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domingo, 9 de agosto de 2015

Raúl Alfonsín: "Diálogo Social" (21 de febrero de 2002)

Sr. Presidente (Maqueda). -- Tiene la palabra el señor senador Alfonsín.

Sr. Alfonsín. -- Decía, señor presidente, que ni bien se produjo la convocatoria por parte del presidente a la apertura al diálogo presentamos un proyecto que mereció, por parte del Senado, la posibilidad de considerarlo sobre tablas. Han transcurrido ya algunos días. Y no es malo quizá que eso ocurra porque también han pasado hechos.

Junto con el senador Maestro hemos presentado este proyecto y debemos comenzar diciendo que coincidimos absolutamente con la declaración de monseñor Karlic cuando, con ese motivo, sostuvo que el diálogo que empieza en este día ha de ser un modelo cívico para el país, que ha perdido el rumbo y necesita el sostén de la esperanza. Queremos ser Nación. Sabemos que la Nación es don de Dios y obra de los hombres. Dios nunca falta a su palabra. Somos los hombres los que podemos fallar.

Señalaba esto porque para mí realmente existe la posibilidad, sobre todo no solamente en el momento de la consideración del proyecto y de la declaración de monseñor Karlic, sino en la actualidad, de estar lesionando gravemente las instituciones, la democracia y la Nación misma.

Creo que lo primero que hay que comprender es que nosotros formamos parte del gobierno.

Y quiero decir un poquito más. A mi juicio el Congreso de la Nación es el pilar que sostiene el gobierno del país, por lo cual supongo que se hace necesario una presencia más intensa de nuestra parte, que tal vez pueda expresarse en proyectos concretos, en diálogos más efectivos de representantes de distintas bancadas del Congreso con el Episcopado y con el PNUD, que es otra cosa histórica. Porque no creo que haya habido otro antecedente en el que la Iglesia y las Naciones Unidas sirvan de esta manera como paraguas a un diálogo que debemos realizar los argentinos para asegurar las instituciones, recuperar la justicia, la libertad y, consecuentemente, la dignidad del hombre y, al mismo tiempo, para ver cuáles son las autolimitaciones que debemos producir.

Aquí recuerdo a Sigmund Baumann, quien dice que lo primero que tenemos que hacer, lo primero que tenemos que tratar de dilucidar, es por qué estamos así; por qué nos pasa lo que nos pasa. Y cuando llegamos a comprender por qué nos pasa lo que nos pasa todavía hay otro problema, ya que se puede hacer un uso cínico o clínico de esa comprensión.

El uso cínico sería aprovechar las circunstancias como vienen, o buscar --demagógicamente-- chivos expiatorios para explicar lo inexplicable. En cambio, el uso clínico sería aceptar esa realidad para saber qué es lo dañino, qué es lo que lastima, qué es lo que duele y de qué manera podemos tener comportamientos de carácter político y ético que superen los problemas de los que más sufren en el país.

Creo que nosotros estamos en un mundo en el que se desarrolla una batalla cultural importantísima.

Y el hecho de que la Iglesia --incluso a través de Su Santidad-- se haya expresado reiteradamente sobre lo que se ha denominado el capitalismo salvaje, y de que en muchas oportunidades hayamos sentido expresiones claras desde los más diversos sectores contra el neoliberalismo, nos debe hacer comprender algunas cosas.

Una de ellas es que el neoliberalismo llegó con una audacia extraordinaria, y como una suerte de slogan político nos dijo: "Vamos a hacer un salto hacia adelante". Hoy nos dice, casi como pidiendo disculpas: "Este no es el país mejor sino el país posible, y cualquier cosa que se quiera hacer por mejorarlo a través de la intervención de la política o del Estado, va a ser peor todavía".

Considero que el rasgo más saliente de esta política ultraconservadora es lograr la ineficiencia de la política. Eso es lo que busca: la ineficiencia de la política. Así como procura en los países la destrucción del sindicalismo, también pretende debilitar hasta el máximo las posibilidades de la política.

