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domingo, 15 de marzo de 2015

Emilio Corbière: "El Mito Alfonsinista" (abril de 1985)

Cuando a fines de 1982, al entrar la campaña electoral en su apogeo, denuncié al alfonsinismo como una instrumentación política que venía a afianzar la dependencia en la Argentina, y no a liberarla, la propaganda ya había lanzado al mercado el nuevo producto que encontró un eco casi irresistible en los sectores medios del país y en la juventud preferentemente de origen universitario.

La técnica del doble juego ideológico ganó rápidamente a sectores de la población extenuados por casi siete años de terror dictatorial. El discurso democratista, la propaganda y el hábil manejo de las contradicciones de los opositores a la política gatopardista del alfonsinismo, hizo después el resto.

A más de un año de gobierno de Raúl Alfonsín las esperanzas que muchos tuvieron en él comienzan a disiparse ante la dura realidad. Aquella consigna juvenil que afirmaba: "Yrigoyen y Sandino, nos muestran el camino" se ha trocado por la aceptación de las imposiciones del Fondo Monetario Internacional, el desarrollo y aplicación de la Doctrina Caputo sobre la "autonomía relativa" y la concreción de una política petrolera reñida con la tradición nacionalista del radicalismo.

Pero ésta es sólo la punta del Iceberg. La política alfonsinista se endereza, paralelamente, a golpear la necesaria unidad nacional frente al imperialismo, con una actitud divisionista del campo popular. Esto quedó patentizado con la estrategia antisindical durante los primeros meses de gobierno, y hoy resulta evidente que no se trató de golpear a la burocracia o profundizar la participación en las organizaciones gremiales, sino de fracturarlas y desalentar la resistencia de los trabajadores y así poder imponer con mayor margen las recetas recesivas del FMI y el ajuste ortodoxo de la economía.

La Argentina esperaba lograr la institucionalización, la consolidación de un poder democrático de decisión nacional, tras un régimen militar donde aparecieron los primeros síntomas de disgregación política.

El país vive desde hace muchos años un peligroso empate social donde ninguna clase es hegemónica. Ni la vieja oligarquía terrateniente, ni los sectores medios, ni la clase trabajadora, logran revertir la situación, generándose un peligroso equilibrio que inmoviliza a la sociedad en su conjunto.

Los sectores dominantes no han logrado estructurar, aún aplicando las formas políticas autoritarias y represivas de la Doctrina de la Seguridad Nacional, un modelo de país. La Argentina parece hoy una factoría en donde la clase dirigente está a la espera de los acontecimientos generados fuera del país dentro del marco del capitalismo dependiente y periférico.

El mito de la clase media argentina que había considerado a Raúl Alfonsín como el líder que nunca tuvo, sufre hoy el impacto de las contradicciones sociales, económicas y políticas. Se trata del "mito de la integración total'.' del que habla Maurice Duverger en su Sociología Política. Ese mito, entre la fábula y la ilusión, es fundamentalmente una forma de enmascaramiento ideológico de las clases medias que sueñan con una sociedad plenamente integrada, donde cada uno se desarrollaría en su plenitud, sin antagonismos ni conflictos, donde cada "individuo" se fundiría en la comunión del grupo sin alienar su personalidad.

En los países periféricos y dependientes como la Argentina la crisis brota a flor de piel sin los rodeos que acontecen en los países centrales. Los mitos idílicos duran poco. De allí que la cuestión del poder político se relaciona íntimamente con el de la legitimidad, y para consolidar ese poder de decisión y alcanzar su legitimidad, es necesaria una articulación de sectores sociales que permitan dar sustento real a las aspiraciones populares.

El alfonsinismo ha tratado de recorrer un camino inverso, y como se verá, anacrónico. La legitimidad democrática no se logra predicando sobre las bondades de un sistema político en abstracto, o recitando el Preámbulo de la Constitución Nacional.

Por el contrario, la democracia real en un país dependiente encuentra sustento más allá de las formalidades vacías de contenido. Se logra impulsando un proyecto de liberación nacional y movilizando a las masas populares. Se establece como estrategia de cambio social articulando los sectores sociales, nunca dividiéndolos. Y es aquí donde se puede advertir el aspecto más negativo del mito alfonsinista: enfrentar a la clase trabajadora con los sectores medios, rompiendo el frente estratégico liberador, que sólo puede conducir a la derrota del campo popular en su conjunto y al triunfo de las fuerzas oligárquicas e imperialistas.

