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lunes, 1 de diciembre de 2014

Santiago H. del Castillo: "Discurso del Gobernador electo de Córdoba en el Comite Nacional" (5 de mayo 1940)

Señor presidente del Comité Nacional de la Unión Cívica Radical:
Señores:

Asisto conmovido al honor de este acto que tributáis –por sobre mi persona- al radicalismo triunfante de Córdoba. Comprendo así la vasta significación de este homenaje, en la inteligencia hoy más firme que nunca de que los hombres sólo existen y valen en la medida de sus ideales.
Quiero aludir, señores, a lo permanente y profundo que hay en este acto, al espíritu que lo anima y cuyo noble latido muestra su relieve en la fiesta que pasa. Quiero aludir a esta poderosa unidad moral del radicalismo, unidad que está por encima de personales homenajes y que se revela en todos los hechos del partido como la causa histórica capaz de explicar la proyección nacional que el radicalismo tiene. Esa es para nosotros, esa es para Córdoba, la mejor expresión de este homenaje en el que vosotros, hombres de Buenos Aires, estáis rindiendo el alto ejemplo y el mejor tributo de solidaridad. Nuestro radicalismo se siente grande y confunde su ideal con los de la patria misma, precisamente porque ve aquí y en la provincia de Buenos Aires, y en los hombres del norte y en toda la dimensión del suelo argentino el mismo hecho histórico de un gran partido que está haciendo posible el destino de una gran nación.
Esta es mi inteligencia en estos momentos y esa es la virtud superior que ofrecéis a la conciencia cívica, en un acto que sin embargo no alentaba otro designio que el de las formas cordiales y las emisiones de vuestra cumplida caballerosidad.
No podía sentir y pensar de otra manera, cuando veo aquí reunidas las grandes figuras del radicalismo esforzados hombres por cuya previsión y por cuya conducta cívica se está ejerciendo la alta responsabilidad de gobernar al pueblo desde las bases mismas de su discernimiento político e institucional. Y entre todas ellas, la figura del eminente ciudadano, conductor de un pueblo en las horas inciertas de su destino, que ha rendido hasta sus merecidos descansos para mantener en alto la bandera del radicalismo a cuya sombra hallaría seguro refugio la soberanía popular. Hablo del Dr. Marcelo T. de Alvear, toda una vida puesta al servicio de la nación, sin más ambiciones que la causa pública que ha hecho tan suya hasta convertir su trayectoria personal en símbolo de ciudadanía.
Aún tengo presente sus palabras llenas de vigor, maduras de reflexión patriótica la noche en que el pueblo de esta capital consagraba a sus futuros representantes. Alvear entregaba entonces, como en cien actos más de su vida las grandes líneas conductoras de nuestro civismo, líneas que sólo él arranca enérgicamente de tanta experiencia, de tanta lucha y fervor republicano.
Dejo en su mano tan generosamente abierta en este acto, mi cordial saludo para vosotros, y con la misma efusión quiero rendir también para vosotros, radicalismo de la capital, mi lealtad inquebrantable.