Y como nos dice que no hay un mundo que pueda mejorarse, evidentemente de eso se extrae otra conclusión: cualquiera sea la tendencia del político que venga, va a seguir la misma política porque no puede cambiarla, porque hay leyes que tienen casi el carácter de leyes físicas inconmovibles e invariables.

Esto pareciera que fuera así. Pero la historia nos demuestra a nosotros --y creo que a todo el mundo-- que cuando se considera la insignificancia de la política, se paga un precio muy caro, se paga con el sufrimiento humano.

En consecuencia, considero que estamos ante un problema cultural y ético que supera en mucho --infinitamente-- las diferencias que podamos tener los que en el arco político democrático nos alejamos de las extremas, que siempre son funcionales entre sí y tienden en definitiva a destruir la democracia, aunque no se den cuenta.

Lo que se quiere con este proyecto de declaración es defender --y yo diría preservar-- la democracia. ¿Qué significa eso? Significa que por una parte tiene que haber una acción de la política en contra de la antipolítica. Una acción de la política, del Gobierno o del Estado tendiente a buscar soluciones fundamentales. Eso lo quiere la misma Iglesia y lo ha reiterado; eso lo quiere el Gobierno y lo ha reiterado.

Nosotros queremos --y lo hemos reiterado-- soluciones a los problemas más graves de los sectores desposeídos.

Creo que habría que aprovechar este diálogo, por ejemplo, para tomar impulso para la creación del Consejo Económico y Social. A su vez, se torna necesario promover un diálogo entre los sectores empresarios o del capital y los del trabajo.

Sería indispensable --y creo que se puede y se debe-- crear el derecho alimentario en la Argentina, para que aquella persona que no tenga ese derecho pueda recurrir a cualquier juzgado y reclamar que se cumpla con esa obligación. Y eso es lo primero que se puede hacer, porque somos uno de los cinco países del mundo que no necesitamos importar energía y, además, exportamos alimentos; no hay más de cinco.

Tenemos una de las praderas más ricas de la Tierra y, con organización y entusiasmo, reclamando además el apoyo de todos los sectores, es posible que se termine con el egoísmo de adentro, ya que tal vez sea difícil terminar con el de afuera, porque las soluciones siempre llegan post mortem.

Si se quiere, que se haga un padrón de familias que tomen a su cargo el alimento de otras familias. Que se busquen todos los recursos y se junten para que todo el mundo coma en nuestro país.

Creo que también es indispensable el tema de la educación y es fundamental para este diálogo.

Hay que concretar definitivamente el incentivo docente y hay que asegurar un salario digno. Si hacemos esto, señor presidente, podremos pedir a nuestras maestras y maestros, que tienen una de las vocaciones más nobles que se pueden tener, que durante el tiempo que dure esta necesidad de preservar la democracia se abstengan de llevar adelante huelgas que, en definitiva, conspiran contra la formación de nuestros niños y las posibilidades de desarrollo de nuestro país.

Creo que es indispensable que nos lancemos a la reglamentación del seguro de salud, con las modificaciones que haya que hacer con el correr del tiempo, y también la de las obras sociales. Creo que es indispensable preservar el Sistema de Reparto para los jubilados y la Prestación Básica Universal.

Digo esto para citar algunos temas que desde luego no pretenden abarcar todo. Se podría decir que no estoy hablando de otros aspectos básicos de macroeconomía, pero creo que estoy hablando de lo urgente, queridos compañeros... --compañeros, correligionarios y colegas--. (Risas.) Creo que esto es lo urgente.

También había hablado de la necesidad de dar respuesta a los reclamos de desesperados argentinos que no tienen para comer, del 40 por ciento que está bajo la línea de pobreza, pero también hay que hablar de la autolimitación, señor presidente. Porque no es posible que haya democracia ni Nación en un país en el que no hay autolimitación.

