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lunes, 22 de junio de 2015

Siluetas parlamentarias: "Aristóbulo del Valle" (1886)

Será cierto que cada uno de nosotros no es mas que una percepción relativa de algo absoluto que se llama el hombre?...

La originalidad de las teorías de Schopenhauer me seduce y encanta.

Demonio! con que ni mi abuelo ha muerto, ni yo moriré jamás, porque prosigo la encarnación, que continuarán mis descendientes, de una entidad inmortal que figura en el reino zoológico con el nombre de «especie humana»?

Pero no me satisfacen las consecuencias que surgen de las doctrinas del filósofo predilecto de los suicidas.

Y sinó, escuchen ustedes:

Ese diputado que ocupa tal banca del Congreso, confundido entre la izquierda ministerial, es don Agustín Cabeza, don Rubén Ocampo, ú otro legislador tapiado de idéntico jaez.

Pues, aunque parezca raro, esos modestos diputados son, según Schopenhauer, el testimonio elocuente de la inmortalidad del hombre.

¿Quién afirmará que el hombre muere, aun ante los huesos de los millones que nos han precedido, cuando á través de los siglos se nos presentan ejemplares corpulentos de esos organismos semovientes?...

¡Cuánto consuelo encierra tan desconsoladora metafísica!

E pur —imaginen mis lectores que, segun mi catetómetro analítico, resultase que el mas menguado de los congresales de voto tiene la misma estatura política de uno de los mas brillantes de nuestros oradores parlamentarios.

Se diria que mi instrumento, ó yo, ó ambos, no servíamos para maldita la cosa.

Lo que pasa con las teorías precitadas. Nos conducen á este corolario absurdo: Aristóbulo del Valle es tan percepción de la humanidad como cualquiera de sus negativos parlamentarios.

Todo puede, empero, ser susceptible de progreso. La metafísica, por ejemplo. Procuraré entonces dar viabilidad á las doctrinas «contra la vida» del sabio Schopenhauer.

Comenzaré.... Todo país tiene su tradición parlamentaria. Entiendo por tal concepto la serie de monumentos que inteligencias patrióticas han ido construyendo en los campos estériles del despotismo ó floridos de la libertad, que han sido hollados por un pueblo.

Admito que toda colectividad tenga cuenta corriente con cada repartición del génio humano.

Por ejemplo, la partida Elocuencia ha existido, desde la disertación de Castelli sobre la caducidad del poder español en América, hasta el discurso de Del Valle sobre los fueros de la Imprenta en nuestro país.

Podria, pues, exclamar, parodiando al filósofo:

«Ese hombre que veis de tez morocha, espresivos ojos, picado de viruela, rostro grande y simpático, nariz recta, y nazarena barba, es un orador parlamentario! Muchos le habrán precedido con no menor fama; pero en realidad no han muerto. Cada uno de ellos fué lo que aun subsiste en esa abultada y atrayente envoltura mortal de algo perdurable y eterno!...»

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O main de l'impalpable! ô pouvoir surprenant!
Mets un mot sur un homme, et l'homme fris-
(sonnant
Sèche et meurt, pènètrè par sa force profonde!
Creo que de las obras de la oratoria podria decirse lo que La Bruyére de los libros:

«Cuando una lectura eleva vuestro espíritu, cuando os inspira sentimientos generosos y grandes, no procuréis encontrar otro criterio para juzgar del mérito de la obra: ha de ser buena, y de mano maestra».

Escuchando al doctor Del Valle en el Senado, uno siente algo como ese frio en las carnes que retempla la fortaleza del ánimo y oprime en el corazón las arterias del sentimiento: ese hombre es elocuente, sin duda alguna.

Gallo, Estrada, Goyena, son también oradores elocuentes. Recuerdo haber indicado cómo el segundo suple, con los resortes patéticos, la escasa estensión de sonidos agudos en su registro vocal.

Y en esta cualidad, Del Valle es mas acaudalado que Gallo y Goyena.

Tendrá este mayor fluidez en la espresión, y redondeará aquel los párrafos con elegancia mas seductora; pero no siempre conseguirán los efectos oratorios del ilustrado Senador por Buenos Aires, quien, como Avellaneda, tiene en sus órganos vocales el diapasón cuyo resonador es el corazón de las multitudes.