Jurgen Habermas ha demostrado que las sociedades de capitalismo tardío "experimentan penurias de legitimación", pero que ellas no son irresolubles si la estrategia política acierta- en movilizar a los sectores mayoritarios detrás de un proyecto nacional liberador. Apostar al formalismo y al statu quo, sólo conduce a la frustración y a la derrota política.

La legalidad, cada vez más vacía, no alcanza. El formalismo nunca puede dar vida al poder político. Por el contrario, un poder democrático de decisión nacional produce por sí mismo el marco de su legitimidad.

En cambio el alfonsinismo, en año y medio de gobierno, ha profundizado los problemas estructurales de la sociedad argentina y amenaza con servir de cobertura de los sectores más retardatarios. Ataca al movimiento obrero, oculta las luchas nacionales como la de las Malvinas, paraliza el plan nuclear por imposición imperialista, claudica ante la OTAN en el caso del Beagle, abastece al Operativo Unitas, se somete a las recetas recesivas que impulsan los países centrales para exportar sus propias crisis, divide artificialmente, y por razones electorales, al campo popular, profundiza la crítica situación económica. ¿Por qué ocurre todo esto? ¿Era imprevisible que el alfonsinismo cayera en esta debacle? ¿Cuál es la alternativa frente a esta situación?

La nueva división internacional del trabajo

Es necesario tratar de ver bajo las aguas y no quedarse en la superficie. Hay que tratar de analizar la cuestión más allá de los mitos y las falsas conciencias generadas por los propios opresores, y que sirven de base a la nueva pedagogía colonizadora sobre los oprimidos.

La evolución de la economía de la postguerra nos demuestra que los Estados Unidos han logrado establecer una hegemonía indiscutida en el sistema capitalista internacional, integrándolo bajo su dominación en un solo sistema. Esto coincide con una gran expansión del capital norteamericano a nivel mundial y una baja relativa de la exportación de bienes de los Estados Unidos.

Traducido en términos de sus relaciones con el sistema internacional que domina, significa que los Estados Unidos disminuyen su sector productivo en relación al sector servicios. Esto se hace posible no sólo en consecuencia del excedente creciente generado por el avance de la tecnología, sino también debido a las superganancias obtenidas de la exportación de capital al exterior.

Hoy los Estados Unidos están viviendo cada vez más de sus utilidades y de la propiedad del sistema productivo mundial obtenido a través de la exportación e importación de capitales, lo cual genera un sector de servicio creciente en su interior. Gran parte del aparato productivo interno que él monta —industria militar— es para mantener y expandir esa hegemonía. En otras palabras, se garantiza el proceso de expansión mundial y genera ingresos en el interior de la sociedad.

Ya no estamos, entonces, ante el viejo capitalismo de la Segunda Revolución Industrial, y las formas imperiales han variado en cuanto a su instrumentación. Porque los Estados Unidos no sólo mantienen el control financiero internacional, sino también el control de la tecnología, de la investigación científica, de la administración general y de la producción de los productos de mayor contenido técnico y valor estratégico como la industria química pesada, la electrónica pesada, la industria atómica y la investigación espacial.

El papel de la empresa transnacional

Esta especialización productiva es una tendencia observable en la empresa transnacional que sale al exterior en busca de mano de obra más barata, nuevos mercados y nuevas fuentes de materias primas. Asimismo, los enormes beneficios del capital en el exterior compensan la inactividad y el parasitismo de vastos sectores internos de la sociedad norteamericana.

Como Europa, Canadá y Japón, que fueron los grandes centros de inversión norteamericanos en los años inmediatos a la postguerra están agotados, ahora le llega el turno a los subdesarrollados para los cuales se han remitido enormes inversiones, endeudándolos en forma crónica.

La nueva división internacional del trabajo apunta a que los países dependientes se especialicen en la producción de bienes manufacturados de consumo liviano, en los sectores básicos menos estratégicos y en los sectores menos complejos de la industria pesada.

