradas y al ambiente de rebeldía que se había creado contra el gobierno depuesto, por una prensa complicada, que salio sobre todas las vallas para desautorizar ante la opinión al doctor Yrigoyen abusando de la magnanimidad de este y de su respeto a las libertades de reunión y de prensa, que no intentó jamás menoscabar, por mas que en esas reuniones y en esa prensa se le mortificara con irrespetuosidades y denuestos.

Coincidiendo con esa campaña demoledora, se hacían circular dentro del ejército, versiones extrañas y maliciosas para el jefe del estado. Se llegó a asegurar que el doctor Yrigoyen se resistía a recibir los armamentos adquiridos en el extranjero bajo la presidencia del doctor Alvear, cuando la representación radical en el Congreso, le había otorgado su voto. También se hizo circular en las filas del ejército otra burda especie. Un buen día, dos distinguidos y altos jefes militares, llegaron hasta el despecho del doctor Yrigoyen, haciéndole saber el descontento y alarma que existía en el ejercito, ante la indiferencia culpable del gobierno, porque se aseguraba que el señor Ibáñez, mandatario de Chile, para desviar la oposición de su país, tramaba una invasión del territorio argentino, sin que se adoptara medida alguna de seguridad y de respeto hacia la Nación.

El doctor Yrigoyen desautorizó en absoluta la ridícula invención, convenciendo a estos jefes de su absoluta falsedad y asegurándoles que, por el contrario, era el mandatario de Chile que, por medio de su representante ante nosotros, solicitaba del Presidente argentino, hiciera vigilar a jefes del ejército chileno, residentes en nuestro país, para impedirles siguieran conspirando contra su gobierno.

De esa manera se creaba una atmosfera propicia en el ejército para consumar el atentado contra las autoridades constituidas.

La misma conducta observada por el doctor Yrigoyen, la siguió el doctor Alvear al asumir la presidencia de la Republica en 1922 respecto al ejercito, enalteciendo a sus miembros con cargos de confianza y llevando al Ministerio de Guerra, al coronel Justo, actual presidente, en cuyo cargo se destacó su personalidad, facilitándole mas tarde que alcanzara su suprema ambición de llegar a la presidencia de la Republica.

Y ya que nos referimos al doctor Alvear, su solo nombre es suficiente para apreciar el grado de adhesión afectuosa para el ejército del presidente de la UCR como que constituye para él un titulo de legítimo orgullo de su prosapia, ser nieto del héroe de Ituzaingo, general Alvear, su abuelo paterno, y nieto por línea materna del general Pacheco. ¡Cómo imaginar que el jefe actual de la Unión Cívica Radical podría inspirar, mañana, si el partido llegase nuevamente al poder, una política de venganza ruines y persecuciones contra quienes visten el glorioso uniforme del ejército custodia de su bandera!

El joven comandante, que al frente de una batallón de ciudadanos formara con las divisiones del ejercito, en los ejercicios doctrinales realizados en Currumalán, cuando no existía la conscripción, mantuvo siempre a través del tiempo la solidaridad y camaradería con sus compañeros del ejercito permanente, y llegado al gobierno así lo demostró.

Por otra parte, la historia de la UCR acredita la profunda vinculación que existió entre ella y el ejército.

Durante su acción revolucionaria, a partir desde el 90, la UCR la realizó con su concurso. Los movimientos reivindicatorios de la soberanía popular de 1893 y 1905 contaron con su apoyo.

Pero hay que establecer la fundamental diferencia entre esos movimientos y el alzamiento de septiembre. La UCR cuando hubo de recurrir a la violencia, cerrados todos los caminos de la legalidad, aquellos tuvieron un carácter eminentemente popular con sus direcciones civiles y responsables, de modo que la presencia de cuerpos del ejercito en sus filas significó solamente su concurso, dejando en manos de los ciudadanos su ejecución y proyecciones, y quienes los encabezaban lo hacían bajo compromisos de honor de no participar en las funciones de gobierno en ningún caso, entregando al pueblo los destinos del país, considerándose excluidos para dirigirlo, por el mismo hecho de ser el resultado de sus acción.

El movimiento de septiembre solo fue de carácter militar. Su único director y responsable, su jefe, que asumió el gobierno, declaró que lo había hecho sin el concurso de ningún partido político -es decir, que ese movimiento no había tenido carácter civil- y desde el primer momento se convirtió en una dictadura, no alcanzando a disimularla ni el titulo de “gobierno de facto” que la prensa complaciente le asignó.

Por eso la UCR, hizo publica su repudio y sus hombres dirigentes aceptaron las consecuencias que su actitud les impuso, no para agraviar a los militares que prestaron su concurso al derrocamiento del gobierno constitucional, ni para comprender en ese repudio a toda una institución, sino para que no quedara el precedente funesto que las fuerzas creadas para sostener las instituciones se convirtieron en elementos destructores de gobiernos que, como el depuesto, surgía de la soberanía nacional, sometiendo la vida y la libertad de los ciudadanos a la voluntad arbitraria y sin ningún control de quienes se apoderaron del poder.

No tiene, pues la UCR cuenta pendiente alguna que arreglar con el ejército y triunfante, lo considerará siempre como la institución que la Carta Fundamental le ha asignado en la administración del país: defender la integridad y la soberanía de la Nación y ser guardián de su honor y de sus libertades.

En homenaje de estos elevados conceptos, la UCR no puede contemplar a las fuerzas armadas de la republica sino con un alto espíritu de justicia.

La UCR no teme la balandrona de los energúmenos que la combaten, como no teme al ejército, compuesto de ciudadanos que han salido de sus propios hogares, como no puede creer que jefes y oficiales cultos y pundonorosos olviden la augusta misión que tienen en la existencia eterna de la nacionalidad.

Estas líneas, que he trazado con toda la sinceridad que abona una vida modesta pero consagrada a servir ideales que están por encima de todos los prejuicios e intereses, han sido inspiradas no por el propósito de conseguir voluntades, sino para proclamar la verdad y expresar cuan profundo es su cariño de argentino por los ciudadanos a quienes les ha tocado en suerte ser el sostén de sus instituciones.

Siendo casi niño, formé en filas del ejército. Mis ascendientes fueron militares, y cuando por primera ocupé una banca en el Congreso Nacional, mi preocupación constante fue gestionar todo lo que pudiera contribuir al bienestar y a la seguridad de quienes, en una hora solemne, ofrendan sus vidas para mantener las glorias conquistadas.

Obedeciendo a ese alto concepto, en el periodo parlamentario de 1894 al 98 como diputado, promoví y obtuve la sanción de diversas leyes, como la creación de las Intendencias Militares y los Depósitos de remonta del ejército, que funcionan hoy, prestando grandes servicios a la administración. Y estoy seguro que si igual cosa hubiese sucedido con el proyecto de Motepio Militar que presenté, se hubiesen evitado mayores recargos en el presupuesto de la Nación.

No es por un espíritu de vanidad que traigo estos recuerdos sino para evidenciar, contra maliciosas interpretaciones, que lo escrito a favor de la tesis sostenida, no esta inspirado en razones circunstanciales, sino obedeciendo a viejas convicciones y, porque pienso que contribuyo a despejar una atmósfera creada para despertar prejuicios infundados, contra un partido que puede, como nadie, invocar su más puro nacionalismo y que es incapaz de atentar contra todo lo que constituye la augusta entidad de la patria, en sus múltiples manifestaciones como pueblo constituido.










Fuente: Delfor del Valle, La Unión Cívica Radical y el Ejército, Hechos e ideas (Buenos Aires), I, (1935)

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