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sábado, 8 de agosto de 2015

Rodolfo Terragno: "La privatización no tiene nada que ver con la ideología" (26 de octubre de 1998)

–¿Por qué se afilió al partido radical?

–Me afilié, es decir fui adherente a la Unión Cívica Radical, cuando tenía doce años, siguiendo la fe de mi padre. Yo tenía trece cuando la Unión Cívica Radical se partió en dos en 1957. Mi padre vivió eso como un trauma... Tardó un mes en decidirse con cuál de los dos pedazos se iba a quedar. Se quedó en la Unión Cívica Radical Intransigente, y yo con él. Luego, milité dentro de la UCRI, en el Movimiento Nacional y Combatiente que lideraba Alfredo Roque Vítolo. En 1963, la UCRI propicia un acuerdo con el peronismo, el Frente Nacional y Popular, y yo allí renuncié.

–Esa historia resulta curiosa, porque usted da la impresión de ser muy reciente en el partido.

–Diecinueve años, tendría... Le mandé presuntuosamente una carta a Frondizi, pues no podía renunciar de otra manera... El me la contestó...
En esa carta yo le decía a Frondizi que no iba a volver a militar más hasta que se reunificara la Unión Cívica Radical. En realidad, no pude militar más debido a los golpes militares, y por el exilio, y muchas otras cosas, pero no volví a militar hasta que con Raúl Alfonsín la Unión Cívica Radical se reunificó. Volví al país del exilio en 1987 como secretario de gabinete, luego ministro... Quise afiliarme... Alfonsín pensaba que era mejor que conservara la condición independiente... El tenía un afán por abrir su gobierno, pero después de la derrota del 6 de setiembre de 1987, cuando para mí ya estaba claro que íbamos a perder el gobierno en 1989, yo decidí que tenía que afiliarme. Ahí ya no había ninguna posibilidad de que se interpretara como un acto de exitismo.

–¿Por qué su imagen es entonces la de novato en la política y, sobre todo, en el radicalismo, donde tiene tanta importancia la antigüedad militante?

–Yo nunca cuento esto, entre otras cosas porque no es cierto que todos los radicales piensen así. Pero hay gente que sigue con esa idea de linaje. Siempre me pareció indebido tratar de “defenderme” porque a mí lo que me parece vergonzoso es el ataque. Entonces, cuando alguna vez me cuestionaron por no tener pasado radical, yo dije: “Yo no tengo pasado radical, tengo futuro radical”. Y me parece que un partido que realmente aspire a gobernar tiene que buscar gente con futuro, no gente con pasado.

–Haber militado en la época de Vítolo y Frondizi lo identifica hasta hoy con una militancia intelectual. ¿Cuál es su verdadera formación o inspiración política?

–En los años setenta Horacio Verbitsky me definió como un desarrollista que escribía para pecar de izquierda... Elogio con tono peyorativo. Pero pensé que era una buena definición. No esto de que escribía, sino que había tomado dos cosas de mi formación que eran importantes. Aunque nunca fui marxista, ni en los años jóvenes, yo estudié mucho marxismo. Me interesó la crítica de la sociedad capitalista porque me preocupaba el reparto desigual de los bienes sociales, o sea riqueza, cultura, poder. Siempre me pareció que no había un modo de generar riqueza que fuera más eficaz que la organización capitalista. Entonces trataba de plantearme dos cosas: una, cómo generar riquezas. Yo tenía muy claro que no era a través de la propiedad colectiva de los medios de producción, no era a través del dirigismo, no era a través del intervencionismo; entonces era partidario de toda la concepción desarrollista. Dos, me parecía que la política no consistía solamente en generar riqueza sino en distribuirla de la manera más equitativa. Esta preocupación social me creaba problemas dentro del propio desarrollismo, donde teníamos discusiones muy fuertes...

– ¿Dónde y cuándo?