Parecería que estamos atravesando por un momento que nunca ha vivido la Argentina, al menos yo nunca he visto a la Argentina atravesar por un momento como este.

Hay una prédica falaz y canallesca contra la política por parte del periodismo amarillo que pretende que precisamente la política sea eso, nada más que ineficacia y, si fuera posible, que estuviera llena de miedosos incapaces de dar las respuestas que corresponden en las circunstancias que vivimos.

Desde luego que vamos a hacer lo que corresponda para respetar las garantías constitucionales; nadie está pensando en quitarlas, ni en estados de sitio. Pero es indispensable que nos demos cuenta de que esa autolimitación está también en la Constitución y en la Ley de Defensa de la Democracia. El artículo 22 de la Constitución Nacional lo establece con claridad: limitación incluso para el derecho de reunión. Pero me interesa señalar que por lo menos en la Argentina --y yo parto de la base de que es indispensable la libertad de prensa, así como lo es la libertad que debe tener el ciudadano para poder informarse donde quiera-- es imprescindible tener un código de ética profesional en la prensa, constituido a través de una comisión llevada adelante por hombres del periodismo y empresarios de ese sector. Y esto sucede en todo el mundo. Hay que castigar a estos sinvergüenzas que incitan al odio, a la violencia, que sobre todo hacen antipolítica en el país. No seremos nosotros, estaría mal, pero tienen que ser ellos mismos los que de una vez por todas den las reglas definitivas a través de estos códigos de ética.

He leído mucho acerca de ellos y desde hace mucho tiempo, pero quiero mencionar que existen en Alemania, África, Bélgica, Bulgaria, Cataluña, Croacia, Dinamarca, Eslovenia, España, Finlandia, Francia, Gran Bretaña, Grecia, Holanda, Hungría, Irlanda, Islandia, Italia, Lituania, Luxemburgo, Malta, Noruega, Polonia, Portugal, las repúblicas Checa y Eslovaca, Rusia, Suecia, Suiza y Turquía. Cito estos casos, nada más que para contemplar algunos, porque hay más.

No veo otra forma de respetar la libertad de prensa que promoviendo por parte nuestra y del Poder Ejecutivo, que aquí también haya un código de ética, no para que alguien deje de decir su opinión --que mientras sea opinión está muy bien--, sino para que dejen de decir mentiras, para que no sean canallas.

Y discúlpenme una referencia personal, que no pensaba hacer. Hace poco hubo un periodista de este tipo que dijo que yo gozaba de una jubilación por incapacidad y vejez. Claro, lo que me dolió fue lo de la vejez (risas). Y que además de esa jubilación contaba con lo que ganaba en el Senado.

Yo gozo de un retiro presidencial, que en muchos países del mundo es mucho mayor porque le daban hasta el staff, la casa donde tiene que trabajar, en alguna universidad; le dan los subsidios para que trabaje en bien del país. En otros, se les exige ser senador. Pero ¿saben qué? Del total de ese retiro presidencial, que es igual a lo que gana un miembro de la Corte, menos el 13 por ciento, yo he donado la mitad a la ANSeS. Cuando se bajó el 13 por ciento, yo envié una carta en la que dejaba constancia de que donaba la mitad de mi retiro presidencial a un instituto relacionado con la ANSeS y el PAMI en mi pueblo de Chascomús. Además, el señor presidente sabe que en el Senado de la Nación no cobro un peso ni por dieta ni por viajes ni por ningún ítem. Discúlpenme esta referencia personal que no viene al caso, pero sí creo que es indispensable que terminemos con estos ataques de vándalos contra la política.

No puede ser que dejemos que por algunos --que comprendo perfectamente que los haya-- que se han salido de esta vocación que corresponde a una de las mejores del hombre, se nos pueda involucrar a todos, porque hemos dado nuestra vida, hemos sacrificado a nuestras familias y seguimos siendo pobres, señor presidente. (Aplausos.)

