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sábado, 8 de agosto de 2015

Ernesto Palacio: "Homenaje al Dr. Luis Dellepiane" (5 de septiembre de 1951)

Sr. Palacio: -Si tuviera que definir por su cualidad predominante la singular personalidad del colega que acaba de morir, diría que fue antes que nada un gran ciudadano, con todo el énfasis que este concepto de ciudadanía tuvo en la época de las luchas por la organización de la República. Porque la ciudadanía no se define por la mera posesión legal, y a menudo teórica, de una voz y un voto para decidir sobre los destinos comunes, sino por una presencia activa, movida por un interés apasionado en las cosas de la patria.

En esa pasión ardió el espíritu de Luis Dellepiane; a esa pasión sacrificó la mayor parte de los halagos de la vida, soportando con entereza prisiones y destierros. Y ella fue la que lo erigió, desde los tiempos estudiantiles, en abanderado de tantos hombres de su generación, pues muchas veces, en las horas obscuras, su ejemplo iluminaba caminos como una llamarada en la noche.

Este ascendiente indudable que ejerció Luis Dellepiane sobre sus compañeros de lucha y el respeto que merecía aun de sus adversarios, no se explicarían sin la posesión de altas cualidades morales. Más, en efecto, que por su inteligencia, con todo lo sutil y profunda que era y cultivada por la frecuentación de los grandes maestros; más que por su cultura, que era extensa, se destacaba Luis Dellepiane por su conducta civil, por su virtud republicana.

Más que con sus palabras, enseñaba con su propia vida, que se definió como la consagración absoluta a los ideales abrazados en su juventud. Había mucho de apostólico en su capacidad de entrega a una causa. Aunque pudiera equivocarse, era seguro que su error no podía atribuirse de ningún modo a un cálculo subalterno, pues es notorio que, a diferencia de lo corriente, se equivocaba siempre contra su interés. Entendía la ciudadanía como servicio y sacrificio, y no como pretexto de lucro personal.

Y a esto se debía cierta actitud de reserva huraña que asumía ante la evidencia del auge de ciertos conceptos contrarios. La corrupción y el cinismo ajenos le producían más estupor que indignación. Su inteligencia comprendía, y acaso absolvía, al transgresor, pero le dolía el pecado en sí, como una herida a su ideal ciudadano.

Esa suma de cualidades intelectuales y morales determinaron la vocación política de Luis Dellepiane, vocación excluyente a la que sacrificó sus grandes posibilidades de éxito literario o profesional.

Fue un político, en el sentido en que la política supone la perfección de la ciudadanía. Llevaba la política en la sangre, en el sentido que implica llevar la patria en la sangre. Es hora ya de terminar con cierta concepción peyorativa de la política, que, si bien podía justificarse contra sectores bien determinados, contradice el testimonio de la historia y choca con el simple buen sentido cuando se expresa por boca de políticos, y de reconocer nuevamente que la política es una de las más altas vocaciones humanas, puesto que comporta la generosidad de entregar una vida individual al servicio del interés de todos. A esta clase de políticos perteneció Luis Dellepiane, lo cual impregnaba de nobleza hasta sus errores, o lo que yo consideré tales, que provocaban nuestros disentimientos, compatibles por cierto con una firme amistad. Y esta clase de políticos, por encarnarse en cierto tipo superior de humanidad, son siempre una minoría dentro de las naciones, pero son la minoría que les da sentido, y a ellos tiene que recurrirse inevitablemente en las horas de crisis.

Que el ejemplo de Luis Dellepiane quede vivo en su banca vacía. Ejemplo de una jerarquía política obtenida no por el favor sino por la lucha constante en la tribuna y en la trinchera. Desde el campo adversario quiero rendirle este homenaje, que será grato a su espíritu de caballero sin miedo y proclive por lo tanto a la cortesía y la generosidad.

Y conste que, cuando digo adversario, uso el término en el sentido que él mismo lo entendía: es decir, sin perder nunca la conciencia trascendente de una unidad argentina que subsiste inalterable en medio de las banderías ocasionales, y que deberá hacerse presente cada vez que esté en peligro el destino o el honor nacional. (¡Muy bien! ¡Muy bien!).








Fuente: Ernesto “Palacio Política y Cultura” Prólogo de Luis C. Alen Lascano, Publicación del Círculo de Legisladores de la Nación Argentina.


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