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martes, 13 de mayo de 2014

José "Pepe" Eliaschev: "Balbin y Betancourt: Dos muertos sudamericanos" (septiembre de 1981)

En el corto lapso de 19 días Sudamérica ha perdido a sus dos principales caudillos civiles, el argentino Ricardo Balbín y et venezolano Rómulo Betancourt. Septuagenarios, gravitantes hasta su último suspiro y fervorosos partidarios ambos de la democracia de partidos, Balbín y Betancourt habían encarnado un liberalismo laico que en no pocas oportunidades necesito explícitamente de las Fuerzas Armadas para sobrevivir y recuperarse en el escenario de cada país.
Balbín, que murió en la ciudad de Plata, provincia de Buenos Aires, el 9 de septiembre, tenía 77 años. Betancourt, cuyo deceso ocurrió en un hospital de Nueva York el lunes 28, tenía 73. El argentino era líder absoluto de la Unión Cívica Radical (UCR), el segundo movimiento político de los argentinos. Betancourt conservaba su condición de patriarca de Acción Democrática (AD), en medio de un panorama partidario en el cual el ex presidente Carlos Andrés Pérez emerge como caudillo numero uno de la socialdemocracia venezolana, a la cual AD encarna.
Personaje en muchos sentidos trágico, Balbín resumió 60 años de política argentina, a la cual se incorporo como miembro de una UCR que en los años '20 era el partido de gobierno. Durante aquellos años, bajo la presidencia del radical Hip6lito Yrigoyen, el gran líder popular argentino de la época, Balbín hizo sus primeras armas, en el marco de un país y una sociedad en las cuales parecía vislumbrarse un siglo de oro. El yrigoyenismo era la articulaci6n política del surgimiento poderoso de las clases medias, en el marco de un bloque histórico en el cual los restos del federalismo del siglo XIX se asociaban con las nuevas necesidades e intereses de las clases urbanas modernas. Balbín tenia, pues, 26 años cuando las Fuerzas Armadas derrocaron en 1930 al segundo régimen de Yrigoyen, inaugurando así la etapa contemporánea de sistemáticas violaciones de la soberanía popular, actividad luego ejercida con particular énfasis hacia el movimiento de masas mayoritario de los argentinos, el peronismo.
Cuando ese peronismo emerge a la vida política, tres lustros después, Balbín es ya un hombre maduro. En 1946 el entonces coronel Juan Perón encabeza el frente nacional que derrota a las fuerzas oligárquicas de la llamada Unión Democrática, una coalición auspiciada por la embajada de los Estados Unidos en la cual se hallaba el radicalismo. Ya en 1951, las elecciones presidenciales enfrentan a Perón con Balbín. El peronismo gana: siempre ha ganado el peronismo en las elecciones libres escasas que los argentinos han tenido en este siglo, las del '46, las del '51, las de 1973. Cuando los militares derrocan a Perón, en 1955, radicales (junto a socialistas, comunistas y conservadores) se asocian al golpe en la llamada Revolución Libertadora. En 1958 se organizan elecciones con la explicita proscripción del peronismo y a ellas concurre nuevamente como candidato (ahora de una UCR escindida) Balbín y es derrotado por la coalición nacional- popular cuyo candidato es Arturo Frondizi, el otro eje del radicalismo.
Tras 18 años de ostracismo político, el movimiento peronista recupera su plena legalidad como producto de un duro combate casi siempre incomprendido o malentendido en el resto del hemisferio. Obligados los militares a conceder elecciones libres, el peronismo acumula el 49 por ciento de las voluntades populares en marzo de 1973, cuando Héctor Campora encabeza la formula popular al haber sido nuevamente proscripto el líder indiscutido, Juan Perón. Nueve meses mas tarde, consecuencia de la etapa que hizo posible la honestidad de Campora y la lucha de un pueblo, el general Perón puede ser elegido libremente por su pueblo: el 62 por ciento de los argentinos vota por el líder. Y tanto en marzo como en septiembre, Balbín es el candidato rival, al frente del partido de la clase media al cual los intereses antinacionales siguen ubicando frente a los intereses de las mayorías.
