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domingo, 7 de diciembre de 2014

Ricardo Balbín: "Homenaje a José Batlle y Ordóñez" (16 de octubre de 1980)

Tengo la emoción de los que saben dónde están: un hombre para no equi­vocarse, tiene que saber siempre dónde se encuentra. Y yo estoy aquí como en mi propia casa. Honrado por una invitación que enaltece por su jerarquía, Por la importancia del acontecimiento y fundamentalmente por la trascendencia americana del hombre que estamos recordando. Resulta demasiado importante su personalidad como para que yo sea, con mi sencillez, quien tenga que adherir a su homenaje.
Por eso, como reverenciándolo de la mejor manera yo he querido unir a su recuerdo el nombre de Yrigoyen, su contestatario, su hermano en la lucha por la democracia de los americanos. He querido vincular estos dos nombres trascendentes, que prestigiaron el Río de la Plata y le dieron brillo dentro de América a esta parte donde nació la prédica que se extendió en todo el continente. Ambos pertenecen a la década del 50, en el siglo pasado: Yrigoyen nace primero y Batlle después. Van realizando sus vidas en ámbitos distintos. Sus antecedentes son diferentes, sus orígenes son diferentes.
El que nació primero, muere después; el que nació después muere primero. Pero los dos llenaron un tiempo trascendente en la vida de sus países. Tan trascendente, que podríamos decir que fueron padres de nuestras convicciones. Entonces yo digo:

¿Cómo se rinde mejor esta recordación? ¿Hablando de lo que hicieron? ¿O comprometiéndonos nosotros a recuperar lo que ellos hicieron y nosotros perdimos?

Yo creo que decir, aquí y en mi país, que queremos luchar por la recuperación de la democracia, no es molestar a nadie, sino servir al destino moral de nuestros pueblos. Debemos poner de manifiesto que recuperar una democracia no es reclamar un gobierno: ello es su consecuencia. Reclamar una democracia es tener un estilo de vida que permita el desarrollo integral de todos y cada uno en la medida de sus capacidades. La democracia significa igualdad en todo. Ya veremos cómo lo hicieron Batlle e Yrigoyen, para sacar en consecuencia cómo la debemos hacer nosotros. El vuestro, tenía un importante ori­gen; el nuestro, nació en la sencillez de un pobre hogar. Pero los dos estaban iluminados por el mismo ideal.
Habían nacido para eso: eran dos pensamientos vitales, que recogieron en su propia tierra el sabor de lo que es el hombre libre. Alem dijo:

“Nuestra causa es la causa de los desposeídos”.

Y Batlle, sin conocerlo, afirmaba que la injusticia social es la causa de todos los males. No hay que igualar en el hambre. Hay que igualar en la justicia, en colmar las necesidades de cada uno. Batlle dijo que la educación era la base esencial de un pueblo que se cotizara a sí mis­mo. Y antes que la reforma universitaria de Yrigoyen se concretara, abrió el cauce de la enseñanza en el Uruguay.
Cauce al que no temía, porque el viejo sistema sólo daba instrucción a los que el régimen permitía. Llamaba la atención la iniciativa, sin darse cuenta los opositores, que estaban poniéndole vallas al porvenir de los uruguayos. Impul­só los postulados de la justicia social, alivió de las angustias y los dolores. Y ubicó en la mano del educado, el instrumento electoral limpio y claro. En mi país, se registraban hechos semejantes, pero distintos. En el tiempo de Yrigoyen, allí había instituciones que no se habían alterado desde 1853, pero la famosa y valiosa “generación del 80” había organizado un país para una minoría: el pueblo era un paria, un desconocido.
La República de los argentinos era una opulenta colonia, de cuyas riquezas disfrutaban un grupo de familias. Yrigoyen y Batlle comprendieron que aquello había perimido: sin pueblo con jerarquía, no habría República con dignidad, y era falso al sentido de la soberanía. Buscaron el comicio, sobre la base de instrumentar al ciudadano para darle el sufragio. Y cuando Batlle llegó al gobierno de su país, se inicia aquí la democracia de los uruguayos, la que por mucho tiempo fuera un ejemplo para el continente. Se decía entonces: Uruguay, la Suiza de América. Pero sin desmerecer a Suiza, allí iban los que escondían, y en la Suiza de los uruguayos se ponía la vida a la vista de todos. Yrigoyen busca afanosamente esta instancia: cuando en 1903 estaba Batlle en el gobierno, él intentaba hacer la revolución de 1905. La última. Le ganaron, pero los venció. Porque quedó abierto lo que quería: el diálogo. El que, cuando se niega: entristece a los pueblos. Cuando encuentra a Sáenz Peña, otorgó al país la ley electoral, y empezamos nosotros lo que ustedes ya tenían casi totalmente realizado. En 1916 vota por primera vez, en la República de los argentinos, el pueblo. Y lo consagra su presidente. “No vengo a castigar”, dijo. “Vengo a reparar nada más”. Es decir, que desde el comienzo fue perfilando el mismo contenido que Batlle había conquistado aquí. Corrían los años difíciles de 1916. Yrigoyen tuvo un inconveniente que aquí no existió. El sistema legislativo argentino hacía que el Senado de la República, cuyos integrantes tienen un mandato de nueve años --se renuevan por terceras partes cada tres años- era totalmente vinculado a la oligarquía vencida en los comicios. Como en una trinchera de cobardes, allí moría todo el proceso social que se lanzaba desde el gobierno. Qué razón tenía Batlle cuando decía:

“Lo importante es la colectividad política y dentro de ella, el sentido de responsabilidad de quienes la conducen”.