Yo quiero también referirme a otro derecho que no se puede discutir, que es indispensable porque es uno de los derechos establecidos por la Constitución Nacional: el derecho de reunión, el derecho de expresión. La Corte Suprema lo ha dicho muy claramente: deriva del derecho a peticionar a las autoridades, no sólo el de asociarse con fines útiles, siempre que no se atribuyan los derechos del pueblo ni peticionen en su nombre.

Por su parte, la ley de defensa de la democracia que votamos entre todos por unanimidad, establece que serán reprimidos con prisión de cinco a quince años los que se alzaren en armas para cambiar la Constitución, deponer alguno de los poderes públicos del gobierno nacional, arrancarle alguna medida o concesión, o impedir aunque sea temporariamente el libre ejercicio de sus facultades constitucionales o su formación y renovación en los términos legales.

Pero el artículo principal, el artículo estrella en todo esto es el 22, que separa lo de "armas" de lo de "pueblo": "El pueblo no delibera ni gobierna [lo conocen todos], sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o ['o', señalo] reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste, comete el delito de sedición."

Y aquí está pasando esto, señor presidente. Aquí, sobre la base de la desesperación legítima de mucha gente, hay quienes quieren llevar las cosas de una manera distinta en el país para terminar con la democracia y con la política. Nosotros tenemos que dar respuestas a las cuestiones a que me referí al principio, que son las que hacen a la dignidad humana. Pero el Estado, cualquier Estado que quiera ser una nación, cualquier democracia, debe saber que así como tiene que defender a cualquier ciudadano que sea explotado, tiene que defender también a la sociedad de cualquier extralimitación en la ilegalidad que se produzca contra ella.

Señor presidente: si usted me lo permite, quiero leer unas pocas palabras. En mi casa yo conocí todo esto; conocí el dolor de mis padres. Fueron premonitorias las advertencias de Indalecio Prieto en la primavera del 36, antes de la llegada de Franco. Decía que la convulsión de una revolución, con un resultado u otro, la puede soportar un país. Lo que no puede soportar un país es la sangría constante del desorden público sin finalidad revolucionaria inmediata. Lo que no soporta una nación es el desgaste de su poder público y de su propia vitalidad económica, manteniendo el desasosiego, la zozobra y la intranquilidad. Podrán decir espíritus simples que este desasosiego, esta zozobra, esta intranquilidad, la padecen sólo las clases dominantes. Eso a mi juicio constituye un error. De ese desasosiego, de esa zozobra y de esa intranquilidad no tarda en sufrir los efectos perniciosos la propia clase trabajadora en virtud de trastornos y posibles colapsos de la economía, porque la economía tiene un sistema a cuya transformación desde luego aspiramos.

Continúa Prieto: No se diga desacreditando a la democracia que el desorden infecundo es únicamente posible cuando en las alturas del poder hay un gobierno democrático, porque entonces los hechos estarán diciendo que sólo la democracia consiente los desmanes y que únicamente el látigo de la dictadura resulta capaz de impedirlos. Si el desmán y el desorden se convierten en sistemas perennes, por ahí no se va al socialismo ni tampoco a la consolidación de una república democrática, que yo creo que nos interesa conservar, ni se va al socialismo ni al comunismo. Se va a una anarquía desesperada que ni siquiera está dentro del ideal libertario. Se va a un desorden económico que puede acabar con el país.

Pero hay otras interesantes consideraciones que también pido autorización para citar. Una de ellas es de La lucha de los derechos civiles, de Kennedy, hechas durante la crisis de los derechos civiles: Dijo: Mi obligación bajo la Constitución y las leyes era y es hacer cumplir las órdenes de la autoridad legítima con cualquier medio que sea necesario y con la mínima fuerza y desorden civil que las circunstancias permitieran.

