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lunes, 17 de agosto de 2015

Eduardo Giuffra: "San Martin e Yrigoyen, su destino" (1963)

Cuando en el cumplimiento de grandes propósitos sociales y políticos cambian los hombres el derrotero luminoso que las ideas abren, para tejer en la sombra la urdimbre de sus propias ambiciones, el proceso se retarda, se extravía o sucumbe, y sus autores dejan en el recuerdo de los que posen la vista en las paginas que los consignan, el malhadado escollo que malograra el éxito como un baldón que pesara eternamente sobre la memoria de sus autores. La idea perdura y los que son consecuentes con ella la harán brillar un día en la consumación de los hechos, como la brisa benéfica que aleja la nube que oculta el sol por un instante.

Si quienes militan en una corriente de opinión discrepan con el móvil que los guía se opera, necesariamente, una lucha entre los elementos que deben ser afines, cuyas fuerzas lanza- das entre si, se neutralizan ante el adversario que se supone común, que alerta siempre a las disensiones del enemigo hace lo posible por intensificar su encono, lanzando conceptos impropios contra los mejores para descalificarlos ante el silencio culpable de sus aparentes asociados que aspiran al predominio.
Basta que los adictos al ideal mantengan su fe y su austera disciplina para comunicarles con el fervor de un culto y aquel brillara siempre, porque, como el sol, existe y tiene su destino.

San Martín, genial abanderado del ideal de America mostró su adhesión y temple para imponerlo. No pensamos, como el autor últimamente citado que "no mirase en menos el poder"; pues, en las oportunidades en que pudo alcanzarlo lo rechazo, salvo cuando como medio de conseguir mejor victoria para la causa lo retuvo con aplauso con esa superior mira y le basto en la hora del renunciamiento máximo al penetrar con su sagacidad de verdadero psicólogo una vanidad que pudiera enfrentarse a sus merecimientos, con detrimento de la acción, para cederle paso a sus sospechadas inclinaciones.

Declinar de derechos adquiridos con honor importa revelar la grandeza de alma y en la contienda de dos temperamentos que pueda traer aparejado una grave consecuencia por pretender una de las partes alcanzar una altura que no tiene, el grande es el que se achica. El propósito cumplido suple con exceso, la diferencia salvada y supera la ambición del que con su renunciamiento lo logra. Así se vence.

Los hombres de talla miran más allá y ven lo que no alcanzan los pigmeos, repitiendo la frase de Yrigoyen.










Fuente: Hipólito Yrigoyen "En la Historia de las Instituciones Argentinas" de Eduardo F. Giuffra, 1963.

1 comentario:

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