Cuando los militares reingresan al gobierno, en marzo del '76, ya Balbín ha enterrado físicamente a Perón: junto a su cadáver, el líder radical afirma que cuando él se entrevisto con Perón, en 1973, "el pueblo se amigó". Los radicales comenzaban a iniciar el lento camino de la unidad nacional. Perón aprendió a respetar a Balbín y —global en sus diseños estratégicos y generoso en su perspectiva histórica — supo que peronismo y radicalismo debían trabajar juntos si la Argentina habría de extirpar definitivamente el recurrente cáncer de un poder militar casi siempre aliado a la anti-patria. Tras cinco años de dictadura, esta que aun se padece, Balbín había tenido el gesto de volver a convocar al país en el marco de la Multipartidaria, un acuerdo entre fuerzas de carácter nacional cuyo programa principal es la recuperación de la democracia.
Equivocado muchas veces, usado otras, Balbín era sin embargo la expresión neta de un político para el cual si existía la cuestión nacional. Ajeno a la jerga política moderna (marxismo, socialdemocracia y democracia cristiana siguen siendo formaciones de tipo internacionalista a las cuales se resiste la superficie política argentina) Balbín encabezó un movimiento que junto con el peronismo agrupa de modo efectivo al país nacional.
Similar en algunos sentidos, Betancourt era diferente. Este hijo de un inmigrante canario ofreció a Venezuela aquello que los médicos socialistas del Sur nunca supieron edificar: un movimiento de masas, de neto corte nacional. Fundador de AD en 1941, sobre la base del Partido Democrático Nacional formado en 1937, Rómulo (como lo llamaba su pueblo) arribo al poder en 1945 del brazo de militares progresistas. Duro tres años y fue tumbado por un golpe que instaló en el poder a Marcos Pérez Jiménez. Diez años mas tarde, la dictadura caía ante un movimiento cívico-militar en el cual "adecos" y socialcristianos se unían estrechamente para ofrecerle a Venezuela la posibilidad de una moderna democracia. Betancourt llegaría en 1959 al poder por elecciones, sostenido por un pueblo que hallaba en AD su movimiento popular. Exiliado muchas veces, combativo, enérgico e implacable, Betancourt tenia base popular para enfrentar desde el Palacio de Miraflores a las guerrillas castristas. Los adecos por él acaudillados elegirían en 1963 a un nuevo presidente, Raúl Leoni. En 1968 Rafael Caldera brinda a los socialcristianos su primera victoria y accede al poder, para ser derrotado en 1973 por Pérez, que recupera el manejo del aparato estatal para una AD ya firmemente ligada a la Internacional Socialista. Raro privilegio en una America Latina plagada de autoritarismos, los venezolanos vuelven en 1978 a inclinarse por la democracia cristiana y llevan al gobierno a Luis Herrera Campins, cuyo partido bien podría ser batido en 1983 por la candidatura "adeca" de Jaime Lusinchi, un hombre enfrentado a Betancourt pero al cual el viejo caudillo avaló en uno de sus postreros operativos políticos.
Por encima de matices e incluso definiciones y estilos, Balbín y Betancourt comulgaban, a ambos extremos de America del Sur, con un sistema liberal en el cual los fascismos de diversa condición no tuvieron lugar. Tuvieron si diversos destinos, exitoso el del venezolano, frustrante el del argentino. Pero para ambos sus patrias eran territorios indispensables en los cuales cada uno consumió su propia pasión política. Testarudos y abismales en sus a veces arrogantes equivocaciones, Ricardo Balbín y Rómulo Betancourt vivieron vidas americanas, en incuestionable servicio al pueblo. Señalaron, además, un camino de elecciones y Congresos a los que la pedante juventud izquierdista denostaba. Marcaron el camino hacia la revaloración de una vituperada democracia "burguesa" a la cual centenares de miles de exiliados hoy preferirian en lugar de los grises y brutales gorilatos que subsisten en el hemisferio.

























Fuente: José "Pepe" Eliaschev: "Balbin y Betancourt: Dos muertos sudamericanos" (septiembre de 1981)

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