La ejecución del plan de las transnacionales necesita de la constitución de nuevas "élites" en los países dependientes, reuniendo las direcciones empresariales, sindicales, estudiantiles, intelectuales, técnicas, profesionales y. sobre todo, militares, ya que el dominio sobre este último sector permite utilizarlo como fuerza de disuasión interna para someter cualquier tipo de rebeldía popular, o, en su caso, si las contradicciones amenazan el proyecto imperial, asumir el control del poder político.

Sin embargo, el sometimiento por la fuerza militar interna o, incluso la externa mediante la invasión imperialista son excepcionales o para graves crisis sociales y políticas. El modelo de la nueva división internacional del trabajo tiende al establecimiento de regímenes políticos formales que le ofrezcan una racionalización de las contradicciones de cada país sometido. En ambos casos —la dictadura férrea o la democracia formal o restringida- se define por su carácter tecnocrático, modernizante e internacionalista. Las bases de este nuevo régimen social y político son: la racionalización económica capitalista, la producción concentrada y monopólica, la uniformación de las decisiones, una cultura cientificista y tecnocrática y el control de la información.

Los límites del neoimperialismo

Sin embargo, esta nueva división internacional del trabajo genera en los países centrales, dificultades para su concreción histórica, y, en consecuencia, repercuten en los países dependientes o sometidos.

Por ejemplo, hay un desproporcionado crecimiento del sector terciario, de la industria militar, de la carrera espacial, que provocan en lo interno la necesidad de altos impuestos para financiar las transformaciones: también se produce un déficit creciente de la balanza de pagos para financiar los proyectos de transformación en el exterior; surgen nuevas formas irracionales de organización colectiva (burocratización, despersonalización, ausencia de control político sobre -la sociedad, masificación cultural, rígidas estructuras de autoridad) y aumento de la explotación interna para ampliar el excedente económico.

Pero el carácter expansivo del neoimperialismo entra en contradicción con los límites del mercado generado por la aplicación monopólica de la tecnología y, por otro lado, con las posibilidades de desarrollo tecnológico de los países dependientes.

En realidad, este tipo de desarrollo aparentemente progresista, que fue implantado durante la dictadura militar por José Alfredo Martínez de Hoz, y se continúa con la nueva "administración Alfonsín". no pasa de ser un modo de impedir, por parte de las transnacionales, el desarrollo de las fuerzas productivas que la humanidad podría lograr en nuestros días con el avance tecnológico ya alcanzado La alternativa de esta nueva división internacional del trabajo, supone para los países dependientes, una limitación del desarrollo industrial y una mayor explotación de los sectores trabajadores y productivos.

Caputo: ¿"Autonomía relativa" o "dependencia negociada"?

En marzo de 1984, el canciller Dante Caputo, en una conversación privada con empresarios de la Unión Industrial Argentina, les explicó cuáles eran sus ideas sobre "la autonomía relativa" de la Argentina en el marco internacional.

Caputo, ejecutor fiel de la política alfonsinista. apunta a reinsertar a la Argentina en la neodependencia. Los anatemas del canciller al "tercerismo". su apoyo irrestricto a Occidente -en otros términos, a los Estados Unidos-y su adscripción al mundo capitalista y la bipolaridad. lo llevan a optar por el campo dominado por las transnacionales. "En el mundo -pontifica Caputo— hay dos formas de organizar la economía: o se organiza con la propiedad colectiva de los medios de producción o se organiza con la propiedad privada de los medios de producción, en cuyo caso eso se llama claramente capitalismo".

"Para que ustedes no se asusten -expresó Caputo a los empresarios— yo creo que un país como la Argentina, con su historia, con su gente, con sus tradiciones, tiene un camino trazado, que es asumir plenamente un destino de desarrollo económico. Y ese estilo de desarrollo económico, a mi juicio, se llama estilo capitalista de desarrollo económico.

En esto se resume la política "progresista" del alfonsinismo que nada tiene que ver, incluso, con el nacionalismo de Yrigoyen. Mucho menos con el socialismo, que pregonaron o pregonan algunos sectores juveniles del partido oficialista.

Para Caputo, como el margen para el desenvolvimiento de la Argentina está muy limitado por las transnacionales y el capital monopolista internacional, se debe optar por entrar lisa y llanamente en ese modelo económico. De allí que habría una "autonomía relativa".

En realidad, no se trata de una "autonomía relativa" sino de una "dependencia negociada".

En términos capitalistas, el desarrollo nacional independiente quedó frustrado en la Argentina y en otros países latinoamericanos, tanto por la acción de las oligarquías nativas como por la del propio imperialismo.

