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martes, 9 de junio de 2015

Félix Luna. "Frente al horror de la picana" (24 de febrero de 2005)

Cuando uno es víctima de torturas, siente el castigo en su pellejo, pero también una humillación, una indefensión y un estado de inferioridad que degradan y angustian el ánimo. A veces miro retrospectivamente los días y las noches que pasé en prisión, y creo recordar que mi ansiedad tenía que ver con la defensa de mi propia dignidad y una lucha para no dejar que se abatiera el autorrespeto. Pero esta lucha, esa defensa, son difíciles propuestas cuando uno enfrenta el horror de la picana.

Me detuvieron el 1º de agosto de 1951. Yo había pasado la noche anterior en Avellaneda, asistiendo a la convención que proclamó candidatos de la UCR a la presidencia y vicepresidencia de la Nación a Balbín y a Frondizi. Estuve con amigos, escuché los discursos de los candidatos y antes de volver a mi casa llamé por teléfono para avisar que en un rato estaría allí. Una de mis hermanas me atendió y me dijo, casi en lenguaje cifrado, que esa noche había estado la policía buscándome. Quedé alelado. Volví adonde estaban mis correligionarios, pregunté un poco y al rato alguien me avisó que Emilio Gibaja estaba detenido desde el día anterior. Bastó este dato para deducir de dónde venía el problema. Una semana antes, él y otros compañeros habían estado en casa organizando una volanteada en apoyo de los ferroviarios en huelga. Era una operación común entre las actividades del Centro de Estudiantes, pacífica y rutinaria. Yo había ayudado a preparar los paquetes, pero no había ido porque no tenía lugar en el automóvil del compañero uruguayo que llevaría al grupo a alguna estación ferroviaria donde se haría la panfleteada. Bien: si era eso -pensé-, se trataba de algo tan insignificante que no podía convertirse en motivo para sentirme perseguido. No íbamos a tirar bombas ni a hacer sabotaje, sino a arrojar unos impresos conteniendo la solidaridad de la FUBA con los fraternales en huelga.

Mientras regresaba a Buenos Aires decidí presentarme a la policía, tomando algunos recaudos. No quería que volvieran a molestar a mi familia ni me parecía lógico convertirme en un prófugo por semejante zoncera.

* * *

De modo que aquella tarde, mal dormido como estaba, sin regresar a casa, fui al Departamento de Policía, a la oficina de Orden Gremial, donde estaba radicado el expediente, según habíamos averiguado. Desde luego, se había comunicado a los abogados del partido, Ricardo Mosquera Eastman el primero, que me presentaría voluntariamente.

Me recibieron con corrección y dijeron que tenían que tomarme declaración en una comisaría de Boulogne, en la provincia.

-¿Por qué Boulogne? -pregunté, extrañado.

-Porque allí se cometió el delito -me respondieron.

La palabra "delito" me sonó rara y exagerada. Por represivo que fuera el régimen gobernante, la panfleteada distaba mucho de ser un delito. Ignoraba yo, a pesar de mi flamante título de abogado, que la investigación policial se relacionaba con un presunto "delito contra la seguridad del Estado", una figura penal sancionada por el Congreso meses atrás, que imponía penas tremendas a los responsables de cualquier hecho que un juez pudiera considerar como capaz de poner en peligro la seguridad pública. Virtualmente, cualquier cosa podía caer en la categoría de "delito contra la seguridad del Estado", pero, además, los procesados según esta ley no gozaban del beneficio de la excarcelación ni de la libertad condicional: una vez presos seguirían presos hasta el fin del juicio, aunque después de varios años de detención se estableciera su inocencia.

* * *

Subimos a un auto y me llevaron a Boulogne, un viaje de media hora. Durante el trayecto charlamos de cualquier cosa con los canas, que en realidad nada tenían que ver con la investigación. Llegamos a la comisaría y, entonces, el clima distendido del viaje cambió totalmente. Me hicieron dejar en un mostrador todo lo que llevaba encima, dinero, llaves, agenda, y me ordenaron sacarme el cinturón, los cordones de los zapatos y hasta los anteojos. Los que me trajeron se habían ido después de haberse hecho firmar el recibo. Entre el recibo y el expolio, empecé a sentirme un preso, un simple preso sujeto a todas las arbitrariedades imaginables. Luego, sin atender a mi pedido de que al menos me dejaran los anteojos, me empujaron al interior de la dependencia policial, tan fea e impersonal como cualquier otra. Atravesamos una oficina grande, un patiecito, se abrió una reja, me indicaron un corredor con puertas metálicas a los costados y con un ominoso ruido de llaves abrieron una de ellas.