–Todos los miércoles nos reuníamos a la mañana en la casa de Frondizi y yo, que era muy, muy joven en esa época, me sentaba a la mesa conpersonajes que tenían mucha más experiencia. En nuestras discusiones mis posiciones siempre eran más próximas a las de Juan José Real, a las de Isidro Odena, y siempre muy contradictorias con las de Oscar Camilión... Desde la izquierda esa posición fue vista como de derecha. Esto pasaba con la idea de la privatización... Y la preocupación por la distribución de los bienes sociales, que era una idea progresista. Del otro lado me vieron como de izquierda. Me valió el exilio; me valió mucha incomprensión. Porque tratar de conciliar las dos cosas nunca ha sido fácil.

–Pero su desarrollo intelectual realmente comienza en el exilio...

–A mí me abrió mucho la cabeza Venezuela. Porque yo llegué a Caracas en el momento del boom del petróleo. Gran parte de la concepción desarrollista, gran parte del pensamiento económico, supone que la traba para lograr el desarrollo es la insuficiencia de capital. Entonces los estatistas proponían que el Estado se convirtiera en acumulador de capital para resolver esa insuficiencia; los desarrollistas, que se abriera al capital extranjero. Pero unos y otros suponían que, resuelta esta insuficiencia de capital, lo demás venía por añadidura. En Venezuela se había resuelto la insuficiencia de capital de manera mágica. La revaluación súbita e inesperada del petróleo hizo que Venezuela no sólo resolviera la insuficiencia: le sobraba capital. Cuando yo me incorporé al gobierno de Venezuela como asesor, uno de los problemas que había era qué hacer con el dinero, cómo evitar la indigestión del dinero. Se creó el Fondo de Inversiones de Venezuela que ponía plata en el exterior, a ganar intereses.

–No sólo Venezuela. Era la época de los petrodólares árabes.

–Yo tuve la percepción, casi física, de un hombre de la villa que se gana la lotería. Sabe cómo consumir esa riqueza, pero no sabe cómo multiplicarla. Mi comprensión de que el problema del desarrollo no es solamente una insuficiencia de capital, sino que es un sistema retroalimentado: la capacidad gerencial, el grado de conocimiento, la difusión cultural, la vinculación con el mundo, todo eso es casi tan importante como el capital.

Uno puede entenderlo, no es difícil, pero Venezuela fue para mí como un laboratorio donde uno experimenta y llega a la conclusión de que el capital es condición necesaria pero de ninguna manera suficiente y que no hay un proceso automático de desarrollo.

Después fue bueno ir a Inglaterra con esa percepción. Inglaterra es, según algunos, el único país en vías de subdesarrollo... Pero ésa es una visión más autocrítica... Toda la experiencia de Inglaterra a mí me resultó muy útil. Viví en el momento intelectual del “thatcherismo”, tal vez uno de los períodos menos fértiles para el pensamiento que ha vivido Gran Bretaña. Sin embargo era un estímulo para reflexionar sobre muchas cosas.

–¿Qué fue lo que más lo impresionó?
–Algo que no estaba en el campo de las ideas... Fue la huelga de hambre de los presos del IRA en Belfast. Era un año en que se asistía a una huelga de hambre donde alguien se ponía en ayuno hasta morir. Todas las noches se veía por los noticieros la evolución de un proceso que llevaba hasta que esa persona se moría y el día que se moría entraba otro a reemplazarlo, y pasaban veinte, veinticinco días y se moría, y otro, y se moría, y otro, y se moría, y otro, y se moría... Y el gobierno no cedía.

Esas dos cosas: la voluntad de esa gente de protestar hasta la muerte y la fiereza y la frialdad del gobierno: fue para mí una experiencia única, aterradora en muchos aspectos, pero que me hizo reflexionar mucho sobre el modo de ejercer el poder.

–La ironía es que usted vuelve a la Argentina como ministro de Obras y Servicios Públicos e inicia el proceso de privatización que en realidad es la revolución desde la derecha que había iniciado Margaret Thatcher...

–No, no...

–...Y finalmente se desarrolla con éxito en este gobierno de Menem...

–No, no... Es que yo creo todo lo contrario. Mi visión de Inglaterra era que así como la estatización había sido un fenómeno de toda Europa, y al mismo tiempo habían estatizado la derecha y la izquierda, Charles De Gaulle y Clement Attlee, la privatización no tiene absolutamente nada que ver con la ideología. Nunca entendí esto de que la privatización sea de derecha, de izquierda... ¿Qué tiene que ver? La ideología tiene que ver con la distribución de los bienes sociales, no con la propiedad de empresas que eran estratégicas, literalmente estratégicas en los términos de la posguerra.

