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martes, 30 de junio de 2015

Carlos Duclos: "Rodríguez Araya y la patria perdida" (2008)

"Querido don Amadeo: creo en Larcher no así en Toranzo. Este tiene un trauma conspirativo. El radicalismo se desintegrará. Sólo lo evitaría su conducción. A Balbín lo pierde su odio a Frondizi. Esto lo llevará a perder sus posibilidades presidenciales; él quiere el quiebre del orden constitucional y la muerte civil del peronismo. Lo logrará. Contará con el clero y el ejército. Del Castillo le explicará mis preocupaciones. Yo no seré cómplice de un radicalismo golpista. Prefiero quedarme solo".

Ante estas palabras que dan contexto a una breve carta escrita en el año 1959, no puede menos quien las lee sino guardar silencio nostálgico, reflexionar y apenarse porque en nuestros días no haya políticos de la talla de Agustín Rodríguez Araya, que de él es la misiva. Políticos que tanta falta hacen en esta patria sometida, humillada, asida desde hace muchos años por incapaces o desvergonzados cuando no ultracorruptos que han puesto de rodillas y llorosas a tantas almas inocentes, muchas de las cuales han partido sumidas en la desesperación por ver a su descendencia condenada a la incertidumbre.

La carta que se acaba de reproducir, escrita con una vieja pero robusta máquina de escribir, tan noble como aquellos espíritus que hoy huelgan en la Nación, es la respuesta que Rodríguez Araya le envía nada menos que al gran médico cirujano argentino y dirigente radical Amadeo Sabattini, quien en un recetario y con una estilográfica de la época le decía al entonces diputado nacional por Santa Fe que abrigaba esperanzas respecto del país y del partido. La respuesta del rosarino fue contundente: refiere a las posibles reacciones de los generales Larcher y Toranzo y pone al desnudo, sin eufemismos ni ambages, los sentimientos de entonces del Chino Balbín y sus anhelos. Y es en ese breve texto donde se pone al desnudo toda la traza magnífica de un hombre comprometido con la causa de toda la Nación y despojado de burdas mezquindades que hoy abundan.

Sería poco después el general Larcher quien retaría a duelo a Rodríguez Araya en virtud de algunas denuncias y manifestaciones públicas que éste había hecho contra militares. Hábil en el manejo de la espada, el militar eligió ese arma para el lance caballeresco y el diputado lejos estuvo de achicarse, a pesar de que jamás había empuñado un filo de este tipo. El rosarino designa como padrinos nada menos que a don Luis Palacios (otra de las figuras que dieron lustre a la vida argentina) y a Horacio Thedy. Palacios le envía a Rodríguez Araya un telegrama que quien esto escribe tiene ante su vista y que conmueve:

"Gracias al amigo y gran ciudadano con un fuerte abrazo. Alfredo Palacios".

Llega el día y se baten. Larcher hiere en la cabeza al radical y, como recuerda un amigo del injustamente olvidado político argentino: "El general no lo quiso matar. En realidad terminó admirándolo tanto que antes de morir el militar le pide a su esposa que le obsequiara a Agustín su reloj". No parece ser el único de sus adversarios que admiraba a Rodríguez Araya; el propio Perón le mandó nada menos que el original (que aún existe y está celosamente guardado por amigos) de la proclama revolucionaria que había escrito Perón, de su puño y letra, antes de asumir la primera presidencia.

 Algunas historias. Al hablar de Rodríguez Araya no es posible no recordar algunas historias, como las constantes denuncias por contrabando que realizaba. Por ejemplo, aquella que determinó, en el año 1954, el desbaratamiento de una operación consistente en contrabando de autopartes y otros elementos por un valor de 500.000 pesos que hoy representarían, en valores reales, acaso millones de dólares. O el haber denunciado y esclarecido la estafa en la que estaban involucrados hasta los niños cantores de la Lotería. Era simple pero enriquecía a muchos: salía la bolilla con un número y a los chicos les hacían cantar otro. El premio era para el que lo había comprado.

Durante una campaña para la elección de gobernador, en el año 1949, había denunciado al gobierno de entonces comparándolo con Alí Baba y los cuarenta ladrones. La tarde de la votación definitiva, el 9 de junio de 1949, Rodríguez Araya se defendió con un nuevo ataque: "Dicen que me referí a Alí Babá, pero esto es poco, comparado con el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (el IAPI creado por el gobierno del general Farrell), porque en el IAPI está la lámpara de Aladino y quien la frota se enriquece en un diez por ciento". Exhibió entonces un manojo de documentos probatorios de irregularidades que saturaban el pupitre de su banca.

Hombreando bolsa. Claro, un político de tal naturaleza no sólo que no era querido por los mismos de siempre, sino odiado. Fue baleado por la espalda y perseguido. Debió proteger su vida exiliándose en Uruguay. "Allí llegó con una mano atrás y otra adelante, recuerda unos de sus discípulos, y para poder subsistir se fue al puerto y trabajó hombreando bolsas".

Le corresponden a Agustín Rodríguez Araya estas palabras:

"He comentado que los generales compañeros de promoción de la época en que Alsogaray era cadete de la Escuela Militar lo hicieron ministro abriéndole las puertas de los cuarteles e institutos militares a fin de que inficionara la mente de los jóvenes oficiales con las ideas de la libre empresa, la piedra libre como debería llamarse, en contra de la política económica nacionalista que esos mismos generales venían sustentando hasta hace poco".

Esta piedra libre, a la que hizo referencia Agustín Rodríguez Araya hace ya más de cuarenta años, es la que ha llevado a esta Nación y sus hijos a un estado de situación que sólo pueden comprender cabalmente, por medio de la comparación, aquellos que han vivido épocas pasadas y que soportan la actualidad. Es cierto que problemas hubo siempre, que la corrupción no es algo nuevo, pero quien puede comparar sabe del grado de putrefacción política y resignación social. Bien puede decirse que en este país el que hoy se salva no goza de la garantía de la redención mañana. Por eso tantos padres y abuelos reflexivos hoy piensan con angustia y temor en el destino de la sangre nueva.

Tendría cien años. ¿Pero por qué este recuerdo de Rodríguez Araya? Porque si viviera, el día miércoles pasado, esto es el 13 de agosto, hubiera cumplido cien años. Hubiera leído en el diario muchas noticias desagradables; se hubiera indignado, se hubiera enfadado profundamente al leer, por ejemplo, que uno de los tres empresarios asesinados hace horas tenía más de 20 causas en la justicia por adulteración de medicamentos, que había donado a la campaña electoral del actual gobierno 200 mil pesos y que había logrado vender al Hospital Francés, cuando fue intervenido por el gobierno, medicamentos por un valor de más de cuatro millones de dólares. Hubiera seguido leyendo otras noticias y sería testigo, como tantos, de una Patria perdida. El, ese hombre que dijo: "No seré cómplice del golpismo, prefiero quedarme solo". Solo, como tantos compatriotas hoy.








Fuente: Reflexiones: Rodríguez Araya y la patria perdida por Carlos Duclos - Diario La Capital 17 de agosto de 2008



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