Del Valle es uno de los escasos tenores de nuestros anales oratorios. Me refiero á ese elemento que se llama «espresión del orador».

Solo tiene rivales en cada una de las múltiples facetas de su oratoria: Avellaneda lo fué en su mímica y en la densidad del pensamiento; Goyena lo es en la impetuosidad de la improvisación; Gallo, en la esbeltez de los párrafos; los Várela en la vehemencia de la elocución; Estrada, en el vigor de los raciocinios; Sarmiento, en la originalidad, y Mitre en el prestigio popular de la palabra.

Por lo demás, Del Valle tiene, como Quintana y Rawson, una confianza ciega en sus recursos intelectuales y fónicos. En estos últimos desearía tenerla el doctor Alem!...

Y á propósito. Con los tres últimamente citados, tiene también sus puntos de contacto el doctor Del Valle.

Con Alem, por la sinceridad y honradez de su palabra; con Quintana por la robustez de la dialéctica, y encanto de la exposición; y con Rawson, por la dignidad y erudición de sus elocuciones.

También.... Pero basta de comparaciones, y discúlpenme los demás oradores, que no se trata de un desfile, sino de meras determinaciones cualitativas, para las cuales necesitaba algunos puntos de mira, como cuando se trata de una nivelación matemática.

Recapitulando sobre las cualidades oratorias de del Valle, puede afirmarse que su género es mas próximo de la persuasión que del convencimiento.

Encierra lo que Ennio atribuia al brillante Cornelio Cethego: suadae medulla —el alma de la persuasión!

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El doctor del Valle comenzó á flotar como hombre público en las memorables campañas electorales del 73 y 74.

Contribuyó, como Alem, Eugenio Cambaceres, Irigoyen, Rocha, Luis Varela, Saenz Peña, López, Cané y tantos otros, á constituir aquel núcleo vigoroso que, rodeando al malogrado Adolfo Alsina, sirvió de instrumento histórico contra el prestigio político del vencedor de Pavón.

En aquel partido denominado «autonomista,» del Valle puso á prueba su talento en las asambleas populares y legislativas, así como en el periodismo; su actividad en las operaciones del comité político, y su valor en las cruentas refriegas del comicio.

Hombre de inteligencia y de acción. Del Valle desempeñó sucesivamente con brillo y con firmeza los cargos de Convencional, Diputado y Ministro de Gobierno en la Provincia de Buenos Aires.

En 1867, acompañado por Cárlos Keen y Cárlos D'Amico, ya habia comenzado á ser conocido como periodista de expresión fogosa, contundente dialéctica y galano estilo, desde las columnas de EL NACIONAL, diario al que permaneció fiel en los intérvalos posteriores de las agitaciones de su vida pública.

Vino la conciliación de aquende el Plata, saludada con tanto alborozo y con mayor entusiasmo que la contemporánea de allende...

No puedo detenerme en el análisis de las pasiones que fermentaron en aquel episodio de nuestras contiendas electorales: tuvo su capítulo final sobre la tumba de Alsina; y las jornadas de 1880 formaron su sangriento epílogo!...

Del Valle y los alsinistas que habían levantado su candidatura para Gobernador, no estuvieron de acuerdo con aquella política de olvido, de fraternidad y de circunstancias: prodújose el cisma, y Del Valle, Rocha, Pellegrini, Alem, López, Saenz Peña, Irigoyen, Uriburu y demás miembros de la juventud activa del partido alsinista, organizaron la famosa fracción «republicana».

Les sucedió lo que Alsina habiales profetizado: «¡Ay de ellos! desgraciados! los arrastrará el torrente!»

No desaparecieron, empero, pues en 1880, y desdeñando alistarse en los grandes bandos, se agruparon en torno de Sarmiento y de Irigoyen.

El nudo electoral fué cortado á filo de espada; y Del Valle entró con los vencedores... ¿Veleidad? ¿Cálculo? ¿Imprevisión?.... Examino los hechos sin penetrar en las intenciones. Meses después, los republicanos formaban en las filas de la oposición.

No hay cargo sério en las líneas que preceden. Conozco al distinguido sanador, y consta á todos que abriga sentimientos elevados y patrióticos.