–Sí, pero la estatización se consideró casi una etapa de socialización.

–No, no. Tanto De Gaulle como Perón hicieron estatizaciones desde la derecha, no desde la izquierda. Perón no era de izquierda.

–Pero más de uno llegó a pensar que Perón era de izquierda...

–Por error... Y nadie podía pensar que De Gaulle era la izquierda en Francia. La estatización y la privatización no tienen nada que ver con la ideología. Hay que ubicarse en la Segunda Guerra Mundial, en esa Europa que habló hasta el ‘39 de la Gran Guerra, porque no imaginaba que se pudiera repetir, y que después vivió la Segunda Guerra, que fue una guerra de ocupación, de ataque a las poblaciones civiles. Se abandonó todo lo que había sido el arte de la guerra durante siglos, de combate entre ejércitos profesionales en un campo de batalla, y fueron realmente agresiones de sociedades contra sociedades. El ferrocarril, las telecomunicaciones, todo eso no era estratégico en un sentido metafórico. Era estratégico en un sentido militar. Terminada la Segunda Guerra, toda esa Europa se vio rondada por el fantasma de la tercera guerra mundial. Y entonces la idea de que el Estado debía controlar esos recursos estratégicos era una idea que tenía que ver con las condiciones históricas de ese momento. Por eso en los ‘70, con los estados exhaustos y ya sin sentido militar de lo estratégico, los estados empezaron a deshacerse de la telefonía y sus ferrocarriles. Yo nunca entendí cuando alguna gente planteaba que la privatización era de derecha. Yo creo que las cosas son como son, no como podrían haber sido, me parece que eso es historia... Mi negocio no es la historia, sino la política, y en la política hay que tratar de modificar el futuro, el pasado no se puede modificar. Por supuesto yo planteé la privatización con un esquema muy distinto, yo planteaba sociedades mixtas, y planteaba que los servicios públicos no se podían entregar al mejor postor, sino que había que seleccionar los operadores en función de su eficiencia. Está bien, las cosas se hicieron de otra manera, yo las critiqué en su momento, pero eso es irreversible, y me parece que ahora lo que hay que plantearse es el futuro. Yo escribí un libro en el ‘85, se llamó La Argentina Siglo XXI. En ese libro había un capítulo que se llamaba: Los puntos de partida. Y yo ubicaba allí la disciplina fiscal, la estabilidad monetaria y la privatización.

–Si llega al gobierno, ¿qué le puede ofrecer la oposición al mundo?

–Antes quiero decir que ni el sector público, ni el sector privado, ni el Gobierno, ni la oposición, nadie puede decir: ¿qué le vamos a vender al mundo? Está muy claro que la Argentina pudo prosperar cuando tuvo qué venderle al mundo, en una época en que los países industrializados no se autoabastecían de alimentos. El interregno de la Segunda Guerra Mundial nos permitió ser abastecedores sustitutos de países que tenían toda su estructura productiva comprometida. La Argentina desde la crisis del intercambio de los años ‘30 realmente no ha encontrado ni ha buscado qué venderle al mundo y hoy eso es crítico, porque yo creo que no hay viabilidad para un país que no está inserto en el mercado mundial. Es un error pensar que podemos desarrollar ventajas competitivas a partir de la mano de obra barata. En un mundo donde China tiene mil doscientos millones de habitantes y menos de quinientos dólares per cápita, o India, con casi mil millones de habitantes, no hay posibilidad de competir con mano deobra barata. Yo creo que eso es lo que la Alianza tiene que ofrecer: una estrategia de desarrollo económico.

–¿Hay alguien dentro de la Alianza que la esté buscando?

–Bueno, yo soy uno de los cinco, pero no es una actitud solitaria. Hay mucha gente que comparte esto, por eso quedó incorporado en la Carta a los Argentinos. Allí se plantea la necesidad de irrumpir en el mercado mundial

–Sé de una sola persona que lo leyó.