Señores: 
hoy que la República reingresa en el camino de su dignidad institucional, ahora que es una consagrada virtud el ejercicio de la soberanía, por la gravitación moral del radicalismo, quiero decir también mi saludo al señor presidente de la Nación Dr. Roberto M. Ortiz, que ha hecho posible contra la turbulencia de sentimientos extraños a la Nación, la paz del pueblo, y por sobre todas las cosas, la confianza del pueblo en ejercicio y goce de sus derechos ciudadanos. El radicalismo rinde merecido honor al presidente de los argentinos, como lo denomina ya la voz de sus contemporáneos.
Córdoba, la provincia de nobles tradiciones, en cuyo seno se cumple como en un vasto laboratorio humano el choque y el equilibrio de diversas corrientes ideológicas, ha conquistado ya el merecido orden en su vida institucional, afirmando un clima de libertad y consagrando los grandes principios rectores de su vida pública. Desde la expresión más íntima del hombre hasta los complejos fenómenos de la vida social, todo encontró adecuada satisfacción. En tan difícil arte, el gobierno de mi provincia no tuvo más virtud que la de obrar en función de la historia, firme en la ruta de sus instituciones, dando el ejemplo con el deber cumplido, y sobre todo, escuchando al pueblo de quien era su auténtico mandatario. No habrá jamás error en un gobierno que toma su autoridad del pueblo, y que no reniega nunca de su filiación democrática. Esa es la gran virtud y prestigio del radicalismo como expresión de la nacionalidad.
Las bases están enérgicamente consolidadas. Un esclarecido hombre público, el Dr. Amadeo Sabattini, ha surgido en horas inciertas como el ejecutor de tanto ideal inescuchado. Su voluntad se había templado en amargas experiencias; tuvo la conciencia de su deber ciudadano, y abrazando la causa pública con fe en el pueblo y con disciplina en el partido, dio en Córdoba la gran batalla inicial con un gobierno que pondría de manifiesto las ingentes reservas de la democracia en acción. La obra realizada bajo su gobierno es extraordinaria, y sin embargo apenas era para los mandatarios del pueblo el mero cumplimiento de su deber. Reintegrado el pueblo al ejercicio de su soberanía y llamado de nuevo a la renovación de los poderes dio en las urnas la merecida recompensa, consagrando en cifras nunca vistas a los hombres que de un modo u otro habían integrado un gobierno de orden. Ese es el camino simplemente recto del radicalismo de Córdoba.
Cuando digo estas cosas en su mayor significación; cuando descorro como en un vasto panorama la obra del Dr. Sabattini, es porque quiero activar el sentimiento de mi responsabilidad y deciros cuál es la ley por la que seré juzgado. Aspiro a continuar su trayectoria de buen gobierno en el que tuve el honor de colaborar. Desde mi juventud decidí toda mi vida por la causa del pueblo y de sus instituciones; recién ahora se brinda para mi necesidad de realización, el momento de poner a prueba mi fe y mi amor por la democracia. Si el gobierno del Dr. Sabattini se midió contra toda la adversidad hasta alcanzar la meta propuesta, mi gobierno se iniciará en las condiciones bien exigentes para hoy y lo futuro, de lo que ha de entenderse como función de gobernante.
Aspiro a que mi gobierno sea por voluntad de una democracia, el gobierno que merece un pueblo libre. Para ello es indispensable discriminar la diversa función que corresponden al gobierno y al partido. Como lo tengo proclamado desde el primer acto de la campaña electoral en Córdoba, quiero repetir este concepto inalterable: Partido y comité cumplen sus funciones encauzando el ejercicio de los derechos cívicos, para reintegrarse luego a sus disciplinas como el soldado de nuestra épica cuando ha satisfecho su consigna. Entonces no se escuchará más autoridad que la del gobierno, ni más sugestión que la del pueblo en ejercicio de sus derechos y por órgano de sus representantes. Porque tan peligrosa es la usurpación del poder y el menosprecio de las leyes como la gravitación del comité en las funciones de gobierno.
Aspiro también a gobernar bajo el contralor de una oposición fuertemente organizada. La voz de sus representantes desde la banca legislativa o la tribuna pública colmará el sistema de la democracia: no me arredra la crítica que tiende a mejorar métodos y depurar los conceptos; creo en la oposición como en la fuerza que realza el equilibrio en lo social; ella sola es la mejor garantía de un buen gobierno porque contiene los excesos como el vivo reclamo de una conciencia siempre alerta. Pero entiéndase bien: hablo de una oposición organizada en función de ideas de valoración política y social y no en la que se cierra en mezquinos propósitos traicionando al pueblo que delegó en ella la integración de un gobierno. En este sentido el radicalismo en Córdoba cuenta con un adversario inteligente y con larga experiencia en la función pública responsable de su tradición democrática.

Señores: 
Las provincias esperan de vosotros, hombres de la capital, los frutos del sacrificio realizado para la organización política nacional. En vosotros confluye la savia de la República como en un corazón que ha de forjar el ritmo de un vasto organismo. Corazón y cerebro de la República representando las más nobles sustancias. De vosotros debe irradiar entonces la luz que alumbre nuestro destino para que realicemos la patria soñada por Moreno, Alberdi y Sarmiento.
Hago fervientes votos por la grandeza de la Nación, por la felicidad del pueblo en la libertad, el trabajo y la paz y por vuestra ventura personal.





























Fuente: Discurso pronunciado por Santiago Horacio Del Castillo en el Comité Nacional de la Unión Cívica Radical como gobernador electo de la provincia de Córdoba, 5 de mayo de 1940. Aporte de Marcos Funes de la Fundación Sabattini.

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