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domingo, 7 de junio de 2015

Horacio Oyhanarte: "El cuarto poder" (1916)

Hacer el proceso del régimen y silenciar las responsabilidades de la prensa sería guardar con respecto al mal, la misma actitud que ella ha asumido con respecto al bien.

La prensa, el cuarto poder del Estado, como le calificaba Lord Marfield, debe ser algo más que un cartel de anuncios y una empresa industrial. Debe ser lo que decía Benjamín Constant,'una tribuna ensanchada y engrandecida". No se concibe un órgano de publicidad sin que sea órgano de algo: de un anhelo, de una causa, de un doctrinarismo, de un error, de una utopía.

Si sobre el blanco de un papel de diario, ennegrecido por la migración de las letras de imprenta —hormigas fatigosas que sudan su labor. —no se concreta un credo y propósito de mejoramiento común, ese papel no es un periódico, esa página no es un estandarte civilizador, esa hoja no es más que un avisador mercantil, una página de anuncios y de remates.

Sin la virtualidad de un idealismo, un periódico es un párpado cerrado en la noche.

¿Qué ha hecho nuestra prensa en los treinta años de absorción del régimen? Apoyarlo, defenderlo, apuntalarlo.

Son, pues, sus responsabilidades comunes, y no se puede condenar al régimen y absolver a la prensa sin cometer una evidente injusticia y una cobardía aun más evidente.

La verdad es que nadie se atreve con la prensa.

La prensa en esta sociabilidad pesada nuestra, en que todos cubren su jornada premiosamente, no todos se dan el trabajo de juzgar por impresión propia por lo que la pupila avizora descubre en los fenómenos y en los hechos. Muchos necesitan del juicio exteriorizado, de la opinión ofrecida a la mente como un manjar al paladar.

Así la prensa hace el juicio en la relatividad de ciertas cosas y de ciertas gentes; actúa en el cerebro de cierta mayoría como los jugos gástricos en los alimentos.

La prensa crea y abate famas; coloca una causa, o un orden general de ideas, o una doctrina política, fuera de la ley; decreta lo que en las legislaciones antiguas se llamaba la muerte civil. En nuestro país, donde no existe, el delito de lesa majestad existe este otro más grave, porque es la muerte por consunción, por agotamiento, por el silencio: el delito de lesa prensa. Es el que estoy cometiendo con estos comentarios, que me los dicta la verdad y me los sugiere el patriotismo.

Por eso se explica que la infinita generalidad de los hombres y de los partidos transijan con la prensa.

El periódico—institución moderna—ha nacido como resultante del progreso científico, del tráfago bulicioso y tumultuoso de las ideas y de las doctrinas, es hijo directo de la discusión y del libre examen, ¡Guay, empero, de quien se atreva a discutirlo y no quemarle la mirra que él ha gastado agitando su incensario en las crujías del régimen, en los despachos presidenciales y en las antesalas de los ministerios!
Así es cómo esos colosos del diarismo argentino viven—hay que confesarlo—en una precariedad de opinión realmente aflictiva.

Al pueblo no se le engaña ni se le mistifica. Se dirá: ¿por qué el pueblo alimenta a estos monstruos que han de devorarle, como Neptuno a sus hijos?

¿Y, acaso, puede la gente prescindir de la información universal; de los valores de la bolsa? ¿Del precio de los cereales y de los ganados: de la venta de tierras y de tantos otros servicios de orden material como el periódico transporta en sus columnas?

Diarios hay que imprimen cien mil ejemplares que se difunden por todo el país, y que si pretendiesen convocar al pueblo con un objeto cualquiera, desde el más trivial hasta el más trascendente, no reunirían doscientas personas. A las veces es cierto, han reunido muchas más, en aquellas oportunidades en que el pueblo ha ido a pedirles cuenta del mal uso que hicieran de su fingido apostolado, en manifestaciones hostiles que terminaban con algunos vidrios rotos.

Las nuevas generaciones argentinas deben ir acostumbrándose a perder la timidez frente a estos milodones encascarados en su propio extravío y que han hecho tanto y tanto mal a la República. Corifeos del régimen no han tenido un solo impulso generoso para combatirlo, y cuando han esgrimido la protesta no ha sido por sinceridad y patriotismo, ni por hacer escuela, ni por atacar un orden corrompido de cosas, sino haciendo puntería sobre la cabeza de algún hombre, desahogando el rencor personal o tomando revancha de algún desahucio.