Sólo me basta citar a Benito Mussolini. Dijo así: Si en Italia hubiera hoy un gobierno que mereciera tal nombre, sin ninguna demora mandaría a sus agentes y carabineros a sellar y ocupar nuestras sedes. Una organización armada con sus cuadros y reglamentos es inconcebible en un Estado que tiene su ejército y su policía. Por tanto, no hay Estado en Italia. Es inútil. Y, por tanto, nosotros tenemos que llegar necesariamente al poder. De otro modo, la historia de Italia se convertiría en algo inacabado.

Y como afirma ese gran profesor español que enseña en la Universidad de Yale, don Juan Lynch: Una autoridad que no está dispuesta o es incapaz de utilizar la fuerza cuando se ve amenazada por la fuerza, pierde el derecho a exigir la obediencia, incluso de aquellos no predispuestos a ponerla en duda. En la inacción frente a la violencia facista, nazi o proletaria, la incapacidad o falta de voluntad para controlarla, ha estado la raíz del vacío de poder que llevó a la caída de todas las democracias.

Entonces, señor presidente, yo, que confío en que todos coincidimos en estos aspectos fundamentales, aunque podamos variar en distintas soluciones que quieran darse a los problemas; que confío en que el gobierno, el Poder Ejecutivo, y nosotros que somos --como digo-- el pilar del gobierno; que confío en que queremos la democracia y la justicia social, creo que tenemos que aprovechar esta posibilidad de diálogo, no para que la realice un solo sector, sino para que también estemos nosotros, para que también esté el Congreso de la Nación, y para que juntos podamos ver si podemos resolver todos los problemas argentinos, empezando por respetar la dignidad del hombre, empezando por resolver el problema de los que están por debajo de la línea de pobreza, y sabiendo que por muchos años vamos a tener que requerir un esfuerzo de todos los sectores, que tiene que ser equitativo. De nada valdrá tener un acuerdo con los gobernadores ni algún presupuesto aprobado si no nos damos cuenta de esta verdad. El esfuerzo tiene que ser equitativo y tendremos que hacerlo durante algunos años. A condición de que sea equitativo, nuestro pueblo argentino está dispuesto a realizarlo. Pero no podemos --porque casi es una arrogancia-- pedirle a alguien que se esfuerce por algo que a lo mejor considera etéreo, nada menos que por la Nación, si esa persona no puede llevar el pan de cada día a su familia.

Entonces, hagamos este doble esfuerzo. Luchemos para que el gobierno acierte. Ayudemos al gobierno a acertar y ayudemos también a defender las instituciones de la Nación. Luchemos por la libertad, que para que sea libertad en serio tiene que intervenir para lograr la dignidad del hombre. Pero luchemos también por la autolimitación, sin la cual cualquier cosa será una quimera. Será una quimera el apoyo externo, porque como siempre digo, éste llega casi siempre post mortem. Y serán una quimera el apoyo del Fondo Monetario Internacional y el de los sectores de mayor voluntad de trabajo en la Argentina si permitimos que se sigan avasallando así las instituciones de la Nación y denigrando a la política, mintiendo sobre los políticos e incitando a la violencia en la Argentina.

Aprovechemos el diálogo con la Iglesia; diálogo histórico al que ha convocado el presidente de la Nación con monseñor Karlic y con el PNUD de las Naciones Unidas. De esta forma, quizás, evitaremos que algún argentino tenga que pensar que porque las cosas andan mal tendrá que ver qué general le gusta más, qué guerrilla se desarrolla más o qué país deberá elegir para irse a vivir.

Seamos nosotros los argentinos --argentinos hasta el dolor y hasta el sacrificio-- quienes salvemos el país. Hoy tenemos esa responsabilidad, como hombres y mujeres del Congreso de la Nación. Tenemos que trabajar unidos, más allá de nuestras discrepancias que tenemos y más allá de las imputaciones que nos podamos hacer. Debemos unirnos en estas cosas básicas y fundamentales. Discutamos todo lo que deseemos. Pero hay algunas cosas que no podemos discutir, como aquellas a las que me acabo de referir, con todo el respeto y sin pretender adoctrinar a nadie. Simplemente he expresado una convicción que está en el fondo de mi corazón. (Aplausos.)