–La gente no lee propuestas. Jamás una elección es una licitación de proyectos. Yo creo que todos tenemos frente a la política la misma actitud que tenemos frente a la medicina. Se recurre sólo cuando es necesario, la gente busca gente confiable.

–El médico es sólo un mecánico de cuerpos que mira el manual y decide qué repuesto necesita una persona. ¿Es así con la política?

–No es tan así. La gente no tiene por qué ponerse a estudiar las propuestas, ni en la Argentina ni en el mundo. Jamás se fue a una elección donde lo que se haya discutido hayan sido propuestas técnicas. Para ganar las elecciones lo que hay que tener es confiabilidad, antecedentes, transmitir la seguridad, la convicción de que uno sabe. No importa si la Carta a los Argentinos se lee mucho o poco, porque no estamos en el negocio del best seller. Creo que hace falta un “master plan”. La Carta a los Argentinos no es más que un enunciado general. Además hace falta definir un cronograma de los primeros cien días, en los cuales para mí se decide la suerte del gobierno. Creo que cien días, cien personas es la fórmula del éxito. La implementación de un “master plan” requiere un centenar de cargos claves donde hay que poner la mejor gente. Uno de los peligros de cualquier gobierno de coalición, un gobierno de alianza, es las cuotas de gente en cargos claves para ejecutar esa primera parte del “master plan”.

–¿Qué rol se imagina en el próximo gobierno?

–Ah, no sé. Creo que en democracia uno sólo puede aspirar a cargos electivos. Yo aspiré a la presidencia de la Nación y peleé por eso. La mayoría de la estructura partidaria no me acompañó y las elecciones se anticiparon. No tenía sentido participar en un ejercicio de resultado anunciado. Decidí acatar la decisión del partido y apoyar al candidato mayoritario. A partir de allí, si Fernando de la Rúa es presidente y cree que yo tengo que ocupar alguna posición la ocuparé. Yo creo que no se puede aspirar a cargos no electivos. Creo que el presidente tiene que concentrar verdadero poder. No puede ser condicionado por nadie, y nadie tiene derecho a presionar ni aspirar a cargos que son nada más que posiciones de cooperación con el presidente y que tienen que depender de la voluntad del mismo.

–¿Qué fue de los rumores sobre su participación en el gobierno de la ciudad?

–De la Rúa me pidió que colaborara con él y que analizáramos cualquiera de tres roles posibles. Uno era jefe del Gabinete de la Ciudad, otro era coordinador de los Equipos de Campaña, y otro era director de lo que yo llamo el “master plan”. Yo le presenté mis ideas para cualquiera de los tres roles y finalmente decidí que lo más útil era que trabajara en el “master plan”.

–¿Qué se va a hacer para superar el desorden en la Alianza?

–Bueno... Avanzar en la construcción de la Alianza. Yo he sido muy crítico de las elecciones este año, creyendo de que en el ‘98 tenía que haber una veda electoral, que teníamos que dedicarnos a extender la Alianza a todo el país, constituirla en los distritos en los que no se había constituido, y aún no se ha constituido. Darle su organización y sus autoridades nacionales, que no las tiene, aprobar su programa antes de discutir candidaturas, y recién ir el año próximo, a principios del año próximo, a la discusión de los candidatos. Mucha gente pensó que yoplanteaba eso porque necesitaba tiempo para ganarle a De la Rúa. En verdad, lo que yo planteaba me parecía que era el curso normal en la construcción de la Alianza. La mayor parte de la dirigencia de la Alianza creyó que el proyecto re-reelección implicaba un peligro grave. Desde mi punto de vista no había absolutamente ninguna posibilidad de rereelección. Esto fue lo que planteé y discutí en el grupo de los cinco.

Esta posición era muy solitaria, nadie la compartía. Yo creo que la Alianza invirtió sus términos porque creyó que para enfrentar ese peligro era necesario tener cuanto antes su candidato, apresurar los tiempos. Yo creo que fue un error.







Fuente: Entrevista a Rodolfo Terragno para Página/12 realizada por Andrew Graham-Yooll, 26 de octubre de 1998.

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