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miércoles, 22 de julio de 2015

Noé Jitrik: "Laica/Libre o Estatal/Privada" (2009)

Tal vez por un acuerdo previo a la conspiración que se fue gestando entre 1954 y 1955 contra Perón y su gobierno y en la cual la Iglesia desempeñó un papel importante, la llamada “Revolución Libertadora” puso como Ministro de Educación a Atilio Dell’Oro Maini, un conocido intelectual de larga tradición católica. Por un lado, ese reconocimiento concreto parecía lógico y previsible, una suerte de reparación después de los conflictos que había tenido el gobierno peronista con la Iglesia y que, dicho sea de paso, lo había acercado, ideológicamente, tal vez no políticamente, a sectores o grupos de izquierda; por el otro, después del paso de Lonardi por la Presidencia, breve y relativamente conciliador –con el peronismo, no con Perón, con la Iglesia, con los liberales, con los partidos de oposición– tendencias liberales, con Aramburu y Rojas a la cabeza, no ignoraron ese acuerdo pero al mismo tiempo que lo propiciaron intentaron neutralizar el sesgo que Dell’Oro Maini y su gente podían imprimir a la cultura colocando a liberales en lugares que muy pronto entrarían en conflicto con los planes y propósitos de ese Ministro; el mejor ejemplo de esa decisión fue la designación de José Luis Romero al frente a la Universidad de Buenos Aires, emblemática sin duda, tanto del monopolio estatal de la enseñanza como de los enfrentamientos de una década con el peronismo. Algo semejante ocurrió en las otras universidades nacionales del país.

Es historia sabida que ese grupo de universidades y rectores actuó con tal fuerza conceptual, que lo que se puso en marcha a partir de 1955 llevó a la Universidad en general a un lugar excepcional: el desarrollo científico y cultural que se inició no tiene parangón en el siglo XX y fue posible gracias al apoyo de la concepción científica que lo guió, que contó con el apoyo del movimiento reformista en todos sus matices; los estudiantes, incluidos los humanistas, y los graduados, formaron parte de la experiencia, no sólo porque protagonizaron la reestructuración política de los cuerpos de gobierno sino porque intervinieron activamente en la renovación que se había iniciado.

En medio de ese clima, es explicable que el proyecto ministerial de otorgar a las universidades no estatales, privadas pero en los decretos llamadas “libres”, los mismos títulos que eran del exclusivo dominio estatal, cayera como una bomba y generara un conflicto que tuvo manifestaciones públicas de enorme envergadura. Salvo como concesión a la Iglesia, única sostenedora entonces de universidades “libres”, no se entendía el alcance científico de la iniciativa puesto que las universidades privadas existentes no habían demostrado hasta entonces una eficiencia superior o equivalente a la que, pese a todo, poseían las nacionales; se consideraba, además, que otorgar esa licencia desencadenaría una oleada de creaciones oportunistas, sin tradición, dirigidas ya sea a determinados intereses de clase, ya pura y simplemente a lucrar con la educación superior, como estaba sucediendo con la secundaria, primaria y aun preescolar.

“Laica o libre” fue la formulación que tuvo el conflicto, dos términos en apariencia antagónicos pero no demasiado precisos: “laica” era una metonimia de estatal y “libre” ocultaba en realidad el propósito de las universidades confesionales, quizás menos libres que las estatales, de obtener un estatuto semejante al de aquellas. Sea como fuere, los universitarios “nacionales” salieron a la calle, algunos rectores los acompañaron y, puesto que la decisión evidentemente había sido muy meditada por el Gobierno y no estaba dispuesto a echarse atrás, esas tomas de partido dieron por tierra con gestiones muy prometedoras, la de José Luis Romero en particular, que renunció a mediados de 1956. Hay que señalar, no obstante, que las reformas iniciadas en ese breve período –estructura de gobierno, empresas editoriales, extensión universitaria, desarrollo de la investigación, creación de escuelas, y tantas otras– no por eso se interrumpieron; el proceso continuó y es a partir de entonces y hasta 1966 que la Universidad se transformó y se colocó en el lugar excepcional que no hay prácticamente nadie que lo ponga en duda: investigaciones originales, profesionales brillantes, intercambios con el mundo académico de punta en el mundo, cohortes de estudiantes exitosos, el inventario de esa década sería interminable.

El tema no desaparece pero se atenúa un poco en el tiempo de espera que implicó el proceso que se inició en el radicalismo y que tendría diversas, esperables, consecuencias. Ante todo, la división de los radicales a partir del ascenso estelar de Arturo Frondizi como alternativa a la vez progresista, de ribetes intelectuales y críticos, tanto como posibilidad de reconciliación con el peronismo, y luego, simultáneamente, salida de la asfixia que los militares, por presencia y acción, imponían a la sociedad y a sus principales problemas. En la Universidad, no obstante, las armas no se deponían y en el período que va de mayo de 1956 a fines del 57 hubo gran cantidad de manifestaciones, tomas de Facultades y múltiples declaraciones, con la correspondiente represión policial y, sin duda, al mismo tiempo, universidades privadas preexistentes al decreto de 1955, inicialmente confesionales, iniciaron sus gestiones para obtener el reconocimiento ahora previsto aunque no totalmente reglamentado.