Sr. Presidente (Maqueda). -- Tiene la palabra la señora senadora Ibarra.

Sra. Ibarra. -- Señor presidente: voy a ser muy breve.

Acompaño el diálogo social porque me parece una iniciativa importante.

Con honestidad y humildad, quiero referirme a algunas consideraciones formuladas por el señor senador Alfonsín, aunque estoy muy lejos de iniciar una polémica. Al contrario; lejos de ello, realmente me enorgullecí el día en que un empleado de esta casa me presentó por primera vez al ex presidente Alfonsín, a quien le reconozco su lucha incansable por la democracia y sus profundas convicciones democráticas, más allá de las disidencias en el ámbito político y de algunas medidas concretas.

Quiero decir con honestidad que no comparto algunas de las cosas planteadas, aunque hubo aplausos. Creo que la degradación de la política que se plantea expresa una percepción de gran parte de nuestro país en el sentido de que hay una camada de dirigentes --no los incluye a todos con nombre y apellido-- vinculados a los sectores de mayor responsabilidad desde la recuperación de la democracia, que han fracasado. Y se trata de una gran parte de la dirigencia política, empresarial y sindical.

Cuando escuchamos "¡Qué se vayan todos!" --que parece un ataque a la democracia--, uno podría interpretarlo como la sensación y la percepción de que hubo un fracaso de la dirigencia respecto del manejo de la cosa pública de este país.

Tengo la sensación de que no es la política la que está degradada. Es una gran parte de la dirigencia la que está degradada frente a la visión de las mayorías de este país.

La gente salió masivamente a la calle a hacer política. Tengo la impresión de que todos aquellos que se acercan con sus cacerolas, los que lo hacen desde las cámaras, los comerciantes, las Pymes, los desocupados y piqueteros, han salido a hacer política y, por suerte, descubrieron que ocuparse de la cosa pública es parte de nuestra esencia de vivir en sociedad.

El enojo es fuerte en un momento en que padecemos entre un 20 ó 22 por ciento de desocupación, que presiona sobre el mercado laboral y lo degrada; donde uno de cada dos niños nace pobre. En esta situación la desesperación empuja. Y cuando la desesperación empuja hay cosas que no se miden.

Por ejemplo, en este momento hay gente que no puede acceder a los Tribunales a pedir que se le protejan sus derechos. Incluso, se le ha cercenado el acceso a la Justicia.

Hemos delegado facultades y los derechos sociales ya no son derechos que permitan ser protegidos sino intereses legítimos que habrá que ver hasta dónde se pueden proteger, pero la desesperación empuja.

En todo caso, más que enojarnos con esa sensación, lo que hay que hacer es canalizarla. Si hablamos de crisis de representatividad, lo que debemos pensar es cómo reformamos no sólo nuestro sistema político sino cómo abrimos canales de participación reales a través de sistemas de democracia directa y semidirecta.

Hoy, una importante parte de la dirigencia cuestionada, con muy poca legitimidad, encuentra canales que a la gente le dan la impresión de que no le resuelven sus problemas. Por otra parte, desgraciadamente, esos resultados están a la vista.

En cuanto a los medios de comunicación, coincido en que desde algunos sectores pertenecientes a ciertos medios hay actitudes muy perversas y contrarias a la democracia.

Siempre en situaciones de desesperación y de degradación institucional y social operan sectores con intereses muy mezquinos.

