Páginas

lunes, 28 de julio de 2014

Enrique Mosca: "Discurso en la Plaza de los dos Congresos" (8 de diciembre de 1945)

Señores y señoras: 

Vivimos instantes de categóricas definiciones.

Por un lado la inconsciencia de esclavitud y la vuelta a la subversión de los valores humanos y el derrumbe de todas las conquistas de la libertad y el derecho. Por el otro la salvación de la soberanía pública, la resurrección de la dignidad ultrajada, la tumba eterna de las ambiciones enfermizas y el triunfo del pensamiento sobre la furia de la delincuencia y sobre la ignorancia y la perversidad.

Está en peligro el acervo histórico de esta nación que es nuestro crédito y nuestro orgullo y para nada cuentan los secundarios planteos que solo contemplan la convivencia de un partido, las ventajas de un núcleo o los estrechos intereses del problema individual. Por sobre todo ello y para honra de todo ello queremos una masa compacta hermanada en la angustia esperanzada en la victoria de la causa digna que funde sus fervores y conjunciones sus energías para destruir la emboscada fatídica de los falsos apóstoles que pretenden burlarse de las leyes de la conducta y de la historia para satisfacer sus bajos apetitos y el sueño de sus ambiciones patológicas. Tenemos el deber de mostrar al mundo de entero que en esta actitud de entereza cívica no prende el brote de la tiranía ni hay clima fecundo para el culto del cinismo de la falsía y de la mentira lucrativa y contumaz. Tenemos el deber de dignificar nuestra propia conciencia, aportando a la luz de la idea la contundencia de la acción y hacer incorruptible esta lucha de las comunes inquietudes, si quisiéramos honrar el recuerdo de aquellos inmortales próceres que se fueron al reino de la eternidad confiados en que dejaban el destino del país a hombres capaces de custodiar su fama y dispuestos a arrancar de cuajo las malezas que comprometen la integridad de su gloria.

Dejarse arrastrar por la telaraña de la indiferencia cívica es una forma de complicarse en la corrupción desdorosa y fatal; sacudir la modorra del espíritu y alistarse en las huestes altivas y responsables es servir a un imperativo de la propia conciencia y enaltecer los tributos de la nacionalidad. En la vanguardia están los ejércitos aguerridos y pundonorosa; el de las mujeres, dignas emulas de aquellas defensoras de nuestras libertades primigenias, y el de esos estudiantes modelados con esencia de heroísmo imbatible custodias de la altivez ciudadana y mártires integérrimos de una doctrina sin mácula cuya sangre volcada en la refriega significa un baldón para la historia sombría de la barbarie ensoberbecida, pero que también ha de ser abono milagroso en la afloración esplendente de los supremos ideales. Para esa juventud y para esas mujeres indómitas y aherrojadas, la gratitud justiciera de la patria ha de levantar en horas venturosas la estatua aleccionadora de la guapeza modelada en el mármol del estoicismo y apoyarla en el pedestal de la admiración.

La Nación que se honra con tales mujeres y que cuenta con una juventud de esa bizarría y de ese temple, no puede dejarse arrebatar la limpidez de su honorable ejecutoria ni puede entregarse sumisa al arbitrio de la delincuencia puesta al servicio de subalternas y desnaturalizadas pasiones.

Recordemos con Mitre que “la vida no merecería la pena de ser vivida si ella no fuera lucha y trabajo en Pro del bien”. Por eso en el nombre sagrado de la Patria yo acuso en este acto por el delito de lesa argentinidad a todos los hombres enfermos de indeferencia o atacados de claudicación moral que en esta hora obra decisiva de la ciudadanía mezquinan su apoyo y fomentan la desarmoniza, permitiendo que la pasión bastarda de las tiranías oprobiosas empujen al Estado hacia el precipicio del bochorno, del descrédito y de la fatalidad. Tenemos un mandato que obedecedor y una moral que servir y yo todavía tengo fe en las fuerzas potenciales de la patria. No pueden ser legión los que venden su dignidad para complacer el goce efímero y subalterno de su hambre física y en su vanidad engañosa por una postura desfigurada por cuatro dineros conquistadas merced a tan deshonesto precio; no pueden ser legión los mercenarios de la idea, incapaces de encuadrar en defensa de una doctrina o de servir las demandas de las consecuencias; poco valor tiene la desmonetizada independencia moral al calor de menguadas especulaciones; no pueden ser legión los huérfanos de razonamiento y los afectados de miopía mental, que sin noción de la altivez y del decoro se entregan a las comparsa de la desvergüenza y del ridículo bajo el comando de los profesionales del servilismo, que así solazan el animo deforme de sus histriónicos patrones. Unos y otros ya tienen suficiente desventura con ser células negativas en el organismo social.