Pero ¿quién no se estravía en medio de los torbellinos de ambición que invaden nuestro mundo político, como aquellos de seres humanos con que pobló su infierno la fantasía del Dante?...

El político, mas que el hombre privado, se encuentra sometido muchas veces á tensiones contrarias, y termina, —ó por debatirse en la desesperación, —ó por hundirse en el desfallecimiento, —ó bien se torna revolucionario,— cuando no contemporiza, midiendo prudentemente las consecuencias probables de sus actos.

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Durante los primeros años de la guerra del Pacífico, éramos los argentinos, mas aperuanados que los mismos peruanos.

Deseábamos de corazón que los descendientes de Pizarro deslomasen á los de Almagro, en conmemoración de la primera lucha de hace siglos, entre ambos conquistadores.

En realidad, nos parecía que otros nos evitarían la probable empresa de poner panza arriba á la robusta anguila ultrandina del Pacífico.

Pero el Héctor marino de la Troya de los Incas sucumbió con su famosa nave; y nosotros, aliados de corazón, tributamos grandes honras fúnebres á la memoria del valiente Grau.

Hubo un funeral religioso, y otro literario... El panegírico del segundo fué encomendado al Dr. del Valle.

Y en aquella hermosa oración fúnebre, su fama de literato, divisada á través de sus discursos y de sus editoriales, se exhibió nue, sin ocultar uno solo de sus encantos.

No se dedica, empero, al cultivo de las letras, podando su propio ingenio.

De ahi que sus raras producciones denuncien el esfuerzo poco ejercitado del maestro.

Deja las huellas del buril, lo que no pasa con los camafeos salidos de los talleres de literatos en constante actividad.

Y es lástima, porque las obras literarias de Del Valle tendrían no menos brillo y originalidad que las conocidas de Lopez, Muñoz, Cané, Cambaceres, Groussac y demás buenos prosistas del Rio de la Plata.

Pero observo que estoy reincidiendo en el pecado que me criticaron cuando escribí de Eudoro Avellaneda: dedicar párrafos á lo que puede hacer y no hace.

Es que eso tendia á poner en relieve ciertas cualidades del hombre..,. Como aquí, pretendo dar una idea de la fertilidad de un talento, cuyas aptitudes literarias no solo se transparentan en sus artículos periodísticos, en sus discursos parlamentarios, en sus informes judiciales y en sus arengas populares, sino tambien en su refinadísimo gusto artístico, y en la seducción de su charla, sencilla pero sólida y agradable, como una joya inglesa.

Un amigo no encontraba palabras con que ponderar el caudal de buen gusto artístico que contienen los lienzos y bronces adquiridos por Del Valle en su viage al coptinente europeo.

Y ese buen gusto, esa afición artística, forman el foco cuyos resplandores combinan juegos de luz en la charla que desborda en los labios del simpático leader de la oposición en el Senado.

De mi primera visita al Dr. del Valle conservo un recuerdo mixto: grato por la sensación de la proximidad de tan excelente espíritu; desagradable por las causas que me hicieron abandonar mí butaca en la mitad de la función.

Mi introductor cometió la barbaridad de señalar para la presentación, la sobremesa de no recuerdo qué festejo, celebrado con intemperancia de templarios en el Café de Paris.

Todo fué bien al principio; pero la viveza de la charla, y la amabilidad obsequiosa del visitado, echaron á perder el debut.

Para evitar los tomates del público, que ya coloreaban en las mejillas, «hubo que tocar espiante», como dicen los compadres.

Uf! El solo recuerdo de aquel four me ponia de colores, y me hacia evitar todo encuentro con el Dr. Del Valle.

Pero lo política me puso nuevamente á su alcance, y su risueña afabilidad no dejó señales del temor de una «malísima impresión» respecto de mis aptitudes de visitante

Cá! la bondad de Del Valle es característica. Suele llegar hasta los límites de la abnegación. En 1871 compartió con los miembros de la Comisión Popular los peligros de aquella cruzada contra una peste mortífera.

Eso como hombre. Y como orador? como caudillo? como político?.....

El Dr. Del Valle recorre la segunda mitad del viage humano hácia el resumidero panteista del sepulcro. Según Campoamor, es cuando hacemos mejores cosas.

Quedo á la espectativa.








Fuente: Diario El Nacional “Siluetas parlamentarias” (1886)

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