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viernes, 6 de noviembre de 2015

Arturo Frondizi: "La Argentina y los Estados Unidos" (21 de enero de 1959)

Agradezco las cordiales palabras con que ha sido saludada mi presencia en este Congreso, institución que es testimonio de los ideales democráticos en el hemisferio americano. En nombre de la Nación Argentina de un esfuerzo integral que recién se inicia en America Latina y cuyo éxito o fracaso influirá decisivamente en la suerte política del hemisferio. La experiencia argentina puede ser aprovechada por los pueblos hermanos y puede estimular las energías latentes de toda America Latina. Será una epopeya de paz y de trabajo que engendrara plenitud espiritual y riqueza material. Será la verdadera epopeya de la democracia, porque esa plenitud y esa grandeza se volcaran sobre millones de mujeres y de hombres, se transformara en bienes culturales y harán mas digna, mas libre y mas justa la vida de todo ser humano bajo el cielo del continente americano.

El ejemplo de vuestro país servirá de poderoso aliciente para afrontar la tarea que los espera. La historia económica de los Estados Unidos prueba, en efecto, que los pueblos que se proponen objetivos nacionales y empeñan todo su esfuerzo en impulsar su desarrollo integral, llegan a ser grandes naciones.

Los hombres visionarios que lanzaron a vuestro país por el camino de su grandeza actual, no cedieron ante las tentaciones fáciles ni retrocedieron ante las dificultades que surgen cada vez que una Nación decide construir su destino con sus propias manos.

Estarán defendiendo un alto y justo nivel de vida y la posibilidad de alcanzar cada vez mayores condiciones de bienestar.

Saludo a los representantes del pueblo de los Estados Unidos. Es el saludo fraternal de un país geográficamente distante pero espiritualmente unido al vuestro por los lazos de una unidad histórica y de ideales comunes que son patrimonio de todo el continente.

Es esta la primera oportunidad en que un Presidente argentino visita los Estados Unidos pero, tenemos tanto en común, que no puedo sentirme extranjero en vuestro suelo, sino miembro, junto con los millones que pueblan esta gran Nación, de esa gran experiencia humana que es la comunidad de naciones americanas.

Menos aun puede sentirse extraño en este recinto quien ha sido, como yo, legislador en su propio país. En el Congreso de los Estados Unidos rindo homenaje a la institución fundamental del sistema democrático, a la institución que expresa los ideales y los intereses de los pueblos y que, en todo sitio donde ha podido funcionar libremente, ha sido baluarte de los derechos humanos.

Como Presidente de la Nación Argentina me complace destacar las semejanzas que unen a nuestros dos países. Tenemos la misma organización política y un similar sistema federal de gobierno. Como vuestro país, la Argentina esta regida por un gobierno de facultades limitadas, en el cual el ejercicio del poder encuentra una valla infranqueable en los derechos de los gobernados.
Estas semejanzas reflejan una identificación más profunda y remota. Permitidme recordaros que Estados Unidos reconoció la independencia argentina en 1822, siendo por lo tanto uno de los primeros países en hacerlo. Permitidme evocar también el hecho significativo de que la educación pública recibió gran impulso en mi país, cuando, hace casi un siglo, Sarmiento, que vivía en los Estados Unidos, volvió a la Argentina para asumir la primera magistratura de su patria.

En el correr del tiempo, la historia parece haberse empeñado en afirmar nuestras semejanzas. No solamente nuestros dos países quedaron señalados para la independencia nacional, la libertad individual y la magna aventura del gobierno democrático. También demostraron idéntica capacidad para asimilar la cultura universal e igual altivez para defender su soberanía y su autodeterminación en todas las circunstancias.

Asimismo, como ocurrió en los Estados Unidos, la despoblada tierra argentina, recibió poderosos contingentes inmigratorios europeos. Nuestras ricas praderas se cubrieron de trigales y ganado, se alzaron pueblos y ciudades unidos por la red ferroviaria más extensa de America Latina y cornéennos a surgir una industria que hoy es orgullo de mi país.

Se produjo también en nuestro suelo el milagro de America: hombres y mujeres venidos de todas las latitudes, que hablaban idiomas diferentes y profesaban cultos distintos, se sintieron libres y hermanados en una patria nueva. Este maravilloso acontecimiento americano, único en la historia del mundo, es precisamente la razón profunda de la unidad que liga a todas las naciones del hemisferio y que no proviene de pactos ni de intereses circunstanciales.

La raíz de la unidad de las Américas es una raíz espiritual. Este Continente surgió a la historia como la tierra de la esperanza y de la libertad. Nuestros antepasados, vislumbraron que en America habría de realizarse la vida plena del hombre, sin opresiones, injusticias ni persecuciones. Por eso las grandes hazañas americanas fueron siempre hazañas de la libertad. Por eso los héroes militares de la Independencia continental fueron hombres de Estado y la historia no los recuerda como conquistadores sino como libertadores.