Pero lo doloroso y entristecedor es que pueden ser legión los que sin pensarlo ni quererlo obstaculizan esta armonización nacional que pregonamos demorando la suma de los esfuerzos y la unificación de los valores para asestar el golpe de gracia a todo intento absurdo y vandálico que pretende alterar la voluntad ciudadanía y burlar las determinaciones de la soberanía popular.

Los hombres del radicalismo que dentro del partido hemos definido categóricamente nuestra firme posición a favor de esta cruzada de la salvación nacional obramos en razón de una profunda coacción espiritual pero también lo hacemos porque somos disciplinados y acatamos respetuosamente las resoluciones adoptadas por la convención nacional ----la mas alta autoridad del partido--- que en sus sesiones de enero, abril y mayo de 1943 ha sellado la unificación de las fuerzas democráticas como una exigencia impostergable “al defender nuestras instituciones y los principios democráticos que son su esencia para cimentar la solidaridad argentina con la naciones que luchan por la democracia y para adoptar las previsiones conducentes para superar la crisis futura en el orden político, social y económico”

Lo lógico pues, y lo cuerdo es servir al partido para el ejercicio de la disciplina y de la lealtad.

Por otro lado la unión de fuerzas democráticas es hoy una exigencia del patriotismo y yo me siento más radical y creo servir mejor a mi partido cuando sirvo a los altos intereses de la Nación, porque el radicalismo es precisamente eso; sacrificio personal altruismo y dorado, abnegación sin limites y culto del heroísmo en holocausto de la autentica argentinidad.

Quien me atribuye personales ambiciones o me sospeche un cultor de mezquinas  o menguadas intenciones ofende a la verdad y salpica de miserias su propia hidalguía. Nada busco si quiero para mí, personalmente. Sólo me apasiona el bien del país y me inflamo de emoción ante el espectáculo edificante que en esta jornada están ofreciendo los partidos democráticos al aunarse sin miramientos ni reservas, con un gesto de desprendimiento y de ejemplar patriotismo que los enaltece ante el juicio público. Quien regatee su adhesión y su impulso se basa en cálculos de especulación electoralista, reduce el problema a términos mezquinos, traiciona la ventura nacional.  No ha de fatigarme la reiteración de un concepto que estimo fundamental y supremo dentro del plan armónico de las postulaciones nacionales. Por sobre el triunfo en los comicios ha de preocuparme el triunfo de la gestión constructiva del gobierno. Arduas y compleja tareas esperan a los futuros poderes públicos en el esfuerzo por restaurar las organizaciones que están tan dislocadas; por tonificar la Republica y por recuperar la forma ante el consenso universal. Nuevas e imperiosas exigencias y una transformación fundamental en los principios y los procedimientos, demandan la atención de los mejores y el aporte de todos los que anhelan la restauración de nuestra existencia armónica y el goce de la ponderación internacional. Se impone el imperio y el ejercicio de éticas menos declamatorias y más realistas y humanas.