Nuestra prensa es así la creadora de una escuela personalista y rencorosa. Ella jamás ha discutido principios, sino hombres, no admitiendo tampoco a su vez que se le juzgara. Los que han tenido esa independencia de espíritu, primaria en una democracia y en una organización de hombres libres han sido excomulgados.

Vigías de la intolerancia, han escrutado los horizontes para abatir a los que se mantenían erguidos.

Si por ella fuera el país estaría reducido al común denominador de una sola complicidad. Esta es la escuela de democracia que han propalado desde sus columnas huérfanas de solidaridad nacional estos voceros no escuchados, predicadores en el desierto y en la justa y merecida indiferencia.

Sabemos que la prensa está tan acostumbrada a la impunidad, que se ha de maravillar no encontrar en estas líneas las inevitables cortesías y los interesados elogios.

Pero es bueno que ella escuche alguna vez la voz de la verdad y que, mirándose en la pureza sin agravios de este juicio, vea que no puede como Narciso, según finge en sus propios juicios y ditirambos estar enamorada de sí misma.

En el proceso de la descomposición nacional, la prensa tiene una responsabilidad tan grave, tan inexcusable, que fuera pueril no concretarla, siquiera sea con el propósito elevado de que las cosas empiecen a cambiar, de que el país vuelva a tener su prensa de antaño, brava y decidida, que se perdía muy a menudo en el apasionamiento, pero que jamás acampaba en la coparticipación.
En esto también hay que restaurar y desde muy hondo, y para ello se necesita la diestra de Júpiter.

La prensa comenzó a descalificarse después del noventa, perdió los atributos de su apostolado y formó sumisa en la farándula de los que acompañaban al régimen.
Hay que remontarse a antes de esa época para encontrar a la prensa argentina, pobre como un predicador, andrajosa, viviendo en bohardillas sucias y sin luz, —porque dijérase que hasta la del ambiente se gastaba en las columnas viriles y aguerridas, formadas en escuadrón, como un ejército en marcha.

¡Y era el ejército de la verdad y de la justicia!

Su arrojo era propincuo de la montonera y en sus páginas cargadas hasta el tope de ideas, vibraba el espíritu de la nacionalidad; se resumía en sus hojas como en una síntesis, se agolpaba en sus artículos como en una nube, para llover desde lo alto.
La prensa habitaba entonces en casuchas abiertas a la intemperie, por donde el viento y la verdad circulaban alegremente. La prensa de entonces era pura alma y poco cuerpo. Tenía el revestimiento carnal del Nazareno, —el semblante pálido que trasunta las hondas vigilias las hambres largas; las pupilas insomnes perdidas en lo infinito, dialogan de en contradichos de luz con las estrellas.

En sus páginas abiertas como un surco sobre el país díscolo y bravo, escribían: Sarmiento, Rawson, Goyena, Estrada, los Gutiérrez, Alberdi, Alem, del Valle, los Várela, escuadrón invicto que el pentélico debiera inmortalizar como un grupo de sembradores y de sableadores inscribiendo en la base inalterable de granito referido al pueblo, aquel verso de la canción griega que murmura la cabeza cortada de Klephte:

"Come, ave, aliméntate de mis fuerzas, aliméntate de mi valor y tu ala adquirirá la longitud de un ana y tu garra la de un palmo”.

Esa era nuestra prensa, penacho de luz sobre un cerro bravio, plumón mosquetero sobre una frente infanzona. A las veces como Don Quijote, el imperturbado andante, ella también sufría sus extravíos, daba en las astas de los molinos, decapitaba títeres, acuchillaba pellejos y se manchaba con su sangre apócrifa. Era el extravío bendito de los ilusos, de los aventurados, de los que viven sobre Rocinante deshaciendo entuertos, peleando por la verdad, cayendo por los infortunados.

El viejo Sarmiento llevaba diariamente con su paso de buey cansado y sañudo, siendo presidente, su carga, su pedazo de bloque andino, para arrojarlo desde las columnas de El Nacional como desde una honda a los adversarios. Alberdi negreaba su esfuerzo en las planas fecundas, y cuando se enrojecía hasta la polémica, era como un héroe de la Iliada; se le adivinaba se le presentía por el número de los enemigos derribados. Rawson llevaba también su carga tesonera. Aquel gran tribuno fue también un gran periodista. ¡Y cómo cambian los tiempos!

Vaya de paso una anécdota, para que se sepa, o se rememore, ya que muchos lo saben, cómo hacía patria aquellos hombres sanos y buenos, talentosos y sacrificados.