El ideal americano de democracia, justicia y libertad ha sido fecundo porque se basa en una concepción espiritual del hombre. En virtud de esos principios, los pueblos americanos rechazan toda concepción materialista de la vida y toda concepción totalitaria del Estado. Para nosotros, el ser humano es un ser sagrado y sagrados son sus derechos y las instituciones que preservan su libertad. Nuestra concepción del espíritu, cobro fuerza impulsora del hombre y de la historia es razón fundamental por la cual los hijos de este continente no podemos ser comunistas. Nuestro respeto por la dignidad esencial del hombre hace también que rechacemos toda forma de dictadura y toda influencia ideológica antidemocrática.

El continente americano es una comunidad de naciones unidas por la realidad geográfica, por la historia y por la identidad espiritual. Precisamente porque conciben el destino del hombre como destino espiritual, los pueblos de este hemisferio pertenecen históricamente al mundo cultural de Occidente, donde tuvieron origen esos principios de dignidad humana y fraternidad universal. Por eso, para los pueblos americanos, Occidente no es condición de enfrentamiento ni de antagonismo. Por el contrario, por ser parte de Occidente, los pueblos del continente americano se saben integrantes de la comunidad universal de los pueblos y sirven a la causa de las Américas como a la causa de todo el género humano.

Postulamos la fuerza del espíritu como motor histórico y proclamamos la unidad esencial de las Américas, pero estas afirmaciones no pueden hacernos ignorar el hecho, doloroso y real, del desigual desarrollo continental. No podemos olvidar la cruda realidad de millones de seres que en America Latina padecen atraso y miseria.

Tampoco podemos negar que, bajo esas condiciones sociales y económicas, que contradicen nuestros ideales de justicia y libertad, la vida del espíritu se hace insostenible. Un pueblo pobre y sin esperanzas no es un pueblo libre. Un país estancado y empobrecido no puede asegurar las instituciones democráticas. Por el contrario, es campa propicio para la anarquía y la dictadura. Esta no es una conclusión teórica, sino la evidencia irrefutable de los hechos, a través de la historia vivida por los pueblos latinoamericanos. Contrariamente a lo que muchos suponen, la inestabilidad política y el malestar social no son causas sino efectos de las condiciones espirituales y materiales en que se debaten millones de hombres y de mujeres reducidos a vivir sin bienestar ni esperanza.

Eso significa que los ideales que encarna el continente americano no son todavía realidad para todos sus hijos. Si queremos cumplir el destino sonado por nuestros antepasados, es decir, hacer que America sea efectivamente una fuerza moral en el mundo, nuestra primera obligación como americanos es hacer realidad esos ideales en nuestro propio suelo. Para poder defender, no solo con convicción sino con verdadera eficacia, la causa de la libertad, del derecho y de la democracia en todo el mundo, tenemos que asegurar que haya libertad, derecho y democracia en todo el continente americano. O sea que tenemos que establecer firmemente las bases y crear las condiciones concretas que hagan posible la vigencia plena de los derechos humanos, así como la estabilidad y permanencia de las instituciones democráticas de nuestras propias naciones.

Sin desarrollo nacional no hay bienestar ni progreso. Cuando hay miseria y atraso en un país, no solo sucumbe la libertad y la democracia, sino que corre el peligro la propia soberanía nacional. Los pueblos latinoamericanos tienen que afrontar esa realidad atacando los males en su propia raíz. Para ello tienen que transformar una estructura económica que ha terminado por convertirse en un factor de estancamiento y escasez.

Nuestros países deben decidirse por lo tanto a explotar todos sus recursos, a movilizar todas las energías disponibles y a lograr el máximo aprovechamiento de los adelantos técnicos y científicos de nuestro tiempo.

Las inmensas riquezas naturales que atesora America Latina, deberán ser extraídas y utilizadas en beneficio de todos sus habitantes. America Latina deberá dejar de ser productora exclusiva de materias primas. Deberá alzar su propia industria pesada, su industria petroquímica y sus fábricas de equipos. Deberá construir centrales hidroeléctricas y reactores nucleares. Tendrá que mecanizar y electrificar las explotaciones rurales, para multiplicar la producción y elevar el nivel de vida de la familia campesina. Deberá realizar, en suma, el mismo proceso de expansión y complementación económica interna que condujo a los Estados Unidos a su portentoso grado de desarrollo actual.

Esta es la marcha que ha iniciado la Republica Argentina. Estamos firmemente decididos a lograr nuestro pleno desarrollo económico. Lo haremos sobre la base de nuestros grandes recursos naturales, todavía escasamente aprovechados, y sobre la base de nuestro propio esfuerzo nacional. Pero la distorsión económica que hemos padecido durante tantos anos, ha descapitalizado a nuestro país. Nuestra falta de desarrollo en un mundo altamente industrializado nos ha ocasionado graves perjuicios. Nuestras materias primas de exportación reciben cada vez menores retribuciones mientras ascienden sin cesar los precios de los combustibles, equipos y productos manufacturados que necesitamos indispensablemente. Ello ha acarreado grandes déficits en nuestros balances de pagos y nos ha impedido atender las inversiones básicas con nuestros propios recursos.