Partidario decidido sincero y fervoroso de la superación y la felicidad de las fuerzas productoras y proletarias que enaltecen esta jornada brillante de civismo, no solamente se han de mantener las conquistas legitimas logradas por la familia obrera sino que han de superarse pero ordenándolas y legalizándola por el resorte de sus organismos competentes y naturales. Se tergiversa la verdad histórica si se niega que los partidos políticos democráticos y tradicionales no velaron por siempre por la superación del hombre que elabora y en Pro de las relaciones equitativas y armónicas del capital y el trabajo; pero sin especulaciones catequísticas, y al influjo de un sentimiento de limpia ecuanimidad, para que el hogar del hombre que trabaja no sufra la angustia de la insuficiencia y la pesadumbre de la necesidad. Y para esta pesada faena de restauración social, política y económica, será menester la fusión de todas las energías, la solidaria comunión de todas las buenas intenciones y la coordinación de todas las posibilidades, para que no se malogren las capacidades ni los alientos creadores por luchas antagónicas, de funestas derivaciones, que perturbaran la obra efectiva necesaria para el progreso de nuestra grandeza potencial. Estemos en guardia ante la estrategia solapada de los bravucones y los derrotistas. Se esgrime la amenaza, se siembra el terror, se fomenta el escepticismo, se juega la mentira, se esparce la intriga y se infunde el desaliento. Ante esas armas innobles y ante esos duendes de lóbregas intenciones hay que reaccionar con confianza y entereza, conviniendo con Ingenieros que dice: 

“De esas sensibilidades, ninguna grandeza esperan los pueblos”. 

Pero lo grave y delictuoso es que los claudicantes y los audaces explotan con pasión demagógica el nombre de nuestros gloriosos lideres para dividir al radicalismo y desmembrar el frente democrático 
favoreciendo la burda treta de aquellos desiguales adversarios que se empecinan en escamotearnos los nombres de Alem y de Yrigoyen y el suplantar con desgraciado acierto el de Alvear para sembrar la confusión y la anarquía.

Tenemos una historia que respetar y una misión que cumplir, invoquemos los manes de la liberación de Mayo y de la emancipación de Julio, polarización de las épocas luminosas, pero necesitamos a quienes pretenden esconder su nazi fascismo bajo el simbólico uniforme de las pundorosas milicias el derecho para invocar con triste ventura el augusto nombre del gran libertador mientras en el alter de su veneración queman incienso sombrío al “restaurador de las leyes”, al que endiosan en sus arrebatos instintivos de desviaciones morales. Son un feliz consuelo saber que salvan del apostrofe militar a patriotas austeros que han sabido sustraerse a la desviación dolorosa. Para ello las simpatías de un que execra a sus judas pero que sabe consagrar a sus leales servidores.  Entendamos de una vez que el país vive distantes de trágicas personalidades. Están en pugna dos ideologías antagónicas excluyentes e irreconciliables; la democracia tiene honda raigambre espiritual y pierden su tiempo los sicarios de la regresión y el totalitarismo si ambicionan hacernos descender el camino andado en el desarrollo de la cultura política y del progreso de nuestras instituciones republicanas

Nos ampara una tradición y nos da eternidad de gloria una Constitución sabia, humanista y libérrima que repele todos los absolutismos y que abre sus liderazgos y que abre sus brazos con fraternal espíritu cristiano a todos los hombres del mundo sin otro requisito que si del a buena voluntad y sin otras credenciales que la de ser gente de paz y trabajo.

Nuestra tierra es un regazo prodigo y llama perenne de concordia y fraternidad. Empañan nuestra fama y amenguan nuestra grandeza los que nacieron en esta patria por una aberración del destino y se empecinan en trasplantar a nuestro suelo los crímenes fascistas y de abominable factura nazi, que descubren la deformación mental de sus ejecutores y que niegan la siembra fecunda de la civilización. Solo la obra del desequilibrio psíquico o un resabio de animalidad primitiva puedan envalentonar a esas turbas enceguecidas en esa campaña de odio y de embriaguez. Fue otra la predica de Cristo y es muy distinto expresar el sentimiento de hombre que ha asimilado los preceptos de la cultura que no se ciega de la razón humana y que lleva en el corazón y en la mente un halito de altivez espiritual.

Que el juicio sereno ilumine a los ciudadanos de esta tierra para que la patria salga airosa de esta encrucijada traicionera que le esta tendiendo la audacia y la irresponsabilidad.




























Fuente: Discurso del Dr. Enrique Mosca en el Acto de la Unión Democrática en la Plaza de los dos Congresos en la Ciudad de Buenos Aires, el 8 de diciembre de 1945

No hay comentarios:

Publicar un comentario