Por debajo, se trataba de saber qué posición tomaría Frondizi de ganar las elecciones, sobre todo porque había resultado elegido como Rector de la Universidad de Buenos Aires su hermano Risieri, claramente enrolado en la causa de la “laica”.

Ya consagrado candidato, Frondizi se manifestó favorable al Decreto 6403 en una entrevista publicada en la revista Qué, dirigida por Rogelio Frigerio, quien pronto aparecería como hombre clave en las decisiones del candidato y muy pronto Presidente.

La decisión de Frondizi decepcionó a los sectores intelectuales, académicos y estudiantiles que lo apoyaban; estos sectores imaginaban que, de acuerdo con su historia, optaría como lo había hecho su hermano, pero no fue así. En el debate que se originó, público y privado, Frondizi y quienes inspiraban esta posición presentaban la cuestión no como voluntad de hacer una concesión a la Iglesia y al gobierno militar sino como una necesidad urgente, una parte de la estrategia desarrollista que se había convertido en el concepto básico del programa de un gobierno futuro. Consecuente con ese punto, no tanto quizás con otras formulaciones de campaña, el Gobierno elegido en febrero de 1958 e instalado en mayo, envió al Congreso a fines de setiembre, o sea muy rápidamente, un proyecto de Ley que fue aprobado por ambas cámaras en octubre con el número 15.557 y que fue conocido como “Ley Domingorena”, apellido del diputado que defendió el proyecto, antiguo militante reformista. Como protesta por el tratamiento legislativo de la iniciativa hubo frente al Congreso una manifestación calculada en 300.000 personas, cifra nada despreciable para entender la importancia social de este conflicto. Obviamente, esa presencia no puede desligarse del clima de extrema politización propio de la época y en la cual los estudiantes y las clases intelectuales eran entusiastas y decididos protagonistas.

No obstante el triunfo del privatismo, tanto en el período de debates previo a las elecciones como aun algún tiempo después, los sectores que habían sostenido la candidatura de Frondizi no le retiraron su apoyo de inmediato, aunque siguieron manifestándose por la Universidad estatal, que enfrentó esta naciente competencia mediante políticas académicas y científicas de las que el Estado, y la sociedad, se siguieron aprovechando como había ocurrido tradicionalmente pero ahora con un aporte más creativo y dinámico, de gran trascendencia científica y cultural.

Por otra parte, la Ley abrió la puerta al surgimiento de nuevas universidades privadas que, dicho sea de paso, reclutaron sus docentes en las nacionales y, pese a cierta resistencia del Congreso a concederles el derecho a validar los títulos –privilegio que posteriormente obtuvieron–, se produjo una proliferación de iniciativas, muchas exitosas en cuanto a la posibilidad de funcionar, a tal punto que muy pronto pudo constituirse el “Consejo de Rectores de Universidades Privadas”, homólogo al de las universidades públicas, con parecidas si no iguales oportunidades de hacerse escuchar en materia de política universitaria. Y, para quienes pensaban que se estaba lejos de producir los científicos, profesionales y técnicos que el país necesitaba, la realidad confirmó sus apreciaciones pues muy pronto se verificó que actuaron con grandes limitaciones, tanto humanas como instrumentales. Tal vez a la hora actual las hayan superado en alguna medida o en algunos aspectos; el hecho es que todavía los productos de las estatales tienen más valor, a pesar de las notorias dificultades por las que atraviesan y que generan los conflictos que en ocasiones las demoran o paralizan.

A medida que surgían universidades privadas, la conflictiva formulación“laica/libre” fue perdiendo sentido por la simple razón de que muchas de ellas no eran confesionales, eran y son empresariales unas cuantas y pragmáticas o técnicas otras, cuando no sucursales de universidades extranjeras; lo que, en cambio, subsistió, fue la expresión “estatales/privadas”, que expresa mejor la naturaleza del conflicto.

No cabe duda de que este enfrentamiento es muy representativo de lo que aconteció en el país; para algunos fue algo así como la contraparte de lo que significó la “Reforma Universitaria” de 1918, aunque la Universidad se había reestructurado según los principios que la guiaron pero, además, históricamente, el episodio se integra al dinámico y dramático escenario de una época con muchas promesas y correlativas frustraciones.

Los cincuenta años transcurridos pueden permitir ver mejor lo que eso fue y lo que queda de una situación que conmovió al país en un momento de una expectativa de cambio que se sigue todavía, y una vez más, esperando.









Fuente: Los Frondizi "Manifiestos y correspondencia para un croquis de siglo XX" (2009)


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