Por consiguiente hemos comenzado nuestro programa de expansión económica intensificando la producción propia de hierro, petróleo y carbón, de los cuales contamos con grandes yacimientos, y hemos recurrido a la elaboración de los capitales extranjeros.
Los créditos y las inversiones del exterior hallan en la Argentina las garantías jurídicas que corresponden a una Nación democrática. Encuentran, además, un pueblo laborioso y emprendedor, con una mano de obra altamente calificada. Es también un pueblo lleno de orgullo nacional, dispuesto a resguardar celosamente la soberanía de su país. Así como nuestro pueblo acepta toda inversión destinada a promover el progreso y el bienestar del país, así también rechaza toda propuesta que implique una amenaza a su soberanía.

Los capitales que llegan a la Argentina encuentran, asimismo, un gobierno empeñado en una lucha a fondo contra la inflación. El programa de estabilización económico-financiera que acabamos de poner en marcha se propone, precisamente, eliminar todos los factores inflacionarios que de larga data aquejan a nuestro país. Ese programa tiende a establecer, mediante una moneda Sana y una economía sin regulaciones innecesarias, las bases sólidas de un desarrollo sin retrocesos ni altibajos, impulsado por la fuerza de la iniciativa individual, plenamente amparada en su función creadora.

El esfuerzo emprendido por mi país es el comienzo de un esfuerzo integral que recién se inicia en America Latina y cuyo éxito o fracaso influirá decisivamente en la suerte política del hemisferio. La experiencia argentina puede ser aprovechada por los pueblos hermanos y puede estimular las energías latentes de toda America Latina. Será una epopeya de paz y de trabajo que engendrara plenitud espiritual y riqueza material.

Será la verdadera epopeya de la democracia, porque esa plenitud y esa grandeza se volcaran sobre millones de mujeres y de hombres, se transformara en bienes culturales y harán mas digna, mas libre y mas justa la vida de todo ser humano bajo el cielo del continente americano.

El ejemplo de vuestro país servirá de poderoso aliciente para afrontar la tarea que los espera. La historia económica de los Estados Unidos prueba, en efecto, que los pueblos que se proponen objetivos nacionales y empeñan todo su esfuerzo en impulsar su desarrollo integral, llegan a ser grandes naciones.

Los hombres visionarios que lanzaron a vuestro país por el camino de su grandeza actual, no cedieron ante las tentaciones fáciles ni retrocedieron ante las dificultades que surgen cada vez que una Nación decide construir su destino con sus propias manos.

Esta es la enseñanza que America Latina recogerá y convertirá en bienes espirituales y materiales para casi doscientos millones de seres humanos. Es un asunto que nos atañe fundamentalmente a nosotros, latinoamericanos, pero del que no pueden desentenderse los Estados Unidos. A vosotros no puede seros indiferente que haya millones de individuos que vivan mal en el continente americano. La condición de estos semejantes es no solamente una apelación a nuestros ideales comunes de solidaridad humana, sino también una fuente de peligro para la seguridad del hemisferio. Dejar en el estancamiento un país americano es tan peligroso como el ataque que pueda provenir de una potencia extracontinental. La lucha contra el atraso de los pueblos reclama mayor solidaridad del hemisferio que la promovida por su defensa política o militar. La verdadera defensa del continente consiste en eliminar las causas que engendran la miseria, la injusticia y el atraso cultural. Cuando todos los pueblos latinoamericanos tengan acceso a los bienes del progreso espiritual y material, defenderán el suelo y las instituciones de America con toda la pasión, la energía y el coraje con que se defiende la propia existencia. Porque estarán defendiendo lo que les pertenece, lo que han creado con su propio esfuerzo. Estarán defendiendo un alto y justo nivel de vida y la posibilidad de alcanzar cada vez mayores condiciones de bienestar.

Me satisface destacar ante vosotros, representantes del pueblo de los Estados Unidos, que vuestro país ha comprendido su papel en esta hora de America. La Argentina acaba de recibir importantes créditos del gobierno y de entidades privadas de los Estados Unidos. Para nosotros, esta colaboración es mucho mas que un apoyo a! programa de expansión nacional que hemos emprendido. Es un positivo y fundamental paso adelante hacia la realización de los ideales de cooperación en el continente americano.

Es una evidencia de que ha llegado la hora de las decisiones concretas y que esa hora nos encuentra a todos, a los americanos de toda America, unidos por la misma solidaridad, la misma confianza y la misma esperanza que hizo de este hemisferio una comunidad de Republicas soberanas.

De nosotros depende que esta sea otra hora gloriosa de America. Con la misma firmeza, el mismo coraje y la misma decisión con que nuestros antepasados labraron la independencia de nuestras naciones, dispongámonos a forjar su pleno desarrollo espiritual y material.

Con nuestra fuerza moral, con nuestro esfuerzo material y con la ayuda de Dios, cumplamos con nuestro deber y seamos dignos del legado histórico que hemos recibido.

Hagamos que el continente americano sea de veras el continente de la esperanza humana, cumpliendo en su suelo y para todos sus hijos, la promesa de felicidad y plenitud que America ofreció a la humanidad.








Fuente: Discurso pronunciado en el Congreso de los Estados Unidos de America el 21 de enero de 1959 en reunión conjunta del Senado y de la Cámara de Representantes.

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