Intuía que los pueblos eran buenos: en la Argentina postergaron al país aquellos hombres que estaban en el Senado de la República. Iniciativa que nos liberaba, iniciativa que se detenía. Solamente había un margen para los presidentes que nacían en la democracia: las relaciones exteriores que manejaron con responsabilidad y las que les imprimieron un sello americano. Bajo Yrigoyen, los estudiantes lanzaron al mundo la consigna de la reforma universitaria. Hasta entonces, las universidades habían estado al servicio de las élites, que otorgaban los títulos profesionales a quienes salían de allí para servir los intereses de la dependencia, y no de la liberación de los pueblos. La reforma universitaria abrió las puertas al servicio de los que querían cultivar su inteligencia, e ingresó una juventud que tenía un sentido profundo de la soberanía de su país y del destino libre de toda América. Ese grito de emancipación fue recogido más allá de nuestras fronteras: de inmediato repercutió en México, llegó al Perú.
Se inició el proceso extraordinario de la democratización total del continente. Yrigoyen realizó una política de integración latinoamericana. No la hizo con discursos. Pronunciaba muy pocas palabras. Las actitudes eran los mensajes. Las actitudes. Y América vio de qué forma y de qué manera se pueden definir las grandes lecciones. Cuando Batlle dio cuenta en el Parlamento uruguayo en una oportunidad, de un gesto honroso que, había tenido Yrigoyen, un aplauso cerrado recibió sus palabras. ¡Nada de medallas ni de condecoraciones! Una lágrima, una emoción, eran los premios que buscaban aquellos gobernantes. Así fueron luciendo todo cuanto da prestigio a un hombre. Una revolución injusta termina con Yrigoyen en 1930, un movimiento igual sacude la democracia de Brasil el mismo año, y tres años después cae, como empujada por la barbarie, la democracia de los uruguayos. ¡Qué cosa curiosa! En la década del 30 se ponen en quiebra todas las democracias latinoamericanas, y un patronazgo absurdo asoma conduciendo los pueblos de la región.
¿Tenía o no tenía valor aquella tarea realizada por estos dos hombres? ¿Era importante o no era importante?
Desde aquí, un halo misterioso iba sembrando su credo. Y sostenía la dignidad de los pueblos. Cuando naufragan aquí las democracias, naufragan en Latinoamérica.
Nosotros, desde el 30, andamos a los tumbos con el destino. Soy un mal testigo pero soy un testigo vivo. Tenía 26 años en 1930, y sumados los que hay que agregar para llegar a los 75, los he regalado a mi país. La pérdida de la democracia determina la pérdida a las generaciones, y entonces hay mucho que pensar. Nuestra América, ahora, es la de los libertadores. Es aquella América en que San Martín dijo:

“Nuestra causa es la causa del género humano”.

Un mensaje similar brindó Bolívar. Y los dos vivieron un mismo destino: uno se fue a vivir al extranjero y el otro murió en la pobreza, Batlle e Yrigoyen siempre tuvieron en la mente los mensajes de los libertadores.
Yo no he venido a complacer su recuerdo. He venido a honrarme con el recuerdo, para ponerle al viento mi voluntad. Para ponerle fuerza a nuestro deseo vital de ser dignos sucesores de ellos. Y si no alcanzamos a recuperar las democracias perdidas, mucho me temo que otras generaciones tengan que llorar el destino de Latinoamérica.
Está dicho en el tiempo. Cuando hablamos de organizar democráticamente nuestros pueblos, no pedimos el poder. Pedimos el ámbito para que se abra el gran debate de nuestras propias ideas y las ideas de los otros. Para que estas puertas se abran grandemente en todas partes, y penetre una juventud que está ahora desorientada y que con exceso ha sido infiltrada, por la cobardía de quienes desatan combates de sangre y luego van a refugiarse a Europa. Si estos hombres que estamos rememorando lo supieran ¡Qué indignación! ¡Hablarles a los muchachos de monedas! Hay que buscar otra vez los cambios de la convivencia. No distanciemos nunca más nuestros pueblos. Con vuestro recuerdo, con vuestro ejemplo, vamos a empezar de nuevo. No habrá combates. Ya se derramó demasiada sangre. No habrá discrepancias odiosas. Hemos aprendido. No desafiamos. Esto es sencillo: es un grupo de hombres y de mujeres que nos estamos conversando de nuestras cosas. No estamos gritando en la calle para buscar un tumulto fácil. Estamos hablando de nuestras responsabilidades para que no se mueran nuestras esperanzas. Busquemos la convivencia de nuestros pueblos, pero vivamos la convivencia con otros pueblos.
Traje apuntes que no pude utilizar. Me venció vuestro aplauso, y me cubrió la emoción. Hablé con honradez. Así siento nuestra causa. Así siento vuestra causa.























Fuente: Discurso del Dr. Ricardo Balbin en el Homenaje en el Salón de Honor a José Batlle y Ordóñez, edificio del diario “El Día” de Montevideo, República Oriental del Uruguay, 16 de octubre de 1980.

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