Pero esto no significa que ciertos sectores no aspiren a conservar parte de las regalías que disponían o disponen. No obstante, han reformulado su estrategia. Ya no se trataría de buscar una independencia "inalcanzable", sino más bien, una vez aceptada la "dependencia externa" -eso lo confirmó Alfonsín en su reciente viaje a los Estados Unidos- trátase de intentar obtener el máximo provecho de ella para los intereses "nacionales" que creen representar. Se trata, en definitiva, de obtener las mejores condiciones de negociación posibles. En realidad, no hay una ruptura profunda con la situación anterior. Lo que ahora cambia es la forma de entender la dependencia.

Los grupos sociales que representan esa posición básicamente son la burocracia civil y militar, y si son ganados por la propaganda imperialista, las clases medias asalariadas, los medianos y pequeños propietarios y sectores de técnicos y empleados u obreros calificados. Este es el nuevo realineamiento social al que apuntó Martínez de Hoz y el que apoyó a Alfonsín el 30 de octubre de 1983. Por eso, Juan Alemann. pocos días después de las elecciones, con su particular histrionismo, le dijo al nuevo presidente desde uno de los órganos de la Patria Financiera: "De nada, don Raúl".

Para romper con esta estrategia imperialista es necesario recrear el Frente Nacional de Liberación. La salida inmediata no pasa por los "clasismos" abstractos y verbalistas. Tampoco por los modelos generados por los imperialismos subalternos europeos, como lo ha demostrado inteligentemente el economista Samir Amin.

No hay otra salida que recrear el Frente Nacional de Liberación como alternativa válida frente a la debacle alfonsinista y los peligros de la profundización de la crisis, que en todos los casos, no resultarán favorables al campo popular, y pueden arrojarnos a una tragedia sin destino.

Para ello es necesaria la inteligencia de los sectores más lúcidos y comprometidos con la revolución pendiente. La columna vertebral de esa estrategia popular es la clase trabajadora —el movimiento obrero organizado- y su motor no es la nostalgia ni el atajo golpista oligárquico. El motor que movilizará a los sectores oprimidos de la sociedad argentina es la unidad auténtica, fecunda, del campo popular, impulsando el proyecto de liberación nacional y social.

Un general nacionalista. Juan Perón, nos dijo hace una década a los argentinos: "las plutocracias imperialistas, que ya ni se animan a defender el sistema burgués, hacen hincapié en la 'democracia liberal' que fue su creadora, porque comprenden que perimido el sistema deben salvar por lo menos a su inventor como garantía para que el futuro pueda inventarle algo semejante que les permita seguir colonizando a las naciones y explotando a sus pueblos con diferentes trucos, en los que no están ausentes ni las 'alianzas para el progreso' ni las radicaciones de empresas privadas, ni las concesiones leoninas para la explotación petrolífera, ni la ayuda técnica, ni el despojo liso y llano mediante el engaño o la violencia si es preciso".

"Nuestros pobres países -agregaba Perón-, azotados por las arbitrariedades del 'mundo libre' sufre de las 'democracias' creadas mediante un cuartelazo o el asesinato de sus gobernantes, según la regla impuesta por la política imperialista... como si fuera posible la existencia de un pueblo o de un hombre libre en una nación esclava. Es que el mundo occidental está enfermo de decadencia y lo amenaza una caducidad indetenible. Lo arrastra el imperialismo yanqui que está entrando en el período agudo de la caída en que los síntomas se hacen más violentos y evidentes. Sus valores ficticios lo están ya carcomiendo y la destrucción imperialista se produce siempre por un proceso de descomposición porque, como el pescado, comienza a podrirse por la cabeza."

"La evolución —concluye Perón- nos llevará imperceptiblemente hacia la revolución y no habrá fuerza capaz de detenerla" porque "comienza el gobierno de los pueblos."

Esa es la disyuntiva de hoy: liberación nacional y social o dependencia, hambre y represión. El atajo alfonsinista sólo nos lleva a un desastre económico-social y seguramente la historia no absolverá a los ejecutores del despropósito. La unidad del campo popular, ahora, resulta insoslayable y urgente.










Fuente Emilio Corbière: "El Mito Alfonsinista" en Los Argentinos, abril de 1985

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