No quisiera enojarme con los medios de comunicación. En todo caso, como sociedad nos debemos un debate sobre qué política de comunicación y qué medios deseamos para nuestra sociedad. Lo digo porque tanto los gobiernos como los distintos sectores sociales trabajan con las pautas publicitarias acordadas con los diversos medios. Pero se ha permitido la concentración del poder de los grupos en los medios de comunicación y no hemos discutido a fondo sobre una política real para el sector. Coincido en señalar que a rajatablas debemos defender la libertad absoluta e irrestricta de prensa y que cuando discutamos esto no sea solo el código de ética sino una política de medios de comunicación que permitan la participación real. Lo cierto es que cuando hay cacerolas en Billinghurst y Santa Fe, aunque haya quince personas, sale en la televisión, pero en Hurlingham necesitan tres muertos para conseguir el mismo propósito. Aquí hay hegemonías culturales y económicas; la concentración del poder económico, político y cultural que se vivió durante las últimas décadas en la Argentina ha permitido que esto llegara a los medios de comunicación.

Finalmente, sólo quiero decir que las instituciones y la democracia que defendimos a rajatabla deben tener contenidos. Yo creo que la percepción de la gente es que esta dirigencia no ha logrado darle los contenidos que esperaban y por eso se desespera. En todo caso, más que enojarnos con eso, abramos canales de participación para la gente. Pensemos en esquemas de consulta popular y de revocatoria de mandatos. Demos la cara a la participación de la gente, porque esa va a ser la forma del debate democrático, del fortalecimiento de nuestra democracia y de nuestras instituciones.

Más allá de no coincidir con algunos aspectos del discurso pronunciado, aunque sí en otros, señalo que voy a apoyar el proyecto.

Sr. Presidente (Maqueda). -- Tiene la palabra el señor senador Mayans.

Sr. Alfonsín.-- Señor presidente: he sido aludido. ¿Puedo responder?

Sr. Presidente (Maqueda). -- Senador Mayans: si me perdona...

Tiene la palabra el señor senador Alfonsín.

Sr. Alfonsín.-- Quiero aclarar perfectamente, señor presidente, que tengo un capítulo de un libro escrito sobre la participación democrática. Yo creo que cualquier democracia es formal pero también participativa. Para que realmente exista esa participación tiene que haber movilización de la gente y una cultura especial, la cual debe estar dada, sobre todo, por los sectores que desde mi punto de vista llamo de la economía social, principalmente el cooperativismo, el mutualismo y las organizaciones no gubernamentales. Pero no confundo la participación que es indispensable para la democracia, porque es un compromiso que deben adquirir todos para ayudar, precisamente, a los que menos tienen, con un asambleismo caótico o con actos de abrazar instituciones y decir que los van a correr a los diputados y senadores hasta abajo de la cama si no votan el presupuesto que ellos quieren. ¡Esto no tiene nada que ver con la democracia participativa!

Con esto me enojo, y no con la gente que sufre, a la que voy a defender durante toda mi vida. No me enojo con la gente que está sufriendo los efectos de una política económica que yo no lleve adelante. Me he opuesto permanentemente --como lo saben todos ustedes-- a ese tipo de política. Esto no quiere decir que haya sido eficaz ni que haya hecho una gestión como la gente. ¡No me enojo con la gente! ¡No me enojo con los que van a buscar el retiro de sus fondos! ¡Pero no los igualo a los que no tienen para comer! ¡No los igualo!

Desde luego que tienen razones para protestar y que habrá cuestiones realmente graves. Pero aclaremos bien lo que he dicho. Señora, le agradezco mucho sus conceptos, pero a lo mejor me he expresado mal. De ninguna manera estoy en contra de la participación, de ninguna manera estoy en contra del derecho de reunión, de ninguna manera estoy en contra del derecho de expresión, de ninguna manera estoy en contra de la libertad de prensa, pero creo también que tan importante como la libertad de prensa es la libertad que debe tener el hombre para informarse.