Rawson después de haber actuado treinta años en la vida pública del país, se encontraba en la misma respetable pobreza amiga inseparable que le acompañara desde San Juan.
En justiciero homenaje a sus servicios y a su mérito, el Congreso sancionó una ley dándole un pequeño subsidio para que fuera a Europa.

Rawson no quiso aceptar pero sus amigos se lo exigieron.

Hablando, antes de su partida, con el doctor Bernardo de Irigoyen, le dijo amargamente:

“Me voy, doctor, porque en nuestro país empezamos todos a degradarnos; ya ve: hasta yo he aceptado la pensión”.

Desde Europa escribía a uno de sus discípulos preferidos. Alberto P. Martínez:

''Muy triste estoy con el aspecto ingrato que presenta nuestra patria en sus luchas políticas actuales. Cada día se siente más la degradación moral en que vamos cayendo y que viene acentuándose en proporciones alarmantes.
"No sé a dónde iremos a parar; pero, si sé que cada administración va dejando en pos de sí una masa de corrupción que infecta como escuela la masa social.
''El único consuelo personal que me queda en esta vida que se acerca a su término, es que nunca he perdido la oportunidad de juzgar y condenar con todas mis fuerzas esa perversión funesta del sentido moral."

¡Qué ejemplos, qué hombres!

Y decía bien Rawson ; en aquellas horas empezaba el declive; era como si hubiéramos alcanzado la cúspide y emprendiéramos el descenso de la montaña dolorosamente, cabeza abajo. Pero lo que el altivo sanjuanino visionado de cumbres nativas, no se
Hubiese sospechado ni habría creído en su ingénita probidad, eran las cosas que nos reservaba el porvenir.

Percibió el declive, pero no sospechó el abismo hasta el cual habían de rodar en torpe confusión hombres, calidades, cosas, instituciones.

Mientras la prensa ha victoreado al régimen, ha guardado para la reparación la clausura más completa y persistente. Su arma para combatir al gran idealismo argentino ha sido la conspiración del silencio.

Como Sancho en la conocida escena, ella ha paseado en puntillas por el país anarquizado, con el índice en los labios. No había que despertar al pueblo: era la consigna cartaginesa, —sin saber que el pueblo estaba despierto velando su propio infortunio y expiando el momento de caer sobre los fementidos.

La conspiración del silencio, —ese tartufismo compuesto de hipocresías y de envidias, de pobrezas morales y de miedos: he ahí el arma esgrimida contra el pueblo por los signatarios del cuarto poder;por los voceros de la prensa libre.

Los abanderados de la prensa reparadora han vivido, — ¡pero han vivido! — excomulgados por el diarismo cómplice. En sus columnas atildadas se deslizaba más fácilmente un error de ortografía que sus nombres.

El pueblo los voceaba en la plaza pública, los aclamaba en el congreso en horas solemnes y creadoras; les entregaba sin reservas su destino; pero si se busca su trayectoria luminosa en los órganos de publicidad coetáneos a esos acontecimientos, no se encontrará en ellos otra repercusión que la de un significativo silencio.

Cuando Alem paseaba como el último de los Gracos, el gran sol de su alma republicana,—desvelado e insomne, jadeante y trágico,—por sobre los linderos de la Nación conmovida, la prensa le llamaba despectivamente ocultando una calumnia postuma, el caudillo del poncho colorado!

Necesitó caer; necesitó sacrificarse como Catón por la libertad de su patria, entrar a la tumba para salir espiritualizado en gloria; necesitó no estorbar a nadie no interponer entre los mentecatos y el pueblo la sombra de su alma inmensa, —para que los mismos que le habían amargado la vida, le hicieran la más estruendosa de las apoteosis.

¿De qué le indemnizará al pobre caudillo en su confinación de sombra y de podre este aplauso que rompe su eco contra su sarcófago?

Y se adivina todavía en la intención de las laudatorias tardías más que el anhelo de la justicia póstuma, el deseo de restar méritos al que vive, al que ya proyecta su silueta pensativa y férrea, en los murallones perennes de la historia.

Por eso hay que escribir estas verdades. Por eso hay que mostrar a la luz del día este perfil romano, sobre el cual han proyectado sombra y silencio durante treinta años, los aliados y los corifeos del régimen.












Fuente: El Hombre del Diputado Nacional Dr. Horacio Bernardo Oyhanarte, 1916

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