¡Qué curiosa la naturaleza humana! ¡Cómo se busca el menor detalle para mejorar una situación de total derrota! Mientras me empujaban suavemente para que entrara al calabozo, uno de los que me llevaban, un agente de uniforme con cara de monito y acento correntino, me dijo:

-Entre, doctor... Y este trato me hizo sentir mejor; por una fracción de segundo sentí que algo insignificante de mi decoro se había salvado. Entré y vi en la penumbra del calabozo a tres muchachos tirados en el suelo: Gibaja, José Azarola y su hermano.

* * *

Con voces transidas, en un susurro, me contaron. Dos días antes, el sábado, la policía había detenido a Azarola, dueño del auto desde donde se tiraron los panfletos en la estación de Boulogne. No había sido una hazaña del ingenio policial: simplemente, alguien tomó el número de la chapa. También había caído su hermano, que no tenía nada que ver. Los trajeron a Boulogne, los interrogaron picana mediante y Azarola dijo todo lo que sabía, lo que realmente no era para criticar. Mencionó a los que habían participado en la volanteada. El siguiente en caer fue Gibaja, a quien, como estaba con un ataque de asma, permitieron que se demorara un rato en su casa antes de traerlo. En el intervalo, su hermana Perla había alcanzado a avisarle a Mario Seoane para que escapara; en efecto, Mario desapareció y días más tarde pasó al Uruguay, donde se quedó hasta 1955. Ni a Lunardello ni a mí pudieron avisarnos, por lo visto. A Gibaja lo habían picaneado la noche anterior.

-A vos -concluyó Azarola con tono lúgubre- seguro que te toca dentro de un rato.

Pero uno nunca cree que el dolor o la muerte le van a tocar la puerta. Traté de levantarles el ánimo, les aseguré que el asunto era una pequeñez. Ciertamente lo era; fue años después cuando me di cuenta de por qué la policía se tomaba tanto empeño en este grupito insignificante de estudiantes que habían tirado unos panfletos inocuos. De todos modos, sacando buen espíritu de donde no lo tenía, alcancé a bromear:

-Muchachos, la solución de esto es muy simple: ¡fugarnos! -les dije.

Mi chiste no fue festejado y yo estaba exhausto. No había dormido la noche anterior, casi no había comido nada en toda la jornada y naturalmente estaba nervioso, preocupado y con miedo. Me tiré en uno de los colchones leprosos y dormité un rato escuchando los cuchicheos de mis compañeros. Pero a medida que avanzaba la noche, nuestra tensión aumentaba. Se acercaba la hora de "la máquina". Los muchachos, con sólo dos días de experiencia, tenían muy estudiada la rutina de la comisaría. Decían que cuando se apagara la luz del pasillo, venían a buscar a la víctima. Todos, sin darnos cuenta, teníamos los ojos fijos en la rayita luminosa que se vislumbraba bajo la puerta. Hasta que, efectivamente, la luz del corredor se apagó. Se oyeron unos pasos y se abrió la puerta.

-¡Gibaja! Yo estaba dispuesto para mi turno, pero le tocaba de nuevo el martirio al pobre Milo, flaco, debilucho y asmático. Salió sin decir palabra y la puerta se cerró. Al rato, asordinados pero claros, se escucharon unos gritos. Murmuré:

-¿Sentís? Azarola asintió, mudo. Nadie hablaba en el calabozo. No sé cuánto tiempo habrá pasado hasta que Gibaja volvió, más entero de lo que yo había supuesto. Puteaba por lo bajo, y cuando alguien putea es que no está vencido del todo. Dejamos que se acostara; por suerte, el asma lo dejó tranquilo. Minutos después se apagó de nuevo la luz del pasillo y llamaron:

-¡Luna! Esta vez no dijeron "doctor"... Salí con toda la dignidad que pude. Me vendaron los ojos. Empezaba mi ordalía.









Fuente: Fragmentos de "Encuentros a lo largo de mi vida" de Félix Luna publicados en el Diario La Nación del 24 de febrero de 2005.

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