La fundación que presido se llama Fundación para la Libertad de Información, que es importantísima porque aquí estamos sufriendo manipuleos. Hay medios que están en manos extranjeras, que están sirviendo a sus propios intereses. ¡Yo sé que no estoy promoviendo un código de ética, señora senadora por la Capital! ¡Yo sé que no estoy promoviendo una solución integral! Porque habría otra manera de defenderse. Pero no estoy planteando ese problema, sino un conjunto de cosas indispensables que hay que tener en cuenta ahora, como cuando nos hacían creer que el sistema financiero estaba consolidado porque los bancos extranjeros eran las matrices. No lo eran. Los bancos seguían siendo argentinos. Los habían comprado. Pero ¿dónde están los miles de millones de dólares que debían haber puesto para resolver los problemas de esta crisis tremenda que sufre nuestro país?

Esto tampoco quiere decir que esté contra los bancos. Son necesarios en cualquier sistema. Pero evidentemente estoy en contra de los abusos, señor presidente. Estoy a favor de la ley, de las instituciones y de la democracia, que no solamente debe defenderse, a veces tienen que atacar. Pero atacar con la ley, jamás con la espada, con el tiro o con el revólver, sino con la ley. Si hay alguien que comete un delito, como vemos todos los días, esa ley tiene que actuar. Aquí no puede tolerarse la sedición, ni que se pregunte cuál es el presupuesto que el pueblo quiere, o que se imponga. Desde luego que sí, que se puede decir y tener una opinión de lo que el pueblo quiere. Todos queremos el mejor presupuesto, el que más ayude. Pero también hay que conocer la realidad y esto no significa resignación, señor presidente.

Así que ya ve, señora senadora por la Capital, no estamos tan distantes, aunque lo parezca. Estamos defendiendo a los que menos tienen pero, al mismo tiempo, también la democracia y la política que se dice degradada. Yo no he visto eso. Veo los problemas que tienen en todos los sectores y veo los problemas que hay en los partidos políticos. Los conozco perfectamente. Siempre han existido problemas en todos los grupos. Pero puedo decir con tranquilidad de conciencia que lo degradante para el país sería que se le otorgara ahora, como se pretende en uno de los proyectos que se han enviado, la posibilidad de que cada ciudadano pueda presentar su candidatura sin partido político. La ley y la Constitución, señor presidente, nos exigen compromisos a los partidos políticos. Hay que rendir cuenta de los ingresos. También hay que presentar los balances ante el juez electoral correspondiente. Hay que tener plataforma, doctrina, carta orgánica, elecciones internas. Eso es la política.

A quienes me vienen a hablar muchas veces de la nueva política, les digo: Dios quiera que estemos en la vieja política de Yrigoyen, Perón, Balbín. Esa es la política, no la que pretenden estos que quieren dolarizar la Argentina, que hablan de la degradación de la política, que pretenden que nos convirtamos todos en esclavos del mercado, donde cualquier limitación o autolimitación es confundida simplemente con dictadura de mercado o del Estado.

Sepamos que necesitamos, además de la libertad de planeamiento, un planeamiento indicativo por lo menos y que se den soluciones en serio a los problemas de los que menos tienen. Que protesten está muy bien. Estoy de acuerdo. Lo que no quiero es que se rompan las instituciones de la Nación. Y les digo con franqueza, señor presidente, que tengo miedo de que estemos ante una situación de esta naturaleza, no porque haya un militar que yo creo que ha recuperado todo el espíritu sanmartiniano, sino por el desorden, el caos y la anarquía que se pueden producir. Y ya hay versiones que hablan de que se están analizando estrategias para casos de caos. De modo que tengamos mucho cuidado todos cuando hablamos de no hacer ni decir nada que pueda seguir provocando ese caos que implicaría la destrucción de la democracia argentina y de los sectores que menos tienen, porque lo viene siempre va a ser peor.

Y mi opinión, para decir todo lo que pienso, es que si cae este gobierno, cae la democracia en el país.









Fuente: Proyecto de declaración de los señores senadores Alfonsín y Maestro por el que se adhiere al llamado a un diálogo social convocado por el señor presidente de la Nación, 21 de febrero de 2002.

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